--_Concedo_ --dice el _generoso_ sabio-- que no fue el autor del

_Quijote_ un hombre _enteramente vulgar_, teniendo en cuenta la

época en que vivió; pero ¿qué materiales dejó preparados para la

_arquitectónica_ de la ciencia moderna? ¿No están sus obras impregnadas

del estúpido fanatismo religioso? Lo mismo a él que a Calderón les

faltó la _filosofía de la estética_, que les hubiera enseñado lo poco

que valían sus creaciones _por sí, mediante, en, con relación al

idealismo trascendental, en cuanto, sobre, antes y después de_.

Por el mismo procedimiento demuestra el _idiotismo_ de Colón, la

_candorosa_ ignorancia de _Agustín_ (como no cree en brujas, le

suprime la santidad), el espíritu _mezquino_ de Raimundo Lulio, la

_charlatanería_ de Balmes, y la sublime metafísica de las coplas de

Mingo Revulgo.

Ninguno de estos hombres, ni otros infinitos que cita sin pararse en

barras, hicieron cosa alguna en beneficio de la humanidad _progresiva_;

les faltó la gran idea del símbolo, del _schema_, o séase _la gráfica

determinación en que la naturaleza y el espíritu se unen en forma de

lenteja_.

¿Necesito añadir que la aspiración política de este mozo es ir tan

lejos como puedan llevarle _las corrientes de la idea nueva_, o los

huracanes de la libertad de su altivo pensamiento?

Así es, en efecto; y conste que, según propia declaración, para

colocarse en la senda que necesita su razón sin trabas ni cortapisas,

ha comenzado por tomar en una logia masónica el nombre de _Wamba_, y

por jurar, _a oscuras_, sacrificarse en cuerpo y alma a la voluntad de

un superior a quien no conoce, sin que le sea lícito preguntar jamás el

_por qué_ ni el _para qué_ de los esfuerzos que se le _impongan_.

En fin, lector ignorante, después de volcar este ollón de potaje

religioso-filosófico-político en plazas, casinos, tiendas y cafés, es

cuando el sabio, para rematar la obra, encaja este ribete, pespunteado

con aires de protección y tono campanudo:

--Esto se llama, señores, estar penetrado del _ideal de la humanidad_;

esa ciencia sublime, mediante la cual, el hombre, _artista de su vida,

determinándose en todas las esferas de la actividad, se hace divino en,

bajo, mediante Dios_.

Mas, a pesar de la sustancia de este luminoso dato, oigo al asombrado

lector preguntarme: Pero ¿adónde va ese mozo con semejante galimatías

en la cabeza?

¿Adónde va? En Madrid al Ateneo, si hemos de creerle.

En Santander, a lo que hemos visto, a difundir la luz; a tomar el

aire... y, _aliquando_, a la ruleta.

Mañana... (si antes no se cura) al Limbo, que es la mansión adonde van

a parar los que en vida tuvieron la enfermedad debajo del pelo.

UN APRENSIVO.

Puede ser de Rioseco, lo mismo que de Palencia o de Zamarramala. No

es viejo, ni tampoco joven, ni rubio, ni moreno, ni alto, ni bajo, ni

rico, ni pobre. Trajo baúl de cuero peludo y sombrerera de cartón.

Hospedóse como pudo, y al día siguiente fue a entregar la carta de

crédito que traía, a su orden, contra una casa mercantil de la plaza.

--¿Los señores de Tal y Cual y Compañía?

--Servidores de Vd.

--Tenga Vd. la bondad de enterarse de esta esquelita.

--Cúbrase Vd. y siéntese.

--Muchas gracias.

--¿Quiere Vd. recibir ahora la cantidad que los Sres. Morcajo y

Compañía nos mandan poner a su disposición?

--No, señor; iré tomando a cuenta lo que necesite, si a ustedes les

parece.

--Como Vd. guste. Y ¿cómo están aquellos señores?

--Tan guapamente... quiero decir, salvo el sobrehueso del D. Atanasio,

que no le deja moverse de la silla cuatro años hace.

