Bajo el tambucho

Creo que se nos desmaya, Cornias... Era de esperar... El horror, el

frío... ¡Desgraciada de ella... desgraciado de mí... desgraciados de

todos, si esto ocurre antes de llegar tú a recogernos! Ya no podía

más... me faltaban palabras para alentarla; fuerzas para sostenerla... y

para sostenerme yo mismo. ¡Qué situación, Cornias! ¡Qué cuarto de hora

tan espantoso! Anda más de prisa... Ten firme... Aquí, sobre este

banco... ¡Santo Dios! ¡si me parece que sueño!... Arrolla la colchoneta

por esa punta para quesirva de almohada... Así... Ahora convendría

reaccionarla; pero ¡cómo?... Con qué tenemos; pero ¡cómo? vuelvo a

decir... Destapa ese otro banco y saca cuantas ropas haya dentro del

cajón... ¡En el aire!... Yo, al armario de las bebidas alcohólicas...

¡Inspiración de Dios fue el conservarlas aquí!... ¡Y se resiste la

condenada vidriera!... Pues por lo más breve... ¿para qué sirven los

puños?... Hágase polvo este cristal, y el armario entero si es

preciso... Este ron de Jamaica es lo más apropiado... Una copa

también... Ampara tú esto de los balances, sobre la mesa... pero dame

primero una toalla de esas para secarme las manos, que chorrean agua...

¡Qué ha de suceder con esta chaqueta que es una esponja?... ¡Fuera con

ella!... Vete echando ron en la copa... Venga ahora... Pero aguárdate

que la enjugue antes la cara... ¡Dios de Dios! ¡que yo no pueda hacer

aquí lo que es más necesario... casi indispensable!... aflojarla estas

ropas empapadas... quitárselas de encima. ¡Si me fuera dado ver y no

ver; maniobrar con los ojos cerrados!... La copa enseguida... Ron en las

sienes... en las ventanillas de la nariz... entre los labios... ¡Pero si

con ese talle tan oprimido no pueden funcionar los pulmones!... Yo bien

veo dónde está la abertura de la coraza... pero ¡no sería una

profanación poner las manos ahí?... ¡No se me caerían de las muñecas?...

Y hay que hacer algo por el estilo, y sin tardanza... Por la espalda si

acaso... justo: la misma cuenta sale... Tu cuchillo, Cornias... Ayúdame

a ponerla boca abajo... ¡Dios me dé uno suficiente!... Por si acaso, el

filo hacia arriba... Ya está cortada la tela del vestido... Ahora las

trencillas del corsé... y estos cinturones... Esta es obra más fácil...

Trae aquel impermeable y tiéndele encima de ella y de mis manos, que no

tienen ojos... Así... Ya queda el tronco libre de ligaduras... a

volverla ahora de costado... ¿Ves cómo respira con menos dificultad?...

Más ron enseguida... ¡en el aire, Cornias! Le siente en los labios...

Ten la copa un instante mientras la incorporo yo... Así... ¡Nieves!...

¡Nieves!... Dame la copa tú. ¡Nieves!... un sorbito de esta bebida para

entrar en calor... A ver, poquito a poco... Allá va... ¡Lo paladea,

Cornias, lo paladea... y entreabre los ojos! ¡Sea Dios bendito!... Otro

sorbo más, Nieves, hasta apurar la copa, aunque le repugne a usted: es

esencia de vida... ¡Ajá!... Prepara otra, Cornias, por si acaso... Mira,

hombre, ¡todavía conserva en el pecho parte de las flores que se había

prendido esta mañana!... Sobre que se están cayendo... Toma. No las

tires: guárdalas en ese armario abierto... por si pregunta por ellas...

¿Se siente usted mejor, Nieves? ¿Quiere usted otro poco de la misma

bebida para acabar de reaccionarse?... ¡Mira, Cornias, qué fortuna en

medio de todo! Ya vuelve en sí... ya está en sus cabales... ¡Bendito sea

Dios!

