Le digo a usted, ¡carape! que éste es un problema que marea. Vengan aquí
todos los sabihondos de la tierra, y pruébenme que cabe dentro del
sentido común el que un hombre con barbas se pase media noche en claro,
por el disgusto de no haber subido a Peleches en cuarenta y ocho horas.
¡Qué han de probar? Y mucho menos si yo les digo: «reparen ustedes que
el hombre de mi ejemplo no tiene obligaciones que cumplir allí, ni debe
una peseta al padre, ni está enamorado de la hija, ni Cristo que lo
fundó; que no es más que un tertuliano de la casa y un amigo que pasea a
menudo con los señores de ella, no desde el principio de los tiempos,
sino de dos meses acá; que si no ha concurrido a las dos últimas
tertulias del anochecer, es porque a esas mismas horas ha tenido
ocupaciones de importancia en la botica de su padre, que le da el pan de
cada día; que ese hombre jamás ha conocido el mal humor, ni tomado en
serio cosa alguna de tejas abajo y de puertas afuera; que rebosa de vida
y de salud, y que nada teme, ni nada debe, ni nada envidia... Por
último, ese hombre existe en carne y hueso; y soy yo, Leto Pérez, el
hijo del boticario de Villavieja, y boticario también.» Y entonces los
sabios me contestarían, por poco sabios que fueran: «pues Leto Pérez, el
hijo del boticario de Villavieja, no tiene sentido común.» Y no le
tengo, ¡carape! no le tengo, y a eso iba; pues sí le tuviera, no me
sucedería lo que me sucede; porque a un hombre de sentido común no puede
sucederle eso más que en un caso, y yo niego ese caso; y no solamente le
niego, sino que la suposición de él me parece el más enorme de los
absurdos, y además una irreverencia... ¡qué digo irreverencia? un
sacrilegio. De donde se deduce claramente que me quedé corto cuando,
escribiendo al inglés, le dije que entre ser lo que ahora soy y volverme
a lo que fui, vacilaría... ¡Vacilar, carape! a ciegas me agarro a lo de
ayer. Ayer era yo el hombre más descuidado y venturoso de la tierra; y
hoy me carga a lo mejor cada murria que me parte. ¡Qué más? ¡Hasta el
mismo oficio de que vivo empieza a caérseme de las manos! Es una mala
vergüenza confesarlo; pero es la pura verdad. Nada, ¡carape! que, según
van poniéndose las cosas, como si yo hubiera nacido hace dos meses. De
esa fecha para atrás, el limbo... Con decir que hasta el _yacht_ me
impone condiciones para hacerse querer de mí... ¿Se ha visto otra? Pues
así es. O con _ella_ a bordo, o que nones. Y en estos remilgos, seis
días de holgueta el muy tunante... Pero por esto no paso, porque sería
ya de lo inaudito... Hoy se me han hinchado las narices, y te voy a dar
tres tazas, por lo mismo que no quieres caldo...»
Por este arte despotricaba en sus adentros Leto Pérez bajando una mañana
hacia el muelle, sin corbata ni chaleco, con una ancha boina en la
cabeza y, por todo ropaje exterior, una americanilla y unos pantalones
de lienzo. Como arreglaba la marcha al compás de los pensamientos,
andaba con relativa lentitud, algo cabizbajo y con las manos en los
bolsillos.
Cornias aparejaba el _yacht_, atracado a la escalerilla.
--¡Aviva!--le dijo en cuanto pisó el primer peldaño,--para ver si
podemos _desabocar_ con la vaciante y el terralillo que nos quedan.
Enseguida bajó y se puso a ayudar a Cornias para acabar primero.
Terminada la faena, le previno:
--A desatracar para franquearnos.
Cornias, con la agilidad y presteza de un mono, empezó a cumplir la
orden desanudando la estacha de proa para largarla.
--¡Espera!--le dijo de pronto Leto, con una inflexión de voz que
revelaba algo de extraño para Cornias.
Suspendió éste la tarea y miró a Leto, que estaba a popa y sobre las
puntas de los pies, como fascinado, con los ojos fijos en la blanca
silueta de Nieves que acababa de aparecer en lo alto del Miradorio.
