Ignorándose dónde viven después que salieron de la fonda, se

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_, y las versalitas se

han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* La ortografía del texto original ha sido actualizada de acuerdo

con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

* Las páginas en blanco han sido eliminadas.

TIPOS TRASHUMANTES

CROQUIS A PLUMA

POR

DON JOSÉ MARÍA DE PEREDA

SANTANDER

--

_Imprenta y litografía de J. M. Martínez_

SAN FRANCISCO, 15

--

1877

AL LECTOR.

_Los pueblos, como los hombres, tienen dos fisonomías, por lo menos

(algunos hombres tienen muchas): la que les es propia por carácter o

naturaleza, o, como si dijéramos_, la de todos los días, _y la de_ las

circunstancias; _es decir_, la de los días de fiesta.

_La que en este concepto corresponde a la perínclita capital de la

Montaña, la forma esa muchedumbre que la invade, en cada año, durante

los meses del estío, para buscar en ella quién la salud, quién la

frescura y el sosiego, ora en las salobres aguas del Cantábrico, ora

contemplando y recorriendo el vario paisaje que envuelve a la ciudad,

mientras la raza indígena la abandona y se larga por esos valles de

Dios ansiando la soledad de la aldea y la sombra de sus_ castañeras _y_

cajigales.

_Para los que solo se fijan en la variedad de matices y en la movilidad

de los pormenores, esta fisonomía es híbrida, abigarrada, indefinible e

inclasificable._

_Para un ojo ducho en el oficio, es todo lo contrario. Hay en ese

movimiento vertiginoso, en ese trasiego incesante de gentes exóticas

que van y vienen, que suben y bajan, que entran y salen, rasgos,

colores y perfiles que sobrenadan siempre, y se reproducen de verano en

verano, como el_ aire de familia _en una larga serie de generaciones.

¿No es todo esto una fisonomía como otra cualquiera?_

_Por tal la juzgo, y muy digna la creo, por ende, de ser registrada

en el libro de apuntes de quien se precie de pintor escrupuloso de

costumbres montañesas._

_Y como quiera que yo, si no tengo mucho de pintor, téngolo de

escrupuloso, abro mi librejo, y apunto..., pero, entiéndase bien, sin

otro fin que refrescar la memoria del que leyere, y con la formal

declaración de que_ «_cuando_ pinto, _no_ retrato.»

LAS DE CASCAJARES.

No es aristócrata por la sangre, ni siquiera tiene un título nobiliario

de los de nuevo cuño; no por haber llegado tarde al reparto de ellos,

sino acaso por distinguirse más, llamándose a secas _el señor de

Cascajares_.

El cual es un banquero, o hacendado, o contratista de _alto bordo_, muy

rico, según la fama, que reside en Madrid, en donde, al decir de los

que de allá vienen a pasar las vacaciones de verano, habita espléndido

palacio en el paseo de Recoletos, o elegante casa en la calle de

Alcalá, o en la del Barquillo.

Es diputado a Cortes cuantas veces quiere, y lo quiere casi siempre,

porque todos los Gobiernos apoyan su candidatura, en cambio de la

decisión con que él aplaude a todos los Gobiernos. Sin embargo, no es

hombre político: solo se comunica con los del poder por el ministerio

de Hacienda.

Su señora tiene más conexiones e intimidades que él con los altos

personajes de la cosa pública. Se tutea con muchos de ellos, aunque

tampoco es aficionada a la cábala ni al cabildeo; es decir, que le

gusta el personaje por lo que brilla, y nada más.

Tiene tres hijas solteras, y va con ellas al _gran mundo_. Ni éstas

son modelos de hermosura, ni la madre encaja, por ninguna parte que se

la mire, en el más modesto de los moldes aristocráticos; pero, así y

todo, pasan en la corte por _ornamentos distinguidísimos_ de la _alta

sociedad_. Lo cierto es que los _Asmodeos_ y _Pedro Fernández_ las

citan siempre, en sus almibaradas crónicas de Madrid, en el catálogo de

las _bellas, discretas y elegantes_.

Dos hijos varones tienen también los señores de Cascajares. El mayor es

diplomático; y aunque rara vez sale de Madrid, siempre se le considera

como en activo servicio, para los efectos de la nómina y del escalafón,

en una de las embajadas de más categoría. El segundo, que pasa ya de

los veinticinco, no se ha decidido aún por la carrera que ha de seguir.

Por de pronto asiste con asiduidad al _Veloz-Club_ y al Casino, y sabe

poner cien onzas a una sota, sin que le tiemble el pulso.

Toda esta gente, más tres doncellas o camaristas, dos criados para

los señoritos, un sotamayordomo, ú hombre de confianza, para el

_señor_, dos lacayitos y un cocinero negro, vienen en el mes de Julio

a Santander a habitar un piso amueblado, en la población, que paga

el señor de Cascajares a razón de 8.000 reales mensuales, con la

obligación de habitarle dos por lo menos, o de pagarle como si le

habitara, y de reponer cuanta vajilla, ropa de camas y muebles sufran

el menor deterioro en el ínterin.

Día y medio dura la mudanza, desde la estación del ferrocarril a casa,

de los _mundos_, maletas, cajas, baúles, rollos de mantas, bastones

y paraguas, que siguen a la familia de Cascajares como la estela

al buque. Y se llena de baúles un cuarto del patio, y hay mundos

amontonados en las gabinetes, y cajas sobre todos los veladores, y

paquetes sobre todas las sillas, y maletas hasta en el mismo salón en

que aquellas señoras reciben las visitas.

Tanto es el equipaje y tanta la servidumbre, que la familia no ha

podido colocarse en ninguna fonda del Sardinero; y por acordarse tarde,

tampoco logró establecerse en uno de aquellos amueblados _chalets_.

Esto tiene disgustadísimas a las _niñas_ y desazonada a la mamá. Y

no es para menos el caso. _Las_ de Himalaya, las de Tenerife, las

de Potosí, las de Chimborazo..., en fin, toda la más encumbrada

aristocracia está en el Sardinero; y ellas, por consiguiente, _sin

sociedad_. Además, mal alojadas y achicharradas de calor. (El

termómetro marca 20° al sol, y cuando ellas salieron de Madrid señalaba

41 a la sombra). Gracias a que han conseguido alquilar por toda la

temporada un mal carruaje que las lleva por la mañana al baño y por la

tarde a pasear al Sardinero.

Así es que se las ve poco en la calle; y cuando se las ve, se observa

que se mueven perezosamente, como buque en _calma chicha_, y miran

tiendas, objetos y personas con gesto de hondo disgusto. Si alguno las

saluda al paso, responden con lánguido cabeceo, que más parece desmayo

que otra cosa.

