La familia del boticario

Las visitas de aquel día no fueron tantas en Peleches ni tan molestas

para sus moradores, como las del anterior; porque en Villavieja, como en

todas partes, había de todo, y el furor de la cursilería y de la

presunción estrafalaria, había pasado con la nube de la víspera. Entre

los últimos visitantes abundaron las buenas y honradas intenciones, los

generosos deseos, hasta móviles de gratitud no olvidada a pesar de los

años transcurridos; y en los más de los ejemplares se entendía bien

claro que si llevaban encima los trapitos de cristianar y las vistosas

galas, no lo hacían por vana ostentación, sino como debido tributo a la

importancia de los señores visitados.

La única nota discordante en aquel conjunto de cosas bastante bien

concordadas y soportables, y hasta entretenidas a ratos, fue la familia

Carreño, o más propia y gráficamente «los Carreños» de la Campada, o,

como si dijéramos, los Mucibarrenas de Villavieja, ya que a sus rivales

sempiternos, los Vélez de la Costanilla, se les llamó, a su debido

tiempo, los Butibambas. Para que todo fuera contrapuesto y antagónico en

estas dos dinastías de Villavieja, hasta en el arte y la traza andaba la

una al revés de la otra.

Ya se ha visto que los Vélez eran largos, huesudos, blancos, solemnes y

fríos como estatuas sepulcrales. Pues los Carreños, como constaba de

toda notoriedad en Villavieja y se vio en los cuatro ejemplares

(matrimonio y dos hijas) presentados en Peleches, eran chaparrudos,

cetrinos, bastos de líneas y facciones, crespos de pelo, mordaces de

lengua e implacables de entraña. De estilo y de educación, como de

estampa y de pelo.

Padres e hijas despotricaron a porfía durante tres cuartos de hora, y no

dejaron honra limpia ni hueso sano en Villavieja. ¡Cuánto se felicitaba

la Carreño madre (eran primos hermanos los cónyuges) por la venida de

los Bermúdez a Peleches!

--¡Esto consuela, señor don Alejandro!--decía abanicándose briosamente

el pescuezo con ronchas bronceadas--. Se ve una entre los suyos, y tiene

con quién hablar y desahogarse... Porque en la soledad a que la obliga a

una el decoro de la clase, se hacen allá dentro unas talegadas de asco,

que da gusto desocuparlas después entre gentes que la comprendan a una y

sepan estimar las cosas en lo que valen... ¡Si vieran ustedes cómo se va

poniendo esto!... Ya no hay quién lo conozca. No queda un alma decente:

todo es trapajería de ayer acá... hasta en el ayuntamiento; hasta en los

empleados que nos manda el Gobierno para las oficinas que tiene aquí...

Así es que, no queriendo apolillarme ni que se apolille nadie de mi casa

en un desván, como algunos trastos viejos que yo me sé (los Vélez de la

Costanilla), les digo a éstas (las hijas): a vivir alegres, y al sol;

pero como si no hubiera en Villavieja más habitantes que nosotros. ¿Van

esas puercas a la Glorieta? Vosotras a la Chopera. ¿Vienen ellas aquí

abajo? Vosotras vais allá arriba. ¿Ellas hacia el Miradorio? Vosotras a

los Arcos. ¿Ellas muy emperifolladas? Vosotras con lo peor, en camisa...

en cueros vivos si fuera posible. Que lo vean, que comparen, que

aprendan algo; y si les duele, a eso se tira... y al cuerno las

grandísimas tarascas que se salen de su cascarón... Igual pasa cuando

éste (Carreño) se lía con el ayuntamiento, pongo por caso, para que se

haga o no se haga esto o lo de más allá: en lugar de aconsejarle que se

esté quieto y deje rodar la bola que a él no ha de pisarle, le ayudo a

que apriete más contra el lucero del alba, porque el día que se

acostumbren ellos a no vernos y a no sentirnos, como si no quedaran

Carreños en Villavieja, los demonios se lo llevarían todo y aquí no se

podría parar.