--¡Ay, carape!--se dijo:--con esto no contaba yo ahora. ¿Habrá visto el
_yacht_ aparejado desde allá arriba? ¿Vendrá acá?... Por las trazas,
sí... ¡Pues buenas están las mías para recibirla, carape!... Pero, bien
mirado, no estoy sucio ni roto... ¿Y si no nos ha visto, ni viene a lo
que yo presumo? ¿Espero?... ¿Me largo?... ¡Largarme! ¡Tendría que ver!
¿Podría, aunque quisiera? ¡Pues no están vibrándome las fibras todas
como si de pronto me hubiera henchido de la salud que me faltaba?...
¡Carape, carape, hombre, qué cosas éstas tan extrañas!... Ya no la
veo... ¿Por qué no serán transparentes los breñales que me la tapan
ahora? ¿Por dónde echará? ¡Por dónde, por dónde! ¿Tienes más que ir a
verlo, simplón, cuanto más que estás deseándolo?... Eso sí; pero ¿cómo
lo tomará? ¿A bien? ¿A mal? ¡Ay, qué arrastradas desconfianzas estas
mías, que no acaban de curárseme! A la una... a las dos...
¡Cornias!--dijo en voz alta--, atraca otra vez... y aguárdate así, que
vuelvo enseguida.
Saltó a la escalera, la subió en dos zancadas, atravesó el muelle y el
andén en muy pocas más, tomó el camino del Miradorio; y al dominar el
primer recuesto se halló cara a cara con Nieves que venía por el
entrellano a todo andar también, algo sofocadita y un poco anhelante;
pero muy mona, ¡muy mona!
La pobrecilla temía llegar tarde: había visto desde allá arriba el
grimpolón azul, y por él había presumido que estaba el _Flash_ atracado
al muelle; y estando atracado al muelle, sería para salir a navegar por
alguna parte... «Pues buena ocasión», se había dicho entonces. «Puede
que Leto quiera llevarme»; y hala, hala, hala... ¡qué ira le daba aquel
pedazo de camino tan escondido del muelle, donde era inútil hacer una
seña o dar una voz! ¡Y si entre tanto se largaba el _yacht_? ¡Y ella que
tenía tantas ganas de darse otro paseo en él! Desde el último, once días
lo menos... y dos sin subir Leto a Peleches, ni dejarse ver por ninguna
parte. ¿Había estado enfermo? ¿estaba enfadado, resentido de alguna
cosa? ¡Qué injusto sería en ello! En Peleches, todos, todos le estimaban
mucho y le estaban muy agradecidos.
Bien poco le quedaba que hacer a Leto en aquella escena que tanto le
imponía desde lejos. Todo se lo daba hecho Nieves; todos los caminos le
abría ella; y ¡con qué dulzura de mirar, con qué timbre de voz tan
melodioso, con qué volubilidad tan espontánea y hechicera! Había que ser
un leño para no atreverse, con aquel estímulo que le parecía sobre
humano, a ser un poco sincero y expresivo también; y se atrevió a serlo.
Dijo el por qué de no haber subido a Peleches en dos días. ¡Él enfadado,
él ofendido! ¡Eso si que era no conocerle!.. ¡cuando precisamente las
horas de esos días se le habían hecho siglos! Para entretener el tiempo
mejor hasta la noche, en que pensaba volver a la tertulia de Peleches,
había resuelto pasar la mañana en la mar; y estando ya desatracando el
_yacht_ para franquearse, la había visto a ella bajar por el Miradorio,
y había salido a su encuentro para ponerse a sus órdenes, por si no
había visto el balandro aparejado, o no venía con ánimos de embarcarse
en él. ¡Carape, si recalcó lo de las horas largas, y estuvo valeroso y
ocurrente en otras finezas semejantes el hijo del boticario! Y Nieves,
tan ufana con ellas y tan agradecida. ¡Que le preguntaran entonces si la
cruz de su nueva vida le pesaba, y si, para descargarse de ella, quería
volver al limbo por que suspiraba poco antes!
