Después del paseo

Como tenía un plan en la cabeza, en cuanto los señores de Peleches, que

habían elegido el camino de abajo para volver a su casa, mostraron

deseos de hacer un alto en la botica donde ya se hallaba el boticario

don Adrián, Leto se despidió de ellos pretextando ocupaciones urgentes

en su balandro.

El boticario se había puesto ya su gorro de terciopelo, y estaba sentado

entre puertas viendo pasar a la gente elegante en dirección a la

Costanilla para subir a la Glorieta. Sentáronse también los de Peleches;

y después de saber por don Adrián que don Claudio Fuertes se había

separado de él para ir un rato al Casino, comenzaron a contarle las

peripecias del paseo, con grandes elogios del barco y otros mayores de

la pericia náutica y extremada bondad de su hijo.

El cual, entre tanto, caminaba a todo andar hacia el muelle. Cuando

llegó a él, no pensó siquiera en meterse en el balandro que estaba a dos

brazas de la escalerilla: limitose a hacer a Cornias, ocupado en recoger

el aparejo a toda prisa, algunas advertencias sobre el particular, y

enseguida tomó el camino del Miradorio.

Le estaba preocupando a él la cosa aquella desde el momento mismo en que

había sucedido. No importaba dos ardites, bien examinada; pero debió

haber pasado de otro modo muy diferente... Anduvo, anduvo, pensando y

andando, sin mirar a un lado ni a otro, porque harto sabía que el mirar

era innecesario hasta llegar al punto preciso, que estaba bien marcado

en su memoria... cosa de media vara a la derecha del camino... subiendo;

porque ello había sido bajando, y entonces quedó a la izquierda... Por

allí, en tales días y a tales horas, no solía pasar gente; y aunque

pasara, sería lo mismo para el caso. ¿Quién había de fijarse?... Y

aunque se fijara, ¿valía ello para nadie, a la simple vista, el trabajo

de doblarse por la mitad?...

Anduvo otro buen pedazo del camino, y se detuvo de pronto.

--Aquí fue--se dijo--, y aquí debe de estar. Miró... y allí estaba:

sobre un tapiz de apretado césped, y entre dos helechos y un guijarro.

El mismo clavel, doble, _reventón_ y encarnado, con el rabillo tronchado

al rape: el que se le había caído a Nieves de la boca y había recogido

él... para volverle a tirar porque a Nieves ya no le servía... Este era

el caso.

Recogido el clavel, y después de contemplarle mucho, y hasta de examinar

la huella de los dientecitos de la sevillana, le olió con avidez. Por un

impulso maquinal... o no maquinal, se le llevó después a la boca; pero

por otro impulso de mejor casta, le apartó de ella.

--No se trata de eso--se dijo, conservando el clavel en la mano con gran

cuidado para que no se deshojara--, sino de cosa muy distinta... y más

decente. Por de pronto, vuelta hacia abajo, porque no hay necesidad de

que los badulaques de la Glorieta me atisben; y vamos poco a poco

poniendo el caso a su verdadera luz, como si le ventilara ante un

tribunal de maliciosos que dieran a este acto mío una significación a su

gusto.

Volvióse como lo pensó; y andando paso a paso, oliendo el clavel de

tiempo en tiempo y con la otra mano en la cadera, iba discurriendo al

siguiente tenor:

