(_Toma el anteojo._) Á ver, á ver... ¡Ay! si no me engaño, el capitan

de granaderos del Rey ha caido ó muerto ó herido; lo veo claro, claro.

TENIENTE.

Yo distingo que se arremolina la compañía... y creo que retrocede.

SOLDADOS.

Á ellos, á ellos.

CAPITAN.

Silencio. Firmes. (_Vuelve á mirar con el anteojo._) Las guerrillas

tambien retroceden.

SUBTENIENTE.

Uno corre á caballo hácia allá.

CAPITAN.

Sí, es el ayudante... Está reuniendo la gente y carga... ¡con qué

denuedo!... nuestro es el dia.

TENIENTE.

Sí, veo huir á los alemanes.

SOLDADOS.

Á ellos.

CAPITAN.

Firmes, granaderos. (_Mira con el anteojo._) El ayudante ha recobrado

el puesto, la compañía del Rey carga á la bayoneta y lo arrolla todo.

TENIENTE.

Á ver, á ver. (_Toma el anteojo y mira._) Sí, cierto. Y el ayudante se

apea del caballo, y retira en sus brazos al capitan Don Fadrique. No

debe de estar más que herido; se lo llevan hácia Beletri.

TODOS.

Dios nos le conserve, que es la flor del ejército.

CAPITAN.

Pero por este lado no va tan bien.--Teniente, vaya usted á reforzar con

la mitad de la compañía las guerrillas que están en esa cañada; que yo

voy á acercarme á la compañía de Cantabria: vamos, vamos...

SOLDADOS.

Viva España, viva España, viva Nápoles. (_Marchan._)

ESCENA VII.

_El teatro representa el alojamiento de un oficial superior; al

frente estará la puerta de la alcoba practicable y con cortinas.

Entra DON ÁLVARO herido y desmayado en una camilla llevada por

cuatro granaderos, EL CIRUJANO á un lado, y DON CÁRLOS á otro

lleno de polvo y como muy cansado; un soldado traerá la maleta de

Don Álvaro y la pondrá sobre una mesa, colocarán la camilla en

medio de la escena, mientras los granaderos entran en la alcoba,

á hacer la cama._

D. CÁRLOS.

Con mucho, mucho cuidado,

dejadle aquí, y al momento

entrad á arreglar mi cama.

(_Vánse á la alcoba dos de los soldados y quedan otros dos._)

CIRUJANO.

Y que haya mucho silencio.

D. ÁLVARO.

(_Volviendo en sí._)

¿Dónde estoy? ¿dónde?

D. CÁRLOS.

(_Con mucho cariño._) En Beletri,

á mi lado, amigo excelso.

Nuestra ha sido la victoria,

tranquilo estad.

D. ÁLVARO.

¡Dios eterno!

Con salvarme de la muerte,

¡qué gran daño me habeis hecho!

D. CÁRLOS.

No digais tal, Don Fadrique,

cuando tan vano me encuentro

de que salvaros la vida

me haya concedido el cielo.

D. ÁLVARO.

Ay Don Félix de Avendaña,

¡qué gran mal me habeis hecho!

(_Se desmaya._)

CIRUJANO.

Otra vez se ha desmayado;

agua y vinagre.

D. CÁRLOS.

(_Á uno de los soldados._)

Al momento.

¿Está de mucho peligro? (_Al cirujano._)

CIRUJANO.

Este balazo del pecho,

en donde aún tiene la bala,

me dá muchísimo miedo:

lo que es las otras heridas

no presentan tanto riesgo.

D. CÁRLOS.

(_Con gran vehemencia._)

Salvad su vida, salvadle;

apurad todos los medios

del arte, y os aseguro

tal galardon...

CIRUJANO.

Lo agradezco:

para cumplir con mi oficio

no necesito de cebo,

que en salvar á este valiente

interes muy grande tengo.

(_Entra el soldado con un vaso de agua y vinagre. El Cirujano le

rocía el rostro, y le aplica un pomito á las narices._)

D. ÁLVARO.

(_Vuelve en sí._)

¡Ay!

