«Queridísima Virtudes: ¡Cómo me habrás puesto, allá a tus solas! ¡Qué
cosas habrás pensado de mí! Al despedirme de ti en Sevilla, muchas
promesas; y después, si te he visto no me acuerdo. No te lo digo porque
sea verdad, sino porque imagino que lo dirás tú cuando me tienes en la
memoria. Ni es verdad eso, ni siquiera de su casta... Es decir, verdad
es que te prometí escribirte a menudo, y verdad que no lo he hecho hasta
hoy; pero no es verdad que me haya olvidado de ti, ni podría serlo
aunque yo hubiera querido y tú te hubieras empeñado en ello también. Yo
me acuerdo de ti todos los días y a todas horas: lo que hay es que con
los mejores propósitos de escribirte «mañana» cada vez que apago la luz
para dormirme, viene el diablo con una trampa de las suyas en cuanto me
despierto... y hasta la otra. Porque tú pensarás que en una soledad como
la de Peleches, hasta por recurso de distracción debiera ser yo muy
diligente en escribirte, y que cuando no lo hago ni siquiera para
entretener el fastidio que debe de estar consumiéndome, señal es de que
no me acuerdo ni de la Virgen de tu nombre. Pues ahí está, Virtudes de
mi alma, tu grandísima equivocación: en suponer que yo me aburro en esta
soledad ni poco ni mucho, ni siquiera un solo instante. Lejos de
aburrirme, son tantas las distracciones que tengo, que me falta tiempo
para todo, hasta para escribirte; solamente me sobra para conocer mi
pecado y sentir sus mordeduras en la conciencia. ¡Esta sí que es la pura
verdad!
»Hoy, no porque está el día lluvioso y no se puede salir, sino porque ya
lo tenía decidido con toda resolución, te voy a consagrar la mañana
entera, y aun la tarde, si fuere menester, para escribirte una carta que
valga por todas las que te debo, y un poquito más a cuenta de las
posibles faltas sucesivas; porque ya sabes que somos pecadoras y que
caemos a cada paso, por mucho cuidado que pongamos al andar.
»Pues verás tú, Virtudes, lo que pasa: yo sabía lo que era Peleches por
lo que había oído a papá: un lugar muy alto y despejado, y en lo más
llano de él, nuestra casa, la única casa en todo Peleches, con grandes
vistas a la mar y hermosos campos por los otros lados: lo que a mí me
gusta sobre todas las cosas del mundo, como tú sabes muy bien; pero,
amiga de mi alma, ¡qué diferencia de lo pintado a lo vivo! Maravillada
me quedé al ver con mis propios ojos el incomparable panorama que papá
me fue enseñando desde los balcones de esta casa al día siguiente de
llegar, de noche y obscura como boca de lobo; de manera que todo cuanto
iba viendo aquella madrugada, era nuevo para mí. ¡Qué mar! ¡qué montes!
¡qué vega! ¡qué puerto! No me cansaba de contemplarlo, ni me canso hoy,
ni me cansaría jamás, aunque me pasara la vida contemplándolo.
»Por aquí, no me había engañado la ilusión: para pintar, para pasearme
por mar y por tierra, para sentir, para soñar... para todo y mucho más,
daba lo que tenía delante. Pero, amiga, quién te dice que, a lo mejor de
mis entusiasmos, ahí viene la etiqueta de las gentes villavejanas... ¿Te
he hablado algo de Villavieja?... Espérate que repase lo escrito...
No... Pues Villavieja es el pueblo, la villa a que corresponde el sitio
de Peleches: Peleches en lo más alto, y Villavieja en lo más bajo, pero
casi unidos por una calle muy mala y un paseo regular. Villavieja es un
poblachón negro y antiguo, sucio y desmantelado, con mucha gente
desocupada, unos señores muy raros, unas señoritas muy cursis y otras
muy estrafalarias. También hay personas muy apreciables; pero pocas.
