Como la mayor desgracia

juzgo, amigo y compañero,

el estar hoy de servicio

para ser alcaide vuestro.

Resignacion, Don Fadrique,

tomad una silla os ruego.

(_Se sienta Don Álvaro._)

Y mientras yo esté de guardia

no mireis este aposento

como prision... Mas es fuerza;

pues órden precisa tengo,

que dos centinelas ponga

de vista...

D. ÁLVARO.

Yo os agradezco,

señor, tal cortesanía.

Cumplid, cumplid al momento

con lo que os tienen mandado,

y los centinelas luego

poned... Aunque más seguro

que de hombres y armas en medio,

está el oficial de honor

bajo su palabra... ¡Oh cielos!

(_Coloca el capitan dos centinelas: un soldado entra luces, y se

sientan el capitan y Don Álvaro junto á la mesa._)

Y en Beletri, ¿qué se dice?

¿Mil necedades diversas

se esparcirán, procurando

explicar mi suerte adversa?

CAPITAN.

En Beletri ciertamente

no se habla de otra materia.

Y aunque de aquí separarme

no puedo, como está llena

toda la plaza de gente,

que gran interes demuestra

por vos, á algunos he hablado...

D. ÁLVARO.

Y bien, ¿qué dicen, qué piensan?

CAPITAN.

La amistad íntima todos,

que os enlazaba, recuerdan,

con Don Félix... Y las causas

que la hicieron tan estrecha,

y todos dicen...

D. ÁLVARO.

Entiendo.

Que soy un mónstruo, una fiera.

Que á la obligacion más santa

he faltado. Que mi ciega

furia ha dado muerte á un hombre

á cuyo arrojo y nobleza

debí la vida en el campo;

y á cuya nimia asistencia

y esmero debí mi cura,

dentro de su casa mesma.

Al que como tierno hermano...

¡Cómo hermano!... ¡Suerte horrenda!

¿Cómo hermano?... ¡Debió serlo!

Yace convertido en tierra

por no serlo... ¡Y yo respiro!

¿Y aún el suelo me sustenta?...

¡Ay! ¡ay de mí!

(_Se dá una palmada en la frente, y queda en la mayor agitacion._)

CAPITAN.

Perdonadme

si con mis noticias necias...

D. ÁLVARO.

Yo le amaba... ¡Ah, cuál me aprieta

el corazon una mano

de hierro ardiente! La fuerza

me falta... ¡Oh Dios! ¡qué bizarro,

con qué noble gentileza

entre un diluvio de balas

se arrojó, viéndome en tierra,

á salvarme de la muerte!

¡Con cuánto afan y terneza

pasó las noches y dias

sentado á mi cabecera! (_Pausa._)

CAPITAN.

Anuló sin duda tales

servicios con un agravio.

Diz que era un poco altanero,

picajoso, temerario;

y un hombre cual vos...

D. ÁLVARO.

No, amigo;

cuanto de él se diga es falso.

Era un digno caballero

de pensamientos muy altos.

Retóme con razon harta,

y yo tambien le he matado

con razon. Sí, si aún viviera

fuéramos de nuevo al campo,

él á procurar mi muerte,

yo á esforzarme por matarlo.

Ó él ó yo solo en el mundo,

pero imposible en él ambos.

CAPITAN.

Calmaos, señor Don Fadrique:

aún no estais del todo bueno

de vuestras nobles heridas,

y que os pongais malo temo.

D. ÁLVARO.

¿Por qué no quedé en el campo

de batalla como bueno?

con honra acabado hubiera.

Y ahora ¡oh Dios!... la muerte anhelo,

y la tendré... ¿pero cómo?

en un patíbulo horrendo,

por infractor de las leyes,

de horror ó de burla objeto.

CAPITAN.

¿Qué decís?... No hemos llegado,

señor, á tan duro extremo;

aún puede haber circunstancias

que justifiquen el duelo,

y entonces...

