De tiros largos

Así se presentaron en Peleches al rayar las doce y media, el boticario

don Adrián Pérez y su hijo Leto: el primero radiante de gozo, y el

segundo no tan acoquinado como era de temerse por lo que de él se sabe.

El motivo de esta novedad consistía, siguiendo la imagen del bañista

perezoso, apuntada por don Alejandro en la botica, en que Leto, antes de

la gran zambullida en el caserón de los Bermúdez, había ido preparando

el equilibrio de las dos temperaturas con un par de fregoteos bastante

regulares. El uno se lo dio en el Casino; el otro, al salir de misa

mayor al día siguiente, que era de fiesta, es decir, el día mismo del

convite. En el Casino tuvo que picar algo en la conversación general,

aludido de intento por Bermúdez; y más aún que en la conversación, en la

golosina que irradiaban en aquel antro desabrido, los ojos y la silueta

de la hechicera sevillana; porque Leto, al fin y al cabo, era mozo de

buen gusto, y mujeres de aquel arte que le miraran a él con el interés

bondadoso con que le miraba Nieves a menudo, no habían pasado ni

pasarían jamás por Villavieja.

Esto por de pronto. Además, al deshacerse la tertulia y ya despidiéndose

de él, le había dicho don Alejandro con gran encarecimiento, mientras le

apretaba una mano con las dos suyas:

--Mañana, después que _comamos_ en Peleches, iremos a ver el _yacht_;

pero de cerca y como debe ser visto. Conste que está usted notificado.

--«¡Después que _comamos_... a ver el _yacht_!»--repetía el mozo en sus

adentros, enredado en las confusiones más extrañas, mientras respondía

al expresivo Bermúdez cuatro palabras, mal urdidas, de cortesía--. ¿Qué

plural era aquél de «comamos»? ¿Cuántos y quiénes entraban en él?

Sin desembrollar este lío, que pasó por su cabeza como un relámpago, oyó

que le decía Nieves, por despedida también y también muy afectuosa:

--Y al subir _a comer con nosotros_, no se le olviden a usted ciertas

acuarelas que deseamos ver.

Esto ya estaba más claro; pero no todo lo que debía de estar. Era

indudable que su padre se había despachado a su gusto aquella tarde en

la botica.

En cuanto salieron del Casino los de Peleches, le faltó tiempo a él para

largarse hacia su casa. En dos zancadas llegó; en breves palabras enteró

a su padre de todo lo que acababa de pasarle, y en pocas más le

satisfizo el boticario la curiosidad, declarándole todo lo ocurrido

aquella tarde en la botica. Por cierto que don Adrián subió la bocamanga

izquierda hasta el codo, y el arco de las cejas hasta el casquete, a

fuerza de rascarse y de admirarse al ver que Leto, de quien esperaba un

estampido, en lo del convite no puso el menor reparo, y en lo de las

acuarelas se despachó con tres «carapes» seguidos y unos muy dulces

restregones de manos a las barbas.

Al salir la gente de misa mayor, Leto, como de costumbre, se quedó, con

otros amigos, enfrente del pórtico echando un pitillo, un párrafo y

algunas ojeadas maquinales a las villavejanas de todos los días; y

hablando, fumando y mirando, vio salir a Nieves con su padre. Bien le

había parecido la noche antes la sevillana en la penumbra mal oliente

del Casino, con el sombrerito de paja y la túnica de color de barquillo;

pero ¡cuidado si tenía que ver en plena luz meridiana, vestida de

obscuro y con la cara monísima encuadrada en los pliegues graciosos de

su mantilla de pura casta andaluza! No pudo menos de declarárselo así al

fiscal que estaba a su lado comiéndola con los ojos, ni, al notar que le

recordaba algo con los suyos, quizá lo de las acuarelas, dejar de

acercarse a ella y a su padre para ofrecerles sus respetos, con la mejor

intención, eso sí, pero bien sabe Dios que con las más fuertes ligaduras

de sus nativas desconfianzas en el espíritu.

Mientras hablaban los tres, la _goma_ villavejana se chupaba los dedos y

no sabía de qué lado ponerse ni qué majadería inventar para que Nieves

_se clavara_... ¡lo mismo que la goma de todas partes! y las hembras

peripuestas la miraban de reojo al pasar a su lado, de los pies a la

cabeza, ¡igual que todas las presuntuosas de todo el mundo! porque son

achaques esos que están en la masa de la sangre, aun en la de los que

usan taparrabo... Posible es que Nieves no se fijara en los unos ni en

las otras, aunque cueste creerlo por lo que se sabe del prodigioso

alcance de vista que tienen las mujeres guapas para esos lances y otros

parecidos; pero podría apostarse algo bueno a que en la comparación que

hizo mentalmente, después de mirarle de arriba abajo en menos de dos

segundos, del Leto que tenía delante, vestido de día de fiesta, con el

Leto de la víspera, desaliñado, ardoroso y con el pelo alborotado y la

barba revuelta, aunque ambos eran buenos mozos, optaba por el segundo;

es decir, por el Leto del billar, en calidad, se entiende, de mujer

artista y esforzada.