--El clavel se le cayó a ella de la boca; yo le recogí del suelo y quise

dársele; ella le miró, viole sin rabillo, y me dijo: «no sirve ya, puede

usted tirarle...» palabras textuales; y yo le tiré, bien sabe Dios que

contra mi gusto. Pero también me añadió: «si quiere». Es decir, que

dejaba a mi elección tirarle o no tirarle. Tampoco se me escapó este

particular. Pero supongamos que yo, en uso de mi derecho, me hubiera

quedado con el clavel: ya daba al acto una significación grave, de

cualquier modo que le ejecutara: callándome la boca, o explicándole. En

el primer caso, ¿cómo justificar mi silencio sin autorizar a Nieves para

que me creyera muy interesado en quedarme con el clavel?; y en el

segundo, tenía que meterme en una rociada de galanterías, que con toda

seguridad hubieran resultado cursis e impropias de un hombre serio que

mira a esos señores con la estimación respetuosa con que los miro yo. En

suma, que callando o hablando, al quedarme yo con el clavel, faltaba a

muchas consideraciones y declaraba una cosa que no es cierta. Pero pudo

muy bien Nieves, mirando el hecho desde su punto de vista de mujer, o de

niña mimada, decir para sus adentros: «¡qué grosero!...» o «¡qué pan

frío!» Y esto es lo que me duele, por si lo ha pensado ella y por no

merecerlo yo en buena justicia, y lo que me ha ido molestando toda la

tarde en la cabeza, con el propósito, además, de volver por el

clavelillo este en cuanto pudiera, y el temor de no hallarle cuando le

buscara. ¡Carape, si me ha preocupado todo ello junto! Ahora ya es

distinto: ya tengo en mi poder lo que buscaba... «Pues no comprendo»,

diría cualquiera, «ni los apuros de antes ni la tranquilidad de ahora;

porque lo hecho, hecho está, y el clavel, por sí solo, no vale el

trabajo que te has tomado viniendo a recogerle, según tú has declarado

ser verdad.» ¡Carape si lo es! «Corriente», volvería a decirme

cualquiera: «si lo hecho ya no tiene remedio, y el clavel, por sí solo,

no vale dos cuartos, ¿para qué te quedas con él?...» ¡Valiente reparo de

mala fe sería ese! Recojo el clavel y le guardo, por... por pura

rectitud de conciencia... vamos, para reparar yo, a mi modo, una falta

cometida con buen fin... Nieves seguirá pensando de mí por ese acto, si

por desgracia le notó, lo que mejor le parezca: santo y bueno; pues yo

estaré tan satisfecho con saber que son equivocados sus juicios, y que

tengo en mi poder la prueba de ello. ¡Qué carape! cada uno es como Dios

le hizo; y yo soy así. Y no hay más ni menos... y al sol.

Al llegar al muelle guardó el clavel, después de olerle, en su bolsillo

de pecho, con mucho tiento para que no se viera ni se deshojara. El

balandro estaba ya solo y en su fondeadero de costumbre. Siguió andando

Leto; llegó a la botica, de la cual se habían ido ya los de Peleches;

subió a la habitación sin detenerse, entró en su cuarto; y, como quien

lleva ya su resolución bien meditada, sacó de un cajón de su cómoda un

álbum-cartera lleno de apuntes hechos por él en el campo y en la costa,

y allí guardó el clavel, con mucho mimo, entre dos hojas en blanco,

después de haber pasado la vista por cada una de las que contenían

dibujos, con una fuerza de atención poco acostumbrada en el asombradizo

farmacéutico.

--Bien pudiera ser verdad--pensó mientras cerraba los broches de las

tapas, dejando el clavel adentro--, que no lo hago del todo mal.

Volvió el álbum al cajón, cerrole con llave, bajó a la botica, y

estúvose con su padre un buen rato hablando de los sucesos del día en

Peleches y en la mar. ¡Muy satisfecho estaba de ellos el boticario! Y

también de Leto. Se había portado como un hombre y dejado el pabellón

bien puesto en todos los terrenos... Con algo más de soltura hubiera

querido él verle en lo de pura cortesía; pero bastante había hecho, sí,

señor, bastante, para lo que era de temerse; ¡caray, si había hecho!

La escena acabó por irse Leto al Casino, donde le esperaba el Ayudante

de Marina para un partido de billar que dejaron los dos concertado la

víspera, dándole hasta quince tantos Leto, además de la salida, como

siempre.