Carreño se reía a carcajadas con estos dichos de su mujer; y como era

bastante más avisado que ella, no los usaba tan crudos; pero en el

alcance de la intención, no la iba en zaga. Las hijas, cargadas de

similores y de cintajos, muy porosas y verdegueando, con la misma

intención de casta rajaban en un estilo mixto de lo más malo de los

otros dos.

--¿Sabes, papá--decía Nieves al suyo después que se marcharon los

Carreños--, que eso de los aires puros que tanto recomiendas tú, no da

siempre los mejores resultados en lo tocante a buenas ideas?... ¡Mira

que de ayer acá llevamos oídas cosas buenas, y a gentes bien sanas de

cuerpo!

--Yo te diré--contestó don Alejandro un poco atarugado con la inesperada

observación de su hija--. Mirado el caso por encima y tal como él mismo

se va metiendo por los ojos, parece que tienes razón; pero atendiendo a

lo que debe atenderse; mirando como debe de mirarse ¿estás tú?...

poniendo cada cosa en su sitio y a su luz correspondiente; midiendo esto

y pesando aquello con la necesaria reflexión; no dando a ciertas... a

ciertas, vamos, a ciertas pequeñeces accesorias, el valor de un hecho

fundamental, ¿eh?... estudiando, en fin, el punto a conciencia...

penetrándole hasta lo más hondo, como yo le tengo penetrado, lo

infalible de mi axioma se palpa; pero hasta el extremo de que ese mismo

argumento que a ti se te ha ocurrido, le da mayor realce todavía... como

te lo podía demostrar yo ahora, si la ocasión fuera oportuna o lo

reclamara una gran necesidad... Porque te advierto que la cuestión

resulta algo metafísica, tratada como es debido; y no creo que te

divirtiera gran cosa a raíz de una tanda de visitas como la que vienes

aguantando.

Se ignora si las racionales dudas de Nieves quedaron desvanecidas con

esta argumentación de su padre; pero es un hecho que la una y el otro, a

pesar de tener citado a don Claudio en Peleches para el anochecer, tan

hartos se vieron de visitas y tan necesitados de libertad y movimiento,

que a las seis de la tarde se echaron al mundo por la Costanilla abajo,

anticipando la salida dos horas a la convenida con el comandante

retirado.

Ya se sabe que después de visitar la Colegiata, hicieron una larga

parada en la botica, y que desde la botica se fueron a corretear por la

villa hasta dar a última hora en el Casino. Poco importa lo que hicieron

en él, y menos lo que les ocurrió andando al aire libre, que no abundaba

ciertamente aquella tarde; pero hay que decir algo de su visita a don

Adrián Pérez el boticario.

Uno, y dos, y tres... muchos abrazos se dieron los dos amigos. Se

golpeaban las espaldas con las manos abiertas, se separaban, mirábanse

un momento, se sonreían; y vuelta a abrazarse y a desabrazarse, y a

mirarse y a sonreírse... y a todo esto, sin dejar de decirse cosas...

«¡Caray, cuánto me alegro!--¡Con qué placer le abrazo,

canástoles!--¡Otro, don Alejandro!--¡Con toda el alma, don Adrián!...

¡Si no pasan días por usted, canástoles!--¡Si está usted hecho un mozo,

caray!... ¡Hala con otro!--¡Ya se ve que sí, ja, ja!... ¡Qué don Adrián

tan famoso!--¡Vaya con el bueno de don Alejandro!--Pues sí,

señor.--¡Vaya, vaya!...» Y así.

Después empezó el boticario con Nieves: no a abrazarla, sino a hacerla

mil preguntas y cumplidos y a ponerla en los cuernos de la luna por

«guapa moza», acabando por sacarla parecidos con cada uno de los

Bermúdez que él había alcanzado, contra la opinión del Bermúdez

presente, que sostenía, con mejores títulos, que era «toda de los de

allá», casi un retrato de su madre.

