El de Villavieja tenía bien poco que ver y mucho menos que admirar. Esto
ya se sabe por referencia de don Claudio Fuertes; pero una cosa es
saberlo de oídas, y otra muy diferente verlo con los ojos de la cara;
subir por su escalera angosta, entre la tienda de Periquet y el _Bazar
del Papagayo_; sentir estremecerse los peldaños desnivelados, debajo de
los pies; abocar al vestíbulo mal oliente, obscuro, casi tenebroso de
día, con algunas perchas desiguales y una bastonera de listones, larga y
estrecha; echarse a la ventura por cualquiera de los dos pasadizos que
arrancan de allí, uno a la derecha y otro a la izquierda, con el suelo
esponjoso y temblón, de puro viejo, y ver aquí un cuarto lleno de
cajones vacíos, de quinqués desvencijados, de montones de periódicos de
desecho y de vasijas quebradas; más allá un tabuco con honores de
secretaría, conteniendo un estante de pino con papeles y algunos libros
de cuentas, cuatro sillas ordinarias y una mesa con tapete verde,
cartapacio de badana y escribanía de azófar; un saloncillo después con
una mesa larga con media docena de periódicos encima y buen número de
sillas alrededor, un armariote entre dos huecos de la pared con algunos
libros maltratados y varias colecciones de la _Gaceta_, un reló de caja
en un testero, y en el de enfrente un calendario debajo de un gran
anuncio encuadrado de los chocolates de Matías López, y dos quinqués,
con reflectores de latón, colgados del techo sobre la mesa. Todo aquello
era el «gabinete de lectura». Frontero a él, es decir, en el otro
extremo del corredor y con luces a la plaza, el gran salón: la mejor
pieza del Casino; salón de tertulia, de tresillo, de billar y de café al
mismo tiempo, y de baile cuando llegaba el caso. Entonces se arrimaban a
la pared las sillas de paja y las cuatro butacas descoyuntadas y
bisuntas que ordinariamente andaban de acá para allá al capricho de los
desocupados; se amontonaban las mesitas y los veladores en el cuarto
obscuro ya conocido, y en la _leonera_ y otro cuarto más por el estilo,
que había a su lado, o en la cocina, y se convertía la mesa de billar en
mesa de ambigú vistosamente adornada, en la cual se destacaban y lucían
mucho las pilas de azucarillos y las bebidas refrigerantes en la
cristalería de Periquet; se encendían las dos docenas de velas
correspondientes a otras tantas palomillas de quita y pon que había a lo
largo de las paredes y en cada cara de los dos pies derechos del medio;
y con esto y unas colgaduras de tul de tres colores en las puertas, y
unas guirnaldas de flores contrahechas, serpeando poste arriba en los
dos mencionados, y con quemarse allí unas pastillas del Serrallo, o
medio real de alhucema, resultaba el salón muy oriental y hasta
espléndido, en opinión de los más descontentadizos y exigentes
villavejanos.
La mesa de billar, por razón de la luz que necesitaban de día los
jugadores, estaba en una de las cabeceras del salón, cerca de uno de los
tres balcones que daban a la plaza. Los tresillistas, por alejarse todo
lo posible del ruido que de ordinario se hacía en la mesa y alrededor de
ella, entre jugadores, choque de bolas, cántico del pinche, matraqueo
del bombo, que era de hojalata, y comentarios y disputas de mirones y
tertulianos, ocupaban la cabecera opuesta, a más de treinta pasos de
distancia, porque el salón era enorme. Tenía el servicio de la casa,
desde tiempo inmemorial, ajustado a una tarifa votada en junta general
de socios, con asistencia del contratista, un cafetero establecido en la
calle trasera, en un local de muy mala traza; pero, según fama, cumplía
bien sus compromisos, y hasta gozaban de mucho crédito sus géneros, su
diligencia, y particularmente sus limonadas en la estación de verano.