D. CÁRLOS.

Ánimo, noble amigo,

cobrad ánimo y aliento:

pronto, muy pronto curado

y restablecido y bueno

volvereis á ser la gloria,

el norte de los guerreros.

Y á vuestras altas hazañas

el Rey dará todo el premio

que merece. Sí, muy pronto

lozano otra vez, cubierto

de palmas inmarchitables

y de laureles eternos,

con una rica encomienda

se adornará vuestro pecho,

de Santiago ó Calatrava.

D. ÁLVARO.

(_Muy agitado._)

¿Qué escucho? ¿Qué? ¡Santo cielo!

¡Ah!... no, no de Calatrava:

jamás, jamás... ¡Dios eterno!

(_Se desmaya._)

CIRUJANO.

Ya otra vez se desmayó:

sin quietud y sin silencio

no habrá forma de curarle.

Que no le hableis más os ruego.

(_Á Don Cárlos.--Vuelve á darle agua y á aplicarle el pomito á las

narices._)

D. CÁRLOS.

(_Suspenso aparte._)

El nombre de Calatrava

¿qué tendrá? ¿qué tendrá... tiemblo,

de terrible á sus oidos?...

CIRUJANO.

No puede esperar más tiempo.

¿Aún no está lista la cama?

D. CÁRLOS.

(_Mirando á la alcoba._)

Ya lo está.

(_Salen los dos soldados._)

CIRUJANO.

(_Á los cuatro soldados._)

Llevadle luego.

D. ÁLVARO.

¡Ay de mí! (_Volviendo en sí._)

CIRUJANO.

Llevadle.

D. ÁLVARO.

(_Haciendo esfuerzos._)

Esperen.

Poco, por lo que en mí siento,

me queda ya de este mundo,

y en el otro pensar debo.

Mas antes de desprenderme

de la vida, de un gran peso

quiero descargarme. Amigo, (_Á Don Cárlos._)

un favor tan solo anhelo.

CIRUJANO.

Si hablais, señor, no es posible...

D. ÁLVARO.

No volver á hablar prometo.

Pero solo una palabra,

y á él solo, que decir tengo.

D. CÁRLOS.

(_Al Cirujano y soldados._)

Apartad, démosle gusto

dejadnos por un momento.

(_Se retira el Cirujano y los asistentes á un lado._)

D. ÁLVARO.

Don Félix, vos solo, solo, (_Dale la mano._)

cumplireis con lo que quiero

de vos exigir. Juradme

por la fé de caballero,

que hareis cuanto aquí os encargue,

con inviolable secreto.

D. CÁRLOS.

Yo os lo juro, amigo mio;

acabad, pues.

(_Hace un esfuerzo Don Álvaro como para meter la mano en el bolsillo

y no puede._)

D. ÁLVARO.

¡Ah!... no puedo.

Meted en este bolsillo

que tengo aquí al lado izquierdo

sobre el corazon, la mano.

(_Lo hace Don Cárlos._)

¿Hallais algo en él?

D. CÁRLOS.

Sí, encuentro

una llavecita...

D. ÁLVARO.

Es esa.

(_Saca Don Cárlos la llave._)

Con ella abrid, yo os lo ruego,

á solas y sin testigos,

una caja que en el centro

hallareis de mi maleta.

En ella con sobre y sello

un legajo hay de papeles;

custodiadlos con esmero,

y al momento que yo espire

los dareis, amigo, al fuego.

D. CÁRLOS.

¿Sin abrirlos?

D. ÁLVARO.

(_Muy agitado._)

Sin abrirlos,

que en ellos hay un misterio

impenetrable... ¿Palabra

me dais, Don Félix, de hacerlo?

D. CÁRLOS.

Yo os la doy con toda el alma.

D. ÁLVARO.

Entonces tranquilo muero.

Dadme el postrimer abrazo,

y adios, adios.

CIRUJANO.

