Era de los últimos de julio, por más señas, y se había acordado comer en
el pinar, en un sitio de mucha sombra, suelo alfombrado de oloroso y
tupido césped, con fuente fresca y abundante, y, a muy corta distancia
de ella, unos detalles muy pintorescos de rocas, jaramagos y troncos
viejos que Nieves no había visto nunca y le había ponderado mucho Leto.
Éste tenía varios apuntes de ello en su cartera, y se trataba de que
Nieves tomara otros a su gusto. Con ese fin por pretexto, se dispuso la
partida; y muy tempranito salieron de Peleches los cuatro
expedicionarios: don Alejandro y su administrador, armados de sendas
escopetas para tirar a las tórtolas que se les metieran por los cañones,
y Nieves y Leto con los avíos de dibujar. Nieves, como casi siempre que
iba de campo o a la mar, llevaba el pelo recogido en una sola trenza
caída sobre la espalda, con un gran lazo en el extremo inferior; un
sombrero de paja de anchas alas y cinta del color del lazo del pelo; un
vestido liso y muy claro, guantes de seda, botinas de recia suela y
sombrilla de largo palo. Leto, que no tenía mucho en qué escoger, vestía
un terno de dril ceniciento, recién planchado; y con esto y unos
borceguíes de becerro en blanco, un hongo claro y una corbatita de
lunares bajo un cuello a la marinera, _componía_ bastante bien al lado
de la esbelta sevillanita. Llevaba en una mano la cartera de Nieves, y
en la otra la tijerilla desarmada, de Nieves también. Él no necesitaba
esos utensilios para sus trabajos de campo. Se construía el asiento con
lo que hallaba a sus alcances, lo mismo una piedra que un tronco... o el
santo suelo en último caso.
Caminando los dos muy delante de los otros y a la mitad del recuesto
para subir al pinar, se detuvo Nieves de pronto, se volvió rápida hacia
atrás, paseó la mirada serena y honda por todo lo que se descubría desde
allí, incluso el palación de Peleches que descollaba en lo más alto, y
preguntó en crudo a su acompañante, que también se había detenido y
miraba cuanto miraba ella, y además y muy particularmente, el modo tan
suyo que tenía de mirar:
--¿Qué es lo primero que usted siente en cuanto sale al campo, en un día
como el de hoy, espléndido de luz, sin calor que sofoque ni viento que
moleste, ni ruido de gente que te distraiga, y en que todo lo que se ve,
el suelo, el árbol, la mata, el arroyo, hasta la peña desnuda,
trasciende a una misma cosa... como a tomillo y mejorana, o algo así?
Muchas cosas sentía Leto en tales ocasiones; y por ser tantas y no
atreverse a citar una sola y de repente, por miedo a que resultara una
tontería, respondió a Nieves, después de pensarlo un poco.
--Y usted que me hace esa pregunta, ¿qué es lo que siente, si se puede
saber?
--¡Yo lo creo que se puede saber!--respondió Nieves, volviéndose hacia
el pinar y continuando la interrumpida ascensión--. Mire usted: lo
primero que yo siento es un poco de envidia a los pintores, a los poetas
y a los músicos buenos; porque ¡me entran unos deseos tan fortísimos de
pintar, de describir y hasta de poner en música lo que voy viendo y
oyendo! Para eso quisiera ser el mejor pintor y el mejor poeta y el
mejor músico del mundo. ¿Le parece a usted mucho lo que envidio?
Leto se echó a reír; y como halló muy disculpables los deseos de Nieves,
así se lo declaró, añadiéndola que a él le pasaba dos cuartos de lo
mismo.
Un poco más adelante volvió a hablar la sevillanita, para decir a Leto,
también en crudo, pero sin detenerse:
--Es una compasión que no sea usted tan aficionado a pintar al óleo como
a la aguada.
--Ya le he dicho a usted en otra ocasión--respondió Leto--, que eso
consiste en mi falta de paciencia: todo tiempo, por corto que sea, desde
que concibo algo hasta que lo ejecuto, me parece una eternidad. No me
entretiene, como a otros, el proceso de la obra puramente mecánica: por
eso prefiero el lápiz a la misma acuarela: aunque sin el realce del
color, me da primero que ella la expresión del pensamiento o la imagen
del natural.
--Es raro eso.