Y no había otra cosa digna de mencionarse en el Casino de Villavieja.
Aquella tarde, o más bien, aquel anochecer, había, como de costumbre a
tales horas, poca gente en el gran salón. En las mesas de tresillo,
nadie; en los veladores inmediatos, lo mismo; en el sofá de gutapercha
jironeada y en las cuatro butacas contiguas a él, Maravillas y dos
«chicos de la redacción», hablando u oyendo leer, muy por lo bajo, a uno
de ellos unos papelucos. Cerca de la mesa de billar, tomando café
arrimados a un velador, el fiscal y dos amigos; y jugando _chapó_, con
el estrépito de siempre, el Ayudante de Marina y Leto Pérez el
farmacéutico: el primero sin corbata y con el cuello y el chaleco
desabotonados; el segundo lo mismo, y además en mangas de camisa;
licencias muy justificadas en aquella ocasión, porque tal era el calor
que hacía, que «se asaban los pájaros», al decir del hijo del boticario
sin apartarse mucho de lo cierto.
A pesar de este calor y de la peste que daban los dos reverberos de
petróleo colgados sobre la mesa, recientemente encendidos, aunque a
media luz todavía por recomendación del conserje, muy encarecida al
muchacho que apuntaba; a pesar de esto, y de llevar más de dos horas
jugando, ni el Ayudante ni Leto mostraban señales de cansancio.
Particularmente Leto, parecía endurecerse y animarse con la pesadumbre
del calor y los esfuerzos de la brega. Le faltaba tiempo para todo:
apenas se detenía su bola, largaba el tacazo y tomaba la contraria casi
al vuelo; agarrado a la baranda, veía correr las tres, porque a no estar
en mano una de ellas, a las tres ponía en movimiento disparatado, y las
seguía y arreaba con los ojos; y como siempre _hacía_ algo, cuando no lo
hacía todo, palos, carambola, pérdida y dos billas, con un estruendo
espantoso (porque el paño tenía heridas y recosidos, y las bolas
desconchados, y sonaban sobre el tablero como si llevaran clavos de
resalto), las sacaba de las troneras y plantaba los palos antes que el
pinche acabara de cantar el golpe. Al Ayudante le daba siete tantos y la
salida, si la quería; y así y todo le llevaba de calle, porque no había
defensa posible contra un modo de jugar como el de Leto. Y cuidado que
el Ayudante jugaba bien; pero como no lograra pegar al otro a la
baranda, cosa perdida. Con una cuarta de taco que pudiera meter en la
mesa el farmacéutico, golpe hecho por donde menos podía esperarse. Para
una fuerza inicial como llevaba su bola, no había nada seguro en la
mesa, ni en las inmediaciones las más de las veces. El Ayudante
desfogaba sus contrariedades llamándole san Bruno, y chiripero, y
leñador y otras cosas parecidas. Leto le concedía que le salía bastante
más de lo que tiraba; pero no que estuvieran bien aplicados los
calificativos aquellos. Y sobre eso porfiaban a cada instante y apelaban
al juicio de los mirones, ¡y daba Leto cada carcajada y decía cada
cosa!...
Porque aunque todo lo tomaba con calor, rara vez se incomodaba. Tenía
eso de bueno, por de pronto; amén de la estampa, que no era mala por
ningún lado que se la mirase. Al contrario, reparando mucho en ella y
sabiendo mirar, había momentos en que resultaba hasta hermosa. Leto era
fornido, sin ser basto ni mucho menos; ágil y bien destrabado de
miembros, de mirar noble e inteligente, sano color y correctas
facciones; la barba, de un matiz castaño obscuro, nutrida, suave y bien
_puesta_; el pelo semejante a la barba; los dientes sanos y
blanquísimos; la boca no grande y fresca, y el cuello, que entonces
estaba al descubierto, limpio, blanco y redondo como una pieza de
mármol. Pues siendo así al pormenor, sólo en determinados momentos, como
se ha dicho, resultaba, en conjunto, hermoso en el sentido estético de
la palabra. La razón de este contrasentido, que pocos trataban de
investigar (uno de ellos don Claudio Fuertes, que tan conocido le tenía,
y, sin embargo, se le pintó a don Alejandro de la manera indecisa que se
vio en su carta), la hallaría un fisiólogo de tres al cuarto con sólo
reparar cómo jugaba y discutía y razonaba y se conducía en todo, con
relación a los que le oían o le miraban, el hijo de don Adrián Pérez, y
la irá conociendo el lector según le vaya tratando.