--Eso es lo peor. ¿Y Vd., a lo que parece, se ha venido por ahí a

veranear?

--No fuera malo, señor mío. Por ese solo placer quedárame en casa, que

los tiempos no están para moverse de ella. Vengo, créalo Vd., por la

necesidad que tengo de tomar los baños.

--¿Y ya está Vd. instalado?

--Sí, señor: ahí paro en cá de un paisano, en Santa Clara. Mucha

bestia, mucha mosca y bastante ruido hay; pero como dicen que el olor

de la cuadra es bueno para el pecho, no me pesa haber encontrado eso.

Yo mejor querría un parador con vistas a la mar alta; pero mire Vd.

que llegué a dar hasta doce reales por un cuarto en el Sardinero, y el

demontres del posaero se me echó a reír. Conque volvime ahumando a la

ciudad, donde pago medio duro. Le digo a Vd. que la vida cuesta aquí un

sentido. Pero la pícara necesidad de los baños...

--Pues hombre, el semblante de Vd. revela mucha salud.

--Calle Vd., por Dios, que estoy hecho una carraca vieja... Como que si

en este mar no la compongo, no me queda más remedio que la huesera...

--¿Ha tomado Vd. ya algún baño?

--Si llegué ayer, de tardecita; y en un carricoche fui al Sardinero,

y en el mismo me volví, ya de noche, cuando vi lo caro que andaba

por allí el hospedaje. Ahora vuelvo allá a enterarme de lo tocante

al baño; porque pensar que me he de meter yo en lo que no conozco,

siquiera de oídas, es pensar los imposibles. Conque, si ustedes no

mandan otra cosa, me alegro de verlos tan buenos, reconózcanme por un

servidor, y hasta otro día, que algunos he de volver, si Dios quiere y

la salud me lo permite.

--Muchísimas gracias, y que aprovechen los baños.

--Pues si no me pintan, no será por falta de _modo_ para tomarlos.

EN LA PLAYA.

--Conque, según las trazas, es Vd. bañero.

--Ya ve Vd.

--Vaya, pues lo celebro. Yo también vengo a tomar baños.

--Me alegraré que aprovechen.

--Así lo espero. Y diga Vd. ¿está esto muy hondo?

--Hay de todo. Si se queda Vd. cerquita...

--¿Y si entro mucho?

--Si entra Vd. mucho, hallará más agua.

--Quiere decir que según voy entrando...

--Le va a Vd. cubriendo, cubriendo...

--Eso es, hasta que ¡plaf! se va uno al hondo.

--Cuando no se sabe nadar...

--Pues es una broma pesada. Y diga Vd., ¿estarán firmes estas cuerdas?

--Ya lo ve Vd.

--De modo que, bien agarrado uno a ellas, aunque venga la ola de

firme... Diga Vd., ¿de qué lado suelen venir?

--Hombre, según sople el viento; pero, por lo común, de frente, como

ahora.

--Quiere decirse..., eso es, que poniéndome de cara hacia afuera, las

recibiré en las espaldas... Pero entonces no veré lo que viene sobre

mí. ¿Cuál le parece a Vd. lo mejor?

--Eso va en gustos.

--Como tiene Vd. la experiencia ya... ¿Y si me tiran?

--No suelte Vd. la cuerda.

--¿Y si la suelto?

--Le tiran a Vd.

--¿Y qué hago entonces?

--Agarrarse a la arena.

--¿Es seguro eso?

--A veces.

--Pero ¿no están ustedes para sacar de tales apuros?

--Cuando se nos manda.

--¿Y si no se lo mandan a ustedes?

--Nos estamos, como ahora, paseando por el arenal.

--¿Aunque yo me esté ahogando?

--Si le viéramos a Vd., y hubiera tiempo...

--Es decir, que puede no haberle.

--Ya lo creo.

--¡Canastos! Pues ¿cómo hay ahora otros bañeros con aquellas mujeres?

--Porque los han pedido y pagado.

--¡Ah! vamos. Pues yo también tomaré uno... ¿Tiene Vd. mucha fuerza?

--¿Para qué la necesita Vd.?