Convínose en ello, porque, al cabo y al fin, al boticario igual le daba,

y sentáronse el padre y la hija en las banquetas que don Adrián les

arrimó, ofreciéndoles de paso un refresco de jarabe de moras o de agraz,

que había en la botica, hechos en aquella misma semana... o chocolate

que les bajarían de casa... «con toda franqueza». Se lo estimaron mucho,

pero no quisieron tomar cosa alguna. Entre tanto, nada se había hablado

todavía de la cojera de don Adrián, que se le notaba, no solamente al

moverse, sino en llevar calzado con una chinela el pie de que claudicaba

algo, y el otro con la bota de todos los días.

A lo que de él se sabe por don Claudio Fuertes, hay que añadir que era

de regular estatura, moreno, enjuto, de ojos pequeños, pero listos,

risueño de expresión, y de voz lenta y sin timbre alguno. Parecía algo

socarrón, pero en realidad no lo era. Lo parecía, porque así resultaba

de la combinación de su flemática y natural sosera, con la malicia

aparente de sus ojuelos de ratón y lo risueño de su boca.

Lo del pie, por lo que le preguntó don Alejandro enseguida que se hubo

sentado, había sido poca cosa: alcanzando el tarro del _papaver album_

para preparar un medicamento, se puso de puntillas; y al sentar el pie

en el suelo otra vez, se le hundió la mitad de hacia afuera en una

rendija grande (que señaló con la mano). Nada, una ligera distensión que

ya estaba curada con unas compresas de vejeto... tanto, que pensaba

haber subido a Peleches un poco más tarde. Porque pensar que cumpliera

por él su hijo, era pensar los imposibles... «¡Caray, qué muchacho ese!»

Y movía un poco la cabeza, y se sobaba el codo izquierdo, haciendo subir

y bajar la manga de la levita con todo el hueco de la mano derecha

aplicada allí.

Por aquel portillo, es decir, por la dulce e inofensiva lamentación del

boticario, salió a plaza, provocada con verdadero interés por Bermúdez,

la historia de toda la familia de don Adrián.

Al morir la boticaria, catorce años hacía, le quedaban cuatro hijos de

los catorce que había tenido en su afortunado matrimonio. De los cuatro

hijos, tres eran hembras. Corriendo el tiempo, la mayor se casó con el

vista de aquella aduana; ascendiéronle pronto, y por esos mundos andaba

el matrimonio cargado de familia; pero tenían todos qué comer, y eso

consolaba algo. La segunda casó peor: con un villavejano recién hecho

maestro de escuela. No le producía el oficio allí para lo indispensable;

fuéronse a la ciudad creyendo mejorar de fortuna, y ya se habrían muerto

de hambre sin el mendrugo que él les daba, quitándole de su mesa. La

tercera se casó con un teniente de la Guardia civil, y también andaba,

como la mayor, de la Ceca a la Meca, y también cargada de familia.

--La verdad es--concluyó don Adrián rascándose muy suavemente el codo--,

que bien consideradas las cosas, señor don Alejandro, y tal y cual van,

¡caray! los particulares de otras familias, no les ha caído a mis hijas

la más negra de las fortunas... eso es. Las tres se me han casado: dos

de ellas comen y están en carrera... eso es... La tercera anda algo

atrasadilla de recursos, es verdad; pero ¡qué caray! es honrado y mozo

su marido... por lo más obscuro amanece a lo mejor... eso es... y Dios

no falta nunca a los buenos... Eso las digo yo a cada paso: vea usted; y

tan contentas... eso es... y contento yo también, sí, señor, bastante

contento; porque otra cosa no sería regular... Eso es.

Acabado este punto, se tocó el del hijo.

--Ayer me decía usted en su carta--apuntó don Alejandro--, que por haber

hecho _una de las suyas_... (creo que eran éstas las palabras) no había

vuelto a casa a la hora en que me escribía; y hace un momento se ha

referido usted también a él de un modo semejante.

