De la conversación de algunos señores sobre los comediantes de la
compañía del teatro del Príncipe.
Al mismo tiempo que se levantaba mi amo de la cama, recibió un
billete de don Alejo Seguier, en que decía le quedaba esperando en
su casa. Pasamos a ella y encontramos allí al marqués de Zenete y a
otro caballerito de buena traza, a quien yo nunca había visto. «Don
Matías—dijo Seguier a mi amo presentándole el tal caballerito—, este
caballero es don Pompeyo de Castro, mi pariente. Reside en la corte de
Portugal casi desde su infancia. Ayer noche llegó a Madrid y mañana se
restituye a Lisboa. No nos concede mas que este día para gozar de su
compañía y conversación. Yo quiero aprovechar un tiempo tan precioso,
y para hacerle más grato y divertido, necesito de ti y del marqués de
Zenete.» Al oír esto mi amo dió un estrechísimo abrazo al pariente de
don Alejo, y recíprocamente se hicieron grandes cumplidos. A mí me
agradó mucho todo lo que decía don Pompeyo, y desde luego hice juicio
de que era hombre de entendimiento sólido y de discernimiento delicado.
Comieron todos en casa de Seguier, y después de comer se pusieron a
jugar, para divertir el tiempo hasta la hora de la comedia. Entonces
fueron todos al teatro del Príncipe, donde se representaba la nueva
tragedia intitulada _La reina de Cartago_. Acabada la representación,
volvieron juntos a cenar donde habían comido, y toda la conversación
se la llevó la tragedia que acababan de oír y los actores que la
representaron. «En cuanto al drama—dijo don Matías—, hago poco
aprecio de él, porque encuentro a Eneas más frío e insulso que en la
_Eneida_; pero es preciso confesar que se representó divinamente.
Veamos lo que nos dice el señor don Pompeyo, porque sospecho que
no se ha de conformar con mi sentir.» «Señores—respondió aquel
caballero sonriéndose—, veo a ustedes tan pagados de sus actores y
tan hechizados particularmente de sus actrices, que no me atrevo a
confesar que en este punto no concuerdan nuestras opiniones.» «¡Bien
dicho—interrumpió burlándose don Alejo—, porque aquí sería mal
recibida la vuestra! Haces bien en respetar las actrices a presencia de
los panegiristas de su reputación. Nosotros vivimos y bebemos todos los
días con ellas, somos defensores del primor con que representan, y si
fuere menester daremos testimonio de ello.» «No lo dudo—interrumpió el
pariente—, y también pudieran ustedes darlo de su vida y costumbres,
según la familiaridad con que me parece las tratan.» «¡Sin duda
que serán mejores vuestras comediantas de Lisboa!», dijo entonces
zumbándose el marqués de Zenete. «Sí, ciertamente—respondió don
Pompeyo—, valen algo más que las de Madrid; por lo menos hay algunas
en quienes no se nota el más mínimo defecto.» «Esas tales—replicó el
marqués—pueden contar con vuestras certificaciones.» «Yo—repuso don
Pompeyo—no tengo trato alguno con ellas ni concurro a sus reuniones,
y así puedo juzgar de su mérito sin preocupación ni parcialidad.
Pero, de buena fe—prosiguió—, ¿estáis verdaderamente persuadidos
de que en vuestro teatro tenéis una compañía excelente?» «¡No,
pardiez!—respondió el marqués—. Yo solamente defiendo un número muy
corto de los actores y echo a un lado a todos los demás. Pero no me
negaréis que es admirable la primera dama que representa el papel de
Dido. ¿No lo representa con toda la nobleza, con toda la majestad y
con todo el agrado que nos figuramos en aquella desgraciada reina?
¿Y no habéis admirado el arte con que interesa al espectador en sus
afectos, haciéndole sentir aquellos mismos movimientos diversos que
excitan en ella las diferentes pasiones? Parece que se arroba o que se
exhala cuando llega a lo más delicado y patético de la declamación.»
«Convengo—respondió don Pompeyo—en que sabe conmover y enternecer;
esto quiere decir que representa bien, pero no que carezca de defectos.
Dos o tres cosas me chocaron en ella. Por ejemplo: si quiere expresar
un afecto de admiración o de sorpresa, vuelve y revuelve aquellos ojos
de un modo tan violento y tan fuera de lo natural, que verdaderamente
dice muy mal en la majestuosa gravedad de una princesa. Añádase a
esto que con engrosar la voz, que tiene naturalmente dulce y delicada,
forma un sonido bronco bastante desapacible. Fuera de eso, en más de
un lugar de la tragedia hacía ciertas pausas que alteraban u ofuscaban
el sentido, dando motivo para sospechar que no comprendía bien aquello
mismo que decía. Sin embargo, quiero más bien suponer que estaba
distraída que acusarla de falta de inteligencia.» «A lo que veo—dijo
don Matías al censor—, vos no os atreveríais a componer versos
en alabanza de nuestras cómicas.» «¡No digáis eso!—respondió don
Pompeyo—. Antes bien, descubro en ellas un gran talento a través de
sus defectos, y aun diré que me encantó la que hizo papel de criada en
el entremés. ¡Qué naturalidad la suya! ¡Con qué gracia se presentó en
las tablas! Cuando tiene que decir algún chiste, le sazona con cierta
risita taimada llena de mil gracias, que le añaden infinita sal. Podrá
quizá notársele de que alguna vez se deja llevar algo de su viveza y
que pasa los límites de un desembarazo comedido; pero no hemos de ser
tan rigurosos. Yo sólo quisiera que se corrigiese de una mala costumbre
que ha tomado. Muchas veces, en medio de una escena y en pasaje serio,
interrumpe de improviso la acción por dejarse llevar de una loca gana
de reír que le da. Diráseme, acaso, que entonces es precisamente cuando
más la aplauden los del patio. ¡Grande aprobación, por cierto!» «¿Y qué
nos dice usted de los comediantes?—interrumpió el marqués—. Sin duda
que contra éstos disparará toda su artillería, cuando no ha perdonado
a las comediantas.» «No es así—respondió don Pompeyo—. Vi algunos
actores jóvenes que prometen mucho; sobre todo me gustó bastante aquel
comediante gordo que hizo el papel de primer ministro de Dido. Recita
muy naturalmente, y así se recita en Portugal.» «Si ésos le contentaron
a usted tanto—dijo Seguier—, habrá quedado hechizado del que hizo el
papel de Eneas. ¿No le pareció a usted un gran comediante, un actor
original?» «Y aun demasiado original—respondió el censor—, porque
tiene tonos que son privativos suyos. Por señas, que son bien agudos y
bien descompasados; tanto, que casi todos salen fuera de lo natural.
