Después de haberla temido tanto Nieves, le resultó hasta entretenida la
tarea de pagar las visitas que debía entre las recibidas de los
villavejanos en Peleches; porque, bien mirado el asunto, tenía su lado
original y pintoresco; y ella, al fin y al cabo, era algo artista y muy
observadora.
Sorprendió a Rufita González en enaguas y en pernetas, huyendo por el
pasillo al conocer la voz de los que llamaban, después que su madre les
había abierto la puerta. Tuvieron que esperarla un buen rato en la sala,
que era pequeñita, como toda la casa desde el portal, y vieja, por
supuesto, con puertas acuarteronadas, cerraduras y pestillos enormes, y
vidrios muy chiquitines, donde los había. Se llenaba la salita, que no
estaba sucia propiamente, con cinco sillas y un sofá de paja; una
consola con su espejillo encima, dos floreros y el retrato de Nacho, de
la misma _edición_ que el que tenía Nieves; un veladorcito en el centro
con tapete de _crochet_; seis litografías con marco enchapado de caoba,
en las paredes, y tres felpudos de colores en el suelo. Nada de
cielorraso. En Villavieja apenas se conocía ese lujo ni aun en las casas
más pudientes: el maderaje descubierto, con un par de lechadas o dos
manos de una tierra amarilla que abundaba en un covachón de la sierra.
La vivienda de las Escribanas era mucho mayor y hasta mucho más vieja.
Se entraba por un portal obscuro, con gallinero y todos sus accesorios y
_consecuencias_. La escalera tenía dos tramos solos: el primero y más
corto, de asperón desgastado por el uso; el segundo, que descargaba en
el piso, de tablones de encina, negros y revirados ya de puro viejos. La
sala de recibir era ancha y larga, pero baja de techo, y éste
embadurnado de amarillo. Tenía dos alcobas y un gabinete; las puertas,
macizas también y de abultado herraje; y como allí «se daban» reuniones,
abundaban las sillas más que en casa de Rufita González, y aun había
algunas de tapicería de lana; las alfombras eran de fieltro; se contaban
hasta cuatro rinconeras con baratijas del bazar de Periquet, y sobre la
consola, amén de los clásicos floreros con fanal y un relojillo de
bronce que no andaba años hacía, más baratijas valencianas y muchos
caracoles y cascaritas de la playa. Debajo de la consola una guitarra, a
cuyos sones, arrancados por las uñas de la Escribana mayor o de dos
«chicos» que alternaban con ella en las noches de reunión, se bailaba;
mucho lazo de colores y sendas tiras moldeadas, de latón amarillo, en
los cortinajes de las alcobas; las historias, en litografías iluminadas,
de _Moisés_ y de _Ricardo en Palestina_, con marcos revestidos de papel
dorado; los indispensables tapetes de gancho en los veladores del
gabinete y de la sala, y hasta tres escupideras de caoba, con serrín
sobre papel blanco, distribuidas en ambas piezas. Bastante aseo en todo
lo que estaba a la vista, y mucho ruido _adentro_, como de metralla de
vasar y cánticos en falsete arriba, y abajo el incesante cacarear del
averío.
La morada de don Eusebio Codillo: en la Plaza Mayor, con el retrato del
monarca reinante (porque era él, Codillo, del ayuntamiento) en el
testero de la sala, grande, vieja y sin cielorraso también, con muchas
sillas, dos sofás, dos consolas, cuatro floreros, seis alfombritas,
casi, casi de verdad, y mucho monigote valenciano por todas partes; un
pianejo resobado, punto más que clavicordio, a juzgar por su vitola
humilde y anticuada; guirnaldas y ramilletes de flores contrahechas en
paredes, mesas y veladores... y mucho gato, vivo y efectivo, de todos
pelos y tamaños, entrando y saliendo paso a paso, con el rabo en alto y
muy derecho, enratonados unos, zalamerillos otros, y todos muy sobones y
entrometidos.
Y así por este orden, alojadas todas las familias de igual pelaje, gato,
perro, lorito, velador o colgajo más o menos.