Pero ¿por qué andaba Nieves por allí a aquellas horas? También se
atrevió Leto a preguntárselo, caminando ya los dos hacia el muelle; y
resultó que Nieves y su padre, después de dar un largo paseo en
dirección a la mina, se habían sentado a leer en la Glorieta: don
Alejandro un periódico, y ella aquel libro que traía debajo del brazo;
don Alejandro se cansó muy pronto de leer, y se volvió a casa con
propósito de destinar toda la mañana a despachar su correspondencia
atrasada; ella se quedó leyendo, y advirtió a su padre que pensaba darse
después una vuelta por el Miradorio, como hacía muchas veces. Desde el
Miradorio había columbrado el palo del balandro con su grimpolón azul, y
las pícaras tentaciones habían hecho lo demás.
--De manera, Leto--dijo en conclusión y deteniéndose para decirlo--, que
ese paseo va a ser de contrabando, porque papá no sabe nada de él.
Téngalo usted muy en cuenta y dígame qué tiempo se necesita para darle
por la mar... porque ha de ser por la mar el paseo de hoy, o no me
embarco.
--Pues por la mar será si usted quiere--respondió Leto, hechizado ante
el aire resuelto de la animosa sevillana--, y podemos estar de vuelta
antes del mediodía.
--Corriente--repuso Nieves después de meditar unos instantes, con el
entrecejo fruncido.--Y dígame usted ahora, en conciencia de buen amigo y
hombre honrado: ¿hago yo bien o mal en estas cosas?
--¿En qué cosas?--la preguntó Leto algo sorprendido.
--En venirme sola a correr aventuras de esta especie... Es pregunta que
me he hecho a mí misma muchas veces, y una no más a papá.
--Y ¿qué le ha respondido a usted su papá?--volvió a preguntarla Leto,
entrando en más hondas aprensiones.
--Ya ha visto usted cuántos paseos he dado sin él en el balandro, con
muchísimo gusto suyo... Algo le inquietan los peligros del barco, por su
poco juicio; pero como yo no los temo y usted es buen piloto, con tal de
que yo me divierta... En lo demás, él es de opinión de que no se viene
aquí a guardar etiquetas, ni a hacerse esclavo de miramientos vanos.
--Muy bien pensado.
--Eso creo yo también; pero ¿y ciertas gentes? ¿pensarán lo mismo?
--¿Se fía usted de mí, Nieves?
--Como de mi padre: se lo juro a usted.
--Pues entonces, ¿qué le importa a usted el juicio de esas ciertas
gentes? Haga usted su gusto y ríase de ellas.
--¿Lo cree usted, Leto?
--De todo corazón.
--Pues no se hable más de esto..--Y dígame usted. ¿está el día a
propósito para salir a la mar?
--¿Lo intentaría yo si no lo estuviera, Nieves? Y dígame usted a mí: ¿no
se incomodará don Alejandro conmigo cuando sepa que sin su permiso he
consentido en hacer eso que tan poco le gusta a él?
--No, señor, con tal de que estemos de vuelta antes de que él pueda
alarmarse con mi tardanza.
--Eso corre de mi cuenta. Son las nueve menos cuarto... a poco más de
las once puede usted estar en Peleches... porque no hemos de llegar a la
Isla de Cuba... digo, cuento con que no se te antojará a usted.
--¡Me hace gracia la ocurrencia!... ¿Y si se me antojara, Leto?
--¡Si se le antojara a usted?... También eso me hace gracia a mí. Pues
tenga usted la bondad de que no se le antoje, por de pronto... ¿Se cansa
usted con el paso que llevamos?
--¡Bah!
--Es que no hay tiempo que perder si hemos de salir con la vaciante y
antes de que salte la brisa. Por eso me he permitido...
--¿Quiere usted que corra más todavía?
--No hay necesidad: ya estamos a dos pasos del muelle.
--¿Quién es ese tipejo que se pasea en él?
--Un tal Maravillas: algunas veces anda por aquí, para que crean las
gentes que estudia en el gran libro de la naturaleza: es filósofo y
ateo.
--¡Jesús!
--Sí, señora: un chico atroz. Ahora le trae al retortero la idea de
publicar un periódico, y no acaba de publicarle.
--¡Con qué sonrisilla nos mira!...
--De puro ateo y compasivo que es; sólo que el mejor día le va a borrar
alguno la sonrisilla esa de un bofetón... digo, me parece a mí...
