Donde se ve que ninguno debe fiarse mucho de la prosperidad.
Dormimos en Dueñas la primera jornada, y el día siguiente entramos
en Valladolid a las cuatro de la tarde. Apeámonos en un mesón que me
pareció sería el mejor de la ciudad. Mi criado se fué a cuidar de las
mulas y yo mandé a una moza de la posada llevase la maleta al cuarto
que me dieron. Llegué tan fatigado, que sin quitarme los botines me
eché en la cama, donde insensiblemente me quedé dormido. Era ya casi
noche cuando desperté. Llamé a Ambrosio. No estaba en el mesón, pero
tardó poco en parecer. Preguntéle de dónde venía, y me respondió,
devoto y compungido, que de una iglesia de dar gracias al Señor por
habernos librado de toda desgracia en el camino. Alabéle su devoción y
le mandé que encargase me dispusiesen algo que cenar.
Al mismo tiempo que le hablaba entró en mi cuarto el mesonero con
un hacha encendida en la mano, alumbrando a una señora ricamente
vestida, la cual me pareció más hermosa que joven. Dábale el brazo
un escudero, y un morito la seguía llevándole la cola del vestido.
Quedé no poco sorprendido cuando la señora, después de hacerme una
profunda reverencia, me preguntó si por ventura sería yo el señor Gil
Blas de Santillana. Apenas le respondí que sí cuando, desasiéndose
del escudero, vino apresuradamente a darme un abrazo con tal alborozo
y alegría, que añadió muchos grados a mi admiración. «¡Sea mil veces
bendito el Cielo—exclamó—por tan dichoso encuentro! ¡A usted, señor
caballero, a usted venía yo buscando!» Al oír esto se me vino a la
memoria el petardista taimado de Peñaflor, y ya iba a sospechar que
aquella señora era una solemne embustera o una descarada aventurera;
pero lo que añadió me obligó a formar de ella un juicio más favorable.
«Yo soy—me dijo—prima hermana de doña Mencía de Mosquera, que debe
a usted tantas obligaciones. He recibido hoy mismo una carta suya, en
que me participa el viaje de usted a la corte y me encarga le trate
bien y le obsequie si transitare por esta ciudad. Dos horas ha que la
ando corriendo toda, yendo de mesón en mesón a saber qué forasteros se
han apeado en ellos, y por las señas que me dió de usted el mesonero
conocí que podía ser el libertador de mi prima. Ya que he tenido la
dicha de encontrarle, quiero manifestarle lo mucho que me intereso
en los beneficios que se hacen a mi familia, y particularmente a
mi querida Mencía. Me hará usted el favor de venir ahora mismo a
hospedarse en mi casa, donde estará menos mal que en un mesón.» Quise
excusarme, haciéndole presente que no podía admitir su fineza sin
incomodarla; pero fué preciso rendirme a sus eficaces instancias. Había
a la puerta del mesón un coche que nos estaba esperando. Ella misma
tuvo gran cuidado de hacer poner dentro de él la maleta y todo mi
equipaje, «porque en Valladolid—dijo—hay muchos bribones», lo cual
era demasiadamente cierto. En fin, entramos en el coche ella y yo con
su vejete escudero y me dejé sacar del mesón de esta manera, con gran
pesar del mesonero, porque así se veía privado del gasto que él suponía
que yo había de hacer en su posada con la señora, el escudero y el
morito.
Después de haber rodado bastante, paró en fin el coche a la puerta de
una casa grande, a donde subimos a una sala bien adornada e iluminada
con veinte o treinta bujías. Había en ella también muchos criados, a
quienes preguntó la señora si había venido don Rafael. Respondiéronle
que no, y ella me dijo, volviéndose a mí: «Señor Gil Blas, estoy
esperando a mi hermano, que ha de volver esta noche de una quinta que
tenemos a dos leguas de aquí. ¡Cuán agradable será su sorpresa cuando
se encuentre en su casa con un huésped a quien tanto debe toda nuestra
familia!» Al mismo punto que acabó de decir estas palabras oímos ruido
y supimos le causaba la llegada de don Rafael. Dejóse presto ver este
caballero, que era un joven de bello talle y muy airoso. «Hermano—le
dijo la señora—, no sabes cuánto me alegra tu vuelta. Tú me ayudarás
a obsequiar como se merece al señor Gil Blas de Santillana. Nunca
podremos pagar lo que ha hecho por nuestra parienta doña Mencía. Toma
esta carta—añadió—y lee lo que en ella me escribe.» Abrióla don
Rafael y leyó en alta voz lo siguiente:
«Mi querida Camila: El señor Gil Blas de Santillana, que me ha salvado
el honor y la vida, acaba de salir para la corte y sin duda pasará por
Valladolid. Te ruego encarecidamente por el vínculo del parentesco,
y aun más por la amistad que nos une, le agasajes y obsequies cuanto
puedas, obligándole a que descanse algunos días en tu casa. Espero no
me negarás este gusto y que mi libertador recibirá de ti y del primo
don Rafael todo género de atenciones. Burgos, etc. Tu prima que te
ama,—_Doña Mencía_.»