--Hombre, para un apuro de esos de que íbamos hablando.

--¿Va Vd. a empezar hoy a bañarse?

--No señor, mañana. Ahora vengo a tomar informes de esto, porque a mí

no me hace gracia meterme en lo que no conozco... Por de pronto, me

gustaría más la playa si fuera llana, siquiera media legua adentro.

--Tendría que ver.

--Dicen que algunas son así.

--Valientes playas serán esas.

--¿Quiere decir que ésta es mejor?

--Como ésta no la hay, hombre.

--Y el agua, ¿también es buena?

--De la mejor que se conoce.

--Pues eso es lo esencial para los que venimos a bañarnos

por necesidad. Y, a propósito: yo quisiera ver al médico del

establecimiento. ¿Andará por acá?

--Cabalmente está ahora en la galería... Mírele Vd.

--¿Quién es?

--Aquel señor de la barba negra que está hablando con otro joven

delgadito.

--Pues voy a verle antes que alguno le comprometa... Conque, amigo,

muchas gracias por todo, y hasta mañana; porque yo desearía bañarme con

Vd.

--Si estoy desocupado entonces, con mucho gusto.

--Pues lo dicho, dicho.

--(Como yo te eche la zarpa, menudo remojón vas a chuparte... ¡Yo te

diré de qué lado viene la mar!)

CON EL MÉDICO.

--Saludo a Vd., caballero.

--Beso a Vd. su mano.

--Me han dicho que es Vd. el facultativo del establecimiento.

--Tengo en él mi gabinete de consultas.

--Es igual. Pues yo quería consultar.

--Cuando Vd. guste...

--Ahora mismo.

--Pase Vd. a esta habitación... Sírvase Vd. tomar asiento.

--Muchísimas gracias, señor de... ¿de qué, si no le incomoda?

--Zorrilla.

--¡Hombre! Como ese que hace coplas. ¿Son ustedes parientes, por si

acaso?

--Sospecho que no.

--Es que es paisano mío ese Zorrilla, y podría Vd. serlo también.

--Pues hágase Vd. la cuenta de que no lo soy.

--Vaya, pues lo siento; porque cuando se halla uno con gente de la

misma tierra, le parece que no ha salido de casa... Pero es igual, con

tal que la salud... Pues yo quería consultar sobre la mía.

--Vd. dirá.

--¿Cuántos baños cree Vd. que debo tomar yo, de cuánto tiempo y a qué

hora?

--Si Vd. no me dice antes por qué los necesita...

--Pues por la salud.

--Ya lo supongo; pero la salud se quebranta por mil causas; cada causa

puede dar origen a una enfermedad, y cada enfermedad necesita un

tratamiento determinado.

--Es verdad, y voy a decirle a Vd. de contado lo que padezco. Pues

amigo de Dios, ha de saberse Vd. que todo ello resulta de un susto que

cogió mi madre el día en que se casó.

--¡Es raro eso, hombre!

--¿Por qué?

--Porque no hallo concomitancia... Si el susto le hubiera cogido algún

tiempo después...

--Es que yo soy _sietemesino_.

--¡Vamos! Eso ya varía de especie.

--Pues sí señor; se escapó un novillo que se había de correr aquella

misma tarde en la plaza, y arremetió a mi padre en el momento de salir

de la Iglesia con mi madre, después de casados. Mi madre se desmayó al

verlo, vino gente, salvaron a mi padre como de milagro, recogieron a

mi madre; y sobre si tuviste tú la culpa o la tuve yo, armose después

en el pueblo una de palos que el mundo ardía. Mi madre tardó en volver

en sí, pero no echó el susto del cuerpo en mucho tiempo; y puede

asegurarse que en todo el embarazo no fue ya mujer: un soponcio le iba

y otro le venía. De resultas de todo esto, nací yo hecho una miseria,

y hágase Vd. la cuenta que el verme vivo a los siete años le costó a

mi padre un sentido. El ruido de una puerta me tumbaba en el suelo; el

aire me hacía toser; con el frío, sabañones; con el calor, agonías; con

el agua fresca, pasmos; con la templada, vómitos..., en fin, que llegué

de milagro a los diez y ocho años. A esa edad me entoné un poco ya; y

como quedé huérfano y tuve que atender a mis haciendas, el trabajo y

la distracción me arreglaron el cuerpo algo más, y así estoy; pero,

créame Vd., aborrecido de cambiar de médicos y de medicinas. Tan

pronto que baños calientes de esta clase; tan pronto que de la otra;

