El «flash»

Durante la comida, que fue tan «opípara» como se la había anunciado en

hipótesis don Adrián Pérez a su hijo andando hacia Peleches los dos,

tuvo Leto varias pruebas más de que el león no era tan fiero como le

pintaban: hasta llegó a encontrarse muy a gusto encerrado en la jaula

con él.

Porque ocurrió también la feliz coincidencia de que apurado el punto de

las opiniones pictóricas de Nieves, salió de golpe y porrazo don Claudio

Fuertes diciéndola:

--En este mismo sitio y al oír a usted que le gustaban mucho los paseos

marítimos, la prometí anteayer que no le faltarían medios de satisfacer

ese gusto, si se empeñaba usted en ello.

--Y no he olvidado el compromiso--respondió Nieves--, ni estoy dispuesta

a perdonársele a usted.

--En hora buena--dijo don Claudio Fuertes; y luego añadió volviéndose al

hijo del boticario--: ¿lo ha oído usted, Leto?

--Sí que lo he oído--respondió Leto--. Pero ¿por qué es la pregunta?

--Porque con usted va el cuento.

--¡Conmigo?...

--Sí, señor, con usted; porque cuando yo hice esa promesa a Nieves,

contaba con el balandro de usted, con la competencia náutica de usted y

con la galantería de usted. Conque a ver si se atreve a dejarnos mal

ahora con esta señorita y con su señor padre, que no tiene otro afán que

el de complacerla.

Bien poco trabajo le costó a Leto mostrarse cortés y hasta rumboso en

aquel particular; porque precisamente el balandro, sus condiciones

marineras, sus hechos y valentías, y las altas prendas del generoso

amigo que se le había regalado, eran los temas de conversación que más

le agradaban; los únicos acaso con que se dejaba ir, hablando, hablando,

al sosegado curso de sus ideas, sin la menor protesta de aquel diablillo

psicológico que se lo echaba todo a perder cuando sus elogios o sus

juicios recaían en cosa nacida de su cacumen, o, aunque propia, no

tuviera consagrados los méritos por otro juicio de indiscutible

autoridad. ¡La maldita desconfianza! Habló, pues, del balandro durante

una buena parte de la comida, después de ponerle, y de ponerse él mismo,

a las órdenes de Nieves para dirigirle; de la hermosura y comodidad de

la bahía para voltejear en ella, con una brisa bien _entablada_, las

personas que se contentaran con poco; de la intensidad de este mismo

placer recibido en alta mar; del inglés, su amigo, con quien tantas

veces le había gustado; de su destreza, de su valor, de su carácter...

hasta habló algo de Cornias, porque fue de necesidad que hablara de él.

Cornias era un mozo pequeñito de cuerpo y bizco de ambos ojos, nacido y

criado en Villavieja. Desde muchachuelo anduvo en la botica para ciertos

menesteres mecánicos. Entendía algo de cosas de la mar, porque era hijo

de un pescador y de una sardinera. Cuando Leto tuvo un bote, Cornias se

le cuidaba y le servía de marinero. Era listillo y valiente; y en cuanto

llegó el balandro de Inglaterra, por recomendación de Leto se encargó de

hacer en él los mismos servicios que en el bote. Si Cornias estaba

entusiasmado con aquel barco tan hermoso, el inglés estaba chocho con

Cornias, por su tipo, por su afabilidad y por su inteligencia para

aprender las maniobras. En poco tiempo se puso al corriente de todo y en

aptitud de manejar el balandro tan guapamente: le quería como a las

niñas de sus ojos. A la fecha del relato, Cornias, sin dejar de ser

_plaza de a bordo_, continuaba siendo obrero de la botica y sus

accesorias; y lo mismo empuñaba la maza del mortero para moler

cantárida, con la boca y las narices tapadas con un pañuelo, o a cara

descubierta crémor o mostaza, y el mango de la azadilla para _arropar_

la belladona, el estramonio y la cicuta que cultivaba el boticario en su

huerto, que envergaba la mayor o encapillaba un obenque. No bebía ni

fumaba, ni podía resistir calzado, ni gorra, ni chaqueta. Ordinariamente

no llevaba más prendas sobre su cuerpo que la camisa y los pantalones,

con las perneras remangadas hasta la pantorrilla y las mangas hasta el

codo; y, así y todo, Cornias resultaba limpio y simpático. De honradez y

lealtad no se hablara, porque se le podía entregar a ciegas oro molido.