«¿Cómo así?—exclamó don Rafael luego que leyó la carta—. ¿Es posible
sea éste el caballero a quien debe no menos que el honor y la vida mi
parienta? Doy gracias al Cielo por este dichoso encuentro.» Diciendo
esto se acercó a mí, y abrazándome estrechamente, dijo: «¡Oh qué
gusto y qué fortuna la mía en tener en mi casa al señor Gil Blas de
Santillana! No era menester que mi prima la marquesa le recomendase:
bastaba avisarnos que pasaba por aquí. Sabemos muy bien mi hermana y yo
cómo debemos tratar a un hombre que hizo el mayor servicio del mundo a
la persona a quien más amamos de toda nuestra parentela.» Correspondí
lo mejor que pude a todas aquellas expresiones y a otras muchas
semejantes, acompañadas de mil caricias. Advirtiendo después don Rafael
que todavía tenía yo puestos los botines, mandó a sus criados me los
quitasen.
Pasamos después al cuarto donde estaba esperándonos la cena. Sentámonos
a la mesa, colocándome a mí en medio de los dos hermanos, quienes
mientras cenábamos me dijeron mil expresiones cariñosas; celebraban
todas mis palabras como otros tantos rasgos de gracia y de discreción,
y era de ver el cuidado con que me hacían plato, sirviéndome de cuanto
había en la mesa. Don Rafael brindaba frecuentemente a la salud de doña
Mencía y yo correspondía del mismo modo. Doña Camila no se descuidaba
en imitarnos, y a veces me parecía que me miraba como a hurtadillas de
una manera que podía significar mucho, y aun llegué a creer que para
hacerlo buscaba ocasión, como quien temía que su hermano lo advirtiese.
Bastó esto para persuadirme que ya me había hecho dueño de la voluntad
de aquella señora y para resolver aprovecharme de este descubrimiento
por poco que me detuviese en Valladolid. Con esta esperanza me rendí
fácilmente a la cortesana súplica que me hicieron de que me detuviese
en su compañía algunos días. Agradecieron mucho mi condescendencia, y
la particular alegría que mostró doña Camila me confirmó en la opinión
de que había hallado en mí un hombre muy de su gusto.
Viéndome determinado don Rafael a detenerme algún tiempo, me propuso
un viaje a su quinta, de la que me hizo una magnífica descripción,
como también de las diversiones que quería proporcionarme en ella.
«Unas veces—decía—nos divertiremos en la caza, otras en la pesca;
y si usted gusta de pasearse, encontrará bosques sombríos y jardines
deliciosos. Además de esto no nos faltará buena compañía, y creo que no
echará usted de menos la ciudad.» Acepté la oferta, y quedamos en que
al día siguiente iríamos a la tal divertidísima quinta. Levantámonos
de la mesa con esta resolución, y don Rafael, lleno de alegría, me dió
un estrechísimo abrazo, diciéndome: «Señor Gil Blas, ahí le dejo a
usted con mi hermana; voy a dar las órdenes necesarias para el viaje
y para que se avise a las personas que nos han de acompañar.» Dicho
esto se salió del cuarto, y yo quedé a solas con la señora, dándole
conversación, en la que no desmintió lo que yo había juzgado de las
tiernas miradas de la cena. Tomóme la mano, y mirando con atención la
sortija, dijo: «Parece muy lindo este diamante, pero es pequeñito.