Pues a lo que iba: sin darnos tiempo para sacudirnos el polvo del
camino, ¡zas! una nube de visitas; y enseguida otra... ¡Ay, Virtudes de
mi corazón! ¡qué fatigas aquellas... y qué tipos de señoritas, y de
señoras... y aun de señores! De lo que hicieron y dijeron y las galas
que traían, no te quiero hablar aquí, porque no puedo: es materia
demasiado larga; y además, para que la pintura resulte fiel, hay que
remedar voces y movimientos, gesticulaciones y otras cosas muy
importantes. Quédese todo ello para pintado al natural cuando nos
veamos, y conténtate con saber ahora que cuando me vi enredada entre
tanta visita y con la obligación de pagarlas una a una, y hasta con
ciertas amenazas sordas de festivales solemnes y de reuniones
particulares, me espanté como si toda la mar y toda la villa, hecha
escombros, se me vinieran encima. Pero me tranquilizaron papá y unos
señores muy buenos que andan aquí con nosotros, asegurándome que aquello
pasaría en media semana, y que en otra media quedaría pagado en lo que
valía.
»Y así sucedió afortunadamente. Hecha nuestra última visita, vivimos
libres e independientes como el aire que respiramos en estas alturas; y
tan ocupadas tenemos las horas, que, según te dije al principio, hasta
para escribirte me ha faltado tiempo; y verás como no hay exageración en
lo que te digo. Sabes que tengo la pasión del campo, la pasión de la
mar, la manía de andar mucho, y el vicio de embadurnar lienzos y
papeles, por no decirte que tengo el vicio de pintar; pues para saborear
y dar fomento a estos vicios y pasiones, hay aquí no solamente los
medios abundantes que ofrece la Naturaleza, sino ciertos recursos
accesorios, pero de grandísima importancia, que me ha proporcionado la
casualidad. Hay, por ejemplo, quien conoce este paisaje senda a senda y
palmo a palmo, y tiene, como yo, el vicio de andar por él; hay quien
pinta y dibuja admirablemente; hay un barquito de paseo, un balandro...
un _yacht_ primoroso que está a mi disposición, y quien le gobierna con
una destreza y una serenidad, que te pasmarían... hasta hay, por haber
de todo, quien oiga con corazón de artista algo de lo que yo toco al
piano, y aun cante, con hermosa voz, parte de ello, acompañado por mí.
Con esto no podía contar yo, racionalmente, al venir a Villavieja; y
mucho menos con que el incansable guía, el andarín entusiasta de la
Naturaleza, y el pintor y el diestro piloto, y el dueño del hermoso
_yacht_, y el aficionado a la buena música, estuvieran reunidos en una
sola persona, un mozo que no pasará de veintiocho años. Pásmate ahora
más: este mozo es farmacéutico; y ¡pásmate más todavía! se llama Leto de
nombre y Pérez de apellido; es decir, Leto Pérez, boticario de
Villavieja, como le pondrán en los sobres de las cartas. ¿No parece
mentira?... También nos acompaña mucho, casi tanto como él, un señor de
muy buena sombra, don Claudio Fuertes y León, comandante retirado y
administrador y apoderado de papá aquí. Pero éste, aunque es muy bueno,
y fino y cariñoso, y con caídas deliciosas, es ya un señor mayor, y
además, con un miedo a los paseos marítimos, que nos hace morir de risa.
Figúrate que él es de Astorga... A estos dos sujetos y a don Adrián el
boticario, padre de Leto (un viejecillo todo negro de arriba abajo,
menos la cabeza que es gris, y la carita trigueña, muy bueno,
¡buenísimo!), que nos acompaña un rato hasta la hora de cenar, está
reducida nuestra sociedad en Peleches. Pues con ella sola y lo que Dios
ha esparcido con tanta abundancia y hermosura alrededor de este «solar
de mis mayores», como dice papá, resultan maravillas de placer... Por
supuesto que a ti que te espanta la soledad, y te entristece el ruido de
las arboledas, y te hechiza el de la calle, y te embriaga el vaho de los
salones, ha de parecerte inconcebible lo que te afirmo; pero te advierto
que no trato de que me envidies, sino de que sepas lo que me pasa.