--Sí, señora; y por lo mismo la ruego a usted que lo tome como confesión
de un pecado feo, y no como alarde de un modo de ver digno de
imitarse... Ahora--añadió cambiando de tono y de rumbo--, para llegar
primero donde vamos, echemos por este senderito de la derecha... También
es un poco raro, ¿no es verdad? que en la propia hacienda de ustedes
tenga yo que servirlos de guía... porque el señor don Alejandro no hace
más que seguirnos los pasos... ¿ve usted?... y don Claudio Fuertes lo
mismo... ¡Si lo tuvieran todo tan trillado con los pies como lo tengo
yo!...
Otro ratito de andar en silencio, y otra pregunta en seco de Nieves:
--¿Conoce usted a Rufita González?
--¡Quién no la conoce en Villavieja?--contestó Leto.
--¡Qué bachillera, eh?
De buena gana hubiera confirmado Leto esta opinión con un ejemplo que se
le vino a la punta de la lengua; pero considerando que podría mortificar
con él a Nieves, si no mentían ciertos rumores y otras determinadas
señales, se limitó a decir, marcando mucho el acento admirativo:
--¡Muy bachillera!...
--Siempre que habla conmigo--añadió Nieves--, quiere darme a entender
que nuestro primo Nacho desea casarse con ella.
--¡Carape!--exclamó Leto para sus adentros--; pues ese era mi caso, y
ahora resulta que le importa a ella menos que a mí.--Y en voz alta
dijo--: Eso precisamente es lo que más la califica.
--Y ¿por qué no ha de ser cierto lo que afirma?--preguntole Nieves
vuelta un poquito hacia él y enviándole las palabras bajo los fuegos de
una mirada firme y serena.
--Porque no puede ser--respondió Leto con su correspondiente
serenidad--; porque no hay razón para que lo sea; y, en cambio, hay una
de mucho peso para que resulte mentira.
Nieves no mostró el menor deseo de conocer aquella razón, y así quedó el
asunto. Un poquito más allá, preguntó a Leto:
--Y a las Escribanas, ¿las conoce usted?
Con esta pregunta se quedó Leto bastante atarugado y algo encendido de
mejillas: ¡le había dado tantas bromas el fiscal con la Escribana mayor!
Pero se rehízo enseguida, y contestó a Nieves:
--Otras bachilleras por el estilo.
No coló el disimulo; porque Nieves, aunque no le miraba de frente, le
pescó el fogonazo en la cara y la sacudida que le había precedido.
--No lo decía por tanto--repuso a buena cuenta y por si había dado en
blando la pregunta.
Un poco más adelante y bastante adentro ya del pinar, seguidos a corta
distancia de los dos señores mayores, que se despistojaban mirando acá y
allá por si se rebullía alguna tórtola en las inmediaciones del sendero:
--¿Llegaremos pronto al sitio ese?
--Antes de diez minutos--respondió Leto--. Ya estamos casi en la
explanadita en que hemos de comer; a poco más de veinte varas a la
derecha está lo que buscamos.
--Por supuesto, que traerá usted los dibujos de ello, que le encargué
anoche.
--Como lo prometí--respondió Leto señalando uno de los bolsillos de su
americana.
--¿Quiere usted enseñármelos?--le preguntó Nieves.
--¿Ahora mismo?...
--Ahora mismo--respondió la sevillana con un mirar que no admitía
réplica.
Pasó Leto la tijerilla a la mano izquierda después de haber colocado
debajo del mismo brazo la cartera, o más bien, cartapacio de Nieves, y
sacó del bolsillo derecho su álbum de apuntes... Pero en el momento de
entregársele a Nieves, se atarugó más que la otra vez, y se puso, no
rojo como entonces, sino pálido... ¡Carape! ¡buena la había hecho!
¡Pícara memoria y pícaros aceleramientos los suyos! No tuvo otra cosa en
la cabeza toda la noche, y al fin se le olvidó hacerlo al echarse el
álbum en el bolsillo, de prisa y corriendo; porque ya se iba sin él...
¡Carape!... Y que ya no había enmienda posible.
Pensando así, entregó el álbum a Nieves, con la forzada abnegación con
que se entrega un criminal a la Guardia civil.
--Hágame usted el obsequio de abrirle--la dijo--, porque yo no tengo más
que una mano desocupada... Esta es la tapa de arriba... Así... Yo le
diré en qué hojas están esos dibujos.