¡Ajá!... ya estamos... Hoy no basta la mano, porque son muchos los
escalones descubiertos y están algo resbaladizos: tenga usted la bondad
de tomar mi brazo... ¡Atraca bien, Cornias, y ten firme!... Poco a poco,
Nieves... Déjeme usted pasar primero al balandro... Deme usted su mano
ahora... Muy bien... Ya estás botando, Cornias; y en el aire... ¡Listo
el foque para hacer cabeza!... Pase usted a su sitio de costumbre,
Nieves, que es el más seguro... Eso es... Avante vamos... ¡Listo el
aparejo!
Se izó todo el trapo en un momento; y con el terralillo que aún duraba,
aunque en la agonía, y la vaciante, comenzó el _Flash_ a navegar hacia
fuera. Como el impulso del aire era tan leve y el agua no oponía
resistencia, la quilla se deslizaba sin el cortejo de espumas y rumores
que Nieves echaba muy en falta.
--Ya vendrá a su tiempo, y en abundancia--la dijo Leto--, porque el día
está que ni de encargo para esas cosas... si usted no se arrepiente.
--¿Me cree usted capaz de arrepentirme--le preguntó ella mirándole
fijamente y con expresión de asombro--, después de desearlo tanto?
--Como nunca se ha visto usted en ello... replicó Leto, pesaroso de
haber apuntado la sospecha.
--Aquí, no; pero ya le he dicho a usted que en otras partes, sí; y
aunque ésta fuera la primera vez, ¿tan poca confianza tiene usted en la
fuerza de mis resoluciones?
--En cuanto dependan de la voluntad de usted, no--dijo Leto--; pero como
en cosas de la mar hasta los más avezados a ella no cortan siempre por
donde señalan...
--Pues luego va a verse, señor marino, si hay aquí o no hay valor para
cortar por donde se ha señalado. Mientras tanto, le prohíbo a usted
aventurar juicios sobre el particular.
Leto casi se ruborizó por falta de una sutileza galante con que
responder a la reprimenda sabrosísima de Nieves.
--¡Qué bonito acopio ha hecho usted hoy!--la dijo porque no se acabara
la conversación y aludiendo a la media guirnalda de yerbas y flores que
llevaba Nieves sobre el pecho.
--¿Usted ha visto--respondió ella bajando la cabecita para mirarlas y
acariciándolas al mismo tiempo con la mano--, qué helechos más
primorosos? De tres clases y a cual más fina... Pues ¿y estos penachitos
de farolillos carmesí?... ¿Cómo me dijo usted el otro día que se
llamaban?
--Brezos.
--Es verdad, brezos: ¡qué preciosos! Pues ¿y estas otras florecitas
azules que estaban a su lado? ¡Cosa más fina y delicada!... Vea usted
qué bien componen con todo ello estas margaritas silvestres tan blancas,
con el centro dorado... ¡Qué primor de campiña!
Hablando Leto con Nieves de éstas y otras cosas parecidas, con entero
descuido, porque la marcha igual y monótona del barco no le exigía gran
atención, muy a menudo la llevaba puesta, más que en las palabras que
dirigía a su linda interlocutora, en el batallar de los pensamientos que
le infundía la presencia de aquella criatura, confiada a su pericia y a
su lealtad en aquel chinarrito del mundo, entre el cielo y la mar, en
medio de la augusta quietud de la Naturaleza. Cuanto de honda y humana
poesía palpitaba bajo la costra del humilde boticario, se conmovía y
agigantaba entonces, llenándole la mente de luz y el pecho de
desconocidas sensaciones; y hubiera sido cosa digna de verse estampada
en un papel, la imagen interior del vehemente y desapercibido Leto,
perdido entre las evoluciones de su pensamiento, y por el ansia de
analizarlos todos, volar de los más rastreros a los más altos, de los
más grandes a los más pequeños; trastrocar las especies muy a menudo, y
apurarse por lo nimio y vulgar después de haberse mecido sereno en las
alturas de lo sublime. Así, por ejemplo, tras de parecerle una herejía
haber creído posible trocar por el limbo insulso de su pasado, el dulce
presente con todas las contrariedades y amargores que necesariamente
había de traerle aparejado, le sonrojaba de pronto la idea mezquina de
verse allí, tan cerca de Nieves, vestido como un ganapán... quizá en el
mismo instante en que Nieves, mirándole a hurtadillas, le veía mucho más
hombre y más apuesto que nunca, con aquellos limpios, holgados y simples
atavíos.