En honor de la verdad, no estuvo el hijo del boticario aquella noche tan

chiripero ni tan acelerado como lo tenía por costumbre, ni de tanta

correa para las chanzas del fiscal; pero cierto es también que la brega

de la bahía, tras de las inusitadas emociones del convite, le tenía algo

desmadejado, y que el fiscal se permitió llevar las bromas a un terreno

de bastante mal gusto. El que al señor de Bermúdez le faltaba un ojo,

como podía faltarle a cualquiera, y que con su hija hubiera estado él,

Leto, más o menos atento, no autorizaba a nadie para preguntarle a cada

paso, y delante de ciertas gentes, por la salud y el valor, y el _saque_

y otras mil cosas del _Macedonio_; ni si tomaba o no tomaba varas, o si

era blanda o dura de cerviz «la hija de Darío». Era una gran

inconveniencia hablar así de personas tan respetables, en un sitio como

aquel... o en cualquier otro; y como así lo sentía, así se lo dijo al

fiscal, con mucha pena, pero resuelto a que cesaran las bromas. Y

cesaron; pero dejando en Leto ciertas heces que le amargaron mucho la

fiesta; y eso que el fiscal, lejos de ofenderse con la protesta, aunque

cambió de estilo y de asunto, se quedó tan fresco como una lechuga, y

tan amigo de Leto como siempre. Poco después de este incidente, llamó al

fiscal don Claudio desde una mesa de las más apartadas del billar, para

que fallara en la porfía en que estaba empeñado con sus compañeros de

tresillo, sobre una jugada que había hecho uno de los jugadores.

Con irse el fiscal y no volver; marcharse enseguida los abogados y el

médico que le acompañaban, y antojársele a Leto que se quedaba el

Ayudante algo mustio sin los mirones que le entretenían, y que apestaban

más que de ordinario los reverberos de petróleo, le fue entrando tal

flojedad y tal disgusto, que se dejó llevar de calle la mesa para acabar

cuanto antes el partido.

--¡Carape!--se decía mientras iba andando hacia la botica, con el

sombrero en la mano porque abrumaba el calor--, ¿no parece mentira que

un hombre en la flor de la vida haya podido gastar, como yo, lo mejor de

su tiempo libre en ese bochinche infame, dando trastazos a las bolas?...

Una mesa o dos, de vez en cuando, vaya; pero todos los días dos o tres

horas de faena en ese billar mugriento... ¡con ese olor!... ¡Carape, si

es tonta la diversión, bien mirada! Pues ¿y el fiscalillo ese, con su

lengua de puñal?... Yo le estimo, es la verdad... y suele tener los

grandes golpes... Vamos, que clava los apodos... Pero ¡carape! a lo

mejor tiene unas cosas... como las de esta noche, por ejemplo... Aquello

no venía al caso, ni siquiera era decente... Son personas respetables...

y amigas de uno... y acaba uno de comer a su mesa... Póngase cualquiera

en mi lugar; y si es persona decente, a ver si no haría lo que hice

yo... Sentiré que le haya dolido lo que le dije; pero él se tuvo la

culpa, y yo cumplí con mi deber... como hubiera cumplido si él continúa

con la broma y le rompo yo algo en la cabeza... ¡Carape si se lo rompo!

Y cuidado que le quiero bien, lo que se llama bien... Pero hay casos en

que se salta por encima de todo... como este caso... O es uno buen amigo

o no lo es; o es uno persona decente, o un granuja. ¡Carape, carape,

carape!... ¡Qué cosas, hombre!... ¡qué cosas más raras éstas!...

En la botica trabajó mucho sin gran necesidad, y canturreó bastante

aquella noche hasta la hora de cenar. Cenó regularmente y habló con su

padre, por largo, de lo que habían hablado ya antes de irse él al

Casino. ¡Estaban, los pobres, tan poco hechos a francachelas como las de

Peleches por la mañana, y a esparcimientos tan singulares como los de la

tarde!...