El pudor, que es el sentimiento más afinado en la naturaleza de la

mujer, fue lo primero que vibró en la de Nieves al recobrar ésta el

dominio de su razón. Notó la flojedad del cuerpo de su vestido, mirose,

le vio desentallado, reparó en el impermeable que la cubría los hombros;

Y con una mirada angustiosa preguntó a Leto la causa de ello.

--Lo he rasgado yo--respondiola el mozo, tan ruborizado como la

interpelante--, porque era de necesidad abrir por algún lado para que

usted respirara con desahogo.... y elegí ese lado de atrás por parecerme

menos... vaya, menos... y aun eso se hizo, al llegar al corsé, bajo el

impermeable que no se le ha vuelto a quitar a usted de encima. ¿Es

cierto, Cornias?

Cornias dijo que sí; y Nieves bajó la cabeza, estremeciose, y se arropó

con el impermeable. Estaba pálida como un lirio, casi amoratada;

chorreábale el agua por cabellos y vestido, y había una verdadera laguna

en el suelo de la cámara; porque Leto, por su parte, era una esponja

inagotable, de pies a cabeza.

--Ahora, Nieves--la dijo éste casi imperativamente, pero traduciéndosele

en la voz y en la mirada la compasión y el interés de que estaba

poseído--, va usted a hacer, sin un momento de tardanza, lo que debió de

haberse hecho en un lugar de lo poco que yo hice... porque no me era

lícito hacer más: está usted empapada en agua, está usted fría; y eso no

es sano: hay que quitarse esa ropa... ¡toda la ropa! enjugarse bien,

friccionarse si es preciso, y volverse a arropar: yo no tengo vestidos

que ofrecerla a usted, ni en estas soledades han de hallarse a ningún

precio; pero tengo algo seco, limpio y muy a propósito para que pueda

usted envolverse en ello y abrigarse... Vea usted una... dos... tres

grandes sábanas de felpa... dos toallas... unas pantuflas sin estrenar,

algo cumplidas de tamaño; pero donde cabe lo más, cabe lo menos... Otro

impermeable... ¿Se acuerda usted de la tarde en que les enseñé estas

prendas visitando ustedes esta cámara? ¡Mal podía imaginarme yo entonces

el destino que les estaba reservado para hoy! En medio de todo, bendito

sea Dios, que menos es nada... Conque a ello, Nieves... y tome usted

antes otros dos sorbos de ron para rehacerse un poquito más... No

insistiría, porque sé que le repugna este licor, si tuviera usted quién

la ayudara en la tarea en que va a meterse; pero, desgraciadamente,

tiene usted que arreglarse sola, y hay que cobrar fuerzas... Vamos, otro

sorbito... y tú, Cornias, ¡listo a pasar un lampazo por estos suelos!...

Vea usted bien, Nieves: sobre la mesa pongo, para que las tenga usted

más a la mano, las sábanas, las toallas y las babuchas... Allí queda el

capuchón impermeable; y la botella del ron para el uso que la indiqué

antes y la recomiendo mucho, en este armario... Después se pasa usted a

aquel otro banco que está seco, y se acuesta un ratito... Para su mayor

tranquilidad, voy a correr las cortinillas de los tragaluces... No hay

ojos humanos en el _yacht_ capaces de un atrevimiento semejante; pero

usted no tiene obligación de creerlo... ¿Ve usted? Después de corridas

las cortinillas, queda sobrada claridad para lo que tiene usted que

hacer... ¡Ah! por si le ocurre llamar mientras esté sola aquí adentro:

esta puerta de entrada tiene un cuarterón de corredera: observe usted

cómo se abre y se cierra... Por aquí puede usted pedir lo que

necesite... ¡Listo, Cornias, que apura el tiempo!... Conque ¿estamos

conformes, Nieves? ¿Hay fuerzas? ¿Sí? Pues a ello sin tardar un

instante. Y ¡ánimo! que Dios aprieta, pero no ahoga.

Nieves, que había estado con la mirada fija en Leto, sin perder una

palabra, ni un movimiento, ni un ademán del complaciente muchacho en su

afanoso ir y venir, cuando le tuvo delante, a pie firme y en silencio

pidiéndola una respuesta, se la dio en una sonrisa muy triste, pero muy

dulce.

