gente que no tiene casa ni hogar, y encuentran por todas partes
donde alojarse y esconderse, mientras que el diablo puede y quiere
ayudarles; mas luego, cuando menos se lo piensan, se meten en el lazo;
porque en el momento que la pera está madura, es indispensable que
salga. Por ahora se sabe de seguro, que las cartas han quedado en
poder de la justicia, y que toda la cábala está descrita en ellas,
diciéndose que hay por medio mucha gente comprometida. Peor para
ellos, que han arruinado medio Milán, y aún no tenían bastante. Dicen
que los panaderos son unos bribones: ya lo sé yo también; pero es
necesario ahorcarlos, previa disposición judicial. Hay grano oculto,
¿quién lo ignora? Pero á los que mandan corresponde tener buenos
espías, é ir á desenterrarlo, y mandar á hacer cabriolas en el aire á
los monopolistas, en compañía de los panaderos; y si los gobernantes
no hacen nada, á la ciudad corresponde el reclamar, y si no dan oídos
á la primera vez, es preciso recurrir otra segunda, pues á fuerza de
reclamar se acaba por obtener; y no valerse de medios tan infames, como
son el entrar en las tiendas y almacenes á robar á mansalva.
Lo poco que Renzo había comido se le convirtió en veneno. Hubiera
querido estar mil millas lejos de aquella hostería, de aquel pueblo; y
más de diez veces se había dicho á sí mismo: vámonos, vámonos. Pero el
temor de infundir sospechas se aumentó considerablemente, y tiranizó
de tal modo sus pensamientos, que lo tenía como clavado en su asiento.
En semejante perplejidad, pensó que el charlatán debía al fin concluir
de hablar de él, resolviendo en su interior el levantarse apenas oyese
entablar cualquiera otra conversación.
--Por esto es, dijo uno de la reunión, por lo que yo, que sé cómo van
esta especie de cosas, y que los hombres honrados no están bien en los
alborotos, no me he dejado vencer por la curiosidad, y he permanecido
en mi casa.
--¿Y yo, me he movido? dijo otro.
--Yo, añadió un tercero, si por casualidad me hubiese hallado en Milán,
hubiera dejado sin acabar cualquier negocio que fuese, y me habría
vuelto prontamente á casa. Tengo mujer é hijos; y luego, digo la
verdad, no me gustan los alborotos.
Á esto, el posadero, que también se había puesto á escuchar, se dirigió
al otro extremo de la mesa, para ver lo que hacía el forastero. Renzo,
aprovechando la ocasión, llamó al patrón por señas, pidió la cuenta, la
pagó sin regatear, aunque los fondos estaban en decadencia, y sin más,
se encaminó directamente hacia la puerta, pasó el umbral, y poniéndose
en manos de la Providencia, se dirigió del lado opuesto del cual había
venido.
CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO
Basta con frecuencia un deseo, para no dejar tranquilo á un hombre;
¡juzgad pues, dos á la vez, el uno contrario al otro! El infeliz
Renzo tenía desde algunas horas antes dos semejantes en su interior,
según ya sabemos; esto es, el deseo de correr y el de estar oculto.
Las terribles palabras del comerciante le habían hecho crecer ambos
á un tiempo. ¡Conque su aventura había hecho tanto ruido! ¡querían
apoderarse de él á todo evento! ¡Quién sabe cuántos esbirros se
habrán puesto en campaña para darle caza! ¡cuántas órdenes habrán
sido expedidas para vigilar las poblaciones, las posadas y caminos!
Si bien pensaba por último que los esbirros que lo conocían eran
sólo dos, y que el nombre no lo llevaba escrito en la frente; sin
embargo, su imaginación volvía á recordar ciertas narraciones que
había oído de fugitivos cogidos y descubiertos por medio de extrañas
combinaciones, reconocidos en el modo de andar, en su aire sospechoso,
y otras señales impensadas. Todo le hacía sombra. Aunque en el momento
que salía de Gorgonzola era el toque de oraciones, y las tinieblas
siempre crecientes disminuían los peligros, esto no obstante, tomó á su
pesar el camino real, y se propuso entrar en la primera senda que le
pareciese conducir hacia el lado adonde deseaba llegar con tanto afán.