Duraron estas cosas tan entretenidas para Leto, y también para la
sevillanita probablemente, poco más de un cuarto de hora; hasta que el
balandro _desabocó_, y comenzó a sentir Nieves esas inexplicables
impresiones, mezcla extraña de pavor y de alegría, que se apoderan de
los novicios entusiastas como ella, al verse de pronto mecidos por las
ondas salobres de aquel abismo sin medida.
--Ya estamos fuera--la dijo Leto que leía esas impresiones en su cara--.
Los síntomas no pueden ser mejores: _calma cernida_. Observe usted esa
especie de muro de niebla que hay en el horizonte: es lo que llaman ceja
los marinos; la mejor señal, en verano, de que va a _echar tieso_, es
decir, a soplar luego una brisa fresca y bien entablada, como lo
demuestra también este poco de trapisonda que hace balancear al barco y
restallar las velas abandonadas a su propio peso... ¡Cornias! atesa
acolladores y quinales, que trabaja demasiado el palo... De manera que
nos hallamos en las mejores condiciones para poner a prueba las del
_yacht_... o para volvernos al puerto dentro de diez minutos, en popa,
si usted se halla arrepentida de haber llegado hasta aquí... Con toda
franqueza, Nieves.
Con toda franqueza y hasta con entusiasmo, se ratificó la animosa
sevillana en sus deseos de llevar adelante su acariciado proyecto.
Cierto que las embarcaciones en que ella había salido a la mar dos veces
en Andalucía, eran mayores, bastante mayores que el _Flash_; pero ¿y
qué? Lo que se perdía en holgura se ganaba en gozar más de cerca los
lances del paseo. Conque adelante.
--Pues adelante--repitió Leto muy regocijado--, y no se hable más del
asunto... ¡Listo, Cornias! que ya viene la brisa picando. Ha tardado
menos de lo que yo esperaba, y me alegro; así empezaremos primero para
acabar más pronto... porque usted está algo de prisa, Nieves, ¿no es
verdad?
--Esté o no esté--respondió Nieves con donosa formalidad--, el paseo ha
de ser en toda regla. Conque aténgase usted a eso, y a nada más que
eso... ¿Estamos?
¡Carape, cómo electrizaban a Leto aquellas monaditas de la sevillana! De
pronto la dijo:
--¿Ve usted aquel rizadillo gris que tiene la mar allá lejos y viene
avanzando hacia nosotros? Pues es el polvo que levanta la brisa en el
camino que trae... ¡A qué paso viene!
Enseguida, dirigiéndose a Cornias, gritó:
--Ya está ahí... Caza escotas, que vamos en vuelta de fuera, y a
ceñir... Y usted, Nieves--dijo volviéndose hacia ella--, agárrese bien a
la brazola, y no se descuide un instante, porque esto no es la bahía...
Y perdóneme si desde ahora no la hago los honores de la casa como yo
quisiera, porque este caballerito es algo ligero de cascos y voy a
necesitar muy a menudo poner los cinco sentidos en él.
En esto, sintiendo el _Flash_ en su aparejo las primeras rachas de la
brisa, se inclinó sobre el costado de babor; y Leto dijo entonces:--¡A
la buena bordada!
Y comenzó el balandro a navegar, ciñendo y escorando; pero no como en la
bahía, en plano perfectamente horizontal, sino entre balances y
cabezadas, que iban acentuándose a medida que refrescaba la brisa y la
mar se rizaba, cubriéndose de _carneros_ y _garranchos_.
Nieves se sobrecogió algo con las primeras _arfadas_, que llegaron a
meter el carel debajo del agua revoltosa y espumante; pero la
inalterable serenidad de Leto y aquella su honda y tenaz atención al
aparejo, a la caña, a todo el organismo del barco y a su rumbo, y
algunas miradas a ella de vivo y cariñoso interés, la tranquilizaron
bien pronto, y hasta llegó a encontrar muy divertido aquel incesante
cuneo, que la hacía el efecto de un columpio.