A la hora de costumbre se cerró la botica, y se recogieron los dos... El

padre, después de rezar sus oraciones, se durmió como un bendito. El

hijo no atrapó el sueño con tanta facilidad: le pesaba mucho la ropa,

aunque era la puramente indispensable para cubrirse, y no cabía en la

cama buscando posturas. Al fin, hecho un aspa, se quedó dormido.

Qué le pasó entonces por las regiones aletargadas del cerebro; qué

revoltijo de ideas incongruentes y de bizarras imágenes le poseyeron, no

se sabe a ciencia cierta; pero es cosa averiguada que a las altas horas

de la noche, saliendo de repente de su batalla y poniendo las manos

entrelazadas debajo del cogote, exclamó para sus adentros, en estado ya

de perfecta lucidez:

--¡Carape! ¿Será verdad que yo soy bastante buen pintor de acuarelas, y

que dibujo muy bien? Pues estoy a dos dedos de creerlo a puño cerrado.

¡Y mire usted que el mismo pintor que era mi maestro y me lo estaba

afirmando cada día, se fue de España sin convencerme!...

¿De dónde vino aquella idea al cerebro de Leto? ¿cuál fue la inmediata a

la parte de allá del límite puesto entre el estado lúcido y el de

sopor?... Leto, dispuesto a averiguarlo, tiró del hilo de la sarta de

todas ellas, y fue sacando del fondo tenebroso, una a una, imágenes

borrosas que, al entrar en la zona de luz de su discurso, iban tomando

formas y colores de realidad. Así aparecieron, en extraña procesión,

Nieves, con su túnica pajiza en la penumbra del Casino, pidiéndole las

acuarelas; su padre convidándose a ver el _yacht_ y convidándole a él a

comer en Peleches; Nieves, con mantilla, a la puerta de la Colegiata;

Nieves otra vez, vestida de blanco en su casa; las acuarelas, el

saloncito de trabajo, el comedor, el balandro y el inglés en apoteosis;

Cornias, un clavel rojo, unos dientes blanquísimos, el _Flash_ virando

por avante y escorando mucho; Nieves afrontando risueña lo que su padre

tenía por peligro, con la boquita entreabierta, la mirada valiente, el

entrecejo... (¡qué entrecejo aquél! un poco fruncido) y aspirando con

avidez la brisa de la mar y el deleite del paseo...

--¡Cuidado si es templada la chica esa!--pensó Leto, empezando a

discurrir en cuanto hubo pasado la última figura de la procesión--. ¡Y

guapa!... ¡Carape si es guapa!... y modesta, y sencilla para lo guapa y

principal que es... Otra en su pellejo ¡se daría un lustre!... Resulta

que le gustan mucho los paseos marítimos, y que quiere darlos en mi

balandro... ¡Buena ocasión para lucirle en lo que vale!... la única, si

bien se mira. Por este lado, me alegro del antojo. Pero adquiero un

compromiso que me ata; y no siempre está uno de igual humor... y luego,

con este condenado genio mío que no se puede amoldar a ciertos

perfiles... Y no es porque no se me ocurran las cosas, ¡quiá!... a mí se

me ocurre todo, y hoy se ha visto: yo la he dado el brazo, y la mano;

pero no está en eso la gracia, ¡qué carape! sino en hacerlo como es

debido, y no como yo lo hago... con esta maldita desconfianza... Lo

mismo que lo del clavel, que fue una burrada por más que se diga: pues

si yo tengo un poco de serenidad y el desparpajo que otros tienen, no le

tiro, ¡qué había de tirar?... En el balandro, menos mal, porque en

cuanto cojo la caña, ya estoy borracho y no conozco a nadie; pero para

llegar a ese punto hay que pasar por otros... Vamos, que, por este lado,

no me hace maldita la gracia el antojo ese: palabra de honor... Y no

pinta mal, ¡vaya!... bastante mejor de lo que ella cree... Digo, se me

figura a mí... Porque tiene un aplomo para afirmar y una fuerza de

convicción, que se imponen... Luego, no habla al aire y por hablar; y en

pintura entiende. ¡Carape si entiende! Hay en ella sentimiento del arte,

y gusto... ¡mucho gusto!... Cierto que aquí, en Villavieja, ¡está uno

hecho a tan poco, a tan poco y de tan mediana calidad, y tan visto!...