--¿Y eso le ha metido en cuidado?--le preguntó el boticario sobándose el

codo y sonriendo blandamente.

--No diré que en cuidado--respondió el de Peleches muy afable--; pero en

cierta curiosidad...

--Es natural eso, ¡je, je!... Pues respecto de ese muchacho, ¡caray! yo

no sé qué decirle a punto fijo... a punto fijo... eso es. Por de pronto,

es noblote a no poder más; y hasta el día de la fecha... en buena hora

lo diga, no me ha dado ningún disgusto... quiero decir, un verdadero

disgusto...

--Pues eso ya es algo, don Adrián.

--¡Caray! ¡vaya si lo es! ¡Y no doy yo pocas gracias a Dios por ello!

No, no: en ese punto, marchamos bien. Pues este chico, a quien usted

debió conocer la última vez que estuvo aquí, aunque de prisa, así de

pequeñuelo, correteando por la botica... eso es... porque no salía de

ella en todo el santo día de Dios... parecía un muñequito... ¡tan

redondito y tan blanco!... vamos, un muñequito de porcelana... ¡con unos

ojazos negros!... No, y conservar los conserva, aunque no parecen tan

grandes ahora... Verdad que, como le ha crecido la cara... eso es. Lo

que le ha variado algo es el color: ya no es tan blanco... Y bien

mirado, mejor es así para un hombre como él, tan hecho y tan... eso

es... Y vamos allá: como le vi bien despierto y de excelente condición,

púsele en carrera con ánimo de que siguiera la de su padre: ya ve usted,

por no dejar morir esto que ha sido la hogaza de la familia, de una

familia tan dilatada como la mía; y hay que ser agradecido, don

Alejandro... eso es. Fuese el chico a la ciudad; estudió las

humanidades, con aprovechamiento, sí, señor, y con muy buenas notas...

¡caray! ¿por qué no decirlo?... Siendo ya bachiller, se prestó de buena

gana a seguir esta carrera, y le envié a Madrid... Verdaderamente que el

dinero no sobraba en casa; pero había lo necesario desvalijando un poco

la hucha de mis buenos tiempos de boticario de nota. ¡Y ¿qué mejor

empleo para ello, qué caray!... Un hijo solo, llamado quizá a ser el

sostén de la familia desde el día en que yo faltara... porque para

entonces, aún le quedaban dos hermanas solteras, y su pobre madre

arrastrando malamente la vida que se le acabó al siguiente año...

¡Caray! mi señor don Alejandro, todavía duele allá dentro cuando pasan

estos recuerdos por la cabeza... En fin, que se fue Leto a Madrid...

¿Les he dicho a ustedes que se llama Leto mi hijo?

--No, señor.

--Pues así se llama: Leto... eso es... Y por cierto que el nombre es lo

peor que tiene el pobre chico.

--¡Lo peor! ¿Y por qué, don Adrián?

--Porque es feo y hasta un poco... ¿a qué negarlo, qué caray!... Es

feo... y raro, vamos. Pero cosas allá de su madre y su padrino, a cual

más escrupuloso en la materia... eso es; porque san Leto era el santo de

aquel día, primero de septiembre... Pero ¡caray! dije yo, aunque esa sea

la costumbre en la familia, me parece a mí que, por una vez, bien se

puede quebrantar... eso es, en gracia siquiera de lo raro del nombre:

pongámosle otro más, para llamarle por él, y así queda todo arreglado.

Que nones, don Alejandro; y, en fin, que se llama Leto... Eso es.

Declararon los oyentes, de todo corazón al parecer, que no había en el

nombre nada de feo ni de raro, y, sin convencerse de ello, continuó don

Adrián:

--Tampoco en Madrid dio un mal paso en su carrera: buenas notas siempre,

mucho fruto... porque aquí, en la botica, le iba descubriendo yo cuando

venía a pasar las vacaciones... y al mismo tiempo haciéndose un chicazo

como un trinquete... no muy grande; pero bien cortado... eso es, y

fuerte... y guapo, ¡qué caray!... y dócil y risueño que daba gusto.