tan pronto que las del río; hoy que friegas, y mañana que restregones;

hasta que un médico de regimiento que pasó por el pueblo y que venía

recomendado a un amigo mío, me aconsejó que tomara los baños de mar...

y aquí me tiene Vd.

--Bien está; pero todavía no me ha dicho Vd. qué dolencia es la que

principalmente le aflige.

--Pues todas esas de que le he hablado.

--¿Cuáles?

--Mire Vd., por de pronto, el estómago.

--¿Le duele a Vd.?

--No, señor.

--¿Hace Vd. malas digestiones?

--¡Por ahí!

--Siente Vd. ardores...

--¡Quiá! Lo que me pasa es que yo soy de mucho comer, y que en cuanto

como algo más que lo de costumbre, siento aquí un peso...

--¿Y repugnancia?

--No, señor; nada más que el peso, que me dura como un par de horas...,

hasta que...

--Vomita Vd., ¿eh?

--No, señor, me quedo como un reló... y con un hambre de dos mil

demonios.

--¡Hola!

--Y eso es lo que a mí me hace cavilar, porque parece mentira que con

lo que yo como no se me quite el hambre..., y, sobre todo, el peso.

--Y la cabeza ¿qué tal?

--La cabeza..., esa es otra más gorda. Cuando tenía veinte años,

resistía yo el sol de la era toda la mañana, en pelo, sin que uno de

ellos me doliera; pues ahora ¡ya te quiero un cuento! a las dos horas

de estar al sol, ya sudo, y me entran los desperezos... Y esto es lo

que también me va dando cuidado.

--Y es grave, en efecto.

--¡Lo ve Vd.!

--Sí, señor, bastante grave... ¡muy grave!

--Cuando le digo a Vd. que paso la vida en una agonía... Y lo que más

rabia me da, es que todo el mundo dice que me quejo de vicio, y que

patatín y que patatán... ¡Hasta los facultativos se han reído de mí!...

Conque ¿le parece a Vd. que me sentarán estos baños?

--Están indicadísimos.

--Y ¿cuántos?

--Lo mismo una docena que dos.

--Yo creí que siempre se tomaban nones.

--Tome Vd. nones.

--Así me parece mejor. Y ¿de cuánto tiempo?

--Hasta que Vd. tirite de frío.

--Y mientras esté de baños, ¿podré tomar fresco?... porque a mí me

gusta mucho.

--A mí también en este tiempo.

--Luego ¿cree Vd. que podré tomarlo?

--A todas horas.

--¿Antes del baño también?

--Y después del baño.

--¿Y para el desayuno también?

--También para el desayuno.

--¡Caramba!... Y ¿qué fresco elegiré?

--El que corra.

--¿Y si corren varios?

--Los toma Vd. todos.

--¡Hombre, será mucho! Yo prefiero la merluza sola.

--¡Ah! vamos. Vd. me hablaba del pescado.

--Sí, señor, le llamamos _fresco_ en mi tierra.

--Pues, en ese caso, tengo que corregir... El mejor pescado para Vd. es

el atún.

--No me disgusta; pero yo creía que era más _pesado_ que la merluza. Y

¿a qué hora lo tomaré?

--Un poco antes de meterse en el baño.

--¡Hombre! ¿Y en qué cantidad?

--Un par de libras, si caben.

--¡Yo lo creo!

--Pues a ello.

--¿En seco?

--De ningún modo.

--Entonces, clarete.

--Nada de eso; aguardiente es mejor reactivo.

--Es verdad. Y diga Vd., ¿cómo aprovecha más el baño, entrando poco a

poco o de sopetón?