--Es que pienso verlos todos--le advirtió Nieves abriendo el álbum como
Leto quería.
Y es claro, en cuanto quedaron sueltos los broches, el álbum se abrió
solito por las páginas entre las cuales estaba el contrabando que
pensaba Leto escamotear al ir pasando las hojas con la mano libre.
La palidez del pobre mozo se trocó en carmín subidísimo.
Nieves le miró entonces con una sonrisilla muy picante.
--Perdone usted--le dijo al mismo tiempo--, si esto tiene algún valor
especial... Yo no lo sabía.
--¡Qué ha de tener!--exclamó Leto, sin saber lo que se decía--. Eso es
un clavel...
--Ya lo veo--interrumpió Nieves, como si no se enterara de la turbación
del otro--; y rojo... y doble.
--Sí, señora: doble y rojo--repitió Leto--. Un clavel doble y rojo que
yo tenía en la boca en cierta ocasión, mientras dibujaba... ¿Está usted?
Pues bueno: estando así, se le partió el rabillo y se me cayó al suelo;
y entonces yo... maquinalmente, le cogí... y, maquinalmente, le guardé
donde usted le ve; y ahí se ha quedado hasta hoy...
--Muy bien hecho, Leto--dijo Nieves volviendo a mirarle con la misma
sonrisita maliciosa--. Eso es lo que debe hacerse siempre con los
claveles que se caen de la boca... y no lo que se hizo con uno que yo
recuerdo... Rojo era también y doble, si no me engaña la memoria... y en
el suelo se quedó el infeliz... Verdad que no valía la pena de ser
guardado, porque la boca de que se había caído era la mía.
Leto, al sentir esta estocada, se estremeció de pies a cabeza y se puso
de veinticinco colores; y Nieves, al verle así, soltó la risa con toda
su alma.
--Suyo o ajeno el clavel--le dijo en seguida--, el encontrármele yo aquí
ha sido causa de un mal rato para usted. ¡Cuánto lo siento! Volvamos la
hoja, si le parece, y veamos los dibujos.
¡Qué dibujos ni qué carape! ¡Bueno estaba Leto ya para entender en cosa
alguna sino en el asunto del clavel que se le había caído a ella de la
boca! Por las señales, no solamente había notado Nieves el suceso que
tanto le había preocupado a él, sino que le había parecido muy mal,
claro: como tenía que parecerle; como que había sido la mayor gansada
que podía cometer un hombre acompañando a una señorita. La casualidad le
brindaba una ocasión de acreditar que la falta cometida se había
reparado en lo posible... Pues ¡carape! aprovechar esa ocasión sin
pérdida de momento... Que este recelo, que el otro, que si podría
tomarse la aclaración así o del otro modo, por este lado o por el de más
allá... Que se tomara, ¡carape! que se tomara, aunque fuera por el
extremo más absurdo: cualquier cosa menos pasar plaza de rocín en el
concepto de una mujer como aquella... ¡Cuidado si tenía picante la
alusión que le había hecho!...
Enardecido con el fuego de todas estas reflexiones que le pasaron en un
instante por el magín, respondió con gran energía a lo dicho por la
sevillana:
--No hay dibujo que valga, Nieves, mientras no quede orillado el punto
del clavel que se le cayó a usted de la boca... Hablemos de eso un
instante.
Nieves se sorprendió un poco con el arranque de Leto, y le preguntó muy
seria:
--¿Pero usted sabe a qué clavel me refería yo... en chanza?
--Sí, señora--respondió Leto impávido y resuelto a todo--: al que se le
cayó a usted en el Miradorio, y recogí yo del suelo... para volver a
arrojarle; en una palabra... a ese mismo clavel que está usted viendo.
Entonces fue Nieves quien se inmutó, y no poco; pero se repuso al
instante, y dijo a Leto en el mismo son de broma que antes y cerrando el
álbum:
--Pero, hombre, ¿cómo puede ser eso, si el clavel quedó allí y nosotros
continuamos andando?...
--Es verdad--respondió Leto sin perder una chispa de su ardimiento--;
pero volví yo por él en cuanto me despedí de ustedes en la botica,
después del paseo.