Se le llamaba y conocía por aquel mote, porque era bizco. _Cornias_ era

una corruptela o degeneración, forzada por los muchachos de la playa, de

la palabra _bizcornio_; y por Cornias respondía, olvidado ya de su

nombre de bautismo.

Después de hacer Leto, y no sin gracia, este esbozo de su marinero,

ratificado por don Adrián que le quería mucho como sirviente de su

botica, volvió sobre lo ya tratado. Se podía navegar en su balandro con

la misma confianza que en un navío de tres puentes. Se convencerían de

ello en cuanto le vieran, como habían de verle muy pronto. Nieves no lo

ponía en duda; su padre, así, así; don Claudio negaba esa seguridad

hasta en el navío de tres puentes; y en cuanto al boticario, tenía las

pruebas de lo afirmado por su hijo en que había hecho éste con su

balandro, doscientas veces, mucho más de lo sobrado para que a la

primera se quedara en la mar, por los siglos de los siglos, cualquier

otra embarcación de igual calibre.

Como la comida fue abundante y se habló mucho y sobre muchas cosas, la

sesión fue larga y muy entretenida; de modo que cuando don Claudio

Fuertes y don Adrián Pérez dieron los últimos _latigazos_ a la última de

las respectivas copas que don Alejandro había ido sirviéndoles con el

café, era ya muy bien entrada la tarde; a Nieves, ausente del comedor

rato hacía, la calzaba su doncella sus _brodequines_ de campo, de fino

becerrillo sin teñir, y la brisa seguía fresca y bien entablada, por lo

cual no molestaba fuera el calor, aunque el sol lucía sin el estorbo de

una sola nube. Teniendo esto en cuenta, sólo aguardaban los del comedor

la vuelta de Nieves para salir con ella a hacer la proyectada visita al

balandro de Leto, número primero de los del programa dispuesto para

aquella tarde.

Nieves no se hizo esperar mucho; y cuando apareció a la puerta del

comedor poniéndose los guantes y con el sombrerillo algo caído sobre los

ojos, muy ajustadito el talle y con un clavel en la boca, su padre la

vio un instante con el mismo ojo suspicaz y alarmista que en la

memorable ocasión de presentársele en Sevilla, recién vestida para ir a

retratarse. Pero ¡qué diferencia de escenario, por más que las dos

escenas fueran semejantes, casi idénticas! Allá, la atmósfera viciada y

corruptora de una gran capital; en Peleches, los horizontes sin límites;

el aire puro y saludable del campo y de la mar; las tentaciones de

claudicar, en la ciudad a cada vuelta de esquina; en aquellas soledades

grandiosas, ni aunque se buscaran con un candil... Y no lo pudo remediar

el buen Bermúdez: poseído de su tema y encantado de verse donde se veía,

el mejor punto de la tierra para ponerle en ejecución y dormir tranquilo

al amparo de su milagrosa virtud, tomando pretexto del rumor y el aroma

de la brisa que circulaba por todos los ámbitos y rincones de la casa,

cantó un himno de admiración a la augusta Naturaleza, y largó por final

de él el _sorites_ de costumbre al comandante y al boticario, mientras

Leto daba el brazo a Nieves para bajar la escalera.

El camino elegido para ir al muelle fue el del Miradorio; y por él

tomaron los cinco en el mismo orden en que habían salido de casa: Nieves

y Leto delante, e inmediatamente después los tres señores graves: el de

Peleches en medio. Desde lo más alto del sendero, contempló Nieves la

mar y cuanto se abarcaba con la vista hacia la izquierda; y se le

ocurrieron algunas cosas buenas, particularmente sobre la mar. A Leto no

dejaba de ocurrírsele algo también; pero temiendo que fueran majaderías,

se limitó a glosar un poco las ocurrencias de Nieves; la cual, en una de

éstas y por apretarle demasiado con los dientes mientras hablaba, cortó

el rabillo del clavel. Leto le recogió del suelo tan pronto como cayó, y

se lo quiso devolver a Nieves...