Pero no, señor, no: esa sevillanita, donde quiera que se la ponga, aquí

o en Valladolid... ¡Carape!... No, no, lo que es el primito de allá, el

original de la fotografía que estaba sobre el piano... porque según me

dijo ella misma, aquel retrato es el de su primo, el hijo de doña

Lucrecia, vestido de toga y con birrete... ya puede estar satisfecho si

es verdad lo que se cuenta... Y lo será por las trazas. Es demasiado el

mimo con que trata ella a la fotografía, para ser retrato de un primo

cualquiera... Y la pinta del mejicanito es buena: harán una parejita...

¡vaya!... A mí lo que más me llama la atención en Nieves, es aquella

serenidad tan firme con que mira y anda y se expresa... vamos, que todo

es natural y sincero en ese diablo de chica; y luego aquel acento

andaluz, aquel modo de llamar las cosas, con aquella voz tan bien

timbrada... En fin, que el mejicanito... nació de pie... de pie...

¡Carape, carape... carape!... ¡Qué... cosas... éstas... hombre!...

Y volvió a quedarse dormido como un tronco.

No por obra de ningún diablejo de aquellos que, en opinión de don

Alejandro Bermúdez, se entretienen en llevar por los aires chismes y

cuentos de oído en oído, levantando los tejados o colándose por los

resquicios de las puertas, sino por una prosaica y vulgar coincidencia,

se despertaba Nieves en su lecho en el mismo instante en que volvía a

dormirse en el suyo el hijo del boticario de Villavieja. A Nieves la

despertó una pesadilla. Soñaba que al fin su padre había consentido en

que Leto metiera en el agua dos tablas de la cubierta del balandro. Para

conseguirlo más fácilmente, Cornias había llenado de velas todo el palo,

hasta el mismo grimpolón azul con la F blanca. No cabía más lienzo allí.

De este modo, el _yacht_, henchido de viento hasta el tope, iba sobre

las aguas verdosas como una flecha, pero escorando, escorando,

escorando, hasta tener que agarrarse ella también a unas cuerdas. Ya se

había sumergido el carel y estaba sumergiéndose la primera tabla, cuando

una recalcada imprevista revolvió las aguas e hizo saltar un chorro de

ellas hasta el fondo del pozo, mojándola los pies. Esta impresión

ilusoria fue lo que la despertó sobresaltada.

--Pero está visto--se dijo al darse cuenta clara de que lo sucedido era

un sueño--, que se puede hacer eso... se entiende, con un piloto como

él... ¡Qué paseo tan delicioso el de esta tarde!

Y colocada ya a la claridad de este pensamiento, también tuvo antojo de

sacar a plena luz toda la sarta de sus recuerdos adormecidos en la

memoria; y tiró del hilo, y fue saliendo la correspondiente procesión.

Por cierto que no parecía sino que estaba tirando del mismo hilo de que

había tirado Leto poco antes, al ver cómo iban apareciendo en el desfile

la mayor parte de las cosas y de los sucesos que acababan de desfilar

por la cabeza del hijo del boticario.

Éste (don Adrián Pérez) rompía la marcha en la procesión de

Nieves, describiendo en su estilo singular el carácter y las aficiones

del hijo; después el hijo, en cuerpo y alma, vistiéndose acelerado la

americana junto al billar del Casino, con su pelo alborotado, su cara

ardorosa y sus inexplicables encogimientos; luego Leto, el mismo Leto,

pintor de acuarelas; enseguida el propio hijo de don Adrián haciendo la

apología de su barco; y Leto arrojando el clavel que ya no le servía a

ella; y Leto describiéndola el barco sobre el terreno; y Leto

gobernándole por la bahía... en fin, la misma procesión de Leto, vista

desde opuesto lado y ocupando el hijo del boticario el lugar que en ella

ocupaba la hija de don Alejandro Bermúdez, cuando la procesión desfilaba

por la cabeza de Leto; sólo que en el mirar de Nieves había de ordinario

menos curiosidad que en el de Leto. Cuestión de temperamento, sin duda.