Al principio encontró algunos viajeros; pero estando llena su fantasía
de tristes aprehensiones, no tuvo el valor suficiente para acercarse
á preguntar el camino á cualquiera de ellos. El posadero ha dicho que
hay seis millas, pensaba: si hay ocho ó diez caminando por senderos,
las piernas que han hecho las demás harán también éstas. Hacia Milán
de seguro no voy, pues me encamino con dirección al Adda: andando,
andando, llegaré tarde ó temprano: el Adda tiene buena voz; y cuando
esté cerca, no hay necesidad de que me lo enseñen: si hay alguna barca
para poderlo pasar, lo pasaré en seguida; si no, me detendré hasta la
mañana en un campo descansando sobre la yerba, como el gorrión: vale
más dormir sobre la yerba que en una cárcel.
Poco después divisó á su izquierda un pequeño camino de travesía,
y entró en él. Entonces, si hubiese topado con alguno, no hubiera
gastado tantas ceremonias para hacerse enseñar el camino; mas no se
sentía alma viviente. Andaba, pues, por donde el camino lo conducía, y
pensaba:
“¡Yo hacer diabluras! ¡yo asesinar á todos los señores! ¡Un paquete
de cartas, yo! ¡Mis compañeros que me estaban guardando las espaldas!
Pagaría cualquiera cosa de encontrarme cara á cara con ese comerciante
al otro lado del Adda (¡ah, cuándo habré pasado ese bendito Adda!)
detenerle, y preguntarle con política, en dónde había pescado tantas
y tan frescas noticias. Sabed ahora, mi querido señor, que la cosa ha
tenido lugar de este y de este modo: que las diabluras que he hecho,
han sido prestar auxilio á Ferrer, como si fuera un hermano mío; tened
entendido, que los bribones, que á vuestro parecer eran mis amigos, en
cierto momento me han querido hacer una mala partida, porque he hablado
como buen cristiano; sabed que mientras vos estabais guardando vuestra
tienda, yo me dejaba romper las costillas para salvar á vuestro señor
vicario de la provisión, á quien jamás había visto ni conocido. Podéis
esperar á que me mueva otra vez para socorrer á los señores...
“Es verdad que es preciso hacerlo en conciencia, porque ellos componen
también el prójimo. Y ese gran paquete de cartas, en donde estaba toda
la cábala que ha caído en poder de la justicia, según vos sabéis de
cierto, veréis cómo lo hago comparecer aquí, sin auxilio del diablo.
¿Tenéis curiosidad de verlo? Helo aquí... ¡Es una sola carta!... Sí
señor, una sola carta; y esta carta, si queréis saberlo, la ha escrito
un religioso que puede enseñaros la doctrina, y daros lecciones de
todo; un religioso que, sin haceros injuria, vale más un pelo de su
barba que toda la vuestra; y esta carta la ha escrito, como veis,
á otro religioso, que es también un sujeto... ¡Ved ahora quiénes
son los bribones mis amigos! Otra vez sed más mesurado para hablar,
principalmente cuando se trata del prójimo”.
Mas después de algún tiempo, estos pensamientos y otros semejantes,
cesaron enteramente; las circunstancias presentes ocupaban todas las
facultades del pobre viajero. El temor de ser perseguido ó descubierto,
que había amargado tanto su viaje, durante el día, no le daba ya
cuidado; ¡pero qué de cosas se lo volvían mucho más enojoso! Las
tinieblas, la soledad, el cansancio siempre creciente y más penoso.
Soplaba un viento frío, uniforme, penetrante, que debía hacer un flaco
servicio al que se hallaba aún con los mismos vestidos que se había
puesto para ir en cuatro brincos á las bodas, y volver en seguida
triunfante á su casa; y lo que hacía el caso aún más grave, era el
caminar á la ventura, y buscar, sin saber dónde, algún lugar de reposo
y de seguridad.
