Dos pescadores que estaban trajinando en un bote cercano al muelle,
vieron la llegada del _Flash_ y el estado en que venía Leto; cómo salió
Cornias enseguida escapado hacia Peleches; cómo el hijo de don Adrián,
descompuesto y airado de semblante, no sabía lo que se hacía, y, en
ocasiones, hablaba palabras sueltas con alguien que estaba encerrado en
la cámara; cómo volvió Cornias después a todo andar, con un gran
envoltorio entre brazos y acompañado de «la Gitana de Peleches» (así
llamaban a Catana las gentes de Villavieja); cómo entregó Cornias a la
andaluza el envoltorio, estando los dos en el _yacht_; cómo la andaluza
y el envoltorio pasaron a la cámara; cómo Cornias tornó a subir al
muelle y tomó a escape el camino de la villa; cómo no tardó un cuarto de
hora en volver, con otro lío que puso en manos de Leto; cómo al cabo de
otro cuarto de hora y salieron de la cámara la señorita de Peleches, muy
elegante, y Catana con otro envoltorio que goteaba; cómo, después de
darse la mano la señorita y Leto, muy afectuosamente, y de cambiar
algunas palabras, Cornias cogió el lío que goteaba, y, echándosele al
hombro, salió del _yacht_ con las dos mujeres; cómo Leto desde abajo y
la señorita desde el muelle, volvieron a despedirse con la mano, de
palabra y con los ojos; cómo los tres desembarcados se fueron por el
camino del Miradorio, y Leto se encerró en la cámara con su
correspondiente lío, para salir, un buen rato después, mudado de pies a
cabeza y vestido «de cristiano»; cómo anduvo trajinando en el _yacht_...
y cómo, en fin, reapareció Cornias en el muelle, sudando el quilo, sin
pizca ya de negro en los ojos, y bajó al _yacht_, y se quedó en él, y se
marchó Leto hacia su casa... con un manojito de herbachos y de flores
ruines en la mano, pero que debían tener algún mérito, por el cuidado
con que las guardó en un bolsillo. Todas estas cosas y la cara de susto
que notaron en la señorita, en la gitana y en Cornias, y de veneno en el
hijo de don Adrián, tan alegrote de suyo, pusieron la curiosidad de los
pescadores en una tirantez insoportable. Por lo cual, en cuanto se
perdió Leto de vista, ya estaban ellos al costado del balandro acosando
a Cornias con preguntas.
Cornias era sobrio de palabras naturalmente, y en aquella ocasión fue
hasta mezquino; pero como aún tenía el susto bien patente y lo visto por
los pescadores no se veía a todas horas en un _yacht_ como aquél, de
vuelta de un paseo por la mar, la mezquindad de las respuestas agravaba
el aspecto del asunto. Pronto cayó Cornias en esta cuenta; y para salir
del paso honradamente, despilfarrose un poco más, barajando de mala
gana, a media voz y de medio lado, sin desatender su faena «una virada
en redondo», «mucha trapisonda», «garranchos como arena» y «los rociones
hasta la cara». Replicáronle que cómo pudieron empaparse los demás y
quedar él tan enjuto como estaba a lo cual, y viéndose cogido por el
medio, respondió que no había más, y que bastante era para lo poco que
les había costado y lo menos que les importaba.
Idéntica explicación había hecho a don Adrián, por encargo de Leto, al
pedirle ropa con que mudarse éste; pero don Adrián lo creyó a puño
cerrado desde luego, y no pasó más allá de lamentar el caso, dar a
Cornias el equipo que le pedía, y rogar a Dios en sus adentros que no
ocurrieran cosas semejantes cuando fuera en el balandro la señorita de
Peleches, de la cual nada había dicho el mensajero de Leto al boticario;
mientras que los pescadores, con más datos a la vista y mayor
experiencia que don Adrián en achaques de aquel género, y maliciosos de
suyo, se forjaron el lance a su capricho; y dándole por cierto, le
narraban diez minutos después, con minuciosos detalles, en la taberna de
_Chispas_, delante de varias personas, entre ellas la criada de don
Eusebio Codillo que iba en busca de la media azumbre diaria de clarete
que se bebía en la casa entre los seis de familia.