Como persona, simplemente, a Nieves le había parecido Leto «un excelente

muchacho»: bondadosote, placentero y sencillo hasta dejarlo de sobra;

como pintor de acuarelas, notabilísimo; dándole el brazo a ella para ir

al comedor, un señorito de aldea; hablando de su barco, «otro hombre», y

gobernándole... ¡allí era donde había que verle! Era raro, rarísimo, que

un mozo que pintaba con la maestría que él, no lo diera la menor

importancia, y hasta lo desconociera... Buena era la modestia, pero

llevada a tal extremo, parecía sandez; y la sandez se compaginaba mal

con el talento que era indispensable para pintar lo que él pintaba y

decir lo que decía, por ejemplo, cuando hablaba de su amigo y de las

valentías de su barco. Entonces, como pintando, era un artista completo,

por su modo de ver, de sentir y de expresarlo. Hasta su aspecto era otro

más gallardo y lucido que el del Leto que se vestía la americana en el

Casino atropelladamente, o arrojaba al suelo el clavel que ella había

tenido en la boca, por no atreverse a guardarle, no por menosprecio

seguramente (¡qué inocente!... sería hasta capaz de creer que ella no lo

había notado), o la daba el brazo, deslavazado y torpote, en la salita

de su casa y en la escalera del muelle. Guapo era entonces también, eso

sí, porque como guapo y buen mozo, lo era siempre; pero sin el

desembarazo y la esbeltez varonil que le daban el olvido de sí propio y

el calor y fortaleza de sus convicciones y entusiasmos. Por eso, donde

más lucía era gobernando su _yacht_: le había llamado a ella varias

veces la atención aquella tarde. ¡Qué actitudes tan hermosas tomaba en

los momentos de mayor cuidado! Bien decía don Adrián que el balandro era

la borrachera de su hijo... Como Nieves había tratado a muy pocos

hombres y a esos pocos muy superficialmente, no se atrevía a asegurar si

abundaban los que se componían de elementos tan incongruentes como los

de Leto; pero abundaran o no, no podía dudar ella que Leto era un mozo

muy raro... Por supuesto, que hablando de él con su padre, con el de

Nieves, no le había comunicado todas estas observaciones, porque no le

parecieran demasiado y la llamara reparona... De todas maneras, raro o

no raro, guapo o feo, que esto la tenía a ella sin cuidado, Leto había

sido una gran adquisición, porque era un estuche de cosas, cabalmente de

las que más le gustaban a ella; y era preciso conservarle y sacar de él

todo el partido posible... Era de creer que con la frecuencia del trato

fuera él adquiriendo mayor confianza en sí mismo; y de este modo, lo que

en aquellos momentos le parecería al pobre chico carga pesada tal vez,

por razón de su cortedad, llegaría a resultarle lo contrario...

Entonces, satisfecho él... gozosa ella... todos contentos y

entretenidos... Rufita González... escribir a Méjico... Leto mar

afuera... Nachito con enaguas... ella _huerita_ y pintando... ¿qué

cosa?... ¿con quién?...

Se le enredaban y confundían las especies; y la procesión de antes, con

nuevas visiones ensartadas en el hilo entre las otras, volvía a

desfilar, pero a la inversa: de la zona de la luz, medio a obscuras ya,

a las profundidades más sombrías del cerebro. Pasó el último fantasma al

extinguirse el último destello de la luz; acabaron de cerrarse los

párpados entreabiertos; cayó sobre la almohada el perfil de la linda

cabeza, y se quedó Nieves dulce y profundamente dormida.

--XIII--

Al primer vuelo · 第 15 / 29 题