Pues, señor, que llegó a tomar el título y que se vino a casa, y que le

arrimé a la botica para que practicara lo que había estudiado, eso es...

porque sin práctica, de nada valen las teorías; y, amigo de Dios, como

una seda desde el primer instante. Una soltura y un arte... un arte como

si en toda su vida no hubiera hecho otra cosa... Pero, vea usted, ¡qué

caray! no había que pensar en mirar muy de cerca lo que hacía, porque ya

le tenía usted con las manos trabadas, materialmente trabadas, eso es...

vamos, que hasta era capaz de echarlo todo a perder... por el genio, por

el arrastrado genio.

--¿Lo tenía malo?

--¡Quiá! Corto... ¡o qué sé yo? Desde muchachuelo fue lo mismo; y ¡si

vieran ustedes lo que eso le perjudicó durante la carrera!... Porque sin

esa condición, hubiera lucido el doble trabajando menos: eso es. Pero yo

esperaba que se le fuera modificando con el tiempo y según iba él viendo

mundo y tratando gentes. ¡Quiá! En ese punto no ha habido señal de

enmienda: al contrario, si bien se mira.

--Pero ¿tan corto es de genio, don Adrián?

--Tan corto o tan... yo no sé, don Alejandro, no sé lo que es. Él va a

todas partes; él entiende de todo un poco, y es afable y cariñoso con

todo el mundo... y es inteligente y listo, ¡caray! y placentero y

servicial... eso es; pero al mismo tiempo tiene la manía de que cuanto a

él se le ocurre es pura insignificancia, y cuanto hace, una chapucería,

mientras que le para y le asombra cuanto piensan y hacen los demás... Le

digo a usted que es raro el caso... ¡muy raro, caray!... y una lástima,

sí, señor, una lástima; porque yo tengo mis razones para creerlo así, y

sin que me ciegue la pasión de padre... sin que me ciegue, eso es...

Digo que tengo mis razones, y verán ustedes por qué... Como tiene

conmigo bastante confianza, porque al fin y al cabo soy su padre, en

cualquier punto que tocamos en nuestras conversaciones se deja correr

guapamente... vamos, sin recelo mayor que digamos... eso es... sin

recelo; y el chico, entonces, habla y habla, no mucho, pero bien, hasta

con su poco de calor... y con arte, ¡caray!... con... vamos, con fe en

su idea; y eso que se le conoce que no da todavía todo lo que tiene; que

ve en sus adentros... eso es, en sus adentros, bastante más que lo que

dice... Pues ¡caray! ocurre que sobre esos mismos puntos le tira de la

lengua el primero que llega a la botica, o le coge en la calle o en el

Casino; y ya es otro hombre diferente: ya le falta, vamos, aquella

seguridad, y aquel mirar sereno, y aquel orden en los razonamientos... y

aquella firmeza de palabra... y ¿qué sucede? que amilanándose así, se

desconcierta, se confunde, y sale del paso con una cuchufleta de

chicuelo, eso es, cuando no con una tontería... ¡Caray! a mí no me gusta

eso, y se lo digo así... «Pero, hombre, tente firme en tu puesto; habla

con formalidad, eso es, con el aplomo que tú sabes cuando quieres...»

Pues nada, don Alejandro: me responde muy serio que está convencido de

que no se le ocurre cosa ni idea que valgan dos cuartos; que es una pura

vulgaridad y un hombre enteramente insignificante, ¡caray! Y de aquí no

hay quien le saque.

--Es raro eso, ¿verdad, Nieves? ¡Y para lo que hoy se usa!...

--Y les advierto a ustedes que lo mismo es en lo poco que en lo mucho.