Recuerda, para que te cueste menos trabajo creerme, en cuántas cosas he
andado yo al revés de las demás. Por ejemplo (y te le cito porque me le
has citado tú bien a menudo, como de lo más asombroso de mis _rarezas_):
yo entré en el colegio, por gusto mío tanto o más que de mi padre, a la
edad en que algunas colegialas dejan ya de serlo; y todo el afán que
tuviste tú, y de ordinario se tiene entre _vosotras_, por vestirse _de
largo_, le tuve yo por continuar vestida de corto, y si no de corto
precisamente (porque a ciertas alturas de la vida hubiera sido eso una
ridiculez además de una grande inconveniencia), de _entre día y noche_
siquiera, a modo de crepúsculo indeciso, que no te obliga a nada y en
cambio te deja libre entre la muchedumbre anónima, con los sentidos muy
espabilados: vamos, una ganga para verlo todo sin ser vista de nadie.
Así fue que cuando por primera vez me vestí de señorita _disponible_, ya
estabas tú de vuelta buen rato hacía. De las cosas del mundo _por
dentro_, no conozco sino lo que vosotras me habéis contado; otro poquito
más que he atisbado por las rendijas _al pasar_, principalmente con mis
Mary, aquella institutriz inglesa que despidió papá de muy buena gana al
entrar yo en el colegio, y había tomado un año antes; lo poco que he
aprendido con el trato de las amistades de casa, y lo que se ve o se
trasluce en las páginas de algunos libros y entre renglones de otros.
Con estos antecedentes a la vista y lo que sabes de mis gustos e
inclinaciones, ¿podrá chocarte lo más mínimo que con los enumerados
elementos de diversión que hay en Peleches, y a ti te matarían de
pesadumbre, me pase yo las horas sin sentirlas?
»Mis contrariedades correspondientes llegué a tener dentro de ello, no
te creas, y aun empecé a sentirlas un poco, porque los amigos no son de
hierro, y papá no está ya, por falta de costumbre, para abusar de
ciertas valentías; pero todo se fue venciendo con la mayor facilidad y
hasta con ventajas para mí; pues me he avezado a andar sola cuando no
tengo quien me acompañe por estos despejados alrededores, y sola voy
también con Leto en su _yacht_, cuando papá no se encuentra de humor
para venirse con nosotros. Esto de _sola_ con Leto, no lo tomes al pie
de la letra; porque Leto siempre va acompañado de su marinero, un tal
_Cornias_, un tipo muy original y muy simpático, aunque es bizco de los
dos ojos. Por de contado que esta tercera persona indispensable en el
barco para ayudar en la maniobra a su piloto, maldita la falta haría
allí para otra cosa, sino por el bien parecer; y si tú conocieras a Leto
como le conozco yo, pensarías de la misma manera. Le creo capaz de las
más heroicas abnegaciones. No te rías; porque te juro que es de lo más
singular que se ha visto este sujeto. Primeramente es un gran mozo, no
por la talla, que no pasa de la regular, ni por lo aparatoso ni
relumbrante, sino por lo varonil y lo que puede llamarse _bien hecho_ de
pies a cabeza; guapo, muy guapo, de hermosos ojos, preciosa barba, pelo
abundante, cutis algo tomado por el sol y el aire, pero jugoso... de
hombre sano... en fin, un hombre, lo que se llama un hombre en toda
regla. Esto es lo primero que se echa de ver en Leto Pérez... si él no
sabe que se le mira; porque si lo sabe, ya es otro. Y ésta es una de las
singularidades de este chico: se empeña (o mejor dicho, se empeñaba,
porque últimamente ya no se empeña tanto) en que es una persona
enteramente insignificante en hechos, en dichos y en pensamientos; y
esta idea le amilana, le acoquina... vamos, hasta le desmorona. No puede
llevarse a mayor extremo la modestia, de todo corazón. Te he dicho que
dibuja y pinta acuarelas admirablemente; pues ha sido preciso que se lo
afirme yo con insistencia, para que llegue a creerlo un poco y se atreva
a dibujar o a pintar delante de nosotros. Algo parecido sucede con lo
poco que canta, con una hermosa voz de barítono; y otro tanto con su
conversación: ya no se corta delante de mí... ¡y si vieras qué bien
habla y con qué expresión tan interesante, cuando se deja ir confiado en
sus propias fuerzas! Al principio era delicioso hablando conmigo: aunque
en la mirada inteligente se le conocía que no ignoraba dónde estaba la
salida de su apuro, siempre salía por lo peor y lo más desairado. Tan
atolondrado se ponía. ¡Y qué manera tan deliciosa tenía a veces de
enmendar lo que él llamaba sus gansadas! Te asombrarías de lo candoroso
y noblote que es, si te contara el caso de cierto clavel que a mí se me
cayó de la boca y recogió él del suelo; cómo le volvió a tirar porque ya
no me servía; cómo y cuándo y de qué manera tan original volvió a
buscarle y le guardó como oro en paño, y cómo llegué yo a descubrirlo
todo. Por supuesto que no me di por ofendida con la inocentada, ni había
motivos para ello. Esto le alentó algo; y puede decirse que desde
entonces data la relativa serenidad con que se conduce delante de
nosotros.