Tenía razón Leto al decir a Nieves que no le pidiera cortesías en cuanto
empezara el barco a navegar: diez minutos después de decirlo, ya _no
estaba en casa_; ya estaba fuera de sí mismo, de su naturaleza carnal y
propia; ya era como el espíritu, el alma del barco que regía; el ser
activo e inteligente se había infundido en la armazón y las lonas del
_yacht_; no pensaba ni observaba ni sentía Leto Pérez como hombre, sino
como barco; venía a ser a modo de _yacht_ inteligente, o un ser racional
con formas de balandro: lo que se quiera.
Bien claro le leía Nieves esta trasfiguración en los ojos y en las
actitudes, y se embebecía contemplándole así, segura de no ser observada
por él, que llevaba toda la mar, toda la brisa y el barco entero y
verdadero metidos en la cabeza.
De vez en cuando, pero siempre muy a tiempo, hacía una salidita a lo
suyo, mirando o hablando breves palabras a Nieves, como Leto mortal,
vivo y efectivo; cosa que la complacía mucho, porque no la gustaba verse
allí tan sola como en ocasiones creía verse.
--¿Va usted bien?--la preguntaba.
Y volvía a ser barco en seguida...
--Buen andar llevamos--pensaba para sus maderas--; pero no todo lo que
debemos. Hay que arribar un poco... un poquito más... Ya metimos el
carel... Lo menos echamos seis millas... Orza ahora un poco para que
adricemos y vayamos con más desahogo, aunque con menos velocidad...
¡Bien, bien!... Ahí están esos condenados, en regata conmigo...
_(Alto)_. Mire usted los delfines, Nieves, en rebaños, dándola a usted
escolta de honor, y haciendo, volatines fuera del agua para que usted
los admire. ¡Cómo quieren lucir su ligereza pasándonos por la proa a lo
mejor!
Nieves los admiraba, y hasta los temía al verlos surgir del abismo junto
al carel, volteando como pedazos de rueda negra con aguzadas cuchillas
de acero enclavadas en la llanta.
--No hay cuidado--la dijo--, que son unos animalejos enteramente
inofensivos, y además bobos.
Y con esto volvió a infundir su espíritu en el organismo de su barco y a
pensar por él:
--Este andar no es para sangre marinera, con esta mar y esta brisa; hay
que arribar otra vez, aunque los garranchos abundan... Cuestión de
achicar, si es necesario. Dos garranchos a bordo. _(Alto.)_ Cuidadito
los pies, Nieves... y agarrarse... ¿Puede usted volver un poquito más la
cabeza a la izquierda?
--¡Yo lo creo! ¿Para que?
--Para que vea usted a Peleches desde aquí.
Volvióse Nieves como Leto quería, y exclamó al punto:
--¡Ay, qué bien se ve! Pero ¡qué en alto y qué lejos está y qué
iluminada la casa por el sol! Parece que nos está mirando con las
ventanas... ¿Nos verá alguien desde allí, Leto?
--Al balandro, como un papel de cigarro, puede; pero a nosotros,
dificilillo es a la simple vista... Agárrese usted, Nieves, que hay
mucha trapisonda y son muy fuertes los balances. Aquí no se puede decir,
como en bahía, que el barco paladea el agua; sino que la escupe y la
abofetea y la embiste, ¿no es verdad?... y hasta riñe con ella, que,
como usted puede observar, no se muerde la lengua tampoco... Vea usted
allá lejos unas lanchas corriendo un largo... Son _boniteras_, de
fijo... Así se pesca el bonito, a la _cacea_.
Poco después preguntó a Nieves, en cuya cara, más pálida que de
costumbre, no se leía otra expresión que la de una curiosidad
intensísima, si se daba por satisfecha con la prueba, o quería apurarla
más.
--Hasta ahora--respondió Nieves intrépida,--no ha metido el _yacht_ más
que una tabla; y usted me tiene dicho que puede con tres.
--Dos, Nieves...
--Tres, Leto: lo recuerdo bien.