D. ÁLVARO.

No, no hay ninguna.

Soy homicida, soy reo.

CAPITAN.

Mas segun tengo entendido

(ahora de mi regimiento

me lo ha dicho el ayudante),

los generales de acuerdo

con todos los coroneles

han ido sin perder tiempo

á echarse á los piés del rey,

que es benigno, aunque severo,

para pedirle...

D. ÁLVARO.

(_Conmovido._) ¿De veras?

Con el alma lo agradezco,

y el interes de los jefes

me honra y me confunde á un tiempo.

Pero ¿por qué han de empeñarse

militares tan excelsos,

en que una excepcion se haga

á mi favor, de un decreto

sabio, de üna ley tan justa,

á que yo falté el primero?

Sirva mi pronto castigo

para saludable ejemplo.

Muerte, es mi destino, muerte.

Porque la muerte merezco,

porque es para mí la vida

aborrecible tormento.

Mas ¡ay de mí sin ventura!

¿cuál es la muerte que espero?

La del criminal, sin honra,

¡¡¡en un patíbulo!!!... ¡¡¡Cielos!!!

(_Se oye un redoble._)

ESCENA IV.

LOS MISMOS y el SARGENTO.

SARGENTO.

Mi capitan...

CAPITAN.

¿Qué se ofrece?

SARGENTO.

El mayor...

CAPITAN.

Voy al momento. (_Váse._)

ESCENA V.

D. ÁLVARO.

¡Leonor! ¡Leonor! Si existes, desdichada,

¡oh qué golpe te espera,

cuando la nueva fiera

te llegue á donde vives retirada,

de que la misma mano,

la mano ¡ay triste! mia,

que te privó de padre y de alegría

acaba de privarte de un hermano!

No; te ha librado, sí, de un enemigo,

de un verdugo feroz, que por castigo

de que diste en tu pecho

acogida á mi amor, verlo deshecho,

y roto y palpitante

preparaba anhelante,

y con su brazo mismo

de su venganza hundirte en el abismo.

Respira, sí, respira,

que libre estás de su tremenda ira.

(_Pausa._)

¡Ay de mí! tú vivias,

y yo lejos de tí, muerte buscaba;

y sin remedio las desgracias mias

despechado juzgaba:

mas tú vives, mi cielo,

y aún aguardo un instante de consuelo.

Y ¿qué espero? ¡infeliz! de sangre un rio

que yo no derramé, serpenteaba

entre los dos; mas ahora el brazo mio

en mar inmenso de tornarlo acaba.

¡Hora de maldicion, aciaga hora

fué aquella en que te ví la vez primera

en el soberbio templo de Sevilla,

como un ángel bajado de la esfera,

en donde el trono del Eterno brilla!

¡Qué porvenir dichoso

vió mi imaginacion por un momento,

que huyó tan presuroso

como al soplar de repentino viento

las torres de oro, y montes argentinos,

y colosos, y fúlgidos follajes

que forman los celajes

en otoño á los rayos matutinos!

(_Pausa._)

Mas ¡en qué espacio vago, en qué regiones

fantásticas! ¿Qué espero?

Dentro de breves horas,

lejos de mundanales afecciones

vanas y engañadoras,

iré de Dios al tribunal severo.

(_Pausa._)

¿Y mis padres?... Mis padres desdichados

aún yacen encerrados

en la prision horrenda de un castillo...

cuando con mis hazañas y proezas

pensaba restaurar su nombre y brillo

y rescatar sus míseras cabezas.

No me espera más suerte

que como criminal, infame muerte.

(_Queda sumergido en el despecho._)

ESCENA VI.

DON ÁLVARO y el CAPITAN.

CAPITAN.

Hola, amigo y compañero...

D. ÁLVARO.

¿Vais á darme alguna nueva?

¿Para cuándo convocado

está el consejo de guerra?

CAPITAN.

Dicen que esta noche misma

debe reunirse á gran priesa...