»Pero donde hay que verle es en su balandro primoroso, regalo de un
inglés espléndido que vivió en Villavieja dos años, y llegó a
entusiasmarse con las raras prendas de este chico. ¡Allí sí que es otro
hombre, Virtudes! Allí no conoce a nadie, ni se intimida por nada. Él es
señor y rey de la escena y del escenario. Lo mismo que el jinete con su
caballo brioso, parece que se identifica él en la mar con el esbelto
barquichuelo que la domina. Allí es Leto, en cuerpo y alma, en pleno
señorío de sí mismo y tal como Dios quiso que fuera. No se temen
peligros a su lado; y viéndole sonreír, con la noble e inteligente
mirada puesta en todo, me dejaría llevar en aquella cáscara de nuez
hasta los confines del mundo sin el menor recelo...
»Y hagamos un alto aquí, porque me asalta de repente una sospecha
reparando en el calor de lo que dejo escrito sobre el hijo del boticario
de Villavieja, y recordando lo maliciosa que eres tú. Aunque no lo
fueras, te reconocería cierto derecho ahora para dudar del desinterés de
mis elogios; porque yo misma, con ser como soy, cuando he visto en algún
libro entretenerse a la heroína en semejantes ponderaciones de un galán
circunvecino, al punto me he dicho: «cogidita te tengo, clavadita me
estás.» Ya ves si soy franca, Virtudes. Pues te equivocarías si tal
pensaras de mí con relación a este mozo, por lo mucho que te le ensalzo.
Ni barruntos hay siquiera de lo que pudieras presumir, ni trazas de que
a él le haya pasado por las mientes la menor idea de esa especie, ni
razón para que pase tampoco por las mías... Empiezo a vivir ahora; acabo
de salir, como quien dice, del nido, con hambre de libertad y de espacio
en que gozarla sin estorbos; ¡y había de?... ¡qué locura, Virtudes!
Simpatía profunda; estimación grandísima; amistad sincera, eso sí,
porque todo se lo merece... Lo positivo, lo cierto, es que si se me
preguntara hoy por quien tuviera en su voluntad el don de arreglar las
cosas al capricho de la mía, qué es lo que más ambiciono, respondería
sin titubear y con el corazón en la lengua: «que no tenga fin esta vida
que ahora traigo.» Y nada más ni nada menos, Virtudes; créasme o no me
creas.
»Y vamos a otra cosa. Mi primo Nacho debe de estar aquí dentro de quince
o veinte días: nos ha escrito ya su llegada a Inglaterra. Con este
motivo le hemos arreglado su gabinete del mejor modo que nos ha sido
posible con los pocos recursos que hay a mano. Yo creo que ha quedado
muy bien; pero a papá todo le parece poco para ese sobrino...
»Como él es tan menudito de formas y parece, por el estilo de sus
cartas, la misma languidez en carne y hueso, me temo mucho que no sirva
maldita la cosa para la vida que hacemos aquí. Si resulta esto verdad, y
por miramientos de cortesía tenemos que acomodarnos nosotros a su modo
de andar... ¡entonces sí que me voy a divertir! Hoy por hoy, me apuran
un poco estas dudas. Esto no es decirte que sienta la venida de mi
primo; pero si me dijera que por su gusto renunciaba a venir, o que lo
aplazaba hasta el otro verano, puede que me alegrara la noticia. ¿Me
quieres más franca?