--No sirve ya--díjole ésta después de mirarle un momento--; puede usted

tirarle, si quiere.

Y Leto, sin más ni más, le tiró, por pura obediencia.

--Ya se ve el balandro--dijo al mismo tiempo.

--¿Cuál es?--preguntó Nieves.

--La única embarcación de aquellas cuatro, que está aparejada.

--¡Cuánta vela tiene!

--Cuantas hay en casa. Cornias no se ha andado en chiquitas: todos los

trapitos ha echado al sol... ¡Qué hermoso día de mar!

--Oiga usted, Leto--le dijo Nieves muy en reserva y después de notar con

el rabillo del ojo que no la oían los que venían detrás--: cuando

estemos en el balandro y le hayamos visto, proponga usted a mi padre que

demos un paseo por la bahía.

--Ya estaba yo en eso--respondió Leto muy ufano.

--Y si papá consiente en ello, que sí consentirá--continuó Nieves más

por lo bajo todavía--, así, como a la descuidada, se va usted echando

hacia la mar... ¿eh?

--Perfectamente--respondió Leto--, y de ese modo iremos poniendo a

prueba, poco a poco, la resistencia de usted para el mareo...

--¡Oh! por ese lado, yo respondo desde luego--dijo Nieves con gran

confianza--. Tengo hechas buenas pruebas en Bonanza y en Cádiz, y no hay

forma de que yo me maree.

--Pues tanto mejor entonces.

El muelle de aquel ignorado puerto se componía de un gran tablero

rectangular, sobre una docena de pilotes achacosos que ya no podían con

la carga cuando los ingleses de la mina los repararon convenientemente.

Todo este artificio grosero estaba arrimado a un andén muy espacioso y

firme, construido por la naturaleza, al cual venían a parar en uno solo,

desde la anteúltima revuelta de la bajada, el camino de la mina, casi

paralelo a la costa, y el sendero del Miradorio que desde el punto de

empalme se dirigía hacia el sur.

Al llegar al muelle los cinco comensales de Peleches, Cornias quiso

atracar el balandro, que estaba separado cosa de dos o tres brazas, a la

escalera de embarque, bien corta entonces porque la marea estaba muy

alta; pero Leto le hizo señas para que no le moviera de allí. Tenía el

balandro la bandera con corona real, en el pico, y un grimpolón azul con

una _F_ blanca en el tope. Con todo el trapo desplegado y las escotas en

banda, flameaban las velas al recibir el viento, y se oían desde el

muelle sus restallidos o _gualdrapazos_. Cornias se había excedido algo

de las órdenes recibidas: bien que el balandro tuviera en aquella

ocasión cada cosa en su sitio, pero no tan a la vista; entre otras

razones, porque el gualdrapeo de las velas desplegadas, tras de producir

balances al barco, hacía trabajar al palo inútilmente. Pero Cornias, que

tenía el entusiasmo de todo ello en conjunto, pensó acertar mejor

ostentándolo de una vez en hora tan señalada. Error del pobre muchacho.

El corcel de buena sangre, para lucir su gallardía, o en pelo y en

libertad, o bien arrendado por su jinete. Entendiéndolo así Leto, a una

señal muy expresiva y cuatro palabras enérgicas enderezadas a Cornias,

fue el balandro recogiendo todas sus lonas, como la gaviota sus alas al

posarse blandamente sobre la onda marina.

--Ahora se ve mejor el casco en toda la pureza de sus líneas--dijo Leto

a los que le rodeaban, pero particularmente a Nieves que parecía la más

atenta a la explicación que había comenzado a hacer.