El caso es, a la presente, que Leto llevaba de calle al Ayudante; que el
Ayudante se picaba; que Leto se defendía a su manera; que el fiscal y
sus colaterales les embrollaban el pleito para enzarzarlos más en él;
que el pinche dio una vuelta a los tornillos de los reverberos, porque
ya no se veía lo necesario para jugar la última mesa comenzada del
último partido; y que en este estado de cosas se marcharon los dos
amigos de Maravillas; se sentó éste junto al velador más próximo al
billar por el lado de _cabaña_, y «variando de conversación», preguntó
el fiscal al mozo farmacéutico que engredaba la suela de su taco en
aquel instante, después de haberse limpiado el sudor de la frente con
una manga de su camisa, si había ido a visitar al _Macedonio_.
--Y ¿quién es el Macedonio?--preguntó a su vez Leto candorosamente.
--Me parece que bien claro está--replicó el otro muy serio--. El señor
de Bermúdez Peleches.
--No veo yo esa claridad...
--Hombre--añadió el fiscal repantigándose en su silla y metiendo los
pulgares por las sisas del chaleco--: un Alejandro que tiene por
hermanos a un Héctor y un Aquiles, no puede ni debe ser otro de menor
talla que el de Macedonia, el _Magno_, que llamamos la Historia y yo.
Además, según mis noticias, es tuerto como su ilustre padre, el jumista
Filipo. Otro rasgo de familia...
Se celebró mucho la ocurrencia por todos los presentes, incluso
Maravillas, que por aquella vez no usó la sonrisita a que le obligaba de
continuo su papel de librepensador propagandista; por todos, menos por
Leto, que se quedó mirando de hito en hito al fiscal... hasta que de
pronto soltó una carcajada.
--¡Carape!--exclamó enseguida--, que está de molde el apodo.
--Gracias, muchacho--dijo muy serio el fiscal.
--Vamos, que quedará como otros muchos.
--No lo dije por tanto; y hasta lo sentiría, porque tengo los mejores
antecedentes de ese caballero, y en especial, de su hija. Dicen que es
cosa excelente... Pero ¿en qué quedamos? ¿ha ido usted o no ha ido a
verlos?
--¡Yo!... ¿a qué santo?
--Al santo de que ha ido media Villavieja... ¡Canario, cómo se conoce
que tienen guita larga!
--Pues mire usted... (Allá va eso, Ayudante... Vaya usted contando: la
carrerita del medio, carambola y billa... Aguarde usted, que también el
mingo se va a colar... ¡Se coló!... Dos y seis, ocho; y seis, catorce.
Apunta, muchacho.) Pues iba a decir que, sin que yo tenga personalmente
nada que ver con ellos, ni los conozca siquiera más que de oídas, es lo
cierto también que, por una casualidad, no estuve ayer en Peleches de
punta en blanco, y que por poco más de lo mismo, no he subido hoy allá.
--¡No le dije yo? A ver eso, hombre.
--Y ¿qué ha de verse? Lo que le dije al principio: que nada tengo que
hacer en Peleches, y que por eso no he ido.
--Como decía usted que por una casualidad...
--(Apunta eso más, muchacho... y no se queme, Ayudante. Ya sabe que soy
un segador chiripero.) Lo decía por mi padre.