Por lo común, se las halla, hechas un racimo y envueltas en

transparente bata, sentadas en el mirador.

En esta ocasión y en otras varias del día, nunca les falta en la

acera de enfrente una especie de guardia de honor, compuesta de

los arrapiezos más encanijados y escrofulosos, pero a la vez más

_principales_, que haya en la población. Allí, los inocentes, se pasan

las horas muertas retorciéndose la inverosímil guía del incipiente

bigote, exhibiendo, a fuerza de disimuladas contracciones de muñeca,

los puños de la camisa, esgrimiendo las solapas de la levita para

que se destaque en todo su desarrollo la curva del robusto pecho,

y haciendo, en fin, cuantas evoluciones y habilidades pudiera una

bestezuela amaestrada por diestro gitano para seducir al incauto

feriante.

Ya hemos dicho que las de Cascajares no son bellas; pero que son

_distinguidas_, categoría inventada en estos tiempos democráticos para

colocar en ella todo lo que no es vulgo, sin ser aristocracia, no por

la sangre, sino por _el aire_.

El efecto de esta _distinción_ se deja conocer en el pueblo

inmediatamente. En esos días es cuando se tropieza uno con alguna

indígena que lleva sobre su cuerpo cierta cosa rara que llama nuestra

atención; v. gr., un moño encima de los riñones, un pispajo de tul

en el cogote, el pelo echado sobre los ojos, o medio vestido azul y

medio de color de canario, collar de rollos de canela, o pendientes de

melocotón..., cualquiera extravagancia por el estilo.

Si tenemos franqueza para tanto, y la preguntamos, deteniéndola en la

calle, qué es _aquello_, nos responderá sorprendida:

--¿No le hace a Vd. gracia?

--Maldita.

--¡Oh! pues _lo llevan mucho_ las de Cascajares; y en Madrid _hace

furor_.

--¡Hola!

--¿No le gustan a Vd. _esas chicas_?

--¿Quiénes?

--Las de Cascajares.

--La verdad es que no me han llamado la atención...

--¡Oh! ¡pues son muy _distinguidas_!

Y no es otra, lector, la razón de que muchos arreos femeniles que te

parecen espantapájaros por esas calles de Dios, se consideren, entre

las gentes de _buena sociedad_, como modelos de gracia y bien caer.

¡Lo llevaban las de Cascajares!

Y es de advertir que entre los hombres que se pagan mucho del

adorno exterior, sucede lo propio. Tienen también sus Cascajares

_distinguidos_ que les hacen zambullirse en unas bragas descomunales;

ú oprimir el busto entre las láminas de una levita sin solapas, sin

faldones, y hasta sin paño; o la mollera en un cilindro sin alas, o en

unas alas sin cilindro.

Volviendo a las de Cascajares, añado que asisten a los bailes

campestres, muy elegantes, pero con mal gesto; bailan poco, o no

bailan nada. Son las últimas que llegan al salón, y las primeras que se

retiran de él.

Y como son tan distinguidas, suspiran muy a menudo por aquel _Biarritz

de su alma_, donde todo es _chic_ y _confortable_. En cuanto a

Santander, _no las hace felices_.

El diplomático dice «amén» a todos los discursos de sus hermanas, y

no se separa de ellas en todo el día. Es autoridad de peso en asuntos

de moños y vestidos; y en el ramo de modas en general, bastante más

entendido que en los protocolos de la secretaría de su cargo.

Por lo que hace al otro Cascajares, se levanta a las dos de la tarde,

come a las seis, se va a la ruleta, si la hay, o a timbirimba más

_fuerte_, que sí la habrá, y no vuelve a casa hasta las tres de la

mañana, viendo siempre las estrellas, aunque el cielo esté nublado;

porque es de advertir que tropieza mucho en el camino.

En cambio, su papá no tiene más afán que pasear solo por el Alta; y

como se acuesta temprano y madruga mucho, sólo ve a su familia a las

horas de comer. Sabe que está sin la menor novedad en su importante

salud, y no se mete en otras honduras. Lo mismo hace en Madrid.

Y llega a la mitad el mes de septiembre, vuelven a empaquetar los

equipajes; y después de haber _pagado_ diez visitas de las veinte que

deben, tórnanse a Madrid las de Cascajares, llevándose las maldiciones

de las diez familias con quienes quedan _en descubierto_, y dejando, en

cambio, el recuerdo de su _distinción_ entre las señoras pudientes, que

las imitan en cuanto les es dable, así en el vestir como en el andar, y

entre algunas inocentes _cursis_ que sudan y se desgañitan por remedar

sus frescas y turgentes sedas, con marchitos tafetanes y delebles

percalinas.

LOS DE BECERRIL.

Dos taleguillos blancos llenos de ropa de _muda_, unas alforjas

atacadas de chorizos y garbanzos, y un paraguas. Este es el equipaje de

cada familia al meterse en el tren en la estación más próxima.

Cuando se apean en Santander, el padre carga con las alforjas, amen de

la capa que también se echa al hombro; la madre con un taleguillo y la

criatura que amamanta; una jovenzuela con el otro talego, y un rapaz de

doce años con el paraguas.

Vienen a Santander porque el padre tiene _dúlceras_ en las piernas, y

_dúlceras_ en el _cuadril_ de la derecha; la madre, desde el último

parto, _añudados los gonces_ de la rodilla izquierda; el mamoncillo

no puede echar los últimos dientes _de por sí solo_; la jovenzuela ha

cumplido ya quince años y está pálida como la cera; el rapaz que va

para doce, tiene los labios como un embudo y el cuello como un botijo,

y le salen ya los lamparones por detrás de las orejas.

Por consejo del médico de Becerril de Campos, vienen a tomar los baños

de mar, porque éstos han de curar todas y cada una de las dolencias

enumeradas.

Con estas esperanzas y aquel equipaje, y en el orden de formación en

que hemos ido citándolos, llegan a la Dársena y echan Muelle adelante

con el asombro pintado en los ojos y en la boca.

El molinete que suena; el vapor que cruza la bahía; el ligero esquife

que se desliza sobre las aguas, como la golondrina en el espacio;

la sardinera que grita su mercancía; el coche que pasa rápido; el

carretero que aturde la vecindad con las blasfemias de costumbre; el

marcial arreo y las infantiles galas; sedas, tules, libreas y levitas,

chaquetas y manteos... Todo esto junto y revuelto, casi en torbellino,

que es lo primero con que tropiezan los ojos del viajero que desde

la estación del ferrocarril se lanza, de sopetón, al Muelle en una

tarde de verano, aturde y deslumbra con sobrado motivo al sedentario y

patriarcal lugareño de tierra de Campos.