De hierro, de hierro tiene

el rey Cárlos la cabeza.

D. ÁLVARO.

Es un valiente soldado,

es un gran rey.

CAPITAN.

Mas pudiera

no ser tan tenaz y duro.

Pues nadie, nadie le apea

en diciendo no.

D. ÁLVARO.

En los reyes

la debilidad es mengua.

CAPITAN.

Los jefes y generales

que hoy en Beletri se encuentran

han estado en cuerpo á verle,

y á rogarle suspendiera

la ley en favor de un hombre

que tantos méritos cuenta...

Y todo sin fruto. Cárlos,

aún más duro que una peña,

ha dicho que no, resuelto,

y que la ley se obedezca:

mandando que en esta noche

falle el consejo de guerra.

Mas aún quedan esperanzas,

puede ser que el fallo sea...

D. ÁLVARO.

Segun la ley. No hay remedio;

injusta otra cosa fuera.

CAPITAN.

Pero ¡qué pena tan dura,

tan extraña, tan violenta!...

D. ÁLVARO.

La muerte, como cristiano

la sufriré: no me aterra.

Dármela Dios no ha querido

con honra y con fama eterna

en el campo de batalla;

y me la dá con afrenta

en un patíbulo infame...

Humilde la aguardo... Venga.

CAPITAN.

No será acaso... aún veremos...

puede que se arme una gresca...

El ejército os adora...

Su agitacion es extrema,

y tal vez un alboroto...

D. ÁLVARO.

Basta... ¿qué decís? ¿tal piensa

quien de militar blasona?

¿el ejército pudiera

faltar á la disciplina,

ni yo deber mi cabeza

á una rebelion?... No, nunca,

que jamás, jamás suceda

tal desórden por mi causa.

CAPITAN.

La ley es atroz, horrenda.

D. ÁLVARO.

Yo la tengo por muy justa;

forzoso remediar era

un abuso...

(_Se oye un tambor y dos tiros._)

CAPITAN.

¿Qué?

D. ÁLVARO.

¿Escuchásteis?

CAPITAN.

El desórden ya comienza.

(_Se oye gran ruido; tiros, confusion y cañonazos, que van en

aumento hasta el fin del acto._)

ESCENA VII.

_LOS MISMOS y el SARGENTO, que entra muy presuroso._

SARGENTO.

¡Los alemanes! Los enemigos están en Beletri. ¡Estamos sorprendidos!

VOCES DENTRO.

¡Á las armas! ¡á las armas!

(_Sale el oficial un instante, se aumenta el ruido, y vuelve con la

espada desnuda._)

CAPITAN.

Don Fadrique, escapad: no puedo guardar más vuestra persona; andan los

nuestros y los imperiales mezclados por las calles; arde el palacio del

rey; hay una confusion espantosa; tomad vuestro partido. Vamos, hijos,

á abrirnos paso como valientes, ó á morir como españoles.

(_Vánse el capitan, las centinelas y el sargento._)

ESCENA VIII.

D. ÁLVARO.

Dénme una espada, volaré á la muerte,

y si es vivir mi suerte,

y no la logro en tanto desconcierto,

yo os hago, eterno Dios, voto profundo

de renunciar al mundo,

y de acabar mi vida en un desierto.

FIN DE LA JORNADA CUARTA.

JORNADA QUINTA.

_La escena es en el convento de los Ángeles y sus alrededores._

ESCENA PRIMERA.

_El teatro representa lo interior del cláustro bajo del convento

de los Ángeles, que debe ser una galería mezquina alrededor

de un patiecillo, con naranjos, adelfas y jazmines. Á la

izquierda se verá la portería, á la derecha la escalera. Debe

de ser decoracion corta, para que detrás estén las otras por su

órden.--Aparecen el P. GUARDIAN paseándose gravemente por el

proscenio, y leyendo en su breviario. El H. MELITON sin manto,

arremangado, y repartiendo con un cucharon, de un gran caldero,

la sopa, al VIEJO, al COJO, al MANCO, á la MUJER y al grupo de

pobres que estará apiñado en la portería._

MELITON.