--Ni de un modo ni de otro: a Vd. le conviene el trote.

--Y después me acurruco, agarrado a la cuerda.

--No, señor; después de darse Vd. una trotada por el arenal...

--¡Ah! ¿conque ha de ser por el arenal?

--Precisamente; se echa Vd. de cogote...

--¿Al agua?

--Naturalmente.

--Pero ¿cómo?

--¿Sabe Vd. nadar?

--Como un canto.

--Entonces véngase Vd. a la galería, y desde allí le enseñaré yo... ¿Ve

Vd., a la derecha, aquel peñasco que se mete más que los otros en el

mar?

--Sí que le veo.

--Pues desde allí se tira Vd. de cabeza.

--¡Zambomba!... ¿Y después?

--¿Después...? Después va Vd. a contárselo a su abuela.

--Ja, ja, ja... ¡qué buen humor tiene este señor de Zorrilla!... ¡Pues

anda! que se ha largado... y sin cobrar la consulta. A bien que todos

los días he de verle después del baño para explicarle el resultado y

pedirle el plan para el siguiente.

EN LA DESPEDIDA.

--Conque, vaya Vd. mandando lo que se le ofrezca para mi tierra.

--¡Tan pronto!

--Y la mitad me sobra.

--Como vino Vd. a bañarse...

--A matarme, dirá Vd.

--Es decir, que no han sentado los baños.

--En la misma boca del estómago..., y eso tan solo con olerlos. Conque,

¡figúrese Vd. si llego a probarlos!

--No comprendo...

--¿No se acuerda Vd. que le dije que el médico me había mandado tomar,

antes de bañarme, dos libras...

--Mucho que sí.

--...Y Vd. se empeñaba en que era una broma del señor de Zorrilla para

darme a entender que yo era un aprensivo, y que torna y que vira?

¡Mal rayo me parta!... Pues bueno: yo que tomo al pie de la letra

todo lo que toca a la salud y al modo de recobrarla, porque la tengo

perdida, aunque diga lo contrario el mundo entero, el día siguiente al

de la consulta me bajé por la mañana al Sardinero, después de haberme

envasado las dos libras de bonito y el medio cuartillo de aguardiente.

Vestime de bañista, salíme al arenal, y comencé a trotar en redondo.

La gente me miraba. Eran las diez, y no parecía sino que Dios echaba

rescoldo por el cielo abajo, según las ampollas que sacaba el sol. A

la media vuelta ya sudaba, y a los cinco minutos hubiera jurado yo que

el aguardiente estaba en llamas y el bonito hecho una lumbre... ¡Le

digo a Vd. que aquello era abrasarse vivo! Así es que, a las pocas

vueltas, porque las daba por largo, me caí redondo en el arenal. Acudió

la gente, y también el médico que andaba por allí, hízome echar por

la boca hasta los hígados; y después de llamarme bárbaro muy serio,

contó a la gente lo de la consulta, y acabaron todos por reírse de

mí. ¿Le parece a Vd. que el lance era de risa?... Pues toda esa falta

de caridad la enmendó el facultativo con decirme que cómo él pudo

imaginarse nunca que hubiera un hijo de Adán tan... Adán, que tomara

en serio lo del bonito y lo del trote antes del baño; que si lo que yo

había tenido en el cuerpo lo mete él debajo de una peña, la levanta en

vilo; que si, hallándome vivo después de lo ocurrido, no me convencía

de que mi salud era de bronce; y, por último, que no tentara más a

Dios, que me volviera a mi pueblo a cuidar de mis haciendas, y que

no aburriera más al prójimo llorando males que no tenía... Con esta

rociada por todo consuelo, me vestí, volvime a la posada y me metí en

la cama a sudar, que poco me costó con el calor que hacía.

--¿De manera que ha hecho Vd. el viaje en balde?

--No lo crea Vd..., y por algo se dijo que «por lo más oscuro amanece.»