Pero el coche, y «los señores,» y el soldado, y «las damiselas,» todo,

en fin, lo que es terrestre, cabe perfectamente en las presunciones

de los de Becerril, y luego dejan de admirarlo. Lo que realmente los

fascina, por de pronto y acaba por atontarlos, es _lo marítimo_. Les

faltan ojos para contemplarlo y hasta narices para olerlo.

--Míales, míales, hijo --vocea la madre--. ¿No te lo ecía yo?... Más

altos son los palos que el campanario del pueblo.

--¡Pus anda --añade el padre--, con el otro que va río abajo! Mal rayo

me parta si no ahúma como si llevara los demonios aentro. ¿Qué tié que

ver el tren con esto? ¡Pus ávate con el barquillico que lleva a la

zaga!...

--Será la cría, padre --grita el rapaz.

--Puá que, hijo; no te diré yo que no lo sea.

--Y toas estas que están arrimaícas aquí lo paecen tamién... ¡Cristo,

cuánta barca!... y allá va una cargá de _cubetos_... ¿Y dende esta

orillica se pescará el _fresco_?

--¡Otra con el inocente! Eso se pesca en alta mar, borrico.

--¿Pues no es esto la alta mar?

--¡Anda si qué! ¿Pus no oístes a aquel señor que venía en el tren a la

vera de tu madre, que esto es el puerto? ¡Qué tié cacer esto pa onde

está la alta mar!

--Y ¿onde está esa mar?

--En cuantico alleguemos a casa, di que se ve de golpe.

Y en estas y otras por el estilo, admirando acá, exclamando allá,

parándose aquí, retrocediendo en el otro lado, preguntando a este

«caballero» y a la otra «buena mujer», llegan a Miranda, en cuyo barrio

tienen _apalabrada_ una habitación que les ha buscado otra familia

castellana que les precedió en el viaje.

Al ver el mar desde aquellas alturas, los padres se atolondran y los

hijos se estremecen, considerando que al día siguiente han de meterse

todos ellos en tales honduras.

Como el barrio de Miranda es el que eligen siempre los castellanos, por

la doble razón de economía y de proximidad a la playa, tienen ocasión

los nuestros de hacer rancho en la misma casa en que viven, con otros

paisanos instalados en ella también. De todas maneras --y por eso traen

las alforjas llenas de provisiones--, siempre _se ajustan_ sin la

comida.

El primer baño no le toman sin grandes recelos, sobresaltos y serias

meditaciones: los chicos lloran y los grandes tiemblan de miedo, mucho

antes de temblar de frío; pero, al cabo, bien agarrados éstos a las

cuerdas, y a empellones los muchachos, van entrando todos poco a poco,

hasta que, después de acurrucados, les llega el agua al pescuezo. Es

decir, que se quedan a la orilla, donde, al romper las olas, tras de

machacarles los cuerpos como mazos de batan, les hacen sorber la arena

a carretadas.

En la misma guisa que salieron del tren, exceptuando el detalle de las

alforjas, van al baño y vuelven de él: con la propia capa el hombre,

las mujeres con los talegos y la criatura, y el rapaz con el paraguas.

La capa para arroparse, el paraguas para quitarse el sol el de los

lamparones, y los taleguillos para guardar la ropa del baño.

Catorce de a media hora recetó a cada uno el médico de Becerril; pero

ellos que traen muy contado el tiempo y el dinero, toman dos cada día,

y así despachan en una semana, cuando no en media, echándose en remojo

una hora por la tarde y otra por la mañana.

Siempre que no están en el baño, o comiendo, o durmiendo la clásica

siesta, se los halla recorriendo las alturas de la costa, metiendo la

cabeza en todas las grutas y rendijas de las peñas, y preferentemente

escarbando los arenales para acopiar _pelegrinas_ y _caracolillos_, por

cuyas baratijas se perecen.

Antes de volverse a Becerril, o a Frómista, o a Amusco, al pueblo, en

fin, de Castilla, del cual procedan, bajan dos veces a la ciudad: una

para verla y comprar a la chica unas arracadas de _cascaritas_, y otra

para visitar, _por adentro_, un vapor-correo, y, si le hubiere en el

puerto, _un barco de Rey_.

Por lo demás, son los bañistas más metódicos y decididos de cuantos

se zambullen en el Cántabro. Ni en los días de más resaca perdonan

el remojón. De manera que si también en la hidroterapia obra la fe

prodigios, estas buenas gentes se vuelven a Becerril tan sanas como

corales.

EL EXCELENTÍSIMO SEÑOR.

Una semana antes de suspenderse, por razones de alta temperatura, las

sesiones de las Cortes, pronunció un discurso de abierta oposición a

la política del Gobierno. Tres días después se trasladó a Santander

con su señora, luciendo todavía los tornasoles de la aureola en que

le envolvió aquel triunfo parlamentario. No hay que decir si llegaría

hueco y espetado, él que, por naturaleza, es grave y repolludo.

Como ni S. E. ni su señora piensan tomar baños de mar, sin duda por

aquello de que _de cincuenta para arriba, etc..._, refrán cuya primera

parte les coge por la mitad, no han querido alojarse en el Sardinero;

y como tampoco quieren el bullicio y las estrecheces del cuarto de una

fonda, se han acomodado en una modesta casa de huéspedes, ocupando la

mejor sala con el adjunto gabinete.

Su Excelencia sale a la calle con zapatos de cuero en blanco, sombrero

hongo de anchas alas, cómoda y holgada americana, chaleco muy abierto y

tirillas a la inglesa.

Siempre camina lento y acompasado, con las manos cruzadas sobre los

riñones, y entre las manos la empuñadura de cándida sombrilla. Nunca va

solo; generalmente le acompañan cuatro o seis personas de la población,

y de sus ideas políticas.

Marchan en ala, y el personaje ocupa el centro de ella.

A cada veinte pasos hace un alto, y el acompañamiento le rodea. Es

que va a tocar uno de los puntos graves de su discurso; porque es de

advertir que S. E. no gasta menos, ni aun para diario.