Cuando llegaba á atravesar alguna población, andaba muy despacio,
mirando, sin embargo, si había alguna puerta abierta todavía; mas no
vió otra señal de gente que estuviese despierta, que una que otra
luz, al través del encerado de alguna ventana. En el camino fuera
de poblado, se paraba de cuando en cuando, escuchaba atentamente
para ver si oía el murmullo del bendito Adda, pero en vano. Lo único
que percibía era el aullido de perros, que partía de alguna cabaña
solitaria, vagando por el espacio, y yéndose á perder aflictivo y
amenazador á la vez. Al acercarse, el aullido se convertía en un ladrar
terrible y furioso: al pasar por delante la puerta, sentía, veía casi
al animal, con el hocico pegado á una pequeña abertura de dicha puerta,
y redoblar los ladridos, circunstancia que le quitaba la tentación de
llamar y de pedir un abrigo. Quizá, aun, sin el miedo á los perros,
tampoco se hubiera resuelto. “¿Quién es? pensaba; ¿qué queréis á estas
horas? ¿cómo habéis llegado aquí? Daos á conocer. ¿No hay por ventura
posadas donde alojarse?”. He aquí, si llamo, la mejor respuesta que me
darán, en caso de que no halle algún medroso que no duerma, y al fin y
al cabo se ponga á gritar ¡socorro! ¡ladrones! Es indispensable tener
de pronto una respuesta categórica que dar; y ¿qué he de responder
yo? El que oye ruido de noche, no le viene á la imaginación más que
ladrones, gente de mal vivir, y asechanzas; no se calcula que un
hombre honrado puede encontrarse de noche en un camino, si éste no es
un caballero que va en carruaje. Hechas las anteriores reflexiones,
reservaba semejante partido para un caso extremo de necesidad, y seguía
adelante, con la esperanza á lo menos de descubrir el Adda, si no podía
pasarlo aquella misma noche, y en la firme resolución de no llegar al
día claro sin lograr su objeto.
Caminando, llegó á un paraje donde la campiña cultivada iba á morir en
un arenal, cubierto de helechos y débiles arbolitos. Esto le pareció,
si no un indicio, á lo menos cierta consecuencia de un río inmediato, y
se introdujo en él, siguiendo un sendero que lo atravesaba. Cuando hubo
dado algunos pasos, se paró á escuchar; pero aún en vano. Lo selvático
de aquel sitio, el no haber siquiera un moral, ni una vid, ni otras
señales de cultivo humano, que antes parecía que le hacían compañía,
iban aumentando el fastidio del viaje. Sin embargo, siguió adelante; y
así como en su imaginación empezaban á presentársele ciertas imágenes,
ciertas apariciones, vanos restos de narraciones é historias que había
oído contar siendo niño, así también para rechazarlas ó apaciguarlas
recitaba, á medida que iba andando, varias oraciones por las almas de
los finados.
Poco á poco fué encontrando arbustos más altos, ciruelos, encinas
enanas. Siguiendo adelante, y alargando el paso, con más impaciencia
que deseo, empezó á descubrir entre la maleza algunos árboles
esparcidos; y avanzando siempre por el mismo sendero, llegó á un
espeso bosque. Experimentaba cierta repugnancia á entrar en él; pero
la venció, y aunque de mala gana, continuó avanzando. Cuanto más se
internaba, tanto más crecía su repugnancia; todo le fastidiaba. Los
árboles que veía en lontananza se le representaban á manera de figuras
extrañas, deformes, monstruosas; la sombra de las copas ligeramente
agitadas que se veían mover sobre el sendero iluminado por la luna, le
disgustaba; el mismo crujir de las hojas secas que aplastaba ó movía
al andar, tenía para su oído un cierto no sé qué de siniestro. Las
piernas experimentaban una especie de frenesí, un impulso de correr,
y al mismo tiempo parecía que abrumadas por el cansancio se negasen á
sostener la persona. Percibía la nocturna brisa, que á cada momento más
fría y maligna azotaba su frente y mejillas: la sentía correr entre
los vestidos y la carne arreciándola, y penetrar hasta los huesos
quebrantados por el cansancio, apagando los últimos restos de su vigor.
Hubo un momento en que aquel fastidio, aquel horror indefinible,
contra los cuales su razón combatía hacía algún tiempo, parecieron de
repente vencerlo. Estaba á punto de perder la cabeza; pero asustado
más bien de su propio terror que no de cualquier otra cosa, llamó en
su ayuda á su antiguo valor y arrojo. Así, tranquilizado un instante
se detuvo con objeto de deliberar. Resolvió salir en seguida de aquel
paraje por el camino que ya había andado, ir directamente al último
pueblo por el cual había pasado, volver á gozar de la compañía de los
hombres, y buscar un asilo aun en la misma posada. Al pararse, las
hojas secas dejaron de crujir bajo sus pies; y estando todo silencioso
á su alrededor, empezó á sentir cierto rumorcillo, cierto murmullo; era
el susurro de agua corriente. