Visitas

Lo anunciado a este propósito por don Claudio Fuertes y León en casa de

don Alejandro Bermúdez, se cumplió casi al pie de la letra. A las once

de la mañana, precisamente en el instante en que esa hora sonaba en la

torre de la Colegiata, se sentaban en el estrado de Peleches Rufita

González y su madre, las «parientas» de la casa, con todos los útiles de

visitar encima: guantes, abanico, sombrilla y tarjetero, y los trapos

mejores del baúl.

--Nosotras--decía Rufita después de los acostumbrados saludos; porque es

de saberse que su madre apenas desplegaba los labios sino para sonreír

continuamente y decir a todo «justo»--, teníamos noticias exactas de su

venida a Peleches este verano, no solamente por don Claudio que tanto

nos distingue porque nos aprecia muchísimo, sino por la misma tía

Lucrecia que nos lo escribió por el último correo, al darnos parte de

que vendría también mi primo carnal, Nachito, a conocernos a todos sus

parientes... vamos, a ustedes y a nosotras, ya que no podía venir ella

por haber engordado una barbaridad, ni tampoco el tío Cesáreo, que tiene

que estar siempre a su lado, porque no se puede valer de por sí sola, de

puro gorda que está... Por supuesto que de esta venida del primo, muy

corrida por aquí, y de saberse también que se ha carteado conmigo...

¡uff! han sacado los murmuradores horror de cosas: que si hay planes

arreglados, ¡vea usted!; que si debe vivir con nosotras, porque es hijo

de un hermano de mi madre; que si vivirá en Peleches, aunque es sobrino

de ustedes _solamente_ por parte de la suya; que si, por sus caudales

atroces, estaría mejor arriba que abajo, por otros particulares que

conoce bien la pobre tía Lucrecia y no habrá olvidado tampoco el tío

Cesáreo, más propio y hasta más decente sería vivir abajo que arriba...

Vamos, lo de siempre que la murmuración mete la pata en negocios

ajenos... Pero nosotras, gracias a Dios... ¡y a buena parte vienen a

hacer leña!... ¿eh, mamá?... nosotras bien conocemos que para alojar a

una persona de la importancia de Nachito, no somos todo lo... vamos,

todo lo principales y ricas que se requiere, por más que en educación y

en sentimientos no tengamos que envidiar a las señoras más encumbradas;

y por lo mismo que conocemos esto, no nos chocaría que mi primo se

encontrara más a gusto en Peleches... ¡Ah! pues deje usted, que no falta

quien dice que viene a casarse con usted, Nieves... usted sabrá si es

cierto, ¡ja, ja, ja! Verdaderamente que no tendría nada de particular

que así resultara después de conocerla a usted, tan elegante y tan

bonita... Ya ve usted, comparada con una pobre villavejana como yo...

¡ja, ja, ja! la elección no podía ser dudosa... ¡ja, ja, ja!... Pues a

lo que iba al principio, porque las palabras se enredan, se enredan...