--Conmigo, sí; pero llevándola a usted, no me atrevo.
--¿Teme usted dar la voltereta?
--Eso nunca; pero hay otros peligros...
--Pues las tres tablas quiero. Ya estoy acostumbrada a los balances, y
esto me va pareciendo delicioso.
Leto, a reserva de engañarla con un artificio bien disimulado, la
prometió complacerla, porque no tenía fuerza de voluntad para
contrariarla.
--Pues a ello--dijo--, y agárrese usted bien que voy a preparar la
arribada.
Apartó su atención de Nieves, y la puso toda en el _yacht_.
--La verdad es--pensaba--, que la ocasión es de oro para hacer eso y aun
otro tanto más; pero ¡carape!... no señor, no señor: tiento, tiento, que
no llevas a bordo sacos de paja... Y lo está deseando el maldito. ¡Qué
luego sintió la caña! ¡Allá vas! Ya está sorbido el carel... ¡Hola,
hola! garranchitos a mí por la proa, ¿eh? Toma ese hachazo por el
medio... y ese par de rociones para duchas... ¡Carape con la
recalcada!... Una tabla... Esto ya es andar... y embarcar agua
también... Pues otro poquito más de caña ahora... para probar... ¡nada
más que para probar!... Ya está la segunda. _(Alto)_. Vaya usted
contando, Nieves: dos tablas...
--Una y media--respondió Nieves al punto--. Hasta tres...
--¡No sea usted tentadora! Dejémoslo en las dos, y crea usted que es
bastante.
--¿Hay miedo, Leto?
--¡Tendría que ver!
--Pues lo parece.
--Vea usted los delfines otra vez... Los puede usted alcanzar con la
mano. ¿Serán capaces de pretenderlo, los muy sinvergüenzas? Pues al ver
lo que se arriman y se presumen... Las gaviotas... Mire usted esa nube
de ellas escarbando con las alas en el mar: allí hay un banco de
sardinas...
--Lo que usted quiere--dijo Nieves pasando su mirada firme de los
delfines y de las gaviotas a Leto--, es distraerme a mí del punto que
estábamos tratando; pero no le vale... ¡Las tres tablas, Leto!
Leto empezó a creer que no había modo de resistirla ni de engañarla...
--Pues las tres tablas--dijo--; pero ¡muchísimo cuidado, Nieves!
Y se dispuso a complacerla, comenzando por olvidarla para no ser más que
barco inteligente.
--Hay que volver a empezar--se decía--; y para esto, mejor era haberlo
hecho del primer tirón, porque la brisa arrecia y la trapisonda crece...
El carel... ¡por vida de la arfada!... De ésta, va a ser el pozo un baño
de pies... Más caña... ¡Uf!... ¡qué sensible y qué retozón está hoy el
condenado! En cuanto se le tocan las cosquillas, ya no le cabe en la
mar... Una tabla... y un garrancho. Después hablaremos de estas
rociadas, amigo Cornias... ¡Buena cabezada! Gracias que dimos en
blando... La arribada ahora... Dos tablas, y sin carnero a bordo... ¡y
qué andar, carape! Que nos alcancen galgos ni las toninas siquiera...
Pues toma más, ya que te gusta... ¡así! que no has de desarbolar por
ello ni por otro tanto encima... Y eso que parece que te duele el
aparejo, por lo que gime y se cimbrea y se tumba... ¡Ay, carape! que
esto tiene su borrachera como el vino... ¡Si me dejara llevar de
ella!... Pero, en fin, hasta las tres tablas, siquiera, que debemos...
falta una... ¡Toma más, bebe más, que más puedes! ¡Vaya si puedes!...
Hay que repetir la arribada con mayor energía... ¡Allá va!... ¡Ah,
carape, que se me fue la mano!...
Salió el barco como una exhalación, levantando lumbres del agua;
saltaron a bordo grandes chorros de ella; oyose un grito horripilante, y
desapareció Nieves entre las espumas que revolvía el _yacht_ por la
banda sumergida.
--¡Divino Dios!--clamó entonces Leto en un alarido que no parecía de voz
humana--. ¡Vira, Cornias!
Y se lanzó al mar detrás de Nieves.
--XVIII--