»Pienso comenzar muy pronto una larga tanda de baños de ola: no porque
los necesite, sino por probar de todo lo bueno que hay aquí; y la playa
esta es de las mejores del mundo, en opinión de los villavejanos que no
la usan nunca para eso... ni para cosa alguna.
»Se espera dentro de unos días la llegada de _El Atlante_, un vaporcillo
costero, el único barco que entra en este puerto y da que hacer a su
aduana. Viene cada seis u ocho meses a cargar el carbón de piedra que se
ha ido acopiando en una mina de ello que tiene un sujeto de aquí. Dicen
que la entrada de ese vapor es siempre un acontecimiento en Villavieja,
y la única ocasión en que se ven villavejanos en el muelle y sus
inmediaciones. Es curioso, ¿verdad? Por eso te lo cuento, y también
porque no tengo cosa mejor que contarte, por ahora.
»Con motivo tan poderoso y la promesa formal de ser más diligente para
escribirte en lo sucesivo, termino aquí esta carta ofreciéndote su
extensión y las franquezas de que va henchida, como ejemplos que estás
obligada a imitar cuando me contestes; sobre todo el de la franqueza.
Con ella y el acopio que habrá _en casa_, ¿qué mejor novela para mí que
la carta que me escribas?
»En espera de ella, te abraza con toda su alma tu amiga
»NIEVES.
_»Agosto 5 de 18...»_
«G. P. SHAPCOAT ESQ.»
_»119, Grave Street-Liverpool._
»...................................................
....................................................
»Tal es la historia fiel de los sucesos, limpia y descarnada de todo
comentario. Con la idea que tiene usted formada, y bien formada, de mi
carácter, ¿no le parece inverosímil el papel de galán que hago yo en
ella, e imposible que haya logrado acomodarme a él? No en vano le he
pronosticado a usted varias veces, hablando de la imperturbable quietud
de Villavieja, que la primera novedad que ocurriera aquí había de ser
muy extraña. Pues ya se han cumplido mis pronósticos... El milagro se
obró como se obran casi todos los de su especie: con un poco de
casualidad y otro poco de... ¡qué carape! me voy convenciendo de que, la
mayor parte de las veces, la culpa de las propias debilidades estriba en
los resabios ajenos; en la falta de compensaciones mutuas; en el empeño
tonto de tomarle a uno por su lado más inútil para el destino que se le
quiere dar. Lo contrario de lo que ha sucedido aquí. Ya le he hecho a
usted la pintura física y moral de Nieves: pues imagínese usted ahora a
esa criatura tan linda, tan inteligente, de alma noble y esforzada, y de
corazón limpio y sano como una bolita de oro, con los mismos gustos y
las propias aficiones que yo; supóngala empeñada en que pinto mejor que
Velázquez, que canto como un ruiseñor, que soy el más diestro piloto del
mundo, y que no tengo precio para dirigir y disponer expediciones
campestres; añada usted que me hace su maestro, su guía inseparable, su
confidente y su amigo más íntimo, y añada usted también que es
persuasiva por la fuerza de su talento clarísimo, y otro tanto por la
virtud de su belleza; y ¡qué carape, hombre! o ha de ser uno un adoquín,
o ha de creer y entregarse: entonces o nunca. Y cuando se ha dado este
paso, se concluye mirando hacia dentro, metiendo la sonda en el meollo,
desmenuzando lo que hay allá, viéndolo con ojos de aumento, estudiándolo
con calma, estimándolo con cariño y dándose por muy satisfecho del
hallazgo, por mezquino que sea; satisfacción que trae consigo cierta
seguridad, cierta confianza que antes no había en las propias fuerzas
morales... Todo esto creo yo que es muy disculpable y hasta natural en
la mísera condición humana. Cada cosa pide su elemento propio para vivir
y desenvolverse. Las ideas del hombre están en el mismo caso: se educan,
se fortalecen y aun se iluminan con el concurso de ciertos agentes
externos que parecen providenciales en determinados casos de la
vida.--¡Carape si se me ocurren cosas bonitas ahora!--El _quid_ está en
que esos agentes salgan de su escondite y la quieran tomar con uno, como
la han tomado conmigo en esta ocasión... y Dios se lo pague, por el buen
servicio que me han hecho. Bien se está en el limbo de la
insignificancia; pero se está mejor, porque se vale mucho más, donde yo
me encuentro ahora; no en la región de los soles, porque no soy águila,
pero sí donde se ve claro y no se anda a tientas. Pero ¡qué más? ¿No ve
usted mi lenguaje? ¿No ve usted mi estilo? ¡Leto filosofando! ¡Leto
metafísico! ¡Leto sentimental! ¿Quiere usted novedad más extraña ni
milagro más patente, para un lugarón como Villavieja? ¿Se han cumplido o
no mis pronósticos?