En otra jerarquía más elevada, los Vélez en su caseretón de alta y
ennegrecida fachada, llena de escudos mohosos y de balconajes oxidados,
empotrada y reventándose entre otras dos que, por lo humildes y
despatarradas, parecían estar sosteniéndola por obra caritativa; el
portal, enorme, obscuro, lóbrego y con el suelo de adobes; la escalera,
ancha, de zancas trémulas y peldaños jibosos; luego el vestíbulo, tan
grande y tan sombrío como el portal, con gran banco de madera con escudo
de armas tallado en el espaldar, arrimado a la pared debajo de un tapiz
descolorido ya y hecho jirones; después el estrado, como cuatro
vestíbulos de grande, con su tillo de anchas, abarquilladas y viejísimas
tablas de castaño; su techo de viguetería descubierta, de la misma
madera y del propio color que el suelo; sus claros abiertos a la
fachada, como tragaluces de mazmorra, por lo bajos y lo espesos; sus
sillones de alto copete, penetrados de la polilla; sus cornucopias
desazogadas; sus alfombras raídas; sus retratos de familia pintados en
lienzo, y su Ecce-Homo en cobre, borrosos y mordidos por la sarna de los
tiempos; sus damascos lacios y descoloridos; sus dos consolas con
columnitas de basa y capitel de metal dorado, sosteniendo los
sempiternos candelabros de malaquita y bronce; y en fin, su péndulo
asmático, de _carillón_ que ya no funcionaba; y el estrado y el
vestíbulo y la escalera y cuanto podían distinguir los ojos del profano
visitante, todo a media luz, y limpio y reluciente y silencioso,
inmóvil, frío y con el vaho de las criptas, como si allí no hubiera
hogar ni se viviera.
Al revés de la otra casa, el alcázar de la otra dinastía de Villavieja:
la mansión de los Carreños, la menos vieja de todas las de la villa, con
su poco de color en la fachada, vidrieras de a cuatro cristales, un
jardinillo en la trasera, suelos firmes y a nivel y techos de
cielorraso; la chimenea ahumando casi siempre; mucho ruido de sartén y
mucho tufo de cocina; mucho barullo en todo, y para todo poco aseo; los
muebles casi amontonados en la sala; los colores crudos y chillones;
mucha jaula con pájaros de mucha voz y grande y sucio comedero, como el
mirlo y el malvís entre otros; palomar en la buhardilla y mastín suelto
en el portal; en fin, dinastía sin abolengo, plebeya, encumbrada por la
fuerza del dinero y de la intriga en tiempos no lejanos.
Algunas familias de las visitadas, las que habían subido a Peleches a
ofrecer de todo corazón sus respetos a los señores, los agasajaron en la
visita con vinos dulces, bizcochetas y rosquillas, como era costumbre
allí; y si no la siguieron las Escribanas y otras gentes tales en
idéntica ocasión, fue porque no se les había hecho a ellas el mismo
agasajo en Peleches. Puntillos de etiqueta entre _iguales_.
Por supuesto que las Escribanas la armaron también aquel día. A media
visita, la mayor de las tres, que, como se recordará, estaba algo picada
por haber visto a Leto, tan desabrido con ella, despepitarse con Nieves,
y además sabía lo del paseo marítimo y otra porción de cosas, ciertas o
soñadas, y era de suyo tan vehemente, cogiendo la ocasión por los
cabellos, ¡zas! allá va una catilinaria sobre la falta de educación de
«ciertos villavejanos que tenían en poco a las Santas del lugar, y luego
se desvivían por adorar al primer zancarrón que les traían de la Meca».
Las otras Escribanas, conociendo adonde iba el golpe, trataron de
desviar la puntería con unas chanzonetas a su modo; pero la Escribana
mayor no estaba jamás para bromas de sus hermanas, y en aquella ocasión
menos que nunca. Largó, pues, el saetazo de protesta; respondieron las
otras con las respectivas puñaladas; comenzó a reír la madre sin ton ni
son; entrole miedo a Nieves; miró a su padre que la comprendió
enseguida; despidiéronse con la mayor prudencia posible, y sin saber,
afortunadamente, de qué se trataba, salieron de la visita, oyendo desde
el portal--no obstante la batahola de aletazos y cacareos del averío al
dispersarse temeroso--, la que quedaba armada arriba entre las cuatro
mujeres.
También Rufita González echó sus garbancitos fuera de la olla,
disparándose sobre el tema de su «primo carnal» al enseñar a los de
Peleches el gabinete que se le había dispuesto «en aquella pobreza», por
si tenía a bien aceptarle cuando viniera, con el cariño con que había de
serle ofrecido. De aquí pasó de un salto a los rumores públicos, a las
bromas que a ella la daban amigos y conocidos, y a lo equivocados que
andaban unos y otros en el supuesto. Fue largo el disparo y terminó de
este modo:
--Lo que yo les digo: eso a los comparientes de Peleches, si acaso. Allí
hay hermosura y elegancia y trigo por largo, ¡ja, ja, ja!... para tentar
las codicias y los buenos gustos de un joven tan distinguido y tan
hermoso como mi querido primo carnal... ¡Ja, ja, ja, jaaá!...