Sabiendo nosotras que venían ustedes, nos dijimos (se entiende, mamá y

yo): ¿y qué hacemos? La cortesía y el parentesco de familia nos mandan

que los visitemos; pero otras razones que tampoco son de olvidar, nos

dicen: hay que dormirlo y rumiarlo bien, porque si con el mejor de los

deseos que una lleve a esa casa, le dan a una un disgusto gordo por todo

pago, ¡zambomba! Conque en esto, consultamos el caso ayer mismo con don

Claudio; y, naturalmente, nos aconsejó que viniéramos, respondiendo él

de que seríamos bien recibidas... ¡Pues no faltaría más! como nos dijo

el señor de Fuertes: «¿qué tienen ustedes que ver con lo que en otros

tiempos hubo o no hubo entre los de arriba y los de abajo, siendo ya eso

puchero de enfermo y ustedes unas señoras en toda regla, que no van a

pedir a nadie media peseta para los panecillos del almuerzo?» Conque al

saber que ustedes habían llegado anoche, nos dijimos: vamos a saludarlos

y a ofrecerles la casa y nuestros respetos, porque arrieros somos... y

casi parientes además; y esta mañana nos echamos encima lo primero que

tuvimos a mano... Porque nos gusta mucho a mamá y a mí andar decentes,

eso sí, pero sencillitas, muy sencillitas, como ustedes pueden ver... lo

que no quita que tengamos siempre de reserva alguna cosilla de más lujo,

por si acaso truena gordo a lo mejor... Al revés que otras de aquí, que

se llevan el cofre entero cada vez que se echan a la calle, ¡uff! Porque

ustedes no pueden figurarse la bambolla que hay en Villavieja, y los

humos que gastan y el tono que se dan ciertas gentes... Vamos, cuatro

zarrapastras, Dios me lo perdone, que estarían mejor barriendo las

escaleras o acarreando sardinas desde el muelle... ¡Ya verán ustedes, ya

verán! sobre todo usted, Nieves, si no trae bien atascados los baúles y

no saca un vestido nuevo cada día a la Glorieta o a los Arcos... ¡ja,

ja, ja! y si le saca, que luego se le copian y la miran de reojo y la

despellejan viva. Son atroces, ¡ja, ja, ja!... Que diga mamá si

empondero ni tanto así... Porque, hija, ¡nos tienen sacudida cada patada

en la boca del estómago!...

Y así durante quince minutos, sin que nadie pudiera meter baza en la

conversación. Para Nieves, la garrulidad de Rufita era de una novedad

asombrosa: estaba como fascinada escuchándola; pero más fascinada

todavía viendo la multitud de cosas que movía a un tiempo: la lengua, la

cabeza, los ojos, el abanico, la sombrilla, los pies y las asentaderas.

En cambio, su madre apenas movía cosa alguna más que los labios para

sonreír, el abanico muy poco a poco, y la lengua para decir de tarde en

tarde: «justo.» Don Alejandro estaba poco menos suspenso que su hija

delante de aquel espectáculo; pero no tan tranquilo como ella, porque le

tenía en ascuas el temor a ciertas y determinadas alusiones de Rufita

González.

Cerca ya del mediodía se levantaron las dos; y eso porque se oyeron

rumores de nuevos visitantes que entraban en el pasillo.

--Sobre el particular del primo Nacho--dijo Rufita despidiéndose--,

repetimos a ustedes que, por nuestra parte, no habrá camorra ni cosa que

se le parezca. Si él quiere quedarse en Peleches, que se quede; si

quiere venirse con nosotras, que se venga. No estará tan bien alojado

como aquí, ni tendrá tan guapa mesonera, ¡ja, ja, ja! pero le daremos

cariño largo y lo mejor de lo de casa; y... algo es algo, ¡ja, ja, ja!

De todos modos, no es puñalada de pícaro todavía, y pueden ustedes ir

formando su composición de lugar para cuando volvamos a vernos. Porque

hemos de volver a vernos, ¿no es verdad? Por lo pronto, cuando nos

paguen ustedes la visita... y muchísimas veces más, como es natural

entre personas de familia. ¿No es verdad, don Alejandro? ¡Ja, ja, ja!

Adiós, Nieves. _(Un par de besos.)_ Toda de usted, señor don

Alejandro... Despídete, mamá, y vámonos. _(Se despide la mamá como

puede, y salen las dos.)_

A la puerta del estrado se cruzaron con las Escribanas que entraban, muy

arrebatadas de calor y un tanto airadas de semblante. Antes de salir de

casa se habían picado las chicas por diferencias de opinión sobre lo que

debían de ponerse para hacer aquella visita. Al fin se vistió cada una

de ellas como mejor le pareció; pero todo el camino fueron tiroteándose

a media voz unas a otras. Aún duraba la resaca cuando se cruzaron con

las parientas de «los de Peleches» a la puerta misma del salón. Por eso

y por la mala ley que las tenían, más que de saludo fueron de mordisco

las palabras y los gestos con que las pagaron sus muestras de cortesía.

Se sentaron todas después de muchos remilgos de exagerada etiqueta, y la

Escribana madre fue quien habló la primera. Se habían creído obligadas a

dar la bienvenida y ofrecer sus respetos a los señores de Peleches, no

solamente por la posición que ocupaban ellas en la sociedad de

Villavieja, «aunque humilde, de alguna importancia», sino por lo íntimo

de las relaciones que siempre hubo entre su difunto marido y la casa de

Bermúdez. (Puro embuste.) Por otra parte, había entre las personas

«propiamente decentes» de allí, verdadera necesidad de cultivar un poco

el trato de las gentes bien nacidas y de buena educación, porque

«ustedes no saben cómo se va poniendo esto de día en día... ¡atroz! ¡les

digo a ustedes que atroz!» Y no estaba la culpa precisamente en el

empeño de las de abajo en subirse muy arriba, sino en algunas que por

haberse tenido siempre por de lo más cogolludo, no podían sufrir que

otras tan buenas como ellas, por donde quiera que se miraran, se

pusieran a su lado; y no pudiendo asombrarlas ni siquiera deslucirlas en

tanto así... ni competir con ellas, si bien se miraba, en dinero, ni en

elegancia, ni en educación, se dejaban pudrir entre cuatro paredones

viejos, o andaban al revés de todo el mundo. Y claro estaba: los sitios

que dejaban desocupados ellas «en la buena sociedad», los iban ocupando

«otras atrevidas del zurriburri»; se hacía de ese modo «una mezcolanza

atroz», y luego, las gentes que no entendían mucho de estas cosas, a

todas las medían por un mismo rasero. Quería la Escribana madre que

Nieves lo tuviera todo muy en cuenta para que no se dejara engañar «por

la pinta» y supiera «a quién se arrimaba». Éste era un favor que ella

quería hacerla con el buen deseo de evitarla muchos disgustos... Por de

pronto, no citaba nombres; pero los citaría si Nieves lo creyera

necesario...

La mayor de las hijas, pensando que caería bien allí un escrupulillo

forzado, una atenuación irónica a lo dicho por la madre, apuntó cuatro

palabras en este sentido; pero enseguida se las tachó con otra ironía la

escribanilla segunda; replicó la primera con una pulla a su hermana;

intervino la menor con una zumbita mortificante para las otras dos, y

volvieron a salirles a las tres los rosetones encarnados en las

mejillas, a temblarles la voz y los labios, y en las manos los abanicos,

que crujían y se despedazaban entre los dedos convulsos... La Escribana

madre, bien conocedora de aquellos síntomas, para conjurar la tempestad,

más o menos sorda, que barruntaba, reía a carcajada seca los dichos de

sus hijas, queriendo que los tomaran por chistes Nieves y don Alejandro,

que se miraban atónitos delante de aquella singular escena.

Por fortuna para todos, entró don Ventura Gálvez, el párroco de

Villavieja, hombre de pocas teologías, pero de mucha moral, risueño,

sencillote y bondadoso como él solo. Era ya viejo, aunque bien

conservado, y el único resto de lo que fue Cabildo de la Colegiata de

Villavieja antes del Concordato que los suprimió. Quedóse allí como

coadjutor de la nueva parroquia, y a los pocos años ascendió a párroco.

Le estimaba mucho don Alejandro, y le dio un abrazo apretadísimo.

Tuteaba a las Escribanas, porque eran hijas suyas de confesión y

pertenecían además a una de las congregaciones que dirigía él, y les

dijo algunas cuchufletas en cuanto las vio allí muy emperejiladas. Con

esto se conjuró la tormenta que amagaba estallar. Llevando don Alejandro

la conversación al terreno de don Ventura, habló éste del estado en que

se hallaba la Colegiata: bastante bueno. Según los inteligentes, porque

él no lo era, el templo, sin ser un monumento de gran importancia, valía

la pena de ser atendido, aun sin considerarle, como le consideraba él

ante todo, como casa de Dios. Era relativamente moderno, de estilo

greco--romano, bien lo sabía el señor Bermúdez; y aunque no rico por su

ornamentación, de cierta grandiosidad aparente... Para Villavieja, como

la Catedral de Toledo. Los dos coadjutores (que ya vendrían a ver a don

Alejandro, quizá en aquel mismo día) le ayudaban con celo y hasta con

entusiasmo, y resultaban de ese modo bastante esmeradas y solemnes las

funciones del culto. Para el vecindario que tenía Villavieja, en rigor,

en rigor, se necesitaba mayor personal que el que tenía la parroquia;

pero habida cuenta de los tiempos que corrían, no se estaba mal del

todo.

Gracias a los buenos sentimientos de los villavejanos, en el templo no

se carecía de nada de lo principal... con excepción del órgano, que a lo

mejor no sonaba, de puro viejo y remendado. Se trataba de adquirir otro,

y ya se habían tanteado voluntades con bastante buen éxito... Don

Cesáreo, el marido de doña Lucrecia, había ofrecido una cantidad

considerable, y mayor, si fuere necesaria. Dios era la Suma Bondad y

cuidaba de todos, particularmente de los villavejanos, entre los cuales

no arraigarían nunca las malas ideas... Últimamente había caído allí una

semillita de cizaña... cosa de nada; pero que, como todo lo malo,

fructificaría si no se exterminaba a tiempo: el hijo de un tabernero mal

aconsejado; un chilindrín presuntuoso, un tal Maravillas, que con el

polvo de las aulas, o de los garitos, en la ropa, se había echado a

predicar entre la gente menuda unas doctrinas endemoniadas, que corrían

el peligro de tomar algún arraigo, por lo mismo que no eran entendidas

ni del predicador ni de los oyentes. Por eso había que vivir alerta.

¡Semejante mequetrefe, ignorantón y atrevido! Últimamente andaba

empeñado en la obra, que llamaba él redentora, de publicar un periódico,

que se imprimiría en la capital, porque allí, en Villavieja, no había

imprenta todavía... ¡Tendría que leer lo que dijera ese periódico

escrito por un trastuelo que discurría y pensaba como Maravillas, en una

población de tan sanas ideas como Villavieja!

Se habló mucho de esto; se fueron las Escribanas, y entraron, casi unos

tras otros, el juez de primera instancia, el abogado Canales, Codillo

con sus hijas, el médico don Cirilo, las Corvejonas y algunos notables

más de la villa. Apenas se cabía en el testero del estrado donde

recibían los señores de Peleches; y a estas apreturas y al respeto que

infundían allí los personajes graves, se debió, para suerte de los de

casa, que ni las Corvejonas ni las de Codillo estuvieran en el lleno de

sus papeles, como habían estado en los suyos respectivos las Escribanas

y Rufita González, y se marcharon pronto.

Cuando se sentaron a la mesa, muy corrida ya la una de la tarde, los de

Peleches, Nieves sentía quebrantos en el cuerpo, como si hubiera rodado

por una montaña; y además estaba medio asustada con las cosas de

aquellas mujeres tan parleteras, tan maldicientes y tan feroces. Le

aterraba la idea de un trato frecuente con ellas, y pidió por

misericordia a su padre que la librara de ese suplicio.

Don Alejandro se reía de buena gana de estos temores de su hija, y la

entretuvo mucho explicándole la verdadera substancia de aquellas cosas

que la asustaban por no conocerlas tan bien como él. Desmenuzolas

convenientemente; separó a un lado lo que en ellas había de malo por

resabios de localidad y faltas de verdadera educación, y a otro lo que

era sano y noble, honradísimo y muy estimable en el fondo, y demostró a

su hija, sin gran esfuerzo, que, cultivando por este lado y con sumo

tino y con poca frecuencia el trato de aquellas personas, hasta llegaría

a quererlas. De todas suertes, ella había ido a Peleches para hacer una

vida a su gusto, sin agravio ni ofensa de los demás, y esa vida haría

allí.