Vamos, silencio y órden, que no están en ningun figon.

MUJER.

Padre, á mí, á mí.

VIEJO.

¿Cuántas raciones quiere, Marica?...

COJO.

Ya le han dado tres, y no es regular...

MELITON.

Callen, y sean humildes, que me duele la cabeza.

MANCO.

Marica ha tomado tres raciones.

MUJER.

Y aún voy á tomar cuatro, que tengo seis chiquillos.

MELITON.

¿Y por qué tiene seis chiquillos?... Sea su alma.

MUJER.

Porque me los ha dado Dios.

MELITON.

Sí... Dios... Dios... No los tendria si se pasara las noches como yo,

rezando el rosario, ó dándose disciplina.

GUARDIAN.

(_Con gravedad._) ¡Hermano Meliton!... ¡Hermano Meliton!... ¡Válgame

Dios!

MELITON.

Padre nuestro, ¡si estos desarrapados tienen una fecundidad que asombra!

COJO.

Á mí, P. Meliton, que tengo ahí fuera á mí madre baldada.

MELITON.

¡Hola!... ¿Tambien ha venido hoy la bruja? Pues no nos falta nada.

GUARDIAN.

¡Hermano Meliton!

MUJER.

Mis cuatro raciones.

MANCO.

Á mí antes.

VIEJO.

Á mí.

TODOS.

Á mí, á mí...

MELITON.

Váyanse noramala, y tengan modo... ¿Á que les doy con el cucharon?...

GUARDIAN.

Caridad, hermano, caridad, que son hijos de Dios.

MELITON.

(_Sofocado._) Tomen, y váyanse...

MUJER.

Cuando nos daba la guiropa el P. Rafael, lo hacia con más modo y con

más temor de Dios.

MELITON.

Pues llamen al P. Rafael... que no los pudo aguantar ni una semana.

VIEJO.

Hermano, ¿me quiere dar otro poco de bazofia?...

MELITON.

¡Galopo!... ¿Bazofia llama á la gracia de Dios?...

GUARDIAN.

Caridad y paciencia, H. Meliton; harto trabajo tienen los pobrecitos.

MELITON.

Quisiera yo ver á V. Rma. lidiar con ellos un dia, y otro, y otro.

COJO.

El P. Rafael...

MELITON.

No me jeringuen con el P. Rafael... y... tomen las arrebañaduras, (_Les

reparte los restos del caldero, y lo echa á rodar de una patada._) y á

comerlo al sol.

MUJER.

Si el P. Rafael quisiera bajar á decirle los Evangelios á mi niño, que

tiene sisiones...

MELITON.

Tráigalo mañana, cuando salga á decir misa el P. Rafael.

COJO.

Si el P. Rafael quisiera venir á la villa, á curar á mi compañero, que

se ha caido...

MELITON.

Ahora no es hora de ir á hacer milagros por la mañanita, por la

mañanita con la fresca.

MANCO.

Si el P. Rafael...

MELITON.

(_Fuera de sí._) Ea, ea, fuera... al sol... ¡Cómo cunde la semilla de

los perdidos! horrio... á fuera.

(_Los va echando con el cucharon y cierra la portería, volviendo luego

muy sofocado y cansado donde está el Guardian._)

ESCENA II.

El P. GUARDIAN y el H. MELITON.

MELITON.

No hay paciencia que baste, Padre nuestro.

GUARDIAN.

Me parece, H. Meliton, que no os ha dotado el Señor con gran cantidad

de ella. Considere que en dar de comer á los pobres de Dios, desempeña

un ejercicio de que se honraria un ángel.

MELITON.

Yo quisiera ver á un ángel en mi lugar siquiera tres dias... Puede ser

que de cada guantada...