Esto ocurría a las doce y media, minutos arriba o abajo: a la una menos
cuarto se _sabía_ en casa de las Escribanas (que ya tenían, por
Maravillas, conocimiento de la salida de Nieves a la mar, sola con el
hijo del boticario) que el uno y la otra, por andar de remosco en el
balandro, habían caído juntos al agua, de donde salieron con muchas
dificultades; que ella había venido desnuda en la cámara, y él a medio
vestir un poquito más afuera... Eso, al llegar al muelle; porque antes,
sabe Dios dónde vendría.
Rufita González _supo_ más que esto a la una en punto. Supo que,
habiendo salido Nieves de la mar sin conocimiento, hubo necesidad de
desnudarla y darla friegas _en todo el cuerpo_, para que volviera en sí,
y dárselas con un esparto sucio, por no haber allí otro recurso de que
echar mano. Y lo que decía Rufita a las tres Indianas babeando de
indignación:
--No lo siento por ella, la verdad, ni por el parentesco que nos une, ni
tampoco me extraña; porque, con el modo de vivir que traía la muy
pindonga, en eso había de venir a parar... o en cosa peor que también
puede haber sucedido... ¡vaya usted a saberlo!.. ¡Ay, si tenía yo buena
nariz cuando despreciaba sus arrumacos! «Que no te dejas ver, Rufita...
que vengas a menudo por aquí... que te echo mucho de menos... que entre
personas de familia debe haber mucha unión y mucho cariño... que a
comer... que a refrescar... que no seas ingrata ni orgullosa...» ¡Pícara
lagarta sin vergüenza del demonio! ¡Como si fueran de juego los motivos
que yo tenía para despreciarla!... Pero por quien siento el escándalo es
por mi pobre primo carnal, Nachito: tan joven, tan guapo, tan caballero
y tan poderoso; porque le pone en _redículo_, después de las voces que
han echado a volar ella y su padre, sobre casamiento arreglado de los
dos primos. ¡Para ella estaba, la muy escandalosa! ¡En eso piensa el
hijo de mi tío Cesáreo! Por otros caminos más decentes y honrados han de
ir, si Dios quiere, las miras de mi pobre primo... Y si no, al tiempo...
Pero ellos están haciendo creer otra cosa para ver si cuaja... ¡Como no
cuaje! Que cargue, que cargue con el zagalón de la botica... y gracias
que no lo tenga el gandulón a menos, porque para ella sobra, ¡Ja, ja,
ja, jaaá!
En la Campada se recibió la misma historia, con nuevas ilustraciones, a
las dos; y todos los Carreños cayeron sobre ella como una piara de
cerdos sobre un costal de patatas: a dentellada limpia entre gruñidos de
placer.
Los Vélez, que lo supieron a las dos y media, lo tomaron en tono muy
diferente. Don Gonzalo miró a Juanita con cara de compasivo menosprecio;
Juanita, en ademán de profetisa triunfante, miró a su hermano Manrique;
y Manrique, que estaba mirando al suelo, según costumbre, y columpiando
una pierna cruzada sobre la otra, bajó un poquito más la cabeza y corrió
la mirada dos rendijas hacia el sillón... Enseguida leyó Juanita en alta
voz una revista de _Asmodeo_, como para desinfectar la casa y endulzar
los paladares; y no volvió a mencionarse allí el nombre de los Bermúdez,
cuanto más el inaudito suceso que en aquellos instantes corría de boca
en boca por toda Villavieja.
Don Claudio Fuertes le pescó en el Casino, muy atenuado y confuso,
porque delante de él nadie osaba decir todo lo que sabía. Pero como era
evidente que algo había sucedido, alarmose y corrió a la botica para
averiguar lo cierto. Don Adrián sabía ya para entonces algo más de lo
que le había contado Cornias: sabía que Nieves iba también en el
_yacht_, y que también se había _mojado_; y esto lo sabía porque Leto
había creído de necesidad contárselo en justificación de su invencible
disgusto, y por temor de que su padre supiera por otro conducto toda la
verdad y la creyera. El pobre boticario estaba transido de pesadumbre.