Hablando yo de estas cosas, a los tres días, con un compañero de

posada, me dijo que él también había rodado mucho por el mundo

buscando la salud, y que no la había encontrado hasta que se la dio

un curandero, ¡pásmese Vd.!, un remendón que trabaja en un portal

de esta misma ciudad. ¡Y decir a Dios que hay médicos que gastan

coche! Pues señor, que me alegró la noticia, que me animé y que fui a

consultar con el curandero... Le digo a Vd. que es preciso verlo para

creerlo. No hizo más que saber que yo estaba enfermo, y sin dejarme

hacerle historia alguna de la enfermedad, me estiró los brazos hacia

adelante, me juntó las manos, y poniéndome una de las suyas en la boca

del estómago, me dijo: «Vd. tiene toda la maleza en el arca, motivado

a que los güétagos se han arrimado mucho al padrejón, a causa --¡esto

es lo más asombroso!-- de que las dos paletillas no encajan bien en

el espinazo...» Pues en esto, señor mío, no ha dado hasta hoy ningún

facultativo.

--Lo creo sin dificultad. ¿Y qué remedio le dio para tan complicada

enfermedad?

--Uno que me parece tan sencillo como cuerdo: dos parches y un haz de

yerbas. Uno de los parches me coge desde la nuca hasta la _curcusilla_;

el otro es para encima del estómago.

--¿Los tiene Vd. puestos ya?

--No señor; los llevo para ponérmelos en cuanto llegue a casa; porque,

tan pronto como me bizme, tengo que meterme en la cama y estar en ella

veintisiete días, boca arriba, sin moverme.

--¿Y las yerbas?

--Las yerbas son para cocerlas. De este cocimiento he de tomar,

mientras esté en la cama, dos azumbres por la mañana y otras dos

por la tarde. De este modo dice el curandero que romperé en aguas

abundantes, y que a la vez que con ellas sale toda la maldad, con los

parches fortificaré el estómago y entrarán en sus propios gonces las

paletillas... Conque, sírvase Vd. darme lo que me resta del crédito que

traía, porque ya me parece que tardo en llegar a casa para ponerme en

cura, y mande lo que guste para aquellos señores.

--¿Resueltamente va Vd. a ejecutar el plan del curandero?

--Como estamos aquí los dos.

--En ese caso, venga un abrazo..., y apriete Vd. bien.

--¿Por qué tan apretado?

--Por si no volvemos a vernos.

UN DESPREOCUPADO.

Se da un aire a todos los hombres que conocemos o recordamos, de escasa

talla, comunicativos, afables, sin afectación ni aparato, limpios y

aseados, que siempre parecen jóvenes, y llegan a morirse de viejos sin

que nadie lo crea, porque hasta el último instante se les ha llamado

_muchachos_ y por tales se les ha tenido; hombres por el exterior

insignificantes y vulgares hasta en el menor de sus detalles: hombres,

en fin, de todos los pueblos, de todos los días y de todas partes.

Se llama Galindo, o Manzanos, o Cañales, o Arenal..., o algo parecido

a esto, pero a secas; y a nadie se le ocurre que tenga otro nombre de

pila, ni él mismo le usa nunca.

--¡Ya vino Galindo! --se nos dice aquí un día al principiar el

verano--. Y cuantos lo oyen saben de quién se trata, como si se dijera:

--Ya llegaron las golondrinas.

Tiene fama, bien adquirida, de fino y caballero en sus amistades y

contratos, y no se ignora que vive de sus rentas, o a lo menos sin

pedir prestado a nadie, ni dar un chasco a la patrona al fin de cada

temporada; y esto es bastante para que hasta los más encopetados de acá

se crean muy favorecidos en cultivar su trato ameno.

Al oírle hablar de las cinco partes del mundo con el aplomo de quien

las conoce a palmos, tómanle algunos por un aristocrático Esaú que

ha vendido su primogenitura por un par de talegas para _correrla_;

quién por un aventurero osado, sin cuna ni solar conocidos: quién

por antiguo miembro del cuerpo consular, o diplomático de segunda

fila... Pero lo indudable es que ha viajado mucho, y con fruto; y que

no teniendo en su frontispicio pelo ni señal que no sean comunes y

vulgares, no hay terreno en que se le coloque del cual no salga airoso,

cuando no sale en triunfo.