Nieves no dijo una palabra, ni mostró señal alguna por donde pudiera
notársele la impresión causada en ella por la noticia: con el álbum
cerrado, pero sin abrochar, en la mano izquierda, continuaba andando y
mirando serenamente hacia adelante. Leto, después de una breve pausa,
prosiguió:
--Yo no soy hombre de perfiles galantes; pero a mi manera, sé distinguir
de colores; y por saberlo, tan pronto como tiré el clavel conocí que no
debía de haberle tirado de aquel modo... ni de otro, por si usted lo
había notado... y aunque no lo notara: siempre era una cosa muy mal
hecha... El caso es que toda la tarde estuve preocupado con ello...
porque, créalo usted, Nieves: un hombre, por despreocupado y modesto que
sea, se resigna a pasar por bandolero antes que por ridículo delante de
una mujer; y con esta preocupación, en cuanto pude, volví por el clavel:
encontrele, y le guardé donde usted le ha hallado ahora, sin otro fin
que reparar mi falta en lo posible y tener siempre conmigo la prueba de
ello. Yo no soñé con que usted llegara a verla jamás; pero esta mañana,
al coger de prisa el álbum, me olvidé de sacar de él el contrabando,
como lo tenía pensado desde anoche; y le juro a usted a fe de hombre
honrado, que no eché de ver el olvido hasta que fui a entregarle a usted
el libro hace un momento. Me dolió un poco la alusión hecha a la
inconveniencia mía, y sobre todo el averiguar que usted la había notado;
y entre quedar con el sambenito encima, y el riesgo de que volviera
usted a reírse de mí declarándole la verdad, opté por esto, que resulta
menos desairado que lo otro... a mi manera de ver.
--Y ¿por qué había de reírme?--observó Nieves apartando con la contera
de su sombrilla cerrada algunas pedrezuelas del suelo que no estorbaban
a nadie.
--Por lo que pudiera hallar usted de... inocentada en el caso, es un
suponer--respondió Leto con entera sinceridad; y enseguida añadió--: de
todas maneras, ahí está el clavel. Si a usted le pesa o le parece mal
que le haya recogido yo, con volver a tirarle en cuanto usted me lo
ordene...
--Y ¿por qué ha de pesarme tal cosa, ni he de darle a usted una orden
semejante?--exclamó la sevillanita abriendo otra vez el álbum por donde
estaba el clavel--. ¡Pobrecillo!--añadió contemplándole--. ¡Volver a
arrojarle al suelo después de haber vivido tantos días en este alcázar
del Arte!... Además, usted se le ha ganado en buena ley... Conque déjele
donde está, si no le estorba, y vamos a ver los dibujos...
Leto, felicitándose por salir tan fácilmente del atolladero en que se
había visto, se arrimó más a Nieves; la cual le entregó el clavel
aplastado y marchito, para que no se cayera del álbum mientras le
hojeaban.
Hojeándole y andando, llegaron al sitio apetecido; y por llegar a él,
después de ponderarle mucho Nieves, dijo a Leto:
--Yo no quiero dibujar.
--¡Que no?--exclamó Leto asombrado--. ¿Y por qué?
--Porque después de ver lo que he visto en el álbum de usted, se me
caería el lápiz de la mano. Dibuje usted solo algo nuevo de aquí, pero
en mi _block_... digo, si no abuso...
No hubo modo de reducirla a que dibujara, aunque se unieron a las
excitaciones de Leto, las de su padre que había llegado ya con su amigo,
cansados de husmear tórtolas en balde.
--Y ¿en qué vas a entretenerte?--la preguntó al fin don Alejandro.
--Por de pronto, en coger florecillas y helechos, que abundan entre
estas peñas sombrías. ¡Verás qué guirnaldas y qué ramilletes tan lindos
voy a hacer!...
--Vamos, tu manía. A veces vuelves a casa hecha una varita de san José.
Corriente. Ya tienes tu ramo de helechos y manzanilla atravesado en el
pecho, como la banda de una gran cruz, y tu manojito en el pelo, y tu
ramillete en la mano. ¿Y después?
--Después, y también antes, de rato en rato, veré lo que va dibujando
Leto, y cómo cazan ustedes... hasta que llegue la comida, que de seguro
llegará mucho antes de que pueda yo empezar a aburrirme.
