Historia de don Pompeyo de Castro.
«Ya sabe don Alejo—prosiguió don Pompeyo—que desde mis más tiernos
años me incliné a las armas; y como en España gozábamos una paz
octaviana, tomé el partido de ir a Portugal. De allí pasé a Africa
con el duque de Braganza, que me empleó en su ejército. Era yo un
segundo de los menos ricos de España, lo que me puso en precisión de
distinguirme con hazañas que mereciesen la atención del general. Hice
mi deber, de modo que el duque me adelantó y me puso en paraje de
continuar en el servicio con honor. Después de una larga guerra, cuyo
fin no ignoran ustedes, me dediqué a seguir la Corte, y Su Majestad,
por los buenos informes que dieron de mí los generales, me gratificó
con una pensión considerable. Agradecido a la generosidad del monarca,
no perdí ocasión de manifestar mi reconocimiento. Poníame en su
presencia a aquellas horas en que era permitido verle y hacerle la
corte. Por esta conducta me granjeé insensiblemente su estimación y
recibí nuevos beneficios de su benignidad.
»Un día que me distinguí en una carrera de sortija y en una corrida
de toros que precedió a ella, toda la Corte aplaudió mi valor y mi
destreza, y cuando volví a casa, colmado de aclamaciones, me hallé
con un billete en que se me decía que cierta dama, cuya conquista me
debía lisonjear más que toda la gloria granjeada en aquel día, deseaba
hablarme, y que para esto, a la entrada de la noche, concurriese a
cierto sitio que se me señalaba. Dióme más gusto este papel que todas
las alabanzas que había recibido, no dudando que fuese una dama de la
primera distinción la que me escribía. Fácilmente creerán ustedes que
no me descuidé y que apenas anocheció fuí volando al paraje que se me
había indicado. Esperábame en él una vieja para servirme de guía, y
me introdujo por una portezuela en el jardín de una gran casa, donde
me condujo a un rico gabinete, en que me dejó encerrado, diciéndome:
«Sírvase vuestra señoría de esperar aquí mientras aviso a mi ama.» Vi
mil cosas preciosísimas en aquel gabinete, que estaba iluminado con
gran número de bujías, magnificencia que me confirmó en el concepto
que yo había formado de la nobleza de aquella dama. Y si todo lo que
estaba mirando contribuía a ratificarme en que no podía menos de ser
aquélla una persona de la más alta calidad, mucho más me confirmé en
mi opinión cuando ella se dejó ver, con un aire verdaderamente noble y
majestuoso. Sin embargo, no era lo que yo había pensado.
«Caballero—me dijo—a vista del paso que acabo de dar en vuestro
favor, sería inútil querer ocultaros los tiernos afectos que habéis
excitado en mi corazón. No penséis que éstos me los inspiró el gran
mérito que habéis mostrado hoy a vista de toda la Corte, no por
cierto; este mérito no hizo mas que precipitar su manifestación. Os
he visto más de una vez, me he informado de quién sois y el elogio
que me han hecho me ha determinado a seguir mi inclinación. Pero no
os lisonjeéis—prosiguió ella—creyendo que habéis hecho la conquista
de alguna duquesa. Yo no soy mas que la viuda de un simple oficial de
guardias del rey; lo único que puede hacer gloriosa vuestra victoria es
la preferencia que os doy sobre uno de los mayores señores del reino.
El duque de Almeida me ama y hace cuanto puede para ser correspondido,
pero no lo consigue y sólo admito sus obsequios por vanidad.
»Aunque estas palabras me dieron a entender que trataba con una chusca
amiga de aventuras amorosas, no dejé de mostrarme agradecido a mi
estrella por este encuentro. Doña Hortensia—que así se llamaba—estaba
en la flor de su juventud y su extremada hermosura me encantaba.
Fuera de esto, me ofrecía ser dueño de un corazón que se negaba a las
pretensiones de un duque. ¡Gran triunfo para un caballero español!