Tampoco, mirado _por dentro_, posee cualidad alguna que brillante sea.

No es elocuente, no es poeta, no es artista: no es perfecto ni acabado

en nada.

Pero, en cambio, tiene un poco de todo... y algo más: es, por de

pronto, un estuche de _cosas_. En manejarlas a tiempo consiste su

habilidad.

Con ella y con su impenetrable _cara de baqueta_, en su boca no se

distingue la verdad de la mentira, y eso que las echa gordas; y en

cuanto a sus _cosas_, ni es avaro ni despilfarrador de ellas; quiero

decir que ni es entremetido, ni se hace rogar mucho. Como los

buenos músicos, entra en el concierto en que hace falta, cuando le

corresponde: ni antes ni después.

Cuando, por primera vez y solo, se presenta en una tertulia, nadie

frunce el ceño ni le pregunta con gestos o con palabras: «¿Qué busca

Vd. por aquí?» Antes bien, se le recibe con palio, y se le dice, entre

sonrisas y agasajos:

--¡Oh... Galindo! ¡Acabara Vd. de llegar!

Ni más ni menos que si se le esperara y fuera antiguo contertulio de

la casa. Y desde el mismo instante, Galindo es el alma de aquellas

reuniones.

Una noche falta quien toque el piano para bailar. Galindo no conoce una

nota de música; pero sabe de oído unas cuantas piezas de baile; y se

sienta en el banquillo y araña el teclado, y toca lo que se necesita.

No tiene voz, ni condición alguna de cantante, y cuando llega el caso,

acompañándose él mismo al piano, suelta un par de canciones picarescas

de acá o de allá, que alborotan la reunión. Si se trata de hacer

coplas, nadie le gana a hacerlas pronto y al caso, aunque le ganen

todos a poeta.

Que no se baila, ni se canta, ni se hacen coplas, y la gente se agrupa

en los gabinetes, medio aburrida, medio soñolienta. Allí está Galindo

para reanimar los decaídos espíritus. Para entonces son las anécdotas

frescas, o los recuerdos de Calcuta, o de Constantinopla. Y tras

esto y un sin número de mentiras verosímiles sobre las mujeres del

Cáucaso, o los hombres de Ceilán, llegará a hablarse, por ejemplo, de

objetos raros, y habrá allí quien crea decir mucho diciendo que ha

visto camisas de hoja de llantén, catalejos de trapo, o chocolate sin

cacao..., y tantas cosas más como se anuncian todos los días, en estos

de extravagancias que corremos.

No dejará Galindo de admirar las citadas rarezas, con toda la

expresión que cabe en su estilo lento y suave, y en su cara impasible;

pero hombre que ha corrido y visto tanto, no puede estar sin algo que

citar a propósito de rarezas; y no lo está en efecto; y saca un grueso

anillo de uno de sus dedos, y se le presenta a la reunión, diciendo:

--¿A que no saben ustedes qué piedra es esta?

Y la gente se abalanza al anillo, y le da mil vueltas, y recorre la

lista conocida de piedras buenas y malas, sin que falte la de Colmenar

Viejo, a la cual se parece en el color la del anillo; pero nadie

acierta. En vista de lo cual, dice Galindo:

--Eso que ustedes creen piedra, no lo es.

Nuevas ansiedades, nuevo examen y nuevas conjeturas.

--Pues ¿qué es, si no? --se le pregunta al cabo.

--Eso es --responde Galindo, lenta y dulcemente-- hígado de cocodrilo,

endurecido al sol, en Pekín. Se lo compré al joyista que lo hace para

la corte imperial; o mejor dicho, me lo cambió por una zamarra fina que

llevaba yo de España.

Para calmar el asombro que esta respuesta produce, muestra una bolsa de

_tripa de un indio_, medio devorado por un tigre en una cacería a que

asistió él, y se refiere a una corbata que tiene en casa, hecha de piel

de culebra, por un indígena del Canadá.

Tipos trashumantes: cróquis á pluma · 第 2 / 6 段