Enseguida se llevó ambas manos a la frente y se estremeció de nuevo,

exclamando:

--¡Dios mío, qué ideas me acometen de pronto, tan negras, tan raras!...

¡qué sobresaltos, qué visiones!... Estoy como en una pesadilla

horrorosa... Mi pobre padre, tan tranquilo y descuidado en Peleches; yo,

sin saberlo él, aquí ahora, de esta traza, en este mechinal... y un

momento hace... ¡Dios eterno!... Leto... yo estoy viva de milagro... yo

he debido de ahogarme hoy.

--No, señora,--respondió Leto muy formal.

--¡Que no? Pues si no es por usted, primero, y por la destreza de

Cornias enseguida... confesada por usted mismo cuando le veía

acercarse...

--Cornias ha cumplido con su deber, como yo he cumplido con el mío; pero

usted no podía ahogarse de ningún modo...

--¿Por qué?

--Porque... porque no: porque para ahogarse usted era preciso que antes

me hubiera ahogado yo, y después el _yacht_ con Cornias adentro, y

después los peces de la mar, y la mar misma en sus propias entrañas, ¡y

hasta el universo entero!... porque hay cosas que no pueden suceder ni

concebirse, y por eso no suceden... Y ¡por el amor de Dios! esparza

usted ahora esos tristes pensamientos, como yo esparzo los míos... que

son bien tristes también, y muy mortificantes y muy negros, y conságrese

sin perder minuto a hacer lo que la tengo recomendado; porque no da

espera. Tiempo sobrado nos quedará después para hablar de eso... y

entregarme yo a la Guardia civil para que, atado codo con codo, me lleve

a la cárcel, y después me den garrote vil en la plaza de Villavieja.

--¡A usted, Leto?

--A mí, sí; porque, en buena justicia, debió de haberme tragado la mar

en cuanto la puse a usted en brazos de Cornias.

--Pero ¿habla usted en broma o en serio?--le preguntó Nieves,

contristada con el tono y el ademán casi feroces de Leto.

--Pues ¿no ha conocido usted que es broma para distraerla de sus

visiones?--respondió éste fingiendo una risotada de mala manera,

abochornado por su imprudente sinceridad--. Lo que la repito en serio es

que urge quitarse todas esas ropas mojadas.

--¿Y las de usted?--le dijo a él Nieves viendo cómo le chorreaba el agua

por las perneras abajo--, ¿ son ropas mojadas?

--Las mías--respondió Leto,--no hacen daño donde están ahora: somos

antiguos y buenos amigos el agua salada y yo... Además, ya están casi

secas y acabarán de secarse al aire libre, adonde voy a ponerlas

enseguida con el permiso de usted. Vamos a ir empopados, y cuento con

llegar al puerto en tres cuartos de hora; echemos otro hasta el muelle:

la hora justa desde aquí... Téngalo usted presente para hacer su

toilette... y hasta luego.

Con esto salió de la cámara, cerró la puerta y voceó a Cornias, que ya

estaba esperándole con la maniobra aclarada y la sangre helada aún en

sus venas con el recuerdo del espantoso lance que no se le borraría de

la memoria en todos los días de su vida.

Se izaron las velas, se puso el _Flash_ en rumbo al puerto, y cayó su

piloto, no en su embriagadora obsesión de costumbre en casos tales, sino

en las garras crueles de sus amargos pensamientos. Volaba el _yacht_

cargado de lonas, arrollando garranchos y carneros, saltando como un

corzo de cresta en cresta y de seno en seno, circuido de espumas

hervorosas, juguetón, ufano... ¿Y para qué tanta ufanía y tanta

presteza? Para tortura del pobre mozo, que veía en la llegada al puerto

la caída en un abismo sin salida para él... Mirárase el caso por donde

se mirara, siempre resultaba el mismo delincuente, el mismo responsable:

