Partido que tomó Gil Blas de resultas del triste suceso de la casa de
posada.
Después de haber llorado bien, pero en vano, mi desgracia, comencé
a hacer reflexiones, y saqué de ellas que en lugar de rendirme a la
desesperación y desaliento debía animarme a luchar contra mi mala
suerte. Volví, pues, a despertar mi valor, y me decía a mí mismo
mientras me estaba vistiendo: «Aun doy gracias a mi fortuna de que
aquellos malvados no se llevasen también mis vestidos y algunos ducados
que tengo en las faltriqueras.» Y les agradecía el haber andado tan
comedidos, pues habían tenido también la generosidad de dejarme los
botines, los cuales di al posadero por la tercera parte de lo que me
habían costado. En fin, salí de la posada sin tener necesidad, gracias
a Dios, de quien me llevase el hatillo. Lo primero que hice fué ir al
mesón donde me había apeado el día antecedente, a ver si mis mulas
se habían librado de la borrasca, aunque, a la verdad, juzgaba que
Ambrosio no las habría olvidado; y ojalá que siempre hubiera juzgado de
él con tanto acierto, pues supe que aquella misma noche había tenido
buen cuidado de sacarlas. Conque, dando por supuesto que yo no las
volvería a ver, como tampoco mi maleta, caminaba triste y sin destino
por las calles, pensando en el rumbo que había de tomar. Ofrecióseme
la idea de volver a Burgos para recurrir segunda vez a doña Mencía;
pero considerando que esto sería abusar de su bondad y que además me
tendría por un simple, deseché este pensamiento. Juré, sí, guardarme
bien en adelante de mujeres, y por entonces no me fiaría ni aun de la
casta Susana. De cuando en cuando ponía los ojos en mi sortija; mas,
acordándome que había sido regalo de Camila, suspiraba de rabia y de
dolor. «¡Ah!—decía entre mí—. ¡Nada entiendo de rubíes; pero bien
entiendo y conozco a la gentecilla que hace estos cambios! ¡No me
parece preciso ir a un joyero para conocer que soy un pobre mentecato!»
Con todo, no quise dejar de ir a saber lo que valía la sortija, que
reconocida por un lapidario la tasó en tres ducados. Al oír semejante
tasa, aunque no me causó sorpresa, di a todos los diablos la sobrina
del gobernador de Filipinas, o, por mejor decir, sólo les renové el don
que mil veces les había hecho de ella. Al salir de casa del lapidario
encontré un mozo que se paró a mirarme. No pude caer al pronto en quién
era, aunque en otro tiempo le había conocido muy bien. «¿Cómo qué, Gil
Blas?—me dijo—. ¿Finges acaso no conocerme? ¿Es posible que en dos
años me haya mudado tanto que no conozcas al hijo del barbero Núñez?
¡Acuérdate de Fabricio, tu paisano y tu condiscípulo de Lógica, y de
cuántas veces argüimos los dos en casa del doctor Godínez sobre los
universales y grados metafísicos!»
Antes que acabase de hablar había yo venido en conocimiento de quién
era. Abrazámonos estrechamente con mil demostraciones de admiración y
de alegría. «¡Ah querido amigo—prosiguió Fabricio—, y qué encuentro
tan feliz y cuánto me alegro de volverte a ver! Pero ¿en qué equipaje
te veo? ¡A la verdad, que estás vestido como un príncipe! ¡Bella
espada, medias de seda, calzón y vestido de terciopelo con bordado de
plata! ¡Fuego! ¡Esto me huele a un fortunón deshecho! ¡Apuesto a que
alguna vieja liberal te hizo dueño de su bolsillo!» «Te engañas—le
respondí—; mi fortuna no ha sido tan feliz como imaginas.» «¡A otro
perro con ese hueso!—replicó él—. Tú quieres hacer el reservado,
¡pero a mí que las vendo! Díme por vida tuya: ese bellísimo rubí que
tanto brilla en ese dedo, ¿de quién le hubiste?» «De una grandísima
bribona—le respondí—. ¡Fabricio, mi querido Fabricio, sabe que en vez
de ser el Adonis de las mujeres de Valladolid, he sido su dominguillo!»