GUARDIAN.

No diga disparates.

MELITON.

Pues si es verdad. Yo lo hago con gusto, eso es otra cosa. Y bendito

sea el Señor que nos dá bastante, para que nuestras sobras sirvan de

sustento á los pobres. Pero es preciso enseñarles los dientes. Viene

entre ellos mucho pillo... Los que están tullidos y viejos, vengan

enhorabuena, y les daré hasta mi racion, el dia que no tenga mucha

hambre; pero jastiales que pueden derribar á puñadas un castillo,

váyanse á trabajar. Y hay algunos tan insolentes... hasta llaman

bazofia á la gracia de Dios... Lo mismo que restregarme siempre por

los hocicos al P. Rafael; toma si nos daba más, daca si tenia mejor

modo, torna si era más caritativo, vuelta si no metia tanta prisa. Pues

á fé, á fé, que el bendito P. Rafael á los ocho dias se hartó de pobres

y de guiropa, y se metió en su celda, y aquí quedó el H. Meliton. Y por

cierto no sé por qué esta canalla dice que tengo mal genio. Pues el P.

Rafael tambien tiene su piedra en el rollo, y sus prontos y sus ratos

de murria como cada cual.

GUARDIAN.

Basta, hermano, basta. El P. Rafael no podia, teniendo que cuidar

del altar, y que asistir al coro, entender en el repartimiento de la

limosna; ni éste ha sido nunca encargo de un religioso antiguo, sino

incumbencia del portero... ¿Me entiende?... Y, H. Meliton, tenga más

humildad, y no se ofenda cuando prefieran al P. Rafael, que es un

siervo de Dios á quien todos debemos imitar.

MELITON.

Yo no me ofendo de que prefieran al P. Rafael. Lo que digo es que tiene

su genio. Y á mí me quiere mucho, Padre nuestro, y echamos nuestras

manos de conversacion. Pero tiene de cuando en cuando unas salidas, y

se dá unas palmadas en la frente... y habla solo, y hace visajes como

si viera algun espíritu.

GUARDIAN.

Las penitencias, los ayunos...

MELITON.

Tiene cosas muy raras. El otro dia estaba cavando en la huerta, y

tan pálido y tan desemejado, que le dije por broma: Padre, parece un

mulato, y me echó una mirada, y cerró el puño, y áun lo enarboló de

modo, que parecia que me iba á tragar. Pero se contuvo, se echó la

capucha y desapareció; digo, se marchó de allí á buen paso.

GUARDIAN.

Ya.

MELITON.

Pues el dia que fué á Hornachuelos á auxiliar al alcalde, cuando estaba

en toda su furia aquella tormenta en que nos cayó la centella sobre

el campanario; al verle yo salir sin cuidarse del aguacero, ni de los

truenos que hacian temblar estas montañas, le dije, por broma, que

parecia entre los riscos un indio bravo, y me dió un berrido que me

aturrulló... Y como vino al convento de un modo tan raro, y nadie le

viene nunca á ver, ni sabemos dónde nació...

GUARDIAN.

Hermano, no haga juicios temerarios. Nada tiene de particular eso, ni

el modo con que vino á esta casa el P. Rafael es tan raro como dice.

El Padre limosnero, que venia de Palma, se lo encontró muy mal herido

en los encinares de Escalonia, junto al camino de Sevilla, víctima

sin duda de los salteadores, que nunca faltan en semejante sitio;

y lo trajo al convento, donde Dios sin duda le inspiró la vocacion

de tomar nuestro santo escapulario, como lo verificó en cuanto se

vió restablecido, y pronto hará cuatro años. Esto no tiene nada de

particular.

MELITON.

Ya, eso sí... Pero, la verdad, siempre que le miro me acuerdo de

aquello que V. Rma. nos ha contado muchas veces, y tambien se nos ha

leido en el refectorio, de cuando se hizo fraile de nuestra órden el

demonio, y que estuvo allá en un convento algunos meses. Y se me ocurre

si el P. Rafael será alguna cosa así... pues tiene unos repentes, una

fuerza, y un mirar de ojos...

GUARDIAN.

Es cierto, hermano mio; así consta de nuestras crónicas, y está

consignado en nuestros archivos. Pero, además de que rara vez se

repiten tales milagros, entonces el Guardian de aquel convento en que

ocurrió el prodigio, tuvo una revelacion que le previno de todo. Y

lo que es yo, hermano mio, no he tenido hasta ahora ninguna. Conque

tranquilícese, y no caiga en la tentacion de sospechar del Padre Rafael.

MELITON.

Yo, nada sospecho.

GUARDIAN.

Le aseguro que no he tenido revelacion.

MELITON.

Ya, pues entonces... Pero tiene muchas rarezas el P. Rafael.

GUARDIAN.

Los desengaños del mundo... las tribulaciones... Y luego, el retiro

con que vive, las contínuas penitencias... (_Suena la campanilla de la

portería._) Vaya á ver quién llama.

MELITON.

¿Á que son otra vez los pobres? Pues ya está limpio el caldero...

(_Suena otra vez la campanilla._) No hay más limosnas; se acabó por

hoy, se acabó. (_Suena otra vez la campanilla._)

GUARDIAN.

Abra, hermano, abra la puerta. (_Váse._) (_Abre el lego la portería._)

ESCENA III.

El H. MELITON y DON ALFONSO vestido de monte, que sale embozado.

D. ALFONSO.

(_Con muy mal modo, y sin desembozarse._)

De esperar me he puesto cano.

¿Sois vos por dicha el portero?

MELITON.

Tonto es este caballero. (_Aparte._)

Pues que abrí la puerta es llano. (_Alto._)

Y aunque de portero estoy,

no me busque las cosquillas,

que padre de campanillas

con olor de santo soy.

D. ALFONSO.

¿El Padre Rafael está?

Tengo que verme con él.

MELITON.

¡Otro Padre Rafael! (_Aparte._)

amostazándome va.

D. ALFONSO.

Responda pronto.

MELITON.

(_Con miedo._) Al momento.

Padres Rafaeles... hay dos.

¿Con cuál quereis hablar vos?

D. ALFONSO.

Para mí mas que haya ciento.

El Padre Rafael... (_Muy enfadado._)

MELITON.

¿El gordo?

¿El natural de Porcuna?

No os oirá cosa ninguna,

que es como una tapia sordo.

Y desde el pasado invierno

en la cama está tullido;

noventa años ha cumplido.

El otro es...

D. ALFONSO.

El del infierno.

MELITON.

Pues ahora caigo en quién es;

el alto, adusto, moreno,

ojos vivos, rostro lleno...

D. ALFONSO.

Llevadme á su celda, pues.

MELITON.

Daréle aviso primero,

porque si está en oracion,

disturbarle no es razon...

¿Y quién diré?...

D. ALFONSO.

Un caballero.

MELITON.

(_Yéndose hácia la escalera muy lentamente, dice aparte._)

¡Caramba!... ¡Qué raro gesto!

Me dá malísima espina,

y me huele á chamusquina...

D. ALFONSO.

(_Muy irritado._)

¿Qué aguarda? Subamos presto.

(_El Hermano se asusta y sube la escalera, y detrás de él Don

Alfonso._)

ESCENA IV.

_El teatro representa la celda de un franciscano. Una tarima con

una estera á su lado, un vasar con una jarra y vasos, un estante

con libros, estampas, disciplinas y cilicios colgados. Una

especie de oratorio pobre, y en su mesa una calavera. DON ÁLVARO,

vestido de fraile francisco, aparece de rodillas en profunda

oracion mental._

DON ÁLVARO y el H. MELITON.

MELITON.

¡Padre, Padre! (_Dentro._)

D. ÁLVARO.

(_Levantándose._) ¿Qué se ofrece?