Por ejemplo: está cantando a media voz... en la botica o en su cuarto,

porque él nunca está de mal humor... Digo que está cantando, y cantando

bien, eso es... cosas de teatro que oiría en Madrid, creo yo, porque no

se parece el cántico a los de acá... La voz es llena y de hombre, bien

templada... vamos, una buena voz a mi entender: pues llego yo, o llega

cualquiera: ya le tienen ustedes turulato, como si hubiera cometido un

pecado mortal. Eso es... Otro caso más raro: tiene mucha afición al

dibujo y a la pintura, y sus avíos correspondientes para lo uno y para

lo otro... A lo mejor le ven ustedes encaramado en el Miradorio, o

acurrucado en la vega, o delante de un paredón viejo, con el pincel en

una mano, su cajita de colores en la otra, un pomito con agua a un lado

y su libreta sobre las rodillas, pinta que pinta. Pues que le diga el

más guapo que le enseñe lo que ha pintado... ¡caray! primero le enseñará

el hígado... Eso es. Que se arrime alguno a él cuando se halla en estas

operaciones: se pondrá encarnado como la grana, y ya no sabrá lo que

hace...

--¡Conque también pinta?--exclamó Nieves que escuchaba con suma atención

al boticario.

--¡Caray si pinta!--contestó don Adrián sobándose mucho el codo--; y

hasta creo que bien, por lo que he logrado atisbar yo y lo poco que lo

entiendo... Pero aguarden ustedes, que es posible que tenga alguna

cosilla de esas en el cartapacio de su atril, donde suele guardar las

recién acabadas...

Metiose el boticario en la trastienda, renqueando un poquillo; abrió una

puerta que había a la derecha; entró por ella, y no tardó en volver con

unas cartulinas en la mano. Púsolas en las de Nieves, porque ellas

fueron las que más se adelantaron para cogerlas, y la dijo:

--Ahí está lo último que ha hecho. Ustedes, que lo entenderán mejor que

yo, podrán decir si tiene algún mérito.

Nieves separó las cartulinas y pasó una mirada rápida sobre ellas, pero

ávida y ardiente.

--¡Mira, papá--le dijo con entusiasmo volviéndose hacia él--, qué

acuarelas tan lindas! ¡Con qué facilidad y con qué valentía están

hechas! ¡Qué frescura de color!... ¡Ay, don Adrián!--añadió mirando al

boticario que se derretía de placer con el éxito de aquellas obras de su

hijo--. ¡Si viera usted lo que cuesta hacer estas cosas! ¡Si supiera

usted las fatigas y los años que se pasan para llegar siquiera a la

mitad de este camino!

--Pero ¿dónde demonios ha aprendido su hijo de usted a pintar, y a

pintar de este modo?--preguntó don Alejandro que todo se volvía ojo para

mirar y admirar las acuarelas.

--¿De manera--dijo muy suavemente el boticario, soba que te soba el

codo--, que dan ustedes alguna importancia a esas pinturas?

--¡Muchísima!--respondieron unísonos Nieves y su padre.

--Me alegro, ¡caray! sí, señor, me alegro... Eso es. Pues Leto, según me

ha dicho, aprendió a pintar así... porque algo ya lo sabía él desde el

Instituto, con un compañero de posada que tuvo en Madrid, y parece que

era pintor de nota... Eso es. Se querían mucho los dos y aún se escriben

de vez en cuando. El pintor está en Roma ahora.

--¿De modo que ésta es la gran afición de Leto?--preguntó Bermúdez.

--¡Quiá!...--respondió el boticario, echando la cabeza a un lado y casi

cerrando los ojos al recargar el acento de la palabra y de la sonrisa--;

esa afición es la de los ratos perdidos... vamos, la última de todas.

Otra muy distinta es la que materialmente le cautiva y le trae a mal

traer... a mal traer, sí, señor, ¡caray! ¡Es mucho cuento lo que le

emborracha!

--La caza, ¿eh?

--No, señor: la mar... Tampoco la mar propiamente, sino la embarcación

con que anda por ella: su balandro... ¡qué balandro?... su _yacht_.