»Pero supongamos que está usted de acuerdo conmigo en este punto, y que
da por bueno el modo de obrarse el prodigio: «Corriente», piensa usted
enseguida, «ya veo que _porque quiso_ ella, Nieves Bermúdez, la bella,
la inteligente, la rica, la discreta, la de alma noble y corazón de oro;
porque lo quiso, en fin, una mujer como no se ha visto en Villavieja ni
volverá a verse en los siglos de los siglos, tú, Leto mísero, te
levantaste y andas; pero ¿_adónde_ vas?» ¡Carape si es usted malicioso!
¿Qué sé yo adónde voy? Voy a todas partes y a ninguna, y ando porque me
va bien así, porque me gusta andar. No vale confundir la luz con el
astro que la produce: ¡bueno fuera que no pudiera amarse la una sin
codiciar al otro! ¿Habría locura mayor? Pues tan grande como ella la
cometería yo si mis devociones cayeran del lado de las sospechas de
usted. Lo quiero advertir en tiempo: soy un admirador agradecido, no un
enamorado: lo primero le es lícito a cualquiera; para lo segundo se
necesita un atrevimiento que no cabe en mí, ni cabrá jamás, porque no
hay razones para que quepa. ¿Cómo he de desconocer yo que lo que por más
entra en la inclinación de Nieves hacia mí, es la identidad de aficiones
que existe entre los dos? Sin esa coincidencia, yo sería para la hija de
don Alejandro Bermúdez un villavejano más; a lo sumo, el hijo del
boticario don Adrián, antiguo y buen amigo de su padre. ¿Ni por qué
había de ser otra cosa mejor? Tampoco pretendo llevar mis escrúpulos
hasta el extremo de suponer que Nieves me agasaja solamente porque me
necesita; pues si tan delgado lo hiláramos en el mundo, ¿adónde iríamos
a parar, ni en qué pondríamos nuestros afectos que los creyéramos bien
colocados? La estimación entre dos personas, por algo ha de empezar; y
por cierto que no siempre este algo es de tan buena ley como el que ha
engendrado la amistad con que me honra la hija de don Alejandro
Bermúdez. Puestas las cosas en este punto, el único en que deben
ponerse, el hecho final resulta (que es adonde yo me dirigía): la luz se
hizo y el milagro se obró en mí. ¿Lo quiere usted más claro? Pues le
juro que temo enturbiarlo si insisto en esclarecerlo.