La canción aquella, por repetida y chabacana, puso colorada a Nieves y
supo a rejalgar a su padre.
--¿Pero has notado qué tema el de esa chica?--díjole aquélla en cuanto
pisaron los dos el suelo de la calle--. ¿Por qué le tiene?
--Porque es una tarasca--respondió Bermúdez--, que se alampa por novio y
quiere que le cuelguen ése.
--Y lo que supone de él... y de mí, ¿de dónde sale y por qué lo dice
ella?
--Esas cosas se suponen siempre por el público entre primos como
vosotros, o las dan por supuestas y se las espetan a los interesados,
con distintos fines, marimachos imprudentes como Rufita González.
Durante estas tareas, los de Peleches, antes de subir a casa, tomaban un
respiro en la botica y echaban un párrafo con los boticarios sobre las
gentes y las cosas recién vistas y pasadas.
--Enséñeme usted más acuarelas--decía a lo mejor Nieves a Leto--, o más
dibujos.
Y Leto la complacía de muy buena gana; y con motivo de los dibujos o de
las pinturas, otro párrafo mano a mano entre la sevillanita y el mozo
farmacéutico, párrafo que a éste le sabía a gloria.
--Tiene usted que enseñarme--le dijo ella en una de estas ocasiones--, a
pintar estas manchas de árboles. A mí no me salen más que emplastos, que
lo mismo pueden ser peñascales que arboledas o que nubes de granizo...
Suba usted esta tarde, si no tiene mucho que hacer...
Y subió Leto por la tarde.
Otro día le dijo en la botica:
--He echado a perder aquello que dejó usted empezado para que yo lo
continuara. Suba usted esta tarde para enmendarlo, si es que tiene
enmienda.
Y subió Leto también.
En éstas y otras, se acabaron las visitas, y los señores de Peleches
proclamaron la independencia del solar, con todos sus habitantes, usos y
buenas costumbres.
Por remate del _acto_ dijo el padre a la hija:
--Hemos cumplido nuestro deber, no sólo como honrados, sino como héroes.
Ahora, hija mía, buen corazón para todos y buena cara donde quiera que
nos encontremos con ellos; pero nada más y como si no hubiera habitantes
en Villavieja. Si ladran, que ladren; si muerden, que muerdan. ¡Viva la
libertad con orden! como se gritaba en cierta ocasión, y a vivir a
nuestro regaladísimo gusto, ¡canástoles! que para eso hemos venido aquí.
Desde aquel acuerdo solemne entró la vida de los Bermúdez en los
ordenados términos de los planes traídos de Sevilla en embrión. Puestos
así en tela de juicio en Peleches, don Claudio Fuertes trazó las líneas
generales del extenso programa, y el hijo del boticario, que fue llamado
a aquel respetable consejo como elemento indispensable de acción y de
inteligencia, completó la obra acomodándola en todo, por todo y para
todo, a los deseos y a los gustos de Nieves.
Los días eran largos, el tiempo estaba a placer y Nieves en sus glorias
madrugando mucho y acostándose tarde. Había, pues, tela abundante en qué
cortar, y el buen humor, la salud y los recursos daban para todo: para
el campo y para la mar; para lo de puertas afuera y para lo de puertas
adentro; para la vida activa a la intemperie, y para la del arte y la de
familia a la sombra de los viejos paredones de Peleches...
Con su tartana y sus rocines de alquiler, hizo un gran agosto en aquel
mes de julio _Patafullera_, un mesonero cojo de la villa, que vivía de
esas y otras industrias más o menos honradas. A estas expediciones en
tartana, por el camino real unas veces, y las más de ellas a campo
travieso, vega arriba, con el pretexto de haber feria en Rudaces, o
mercado en Soletos, o romería en Campillos, concurría muy gustoso don
Adrián.
Pero las excursiones que prefería Nieves eran las que hacía a pie con su
padre, Leto y don Claudio, muy de mañana o a la caída de la tarde,
trepando de breña en breña, de altura en altura, para admirar nuevos
panoramas o descubrir más vastos horizontes; o descendiendo a las hondas
y sombrías cañadas para acopiar el musgo aterciopelado y el finísimo
helecho que andaban allí tirados por los suelos, y no había modo de que
los produjera el de su tierra natal, con ser la «de María Santísima».
Mucho le gustaban también estas expediciones a don Alejandro, pero no
podía siempre con ellas; y en tales casos iba sola Nieves con sus
amigos, que no se cansaban nunca y eran bien de fiar. A Bermúdez no le
importaba un rábano tragarse delante de don Claudio Fuertes cuantas
bravatas había echado por la boca en cierta ocasión, a trueque de ver a
su hija satisfecha.