Precipita las palabras donde se encierra el sentido y se detiene en
las otras que no contienen alguno. Tal vez hace también gran esfuerzo
en las puras conjunciones. Divirtióme mucho, con especialidad en aquel
pasaje en que explica a su confidente la violencia que le cuesta la
necesidad de abandonar a su princesa. No es fácil expresar un dolor
más cómicamente.» «¡Poco a poco, primo!—replicó don Alejo—. ¡Al paso
que vas, nos harás creer que aun no se ha introducido el mejor gusto
en la corte de Portugal! ¿Sabes que el actor de que se trata es un
hombre singular? ¿No oíste las palmadas y los vivas con que todos le
aplaudieron? Todo eso prueba que no es tan malo como le pintas.» «Nada
prueban—replicó don Pompeyo—esas palmadas ni esos vivas. Dejemos,
señores, si les place, esos aplausos del vulgo. Frecuentemente los da
muy fuera de tiempo y contra toda razón, y por lo común aplaude menos
el verdadero mérito que el falso, como nos lo enseña Fedro por medio
de una fábula ingeniosa. Permitidme que os la cuente: Juntóse en una
gran plaza de cierta ciudad todo el pueblo para ver las habilidades
que hacían unos charlatanes titiriteros. Entre ellos había uno que
se llevaba los aplausos de todos. Este bufón, al acabar otros varios
juegos de manos, quiso cerrar la función dando al pueblo un espectáculo
nuevo. Dejóse ver solo en el tablado; cubrióse la cabeza con la capa;
agachóse, y comenzó a remedar el gruñido de un cochinillo, con tanta
propiedad, que todos creyeron que verdaderamente tenía escondido debajo
de la capa algún marranito verdadero. Comenzaron todos a gritar que
se quitase la capa; hízolo así, y viendo que no tenía cosa alguna
debajo de ella, se renovaron los aplausos y la grande algazara del
populacho. Un lugareño que estaba en el auditorio, chocándole mucho
aquellas importunas expresiones de necia admiración, gritó pidiendo
silencio, y dijo: «Señores, sin razón se admiran ustedes de lo que hace
ese bufón. No ha hecho el papel del marranito con tanta perfección
como a ustedes les parece. Yo lo sé hacer mucho mejor que él; y si
alguno lo duda, no tiene mas que concurrir a este sitio mañana a la
misma hora.» El pueblo, preocupado ya en favor del charlatán, se
juntó al día siguiente, aún en mucho mayor número que el anterior,
más para silbar al paisano que por divertirse en ver lo que había
prometido. Dejáronse ver en el teatro los dos competidores. Comenzó el
bufón y fué más aplaudido que lo había sido nunca. Siguióse después
el labrador; agachóse cubierto con su capa, tiró de la oreja a un
marranito que llevaba escondido debajo del brazo, y el animalito empezó
a dar unos gruñidos muy agudos. Sin embargo, el auditorio declaró la
victoria por el pantomimo y atolondró al paisano con silbidos. No por
eso se turbó ni corrió el buen lugareño; antes bien, mostrando el
lechoncillo al auditorio, «¡Señores—dijo con mucha socarronería—,
ustedes no me han silbado a mí, sino al marrano! ¡Miren ahora qué
buenos jueces son!» «Primo—dijo don Alejo—, en verdad que tu fábula
pica que rabia. Con todo eso, a pesar de tu lechoncillo, nosotros nos
mantenemos en lo dicho. Mudemos de asunto—prosiguió—, porque éste
ya me empalaga. ¿Conque tú estás resuelto a marchar mañana, sin hacer
caso del gran gusto que tendría yo en disfrutar por más tiempo de tu
amable compañía?» «También quisiera yo—respondió su pariente—gozar
más despacio de la tuya, pero no puedo. Ya te dije que vine a la corte
a cierto negocio de Estado. Ayer hablé al primer ministro, mañana
tengo que volver a verle y un momento después me es preciso partir
en posta para restituirme a Lisboa.» «Cátate un portugués hecho y
derecho—replicó Seguier—; y según todas las señas, nunca vendrás a
establecerte en Madrid.» «Creo que no—respondió don Pompeyo—. Tengo
la fortuna de que me quiere el rey de Portugal y estoy bien hallado
en su Corte. Pero ¿creerás tú que, no obstante la bondad con que me
distingue, faltó poco para que saliese desterrado para siempre de sus
dominios?» «¿Cómo así?—le replicó don Alejo—. ¡Cuéntanoslo, por tu
vida!» «Con mucho gusto—respondió don Pompeyo—; y al mismo tiempo os
contaré también la historia de mis sucesos.»