»Por lo demás, ¡qué carape! en casos tan excepcionales como éste, las
sospechas de cierto género son casi de necesidad. ¡Si a mí mismo me
asaltan algunas veces! Ya se ve: en el ir y venir de las ideas, en el
menguar y en el crecer de los entusiasmos, los límites y los terrenos se
confunden, y se hace un amasijo allá, tan enmarañado y tan rebelde, que
para deshacerle no basta en ocasiones toda la fuerza analítica del
discurso. Pudiera citar a usted muchos ejemplos de ello. Vaya uno de
muestra, por de pronto: Nieves tiene un primito mejicano, con quien se
ha de casar según se dice; y el retrato de este primito, que está para
llegar a Peleches de un día a otro, ocupa en el estudio de Nieves un
lugar de preferencia. Por ese retrato sé yo que el primito es muy guapo;
y por lo que me han contado, que es muy rico y muy bueno. De todo ello
me alegraba yo en los primeros días de conocerle: nada más natural, ¡qué
carape!... como lo es hoy, porque sigo estimándole en todo lo que merece
por las trazas, que son superiores, como he dicho; sólo que en algunas
ocasiones, desde que sé que está para llegar, lo mismo es acordarme del
retrato o ponerme a contemplarle, que ya me tiene usted con cierto
disgustillo de ver guapo al galancete, y de saber que es rico y
bondadoso... vamos, que me nace en el corazón algo, como deseo vago de
que el primo no asome por acá en todos los días de su vida, y de que, si
asoma, resulte picado de viruelas, y tonto por añadidura y pobre por
remate. ¿Ha visto usted barbaridad semejante? Tan enorme me parece a mí
y tan fuera de toda disculpa, que por sentirla escarbándome las mientes,
ya estoy abominando de ella. «¿Quién eres tú, gaznápiro», me digo, «para
atreverte a esas cosas? Si es guapo, si es rico, si es despierto y
honrado, y Nieves le quiere, y en quererle y en hacerle su marido cifra
su felicidad, ¿a ti qué te importa? ¿Así la pagas las distinciones con
que te honra y la estimación que te da? ¿Te abrieron de par en par las
puertas de Peleches para eso? ¿Está bien que entrando por ellas como
amigo honrado, pretendas quedarte adentro como amo y señor de los
señores mismos? ¡Tú, obscuro villavejano, prosaico farmacéutico,
gusanejo vil de la tierra, atreverte al sol mismo que con su calor te
dio la vida! ¿Dónde se ha visto cosa semejante?... Paga, paga, tus
deudas de esclavo, barriendo los suelos donde ella pise, y avergüénzate
de haber levantado los ojos tan arriba.» ¡Carape qué cosas tan tremendas
me digo en esas ocasiones; y cómo me zumban los oídos con el sonrojo,
solamente con imaginarme que pudieran haberme leído tan malos
pensamientos en la cara! Y todo por la arrastrada confusión de ideas;
por el feo vicio que una tiene de afinar con el análisis las que mejor
le parecen. Una pregunta, un gesto, una mirada, que no son la mirada, el
gesto y la pregunta de todos los días, ya nos da que cavilar, que pesar
y que medir para un buen rato... hasta que viene el sentido común dando
la medida exacta de las cosas y poniendo a cada una de ellas en su
correspondiente punto de vista; y se acaba la alucinación.
»He dicho a usted que me parecen las regiones de la luz que ahora
habito, mejores que el limbo de antes, y lo son real y efectivamente,
pero esto no impide que si se dejara a mi arbitrio el volver o no las
cosas a lo que fueron sin quedar de las actuales el menor rastro de su
paso en la memoria ni en el corazón, vacilara yo mucho antes de
decidirme. Bueno, saludable, hermoso es lo presente; pero cada vez que
considero que puede tener su fin a la hora menos pensada; que los
moradores de Peleches desaparecen de aquí; que el palación se cierra y
vuelve a dormitar silencioso en sus alturas, ¡ay, qué triste de color lo
veo todo! ¡qué negro me parece el solar de los Bermúdez; qué turbio el
mar; qué largas las horas, y qué insulsa la vida! En estas lobregueces
de la fantasía, acepto al mejicanito rico, docto y sin viruelas, si con
él, por amo y señor de la señora y ama de Peleches, quedan las
costumbres de allí en el mismo ser y estado en que ahora se hallan; con
lo que le doy a usted una prueba bien evidente de que mis entusiasmos no
pasan de los límites racionales que les corresponden; de que mis
ambiciones se cifran en el goce de la luz, no en la absurda codicia del
astro luminoso; en vivir como ahora vivo, en una palabra.
»Y vea usted lo que son las cosas: cifrando en este método de vida todos
mis goces, esos buenos señores de Peleches creen prestarme un gran
servicio aliviándome de vez en cuando de lo que ellos juzgan pesada
carga para mí. ¡Pesada carga conversar con Nieves, recoger sus
impresiones de artista y de mujer observadora, y sus confidencias
siempre originales y espontáneas y tan pintorescas como todo lo que
brota de su luminoso pensamiento! Con un pretexto cualquiera se hace un
alto en el programa y se nos licencia temporalmente a don Claudio
Fuertes y a mí. Ahora estamos en uno de esos paréntesis fastidiosos, o
compases de espera, como los llama el comandante, que los deplora
bastante menos que yo. Llevo tres días sin ver a los señores de Peleches
más que un ratito al anochecer; y como las horas desocupadas se me hacen
siglos y el tiempo está hermoso y los entretenimientos viejos del Casino
no me satisfacen, el _yacht_ lo paga.