«Nada tenía de particular el caso en sí, aislada, concreta y
separadamente, eso es»; pero considerando que Nieves había salido aquel
día a la mar por primera vez y sin permiso ni conocimiento de su padre,
¡qué no estaría pensando y sintiendo a aquellas horas su bondadoso y
respetable amigo el señor don Alejandro Bermúdez Peleches, si era
sabedor de todo? Por aquí, por aquí le dolía al apacible don Adrián
entonces; y como Leto se quejaba también del mismo lado, y ninguno de
los dos tenía serenidad bastante para presentarse en Peleches con
aquellos temores sobre el alma, Fuertes les reprendió la cobardía, y les
dio razones que les obligaban a lo contrario: si lo sabía don Alejandro,
para disculpar Leto a Nieves y disculparse él mismo honradamente; si lo
sabía y no le daba importancia, para que viera que tampoco se la daban
ellos; y si nada sabía, tanto mejor para todos. Él subiría aquella misma
tarde a Peleches a la hora de costumbre, como si nada hubiera pasado, y
esperaba que hicieran ellos lo mismo: que no faltaran a la tertulia de
la noche. Le pareció de necesidad también informar y prevenir a los
amigos de don Alejandro, para que no se dieran por entendidos del suceso
con él por sí aún le ignoraba, y que se hiciera la propio con las
personas que fueran llegando a la botica, como ya habían llegado
algunas, en demanda de datos ciertos acerca de lo que se propalaba por
la villa.
De acuerdo los tres sobre este punto y los demás allí tratados, don
Claudio salió de la botica para volver al Casino. Cerca ya de él, le
alcanzó Leto y le dijo:
--Lo que acaba usted de saber en la botica no es ni sombra de la verdad;
y como quiero que usted la conozca, porque me parece que debe de
conocerla, y aquí no podemos hablar en reserva, lléveme usted a su casa,
si tiene un cuarto de hora disponible.
Estando la casa de don Claudio a dos pasos de allí, y habiéndole metido
las palabras de Leto en mucho cuidado, en un instante llegaron a ella y
se encerraron en el gabinete que servía al comandante retirado de
despacho y de dormitorio.
--Como lo que usted ha oído en el Casino,--comenzó diciendo Leto a media
voz y espeluznado--, y lo que se estará propalando a estas horas por
toda la villa, no son más que conjeturas sobre lo que vieron dos boteros
en el _yacht_ atracado al muelle, y algunas palabras que tuvo que
decirles Cornias para engañarles el hambre, necesito yo, para alivio y
desahogo de mi conciencia, declarar toda la verdad a un amigo tan
honrado y tan discreto como usted. Mi padre no sabe más que lo que yo he
querido que sepa, y el público ¿quién podrá adivinar hasta dónde llevará
las invenciones?
Y le refirió el suceso con los más minuciosos detalles.
Don Claudio le escuchó sobrecogido; y no pudo menos de alabar, con su
corazón de soldado viejo, el generoso rasgo de Leto.
--No haga usted caso--replicó éste notoriamente mortificado con el
elogio--, de ese detalle del cuadro; porque le juro, a fe de hombre de
bien, que no hubiera salido a relucir si hubiera podido explicar sin él
el salvamento de Nieves...
--Pero, alma de Dios--le dijo Fuertes para sacarle del negro desaliento
en que le veía sumido--, ¡cómo se ha de prescindir de ese detalle si en
la situación en que usted se halla y para el caso que usted teme, es él
toda la cuestión?
--¡Toda la cuestión?
--Toda la cuestión, Leto, o yo no sé lo que traigo entre manos. Si por
excesiva condescendencia, primero, y después por una distracción de
usted, estuvo Nieves a punto de perecer, y usted la salvó con riesgo de
la propia vida, ¿qué mil demonios le ha quedado a deber al señor don
Alejandro ni al lucero del alba tampoco? Ahora, que la lección le sirva
de escarmiento y que haya su sermoncito con espantos para arreglar a él
la conducta venidera, ya es distinto, y hasta me parecería muy al caso;
pero, esto ¿qué le quita a usted ni qué le pone?
Leto, con la cabeza baja, se atusaba las barbas, miraba al suelo sin ver
lo que tenía delante de los ojos, y no daba señales de convencerse.
Volvió Fuertes a machacar sobre el mismo yunque, y nada: Leto sin
resollar. Al cabo se enderezó y dijo:
--Eso que a usted se le ocurre es algo; pero no todo ni la mitad
siquiera; y apurándolo, un poco, nada.
--¡Nada?