Pronuncié estas palabras en tono tan lastimoso, que Fabricio conoció
muy bien que me habían jugado alguna burla. Apuróme para que le dijese
por qué razón estaba tan quejoso del bello sexo. Tuve poco que hacer en
resolverme a satisfacer su curiosidad; pero como la relación era algo
larga y no queríamos separarnos tan presto, entramos en un figón para
discurrir con más comodidad y sosiego. Allí nos desayunamos. Y mientras
tanto le hice menuda relación de cuanto me había sucedido desde mi
salida de Oviedo. Convino en que mis aventuras eran muy extrañas, y
después de asegurarme lo mucho que sentía verme en el estado en que
me hallaba, añadió: «Amigo, es menester consolarnos y animarnos en
todas las desgracias de la vida. Eso es lo que distingue un pecho
generoso de un corazón apocado. ¿Vese un hombre de entendimiento
reducido a la miseria? Espera con valor y paciencia otro tiempo más
feliz. ¡Nunca—dice Cicerón—, nunca debe un hombre abatirse tanto
que llegue a olvidarse que es hombre! Yo por mí soy de este carácter.
Las desventuras no me acobardan; sé superarlas y sé resistir a los
golpes de la mala fortuna. Por ejemplo: amaba en Oviedo a la hija de
un vecino honrado y ella me amaba a mí; pedíla a su padre, y negómela,
como era regular. Otro cualquiera se hubiera muerto de pesadumbre;
pero yo, ¡admira la fuerza de mi talento!, de acuerdo con la misma
muchacha, la robé de casa de sus padres. Era viva, atolondrada y alegre
sobremanera; por consiguiente, pudo más con ella el placer que la
obligación. Anduvimos seis meses paseándonos por Galicia, y llegó a
tal punto su deseo de viajar que quiso ir a Portugal; pero tomó otro
compañero de viaje y me dejó plantado. Si no fuera el que soy, me
hubiera desesperado y abatido con el peso de esta nueva desgracia; mas
no cometí tal disparate. Más prudente y sufrido que Menelao, en lugar
de armarme contra el Paris que me había robado mi Elena, me alegró
mucho de verme libre de ella. No queriendo después volver a Asturias
por evitar contiendas con la justicia, me interné en el reino de León,
donde anduve de lugar en lugar, gastando el dinero que me había quedado
del rapto de mi ninfa, pues en aquella ocasión ambos nos proveímos
suficientemente de dinero y ropa. Al fin me hallé al llegar a Palencia
con un solo ducado, con el cual tuve que comprar un par de zapatos, y
el resto duró pocos días. Vime perplejo en aquella situación. Comenzaba
ya a guardar dieta y era indispensable tomar algún partido. Resolví,
pues, ponerme a servir. Acomodéme desde luego con un rico mercader de
paños que tenía un hijo dado a todos los vicios. En su casa encontré
un seguro asilo contra la abstinencia, pero igualmente un grandísimo
obstáculo. Mandóme el padre que espiase al hijo y suplicóme el hijo le
ayudase a engañar al padre. Era preciso optar: preferí la súplica al
precepto, y esta preferencia me costó el ser despedido. Pasé después
a servir a un pintor, ya hombre viejo, el cual quería enseñarme por
caridad los principios de su arte; pero al mismo tiempo me dejaba
morir de hambre, y esto me disgustó de la pintura y de la mansión en
Palencia. Víneme a Valladolid, donde por la mayor fortuna del mundo me
acomodé con un administrador del hospital. Con él estoy todavía, y cada
instante más contento. El señor Manuel Ordóñez, mi amo, es el hombre
más virtuoso del mundo, pues siempre va con los ojos bajos y un rosario
de cuentas gordas en la mano. Dicen que desde mozo sólo tuvo puesta su
atención en el bien de los pobres, y le mira con mucho amor, empleando
a este fin un celo infatigable. Esto no se ha quedado sin recompensa:
todo ha prosperado en sus manos. ¡Qué bendición del Cielo! El se ha
hecho rico cuidando de la hacienda de los pobres.»
Luego que acabó Fabricio su discurso, le dije: «Por cierto me alegro
de verte tan contento con tu suerte; pero, hablando en confianza,
paréceme que podías hacer un papel más brillante en el mundo que el
de criado. Un mozo de tu talento debía pensar más alto.» «Te engañas
mucho, Gil Blas—me respondió—: has de saber que para un hombre
de mi humor no puede haber mejor situación que la mía. Confieso que
el oficio de criado es penoso para un mentecato; mas para un mozo
despejado tiene grandes atractivos. Un ingenio superior que se pone
a servir no sirve materialmente como un pobre bobo: entra menos a
servir que a mandar en la casa. Su primer cuidado es estudiar bien el
genio y las inclinaciones del amo. Halaga sus defectos, lisonjea sus
pasiones, sírvele en ellas, se granjea su confianza, y hétele que ya
le tiene agarrado por la nariz. De esta manera me he gobernado con mi
administrador. Desde luego conocí de qué pie cojeaba. Advertí que todo
su deseo era que le tuviesen por santo. Fingí creerlo, porque esto nada
cuesta; y aun hice más: procuré imitarle representando en su presencia
el mismo papel que él representaba delante de los demás: engañé al
engañador, y poco a poco vine a ser su todo y como su primer ministro.