Entre, Hermano Meliton.

MELITON.

Padre, aquí os busca un maton, (_Entra._)

que muy ternejal parece.

D. ÁLVARO.

(_Receloso._)

¿Quién, hermano?... ¿Á mí?... ¿Su nombre?

MELITON.

Lo ignoro; muy altanero,

dice que es un caballero,

y me parece un mal hombre.

Él muy bien portado viene,

y en un andaluz rocin;

pero un genio muy ruin,

y un tono muy duro tiene.

D. ÁLVARO.

Entre al momento quien sea.

MELITON.

No es un pecador contrito.

Se quedará tamañito (_Aparte._)

al instante que lo vea. (_Váse._)

ESCENA V.

D. ÁLVARO.

¿Quién podrá ser?... No lo acierto.

Nadie, en estos cuatro años,

que huyendo de los engaños

del mundo, habito el desierto,

con este sayal cubierto,

há mi quietud disturbado.

¿Y hoy un caballero osado

á mi celda se aproxima?...

¿Me traerá nuevas de Lima?...

¡Santo Dios!... ¡Qué he recordado!

ESCENA VI.

_DON ÁLVARO y DON ALFONSO que entra sin desembozarse, reconoce en

un momento la celda, y luego cierra la puerta por dentro, y echa

el pestillo._

D. ALFONSO.

¿Me conoceis?

D. ÁLVARO.

No, señor.

D. ALFONSO.

¿No encontrais en mi semblante

rasgo alguno que os recuerde

de otro tiempo y de otros males?

¿No palpita vuestro pecho,

no se hiela vuestra sangre,

no se anonada y confunde

vuestro corazon cobarde

con mi presencia?... Ó por dicha,

¿es tan sincero, es tan grande,

tal vuestro arrepentimiento,

que ya no se acuerda el Padre

Rafael, de aquel indiano

Don Álvaro, del constante

azote de una familia

que tanto en el mundo vale?

¿Temblais y bajais los ojos?

Alzadlos, pues, y miradme.

(_Descubriéndose el rostro y mostrándoselo._)

D. ÁLVARO.

¡Oh Dios!... ¿Qué veo? ¡Dios mio!

¿Pueden mis ojos burlarme?

¡Del marqués de Calatrava

viendo estoy la viva imágen!

D. ALFONSO.

Basta, que está dicho todo.

De mi hermano y de mi padre

me está pidiendo venganza

en altas voces la sangre.

Cinco años há que recorro

con dilatados viajes

el mundo, para buscaros;

y aunque ha sido todo en balde,

el cielo (que nunca impunes

deja las atrocidades

de un mónstruo, de un asesino,

de un seductor, de un infame),

por un imprevisto acaso

quiso por fin indicarme

el asilo donde á salvo

de mi furor os juzgaste.

Fuera el mataros inerme

indigno de mi linaje.

Fuiste valiente; robusto

aún estais para un combate.

Armas no teneis, lo veo,

yo dos espadas iguales

traigo conmigo; son estas:

(_Se desemboza y saca dos espadas._)

elegid la que os agrade.

D. ÁLVARO.

(_Con gran calma, pero sin orgullo._)

Entiendo, jóven, entiendo,

sin que escucharos me pasme,

porque he vivido en el mundo

y apurado sus afanes.

De los vanos pensamientos

que en este punto en vos arden,

tambien el juguete he sido;

quiera el Señor perdonarme.

Víctima de mis pasiones,

conozco todo el alcance

de su influjo, y compadezco

al mortal á quien combaten.

Mas ya sus borrascas miro

como el náufrago, que sale

por un milagro á la orilla,

y jamás torna á embarcarse.

Este sayal que me viste,

esta celda miserable,

este yermo, donde acaso

Dios por vuestro bien os trae,

desengaños os presentan

para calmaros bastantes;

y más os responden mudos

que pueden labios mortales.