Por la tarde continuaron las visitas, que subían a Peleches sudando el

quilo, porque aquel día achicharraba el sol. Dígalo la Indiana madre,

que se presentó con vestido de terciopelo, el mayor lujo de todos los

cofres de la villa, arreglado por cuarta o quinta vez del que le regaló

su Martín al casarse con ella.

Cerca ya del anochecer y cuando en Peleches no se esperaba a nadie,

llegaron los Vélez de la Costanilla. Eran tres, lo único que quedaba ya

de los Butibambas de Villavieja: un señor don Gonzalo, alto, huesudo y

pálido, con la cabeza calva y la cara muy rasurada, tieso corbatín y

levita negra muy ceñida, bastante pasada de moda y de uso. Juanita

Vélez, doncella cuarentona, larga y enjuta, por el estilo de su padre,

lacia de pelo, de buenos ojos y muy regulares facciones, vestida de

finas telas, pero muy antiguas; presuntuosamente simple el corte de su

atalaje, pero también algo anticuado; y, por último, Manrique, el menor

de los Vélez, hermano de Juanita, un giraldón desvaído y soso, con la

boca muy grande y los dientes amarillos, mucho pie, largas piernas y

bastante nuez. Era abogado por lujo, y por lujo consumía su juventud

encerrado en el caserón de la Costanilla, por hábito de tener en poco a

las gentes de Villavieja.

Aquella visita fue pesada y melancólica, y además muy molesta para

Nieves, que estuvo incesantemente entre las miradas de los dos hermanos:

las de Juanita, inquisidoras y mordicantes, y las de Manrique, voraces y

hasta desvergonzadas. Se cruzaron pocas palabras entre los tres; y de

esas pocas, las de Nieves fueron monosílabos; las de Juanita,

impertinencias, y las de Manrique, sandeces. Don Gonzalo, que leía _La

Época_, habló un poco con don Alejandro de las audacias de los partidos

extremos y de la decadencia de la aristocracia española por influjo

necesario de las nuevas corrientes, de las que no se apartaba lo que

debía y a lo cual la obligaban sus gloriosas tradiciones y la altísima

misión que le estaba encomendada por la Historia, y hasta por la

Providencia divina... Esto le llevó como una seda a trazar un croquis de

su vida en aquel centro minúsculo en que bullían y se agitaban, en las

debidas proporciones, los mismos instintos malos y las mismas

concupiscencias que en las grandes capitales. A Dios gracias, había

logrado conservar hasta la fecha todo su prestigio y en la misma fuerza

en que le había heredado de sus mayores. No concebía, en su clase, la

vida de otro modo, ni podía acomodarse a ciertas artimañas y componendas

con las clases inferiores, como hacían otros... porque así les iba

mejor. Era cuestión de dignidad nativa, y no había que disputar sobre

ello.

No pensaba en semejante cosa el tuerto Bermúdez, que le escuchaba sin

pestañear y bostezando a ratos; y eso que podía jurar que lo de las

artimañas y las componendas con las clases inferiores, iba con él porque

era rico y del solar de Peleches, y vivía en Sevilla, y tenía negocios y

amigos de muchas castas en varias partes, incluso Villavieja; sabía

también que los Vélez de la Costanilla le detestaban con cuanto le

pertenecía, y que si venían a visitarle entonces era sólo por darse

lustre y venderle la fineza; sabía además que el resoplado Vélez, con

todos aquellos pujos de idealismo aristocrático, era, so capa, el mayor

y más funesto intrigante que había en Villavieja, con excepción del

otro, de Carreño, el de la Campada, que allá salía con él en intrigas y

en agallas; y sabía, por último, que era relativamente pobre y pobre

vanidoso, vivía retraído y envidioso y maldiciente, lo mismo que sus

hijos e igual que todos sus fidalgos progenitores. Lejos de pensar en

contradecirle en nada el campechano Bermúdez, a todo le dijo «amén» por

ser ese el camino más derecho para llegar al fin de la visita, que era

lo que más deseaba entonces.