(_Enfadado._) Al momento

á la alcoba. Y vos, Don Félix,

si es que teneis tanto empeño

en que su vida se salve,

haced que guarde silencio:

y excusad tambien que os vea,

pues se conmueve en extremo.

(_Llévanse los soldados la camilla; entra tambien el Cirujano, y Don

Cárlos queda pensativo y lloroso._)

ESCENA VIII.

D. CÁRLOS.

¿Ha de morir... ¡qué rigor!

tan bizarro militar?

Si no le puedo salvar

será eterno mi dolor.

Puesto que él me salvó á mí,

y desde el momento aquel

que guardó mi vida él,

guardar la suya ofrecí.

(_Pausa._)

Nunca ví tanta destreza

en las armas, y jamás

otra persona de más

arrogancia y gentileza.

Pero es hombre singular;

y en el corto tiempo que

le trato, rasgos noté

que son dignos de extrañar.

(_Pausa._)

Y de Calatrava el nombre

¿por qué así le horrorizó

cuando pronunciarlo oyó?...

¿Qué hallará en él que le asombre?

¡Sabrá que está deshonrado!...

Será un hidalgo andaluz...

¡Cielos!... ¡Qué rayo de luz

sobre mí habeis derramado

en este momento!... Sí.

¿Podrá ser este el traidor,

de mi sangre deshonor,

el que á buscar vine aquí?...

(_Furioso y empuñando la espada._)

¿Y aún respira?... No, ahora mismo

á mis manos... ¿Dónde estoy?...

(_Corre hácia la alcoba y se detiene._)

¿Ciego á despeñarme voy

de la infamia en el abismo?

Á quien mi vida salvó,

y que moribundo está,

¿matar inerme podrá

un caballero cual yo?

(_Pausa._)

¿No puede falsa salir

mi sospecha?... Sí... ¿Quién sabe?...

Pero ¡cielos! esta llave

todo me lo va á decir.

(_Se acerca á la maleta, la abre precipitado, y saca la caja

poniéndola sobre la mesa._)

Salid, caja misteriosa,

del destino urna fatal,

á quien con sudor mortal

toca mi mano medrosa:

me impide abrirte el temblor

que me causa el recelar

que en tu centro voy á hallar

los pedazos de mi honor.

(_Resuelto y abriendo._)

Mas no, que en tí mi esperanza,

la luz, que me dá el destino

está para hallar camino

que me lleve á la venganza.

(_Abre y saca un legajo sellado._)

Ya el legajo tengo aquí.

¿Qué tardo el sello en romper?...

(_Se contiene._)

¡Oh cielos! ¡Qué voy á hacer!

¿Y la palabra que dí?

Mas si la suerte me dá

tan inesperado medio

de dar á mi honor remedio,

el perderlo ¿qué será?

Si á Italia solo he venido

á buscar al matador

de mi padre y de mi honor,

con nombre y porte fingido,

¿qué importa que el pliego abra,

si lo que vine á buscar

á Italia, voy á encontrar?

Pero no, dí mi palabra.

Nadie, nadie aquí lo ve...

¡Cielos! lo estoy viendo yo.

Mas si él mi vida salvó,

tambien la suya salvé.

Y si es el infame indiano,

el seductor asesino,

¿no es bueno cualquier camino

por donde venga á mi mano?

Rompo esta cubierta, sí,

pues nadie lo ha de saber...

Mas ¡cielos!, ¿qué voy á hacer?

¿y la palabra que dí?

(_Suelta el legajo._)

No, jamás. ¡Cuán fácilmente

nos pinta nuestra pasion

una infame y vil accion

como accion indiferente!

Á Italia vine anhelando

mi honor manchado lavar;

¿y mi empresa he de empezar

el honor amancillando?

Queda, oh secreto, escondido,

si en este legajo estás,

que un medio infame, jamás

lo usa el hombre bien nacido.

(_Registrando la maleta._)

Si encontrar aquí pudiera

algun otro abierto indicio,

que sin hacer perjuicio

á mi opinion, me advirtiera...