¿Entiende usted de pedrería?» Respondíle que no. «Lo siento—me
replicó—; porque si lo entendiera, me diría cuánto vale esta
piedra—mostrándome un grueso rubí que tenía en el dedo; y mientras
yo lo miraba, añadió—: Regalómelo un tío mío, que fué gobernador de
Filipinas, y los joyeros de Valladolid lo aprecian en trescientos
doblones.» «Lo creo—repliqué—, porque me parece primoroso.» «Pues
ya que a usted le gusta—repuso ella—, quiero hagamos un trueque.»
Diciendo y haciendo, me cogió mi sortija y metióme la suya en mi dedo.
Después de este cambio, que yo tuve por un regalo hecho con gracia
y novedad, Camila me apretó la mano y me miró con ternura; luego,
cortando de repente la conversación, me dió las buenas noches y se
retiró enteramente confusa y como avergonzada de haberme manifestado
demasiado sus sentimientos.
Aunque era yo entonces uno de los cortesanos más novicios, no dejé por
eso de penetrar lo mucho y bueno que significaba aquella precipitada
fuga, y desde luego consentí en que no pasaría mal el tiempo en la
quinta. Poseído de esta lisonjera idea y del brillante estado de mis
negocios, me encerré en el cuarto donde había de dormir y previne a mi
criado me despertase temprano el día siguiente. En lugar de pensar en
acostarme, me entregué enteramente a los alegres pensamientos que me
inspiraba mi maleta, que estaba sobre una mesa, y mi rubí. «¡Gracias a
Dios—decía—que si antes fuí miserable, ya no lo soy! Mil ducados por
una parte y una sortija de trescientos doblones por otra es un decente
caudal para bandearme algún tiempo. Ahora veo que Majuelo no me
engañó. Sin duda que en Madrid encenderé en amor a mil mujeres cuando
tan fácilmente he agradado a Camila.» Veníanseme a la imaginación todas
las palabras y acciones de aquella señora, y gozaba anticipadamente de
todos los pasatiempos que don Rafael me había ponderado de su quinta.
Con todo eso, a pesar de unas ideas tan halagüeñas, no dejó el sueño de
hacer su oficio; y así, sintiéndome adormecido, me desnudé y me metí en
la cama.
Al despertar el día siguiente conocí que era tarde. Admiréme de que
Ambrosio no me hubiese despertado habiéndoselo mandado; pero dije entre
mí: «Ambrosio, mi fiel Ambrosio, estará en alguna iglesia o le habrá
hoy cogido la pereza.» Mas tardé poco en perder el buen concepto que
había hecho de él para dar lugar a otro menos favorable, aunque más
justo y verdadero, pues habiéndome levantado y no hallando mi maleta
en todo el cuarto, sospeché que me la había robado por la noche. Para
aclarar mis sospechas abrí la puerta y comencé a llamar al hipócrita
repetidas veces y con voz muy esforzada. A mis gritos acudió un viejo
y me dijo: «¿Qué quiere usted, señor? Todos sus criados han salido
de mi casa antes de amanecer.» «¿Qué es eso de mi casa?—le repliqué
yo—. Pues qué, ¿no es ésta la de don Rafael?» «Yo no sé quién es
ese caballero—respondió el viejo—; sólo sé que ésta es una casa de
huéspedes, que yo soy su dueño y que, una hora antes que usted llegase,
aquella señora con quien cenó anoche vino a pedirme un cuarto para un
caballero principal, que ella dijo viajaba de incógnito. Yo le di
éste, habiéndomelo pagado adelantado.»
Caí entonces en la cuenta: conocí lo que debía pensar de doña Camila
y de don Rafael y comprendí que mi criado, instruído a fondo de todos
mis negocios, me había vendido a aquellos dos grandísimos bribones. En
vez de echarme a mí solo la culpa de tan pesaroso suceso y de conocer
que no me hubiera acaecido a no haber tenido la ligereza e indiscreción
de descubrirme a Majuelo sin la menor necesidad, me volví contra la
inocente fortuna y maldije mil veces mi suerte. El posadero, a quien
conté mi aventura—de la cual quizá el bellaco estaría mejor informado
que yo—, mostró acompañarme en mi sentimiento. Compadecióse de mí y
protestó lo mucho que sentía que este lance hubiese sucedido en su
casa; pero yo creo, a pesar de todas sus protestas, que él tuvo tanta
parte en esta picardía como el mesonero de Burgos, a quien siempre
atribuí el honor de la invención.