--Mire usted, señor don Claudio: yo quiero dar por hecho que don
Alejandro Bermúdez, al enterarse de todo, no solamente me disculpa y me
perdona, sino que me sienta a su mesa; que, Nieves se queda tan
satisfecha y tranquila como si nada la hubiera ocurrido, y que a mí no
me duelen pizca los comentarios irrespetuosos y las fábulas y las zumbas
de las gentes... ¿quiere usted más? Pues con todo ello quedaba la
cuestión, para mí, en el mismo punto en que ahora se halla.
--¿Qué es lo que pretende usted entonces? ¿Qué es lo que quiere?
--Lo que quiero yo--respondió Leto con los ojos espantados y la melena
erizada--, es que considere usted que la hija de don Alejandro Bermúdez,
yendo confiada a mi cuidado en un barquichuelo gobernado por mí, por una
imprudencia mía ha estado a punto de perecer... ha debido de ahogarse...
¿Puede usted considerar esto? Pues imagínese usted ahora que esa
criatura se hubiera ahogado esta mañana, como debió de ahogarse, don
Claudio, como debió de ahogarse, se lo vuelvo a repetir... y póngase
usted en mi lugar por un instante...
--Hombre--dijo aquí don Claudio frunciendo el ceño y atusándose nervioso
los bigotes grises--, tomadas por ahí las cosas, cierto que no era
envidiable la situación de usted al volver a Villavieja.
--¡Qué volver!--exclamó Leto con la más candorosa naturalidad--. No
habría tal vuelta; porque Nieves no habría perecido sin perecer antes yo
que la sostenía... Pero ella, ella, don Claudio, ¿por qué había de
perecer así? Este es el caso tremendo; lo demás son accesorios que no
tienen otra importancia que la que reflejan de él. ¡y quiere usted que
no piense en ello... y que no me horrorice al pensarlo? Pues suponga
usted, por último, que se entera del suceso don Alejandro. ¿No es
natural que este buen señor se meta en las mismas suposiciones en que yo
acabo de meterme? ¿No es natural que, metido en ellas, se horrorice
también? Y ¿no es natural igualmente que me tiemblen a mí las carnes,
por miedo a esos justificadísimos horrores del señor de Bermúdez?
Llámeme nervioso, chiquillón y visionario, como me lo llamó usted en la
botica por muchísimo menos de lo que ahora sabe... Este clavo podrá
arrancarse mañana u otro día, o me iré acostumbrando a él; pero, hoy por
hoy, se le regalo al hombre más duro de entrañas; y a ver cómo se las
arregla con la herida.
Don Claudio Fuertes, que había continuado atusándose los bigotes, con la
cabeza algo gacha y los ojos muy parados, en cuanto acabó de hablar Leto
metió las manos en los bolsillos del pantalón y dio media docena de
paseos maquinales, sin rumbo determinado y mirándose las puntas de los
pies. De pronto se detuvo, se encaró con Leto, y rascándose suavemente
la cabeza con dos dedos, le habló así:
--O yo no soy perro viejo, o me he olido hasta la calidad de ese clavo,
cuanto más la hondura de la brecha que ha abierto en usted. Natural es
que le duela, natural es que usted se queje; pero como le duele a usted
en varias partes, porque el clavo es largo y atraviesa muchas cosas
sensibles, confunde usted los dolores; y a veces, creyendo estar
quejándose del bazo, resulta, para el que oye, que lo que a usted le
duele es el hígado... A mí me dejan sin cuidado esas equivocaciones, que
ni siquiera me sorprenden, porque, como lo he dicho, soy perro viejo y
hace dos meses que andamos juntos; pero no a todos les sucederá lo
mismo; y por lo que pueda tronar, le aconsejo que haga de tripas corazón
cuanto antes... y sobre todo en Peleches.
Se le cambió el color oyendo esto al hijo del boticario, de resultas de
un aleteo y dos volteretas de _algo_ que sintió en las honduras del
pecho; protestó con energía de la _sencillez_ de su pesadumbre, y rogó a
don Claudio que se explicara con mayor claridad, para acabar de
entenderle y de desengañarle; pero el comandante se hizo el sueco, y con
dos golpecitos en la espalda y otra cordial alabanza de su valeroso
arranque, dio por terminada la entrevista, despidiéndose de Leto «hasta
la noche» y recomendándole mucho que no faltara.
--XX--