(_Sorprendido._)

¡Cielos!... le hay... esta cajilla,

(_Saca una cajita como de retrato._)

que algun retrato contiene,

(_Reconociéndola._)

ni sello, ni sobre tiene,

tiene solo una aldabilla.

Hasta sin ser indiscreto

reconocerla me es dado:

nada de ella me han hablado,

ni rompo ningun secreto.

Ábrola, pues, en buen hora,

aunque un basilisco vea:

aunque para el mundo sea

caja fatal de Pandora.

(_La abre, y exclama muy agitado._)

¡Cielos!... no... no me engañé,

esta es mi hermana Leonor...

¿para qué prueba mayor?...

Con la más clara encontré.

Ya está todo averiguado;

Don Álvaro es el herido.

Brújula el retrato ha sido

que mi norte me ha marcado.

¿Y la infame... me atribulo,

con él en Italia tiene?...

Descubrirlo me conviene

con astucia y disimulo.

¡Cuán feliz será mi suerte

si la venganza y castigo

solos de un golpe consigo,

á los dos dando la muerte!...

Mas... ¡ah!... no me precipite

mi honra, cielos, ofendida.

Guardad á este hombre la vida

para que yo se la quite.

(_Vuelve á colocar los papeles y el retrato en la maleta. Se oye

ruido, y queda suspenso._)

ESCENA IX.

_El CIRUJANO, que sale muy contento._

CIRUJANO.

Albricias pediros quiero;

ya le he sacado la bala,

(_Se la enseña._)

y no es la herida tan mala

cual me pareció primero.

D. CÁRLOS.

(_Le abraza fuera de sí._)

¿De veras?... Feliz me haceis:

por ver bueno al capitan,

tengo, amigo, más afan

del que imaginar podeis.

FIN DE LA JORNADA TERCERA.

JORNADA CUARTA.

_La escena es en Beletri._

ESCENA PRIMERA.

_El teatro representa una sala corta, de alojamiento militar._

DON ÁLVARO y DON CÁRLOS.

D. CÁRLOS.

Hoy que vuestra cuarentena

dichosamente cumplís,

de salud ¿cómo os sentís?

¿Es completamente buena?...

¿Reliquia alguna notais

de haber tanto padecido?

¿Del todo restablecido,

y listo y fuerte os hallais?

D. ÁLVARO.

Estoy como si tal cosa;

nunca tuve más salud,

y á vuestra solicitud

debo mi cura asombrosa.

Sois excelente enfermero:

ni una madre por un hijo

muestra un afan más prolijo,

tan gran cuidado y esmero.

D. CÁRLOS.

En extremo interesante

me era la vida salvaros.

D. ÁLVARO.

Y ¿con qué, amigo, pagaros

podré interes semejante?

Y aunque gran mal me habeis hecho

en salvar mi amarga vida,

será eterna y sin medida

la gratitud de mi pecho.

D. CÁRLOS.

¿Y estais tan repuesto y fuerte,

que sin ventaja pudiera

un enemigo cualquiera?...

D. ÁLVARO.

Estoy, amigo, de suerte,

que en casa del coronel

he estado ya á presentarme,

y de alta acabo de darme

ahora mismo en el cuartel.

D. CÁRLOS.

¿De veras?

D. ÁLVARO.

¿Os enojais,

porque ayer no os dije acaso

que iba hoy á dar este paso?

Como tanto me cuidais

que os opusiérais temí:

y estando sano, en verdad,

vivir en la ociosidad

no era honroso para mí.

D. CÁRLOS.

¿Conque ya no os duele nada,

ni hay asomo de flaqueza

en el pecho, en la cabeza,

ni en el brazo de la espada?

D. ÁLVARO.

No... Pero parece que

algo, amigo, os atormenta,

y que acaso os descontenta

el que yo tan bueno esté.

D. CÁRLOS.

¡Al contrario!... Al veros bueno,

capaz de entrar en accion,

palpita mi corazon

del placer más alto lleno.