Y, en efecto; si un oído indiscreto se acerca entonces al grupo,

percibirá estas, ú otras semejantes palabras, dichas en tono campanudo

y resonante:

--Porque, señores: los hombres que hemos adquirido la experiencia

del gobierno con amargos desengaños, debemos al país toda la verdad,

todo el esfuerzo de nuestro patriotismo acrisolado. Por eso, si en el

Parlamento, como la Europa ha visto, fui implacable con los hombres de

la situación, lo fui mucho más, lo estoy siendo todos los días en el

terreno de mis personales relaciones con todos ellos. Momentos antes

de salir de Madrid, decía yo al Presidente del Consejo de Ministros:

«Esa que ustedes siguen es una política de aventuras; y ciegos están

si no ven que con ella está el país al borde de un abismo... El país

no quiere utopías; el país quiere hechos prácticos; el país quiere

reformas tangibles y beneficiosas; el país quiere economías positivas;

y ustedes, para corresponder a sus justos anhelos, le dan la dictadura

en Hacienda, el cáos en la política y el desconcierto en todo.»

--¡Bravo! --exclamará aquí uno de los oyentes que más arriman los

asombrados ojos a los crespos bigotes del orador--. Y él, ¿qué le

respondió a Vd.?

--¿Qué me respondió? --replicará S. E. mirando al interpelante

como si fuera a tragársele, y recorriendo luego el grupo con la

vista airada, haciéndole desear por un buen rato la respuesta--.

Lo de siempre: que el estado del país; que el desbarajuste de las

pasadas administraciones; que los compromisos contraídos; que la

demagogia; que la revolución latente; que la necesidad de cimentar las

instituciones... ¡Farsa, señores, farsa todo!

--¡Pues es claro! --responderá el coro.

Y el orador, después de pasear otra vez la vista por los circunstantes,

sin añadir una sola palabra, erguirá la cerviz, fruncirá el ceño, y

continuará su paseo.

Y así hasta el infinito.

Por la noche, aquellos mismos complacientes y complacidos caballeros le

acompañan al _Círculo de Recreo_; y dicho se está que le llevan, medio

en triunfo, al salón del _Senado_, venerable mansión donde, al revés de

la cárcel del mísero Cervantes, «toda _comodidad_ tiene su asiento y

_ni el más leve_ ruido hace su habitación.»

Allí se levantan los más autorizados _señores_ al ver al recién

llegado, cédenle la poltrona presidencial; y, alargando tirios y

troyanos el pescuezo y los hocicos (_intentique ora tenebant_, que dijo

el otro) dispónense a escuchar, sin perder sílaba, la quincuagésima

octava variante sobre el consabido tema...

Que sigue y se reproduce también en el camino del Sardinero, que gusta

S. E. de recorrer a pie, muy a menudo.

Y así va corriendo la temporada, salpimentando sus solaces con tal

cual visita a éste o al otro personaje que veranea en la playa, o pasa

de largo para el extranjero.

Al fin del verano se le lleva un día a ver el Instituto, y otro a la

Farola de Cueto, que, por lo visto, es todo lo monumental que aquí

tenemos, digno de que lo vean esos señores; y hasta el año que viene,

si para entonces no está S. E. en candelero... o en las Marianas, que

de todo se ha visto.

Cuando el personaje montó en el coche que le llevó a visitar la Farola,

se notó que le acompañaba una señora, sobrado vulgar de aspecto, y nada

joven, por las trazas. Aquella señora era la suya; y entonces se la vio

en público por primera vez.

Extrañó mucho la gente reparona que un señor de tal fachada y de tantos

requilorios, hubiera elegido una compañera de tan vulgar modelo.

Pero estos reparones no reparan que los hombres no nacen para ser

personajes como los príncipes para ser reyes; y así les sucede a muchos

lo que al cosaco Kalmuff, que «como no esperaba llegar a sargento,

descuidó un poco la letra»; es decir, que como al verse abogados

sin pleitos, o _temporeros_ de una modesta tesorería de provincia,

o alféreces de reemplazo, no pudieron soñar que el viento de una

revolución, o los caprichos de la fortuna los colocasen en las mayores

alturas del presupuesto, no se les ocurrió entonces tomar una señora de

majestuoso porte, para reflejar en ella en el día de la apoteosis los

relumbrones del oficio.

Mas a esto dicen también las gentes, que en España todos los hombres,

en cuanto llegan a serlo, debieran prepararse para lo más grave, porque

parece ser, y varios hechos lo atestiguan, que, por una rara excepción

de la naturaleza, _todos los españoles servimos para todo_.

LAS INTERESANTÍSIMAS SEÑORAS.

Generalmente son dos: rubia la una, morena la otra; pero esbeltas

y garridas mozas ambas. Arrastran las sedas y los tules como una

tempestad las hojas de otoño. De aquí que unos las crean elegantísimas,

y otros charras y amaneradas. Pero lo cierto es que los otros y los

unos se detienen para verlas pasar, y las ceden media calle, como

cuando pasa el rey.

Como nadie las conoce en el pueblo, las conjeturas sobre procedencia,

calidad y jerarquía, no cesan un punto.

El velo fantástico de sus caprichosos sombrerillos, que llevan siempre

sobre la cara, es el primer motivo de controversias entre el sexo

barbudo. Si aquellos ojos rasgados, y aquellas mejillas tersas, y

aquellos labios de rosa que se ven como entre brumas diáfanas, son

primores de la naturaleza, o artificios de droguería. Esta es una de

las cuestiones. Pero aunque se resolviera en favor de la pintura, no

sería un dato; porque ¿qué mujer no se pinta ya?

Otra duda: ¿dónde viven? Se averigua que se hospedaron en una fonda

muy conocida, a su llegada a Santander, y que permanecieron en ella

tres días, durante los cuales las acompañó por la calle varias veces un

inglés _cerrado_.

Primera deducción: que son inglesas.

A esto replica un curioso que las siguió entonces muy de cerca, que

siempre hablaban por señas a su acompañante, y que le decían «_aisé_»

para llamar su atención. Dato feroz: de él se desprende que no son

inglesas, ni tienen la más esmerada educación, puesto que usan ese

vocablo con que el tosco populacho bautiza a todo extranjero cuando

quiere decirle algo.

Pero un joven optimista hace saber que esa palabra es compuesta de dos

inglesas, muy usuales en la conversación, y que equivalen a _digo yo_,

o mejor aún, a nuestro familiar _oiga usted_.

Se desecha el dato desagradable.

Ignorándose dónde viven después que salieron de la fonda, se las sigue

discretamente con objeto de averiguarlo. Trabajo inútil. Como si el

pueblo fuera para ellas tramoya de magia, desaparecen en el punto y

hora que les convienen.

Estas contrariedades excitan doblemente la curiosidad y multiplican

la suma de los curiosos y de los admiradores, cuya voracidad fomentan

ellas, sin pretenderlo quizá, exhibiéndose con nuevas y más atractivas

galas, y más sandunguero garbo.