Con estas recreaciones se entreveraban de vez en cuando las de paseo y
pesca en el _yacht_; en las cuales, excusado es decirlo, no tomaba
parte, ni de lejos, el de los llanos de Astorga; y aun el mismo Bermúdez
la tomaba de muy mala gana; tanto, que un día declaró a Nieves que no
podía más con aquello.
--No me mareo precisamente--la dijo--, y hasta _creo_ que pescar es cosa
divertida, y que dentro de la bahía no hay peligro ninguno en el
balandro; pero no me siento bien allí, ni... vamos, ni con toda la
tranquilidad que se necesita para que el placer resulte...
--¡Ay, papá!--exclamó Nieves con la más honda pena--. ¡Y a mí que me
gusta tanto!
--Pues, hija mía, buen provecho--repuso don Alejandro--: mi gusto no
perjudica al tuyo.
--¡Cómo que no?
--Como que no. Yo me quedo, y tú te vas...
--Pero ¿estará bien eso, papá?
--Y ¿por qué no ha de estarlo, canástoles? Leto y Cornias bien de fiar
son en todos sentidos. ¿No te parece?
--A mí, sí... Pero pudiera chocar...
--Pues, hombre, ¡estaría bien que hubiéramos venido a Peleches para eso!
¡Bah, bah, bah! Y, por último, ¿no vas por tierra, sin que choque, con
Leto y con don Claudio? Pues vas embarcada con Leto y Cornias; y pata.
La cuenta no fallaba así; y ateniéndose a ella, fue Nieves en el
balandro más de una vez sin que la acompañara su padre.
Este género de vida duró dos semanas bien cumplidas; y al fin de ese
tiempo cayeron la hija y el padre en que si ellos no habían venido de
Sevilla con otro fin que divertirse, don Claudio Fuertes y el hijo del
boticario estaban en muy distinto caso. Si no el primero, el segundo,
con toda seguridad, tendría obligaciones desatendidas; y no había que
ser egoísta en los placeres. Bien que se contara siempre con los amigos;
pero no para todo y a todas horas hasta mortificarlos.
En virtud de estas reflexiones, se suspendieron por unos días los paseos
campestres y los marítimos; cesaron también las sesiones de dibujo y de
pintura que solían tener los dos jóvenes para desarrollar apuntes del
natural, tomados por Nieves bajo la dirección de Leto en sus excursiones
por mar y por tierra, y únicamente quedó como estaba la tertulia del
anochecer, a la cual concurría también el viejo boticario.
A propósito de estas tertulias. En una de ellas, estando Leto de codos
al balcón del saloncillo, mientras Nieves tocaba adentro una melodía de
Schubert, se dejó llevar distraído de la impresión que le causaba
siempre la buena música, y particularmente la que le era conocida, y
acabó por seguir a media voz el canto de la melodía. Oyole Nieves,
empeñose en que la voz era excelente; y de tal manera se empeñó y con
tal arte se compuso y con tales esfuerzos la ayudaron en su deseo su
padre y don Claudio Fuertes, que Leto cantó la melodía en el saloncillo
acompañándole ella al piano.
Se apunta este dato como una de las más visibles pruebas de que no
andaban muy acertados los señores de Peleches en el supuesto de que a
Leto le mortificaba aquella vida en que le traían metido. Por el balcón
abajo se hubiera tirado él dos semanas antes, primero que cantar delante
de alma nacida lo que acababa de cantar en presencia de unas personas
tan respetables como aquéllas. ¡Si estaría domesticado y le parecería el
yugo blando y llevadero!
Hasta los mismos señores de Peleches, mal acostumbrados a la compañía
continua de los amigos, se hallaron desorientados sin ella. Sustituyeron
las largas excursiones con paseos _racionales_; y aun para éstos, por
quererlos dar su hija muy de mañana, se halló perezoso el padre. Endosó
a Catana el cargo de acompañar a «la niña» a aquellas horas; pero la
rondeña, tras de ser muy mala andadora, gruñía más que andaba al lado de
Nieves; y prefiriendo ésta ir sola a tan mal acompañada, redújose a dar
así, es decir, sola, unas vueltas alrededor de la casa y por la
Glorieta... hasta que poco a poco, hoy por este herbacho, mañana por
aquella flor, otro día por el detalle de más allá, fue alargando el
radio de sus paseos. Y como le dijo su padre entonces:
--O se está o no se está en el campo; o hay o no hay libertad omnímoda
en él; y por último, por aquí no andan perros ni ganados ni cosa alguna
que temer, porque no es camino para ninguna parte del mundo.