Solamente no quisiera

que os engañara el valor,

y que el personal vigor

en una ocasion cualquiera...

D. ÁLVARO.

¿Quereis pruebas?

D. CÁRLOS.

(_Con vehemencia._) Las deseo.

D. ÁLVARO.

Á la descubierta vamos

de mañana, y enredamos

un rato de tiroteo.

D. CÁRLOS.

La prueba se puede hacer,

pues que estais fuerte, sin ir

tan lejos á combatir,

que no hay tiempo que perder.

D. ÁLVARO.

No os entiendo... (_Confuso._)

D. CÁRLOS.

¿No tendreis,

sin ir á los imperiales,

enemigos personales

con quien probaros podreis?

D. ÁLVARO.

¿Á quién le faltan?--Mas no

lo que me decís comprendo.

D. CÁRLOS.

Os lo está á voces diciendo

más la conciencia que yo.

Disimular fuera en vano...

vuestra turbacion es harta...

¿Habeis recibido carta

de Don Álvaro el indiano?

D. ÁLVARO.

(_Fuera de sí._)

¡Ah traidor!... ¡Ah fementido!

violaste infame un secreto,

que yo débil, yo indiscreto,

moribundo... inadvertido...

D. CÁRLOS.

¿Qué osais pensar?... Respeté

vuestros papeles sellados,

que los que nacen honrados

se portan cual me porté.

El retrato de la infame,

vuestra cómplice, os perdió,

y sin lengua me pidió

que el suyo y mi honor reclame.

Don Cárlos de Vargas soy,

que por vuestro crímen es

de Calatrava marqués:

temblad, que ante vos estoy.

D. ÁLVARO.

No sé temblar... Sorprendido,

sí, me teneis...

D. CÁRLOS.

No lo extraño.

D. ÁLVARO.

Y usurpar con un engaño

mi amistad, ¿honrado ha sido?

¡Señor marqués!...

D. CÁRLOS.

De esa suerte

no me permito llamar,

que solo he de titular

despues de daros la muerte.

D. ÁLVARO.

Aconteceros pudiera

sin el título morir.

D. CÁRLOS.

Vamos pronto á combatir,

quedemos ó dentro ó fuera.

Vamos donde mi furor...

D. ÁLVARO.

Vamos, pues, señor don Cárlos,

que si nunca fuí á buscarlos,

no evito lances de honor.

Mas esperad, que en el alma

del que goza de hidalguía,

no es furia la valentía,

y ésta obra siempre con calma.

Sabeis que busco la muerte,

que los riesgos solicito,

pero con vos necesito

comportarme de otra suerte.

Y explicaros...

D. CÁRLOS.

Es perder

tiempo toda explicacion.

D. ÁLVARO.

No os negueis á la razon,

que suele funesto ser.

Pues trataron las estrellas

por raros modos de hacernos

amigos, ¿á qué oponernos

á lo que buscaron ellas?

Si nos quisieron unir

de mútuos y altos servicios

con los vínculos propicios,

no fué, no, para reñir.

Tal vez fué para enmendar

la desgracia inevitable,

de que no fuí yo culpable.

D. CÁRLOS.

¿Y me la osais recordar?

D. ÁLVARO.

¿Temeis que vuestro valor

se disminuya y se asombre,

si halla en su contrario un hombre

de nobleza y pundonor?

D. CÁRLOS.

¡Nobleza un aventurero!

¡Honor un desconocido!

¡Sin padre, sin apellido,

advenedizo, altanero!

D. ÁLVARO.

¡Ay, que ese error á la muerte,

por más que lo evité yo,

á vuestro padre arrastró!...

no corrais la misma suerte.

Y que infundados agravios

é insultos no ofenden, muestra

el que está ociosa mi diestra

sin arrancaros los labios.

Si un secreto misterioso

romper hubiera podido,

¡oh!... cuán diferente sido...

D. CÁRLOS.

Guardadlo, no soy curioso.

Que solo anhelo venganza,

y sangre.

D. ÁLVARO.

¿Sangre?... La habrá.