A todo esto, los que las suponen de _solar conocido_ alegan que las han

visto en el teatro, en dos butacas. Pero esto es poco y equívoco.

Otros, de mejor instinto investigador, declaran que las vieron, días

antes, salir de la iglesia: este es mejor dato, sin duda.

Pero otro mucho más elocuente se ofrece a los pocos días.

Se las ve en el baile campestre, lo cual, ya lo sabe el lector,

constituye aquí casi una ejecutoria de limpia prosapia.

Sin embargo, todavía no resuelve ni aclara nada este dato. Asistieron

a la fiesta, aunque con intachable arreo, solas como de costumbre. Se

observó que no quisieron bailar, no obstante las muchas invitaciones

que otros tantos despreocupados las hicieron. La incipiente juventud

no se atrevió a tanto desde que notó que las damas _distinguidas_ las

miraban de reojo.

Esto era muy significativo. No pudo averiguarse, por más que se

registraron al otro día los billetes de convite entregados al portero

del salón, qué socio las había dado la credencial para entrar allí.

Inútil es decir que estas nuevas confusiones excitan más y más el afán

de las conjeturas acerca de las desconocidas. Las señoras del pueblo

comienzan a ocuparse de ellas con alguna vehemencia, y también se

dividen en pareceres.

No falta ya quién asegura que son dos princesas rusas que se han

propuesto darse, a todo gusto, un paseo por Europa. Pero como hay

también quien afirma que hablan el castellano, y hasta con cierto

dejillo andaluz, se conviene en que _serán_ dos sevillanas de buen

humor, cuyos maridos llegarán de un momento a otro.

Esta suposición coincide con el aserto de un curioso, de que, según

noticia de Pedro, tomada de Juan, que a su vez la tomó de Felipe, las

dos incógnitas tienen letra abierta en una casa de comercio, de las más

respetables de la plaza.

Y entonces es cuando empieza a vacilar la repugnancia que hacia ellas

sentía la femenil sociedad indígena. Y tanto vacila y tanto decae, que

si a la sazón no asisten aquellas al más encopetado baile particular,

o a la tertulia más _entonada_, es o porque no ha habido una disculpa

para invitarlas, o porque ellas no han querido aceptar la invitación.

Tal sube y baja en el humano criterio el concepto que en él se forjan

los hombres... y las mujeres, dejándose seducir por las apariencias.

Un día se observa que al pasar junto a uno de esos forasteros

bullidores y omniscientes, en lo que respecta a pueblos, tipos y

costumbres, y de quien hablaré al lector más adelante, le sonríen con

inusitada familiaridad, a cuyo agasajo corresponde él flagelando el

vestido de la rubia con dos golpecitos de bastón.

Entonces se le asedia, se le acosa, se le marea con preguntas de todos

los colores.

Asómbrase el interpelado del asombro de los interpelantes, y dales una

respuesta brevísima.

--¡No es posible! --se le replica.

--Con verlo basta, caballeros.

Desde el día siguiente se las mira en la calle como a _gente conocida_,

y se observa un hecho bien opuesto a todo lo usual y corriente en el

trato social; y es a saber, que a medida que van ellas ensanchando sus

relaciones entre los antes codiciosos de sus miradas y preferencias,

van éstos escatimándoles sus atenciones en público; es decir, que más

se aíslan cuanto más se comunican.

Muy poco tiempo después tiene lugar el completo eclipse de estos dos

astros, que aparecieron entre los de primera magnitud.

Y llamo _completo_ al eclipse, porque se necesita un ojo muy avezado

a la observación para distinguirlos, de vez en cuando, en las alturas

de un palco segundo del teatro, oscurecidos ya por la luz de una

candileja; o describiendo, como fuegos fatuos, caprichosos giros

y recortes en el Muelle, al desembarcar en él los indianos de un

vapor-correo.

UN ARTISTA.

--¿Gusta Vd. que le sirva, cabayero?

--Sí, señor.

--Sírvase Vd. tomar asiento aquí... ¿Qué va a ser?

--¿Cuál?

--Digo si gusta Vd. cortarse, rizarse...

--Quiero que me afeiten.

--Al momento, cabayero... ¿Le gusta a Vd. así el respaldo? ¿Quiere Vd.

que le suba..., que le baje?

--No, señor.

--Muy bien. ¿Fría, o caliente?

--Como a Vd. le dé la gana, con tal que me afeite pronto y bien.

--¡Oh! como una seda, cabayero... Un poquito más alta la barbiya, si

Vd. gusta... Así... ¿Qué calores tenemos, eh? ¡Cómo se estará asando

aquel Madrí!... ¿Hace mucho que no ha estado Vd. por Madrí, cabayero?

--Y ¿qué sabe Vd. si yo he estado allá alguna vez?

--¡Oh! yo le conozco a Vd.

--Pues que sea por muchos años.

--Sí, señor. Cuando vino Vd. a cortarse el pelo anteayer, me lo dijo el

chico que le sirvió a Vd.

--Es decir, que es Vd. nuevo en esta peluquería.

--Ocho días hace que llegué de Madrí.

--Como en verano se aumenta la parroquia...

--No, señor: yo he venido _de placer_; quiero decir, a baños.

--Vamos, afeita Vd. por recreo.

--Hágase Vd. cuenta que sí; porque lo que sucede es de que al saberse

que yo había venido, me solicitó el maestro; y yo, por hacerle un

favor...

--Ya lo comprendo.

--Como a mí, en dejándome tiempo para bañarme, una hora para el café y

otras dos para ir con los amigos al paseo, no me hace falta el resto

del día...

--¿Y todos los años viene Vd. a bañarse aquí?

--No, señor. Esta es la primera vez; pero otros amigos de mi arte han

venido otros veranos, y me han hablado muy bien de este pueblo. Lo

demás, yo siempre _he salido_ a San Sebastián. Hay muy buena sociedad

allí.

--De modo que Vd. no piensa quedarse todo el año en esta barbería.

--¡Qué ha dicho Vd! ¡Dejar yo aquel Madrí... Madrí de mi alma!...

Desengáñese Vd. cabayero; nosotros, los artistas, acostumbrados a aquel

mundo, no servimos para provincias.

--Según eso, nacería Vd. allí.

--Naturalmente, cabayero.

--Lo supongo; y supongo también que será extremada la necesidad que

tiene Vd. de los baños de mar, cuando sale Vd. todos los veranos a una

miserable provincia para tomarlos.

--Yo le diré a Vd. lo que hay. Mi papá estuvo en Ultramar muchísimo

tiempo desempeñando un buen destino, y a los dos años de venir él de

allá, nací yo... Por cierto que mi mamá tuvo un parto atroz... ¿Hace

daño?

