CAPÍTULO IX

Del amo a quien Gil Blas fué a servir después de la muerte de don

Matías de Silva.

Hecho el entierro de don Matías, fueron, pasados unos días, pagados

y despedidos todos sus criados. Yo establecí mi morada en casa del

barberillo, con quien empezaba a contraer estrechísima amistad.

Prometíame estar allí con más gusto y mayor libertad que en casa de

Meléndez. Como me hallaba con algún dinerillo, no me di prisa a buscar

nueva conveniencia; por otra parte, me había hecho muy delicado sobre

este particular. Ya no gustaba de servir a gente común y plebeya, y aun

entre la noble quería examinar bien antes el empleo que me querían dar.

Aun el mejor no me parecía sobrado para mí, persuadido de que todo era

poco para quien había servido a un caballero rico, mozo y elegante.

Esperando a que la fortuna me ofreciese una casa cual yo me imaginaba

merecer, juzgué no podía emplear mejor mi ociosidad que en dedicarme

a obsequiar a la bella Laura, a quien no había visto desde el día en

que nos desengañamos los dos tan graciosamente. No me pasó por el

pensamiento volver a vestirme a lo don César de Ribera. Sería una

grande extravagancia disfrazarme ya con aquel traje, y más cuando mi

propio vestido era bastante decente, pudiendo pasar por un término

medio entre don César y Gil Blas, sobre todo hallándome bien calzado,

peinado y afeitado con ayuda de mi amigo el barbero. En este estado fuí

a casa de Arsenia, y encontré a Laura sola en la misma sala donde en

otra ocasión le había hablado. Exclamó luego que me vió: «¿Qué milagro

es éste? ¿Eres tú? ¡Paréceme que sueño, porque te creí muerto o que

te habías perdido! Hace siete u ocho días que te dije podías venir a

verme; mas, a lo que veo, no abusas de la libertad que te conceden las

damas.»

Disculpéme con la muerte de mi amo y con las ocupaciones a que dió

lugar, añadiendo muy cortesanamente que aun en medio de ellas tenía

siempre muy presente en el corazón y en la memoria a mi amada Laura.

«Siendo así—me dijo ella—, se acabaron ya las quejas, y te confesaré

que también te he tenido yo muy presente. Luego que supe la desgracia

de don Matías, me ocurrió un pensamiento, que acaso no te desagradará.

Días ha que oí decir a mi ama que se alegraría de encontrar un mozo

que supiese de cuentas y gobierno de una casa, para ser su mayordomo

y llevase razón del dinero que se le entregara para el gasto de ésta.

Inmediatamente puse los ojos en tu señoría, pareciéndome que serías el

más a propósito para este empleo.» «También me parece a mí—respondí

yo—que le desempeñaría a las mil maravillas. He leído las _Economías

de Aristóteles_, y, por lo que toca a llevar una cuenta, ése ha sido

siempre mi fuerte. Pero, hija mía—añadí—, una sola dificultad me

impide entrar a servir a Arsenia.» «¿Qué dificultad?», replicó Laura.

«He jurado—repuse—no servir jamás a gente común, y lo peor es que lo

juré por la laguna Estigia. Si el mismo Júpiter no se atrevió a violar

este juramento, mira tú cuánto deberá respetarle un pobre criado.»

«¿A quién llamas tú gente común?—replicó Laura con mucho despego—.

¿Por quiénes tienes tú a las comediantas? ¿Parécete que son por ahí

algunas abogadillas o algunas procuradoras? ¡Sábete, amigo mío, que las

comediantas son nobles y archinobles por los enlaces que contraen con

los primeros personajes de la Corte!» «Siendo así—le dije—, cuenta

conmigo, hija mía, para ese empleo que me destinas; pero con tal que

no me degrade ni me haga valer menos de lo que soy.» «¡No tengas miedo

de eso!—repuso Laura—. Pasar de la casa de un elegante a la de una

heroína de teatro es hacer el mismo papel en el gran mundo. Nosotras

estamos en una misma línea con las personas de la primera distinción;

el mismo aparato de cuarto, la misma mesa, y, en realidad, es menester

que se nos confunda con ellos en la vida civil. Con efecto—añadió—,

si se consideran bien un marqués y un comediante, en el discurso de

un día vienen casi a ser una misma cosa. Si el marqués, en las tres

cuartas partes del día, es superior al comediante, el comediante, en

la otra cuarta parte, supera mucho más al marqués, porque representa

el papel de emperador o de rey. Esta, a mi ver, es una compensación de

nobleza y de grandeza que nos iguala con las personas de la Corte.»

«Así es, por cierto—respondí—; sin duda que estáis a nivel unos con

otros. Los comediantes no son ya gentuza, como pensaba yo hasta aquí,

y me has metido en gana de servir a un gremio tan distinguido y tan

honrado.» «Me alegro—repuso ella—, y no tienes mas que volver de

aquí a dos días. Me tomo este tiempo para ir preparando a mi ama a fin

de que te reciba. Le hablaré en tu favor; puedo algo con ella y me

persuado que lograré que entres en casa.»

Di las gracias a Laura por su buena voluntad, asegurándole quedaba

sumamente reconocido a sus finezas, con expresiones tales que no podía

dudar de mi agradecimiento. Siguió después una larga conversación

entre los dos, la que interrumpió un lacayo que vino a decir a mi

princesa que Arsenia la llamaba. Separámonos, y yo salí con grandes

esperanzas de que presto tendría la fortuna de pasarlo a pedir de boca.

No dejé de volver al plazo señalado. «Ya te estaba esperando—me dijo

Laura—, para darte la alegre noticia de que eres de los nuestros. Ven

conmigo, que quiero presentarte a mi señora.» Diciendo esto, me llevó a

una habitación compuesta de cinco o seis piezas a cual más rica y más

soberbiamente alhajada.

¡Qué lujo! ¡Qué magnificencia! Parecióme que entraba en casa de alguna

virreina, o, por mejor decir, creí estar viendo todas las riquezas del

mundo juntas en aquélla. Lo cierto es que había en ella lo más rico de

todas las naciones; tanto, que se podía definir a aquella habitación,

con mucha propiedad, «el templo de una diosa a cuyas aras ofrecía

todo caminante lo más raro y precioso de su país». Vi a la deidad

majestuosamente sentada en un almohadón de brocado carmesí con franjas

de oro. Era bella y corpulenta, porque había engordado con el humo de

los sacrificios. Estaba en un gracioso desaliño y ocupaba sus lindas

manos en componer un primoroso tocado nuevo para lucirlo aquella noche

en el teatro. «Señora—le dijo la criada—, éste es el mayordomo de que

tengo hablado, y puedo asegurar a usted sería difícil encontrar otro

que fuese más a propósito.» Miróme Arsenia con particular atención y

tuve la dicha de gustarle. «¿Cómo así, Laura?—exclamó ella—. ¿Quién

te dió noticia de tan bello mozo? ¡Ya estoy viendo que me irá muy bien

con él!» Y volviéndose a mí: «Querido—me dijo—, tú eres el que yo

buscaba y el que verdaderamente me acomoda. Sólo tengo que decirte una

palabra: estarás contento conmigo si me sirves bien.» Respondíle que

haría cuanto estuviese de mi parte para agradarla en todo. Viendo que

estábamos acordes, me despedí prontamente para ir a buscar mi hatillo y

volver a tomar posesión de la nueva casa.

Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 1 de 3) · 第 53 / 76 题