Arrojéme a los pies de Hortensia para rendirle gracias por sus
favores. Díjele cuanto podía decirle un hombre apasionado, y creo que
quedó muy satisfecha de las vivas expresiones con que le aseguré de mi
fidelidad y gratitud. Separámonos, quedando ambos los mayores amigos
del mundo, después de haber convenido en vernos todas las noches que no
pudiese venir a su casa el duque, tomando ella a su cargo avisarme muy
puntualmente. Así lo hizo, y yo vine a ser el Adonis de aquella nueva
Venus.
»Pero los placeres de esta vida duran poco. A pesar de las precauciones
que tomó Hortensia para que nuestra amistad no llegase a noticia
de mi competidor, no dejó de saber éste todo lo que nos importaba
tanto que ignorase. Enteróle de ello una criada descontenta, y aquel
señor, naturalmente generoso, pero altivo, celoso y arrebatado, se
indignó sobremanera de mi audacia. La ira y los celos le turbaron la
razón, y, siguiendo sólo lo que le dictaba su enojo, determinó tomar
venganza de mí de un modo infame. Una noche que estaba yo en casa
de Hortensia me esperó a la puerta falsa del jardín, en compañía de
sus criados, armados todos de garrotes. Luego que salí hizo que se
arrojasen a mí aquellos canallas y les mandó que me matasen a palos.
«¡Dadle fuerte!—les decía—. ¡Muera a garrotazos ese temerario, que
con esta infamia quiero castigar su insolencia.» Apenas dijo estas
palabras, cuando todos me asaltaron, y me dieron tantos palos, que
me dejaron tendido en tierra, sin sentido. Retiráronse después con
su amo, para quien aquella cruel escena había sido el más divertido
espectáculo. Permanecí el resto de la noche en el estado en que me
dejaron, hasta que al romper el día pasaron junto a mí algunas personas
que, observando que todavía respiraba, tuvieron la caridad de llevarme
a casa de un cirujano. Por fortuna, se advirtió que no eran mortales
los golpes, y tuve también la de caer en manos de un hombre hábil que
me curó perfectamente en dos meses. Al cabo de este tiempo volví a
presentarme en la Corte, donde proseguí en el mismo método que antes,
pero sin volver a entrar en casa de Hortensia, la cual tampoco hizo por
su parte diligencia alguna para que nos viésemos, porque a este solo
precio le había perdonado el duque su infidelidad.
»Como todos sabían mi aventura y ninguno me tenía por cobarde se
admiraban de verme tan sereno como si no hubiera recibido la menor
afrenta, sin saber qué discurrir de mi aparente indiferencia. Unos
creían que, a pesar de mi valor, la calidad del agresor me contenía
y me obligaba a tragarme el ultraje; y otros, con mayor fundamento,
no se fiaban en mi silencio y miraban como una calma engañosa la
sosegada situación que aparentaba. El rey pensó, como éstos, que yo
no era hombre que olvidase un agravio sin tomar satisfacción de él
y que no dejaría de vengarme cuando encontrase oportunidad. Para
averiguar si había adivinado mi pensamiento, me hizo entrar un día en
su gabinete y me dijo: «Don Pompeyo, ya sé el lance que te sucedió, y
confieso que estoy admirado de ver tu tranquilidad. Tú ciertamente
maquinas y disimulas.» «Señor—le respondí—, ignoro quién pudo ser
mi ofensor, porque me acometieron de noche unos desconocidos; fué una
desgracia de la que es forzoso consolarme.» «¡No, no!—replicó el
rey—. ¡No pienses alucinarme con esa respuesta poco sincera! Estoy
informado de todo: el duque de Almeida fué el que mortalmente te
ofendió. Tú eres noble y español, y sé muy bien a lo que te empeñan
esas dos circunstancias. Sin duda has hecho ánimo de vengarte, y quiero
decisivamente que me confieses la determinación que has tomado, y no
temas que llegue jamás el caso de arrepentirte de haberme confiado
tu secreto.» «Pues ya que vuestra majestad lo manda—respondí—, no
puedo menos de manifestarle con toda verdad mi pensamiento. Sí, señor,
sólo pienso en vengar la afrenta que he recibido. Todo hombre que ha
nacido como yo es responsable de su honor a su linaje y a su mismo
nacimiento. Vuestra majestad sabe muy bien la injuria que se me ha
hecho, y yo he resuelto asesinar al duque de un modo que corresponda
a la ofensa. Le sepultaré un puñal en el pecho o le levantaré la tapa
de los sesos de un pistoletazo, y me refugiaré en España si pudiere.
