Por qué accidente se ve precisado Gil Blas a buscar nuevo acomodo.
Esta fué la historia que contó don Pompeyo y que oímos el criado de
don Alejo y yo, aunque nos mandaron que nos retirásemos antes que la
principiase. Hicímoslo así, pero nos quedamos a la puerta de la sala,
que de propósito dejamos entornada, y pudimos oír todo lo que dijo, sin
perder una sola palabra. Prosiguieron después bebiendo aquellos señores
y se separaron antes del día, porque como don Pompeyo había de hablar
por la mañana al ministro, era razón que le diesen tiempo de reposar
algún tanto. El marqués de Zenete y mi amo se despidieron de aquel
caballero, abrazándole y dejándole con su pariente.
Nosotros, por esta vez, nos acostamos al amanecer, y al día siguiente
mi amo me honró dándome otro nuevo empleo. «Gil Blas—me dijo—,
toma papel, tinta y pluma para escribir dos o tres cartas que quiero
dictarte, pues te hago mi secretario.» «¡Bravo!—dije entre mí—.
¡Esto se llama acrecentamiento de encargos! ¡Lacayo para ir detrás
de mi amo a todas partes, ayuda de cámara para ayudarle a vestir y
secretario para escribirle las cartas, dictándome su señoría! ¡El
Cielo sea loado por todo! ¡Voy, como la triforme Hécate, a representar
tres muy distintos personajes!» «Tú no sabes—prosiguió mi amo—qué
fin llevo en escribir estas cartas. Voy a decírtelo; pero sé callado,
porque te va la vida en ello. A cada paso tropiezo con gentes que me
apestan alabándose de sus felices galanteos, y yo quiero sobrepujar a
su vanidad, para lo que he pensado llevar siempre en el bolsillo varios
billetes fingidos de diferentes damas y leérselos cuando ellos hagan
necio alarde de sus triunfos. Esto me divertirá un rato y seré más
dichoso que todos mis compañeros, porque ellos solicitan esas fortunas
sólo por tener el gusto de publicarlas, y yo tendré el gusto de
referirlas sin los malos ratos que trae consigo el pretenderlas. Pero
tú—añadió—procura desfigurar tu letra, mudando la forma de manera que
los papeles no parezcan escritos de una misma mano.»
Tomé, pues, pluma, tinta y papel para obedecer a don Matías, quien me
dictó un billete en los términos siguientes: «Anoche faltaste a tu
palabra y no te dejaste ver en el sitio concertado. ¡Ah don Matías, no
sé qué podrás decir para disculparte! Grande ha sido mi error, pero
bien has castigado mi vanidad y la ligereza con que creía yo que todas
las diversiones, y aun todos los negocios del mundo, debían ceder
al gusto de ver a _Doña Clara de Mendoza_.» Después de este billete
me hizo escribir otro como de una dama que posponía a un gran señor
por amor a su persona; y otro, en fin, en el cual otra dama le decía
que, si estuviera segura de su discreción, harían juntos el viaje
de Citerea. No contentándose con hacerme escribir unos billetes tan
bellos, me obligaba a que los firmase con el nombre de varias señoras
muy distinguidas. No pude menos de decirle que la cosa me parecía
demasiadamente delicada, pero me respondió secamente que nunca me
metiese en darle consejos mientras no me los pidiera. Vime precisado
a callar y obedecerle. Acabóse de vestir, ayudándole yo; metió los
billetes en el bolsillo y salió de casa. Seguíle y fuimos a la de
don Juan de Moncada, que tenía convidados aquel día a cinco o seis
caballeros amigos suyos.
Hubo una gran comida y reinó en toda ella la alegría, que es la salsa
mejor de los banquetes. Todos los convidados contribuyeron a mantener
divertida la conversación, unos con chistes y otros contando aventuras
que ellos decían haberles sucedido. No malogró mi amo tan favorable
ocasión de hacer lucir los papeles amorosos que me había hecho
escribir. Leyólos en alta voz y en tono tan natural, que, a excepción
de su secretario, todos los demás pudieron tenerlos por muy verdaderos.
Entre los caballeros que se hallaban presentes a tan descarada lectura
había uno que se llamaba don Lope de Velasco, hombre grave y de juicio,
el cual, en vez de celebrar como los demás las imaginarias fortunas,
preguntó fríamente a mi amo si le había costado mucho hacerse dueño de
la voluntad de doña Clara. «Menos que nada—le respondió don Matías—,
pues ella fué la que dió los primeros pasos. Vióme en el paseo,
prendóse de mí, mandó que me siguiesen, supo quién era yo, escribióme
y citóme para su casa a la una de la noche, cuando todos estaban
durmiendo. Fuí allá, introdujéronme en su cuarto... Lo demás no permite
mi prudencia que lo diga.»