--¡Canástoles!

--¿Y tiene un _yacht_... un _yacht_ de veras?--preguntó Nieves,

apartando sus ojos de las acuarelas para fijar en el boticario su mirada

henchida de curiosidad.

--Un _yacht_, señorita--respondió don Adrián en tono muy ponderativo--:

un _yacht_, así, en puro inglés; y de lujo, ¡caray! lo que se llama de

lujo... eso es: vamos, un _yacht_ de regatas, de primera. Esos son sus

amores verdaderos; lo que más le entusiasma en el mundo y de lo único

que se atreve a hablar con calor y con fe y sin aturrullarse delante de

las gentes... Ya se ve: no es obra de sus manos ni de su idea, y por

consiguiente... eso es.

--Pero, señor don Adrián--díjole su amigo chanceándose--: usted se ha

corrido mucho, se ha despilfarrado... porque un _yacht_ de esas

condiciones, no se compra con dos cuartos.

--¡Caray! ¡Yo lo creo!... Pero no se piense usted que el pobre

boticario... ¡Quiá! ¡Pues están los tiempos, gracias a Dios, para esas

sangrías... caray, caray! No, señor. La procedencia del _yacht_ es otra

historia, señor don Alejandro. Verán ustedes. Leto, como le dije a

usted, hace a todo... eso es; y lo mismo que pinta y navega... porque lo

de navegar es ya viejo en él, anda por montes y barrancas con la

escopeta al hombro, y conoce la comarca yerba a yerba y canto a canto...

eso es. Pues, señor, que se descubrió aquí una mina pocos años hace; que

la compró una compañía inglesa, y que vino un ingeniero de allá para

explotarla. Este inglés era mozo, algo arlote como todos los ingleses, y

muy campechano y muy resuelto para todo; que Leto y él se conocieron en

el Casino; que resultó que tenían unas mismas aficiones, y cata que

llegan a hacerse muy amigos. Al inglés le gustaban las setas; pues ya

estaba Leto diciéndole dónde las había legítimas, sin la menor sospecha

de hongo venenoso, y acompañándole a cogerlas... eso es: medio día de

campo; que berros, pues en tal parte; y a buscar los berros; que

caracoles o ranas o cualquier otra porquería de las muchas que devoraba

aquel hombre... pues a ello los dos; que esta clase de caza o que la

otra: lo mismo. Leto tenía un bote, malo por supuesto; pero andaba a

fuerza de vela; el inglés se las pelaba por esa diversión en que era

gran maestro... ¡caray, yo lo creo! como que era del _Royal-Club_ de su

tierra, y había ganado no sé cuántos premios de honor en regatas

famosas... eso es... ¡uf! y hombre muy principal y acaudalado, sí,

señor... y buen mozo... pues golpe al bote a todas horas... y atrocidad

va y atrocidad viene... porque no sé cómo no quedaron en una de ellas.

Eso es. Por otra parte, estaba enamorado de nuestra bahía, que ya sabe

usted que es de lo mejor del mundo, dicho y confesado por inteligentes

extranjeros... ¡caray, si es cosa buena! y estando enamorado de la bahía

y de la afición y el arte de Leto, no pudiendo adquirir aquí una

embarcación a su gusto, hizo traer, a fuerza de dinero para que llegara

pronto, un hermoso _yacht_ de regatas que él tenía en su país. Pues,

señor, que viene el _yacht_, y que Leto, al lado del inglés, aprende a

manejarle en cuatro días, y que se me vuelve medio loco el hijo, ¡caray!

de puro gozar en aquel... vamos, en aquel deleite, eso es, tan nuevo

para él... y échate mar afuera los dos hasta perderse de vista, y vira

acá y vira allá, dando con los topes en el agua y haciéndome a mí pasar

las de Caín de susto y de congoja, eso es... hasta que me convencí de

que no había tanto riesgo como aparentaba... En fin, señor don

Alejandro, que Leto y el inglés andaban siempre como la uña y la carne;

que llegó la hora de marcharse a otra parte el ingeniero, porque la mina

salió huera, y que al marcharse le regaló el _yacht_ a mi hijo, ¡caray!