Tal es, señor, mi intención.» «A la verdad—repuso el rey—, me parece
violenta; pero no por eso me atreveré a condenarla, considerada la
cruel afrenta que te hizo el duque. Conozco que merece el castigo que
le tienes dispuesto; pero suspéndelo por un poco; no lo pongas en
ejecución tan presto; dame tiempo para pensar y encontrar algún medio
que os esté bien a los dos.» «¡Ah, señor!—exclamé yo, no sin alguna
conmoción—. ¿Pues a qué fin me obligó vuestra majestad a descubrirle
mi secreto? ¿Qué medio puede jamás...?» «Si no encuentro alguno que te
deje satisfecho—interrumpió el rey—, podrás ejecutar entonces lo que
tienes pensado. No pretendo abusar de la confianza que me has hecho; no
sacrificaré tu honor, y en esta conformidad puedes vivir muy tranquilo.»
»Andaba yo discurriendo qué medios podía buscar el rey para componer
amigablemente este negocio, y he aquí cómo lo dispuso. Habló a solas a
mi enemigo y le dijo: «Duque, tú has ofendido a don Pompeyo de Castro
y no ignoras que es un caballero ilustre a quien yo estimo y que me ha
servido bien. Es preciso que le des satisfacción.» «Señor—respondió
el duque—, no se la negaré. Si está quejoso de mi proceder, pronto
estoy a darle satisfacción con las armas.» «Es muy diferente la que
debes dar—replicó el rey—. Un español noble conoce muy bien las
leyes del pundonor para querer medir su espada noblemente con un
cobarde asesino. No puedo darte otro nombre, ni tú podrás borrar la
bajeza de una acción tan villana sino presentando tú mismo un palo a
tu enemigo y ofreciéndote a que él te apalee por su mano.» «¡Santo
cielo!—exclamó mi enemigo—. Pues qué, señor, ¿quiere vuestra majestad
que un hombre de mi clase se degrade y humille delante de un caballero
particular hasta llevar con paciencia algunos palos?» «No llegará ese
caso—respondió el rey—. Yo obligaré a don Pompeyo a darme palabra
de que no te tocará; sólo exijo que le pidas perdón de tu violencia,
presentándole el palo.» «Señor—replicó el duque—, eso es pedirme
demasiado y prefiero el quedar expuesto a las ocultas asechanzas de
su enojo.» «Aprecio tu vida—repuso el monarca—, y quisiera que este
asunto no tuviera funestas resultas. Para terminarlo con menos disgusto
tuyo, seré yo solo testigo de dicha satisfacción, que te mando des al
español.»
»Necesitó el rey de todo su poder para conseguir que el duque se
sujetase a un paso tan humillante, pero al fin lo logró. Envióme
después a llamar y contóme la conversación que había tenido con mi
enemigo, preguntándome al mismo tiempo si me contentaría yo con la
satisfacción en que ambos habían convenido. Respondíle que sí y di
palabra de que, lejos de ofenderle, ni aun siquiera tomaría en la mano
el palo que me presentase. Dispuestas así las cosas, concurrimos el
duque y yo al cuarto del rey cierto día y a cierta hora, y su majestad
se cerró con nosotros en su gabinete. «¡Ea—dijo al primero—, conoced
vuestra falta y mereced el perdón!» Dióme entonces sus disculpas mi
contrario y presentóme el bastón que tenía en la mano. «Tomad, don
Pompeyo, ese bastón—me dijo el rey—y no os detenga mi presencia para
tomar venganza de vuestro honor ultrajado. Yo os levanto la palabra
que disteis de no maltratar al duque.» «No, señor—respondí—; basta
que se haya sujetado a ser apaleado por mí. Un español ofendido no
pide mayor satisfacción.» «Pues bien—repuso el rey—, ya que los dos
os dais por satisfechos, podréis ahora tomar libremente el partido
que se acostumbra entre caballeros, según el proceder regular. Medid
vuestras espadas para terminar el duelo.» «¡Eso es lo que yo deseo
vivamente—dijo el duque con voz alterada y descompuesta—, porque sólo
eso es capaz de consolarme del vergonzoso paso que acabo de dar!»