él, y nadie más que él fue débil complaciendo a Nieves, sin

consentimiento de su padre, en un antojo tan serio, tan grave, como el

de salir a la mar a hurtadillas y con, el tiempo medido; fue un

mentecato, un majadero, haciendo valentías en ella, sin considerar

bastante los riesgos que corría el tesoro que llevaba a su lado; fue un

irracional, un bárbaro, rematando sus majaderías con la bestialidad que

produjo el espantoso accidente... No lo había dicho en broma, no:

merecía ser entregado por la Guardia civil a los tribunales de justicia,

y agarrotado después en la plaza pública, y execrado hasta la

consumación de los siglos en la memoria de don Alejandro Bermúdez y

todos sus descendientes. Y si don Alejandro Bermúdez y la justicia

humana no lo consideraban así, ni el uno ni la otra tenían sentido común

ni idea de lo justo y de lo injusto... ¡Que Nieves vivía! ¡Y qué, si

vivía de milagro, como había dicho muy bien la infeliz? Su caída había

sido de muerte, con el andar que llevaba el barco; y en esta cuenta se

había arrojado él al mar... Si se obraba el milagro después, bien; y si

no se obraba... ¿qué derecho tenía él a vivir pereciendo ella, ni para

qué quería la vida aunque se la dejaran de misericordia? Esto no era

rebelarse contra las leyes de Dios; era sacrificarse a un deber de

caridad, de conciencia, de honor y de justicia. Él la había puesto en

aquel trance; pues quien la hizo que la pagara. Esta era jurisprudencia

de todos los códigos y de todos los tiempos, y de todos los hombres

honrados... ¿Comprometes la vida ajena? Pues responde con la propia.

¿Qué menos? Esto entre vidas de igual valor. Pero ¿qué comparación cabía

entre la vida de Nieves y la vida de Leto? ¡La vida de Nieves! Todavía

concebía él, a duras penas, que por obra de una enfermedad de las que

Dios envía, poco a poco y sin dolores ni sufrimientos, esa vida hubiera

llegado a extinguirse en el reposo del lecho, en el abrigo del hogar y

entre los consuelos de cuantos la amaban; pero de aquel otro modo,

inesperado, súbito, en los abismos del mar, entre horrores y espantos...

¡y por culpa de él, de una imprudencia, de una salvajada de Leto!... Lo

dicho: aun después de salvar a Nieves, quedaba su deuda sin pagar; y su

deuda era la vida; y esta deuda debió habérsela cobrado el mar en cuanto

dejó de hacer falta para poner en salvo la de su pobre víctima... Todo

esto era duro, amargo, terrible de pensar; pero ¿y lo otro, lo que

estaba ya para suceder, lo que casi tocaba con las manos y a veces se

las inducía a dar contrario rumbo a su _yacht_? ¡Cuando éste llegara al

puerto, y hubiera que pronunciar la primera palabra, dar la primera

noticia, las primeras explicaciones, aunque por de pronto se disfrazara

algo la verdad que al cabo llegaría a conocerse?... Don Alejandro, sus

servidores y amigos... la villa entera, la misma Nieves, después de

meditar serenamente sobre lo ocurrido... cada cual a su manera, ¡todos y

todo sobre él!... Merecido, eso sí, ¡muy merecido! Pero ¿dónde estaban

el valor y las fuerzas necesarias para resistirlo? Hasta con el mar se

luchaba y en ocasiones se vencía; pero contra la justa indignación de un

caballero, contra el enojo de sus amigos, contra la mordacidad de los

malvados y contra el aborrecimiento de ella... ¡Oh, contra esto sobre

todo!... Aquí no cabía ni hipótesis siquiera. Antes que tal caso

llegara, aniquilárale Dios mil veces, o castigárale con la sed y la

ceguera y todas las desdichas de Job: a todo se allanaba menos a ser

objeto de los odios de aquella criatura que le parecía sobrehumana.