Según aquella explicación, de cuanto se veía desde el muelle e iba él

señalando en el barquito, por iniciativa propia o respondiendo a

preguntas que se le hacían, el casco de su _Flash_ (Centella) tenía la

proa y la popa muy _lanzadas_, o salientes, y era chupado de amuras (la

cara de proa) y robado de codaste (pieza en que se articula el timón),

es decir, en viaje hacia proa; casco, en fin, de los llamados _de cuña_,

a la moda inglesa, de mucho calado. La ventaja de tener muy lanzadas la

popa y la proa, consistía en que cuando la embarcación _escoraba_, es

decir, se inclinaba a una banda, los lanzamientos tocaban en el agua y

aumentaban la longitud del casco, dándole mayor estabilidad, razón por

la que los de esta clase ceñían mucho y viraban facilísimamente. Para la

debida compensación de la finura y estrechez del vaso con la altura

excesiva de su aparejo, el _Flash_ tenía una zapata o quilla postiza de

plomo, sujeta a la verdadera con unas cabillas pasantes. Seguridad

completa, absoluta, de no dar, escorando, quilla al sol.

Aquel espacio hueco, a modo de escotilla, que se veía en el último

tercio de la cubierta, hacia popa, con bancos alrededor y reborde algo

saliente que formaba el respaldo, técnicamente _brazola_, era el sitio

para el que gobernara y personas que fueran con él. El agujero se

llamaba el _pozo_; y el templete que se alzaba entre el emplazamiento

del palo y el lado del pozo de hacia proa, con lumbreras a los costados

y barritas de metal para protegerlas, era el _tambucho_, o cúpula de la

cámara que estaba debajo, bastante cómoda según iba a verse enseguida,

porque ya no había en el balandro cosa que mereciera ser explicada ni

vista desde el muelle.

Atracole a la escalerilla el diligente Cornias a una señal de Leto, y

bajaron todos: Nieves de la mano del desconocido Leto; Bermúdez y el

boticario muy a pulso, y don Claudio Fuertes protestando de que hasta

allí y nada más. Cornias, según Leto le había pintado en la mesa, pero

con pantalón blanco y camisa con lunares, si no nueva, recién estirada,

aguantaba el balandro atracado a la zanca de la escalera, con las uñas

hincadas en los tablones.

Saltaron a bordo de él los visitantes por la cabeza del último escalón

descubierto; y al ver lo _descarado_ que estaba el suelo aquel, que

oscilaba además, todos, menos Nieves y Leto, se colaron en el pozo.

--Desengáñense ustedes--decía Fuertes sentándose--, que esto no tiene

señal de juicio... ni los que andan en ello tampoco... ¡Ah! pues dejen

ustedes que se inflen todos esos trapos y empiece el viento a enredarse

entre ellos... ¡Ni san Pablo para aquí entonces sin romperse la crisma

con algo, o echar los hígados por la boca!...

--Verdaderamente--replicaba don Adrián guardando el equilibrio con los

hombros, aunque era bien insignificante el balanceo--, que no se explica

uno fácilmente, ¡caray! tanto entusiasmo y tanta... eso es... como tiene

ese muchacho... y como tenía su amigo por estas diversiones... Por de

contado, señores míos, que esta es la primera vez en mi vida que me veo

aquí... y tan a nuevo me sabe, eso es, lo que voy viendo, como a

ustedes. Desde tierra he visto el barquichuelo este varias veces, unas

quieto y otras andando... ¡y qué andar, caray! Vamos, ocasión hubo de

volver la cabeza... por no verlo... Es la verdad, sí, señor, ¡caray!

--¡Digo, y eso usted, que es pez de la mar!... Pues ¡qué me pasará a mí

que soy de los secanos de Astorga?

--¡Canástoles--saltó aquí don Alejandro--, con los valentones estos!...

Yo no me trago a los hombres crudos, ni mucho menos; pero tampoco se me

arrugan las narices por echar una cataplera por esas aguas allá.