Y así sucedió al cabo, para que se cumplieran las profecías de Nieves, y
una más, hecha la víspera por don Claudio Fuertes a propósito de las
comidas en el campo, a usanza pastoril. Estas comidas en el santo suelo,
con música de pajarillos y aromas silvestres, eran, en opinión del
comandante, de lo más hermoso... pintadas en un papel; pero gozadas al
natural, resultaban un suplicio.
Todos convinieron con el preopinante, mientras buscaban posturas
insufribles para llevarse a la boca las viandas en salsa tibia, o el pan
con tábanos, o el fiambre con correderas. Pero había que hacerse a todo
para saber de todo. Por último, o se estaba en el campo o no se estaba.
Ello fue que antes de las dos de la tarde, los de Peleches saboreaban
con delicia la frescura de la sombra de los hidalgos paredones; y el
comandante Fuertes y el hijo del boticario bajaban por la Costanilla en
busca de las respectivas madrigueras.
Media hora después hallábase Nieves en el saloncillo del nordeste,
contemplando y admirando los dibujos hechos por Leto en el pinar, y
confundiendo en sus mientes con esta admiración al talento de su amigo,
el análisis minucioso del otro caso, del extraño caso del clavel, que
ella había descubierto por una casualidad. Estando a vueltas con estos
pensamientos, entró su padre muy diligente, con una carta en la mano y
diciendo:
--Oye, oye, Nieves: una buena noticia.
Dejó Nieves lo que hacía y lo que pensaba, y se volvió hacia su padre
preguntándole qué noticia era ella.
--Acabo de recibir con el correo de hoy esta carta que es de tu tía
Lucrecia. Según me dice la pobre mujer, que continúa engordando sin
consuelo, Nachito había salido la antevíspera. Deja para la vuelta la
visita a los Estados Unidos, y viene por Inglaterra desde Veracruz.
Contando con lo que piensa detenerse en Londres y en París, calcula que
podrá estar en Villavieja, digo en Peleches, a últimos del mes que
viene, de agosto... Nada, canástoles: mañana, como quien dice... Toma la
carta: puedes enterarte de ella si quieres...
--¿Para qué?--dijo Nieves inalterable y serena.
--«¡Para qué!...» ¡Otra te pego!... ¿Para qué se entera uno de las
cartas que lee?
--Pues si ya estoy enterada, papá.
--Ya, ya; pero me parecía a mí que, en tales casos, debiera picarnos la
curiosidad un poquito más de lo que nos pica... Eso es... Yo no sé qué
canástoles me sucede contigo siempre que sale a danzar este punto... No
acabo, vamos, de... En fin, que no veo a mi gusto las...
Nieves, que le miraba de hito en hito, viéndole tan apurado se echó a
reír y le puso las manos sobre los hombros.
--¿Quieres que me ponga a bailar por la noticia?--le preguntó--. Dime
que sí, y ya estoy bailando.
--¡Pataratas!--respondió Bermúdez fingiéndose más contrariado de lo que
estaba--. Yo no quiero extremos, Nieves: no quiero otra cosa que lo
regular. A mí se me figuró que la noticia había de alegrarte, y vine
corriendo a dártela.
--Y me alegra, papá, y te la agradezco mucho; sólo que yo soy así,
vamos, poco aparatosa para expresar lo que siento. No es culpa mía, qué
quieres.
--¡Si lo sé, hija, si lo sé!... Pero se me figuraba a mí que, en vista
de esta noticia, cuando menos confesarías la razón que tengo para
apurarme muchas veces por un asunto que a ti te hace reír: el asunto de
_su_ gabinete, que continúa a estas fechas a medio arreglar.
--Abajo tiene el que le destina Rufita, bien emperifollado.
--¡Otra vez la broma! Pues mira, Nieves: me carga por ser broma, y por
lo de Rufita; ya sabes que tengo atravesada aquí, detrás de la misma
nuez, a esa tarasca de los demonios, grosera y sin pizca de educación.
--¡Es posible que lo tomes en serio? ¡Bah! A mí me incomoda un poco
cuando la oigo disparatar... y eso por lo que va conmigo; pero en cuanto
la pierdo de vista, te juro que me hace reír... Ríete tú también... Pero
¡ay, Dios mío!... Si Nacho ha salido de Méjico, ya no puede recibir allá
la carta que yo pensaba escribirle.
--Naturalmente.