Aquí de mis muchas culpas,

que son ¡ay de mí! harto grandes,

pido á Dios misericordia:

que la consiga dejadme.

D. ALFONSO.

¿Dejaros?... ¿Quién?... ¿Yo dejaros

sin ver vuestra sangre impura

vertida por esta espada

que arde en mis manos desnuda?

Pues esta celda, el desierto,

ese sayo, esa capucha,

ni á un vil hipócrita guardan,

ni á un cobarde infame escudan.

D. ÁLVARO.

¿Qué decís?... ¡Ah!... (_Furioso._)

(_Reportándose._) ¡No, Dios mio!...

En la garganta se anuda

mi lengua...¡ Señor!... esfuerzo

me dé vuestra santa ayuda.--

Los insultos y amenazas, (_Repuesto._)

que vuestros labios pronuncian

no tienen para conmigo

poder ni fuerza ninguna.

Antes como caballero

supe vengar las injurias;

hoy humilde religioso

darles perdon y disculpa.

Pues veis cuál es ya mi estado,

y, si sois sagaz, la lucha

que conmigo estoy sufriendo,

templad vuestra saña injusta.

Respetad este vestido,

compadeced mis angustias,

y perdonad generoso

ofensas que están en duda.

(_Con gran conmocion._)

¡Sí, hermano, hermano!

D. ALFONSO.

¿Qué nombre

osais pronunciar?...

D. ÁLVARO.

¡Ah!...

D. ALFONSO.

Una

sola hermana me dejásteis,

perdida, y sin honra... ¡¡¡Oh furia!!!

D. ÁLVARO.

¡¡¡Mi Leonor!!! ¡Ah! No sin honra,

un religioso os lo jura.

Leonor... ¡ay! ¡¡¡la que absorbia

toda mi existencia junta!!! (_En delirio._)

La que en mi pecho, por siempre...

por siempre, sí, sí... que aún dura...

una pasion... Y qué, ¿vive?

¿Sabeis vos noticias suyas?...

Decid que me ama, y matadme,

decidme... ¡Oh Dios!... ¿me rehusa

(_Aterrado._)

vuestra gracia sus auxilios?

¿De nuevo el triunfo asegura

el infierno, y se desploma

mi alma en su sima profunda?

¡Misericordia!... Y vos, hombre

ó ilusion, ¿sois por ventura

un tentador que renueva

mis criminales angustias

para perderme?... ¡Dios mio!

D. ALFONSO.

(_Resuelto._) De estas dos espadas, una

tomad, Don Álvaro, luego,

tomad: que en vano procura

vuestra infame cobardía

darle treguas á mi furia.

Tomad...

D. ÁLVARO.

(_Retirándose._)

No, que aún fortaleza

para resistir la lucha

de las mundanas pasiones

me dá Dios con bondad suma.

¡Ah! si mis remordimientos,

mis lágrimas, mis confusas

palabras, no son bastante

para aplacaros; si escucha

mi arrepentimiento humilde

sin caridad vuestra furia,

(_Arrodíllase._)

prosternado á vuestras plantas

vedme, cual persona alguna

jamás me vió...

D. ALFONSO.

(_Con desprecio._)

Un caballero

no hace tal infamia nunca.

Quien sois bien claro publica

vuestra actitud, y la inmunda

mancha que hay en vuestro escudo.

D. ÁLVARO.

(_Levantándose con furor._)

¿Mancha?... y ¿cuál?... ¿cuál?...

D. ALFONSO.

¿Os asusta?

D. ÁLVARO.

Mi escudo es como el sol limpio,

como el sol.

D. ALFONSO.

¿Y no le anubla

ningun cuartel de mulato?

¿De sangre mezclada, impura?

D. ÁLVARO.

(_Fuera de sí._)

¡Vos mentís, mentís, infame!

Venga el acero; mi furia

Don Álvaro, o, La fuerza del Sino · 第 4 / 5 段