--Ahora lo entiendo menos.
--Mi padre es muy amigo de don Alejandro desde que éste andaba por acá.
Ayer se torció un pie.
--¿Quién? ¿don Alejandro?
--No, señor: mi padre.
--Corriente.
--Torciéndose un pie... poca cosa... ya está casi bien. (¡De maestro,
señor Ayudante, de maestro! Pérdida con tres palos, y cubierto yo; y
además pegado como una ostra... ¡Carape!... Vamos, un tanto más para
usted...) Pues torciéndose un pie mi padre en un hoyo de la botica, no
pudo subir ayer a Peleches a saludar a ese señor; y no pudiendo subir,
le escribió una esquelita a última hora de la tarde, al ver que yo no
volvía.
--¿De dónde?
--De voltejear por afuera. Porque él había pensado que hiciera yo la
visita en su lugar... (Otro golpe bueno, Ayudante. A ese paso, me la
lleva usted. Pero ya nos veremos un poco más allá. Estamos veinticuatro
por diez y ocho... ¿no es así? Me faltan doce... cuestión de un golpe o
dos... ¡Ajá!... Apúntame esos cinco tantos por de pronto.) Al volver ya
de noche, me lo contó mi padre con lo de la torcedura, que ocurrió
después de salir yo de casa donde le dejé arreglándose para subir.
--¿Adónde?
--A Peleches... ¡Y quería que yo le acompañara!... Como ha querido hoy
que subiera a decirles que todavía continuaba él sin poder salir de la
botica...
--Y bien querido.
--¡Quite usted allá, hombre!... ¡Pues soy yo a propósito para esas
embajadas y esos!... Todavía ayer, si hubiera estado en casa, por
complacer a mi padre y no tener disculpa de fuste para lo contrario...
¡pero hoy, estando él ya para subir de un momento a otro, y después de
la carta de anoche!... (¡Carape!... se me pasó la bola... Vaya otro
respirito más para la agonía de usted, Ayudante.)
--Pero ¿por qué se resiste usted tanto a complacer a su padre en un
asunto tan hacedero y llano y hasta gustoso?
--Por demás lo sabe usted, fiscal: porque no sirvo yo para esas cosas...
vamos, que me pego a la pared lo mismo que un animalejo.
--Pamemas. Diga usted que le gusta lo cómodo, y acabemos...
--Que es la pura verdad, hombre: que soy así.
--Para lo que le conviene.
--¡Lo mismo que Dios está en los cielos!
Esto lo dijo Leto preparándose a jugar por la baranda de arriba; y al
oírlo Maravillas, le soltó desde enfrente una sonrisita de las más
acentuadas de las suyas. Leto la pescó en el aire, y casi se sintió
mortificado; pero estaba más atento que a esas cosas, a la jugada que
acababa de prepararle un descuido de su contrario.
--Así se los ponían a Fernando séptimo--dijo el fiscal, repitiendo una
frase tradicional en los billares, en idénticos casos; es decir, cuando
queda la bola contraria entre la del jugador y los palos y en línea
recta, para _fusilar_.
--¿Se tira esto?--preguntó Leto al Ayudante repitiendo otra frase de
billar.
--Y con mucho cuidado--contestó el Ayudante, dándose por muerto.
--Pues allá va.
Se oyó un estrépito formidable; y no quedó nada, lo que se llama nada,
sobre la mesa, porque los cinco palos fueron a estrellarse en la cara de
Maravillas; la bola de Leto saltó tras ellos, con diferente rumbo por
suerte de Tinito el sabio; y las otras dos, por haber chocado la del
Ayudante con el mingo que estaba en cabaña, desaparecieron en las
troneras, después de rebotar unos instantes de baranda en baranda, como
si las persiguieran centellas.