Después de subir Leto tan arriba en la escala de lo negro, sucediole lo

que a todos los espíritus exaltados movidos de las mismas aprensiones:

que no pudiendo pasar de lo peor ni teniendo paciencia para quedarse

quietecito donde estaba, comenzó a descender muy poco a poco, para

cambiar de postura; y de este modo, quitando una tajadita a este

supuesto, y un pellizquito al otro, y dando media vuelta al caso de más

allá, fue encontrando la carga más llevadera y el cuadro general a una

luz menos desconsoladora.

Para mayor alivio de su pesadumbre, al abocar al puerto se halló de

pronto con la carita de Nieves asomada al cuarterón de la puerta de la

cámara, mirándole muy risueña, con una rosetita arrebolada en cada

mejilla y cierta veladura de fatiga en los ojos... El alma toda se le

esponjó en el cuerpo al aprensivo mozo. Aquellos celajes tan diáfanos,

tan puros, no eran signos de la tempestad que él temía...

--Ya está usted obedecido--le dijo--, en todo y por todo. ¡Si viera

usted qué bien me encuentro ahora! Siento hasta calor, y he cobrado

fuerzas... Pero huelo a ron que apesto... Lo peor es que no puedo

manejarme a mi gusto, porque estoy lo mismo que un bebé: en envolturas.

Además, el capuchón por encima.

Leto bajó un poco la cabeza y apretó los párpados y las mandíbulas, como

si tratara de arrojar de su cerebro alguna idea, alguna imagen que,

contra su voluntad, se empeñara en anidar allí.

--Bien sabía yo--dijo por su parte y sólo por decir algo, que el remedio

era infalible; sobre todo, aplicado a tiempo... Y aunque yo me privara

del gusto de verla ahí tan repuesta, ¿no estaría usted mejor descansando

sobre el almohadón que no se ha mojado?

--Ya lo he hecho durante un ratito--contestó Nieves--; pero me he

levantado para preguntarle a usted una cosa que ha empezado a

inquietarme bastante... Como yo hasta ahora no he tenido el juicio para

nada... En primer lugar, ¿por dónde vamos ya?

--Entrando en el puerto.

--Y cuando lleguemos al muelle, ¿cómo salgo yo de aquí, Leto? Porque no

he de salir en mantillas. ¿Ha pensado usted en esto también?

--También he pensado en eso--respondió Leto devorando el amargor que le

producía el recuerdo de aquel caso, que era la primera estación del

Calvario que él había venido imaginándose--. En cuanto lleguemos al

muelle, irá Cornias volando a Peleches en busca de la ropa que usted

necesite... Se dirá, para no alarmar, que se ha mojado usted, no lo que

ha sucedido...

--Me parece muy bien, y en algo como ello, había pensado yo para salir

del primer apuro. Después, Dios dirá... ¿no es así, Leto?

--Así mismo,--respondió éste algo mustio otra vez.

--Pues yo creo--dijo Nieves notándolo, que hacemos mal en apurarnos por

lo menos, después de haber salido triunfantes de lo más... Dios, que me

oyó entonces, no ha de ser sordo ahora conmigo... para una pequeñez;

porque después de lo pasado, todo me parece pequeño, ya, Leto... ¡muy

pequeño!... hasta el enojo y las reprensiones de papá... ¡Virgen María!

Me veo aquí sana y salva y hablando con usted, vivo y sano también, y me

parece mentira... ¡Qué horrible fue, Leto, qué espantoso! ¡En aquella

inmensa soledad!... ¡qué abismo tan verde, tan hondo... tan amargo!...

Amargos y muy amargos le parecieron también a Leto aquellos recuerdos

que él quería borrar de su memoria, y por ello pidió a Nieves, hasta por

caridad, que hablara de cosas más risueñas.

--¡Si no puedo!--le respondió Nieves con una ingenuidad y un brío tan

suyos, que no admitían réplica--. Estoy llena, henchida de esos

recuerdos, como es natural que esté, Leto... porque no ocurren esas

cosas todos los días, ¡ni quiera Dios que vuelvan a ocurrirle a nadie!

Me mortifican mucho calladitos allá dentro, y me alivio comunicándolos

con usted... ¡y usted quiere que me calle!... Pues caridad por caridad,

Leto: también yo soy hija de Dios... ¿Le parezco egoísta? ¿Le importuno?