En esto salió don Adrián con la levita nueva, bastón de caña, sombrero

de copa muy alto, y dos dedos de cuello de camisa fuera del corbatín; se

arrimó al grupo y saludó muy cortés a los señores; apareció el juez e

hizo lo mismo; después Rufita González con su madre; casi al mismo

tiempo Codillo y las tres Indianas, y enseguida hasta otra docena más de

los notables que habían hecho ya la visita obligada a Peleches. Los

Vélez, escurridos y lacios de vestido y de carnes, pasaron de largo

hacia la izquierda, saludando con una cabezada muy ceremoniosa. Las

chaparrudas Carreñas, hechas un brazo de mar, pero de mar siniestro y

bravo, saludaron con los abanicos y carraspeando, y se fueron por la

derecha.

El grupo seguía creciendo y llegó a ocupar media plazoleta con los

gomosos adyacentes y otros desocupados de diferentes pelajes. Luego se

puso en movimiento todo junto, aunque cambiando de forma como masa de

agua que se acomoda al cauce que la guía, en dirección a la Costanilla,

camino de Peleches y a la vez de la Glorieta, adonde se dirigían todos

los elegantes de Villavieja entonces, por imperio de la moda.

En la Glorieta dieron Nieves y su padre unas cuantas vueltas con las

adherencias que traían desde la Colegiata, y seguidos del propio

_zaguanete_ de gomosos, cosa que encendió las iras de las villavejanas

desperdigadas y desatendidas entonces por sus habituales cortejantes, y

les dio motivo para despellejar viva a la pobre Nieves. Sábese que quien

más apretó la dentellada en aquella puja de mordiscos fue la Escribana

mayor, que, según fama, se bebía los vientos por el hijo del boticario.

Le había visto al salir de misa y subiendo a la Glorieta, y en la

Glorieta misma, arrimado a la sevillana, y en gran intimidad con ella

algunas veces. ¡El grandísimo pazguato que jamás tuvo dos palabras al

caso para pagarla las muchas con que ella le había buscado la lengua en

más de cuatro ocasiones! Así es que en cuanto se retiraron Nieves y su

padre a Peleches, que fue muy pronto, y el boticario y Leto a su botica,

se armó en la Glorieta la de Dios es Cristo entre los galanes

villavejanos y las respectivas damas, que no querían ser plato de

segunda mesa... mientras Maravillas, sentado en el último banco hacia el

mar, solo, quietecito y sosegado, flagelaba con su eterna sonrisa de

compasivo desdén, aquel cuadro de miserias humanas, fruto natural y

lógico del lamentable resabio de ir a misa y creer en Dios.

Viniendo a lo que importa, fue el caso que Leto bajó a la villa bastante

satisfecho de su hazaña; que a pesar de estar bien vestido, cambió de

corbata y de chaleco después de arreglarse el pelo, de cepillarse mucho

las barbas y la ropa y de lavotearse las manos; que al volver a la

botica, donde le aguardaba su padre en conversación con el mancebo,

llamó a _Cornias_ (luego se sabrá quién era este personaje) y le dio

varias órdenes con mucho encarecimiento; que después fue a su atril, y

de un cartapacio que tenía allí muy escondido bajo papelotes y libracos,

sacó hasta una docena de obras suyas, entre acuarelas y dibujos,

escogidas, muy escogidas, en su abundante colección; que las envolvió

convenientemente, y que diez minutos después, él y su padre atravesaban

la plazoleta inundada de sol, que achicharraba, en dirección a Peleches.

--Ya ves, Leto--le decía muy regocijado su padre, y por lo bajo para que

no se enteraran de la conversación las gentes que volvían de la

Glorieta--, cómo el león no es tan fiero como le pintan. Muchas veces

nos alucinamos... eso es... nos ofuscamos, por ver y juzgar de lejos las

cosas. Y a ti, ¡caray! te ha pasado mucho de eso. Dígotelo, porque al

fin vas, ¡caray! vas, sí, señor, y sin grandes resistencias, y hasta

llevas esas pinturillas contigo... ¡bien llevadas, muy bien llevadas!

eso es; muy bien llevadas, por lo mismo que te las han pedido y desean

verlas... Yo pensé... ¡ahí tienes!... que no te prestarías a ello,

porque hasta de mí las has escondido siempre, por esas rarezas, ¡caray!

que nunca he podido explicarme... eso es... Pero la fuerza de las cosas

ha querido que el león se te vaya a la mano; y, como te decía antes, no

te ha parecido tan fiero como visto a larga distancia... eso es... y ya

te das a partido, ¡caray!