D. CÁRLOS.

Salgamos al campo ya.

D. ÁLVARO.

Salgamos sin más tardanza.

(_Deteniéndose._)

Mas, Don Cárlos... ¡ah! ¿podreis

sospecharme con razon

de falta de corazon?

No, no, que me conoceis.

Si el orgullo, principal

y tan poderoso agente

en las acciones del ente

que se dice racional

satisfecho tengo ahora,

esfuerzos no he de omitir,

hasta aplacar conseguir

ese furor que os devora.

Pues mucho repugno yo

el desnudar el acero

con el hombre que primero

dulce amistad me inspiró.

Yo á vuestro padre no herí,

le hirió solo su destino,

y yo, á aquel ángel divino,

ni seduje, ni perdí.

Ambos nos están mirando:

desde el cielo, mi inocencia

ven, esa ciega demencia

que os agita, condenando.

D. CÁRLOS.

(_Turbado._)

¿Pues qué?... ¿Mi hermana?... ¿Leonor?...

(Que con vos aquí no está

lo tengo aclarado ya.)

Mas ¿cuándo ha muerto?... ¡Oh furor!

D. ÁLVARO.

Aquella noche terrible

llevándola yo á un convento,

exánime, y sin aliento,

se trabó un combate horrible

al salir del olivar

entre mis fieles criados

y los vuestros irritados,

y no la pude salvar.

Con tres heridas caí,

y un negro de puro fiel

(fidelidad bien cruel)

veloz me arrancó de allí,

falto de sangre y sentido:

tuve en Gelves larga cura,

con accesos de locura:

y apenas restablecido

ansioso empecé á indagar

de mi único bien la suerte;

y supe ¡ay Dios! que la muerte

en el oscuro olivar...

D. CÁRLOS.

(_Resuelto._)

Basta, imprudente impostor;

¿y os preciais de caballero?...

¿Con embrollo tan grosero

quereis calmar mi furor?

Deponed tan necio engaño:

despues del funesto dia,

en Córdoba con su tia,

mi hermana ha vivido un año.

Dos meses há que fuí yo

á buscarla, y no la hallé.

Pero de cierto indagué

que al verme llegar huyó.

Y el perseguirla he dejado,

porque sabiendo yo allí

que vos estábais aquí,

me llamó mayor cuidado.

D. ÁLVARO.

(_Muy conmovido._)

¡Don Cárlos!... ¡Señor!... ¡amigo!

¡Don Félix! ¡ah!... Tolerad

que el nombre que en amistad

tan tierno os unió conmigo

use en esta situacion.

¡Don Félix!... soy inocente;

bien lo podeis ver patente

en mi nueva agitacion.

¡Don Félix!... ¡Don Félix!... ¡ah!...

¿Vive?... ¿vive?... ¡Oh justo Dios!

D. CÁRLOS.

Vive; y ¿qué os importa á vos?

muy pronto no vivirá.

D. ÁLVARO.

Don Félix, mi amigo; sí.

Pues que vive vuestra hermana

la satisfaccion es llana

que debeis tomar de mí.

Á buscarla juntos vamos;

muy pronto la encontraremos,

y en santo nudo estrechemos

la amistad que nos juramos.

¡Oh!... Yo os ofrezco, yo os juro

que no os arrepentireis,

cuando á conocer llegueis

mi orígen excelso y puro.

Al primer grande español

no le cedo en jerarquía,

es más alta mi hidalguía

que el trono del mismo sol.

D. CÁRLOS.

¿Estais, Don Álvaro, loco?

¿Qué es lo que pensar osais?

¿Qué proyectos abrigais?

¿me teneis á mí en tan poco?

Ruge entre los dos un mar

de sangre... ¿Yo al matador

de mi padre y de mi honor

pudiera hermano llamar?

¡Oh afrenta! Aunque fuérais rey.

Ni la infame ha de vivir.

No, tras de vos va á morir,

que es de mi venganza ley.