»Sobre esto del _yacht_, sólo le he dicho a usted que Nieves se perece
por andar en él, y que su padre, menos aficionado que ella a esta
diversión, cuando no quiere o no puede acompañarla, tolera muy gustosa
que vaya sola conmigo y con el famoso Cornias; pero nada le he hablado
de lo intrépida que es allí; de cómo se le revela el placer de que va
poseída en el ardor de la mirada y en la gallardía de sus posturas; ni
de cómo me tienta y seduce con palabras o con gestos más tentadores que
ellas, a que fuerce y obligue al balandro a hacer lo que yo no quiero
que haga, ni debe de hacer cuando lleva una carga tan preciosa... ¡Y el
demonio del barquichuelo, como si lo conociera, hombre! Hasta al mismo
Cornias se le antoja que parece otro cuando va Nieves dentro de él.
¡Carape, cómo se gallardea entonces, y con qué gracia escora y hace
_hablar_ al aparejo, y se desliza y gatea! En fin, una pura monada.
Verdad que siempre fue una maravilla en estos particulares; pero así y
todo, cabe mejorarse, y bien sabe usted lo que influyen en el aspecto de
las cosas la distancia, la clase y el punto de la luz que las ilumina.
«Al fin», me digo yo en estos casos, «la largueza de mi incomparable
amigo halló su merecido premio; ya tiene la joya un empleo digno de su
gran valor.» Y entonces, amigo mío, no me remuerde la conciencia por ser
dueño de lo que no merezco, y hasta me felicito de no haber opuesto
mayores resistencias que las que opuse a la rumbosa dádiva de usted.
¡Bien empleada está ahora! Así me la conserve Dios muchos años.
»Pero a todo esto, ¿hago yo bien o mal en entretenerle a usted con estas
fantasías que me tienen como niño con zapatos nuevos? ¿Qué juicio
formará usted de ellas y de mí? Por el amor de Dios, no se ría, y
considere que estando obligado a referirle los sucesos, como se los he
referido al principio de la carta, no podía dejarlos sin la salsa de lo
que añado al relato, so pena de quedar usted sumido en más hondas
confusiones, o de tomarme por un solemnísimo embustero; porque,
verdaderamente, el caso de arriba resultaría increíble sin la
explicación de abajo, para todo el que me haya conocido como usted me
conoció. Lo que a mí me ha faltado, y de aquí nacen mis temores, son
uñas para arrancar de mis adentros la entraña del asunto, tan limpia de
adherencias y piltrafas, que llegara usted a verle con la misma claridad
que yo le veo. ¡Ay, carape! como yo tuviera esas uñas metafísicas, ¡qué
colores le hubieran resultado al cuadro ese y qué tranquila estaría
ahora mi conciencia de narrador! Pero es lo que sucede siempre: pasan
las cosas; va usted sintiéndolas y estimándolas una a una, y
confiándolas de igual modo al dictamen o al afecto del amigo, y todas
ellas van pareciendo naturales y corrientes, y ordenándose y
acomodándose sin reparos, ni asombros ni aspavientos de nadie; pero
devórelas usted solo; almacénelas adentro, y a la hora menos pensada,
suelte el acopio entero y verdadero para que se vea y se estime en su
legítimo valor: ya parecen cosas diferentes, y hasta resulta montaña lo
que quiso usted que resultara granito de salbadera, o al revés... Por
supuesto, voy hablando de lo que me pasa a mí de ordinario, para venir a
parar a que lo que ha de asombrarle a usted, sin llegar a entenderlo
claro, viéndolo derramado en esta carta, le hubiera asombrado menos y lo
habría apreciado mejor siendo testigo presencial de los sucesos.
»De todas maneras, ríase o no se ría de la confidencia, guárdela usted y
téngala siempre como prenda segura del entrañable afecto que le profesa
su mejor y más agradecido amigo