Bajo sus auspicios y en su escuela espero que algún día estarán a mi
cargo los asuntos de los pobres, porque me intereso tanto por su bien
como mi amo. ¿Y quién sabe si por este camino llegaré también a hacer
igual o mayor fortuna?»
«¡Bellas y alegres esperanzas, querido Fabricio!—le repliqué—.
Doite mil parabienes por ellas. Mas, por lo que a mí toca, vuélvome a
mis primeros pensamientos. Voy a trocar mi vestido bordado por unas
bayetas, iréme a Salamanca, matricularéme en la Universidad y me
pondré a preceptor.» «¡Gran proyecto!—repuso Fabricio—. ¡Graciosa
idea! ¿Puede haber mayor locura que meterte a pedante en lo mejor de
tu vida? ¿Sabes bien, pobrete, en lo que te empeñas abrazando ese
partido? Luego que halles conveniencia, te observará toda la casa.
Examinarán escrupulosamente tus más mínimas acciones. Será preciso que
estés fingiendo y venciéndote continuamente, que afectes un exterior
hipócrita y que parezcas un hombre adornado de todas las virtudes.
No tendrás un instante por tuyo para divertirte. Censor eterno de tu
discípulo, todo el día se te irá en enseñarle el latín y en reprenderle
y corregirle cuando diga o haga alguna cosa contra la buena crianza.
Y al cabo de tanto trabajo y sujeción, ¿qué premio te espera? Si el
señorito sale travieso y mal inclinado, a ti te echarán la culpa,
diciendo que le criaste mal, y sus padres te despedirán sin recompensa
y aun quizá sin pagarte. Así, pues, no me hables del tal oficio de
preceptor, porque es un beneficio con cargo de almas. Háblame del
empleo de criado, que es beneficio simple que a nada obliga. ¿Está
el amo lleno de vicios? Pues el talento superior del criado los sabe
lisonjear, convirtiéndolos a veces en propia utilidad. Un criado
de este jaez vive con mucha paz en una buena casa. Come y bebe a
su gusto, por la noche se va a la cama y, como un hijo de familia,
duerme tranquilamente, sin tener que pensar en el carnicero ni en el
panadero. Amigo Gil Blas—prosiguió Fabricio—, nunca acabaría si
te hubiera de contar todas las ventajas que se encuentran en la no
muy lucida, pero muy provechosa carrera de criado. Créeme: desecha
para siempre el pensamiento de ser preceptor y sigue mi ejemplo.»
«Sea así, Fabricio—le respondí—; pero no todos los días se hallan
administradores como el que tú has hallado, y si yo me determinara a
servir, quisiera a lo menos encontrar con un buen amo.» «¡Oh!—repuso
él—. En eso tienes razón. Yo tomo por mi cuenta el buscártele, y lo
haré aunque no sea mas que por contribuir a que no se vayan a enterrar
en una Universidad los talentos de un hombre como tú.»
La próxima miseria que me amenazaba, la resolución y seguridad con que
Fabricio me habló, aun más que sus razones, me persuadieron finalmente
a que me pusiese a servir. Tomada esta determinación, salimos del
figón, y Fabricio me dijo: «Ahora mismo quiero conducirte en derechura
a casa de un hombre a quien recurre la mayor parte de los que buscan
amo. Tiene emisarios que le informan de cuanto pasa en todas las
familias, sabe las que necesitan criados, y en un registro muy exacto
lleva razón no sólo de las plazas vacantes, sino también de las buenas
o malas cualidades de los amos: en fin, él fué quien me acomodó con el
administrador.»
Fuimos hablando de esta especie de despacho y oficina pública tan
singular, hasta que llegamos a una callejuela, y en un rincón de ella,
a una casa baja, donde el hijo del barbero Núñez me hizo entrar. Nos
encontramos con un hombre de cincuenta años que estaba escribiendo.