Si á mí vos no me matais,

al punto la buscaré,

y la misma espada que

con vuestra sangre tiñais,

en su corazon...

D. ÁLVARO.

Callad.

Callad... ¿Delante de mí

osásteis?...

D. CÁRLOS.

Lo juro, sí;

lo juro...

D. ÁLVARO.

¿El qué?... Continuad.

D. CÁRLOS.

La muerte de la malvada,

en cuanto acabe con vos.

D. ÁLVARO.

Pues no será, vive Dios,

que tengo brazo y espada.

Vamos... Libertarla anhelo

de su verdugo. Salid.

D. CÁRLOS.

Á vuestra tumba venid.

D. ÁLVARO.

Demandad perdon al cielo.

ESCENA II.

_El teatro representa la plaza principal de Beletri: á un lado

y otro se ven tiendas y cafés, en medio puestos de frutas y

verduras, al fondo la guardia del principal, y el centinela

paseándose delante del armero; los oficiales en grupos á

una parte y otra, y la gente del pueblo cruzando en todas

direcciones. EL TENIENTE, SUBTENIENTE y PEDRAZA se reunirán á un

lado de la escena, mientras los OFICIALES 1.º, 2.º, 3.º y 4.º

hablan entre sí, despues de leer un edicto que está fijado en una

esquina, y que llama la atencion de todos._

OFICIAL 1.º

El rey Cárlos de Nápoles no se chancea: pena de muerte nada ménos.

OFICIAL 2.º

¿Cómo pena de muerte?

OFICIAL 3.º

Hablamos de la ley que se acaba de publicar, y que allí está para que

nadie la ignore, sobre desafíos.

OFICIAL 2.º

Ya, ciertamente es un poco dura.

OFICIAL 3.º

Yo no sé cómo un rey tan valiente y jóven puede ser tan severo contra

los lances de honor.

OFICIAL 1.º

Amigo, es que cada uno arrima el ascua á su sardina, y como siempre los

desafíos suelen ser entre españoles y napolitanos, y estos llevan lo

peor, el rey, que al cabo es rey de Nápoles...

OFICIAL 2.º

No, esas son fanfarronadas; pues hasta ahora no han llevado siempre lo

peor los napolitanos; acordaos del mayor Caraciolo, que despabiló á dos

oficiales.

TODOS.

Eso fué una casualidad.

OFICIAL 1.º

Lo cierto es que la ley es dura; pena de muerte por batirse, pena de

muerte por ser padrino, pena de muerte por llevar cartas; qué sé yo:

pues el primero que caiga...

OFICIAL 2.º

No, no es tan rigurosa.

OFICIAL 1.º

¿Cómo no? Vean ustedes. Leamos otra vez.

(_Se acercan á leer el edicto y se adelantan en la escena los otros._)

SUBTENIENTE.

¡Hermoso dia!

TENIENTE.

Hermosísimo. Pero pica mucho el sol.

PEDRAZA.

Buen tiempo para hacer la guerra.

TENIENTE.

Mejor es para los heridos convalecientes. Yo me siento hoy enteramente

bueno de mi brazo.

SUBTENIENTE.

Tambien parece que el valiente capitan de granaderos del Rey está

enteramente restablecido. ¡Bien pronto se ha curado!

PEDRAZA.

¿Se ha dado ya de alta?

TENIENTE.

Sí, esta mañana. Está como si tal cosa; un poco pálido, pero fuerte.

Hace un rato que le encontré; iba como hácia la Alameda á dar un paseo,

con su amigote el ayudante Don Félix de Avendaña.

SUBTENIENTE.

Bien puede estarle agradecido, pues además de haberle sacado del campo

de batalla, le ha salvado la vida con su prolija y esmerada asistencia.

TENIENTE.

Tambien puede dar gracias á la habilidad del doctor Perez, que se ha

acreditado de ser el mejor cirujano del ejército.

SUBTENIENTE.

Y no lo perderá; pues segun dicen, el ayudante, que es muy rico y

generoso, le va á hacer un gran regalo.

PEDRAZA.