--Yo le debía esa carta desde Sevilla; pero como en Peleches se va el
tiempo por la posta... ¡Qué cabeza la mía!... En fin, ya no tiene
remedio: le contestaré aquí de palabra; y... ¡quién sabe si así
saldremos ganando los dos? ¿No es verdad, papá?
--¡Ah, picaruela, picaruela!--dijo Bermúdez dándole unos golpecitos en
la cara con la carta de doña Lucrecia--. ¡Si tienes tú más trastienda
cuando te conviene!...
Y se fue tan satisfecho. Nieves, con ojos cariñosos, pero que parecían
algo compasivos, le vio salir; y enseguida se sentó al piano y comenzó a
preludiar una melodía de Schubert, que ella sabía de memoria... y Leto
también.
En la tertulia de aquel mismo día, el hijo del boticario no estuvo tan
en lo suyo como de costumbre: se distraía con frecuencia y parecía que
le hormigueaba algo sobre el cuerpo y sobre el espíritu. Cuando entró
con su padre, don Alejandro y su amigo el comandante discutían sobre
unas noticias políticas que el primero acababa de leer en los
periódicos, y Nieves, sentada en el balcón, se adormecía al arrullo de
las lejanas rompientes de la mar... Leto, que cabalmente flaqueaba por
el lado de la travesura para entretener a las mujeres, y aquella noche
mucho más, iba y venía de la sala al balcón y del balcón a la sala,
pescando aquí dos palabras y dirigiendo allá otras dos a Nieves que
estaba muy poco habladora. En una de sus idas al balcón, después de
haber contemplado en la salita maquinalmente el retrato de Nachito, dijo
a Nieves, por decirla algo:
--Y es guapo de verdad el primito ese.
Se lo tenía dicho a Nieves en más de diez ocasiones, y en otras tantas
le había contestado ella lo mismo que le contestó entonces:
--No está mal así.
--Ya luego vendrá--añadió Leto por primera vez.
--Pregúnteselo usted a Rufita González--contestó Nieves muy seria--, que
lo sabrá con exactitud...
¡Carape si la picaba Rufita González en aquel particular! Pero no se dio
por tentado de la sospecha, y dijo sencillamente:
--Y ¿por qué lo ha de saber Rufita mejor que usted?
--Porque ya tiene el gabinete preparado... y hasta los dulces para la
boda. Aquí sólo sabemos, por carta que se ha recibido hoy, que vendrá a
fines de agosto.
--¡Qué pronto!--exclamó Leto dejándose llevar, sin duda alguna, de su
natural bondadoso.
Y no se habló más de Nacho. Nuevas idas y venidas de Leto.
En una de ellas, es decir, de las idas al balcón, le preguntó Nieves, en
crudo como solía:
--¿Por qué se puso usted colorado en el pinar cuando le pregunté si
conocía a las Escribanas?
Leto se alegró en el alma de que la noche fuera tan obscura como era,
porque así no se desvirtuaría la sinceridad de la respuesta con la
sofoquina que le había causado lo extraño de la pregunta.
--Me puse como usted dice--contestó sencillamente--, porque, de un
tiempo acá, le ha dado a ese culebrón de fiscal por embromarme con la
mayor de las tres, sin maldito el fundamento; y ya sabe usted lo que soy
en determinadas apreturas.
--Como coincidió lo de la sofoquina de usted--repuso Nieves abanicándose
mucho--, con el hallazgo del clavel en el álbum...
Leto soltó una risotada; y enseguida dijo a Nieves:
--Gracias por el favor que usted me hacía.
--Hombre--replicó la sevillana--, sería un gusto como otro cualquiera:
para mí todos son respetables. Pero, en fin, más vale que mintieran los
síntomas; porque verdaderamente... no era de envidiar el gusto ese... Y
a otra cosa: mañana no, porque estaré ocupada en casa; pero pasado
mañana ¿podríamos dar otro paseíto en el _yacht_?...
--Ya sabe usted que está enteramente a sus órdenes.
--¡Cómo me gusta eso, Leto!... Cada día más... Pero, hombre, ¿cuándo
haremos una escapadita afuera?
--Pues la haremos un día que esté la mar a propósito y no vaya don
Alejandro, que tras de marearse, no tiene los ánimos de usted.
Se quedó en ello y se habló algo de la partida campestre de la mañana y
de los dibujos de Leto; hasta que se dio por terminada la tertulia,
yéndose a cenar los de casa y a la calle los de fuera.
--XV--