¿Le canso? ¿Va usted a enfadarse conmigo?

¿Habría zalamera semejante? ¡Enfadarse Leto por tan poca cosa, cuando

sería capaz!... Pidiérale ella que bebiera hieles para quitarla una

pesadumbre, y hieles bebería él tan contento, y rescoldo desleído. No se

atrevió a decírselo tan claro; pero como lo sentía, algo la dijo que

sonaba a ello y le valió el regalo de una mirada que valía otra

zambullida. Enseguida dijo Nieves, volviendo a pintársele en los ojos la

expresión del espanto:

--Todo lo recuerdo, Leto, como si me estuviera pasando ahora: qué

tontamente desprendí las manos del respaldo para llevármelas a la cara,

cuando sentí el chorro de agua en ella; la rapidez con que caí

enseguida, y la impresión horrorosa que sentí al conocer que había caído

en la mar; lo que pensé entonces y lo que recé; el desconsuelo espantoso

de no tener a qué asirme ni dónde pisar... ¡Ay, Leto! si tarda usted dos

segundos más, ya no me encuentra... Me hundía, me hundía retorciéndome

desesperada... ¡qué horror! Cuando me vi agarrada y suspendida por

usted, me pareció que resucitaba... Después empezaron los peligros de

ahogarnos los dos por mi falta de serenidad para seguir los consejos que

me daba usted... Empeñada en asirme a usted, como si estuviéramos los

dos a pie firme sobre una roca... Pero ¿quién puede estar serena entre

aquellos horrores, Virgen María! Después ya fue otra cosa: a fuerza de

suplicarme usted y hasta de reñirme, ya logré colocarme mejor y dejarle

más libre y desembarazado... a todo esto, alejándose el _yacht_, y usted

explicándome por qué lo hacía... después todas sus palabras para darme

alientos, hasta que el barco volviera por nosotros... ¡si volvía, Leto,

si volvía a tiempo!, porque a pesar de sus palabras, demasiado conocía

yo lo que pasaba por usted: las fuerzas humanas no son de hierro; y

aquella espantosa situación no daba larga espera... Recuerdo la alegría

de usted cuando vio el _yacht_ encarado a nosotros; sus temores de que a

Cornias no se le ocurrieran ciertas precauciones, y el barco, por

demasiada velocidad, pasara a nuestro lado sin poder recogernos; y su

entusiasmo cuando vimos caer las velas una a una, quedarse el barco

desnudo, y al valiente Cornias de pie, con la caña en la mano y

conduciéndole hacia nosotros hasta ponerle a nuestro lado, dócil y

manso, y creo que hasta risueño... No parecía barco, sino un perro fiel

que iba en busca de su señor. ¡No he de recordarlo, Leto? ¡Pues es para

olvidado en toda mi vida por larga que ella sea?.... Como lo que usted

dijo en cuanto llegó a nosotros el _yacht_, y el pobre Cornias, pálido

como la muerte, se arrojó sobre el carel con los brazos extendidos...

¿Se acuerda usted, Leto?

Leto, con la frente apoyada en su mano izquierda y el codo sobre la

rodilla, no respondió a Nieves una palabra. Estaba aturdido, fascinado,

quizá por los recuerdos que evocaba el relato; quizá por el acento

conmovedor y la expresión irresistible de los ojos de la relatora.

La cual, después de contemplarle con cariñosa avidez unos momentos,

añadió:

--Pues yo sí: «¡A ella, Cornias; a ella sola!» Mal andaba yo de fuerzas

entonces, ¡muy mal!... no podía andar peor; pero me hubiera atrevido a

jurar que estaba usted gastando las últimas en ponerme en manos de

Cornias... ¡Ay, Leto! Yo creía que en determinadas ocasiones de la vida,

estaban excusados los hombres de ser galantes con las damas; pero, por

lo visto, la regla tiene excepciones; y una de ellas me ha tocado a mí

hoy, por dicha mía... ¡Y quiere usted que eche de la memoria todos estos

recuerdos, o que los conserve y me calle!... Y a todo esto--añadió,

observando la emoción hondísima del original muchacho (que tenía que ver

entonces, desgreñado, en cuerpo y mangas de camisa, aún no bien seca, y

los pantalones más que húmedos todavía)--, ¿dónde está Cornias?... Yo

quisiera verle.