Bien puede; pues segun me ha dicho un sargento de mi compañía, andaluz,

el tal Don Félix está aquí con nombre supuesto, y es un marqués

riquísimo de Sevilla.

TODOS.

¿De veras?

(_Se oye ruido; todos se ponen de pié y se arremolinan mirando hácia el

mismo lado._)

TENIENTE.

¡Hola! ¿Qué alboroto es aquel?

SUBTENIENTE.

Veamos... Sin duda algun preso. Pero, ¡Dios mio! ¿Qué veo?

PEDRAZA.

¿Qué es aquello?

TENIENTE.

¿Estoy soñando?... ¿No es el capitan de granaderos del Rey el que traen

preso?

TODOS.

No hay duda, es el valiente Don Fadrique.

(_Se agrupan todos sobre el primer bastidor de la derecha, por donde

sale el capitan preboste y cuatro granaderos, y en medio de ellos preso

sin espada ni sombrero Don Álvaro; y atravesando la escena, seguidos

por la multitud, entran en el cuerpo de guardia que está al fondo;

mientras tanto se desembaraza el teatro.--Todos vuelven á la escena,

ménos Pedraza que entra en el cuerpo de guardia._)

TENIENTE.

Pero, señor, ¿qué será esto? ¿Preso el militar más valiente, más

pundonoroso y más exacto que tiene el ejército?

SUBTENIENTE.

Ciertamente es cosa muy rara.

TENIENTE.

Vamos á averiguar...

SUBTENIENTE.

Ya viene aquí Pedraza, que sale del cuerpo de guardia, y sabrá algo.

Hola, Pedraza, ¿qué ha sido?

PEDRAZA.

(_Señalando al edicto, y se reune más gente á los cuatro oficiales._)

Muy mala causa tiene. Desafío... El primero que quebranta la ley:

desafío y muerte.

TODOS.

¡¡¡Cómo!!! ¿Y con quién?

PEDRAZA.

¡Caso extrañísimo! El desafío ha sido con el teniente coronel Avendaña.

TODOS.

¡Imposible!... ¡Con su amigo!

PEDRAZA.

Muerto le deja de una estocada ahí detrás del cuartel.

TODOS.

¡Muerto!

PEDRAZA.

Muerto.

OFICIAL 1.º

Me alegro, que era un botarate.

OFICIAL 2.º

Un insultante.

TENIENTE.

Pues señores, ¡la ha hecho buena! Mucho me temo que va á estrenar

aquella ley.

TODOS.

¡Qué horror!

SUBTENIENTE.

Será una atrocidad. Debe haber alguna excepcion á favor de oficial tan

valiente y benemérito.

PEDRAZA.

Sí, ya está fresco.

TENIENTE.

El capitan Herreros es con razon el ídolo del ejército. Y yo creo,

que el general y el coronel, y los jefes todos, tanto españoles como

napolitanos, hablarán al rey... y tal vez...

SUBTENIENTE.

El rey Cárlos es tan testarudo... y como este es el primer caso que

ocurre, el mismo dia que se ha publicado la ley... No hay esperanza;

esta noche misma se juntará el consejo de guerra, y antes de tres dias

le arcabucean... Pero, ¿sobre qué habrá sido el lance?

PEDRAZA.

Yo no sé, nada me han dicho. Lo que es el capitan tiene malas pulgas, y

su amigote era un poco caliente de lengua.

OFIC. 1.º Y 4.º

Era un charlatan, un fanfarron.

SUBTENIENTE.

En el café han entrado algunos oficiales del regimiento del Rey, sabrán

sin duda todo el lance; vamos á hablar con ellos.

TODOS.

Sí, vamos.

ESCENA III.

_El teatro representa el cuarto de un oficial de guardia; se verá

á un lado el tabladillo y el colchon, y en medio habrá una mesa y

sillas de paja. Entran en la escena_

DON ÁLVARO y el CAPITAN.

CAPITAN.

Don Álvaro, o, La fuerza del Sino · 第 3 / 5 段