--¿Cuál, hombre?

--La navaja.

--Va «como una seda.»

--Es claro... Pues verasté. Yo me crié muy delicadito, y los médicos

decían que unos tumores como puños que me salían en salva la parte,

eran _escrúfulas_, _ínticas_ a las que papá había traído de América.

--Pero las llevaría ya de España.

--No señor, los cogió allá.

--Yo creía que las escrófulas no se adquirían así tan de repente.

--Por eso decían los médicos, cabayero, que cuando las _escrúfulas_ se

cogen de golpe y a esa edad, ya no se sueltan; y a más a más se pegan.

--Ya me voy enterando.

--Como que mamá, que nunca las había tenido de joven, se fue a

la sepultura llena de ellas... Pues verasté: y criándome yo tan

delicadito, dijeron los médicos que necesitaba poco trabajo y mucho

baño de mar. Por eso nunca pude ir al colegio; que, por lo demás, mi

papá quería que yo estudiara para ingeniero. Pero papá era muy liberal,

y murió en la Plaza de la Cebada... de un tiro, cuando la revolución

del cincuenta y cuatro. Entonces mi mamá no pudo con el susto, se le

metieron en el cuerpo las _escrúfulas_, y murió también. Quedándome yo

huérfano y con pocos recursos, me dediqué a este arte, y con él voy

viviendo, gracias a los baños de mar que tomo todos los veranos...

¿Quiere Vd. que le descañone?

--Haga Vd. todo lo de costumbre.

--Y Vd., cabayero, ¿no se da luego una vuelta por Madrí? Conocerá Vd.

allí mucha gente.

--No tanta como Vd.

--¡Oh! yo conozco a todo el mundo... Sobre todo, artistas y literatos.

--¡Anda!

--No sé si vendrá este año por aquí Benito.

--¿Qué Benito?

--Galdós.

--Parece que le trata Vd. con mucha confianza.

--Muchísima. Cuando salí de Madrí quedaba él dando las últimas

_plumeadas_ a un libro muy bonito que va a publicar en seguida.

--Se le leería a Vd.

--Porque yo no quise que se molestara, no me le leyó; pero hablamos de

él, así, por encima.

--Vamos, le gustará su parecer de Vd.

--Aunque yo no debiera decirlo... ¿No ve Vd. que no se riza con nadie

más que conmigo?

--Es extraño eso; porque yo juraría que gasta el pelo rapado.

--Efectivamente: pero yo me refería a la barba.

--Siempre se la vi afeitada.

--Pues se la afeito yo, cabayero.

--¡Ah! ya.

--Y la misma intimidad tengo con Adelardo Ayala. Pues ¿y con

Campoamor?... El primero que le dio la mano cuando se _echó_ el último

_dracma_ suyo, fui yo. «Gracias, chico --me dijo--, y créete que estimo

tu enhorabuena como la mejor.»

--De modo que trata Vd. a toda la literatura por debajo de la pata.

--Hágase Vd. cuenta que a toda... ¡Qué _chicos_! Tienen la gracia de

Dios... Pues ahí está _Lagartijo_ que dice en el _Imperial_ a voz

en cuello, que la tarde que no estoy yo en la plaza no sabe dar un

volapié. ¡Ese sí que _tiene sombra_!

--¿El _Imperial_?

--No, señor, _Lagartijo_... Así decimos en Madrí... Cosas de esos

chicos del _Gil Blas_. Aquí, en provincias, tiene uno que mirarse mucho

para hablar, porque enseguida se _escama_ la gente.

--Ya ve Vd., la ignorancia...

--Es natural; porque no están, como uno, al tanto de las cosas del

día..., pero allí, aunque no se quiera, hay que _estruirse_... Misté,

cabayero; yo estoy todo el año en la peluquería de Prats, que es la

mejor de Madrí. Allí el literato; allí el músico; allí el diputado...

Para que Vd. vea: ocho días antes que Salaverría leyera en las Cortes

los presupuestos últimos, sabia yo todo aquello del recargo que tanto

dio que hablar. Lo mismo me sucedió con lo de los fueros. Así es que

yo tengo a montones las papeletas para las trebunas de orden; y si no

voy a todas las sesiones, es porque, para mí, todo lo que no sea hablar

Emilio, o Roque Barcia...

--De modo que es Vd. de los que llaman «de la cáscara amarga.»

--Pues ahí verá Vd... No, señor. Por de pronto, yo no soy ya hombre

de opinión, porque los desengaños me han hecho _ateo_ en política;

pero, de estar por alguno, más bien estoy por los de guante blanco,

que, al cabo, se peinan y se afeitan, y son, como el otro que dice,

parroquianos de uno. Es que esos oradores yo no sé qué tienen para mí.

Bien séase que no los entiendo, o que lo dicen con cierto... Vamos,

ello es que me llevan detrás, como si me _dechizaran_... Aquí, en

provincias, estarán ustedes poco al tanto de esas cosas.

--Nada, hombre, nada.

--Es natural. Les falta el roce y la... Allí da gusto; de todo se trata

y en todo se ilustra la persona... ¿Descañono más?

--Está bastante.

--¿Fría, o caliente?

--De la más fría.

--Tenga Vd. la bondad de _ensugarse_ con esta _toballa_. Le daré a Vd.

unos golpes de peine.

--¿En dónde?

--En el pelo... ¡Oh, cabayero, qué antigua es ya esa moda que Vd.

_lleva_! Ahora, en Madrí, todos los chicos _distinguidos_ llevan el

pelo en _bandós_...

--Sí, ¿eh? Pues deje Vd. lo mío como está, y así seré mucho más

_distinguido_.

--Como Vd. guste, cabayero... ¿Conque también tienen ustedes ya tranvía?

--Así parece.

--Han querido imitar al de Madrí. ¡Aquel sí que es tranvía!

--Mejor que éste, ¿eh?

--¡Qué tiene que ver! Sin embargo, cabayero, para una provincia, éste

es todo lo que se puede pedir.

--Ya me hago cargo. Además, aquel recorre sitios más amenos.

--¡Muchísimo más! Recoletos, la calle de Alcalá, la Mayor, Palacio, el

barrio de Pozas..., todo Madrí; conque, figúrese Vd.

--Al paso que aquí, Molnedo, San Martín, la Magdalena, el Sardinero...

--Eso es: mucho prado, mucha mar..., rústico todo. Pero no hemos de

pedir en una provincia las ventajas de un Madrí. ¡Cuántas tiene Vd.

en España todavía mucho más atrasadas que ésta! Pero ya irán ustedes

entrando poco a poco. Por de pronto, la buena sociedad madrileña que

les visita todos los veranos, ya adorna esto, y algo ilustra. Misté;

el domingo fui yo en el tranvía, y se me figuraba que estaba en Madrí.