»Dichas estas palabras, se retiró, colérico y abochornado, y dos horas
después me envió a decir que me esperaba en cierto sitio retirado.
Acudí allá y le encontré dispuesto a reñir en forma. Tenía unos
cuarenta y cinco años y no le faltaba destreza ni valor, pudiéndose
decir con verdad que era igual el partido. «Venid, don Pompeyo—me
dijo—, y terminemos de una vez nuestras contiendas. Uno y otro
debemos estar airados; vos, por el modo con que os traté, y yo por
haberos pedido perdón.» Diciendo esto, echó precipitadamente mano a
la espada, y tanto, que no me dió tiempo para responderle. Tiróme
dos o tres estocadas con la mayor presteza, pero tuve la fortuna de
parar los golpes. Acometíle después y conocí que reñía con un hombre
tan diestro en defenderse como en acometer; y no sé lo que hubiera
sido de mí a no haber tropezado él y caído de espaldas cuando se
defendía retirándose. Detúveme así que le vi en tierra y le dije se
levantase. «¿Por qué razón me perdonáis?—me preguntó—. Me ofende
mucho esa piadosa generosidad.» «También quedaría muy obscurecida mi
gloria—le respondí yo—si quisiera aprovecharme de vuestra desgracia.
Levantaos, vuelvo a decir, y prosigamos nuestro duelo.» «¡No, don
Pompeyo!—me dijo mientras se iba levantando—. ¡A vista de un rasgo
tan noble, no me permite mi honor empuñar la espada contra vos! ¿Qué
diría el mundo de mí si tuviera la fatalidad de pasaros el pecho?
¡Tendríame por un ruin cobarde si quitaba la vida a quien pudo darme
la muerte! No puedo, pues, armarme contra vuestra vida; antes bien,
mi gratitud ha convertido en dulces y amorosos afectos los furiosos
movimientos que agitaban mi corazón. Don Pompeyo—continuó—, cesemos
ya de aborrecernos. ¡Poco dije! ¡Seamos amigos!» «¡Ah, señor—exclamó
yo—, y con qué placer acepto una propuesta tan gustosa! Desde este
instante os juro una sincerísima amistad, y para daros desde luego
la prueba más positiva de ella, os prometo no poner más los pies en
casa de doña Hortensia, aun cuando ella lo deseara.» «No admito la
promesa—dijo él—; antes bien, quiero cederos esta señora. Es más
razón que yo os la deje, puesto que su inclinación a vos es natural
en ella.» «¡No, no!—le interrumpí—. Vos la amáis, y los favores
que me hiciese podrían inquietaros; y así, quiero sacrificarla a
vuestra paz y quietud.» «¡Oh, insigne español, lleno todo de nobleza
y generosidad!—exclamó arrebatado el duque—. Me encanta vuestro
modo de pensar. ¡Oh, y qué remordimientos siento al oírlo! ¡Con qué
dolor y con cuánta vergüenza se me presenta a la memoria el ultraje
que os hice! Paréceme ahora muy ligera la satisfacción que os di en
el gabinete del rey. Quiero repararla de un modo más público, y para
borrar enteramente la infamia, os ofrezco una sobrina mía, de cuya mano
puedo disponer; es una heredera rica, que aun no ha cumplido quince
años, y todavía más hermosa que joven.»
»Di al duque todas aquellas gracias que me podía inspirar el honor de
enlazarme con su familia, y pocos días después me casé con su sobrina.
Toda la Corte se congratuló con aquel personaje por haber labrado la
fortuna de un caballero a quien había cubierto de ignominia. Desde
entonces acá, señores míos, vivo con el mayor gusto en Lisboa. Mi
esposa me ama y yo la amo. Su tío me da cada día nuevas pruebas de
amistad y puedo preciarme de que merezco un buen concepto al rey; y
prueba de su estimación es la importancia del negocio que de su orden
me ha traído a Madrid.»