--Por de pronto, mi señor don Alejandro--contestole Fuertes con cierta

socarronería--, ha sido usted uno de los tres valientes que nos hemos

colado en el pozo por entrar en el balandro; y después, mire usted, yo

me he visto cara a cara con los moritos en Monte Negrón y en los

Castillejos, y hasta en lo de Wad--Ras, que fue más agrio que lo que a

ustedes se les figuró; y sin echármelas de valiente al decirlo, ni perdí

la serenidad, ni el coraje... ni las ganas de pegar; porque aquello era

otra cosa: había siquiera suelo firme en que pisar... y en que morir, si

era preciso, defendiendo la vida honradamente; pero esto es entregarse a

la muerte atado de pies y manos y metido ya en el ataúd...

Leto, mientras los del pozo hablaban de esta suerte, explicaba a Nieves

las ventajas de un palo, como el del _Flash_, compuesto de dos piezas

(la mayor, o _palo macho_, y la menor, o _mastelero_, con su tamborete y

cruceta entre ambas), sobre el palo _enterizo_, o de una sola pieza;

cómo se fijaba el palo en el fondo del casco, encajando su espiga

inferior en una mortaja llamada _carlinga_, y se afirmaba después por

medio de las cuerdas que iba señalando y se llamaban _obenques_ y

_estays_: los obenques bajaban desde la _encapilladura_, junto a la

cruceta, y los estays desde la suya en el arranque del _galopillo_, o

remate superior del palo; cuál era la _botavara_, cuál el _pico de

cangreja_, y cómo se manejaba y con qué cuerdas o drizas, cada vela de

las cuatro que tenia el _yacht_ (_mayor, trinquetilla, escandalosa_ para

los buenos tiempos, y _foque volante_ para las _empopadas_). El agujero

que había a media cubierta, entre el pozo y el costado de estribor, era

el de la bomba de achique, muy usada, porque en las _arfadas_, ciñendo

el balandro, embarcaba en el pozo bastante agua: _rociones_ y

_garranchos_, según el estado de la mar; tal pieza era el _cabillero_

para las drizas de maniobra; cuáles otras, las _cornamusas_ para afirmar

las escotas del foque y las de la trinquetilla; otra en el suelo mismo

junto al agujero del _pañol_ de cadenas, el _guindaste_, en el cual se

hacía firme la coz de botalón, etc., etc. Muchos, muchísimos detalles

dio Leto a Nieves, llamando a cada cosa con su nombre técnico, porque

así lo quería la animosa sevillana.

Cuando ya no tuvo nada que explicarla sobre cubierta, la dijo:

--Vamos ahora, si usted quiere, a ver la cámara.

A la cámara se entraba por el pozo, en cuyo lado de hacia proa estaba la

puerta, de dos hojas, con un cuartel de corredera. Abrió Leto y entraron

las cinco personas, teniendo que descubrirse don Adrián, porque para un

sombrero como el suyo, puesto sobre la cabeza, no había allí bastante

altura de techo. Por lo demás, sobraba sitio en que revolverse los

visitantes con desahogo. Nieves se admiró de ello y del primor con que

estaba dispuesto y hecho todo en aquel microscópico salón, que resultaba

hasta lujoso. A cada lado de la puerta había un armarito, y otro más

ancho enfrente de ella; a cada lado de los otros dos de la cámara, un

cómodo diván, y en el centro una mesita atornillada en el suelo, con las

alas dispuestas de modo que podía servir para una docena de comensales.

Retirando Leto uno de los almohadones, levantó la tabla sobre la cual

estaba tendido; y la tabla resultó ser tapadera de un largo cajón bien

provisto ciertamente, pues fue sacando de él el hijo del boticario dos

amplios y superiores impermeables; un vestido completo de mar; media

docena de hermosas toallas y dos sábanas de baño, y algunos objetos más

por el estilo; todo ello puesto allí por el precavido y rumboso inglés,

lo mismo que los objetos de aseo y los útiles de pesca, licores

exquisitos y confortantes, y libros (en inglés desgraciadamente para

Leto) que trataban, con excelentes dibujos, de materias pertinentes a

todos los destinos imaginables del barco, que se guardaban en los

armarios. Todo lo conservaba Leto donde y como el inglés lo había

dejado, por respeto cariñoso a la memoria de su amigo. En el centro del

copete del más grande de los armarios, había una chapa de metal bruñido,

con dos nombres grabados sobre una fecha. Señalando a los nombres, dijo

Leto:

--Este es el blasón de nobleza del balandro: _Mr. Watson_ y _Mr. Fife_:

el ingeniero y el constructor de yachts más afamados de Inglaterra.