que quieras que no, con todos sus enseres y cachivaches... Eso es. Y por

eso tiene Leto un _yacht_ tan lujoso. Cada lunes y cada martes le

zarandea por la mar. Ayer salió a media mañana, con su correspondiente

pitanza, por si acaso... eso es. Pues volvió entre día y noche, como

dije a usted en mi carta. Quise que subiera hoy a Peleches... pues

¡caray! casi de rodillas me pidió que no le diera comisiones de esa

clase. Subir conmigo, ya era otra cosa, y hasta lo haría con sumo gusto;

pero solo... ¡es mucho cuento! En eso quedamos al cabo; y entre si me

animaba yo a subir esta tarde o no, llegó su amigo el Ayudante de

Marina, con quien tenía pendiente un partido de billar... porque ésta es

otra de sus aficiones y el único vicio, eso es, que se le conoce; y

fuéronse al Casino poco antes de llegar ustedes... Que lo siento en el

alma, ¡caray! porque se hubieran conocido aquí todos, y eso tendríamos

adelantado... Eso es.

--Y es bastante, ¡canástoles!--dijo Bermúdez revolviéndose en su

banqueta--, y hasta sobrado para meternos en ganas de conocer de cerca a

ese mozo tan simpático y tan... Hombre, se me ocurre una idea: súbanse

mañana los dos a comer con nosotros en Peleches... Ello había de ser;

conque anticipémoslo, y de ese modo quitará el pobre Leto el escalofrío,

como los bañistas perezosos, de un chapuzón... ¡ja, ja!... ¿No es

verdad, Nieves?

--Me parece una gran idea--respondió ésta entregando al mismo tiempo a

don Adrián las acuarelas--. Y dígale usted, de mi parte, que cuando vaya

nos lleve algunas obras más de esta clase, para verlas... y

admirarlas... ¡Ay, qué bien lo hace, don Adrián! ¡Quién fuera capaz de

la mitad de ello siquiera!

--¿De veras, señorita?--preguntó el boticario conmovido de gusto.

--¡Y cuidado!--díjole don Alejandro--, que ésta es del oficio, y su

voto, de calidad por consiguiente...

--¡Caray! de ese modo, ya lo creo... Sí, señor, eso es. Pues tocante a

lo del convite, yo con alma y vida le doy por aceptado desde luego, mi

señor don Alejandro... Del chico, no sé qué decir a ustedes: siempre me

saldrá, por disculpa, con lo de costumbre cuando le conviene esconder el

bulto: con que no puede faltar uno de nosotros de aquí, sabiendo, como

sabe, que el mancebo se sobra y se basta, sí, señor, para el servicio

ordinario; porque bien acreditado lo tiene... eso es... Pero en un caso

como éste, puede que vaya... Irá, sí señor, irá. Es asombradizo, como

les he dicho a ustedes, o corto, o no sé qué; pero ha corrido mundo,

tiene luz allá dentro... justamente; sabe distinguir de colores, y a

ustedes los considera... ¡caray, si los considera!... Y una descortesía

no la comete él con nadie aunque le ahorquen... Ahora, en cuanto a

llevar consigo las pinturas, ya varía... y de eso sí que no respondo...

En fin, se hará lo posible, eso es... Y un millón de gracias por la

fineza, señores míos.

En esto entró don Claudio Fuertes, y se habló de otras cosas; y cuando

llegó el momento de salir los tres a voltejear por la villa, dijo el

boticario al comandante retirado:

--Si tocan ustedes en el muelle, enséñeles el _yacht_, aunque está

fondeado un poco lejos. Ya van enterados de todo... Eso es.

--X--

Al primer vuelo · 第 12 / 29 题