Y así aprendió Nieves a andar sola por aquellas alturas, y a alargar los
paseos, tan descuidada y contenta, hasta cerca del pinar, por una parte,
y hasta el Miradorio y aun hasta el muelle por otra, con la sombrilla al
hombro y el libro o los avíos de dibujar en la mano, durante las
primeras horas de la mañana.
No hay que decir lo que, por ley fisiológica, habían influido en el
carácter de Leto las nuevas costumbres. No pasaba todavía el hijo del
boticario de ser un tertuliano satisfecho y un amigo diligente y
afectuoso de los señores de Bermúdez, para andar con ellos por los
caminos trillados en que se le ponía _para que anduviera_; pero esto
solo, que en absoluto parece tan poca cosa, en un hombre como él acusaba
unas modificaciones internas de mucha hondura. Y no había más que verle
para convencerse de ello: ya era otro hombre; vestía con más esmero que
antes; miraba con más firmeza; andaba mejor; hablaba menos, pero más al
caso... en fin, no era ya el muchachón aturdido y abandonado a sus
rarezas, sino el mozo discreto y convencido de _algo_, con su poco de
carácter y su sello de legítima personalidad. Todo esto le mejoraba y
embellecía indudablemente, por lo que el viejo boticario no se cansaba
de mirarle ni cesaba de sorprenderse.
--Verdaderamente, Leto--le dijo en una ocasión--, que lo tenía yo
pronosticado... porque, aunque no he visto mucho, los años, ¡caray! son
grandes maestros y enseñan de todo... eso es. Yo bien sabía que quien lo
tiene es quien ha de darlo, ¡caray! y no otro alguno, sí, señor... Tú te
empeñabas en que no había nada dentro de ti; yo en que sí lo había...
como está la chispa en la piedra... justamente, eso es, como la chispa
en la piedra: lo que faltaba era el eslabón de acero, el eslabón,
¡caray! que diera el golpe... Pues ya pareció el eslabón... se dio el
golpe... sí, señor, sobre la piedra... eso es... y saltó la chispa...
Porque la había, ¡caray! porque la piedra era de darlas... y yo me salí
con mi empeño... La vida que aquí traías, no era mala verdaderamente,
porque tú eres bueno por naturaleza; pero tampoco era envidiable, eso
es, ni la más al caso para que un mozo de tus prendas las hiciera
fructificar en lo que valen... Vinieron esos señores... nos honraron con
su trato... eran, por suerte, el eslabón... la piedra chocó con él... y
saltó la chispa, Leto... la que tú tenías allá... eso es. Ya eres otro;
ya estás donde yo quería y esperaba verte... no tan pronto, es verdad, y
esto es lo que me sorprende y maravilla; pero, al fin, estás... estás,
eso es; y puesto que estás, procura no perder lo adquirido; guárdalo,
¡caray! como un tesoro que es tuyo legítimamente, descubierto en tu
propio terreno... Mañana o el otro, esos señores se irán por donde han
venido, y sería una triste gracia, Leto, que en cuanto se quitara el
puntal se nos viniera la casa abajo... No, señor, ¡caray! no, señor. Los
buenos hábitos que has adquirido y vas adquiriendo, debes conservarlos
siempre... eso es; porque esos hábitos, según vayas entrando en la vida,
te irán conquistando estimación y respeto. Por eso mismo representan un
capital grandísimo, ¡caray! ¡Quién sabe, hijo mío, quién sabe cómo
andarán las cosas del mundo en adelante, al paso que hoy vamos, y de
dónde soplarán los vientos? Y en estas dudas, bien fundadas, Leto, bien
fundadas... eso es... tener un rumbo bien marcado, una voluntad bien
firme y un juicio como Dios manda, es estar fondeado en el puerto en
medio de un temporal... Vive, vive agradecido a esos señores que tanto
nos favorecen; cultiva su trato y sírvelos sin llegar a cansarlos ni a
molestarlos en tanto así... ¡caray!... eso es; aprovecha sus lecciones,
y vete, vete preparando debidamente la casa para cuando se vea sin
puntal. Eso es...
No se sonrió Leto en aquella ocasión como en otras idénticas oyendo las
especiales homilías de su padre, acaso porque estaba distraído en otras
meditaciones, o quizá porque abundaba en las mismas ideas del
predicador... Lo mejor fue para todos que, rebosándole al hijo de don
Adrián los deseos de que estaba henchido, y siendo bien notorios también
los de don Claudio, depusieron sus escrúpulos los Bermúdez, y volvió a
restablecerse en Peleches la vida aventurera y divertida de las primeras
semanas.
--XIV--