Leto, sonriendo de cierta manera habitual en él, contestó a su padre:

--¡Si supiera usted la procesión que me anda por dentro!...

--¡Ay, Leto del alma!--replicó don Adrián parándose en firme--. Pues si

a procesiones fuéramos... ¡quién, en casos tales, no las llevará

consigo, en más o en menos, caray, hasta hacerle temblar las

choquezuelas? Vamos a una casa extraña y de mucho viso, a una mesa

quizás opípara... eso es... dos hombres acostumbrados a la vida obscura

y metódica... de lo más metódica y sencilla... eso es... La emoción...

el sobresalto si quieres, es de necesidad... Pero una cosa es eso, y

otra muy diferente lo otro que a ti te pasa, o te pasaba... En fin, de

esto no hay para qué volver a hablar, Leto. Pero he de repetirte, en

conclusión, lo que te dije anoche: hay que sacar fuerzas de flaqueza en

ciertos lances de la vida... y hacerse superior, eso es, a las nativas

debilidades... porque no hay hombre sin hombre... y todos nos debemos

mutuos servicios y respetos... eso es... Tú eres mozo; nada te falta, es

verdad... y acaso no te falte nunca, por mucho que vivas, si la

venturosa quietud de Villavieja continúa inalterada y no te sale un

competidor en el oficio, como no me ha salido a mí desde que soy

boticario; pero es posible que te salga, porque lo malo cunde y no anda

ya lejos de nosotros... o que te convenga cosa mejor que la que poseas;

y entonces, ¡caray! bueno es tener valedores... y bien sabes tú que la

casa de Peleches raya en todas partes tan alto como la que más... y

puesto que nos dan la vaquilla, corramos con la soguilla, ¡caray!... y

muy agradecidos, sí, señor; y el corazón en la punta de la lengua, eso

es; y el que tiene algo en la cabeza, como no dejas de tenerlo tú, noble

y honrado además, sí, señor, que lo manifieste, ¡caray! si llega el caso

de hacerlo, con entereza y con fe, que esto no está reñido con la buena

educación, ni siquiera, eso es, con la cristiana humildad. Cuando Dios

da al hombre el caudal de las ideas, no se le da, ¡caray! para que le

guarde con avaricia, ni tampoco para que le despilfarre, contrahecho o a

escondidas y con vergüenza: no, señor, ¡caray! no, señor... como vienes

haciendo tú... Eso es.

Dio dos golpecitos con su caña en el suelo, y continuó marchando calle

arriba.

Leto, pensativo y bastante risueño, pero sin contestarle una palabra,

hizo lo mismo a su lado.

Así llegaron a Peleches, en cuyo saloncito de labor, o mejor dicho,

estudio de Nieves, con las puertas del balcón abiertas de par en par

para que entrara a borbotones el nordeste que corría, saturado de los

efluvios de la mar, fueron recibidos por los señores de la casa y por

don Claudio Fuertes, que también estaba convidado a comer.

Nieves había cambiado su traje obscuro por otro casi blanco; y al verla

así Leto, blanco el vestido, blanca, nacarina la tez, azules los ojos y

el cabello rubio, como no se le ocurrían más que tontadas, enseguida se

la forjó nereida, o cosa así, de las fantásticas regiones submarinas,

enviada allí por los genios protectores de Peleches, envuelta en una

ráfaga salobre de las que inundaban la estancia sin cesar. En otra

mirada rápida en derredor del saloncillo aquel, se le antojó haber visto

la blanda, inteligente mano de un artista, colocando cada mueble, cada

libro y cada cachivache en el único sitio que le correspondía; y ¡otra

bobada mayor! aun marcó con la vista en las paredes y sobre muebles

determinados, los lugares y los aparatos en que sus acuarelas, a no ser

tan malas como eran, hubieran hecho un lucidísimo papel.

Pensar esta bobada y clavar Nieves los ojos en el cartapacio que él

llevaba entre manos, y hasta preguntarle enseguida con ellos si _las_

traía, fue todo uno. El mozo se halló con aquel tiro tan inesperado,

como contrabandista cobarde delante de los carabineros. Sin detenerse

apenas a saludar como debía, desató el fardo y entregó el contenido con

las manos trémulas, pero resuelto a todo.

