De qué modo se vistió Gil Blas, del nuevo regalo que le hizo la señora
y del equipaje en que salió de Burgos.
Sirviéronme un copioso plato de manos de carnero fritas y le comí
casi todo; bebí a proporción y después fuíme a la cama. Era ésta
muy decente, y esperaba que luego se apoderaría de mis sentidos un
profundo sueño; pero engañéme, porque apenas pude cerrar los ojos,
ocupada la imaginación en qué género de vestido había de escoger. «¿Qué
haré?—decía—. ¿Seguiré mi primer intento de comprar unos hábitos
largos para ir a ser dómine en Salamanca? Pero ¿a qué fin vestirme de
estudiante? ¿Tengo deseos de consagrarme al estado eclesiástico? ¿Acaso
me inclina a ello mi propensión? ¡Nada de eso! Mis inclinaciones son
muy contrarias a la santidad que pide: quiero ceñir espada y ver de
hacer fortuna en el mundo.» Y a esto me decidí.
Resolví, pues, vestirme de caballero, bien persuadido de que esto
bastaría para alcanzar un empleo de importancia. Con tan lisonjeros
proyectos, estuve esperando el día con grandísima impaciencia, y
apenas rayó en mis ojos su primera luz cuando salté de la cama.
Hice tanto ruido en el mesón, que despertaron todos. Llamé a los
criados, que estaban todavía en la cama, y me respondieron echándome
mil maldiciones. Al fin se vieron obligados a levantarse, y les di
orden de que fuesen a buscar al prendero. No tardó en llegar éste
con dos mozos cargados, cada uno con un gran envoltorio. Saludóme
con grandes cumplimientos y me dijo: «Caballero, ha tenido usted
fortuna en dirigirse a mí más bien que a otro. No quiero desacreditar
a mis compañeros, ni permita Dios que haga el menor agravio a su
reputación; mas, aquí para entre los dos, ninguno de ellos sabe qué
cosa es conciencia. Todos son más duros que judíos; yo soy el único de
mi oficio que la tiene; me limito a una ganancia justa y razonable,
contentándome con un real por cada cuarto. Equivoquéme: quise decir con
un cuarto por real.»
Después de este preámbulo, que yo creí tontamente al pie de la letra,
mandó a los mozos que desatasen los envoltorios. Enseñáronme vestidos
de todos géneros y colores, muchos de ellos de paños enteramente lisos.
Deseché éstos con desprecio por demasiado humildes. Presentáronme
después otro que parecía haberse cortado expresamente para mí, el
cual me deslumbró, sin embargo de que estaba un poco usado. Se
componía de una ropilla, unos calzones y una capa; la ropilla, con
mangas acuchilladas, y todo él de terciopelo azul bordado de oro.
Escogí éste y pregunté el precio. El prendero, que conoció cuánto
me agradaba, me dijo: «En verdad que es usted un señor de gusto muy
delicado, y se ve bien que lo entiende. Sepa usted que este vestido
se hizo para uno de los primeros sujetos del reino, que no se le puso
tres veces. Observe bien la calidad del terciopelo y hallará que es
del mejor. Pues ¿qué diré del bordado? No parece cabe mayor delicadeza
ni primor.» «Y bien—le pregunté—, ¿cuánto pedís por él?» «Señor—me
respondió—, ayer no le quise dar por sesenta ducados; y si esto no es
cierto, no sea yo hombre de bien.» A la verdad, la contestación era
convincente. Yo le ofrecí cuarenta y cinco, aunque acaso no valía la
mitad. «Caballero—replicó él fríamente—, yo no soy hombre que pido
más de lo justo ni rebajo un ochavo de lo que digo la primera vez. Tome
usted este otro vestido—continuó, presentándome el primero, que yo
había desechado—, que se lo daré más barato.» Todo esto sólo servía
para aumentar en mí la gana que tenía del otro, y como me imaginé
que no rebajaría ni un maravedí de lo que había pedido, le entregué
sus sesenta ducados. Cuando vió la facilidad con que se los había
dado, juzgo que, no obstante la delicadeza de su rígida conciencia,
se arrepintió mucho de no haberme pedido más. Pero al fin, contento
con haber ganado a real por cuarto, se despidió con sus mozos, a los
cuales tampoco dejé de agasajar dándoles para beber.
Viéndome ya con un vestido tan señor, comencé a pensar en lo restante
para presentarme en la calle con toda autoridad y decencia, lo que me
entretuvo toda la mañana. Compré pañuelo, sombrero, medias de seda,
zapatos y una espada. Vestíme inmediatamente; pero ¡qué gozo fué el
mío cuando me vi tan bien equipado! No me cansaba de mirarme. Ningún
pavo real se recreó nunca tanto en mirar y remirar el dorado plumaje de
su cola. Aquel mismo día pasé a visitar segunda vez a doña Mencía, la
cual me volvió a recibir con la mayor urbanidad y agasajo. Dióme nuevas
gracias por el servicio que le había hecho, a que siguió una salva de
recíprocos cumplidos. Después, deseándome en todo la mayor prosperidad,
se despidió de mí, y se retiró, regalándome sólo una sortija de treinta
doblones y suplicándome la conservase siempre por memoria.
