Gacetilla

En una ocasión, dando los de Peleches unas vueltas, de pura cortesía, en

la Glorieta a la salida de misa mayor, observó Nieves algo de extraño en

el continente de las villavejanas; algo como forzado que las desfiguraba

a todas de la misma manera y por un mismo patrón, si pudiera decirse

así. Consultó la observación con Leto que iba a su lado, y Leto la dijo:

--Fíjese usted bien, particularmente en la Escribana mayor, que es la

que más lo exagera... ¿No cae usted?

--No caigo.

--Pues consiste en que han dado todas en la gracia de imitarla a usted

en el modo de andar y en el de vestir.

Nieves se hizo cruces.

Aquella misma tarde se encontró Leto con las Escribanas yendo él hacia

la botica y ellas hacia la Glorieta. Nada tenía esto de particular; pero

sí lo tuvo el que al pasar Leto codo con codo con la Escribana mayor,

dijo ésta en voz airada volviendo la cara hacia él, que había saludado

muy cortésmente:

--¡Escandaloso!

El pobre chico se quedó viendo visiones. ¿Por qué tal improperio?

¿Dónde, cuándo ni cómo había escandalizado él?... ¡Carape con el

dicho... y en mitad de la calle, y a quemarropa!.. Y aunque hubiera

escandalizado, ¿qué le importaba a ella?... ¡Vaya con la grandísima!..

Pero ¿no era creíble también que la palabrota que parecía un insulto a

él, fuera simplemente una de las dichas por la Escribana en el calor de

la riña sorda en que iría empeñada con sus hermanas, como de

costumbre?... En fin, no lo entendía; y después de todo, ¿qué más le

daba?

Leto, con la vida que traía últimamente, andaba muy atrasado de

noticias. El sabía que a poco de llegar de Sevilla los de Peleches y de

darse Nieves a ver, los chicos de la crema villavejense trataron de dar

a la sevillanita una «velada de honor» en el Casino; sabía que Mona

Codillo y Celia Tejares (la Indiana mayor) se prestaban a tocar a cuatro

manos las tres piezas que tocaban siempre allí y en el salón del

ayuntamiento; y sabía, por último, que había disponible una metralla de

más de diez _Poemitas y Meditaciones_ para acompañar al estruendo de la

música; algunos _levisacs_ ribeteándose de nuevo, y hasta media docena

de fraques en remojo; pero ignoraba que desde que se había notado en los

Bermúdez el propósito de aislarse en su castillón de Peleches, y, lo que

era aún peor, desde que se les había visto excluir de sus «altivos

desdenes» a «un soldadote incivil, a un boticario chocho y al gandulón

de su hijo», es decir, «a lo más ínfimo y despreciable de Villavieja»,

las cosas habían mudado de aspecto: las chicas se negaban en redondo,

las unas a tocar, las otras a concurrir; los chicos, que tal vez

aspiraran a ser tertulianos de Peleches y caballeros rompe--lanzas de la

fermosa castellana, comenzaron a cerdear; y aunque hubo algunos menos

quisquillosos que querían entrar con todas a trueque del festival,

Maravillas les apagó los fuegos, demostrándoles a su modo que «sólo al

genio del hombre debían de tributarse festejos, no a una quimera

teológica ni a la vanidad de un poderoso que se complacía en

humillarlos.» Que los festejara el lacayo miserable (Leto, clavado) que

les barría los suelos de rodillas por el mendrugo que le daban. Todo

esto, solamente por lo de los primeros días; porque en cuanto se supo

que Nieves andaba sola por las escabrosidades y umbrías de Peleches, y

llegó a vérsela, sola también, por la bahía con el hijo del boticario,

los aspavientos no tuvieron límites, y se indignaron las mujeres, que,

al mismo tiempo, se afanaban por imitarla en el corte de los vestidos y

en la manera de andar.

Bien ciego y bien sordo necesitó estar Leto entonces para no ver ni oír

lo que se hizo y se dijo en Villavieja contra la «desvergonzada

andaluza, el estúpido Macedonio» (había cundido el mote, por lo visto),

y contra él, contra Leto, «el majagranzas enfatuado y corruptor

escandaloso» de las buenas costumbres de allí. Porque las Escribanas y

las de Codillo, y Rufita González, pero principalmente las Escribanas,

eran las que lo cernían en tertulias y en paseos, y las que escupían de

medio lado y se tapaban las narices en mitad de la calle en cuanto oían

nombrar a los Bermúdez o cosa que les perteneciera; lo que no impedía

que cuando los tenían delante se despepitaran buscándoles el saludo.

La Escribana mayor, que tenía, por lo visto, sus motivos particulares

para ir a la cabeza de aquella conjuración de mujeres y de mozuelos

desocupados (porque de aquí no pasó la riada), pescó un día a tiro a

Maravillas y le dijo que no tendrían agallas ni pundonor él y cuantos

con él andaban en el fregado de un periódico en letras de molde, si no

le echaban cuanto antes a la calle, pero lleno de metralla contra

ciertos malos ejemplos que corrompían las honestas costumbres de ciertos

pueblos honrados, y contra los traidores escandalosos que ayudaban a los

de fuera en la corrupción de los propios. Maravillas cantó sus ansias

civilizadoras y sus «convicciones positivistas», en demostración de sus

grandes deseos de complacer a la Escribana; pero a renglón seguido

expuso las dificultades viles y mecánicas que había para realizarlos:

una de ellas el desánimo de sus colaboradores para dar el dinero que se

necesitaba.

--Por eso no quede--dijo la otra en ademán trágico de aficionado

casero:--nosotras somos ricas; y por el bien y por la honra de

Villavieja, daremos hasta las enaguas.

Maravillas la estrechó la mano en silencio, y se largó prometiendo que

_El Fénix Villavejano_ no se haría esperar mucho.

Nada de esto ni de otro tanto más sabía Leto aquella tarde; como no

sabía que habiendo husmeado estas cosas los Vélez desde su palomar de la

Costanilla, y manifestado por aquellos días el entristecido Manrique

propósitos de intimar el trato de los Bermúdez para realizar un

determinado plan que había ideado y declaró a su hermana, ésta le dijo,

irguiéndose pálida y seca, como una tibia muy grande:

--Te juro que arderá este palacio por las cuatro esquinas, en cuanto tú

me traigas a él una cuñada de esa traza.

Por lo cual había _renunciado_ Manrique Vélez, a casarse con Nieves

Bermúdez.

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Al primer vuelo · 第 21 / 29 题