A creer a Nieves, y no hay serios motivos para lo contrario, en aquellas

obras de Leto había verdaderas maravillas de arte. Bermúdez y Fuertes

opinaron lo mismo; pero no eran sus votos de tan ganada autoridad como

el de Nieves, la cual, para mayor confusión del aturdido Leto, no

contenta con ver los cuadros sobre sus rodillas, fue colocándolos uno a

uno... ¿en dónde, gran Dios! sobre los mismos muebles y en los propios

sitios de las paredes en que los había imaginado él... Y a todo esto, la

sevillanita, con su entrecejo algo fruncido, su frase concisa y sobria,

sin extremos en la alabanza, sin apresurarse, sin sonreír más que lo

preciso, deslizándose entre sillas y veladores sin tropezar con nada,

sutil, airosa, discreta... en fin, que tanto por lo que decía como por

el modo de decirlo, y hasta por el modo de andar, había que creerla

inteligente en el arte, y desde luego sincera. Con esto y con la

propensión natural de Leto a someter sus juicios al imperio de los

extraños, por primera vez en su vida se creyó algo pintor y no del todo

insignificante.

--Pues ahora va usted a ver mis obras--le dijo Nieves muy templada,

dejando las de Leto sobre un velador--, siquiera para que aprenda usted,

en vista de lo malas que son, a no ser tan avaro de las suyas.

Y como lo dijo lo hizo, sacándolas de un gran cartapacio que estaba

sobre una mesita contigua a un caballete desocupado.

--La mayor parte--decía Nieves a Leto solo, aunque le acompañaban en la

escena los demás personajes allí presentes--, son copias y malas: las

originales son peores... No se sonría usted, porque es la pura verdad...

Vea usted ese gitano... copia, dura y desentonada, y hasta sin dibujo...

Una marina... ¡Qué olas, eh? Parecen de percalina... Una ventana con

flores y pajaritos enjaulados: de nuestra casa de Sevilla. Esta acuarela

es original: debe usted conocerlo por lo resobadita que está de color...

Por este arte siguió mostrando y juzgando la mayor parte de sus obras. A

veces, mientras Leto examinaba una, teniéndola cogida con las dos manos,

Nieves metía entre ellas otra suya, blanca, torneadita y olorosa, para

poner el índice primoroso encima del objeto censurado; y entonces Leto

perdía de vista la acuarela, porque los ojos se le iban detrás de la

mano, y la atención y hasta el olfato... a don Adrián y al comandante

les parecían inmejorables las pinturas, y así lo declaraban; y don

Alejandro, mal avenido con las sinceridades de su hija, quería

desautorizarlas explicando cómos y por qués... En cuanto a Leto, no

pudiendo concebir que de aquellas manos tan bonitas salieran obras

imperfectas, todo lo hallaba superior, y así lo daba a entender como

podía.

--Todo eso que ustedes me dicen--insistía Nieves muy serena--, es pura

cortesía. Ninguna de estas obras tiene otro mérito que el de estar hecha

con grandes deseos de hacerlo mejor. Lo conozco por lo mismo que sé

estimar las buenas, como las de usted; pero sigo pintando porque me

entretiene, y enseño lo que pinto, como ahora, por no hacerme de rogar

más tarde y porque no lo tengo a pecado mortal... Al óleo, con

franqueza, pinto algo mejor que a la aguada... Ya lo verá Leto, que lo

entiende, cuando pinte algo aquí... porque pienso pintar mucho... y

andar más... Todos los sitios en que he puesto antes las cartulinas de

usted, han de quedar ocupados por obras mías... Cuento con que me dejará

usted copiar las suyas para eso.

Leto, que ya había soñado con verlas honradas allí, se llamó a engaño y

declaró a Nieves que no volverían al cartapacio de la botica aquellos

insignificantes borrones, puesto que le gustaban a ella; y Nieves, sin

andarse en ociosos disimulos, porque conocía la sinceridad de la oferta,

la aceptó de plano con gran regocijo, aunque no tanto como el que

produjo en don Adrián el galante rasgo de Leto.

Andando en éstas y otras tales, llegó Catana al saloncillo para anunciar

que estaba la sopa en la mesa; y al disponerse todos para ir al comedor,

Leto, recordando algo de lo que había visto y oído en Madrid y leído

después, haciendo un esfuerzo sobrehumano y dando diente con diente por

el temor de pasarse de fino, o de estar equivocado, ofreció su brazo a

Nieves, que lo aceptó placentera y como la cosa más corriente y natural

del mundo.

Los demás comensales abrieron paso a la pareja, a la cual siguieron

Bermúdez muy complacido, Fuertes algo maravillado, y don Adrián hasta

orgulloso con aquel gallardo arranque del empecatado muchacho.

--XI--

Al primer vuelo · 第 13 / 29 题