Como el _yacht_ continuaba navegando en popa y no había que tocar la

maniobra, Cornias iba a proa sentado al borde del tejadillo del

tambucho, con los brazos cruzados sobre el pecho, la cabeza algo caída,

pálido el color, y los ojos completamente en blanco; porque todo su

mirar era entonces hacia adentro, donde le hervían las imágenes

terribles de los recientes sucesos en que le había alcanzado tan

importante papel.

Acudió a la llamada enérgica de Leto, el cual le dijo:

--La señorita desea hablarte: baja.

Y bajó al fondo del pozo. Allí levantó la cabeza, y enderezó lo más que

pudo la mirada al ventanillo de la puerta; y tal efecto le produjo la

expresión dulce y melancólica de la carita de Nieves, incrustada en el

hueco, y el cariñoso interés con que le miraba a él, al ínfimo Cornias,

que comenzó a inflar los carrillos y amagar sollozos; con lo cual Nieves

se enterneció también algo, y ninguno de los dos articuló palabra.

Observado por Leto y queriendo dar fin a la escena que tan

dificultosamente empezaba, con el pretexto de que andaba el _yacht_ en

las proximidades del muelle, pidió permiso a Nieves para enviar a

Cornias a su sitio; y la dijo en conclusión:

--De eso ya hablarán ustedes otra vez.

Fuese Cornias y preguntó Nieves a Leto:

--¿Tan cerca estamos ya?

--En cinco minutos llegamos...

--¡Ay, Dios mío!--exclamó Nieves, palideciendo algo,--¡qué hormiguillo

me entra ahora!... ¿Será miedo?

--Hay para tenerle,--contestó el otro tiritando en su interior.

--Pues ánimo--repuso ella con la voz algo insegura--, y pensemos en lo

más para no temer lo menos. Antes se lo dije también. Y ahora me vuelvo

a mi escondrijo, hasta que pueda salir de él vestida de persona mayor...

¡Ah!... se me olvidaba--añadió después de haber retirado un poco la

carita del ventanillo--: he visto en el armario unas flores iguales a

las que llevaba en el pecho esta mañana, si no son las mismas...

--Lo son,--respondió Leto hecho una grana, como si le hubieran achacado

el robo de un panecillo.

--Pues ¿cómo están allí?--preguntó Nieves gozándose en el bochorno de

Leto.

--Porque se le estaban cayendo a usted del pecho cuando la tendimos

desmayada sobre el banco... y le dije yo a Cornias, después de

recogerlas con mucho cuidado, que las guardara..., por si preguntaba

usted por ellas.

--Muchas gracias, Leto, aunque ya no me sirven. Puede usted tirarlas, si

le parece.

--¡Eso no!--contestó Leto sin pararse en barras, acordándose del lance

del Miradorio--. Bien están donde están, puesto que usted no las quiere.

--Y ¿no estarían mejor--preguntole Nieves, con una sonrisilla que

hablaba sola--, en otra parte... por ejemplo, con cierto clavel rojo, en

el mismo libro, como apunte de dos fechas importantes?... En fin, al

gusto de usted... y hasta luego... y corrió la tablilla de cuarterón.

--¡Lo propio que yo estaba pensando!--exclamó Leto para sí--. Dos

fechas: el principio y el fin; porque esto es ya el acabose...

¡Cornias!--gritó de pronto--. ¡Arría!

Arrió Cornias el aparejo que le sobraba al balandro; y así continuó éste

deslizándose hasta atracarse a los maderos del muelle, con la misma

precisión que si llevara medidas a compás las fuerzas y la distancia.

--XIX--

Al primer vuelo · 第 23 / 29 题