¡Deberé yo estar agradecido a un hombre que me dejó tan rica prenda de

su amistad? ¡Y se extraña mi padre algunas veces del mimo con que la

trato!... Pues hay que ver ahora, prácticamente, sus condiciones

marineras que tanto les he ponderado, si no le molesta a Nieves y lo

consiente el señor don Alejandro...

--Caballeros--dijo al oírlo don Claudio, levantándose de golpe y andando

hacia la puerta--: aquí sobra uno, y ese soy yo.

--¡Pero, don Claudio!...--exclamaba Nieves, riéndose del arranque de su

amigo.

--Nada, nada: cada uno es cada uno, y yo sé bien lo que me hago... Y

también usted lo sabe al venirse conmigo, señor don Adrián--añadió

Fuertes volviéndose un momento hacia el boticario--. Porque yo doy por

supuesto que usted tampoco se queda, aunque le aspen.

--Verdaderamente--contestó el aludido, que estaba algo inquieto por

falta de franqueza, moviéndose un poco hacia la puerta--, que no soy de

lo más apto para este género... eso es... de diversiones... Por otro

lado, ¡caray! la edad... eso es. De manera que, si no se tomara a mal...

--¡Qué ha de tomarse, hombre!--díjole don Claudio, volviendo para

cogerle por un brazo.

--Y aunque se tomara... Véngase, véngase, don Adrián; y verá usted qué

guapamente estudiamos las condiciones marineras del _Flash_... desde

tierra firme.

--Conste, señor matamoros--dijo Bermúdez desde la puerta de la cámara

cuando ya salía del pozo el comandante llevándose a remolque al

boticario--, que no solamente doy el permiso que me ha pedido Leto, sino

que me quedo, y con gusto... ¡con mucho gusto, canástoles! mientras que

usted se larga.

--Con gusto, ¿eh?--respondió Fuertes sin volver la cara--. ¡Ay! mi señor

don Alejandro... ¡si hubiera espejos para ver a los hombres por sus

adentros en determinadas ocasiones!... Cornias, arrima un poco más el

barco, hijo... Así... ¡Ajá! Cuidado, don Adrián... Venga la mano... Eso

es... ¡Divertirse, caballeros!

¡Cómo le pusieron entre Nieves y su padre desde el _yacht_!

--A la faena ahora--dijo Leto a su edecán, sin oír a los unos ni a los

otros, porque ya estaba con la fiebre de sus glorias--. Usted, Nieves, a

sentarse aquí; y usted, don Alejandro, a su lado... Perfectamente...

¡Cornias!... desatraca, y a franquearnos con el foque... Bueno... Ya

va... ¡Lista la driza de pico!... Yo a la de boca... ¡Iza!

Hecha la maniobra en regla, hinchóse la extensa lona, y cayó el barco al

lado opuesto, navegando ya.

--No hay que asustarse, Nieves--dijo Leto sonriendo al notar en ella, y

particularmente en su padre, cierto movimiento de desagrado--: es el

saludo del _Flash_ a la llegada del viento.

--Bien me parece esa cortesía--respondió Bermúdez agarrándose a la

brazola mientras Nieves se sonreía despreocupada--; pero en todas

partes, después del saludo al aire libre, vuelven las gentes a cubrirse

y a enderezarse, y aquí observo que pasan las cosas de otro modo: el

_Flash_, después de saludar, continúa inclinándose y andando a más y

mejor.

--Es de necesidad, señor don Alejandro: como que vamos casi de proa al

viento. Mucho más ha de inclinarse todavía.