Todos los pasajeros éramos de allá, y todos conocidos. Así es que la

gente se nos quedaba mirando cuando nos apeamos.

--¡Qué le parece a Vd.!

--Lo mismo me sucede cuando voy por las mañanas a tomar el baño. Toda

la gente que anda por el arenal y por la galería, somos de Madrí. De

modo que todo se le vuelve a uno saludar. Le digo a Vd., cabayero, que

algunas veces me parece que estoy en el _Prao_, y me da tristeza.

--¿Por qué, hombre?

--Ya ve Vd. la _diferiencia_. Cuatro peñascos, un arenal y _un poco_ de

agua. Compáreme Vd. esto con aquel gentío de carruajes, con aquellos

palacios y aquel _vaivién_ de sociedad, que a veces no _cabemos_ en

el salón..., porque, créame Vd., cabayero, aquello es _la mar_ de

elegancia... Esto no es decir que el Sardinero sea del todo malo, pues,

para una provincia, no puede pedirse más; pero desengáñese Vd., a los

que estamos hechos a aquel Madrí... ¡Ay, Madrí de mi alma!... Está Vd.

servido, cabayero.

--Muchas gracias, amigo.

--Me alegraré haberle dado gusto.

--Pues vaya Vd. alegrándose.

--Ya lo sabe Vd.; por ahora, desgraciadamente, aquí; desde el mes que

viene, calle del Carmen, peluquería de Prats, para cuanto se le ocurra.

--No olvidaré las señas. Conque agur, y aliviarse de las _escrúfulas_.

--Tantísimas gracias... Beso a Vd. su mano, cabayero.

UN SABIO.

Al siguiente día de su llegada a Santander, o acaso sin sacudirse el

polvo del camino, dáse a conocer en tertulias y corrillos diciendo,

con la mayor impavidez, que España es un país de estúpidos, y que la

capital de la Montaña es el último rincón del país, puesto que no hay

un solo montañés que conozca _la telematología_, ni la _filosofía

del sentimiento estético en sus relaciones con la actividad del yo

pensante, en, dentro, sobre, sobre en y por debajo de la conciencia

universal_. Pero esta ignorancia no le sorprende en un pueblo en que

_todavía_ oyen misa los hombres que se llaman ilustrados, y desconocen

a _Jeeéguel_ (muy arrastrada la J) o Hegel, como decimos las personas

vulgares.

Y ahora que el lector sabe algo sobre la venida de este huésped, voy a

decirle otro poco acerca de su procedencia.

La humana debilidad tiende, por instinto, a lo más cómodo, hacedero y

comprensible.

Por eso a los grandes apóstatas, aunque arrastrados a la apostasía por

el demonio de la soberbia, o de la codicia, o de la concupiscencia,

nunca les han faltado inocentes que formen su cortejo.

Pero llegó el siglo XIX, hijo legítimo de la glacial filosofía del

XVIII, y la masa dócil a tantas voluntades durante tantos siglos de

controversias y de charlatanes, endurecióse como el mármol, y hasta

el más lerdo se convenció de que en estos días esplendorosos, de luz

y de _pronunciamientos_, ya no cabe el cisma, por la sencilla razón

de que el que se separa de la verdad católica no es para proclamar

otra _creencia_, sino para dudar de todas; y dudar de todas equivale

a carecer de entusiasmo, que es hijo de la fe; y careciendo de fe y

de entusiasmo, no cabe la disputa, ni por consiguiente la escuela. Es

decir, que los disidentes de la verdad «ya no creen en brujas,» o,

hablando más en carácter de _época_, están «curados de espantos,» en

plena _despreocupación_. Deducción lógica de esto: No puede darse una

ocasión que sea menos a propósito que la presente para fundar sectas

religiosas y sistemas filosóficos.

Pues bien, lector; en ninguna otra, desde que el mundo es mundo, se han

hecho mayores esfuerzos para arrastrar a la razón humana a los extremos

que más la repugnan; jamás se ha visto mayor cúmulo de desatinos

presentados como armas de seducción, unos en el campo religioso, otros

en el filosófico y otros en el de la política; siendo inútil advertir

que todas estas agrupaciones, tan diferentes entre sí, coinciden en un

punto: el consabido odio _a las viejas instituciones y creencias_.

Ni de los fundadores, ni de los pontífices, ni de los apóstoles (aunque

todo ello suele andar en una sola pieza) de estas doctrinas, ni

siquiera de los adeptos que lo sean _de veras_, voy a ocuparme aquí,

gracias a Dios.

Pero es el caso que alrededor de estas colmenas de insípida melaza,

bulle de continuo un enjambre de zánganos impresionables, que, so

pretexto de un amor desmedido a lo _nuevo_ y a lo _fuerte_, pero

incapaces de elaborar cosa propia, aunque sea mala, van chupando, a

hurtadillas, cien desatinos de la filosofía, cincuenta extravagancias

de lo religioso y doscientas majaderías de la política; y con estas

provisiones en el buche, mal digeridas, así por falta de jugos como

por la indigesta condición de lo engullido, échanse zumbando por

esos mundos de Dios, y aún pretenden elevar su vuelo hasta las

águilas, porque les han dicho que aquello que les nutre el menguado

entendimiento se llama _ciencia moderna_.

Uno de estos _sabios_ es el huésped consabido.

Y ya que tampoco ignoras de dónde viene, continúo leyéndote todas las

señas particulares de su pasaporte.

Generalmente es _tipo_ por su figura, o por el corte de su vestido, y

joven; porque no se concibe que pueda llegar nadie a la edad de las

canas con tantos grillos en la cabeza.

Ni la experiencia, ni la erudición más vasta en el campo de los _viejos

sistemas_, le merecen el menor respeto; porque él ha asistido durante

dos meses a una cátedra de filosofía krausista en la universidad de

Madrid, y sabe, por boca de uno de los oráculos españoles de esta

escuela alemana, que «_cada filósofo debe construir su propia ciencia

sin necesidad de abrir un libro_.» Y tan al pie de la letra ha tomado

el consejo, a tal extremo ha llevado el asco a los libros, que ni

siquiera conoce la gramática castellana.

Ya hemos visto, al dársele a conocer al lector, qué desparpajo le

presta o le infunde esta _ilustrada_ ignorancia; mas como aquella tesis

la repite donde quiera que halla tres hombres reunidos, y como no es

raro que entre tantos haya muchos a quienes sobre de buen sentido lo

que les falte de _ciencia moderna_, su temporada de verano es una pelea

sin tregua ni sosiego.