Saludámosle cortesana y aun respetuosamente; pero fuese por ser
de genio naturalmente soberbio y grosero, o bien porque estando
acostumbrado a no tratar sino con lacayos y cocheros lo estaba también
a recibir las visitas asaz descortésmente, no se levantó, ni aun casi
se dignó mirarnos, contentándose con hacer una ligera inclinación de
cabeza. Con todo, poco después me miró con atención. Conocí muy bien
se admiraba de que un mozo con un vestido bordado quisiera ponerse
a servir de criado, cuando podía pensar que iba yo a buscar uno.
Duróle poco esta duda, porque Fabricio le dijo al punto: «Señor Arias
de Londoña, aquí le presento a usted el mayor amigo mío. Es un hijo
de buena familia, y sus desgracias le han reducido a la necesidad
de servir. Proporciónele usted una buena conveniencia, contando
seguramente con su correspondiente agradecimiento.» «Señores—respondió
fríamente Arias—, ésa es la cantilena general de todos ustedes: antes
de acomodarse prometen mucho; pero después de bien acomodados, tú que
le viste, y de todo se olvidan.» «¿Cómo? ¿Qué?—replicó Fabricio—.
¿Está usted quejoso de mí? ¿No me he portado bien?» «Mejor pudieras
haberte portado. Tu conveniencia equivale a la de primer oficial de
cualquiera oficina, y has correspondido como si te hubiese acomodado
con un autorcillo.» Tomé yo entonces la palabra, y para que conociese
el señor Arias que no servía a un ingrato, quise que el agradecimiento
precediese al favor. Púsele en la mano dos ducados, prometiéndole que
no se limitaría a tan poca cosa mi reconocimiento como me colocase en
una buena casa.
Mostróse contento de mi proceder, diciendo: «¡Así gusto yo de que se
trate conmigo! Hay vacantes excelentes puestos: leerélos, y usted
escogerá el que mejor le pareciere.» Al decir esto calóse los anteojos,
tomó su registro, abrióle, revolvió algunas hojas y comenzó así:
«Necesita lacayo el capitán Torbellino, hombre colérico, brutal y
fantástico; gruñe sin cesar, blasfema, da de golpes y muy a menudo
estropea a los criados.» «¡Pase usted adelante!—dije yo prontamente—.
¡No me gusta el señor capitán!» Rióse Arias de mi viveza y prosiguió
leyendo: «Doña Manuela de Sandoval, viuda y entrada en edad,
impertinente y caprichosa, se halla sin criado. Por lo común no tiene
más que uno, y ése apenas la puede aguantar un día entero. Diez años ha
que sólo hay en su casa una librea, y sirve para todos los criados que
recibe, sean flacos o gordos, grandes o pequeños. Se puede decir que no
hacen mas que probársela, y así todavía está nueva, aunque se la han
puesto dos mil. Falta un criado al doctor Alvaro Fáñez, médico químico.
Trata bien a sus criados, dales bien de comer y un gran salario; pero
hace en ellos la experiencia de sus remedios y se observa que en casa
de este químico hay siempre vacantes plazas de criados.»
«¡No lo dudo!—interrumpió Fabricio dando una carcajada—. Pero vamos
claros, que nos va usted proponiendo admirables conveniencias.» «Ten
un poco de paciencia—replicó Arias de Londoña—; todavía no las he
leído todas y puede haber alguna que te contente.» Diciendo esto,
prosiguió su lectura de esta manera: «Tres semanas ha que está sin
criado doña Alfonsa de Solís; es una señora anciana y devota, que pasa
en la iglesia las tres partes del día y quiere tener siempre junto
a sí al criado. Otro: ayer despidió al suyo el licenciado Cedillo,
hombre ya viejo y canónigo de este Cabildo.» «¡Alto ahí, señor Arias
de Londoña!—interrumpió Fabricio—. ¡A ese puesto nos atenemos! El
canónigo Cedillo es grande amigo de mi amo y yo le conozco mucho; sé
que gobierna su casa en clase de ama una vieja beata, que se llama
la señora Jacinta, y es la que todo lo manda. Es una de las mejores
casas de Valladolid, porque en ella se vive con gran paz y se come
grandemente. Fuera de eso, el canónigo es un señor enfermizo, gotoso
inveterado, que tardará poco en hacer testamento y se puede esperar
algún legadillo. ¡Gran esperanza para un criado! Gil Blas—continuó
Fabricio volviéndose hacia mí—, no perdamos tiempo. Vámonos derechos
a casa del licenciado; yo mismo te quiero presentar y salir por fiador
tuyo.» Habiendo dicho esto, por no malograr la ocasión, nos despedimos
aceleradamente del señor Arias, quien me ofreció, por mi dinero, que si
no lograba aquella conveniencia me proporcionaría otra tan buena y aun
quizá mejor.