Túvole al sonar las nueve de la noche; y los Vélez de la Costanilla se

despidieron y se marcharon con el mismo insípido ceremonial con que se

habían presentado en el solar de Peleches.

En cuanto se vio Nieves a solas con su padre, le dijo:

--Creo que estoy mala, papá, y que si vienen más visitas esta noche, me

muero.

--Y yo también--respondió don Alejandro, recorriendo el salón a grandes

pasos para desentumecerse--. Pero no tengas cuidado, que no vendrán; y

si vinieran, perderían el viaje y el tiempo, porque voy a dar órdenes

para que se cierren las puertas, como si nos hubiéramos muerto o

zambullido ya en la cama... Pero dime antes: de todas las visitas que

nos han hecho hoy, ¿cuál te ha parecido la más molesta?

--La última--respondió Nieves sin vacilar--. Ésta de los Vélez. ¡Ay, qué

estampas de escaparate! Siquiera las otras...

--Justo, resultan divertidas.

--Eso es.

--Pues aún te faltan otros ejemplares de primera: los Carreños de la

Campada, rivales de los Vélez de la Costanilla, que acabas de conocer...

y lo que Dios nos tenga destinado, hija mía; porque al paso que vamos

hoy, no es fácil adivinar lo que sucederá mañana. De todas suertes, la

batalla ha de durar pocos días... Recuerda lo que don Claudio nos dijo.

--Sí; pero ¿y los del pago?

--Esos no te apuren: se toman a nuestra comodidad, o no se toman... o se

corta por donde convenga; y que arda Troya si es preciso. A nosotros,

¿qué? Por de pronto, cenaremos para cobrar fuerzas; y con eso y el

descanso de la cama, amanecerá Dios mañana y medraremos... ¡Catana!

¡Catana!...

Se presentó la rondeña a los pocos momentos, con una carta en la mano, y

mientras se la alargaba a su señor, la dijo éste:

--Que se cierren los portones de la calle y que nos preparen la cena a

escape... ¿Quién ha traído esta carta?

--Un mandaero.

--¿Espera la respuesta?

--No, zeñó.

Abriola don Alejandro, que ya había entrevisto al pendolista en la

bastarda algo temblona del sobre; leyó la firma ante todo, y dijo a

Nieves:

--De quien yo me presumía por la letra.

--¿De quién, papá?

--Del famoso farmacéutico. A ver qué se le ocurre al bueno de don

Adrián.

«SR. D. ALEJANDRO BERMÚDEZ PELECHES.

»Mi amigo, señor y dueño: hallándome imposibilitado de salir hoy de ésta

su casa por la torcedura de un pie (cosa de poca importancia); ausente

mi hijo desde que se fue esta mañana a hacer una de las suyas, y no

queriendo ser el último de sus buenos amigos en dar a ustedes la

bienvenida, se la mando en estos renglones.

»Mientras llega la ocasión de dársela de palabra, tengo un señalado

placer en repetirle que soy de usted verdadero amigo y seguro servidor

q. s. m. b.

»ADRIÁN PÉREZ.»

--Así habían de hacerse todas las visitas--dijo Nieves--, para que no

resultaran pesadas.

--Pues precisamente es la de este perínclito boticario de las pocas, si

no la única, que yo hubiera recibido hoy con verdadero placer. Tanto,

que mañana mismo he de ir yo a verle.

--¡Ay, papá!--exclamó Nieves alarmada de veras--. ¿Y si vienen visitas

estando yo sola?

--Ya se elegirá una hora conveniente--respondió su padre para

tranquilizarla--. Y a mayor abundamiento, te llevaré conmigo, y

tomaremos el aire de paso, y estiraremos los tendones; y si vienen

visitas, que vengan; y si se amoscan... mejor... ¡canástoles! ¡Viva la

libertad de Peleches!

Y se fueron al comedor, triscando como dos chiquillos después de salir

de clase.

--VIII--

Al primer vuelo · 第 10 / 29 题