--¡Buen consuelo, hombre!

--Ya le va tomando el gusto al agua... ¿Oyen ustedes cómo la paladea?

--Y también veo--respondió Bermúdez--, que la destina a otros usos.

¡Mira, mira, Nieves, cómo se tumba el condenado, para fregotearse las

costillas con ella! ¿Qué te parece de esto, hija?

--¡Muy bien!--respondió Nieves, fascinada por el lance, con los ojos

voraces, la boquita entreabierta y palpitantes las rosadas ventanillas

de la nariz.

El barco había entrado en su andar desembarazado y franco; y ciñendo

siempre para ganar terreno hacia fuera, no cesaba de inclinarse.

Bermúdez lo notaba intranquilo, y oía el borboteo del agua debajo del

lanzamiento de la popa; el crujir de la perchería del aparejo y el

crepitar de las lonas, y hasta comenzó a ver una faja de espumilla

hervorosa a todo lo largo del carel inclinado, como si pugnara por

colarse adentro. Leyóle estos cuidados en la cara Leto, y le dijo para

tranquilizar de paso a Nieves, que, ciertamente, no lo necesitaba:

--Repare usted que vamos solamente con el foque y la mayor, y que la mar

está como una balsa de aceite. ¡Qué diría usted si izáramos la

escandalosa allá arriba, como la hubiera izado yendo solo?... ¡Si esto

es navegar en una palangana! De todas maneras, hasta acostumbrarse más a

estas posturas violentas, no dejen ustedes de agarrarse al respaldo.

--Ya, ya--respondió Bermúdez que no podía agarrarse más de lo que

estaba--; pero lo que veo yo es que el agua anda si entra o no entra por

este costado, y que vamos echando demonios.

--Y aunque entrara, ¿qué?

--¡Pues digo! ¡como si fuera lo más usual y corriente!

--Y lo es, señor don Alejandro; y va el _Flash_ tan guapamente con un

par de tablas de la cubierta debajo del agua.

--¡Canástoles!

--¿Quiere usted verlo?... ¿Se atrevería usted, Nieves?

--¡Pues no he de atreverme?--respondió ésta como extrañada de que Leto

lo pusiera en duda.

--Por visto, señores, por visto--dijo resueltamente Bermúdez--.

¡Canástoles! para prueba sobra con esto, que no es poco, sin necesidad

de que tentemos a Dios.

Nieves y Leto, y hasta Cornias que atendía a la escena medio sentado

arriba sobre el tejadillo del tambucho, se echaron a reír.

--Mira, papá--dijo de pronto aquélla--, qué bonita es esta costa de la

bahía. ¡Cuántas islillas verdes que apenas se alcanzan a ver desde casa!

¿Y don Claudio y don Adrián? ¡Qué lejos quedan!... ¡Míralos!... Creo que

saludan.

--Hija mía--respondió Bermúdez sin volver hacia ella más que la

intención, porque la visual del ojo útil se la estorbaba la nariz--,

necesito ambos brazos para agarrarme, y toda la voluntad para guardar el

equilibrio en esta postura. Contéstalos tú por mí, si te parece.

--Ya lo hago por todos--repuso Nieves volviendo el busto hacia el muelle

y agitando el pañuelo con la mano izquierda. Después de unos instantes

de silencio, añadió, con el oído muy atento hacia proa--: Fíjate bien,

papá.

--¿En qué, hija?

--En el ruido que va haciendo el barco... Lo mismo que si fuera

arrastrándose sobre papel de seda.

--Exactamente--confirmó Leto--; y si usted continúa fijando la atención

en ese ruido, llegará a oír conversaciones, y cantos a la sordina... y

todo lo que usted quiera, hasta acabar por dormirse.

Tras esto callaron todos por un buen rato, como si se tratara de poner a

prueba las afirmaciones de Leto, mientras el _yacht_ continuó

deslizándose al mismo andar. De pronto dijo Nieves dirigiéndose a Leto:

--Pues tiene usted razón: fijándose mucho en el ruido ese, se oye todo

lo que se quiere oír... ¿No crees tú lo mismo, papá?... ¡Mira qué llana,

qué brillante y qué hermosa está la bahía! Parece un espejo muy grande.