Porque es de advertir que, aunque de pronto se le escucha como quien

oye llover, una vez _metido en barro_ ya no hay paciencia que sufra

tantas salpicaduras al sentido común, única _ciencia_, a mi entender,

que se _construye_ sin abrir un libro, por la sencilla razón de que no

hay libro que enseñe a construirla cuando Dios ha negado a alguno la

_materia prima_.

Sin este lastre en la cabeza, claro es que, como todo lo henchido de

aire, o menos pesado que él, este sabio, no bien se agita un poco, ya

está dando tumbos por el espacio y perdiéndose de vista en el infinito.

Por eso lo primero que _discute_, y con doble afán si hay mujeres en el

auditorio, es a Dios, es decir, al _Dios de las viejas creencias_.

Eso de _Dios Trino y Uno_, tiénelo él por logomaquia.

La _conciencia humana_ no siente este concepto _absurdo_; la mente, por

tanto, no le penetra, no le alcanza.

Entonces es la ocasión de echar atrás las solapas del levisac, poner la

cara hosca, y lanzarse sobre los ignorantes con este párrafo que, según

el sabio, es claro, perceptible y concluyente:

«_Dios es el absoluto ser, en su total unidad e integridad, como

lo que es y de lo que es, en la esencial sustantiva unión y

composición del ser y del existir, del conocer y del pensar, dándose

y determinándose en, dentro y debajo de la unidad, sabiéndose de

sí, para sí y consigo, congrua, individual y homogéneamente, antes

y sobre toda determinación concreta de la materia caótica en tiempo

y espacio, medio en que lo objetivo y lo subjetivo recíprocamente

comulgan._»

En seguida apoya su aserto con la autoridad de los _santos_ padres, o

pontífices de _su_ iglesia, Krause, Sanz del Río y Salmerón, mira en

derredor de sí con cara de lástima, y pasa a otra cosa.

Nada le _repugnaba_ tanto cuando él _era_ católico «por no disgustar

a su _pobre_ madre que creía como una _inocente_ todas _esas cosas_,»

como los milagros, lo sobrenatural: y lo del premio y el castigo

inmediatos a la muerte del cuerpo, ni más ni menos que si Dios llevara

una cuenta corriente a cada una de sus criaturas. Esto es empequeñecer

la idea, agraviar a la razón humana que es un destello divino, etc.,

etc.

Y he aquí que comienza a cantar endechas al _espiritismo_, de cuya

secta se declara partidario y hasta miembro integrante. Y siendo

espiritista, cree, por ende, y así lo manifiesta, que los espíritus

vagan por el espacio, ramoneando de planeta en planeta, como carneros

trashumantes, para purificarse por una serie de trasmigraciones,

hasta que Dios los llame junto a sí, después de juzgarlos dignos de

Él: cree, por tanto, en los metaespíritus, y que el hombre está en la

tierra, de tránsito, procedente ya de otro planeta, o de otra criatura

de diferente condición social o naturaleza, y ni siquiera niega que

pueda él mismo haber sido asno tiempos atrás, por más que --¡otro

contrasentido!-- no le guste que se lo llamen. En fin, repugnándole

todo lo sobrenatural, y hasta negándolo con indignación, nos cuenta

entusiasmado que se pasa las horas muertas hablando mano a mano con

el espíritu de Confucio... o con el de Sancho Panza (pues inspirados

_eruditos_ hay en la secta que se lo han tragado), si es _medium_,

por su propia virtud, y si no, por el del hermano que la posea;

y le cuentan que esto está perdido, y que la Iglesia caerá, y que

prevalecerá lo que quieran Bassols, Solanot y otros cuantos apóstoles

de la doctrina famosa... Y todo esto y mucho más se lo cuentan en

parábolas y rengloncitos entrecortados, que necesitan luego una

interpretación no poco ingeniosa.

También en este trance tapa la boca a los incrédulos que se ríen al

oírle, con nombres propios. En seguida enjareta una letanía de los

más sonados en España entre políticos y militares, los cuales sujetos

hacen lo mismo que él, y _aliquid amplius_, en esas conferencias con

los espíritus; cuya prueba, no por ser irrecusable, porque es la pura

verdad, levanta un ápice la cuestión ante el testarudo y arranciado

sentido común que escucha al sabio; pues se obceca aquel inconquistable

tribunal en sostener que en ninguna parte hay reunidas, en menos

terreno, más extravagancias, más monomanías, más opuestas condiciones

sociales que en un manicomio, y, sin embargo, a nadie se le ha ocurrido

tomar por lo serio aquella algarabía de insensatos.

Indígnale también que existan _todavía_ hombres que se llaman

ilustrados sosteniendo que la raza humana, entera y verdadera, procede

de Adán. Parécele absurda esta _teoría_; y buscando otra más verosímil,

y hasta solar más noble a la humanidad, agárrase a Darwin, y pónese

muy hueco al declarar con este otro sabio que el hombre desciende del

mono --cosa que muchos _ignorantes_ no negarían si todos los ejemplares

de la especie fueran idénticos al preopinante--. Verdad es que el

sustentar esta teoría le permite soltar la palabreja _antropiscos_ o

_antropoides_, que no es despreciable para un sabio de su calibre, y

tapar con ella el resuello al que le pregunte por la raza que debió

llenar el abismo que separa al cuadrúmano famoso, del más estúpido de

los hombres.... Por eso me gustan a mí los sabios (y no aludo ahora

al de mi cuento): se tropiezan en sus investigaciones con un abismo

sin fondo, y le cubren con una palabra rimbombante; y saltando sobre

ella, para no sentir el vértigo que les perdería, siguen adelante

tan satisfechos como si la senda no tuviera un bache: todo menos

retroceder ante el precipicio, para buscar otro camino más seguro y

más frecuentado. Digo esto, porque la tal palabreja es la tapadera que

ponen los darwinistas sobre el abismo de su peregrina teoría. ¡Como si

el tal abismo no fuera para ellos toda la cuestión!

Volviendo ahora a nuestro sabio, digo que si se logra hacerle descender

de esas alturas en que se mece tan a su gusto, y bajar al mundo

terreno, se le ve lanzarse rápido sobre la memoria de los grandes

hombres; porque ésta es de las águilas que no pierden el tiempo cazando

moscas. La calidad del auditorio es lo que menos le importa.

Así, por ejemplo, al primer tratante en caldos que halla a mano, le

enreda en una discusión sobre Cervantes.

Tipos trashumantes: cróquis á pluma · 第 1 / 6 段