Quedéme frío cuando me vi con la tal sortija, porque había contado
con regalo de mucho más precio. En esta suposición, malcontento de la
generosidad de la señora, volví al mesón haciendo mil calendarios;
pero apenas había llegado cuando entró en él un hombre que venía tras
de mí, el cual, desembozando la capa, mostró un talego bastante largo
que traía debajo del brazo. Así que vi el talego, que parecía lleno
de dinero, abrí tanto ojo, y lo mismo hicieron algunas personas que
estaban presentes; y me pareció oír la voz de un serafín cuando aquel
hombre me dijo, poniendo el talego sobre una mesa: «Señor Gil Blas,
mi señora la marquesa suplica a usted se sirva admitir esta cortedad
en prueba de su agradecimiento.» Hice mil cortesías al portador,
acompañadas de otros tantos cumplimientos, y luego que salió del mesón
me arrojó sobre el talego como un gavilán sobre su presa y llevémele
a mi cuarto. Desatéle sin perder tiempo, vaciéle sobre una mesa y
me encontré con mil ducados que contenía. Acababa de contarlos al
tiempo que el mesonero, que había oído las palabras del portador,
entró para saber lo que iba en el talego. Asombróle la vista de tanta
plata y exclamó admirado: «¡Fuego de Dios, y cuánto dinero! ¡Sin duda
sabéis—añadió con malicia—sacar buen partido de las damas! ¡Apenas ha
veinticuatro horas que estáis en Burgos y ya hacéis contribuir a las
marquesas!»
No me desagradó esta sospecha y estuve tentado a dejar a Majuelo en
su error, por lo que lisonjeaba mi vanidad. No me admiro de que los
mozos se alegren de ser tenidos por afortunados con las mujeres; pero
pudo más en mí la inocencia de mis costumbres que la vanagloria.
Desengañé al mesonero y le conté toda la historia de doña Mencía. Oyóla
con singular atención, y después le confié el estado de mis asuntos,
suplicándole, pues se mostraba tan interesado en servirme, me ayudase
con sus consejos. Quedóse como pensativo algún tiempo, y tomando
luego un aire serio, me dijo: «Señor Gil Blas, confieso que desde que
vi a usted le cobró particular inclinación; y ya que le merezco la
confianza de que me hable con tanta franqueza, debo corresponder a
ella diciéndole sin lisonja lo que siento. A mí me parece que usted
es un hombre nacido para la corte, y así, le aconsejo se vaya a ella
y procure introducirse con algún gran señor, viendo de mezclarse en
sus negocios, y sobre todo en los de sus pasatiempos y devaneos, sin
lo cual perderá usted el tiempo y nada adelantará con él. Conozco bien
a los grandes: ningún aprecio hacen del celo y de la lealtad de un
hombre de bien, y sólo estiman a las personas que les son necesarias
para sus fines. Además de éste, tiene usted otro recurso: es mozo,
bien dispuesto, galán; y esto, aun cuando fuera un hombre sin talento,
bastaba y aun sobraba para encaprichar a su favor a alguna viuda
poderosa o alguna hermosa dama malcasada. Si el amor empobrece a muchos
ricos, tal vez sabe también enriquecer a los que eran pobres. Soy,
pues, de parecer que vaya usted a Madrid; pero conviene se presente
con ostentación, pues allí, como en todas partes, se juzga de las
personas no por lo que son, sino por lo que aparentan ser, y usted
solamente será atendido a proporción de la figura que hiciere. Quiero
proporcionarle un criado mozo, fiel, cuerdo y prudente; en fin, un
hombre de mi mano. Compre usted dos mulas, una para sí y otra para él,
y sin perder tiempo póngase en camino lo más pronto que le sea posible.»
No podía menos de abrazar un consejo que era tan de mi gusto. Al día
siguiente compré dos mulas y recibí el criado que Majuelo me propuso.
Era un hombre de treinta años y de un aspecto humilde y devoto. Díjome
ser rayano de Galicia y llamarse Ambrosio Lamela. Lo que más admiré
en él fué que, siendo los demás criados por lo común muy interesados,
éste no se paraba en pedir gran salario. Díjome que en este asunto se
contentaría con lo que quisiese darle. Compré unos botines y una maleta
para llevar mi ropa y mis ducados, ajusté la cuenta con el mesonero, y
al amanecer salí de Burgos camino de Madrid.