--Muy grande, muy hermosa y muy llana--respondió Bermúdez inmóvil y

rígido--, y muy entretenidas esas cosas que decís que se oyen debajo del

barco: todo está muy bien, menos esta condenada postura que no me deja

gozarlo. Esto es un despeñadero.

--Pues cuidadito ahora--le advirtió Leto sonriéndose--, porque va a

inclinarse un poco más.

--¡Más todavía, hombre?--exclamó Bermúdez, queriendo clavar las uñas en

la brazola--. Y ¿por qué?

--Porque voy a preparar la virada, dando mayor andar al barco.

Dicho esto, metió la caña a estribor; con lo cual, presentando el

_Flash_ mayor superficie al viento, recibió mayor impulso de él; y el

festón espumoso que andaba lamiendo por fuera el carel de babor, le echó

unas cuantas lengüetadas por adentro. Entonces gritó Leto a su edecán:

--¡Cornias... a virar! ¡Salta escota foque!

Obedeció Cornias en el aire; orzó Leto vigorosamente, y el _yacht_ fue

virando y enderezándose, hasta ponerse horizontal como le quería don

Alejandro, y, según la lengua del oficio, _a fil de roda_, es decir,

cara a cara con el viento.

En esta posición el barco, las velas, deshinchadas y lacias, comenzaron

a restallar, con tal estrépito, que asustó a Bermúdez y sorprendió a su

hija.

--Pasen ustedes ahora a este otro lado--les dijo Leto, señalándoles el

frontero al que ocupaban en el pozo.

Así lo hicieron, y con mucho cuidado para no dar con la cabeza en la

botavara. Tomó el viento al balandro por aquella banda, cayó el aparejo

hacia la opuesta; y henchidas de nuevo las velas, comenzó el _Flash_ a

navegar hacia la derecha de idéntico modo que lo había hecho hacia la

izquierda.

--Notarán ustedes--dijo Leto--, que vamos caminando en ziszás. Con el

viento por la proa, no hay otro modo de subir estas pendientes. Vean

ahora lo que vamos adelantando en la subida. Ya cuesta trabajo conocer a

don Claudio y a mi padre, que se van alejando hacia la villa.

--La verdad es--respondió Bermúdez--, que con estas aventuras había

vuelto a echarlos de la memoria.

De bordada en bordada llegó el _Flash_ a la ancha boca del puerto. Don

Alejandro, que no apartaba el ojo del carel de sotavento, lo conoció por

las cabezadas que daba el barco, a causa de la _trapisonda_ que ya había

por allí, y por cierto malestar de su estómago. Dio entonces por más que

suficiente la distancia recorrida; y con gran sentimiento de Nieves, que

tenía los cinco sentidos puestos en los lances del paseo mar afuera,

viró el balandro y se puso en rumbo al muelle. De esta manera iba

empopado y sin las contrariedades que tanto molestaban a don Alejandro.

Teniéndolo en cuenta Leto, izó toda la lona; y navegando así como una

exhalación, pudieron estimar Nieves y su padre lo merecido que tenía el

hermoso _yacht_ el nombre de _Centella_ que le habían puesto.

--Esto ya es cosa muy diferente--decía Bermúdez al llegar al muelle--.

Así ya se puede navegar a pierna suelta.

--Pues a mí me gusta más del otro modo--contestó su hija--. Tiene más

lances.

--Esa es la verdad--añadió Leto saltando del balandro a la escalera para

dar la mano a Nieves, porque habiendo bajado bastante la marea, eran

muchos y estaban muy resbaladizos los escalones descubiertos.

Ni don Adrián ni don Claudio andaban por allí rato hacía, ni se

columbraba alma viviente en diez cables a la redonda de aquellos

hermosos sitios que, por lo solitarios y mudos, parecían encantados...

--XII--

Al primer vuelo · 第 14 / 29 题