Cuando don Lope de Velasco oyó aquella lacónica relación, se turbó
tanto que todos se lo conocieron, y no era dificultoso adivinar
lo mucho que se interesaba en el honor de aquella dama. «Todos
esos billetes—dijo a mi amo mirándole con semblante airado—son
enteramente falsos, en particular el de doña Clara de Mendoza, de
que tanta ostentación hacéis. No hay en España señorita más recatada
y honesta que ella. Dos años ha que la obsequia un caballero que no
os cede en nacimiento ni en prendas personales y apenas ha podido
conseguir de ella los más inocentes favores, siendo así que se puede
lisonjear de que, si fuera capaz de conceder alguno, a ningún otro sino
a él se los dispensaría.» «¿Y quién os dice lo contrario?—replicó
mi amo en un tono burlón—. Yo no me aparto de que es una señorita
muy honesta. Yo también soy muy honesto caballerito. Conque debéis
creer que nada pasaría que no fuese honestísimo.» «¡Oh, eso ya pasa
de raya!—interrumpió don Lope—. Dejémonos de chanzas. Vos sois
un impostor y jamás doña Clara os dió cita para de noche. No puedo
tolerar que manchéis su reputación. Tampoco a mí me permite ahora
la prudencia deciros lo demás.» Y diciendo estas palabras miró con
arrogancia a los concurrentes y se retiró con un aire que anunciaba
las malas consecuencias que podría tener aquel negocio. Mi amo, que
tenía bastante valor para un señor de su carácter, hizo poco caso de
las amenazas de don Lope. «¡Gran tonto!—exclamó dando una carcajada—.
¡Los caballeros andantes sólo defendían la _sin par hermosura_ de sus
damas; pero éste quiere defender la _sin par honestidad_ de la suya, lo
que me parece empeño todavía más extravagante!»
La retirada de Velasco, a la que en vano quiso oponerse Moncada, no
descompuso la fiesta. Los caballeros, sin parar la atención en ello,
prosiguieron alegrándose y no se separaron hasta el amanecer. Mi amo
y yo nos acostamos a las cinco de la mañana. El sueño ya me rendía
y había hecho ánimo de dormir bien, pero echaba la cuenta sin la
huéspeda, o, por mejor decir, sin nuestro portero, el que una hora
después me vino a despertar y a decirme que estaba a la puerta de la
calle un mozo que preguntaba por mí. «¡Ah, maldito portero!—dije
bostezando, entre enfadado y dormido—. ¿No consideras que sólo ha
una hora que me acosté? Di a ese hombre que estoy durmiendo y que
vuelva más tarde.» «Dice—respondió el portero—que tiene precisión
de hablarte luego luego, porque es cosa urgente.» Levantéme a estas
palabras, poniéndome solamente los calzones y una almilla, y echando
mil pestes fuí a ver lo que me quería el mozo que me buscaba.
«Amigo—le dije—, ¿qué negocio tan urgente es el que me proporciona
la honra de verte tan de mañana?» «Una carta—respondió—que tengo que
entregar en mano propia al señor don Matías y es preciso la lea cuanto
antes. Su contenido es de la mayor importancia, y así, te ruego que
me lleves a su cuarto.» Persuadido de que debía de ser alguna cosa de
grande consecuencia, me tomé la licencia de ir a despertar a mi amo.
«Perdone vuestra señoría—le dije—si le vengo a interrumpir el sueño;
pero la importancia...» «¿Qué diantres me quieres?», dijo enfadado.
«Señor—dijo entonces el mozo que me acompañaba—, es una carta de
don Lope de Velasco que debo entregar a usía.» Incorporóse don Matías,
tomó el billete, leyóle y dijo con mucho sosiego al criado de don Lope:
«Hijo, yo nunca me levanto hasta mediodía aunque me conviden para la
mejor diversión del mundo. ¡Mira ahora si me levantaré a las seis de
la mañana para ir a reñir! Díle a tu amo que, como me espere hasta las
doce y media en el sitio que me dice, seguramente nos veremos en él;
dale esta respuesta.» Y diciendo esto volvióse a echar y tardó muy poco
en quedarse de nuevo dormido.
A las once y media se levantó y vistió con grandísima pachorra. Salió
de casa, diciéndome que por aquella vez me dispensaba de seguirle;
pero yo no pude resistir a la curiosidad de ver en lo que paraba aquel
negocio. Fuime tras de él a lo largo hasta el prado de San Jerónimo,
donde vi a lo lejos a don Lope de Velasco, que le estaba esperando.
Escondíme donde sin ser visto pudiese observar a los dos, y vi que se
juntaron y que un momento después comenzaron a reñir. Duró mucho la
pendencia, peleando uno y otro con mucha destreza y con igual valor;
pero al fin se declaró la victoria por don Lope, quien de una estocada
pasó de parte a parte a mi amo, dejándole tendido en tierra y huyendo
muy satisfecho de haberse vengado. Corrí acelerado a don Matías;
halléle sin sentido y casi muerto, espectáculo que me enterneció tanto,
que no pude menos de echar a llorar por ver una muerte para la cual,
sin pensarlo, había yo servido de instrumento. En medio de esto y de
mi justo sentimiento no dejé de pensar en hacer lo que me importaba.
Volvíme al punto a casa sin hablar palabra a nadie. Hice mi hatillo, en
el que, por inadvertencia, metí también algunas cosillas de mi amo, y
luego que lo llevó a casa del barbero, donde tenía guardado el vestido
que usaba en mis aventuras, esparcí la voz de la desgracia que había
sucedido, siendo yo testigo de ella. Contéla a quien me la quiso oír,
pero sobre todo fuí a contársela a Rodríguez. Este, menos afligido que
solícito en tomar las providencias oportunas, juntó a todos los criados
de don Matías, mandóles que le siguiesen y fuimos todos al lugar de
la pelea. Levantamos a don Matías, que aun respiraba; llevámosle a
casa, y al cabo de tres horas murió. Tal fué el trágico fin del señor
don Matías de Silva, mi amo, por el imprudente gusto de leer papeles
amorosos fingidos por él.