Maravillas se quedó como espantado y sin maldita la gana de sonreírse;
Leto aseguraba que lo había hecho sin intención, pero con trazas de
darlo por bien hecho a poco que lo pusiera en duda el apaleado; el
Ayudante pedía que se le apuntara el golpe a él porque la bola que saltó
había sido la de Leto, y los demás coreaban la porfía como lo reclamaba
la pintoresca situación... De pronto callaron tirios y troyanos, y se
vio a los jugadores arrojar los tacos, abotonarse apresuradamente
camisas y chalecos, volverse Leto de espaldas, recoger de encima de una
banqueta su americana, y, muy acelerado, embutir el cuerpo en ella.
Porque es el caso que acababan de aparecer en el salón el comandante don
Claudio Fuertes y otras dos personas que, por todas las señales, debían
ser don Alejandro Bermúdez y Nieves, o, como dijo a sus colaterales el
fiscal, después del primer vistazo a los forasteros y en su manía de
poner motes a todo bicho viviente, «el Macedonio con la más guapa de las
hijas de Darío».
Por todo arreo llevaba Nieves una túnica lisa de color de barquillo, muy
ajustada al airoso talle, y un sombrerito de paja del tono del vestido,
de los guantes y de la sombrilla; y por todo adorno del traje, dos
toques o _notas_ verde mar: una en el sombrero y otra en la cintura.
Calcúlese el relieve que adquiriría aquella figura tan esbelta, tan
fina, tan pulcra y tan elegante, sobre los fondos sucios y denegridos
del gran salón del Casino de Villavieja.
Don Claudio avanzó con sus acompañados hasta la mesa de billar, y les
fue presentando, uno a uno, todos sus amigos agrupados allí.
Cuando le tocó el turno a Leto, don Alejandro le dio un fortísimo
apretón de manos, y Nieves, mirándole con gran interés, le aseguró que
tenía grandísimo gusto en conocerle. Leto, con la lengua trabada y las
mejillas ardiendo, pensó que le daba algo.
--Hemos estado en la botica--le dijo Bermúdez--, donde he tenido el
placer de abrazar a mi buen amigo don Adrián, y nos ha hablado
largamente de usted. Por eso, y por ser hijo de quien es, nos alegramos
tanto de hallarle aquí. Además, yo le conocí a usted así de chiquitín.
¡Canástoles con el estirón que ha dado desde entonces acá!
Hablando, hablando, se supo que el padre y la hija habían salido de
Peleches a las seis de la tarde y bajado por la Costanilla. Habían
entrado en la Colegiata, donde Nieves, después de rezar sus devociones,
había visto cuanto era digno de verse y la fue enseñando don Ventura,
con su paciencia y amabilidad acostumbradas. Después habían entrado en
la botica. Allí descansaron y hablaron largamente. Al disponerse para
salir, llegó don Claudio que había ido a buscarlos a Peleches media hora
antes, creyendo hallarlos en casa todavía. Desde la botica, y como ya el
calor no molestaba mucho, se fueron los tres hacia el muelle, y luego
por la Campada... y por la Ceca y la Meca. Viniendo ya cerca de la
plaza, de vuelta para Peleches y muy sediento don Alejandro, recomendole
don Claudio las limonadas del Casino; y por eso y porque Nieves
conociera el gran salón, de tan buenos recuerdos para él, habían subido.
Conque se dispusieron convenientemente dos o tres veladores lo más lejos
que se pudo de los reverberos del billar que apestaban a petróleo; se
pidió perdón a Nieves porque no olieran a cosa mejor, y se sentaron
todos «en dulce amor y compaña», devorando a Nieves con los ojos los dos
abogadillos; no sabiendo Leto Pérez dónde fijar los suyos con entera
seguridad de no ser aludido por nadie, para evitarse la angustia de
hablar delante de tan señalados huéspedes, y muy arrepentido el fiscal
de haber puesto motes a aquel señor que, aunque tuerto, le parecía una
excelente persona y era padre de la chica más guapa que había visto él
de cerca en todos los días de su vida.
--IX--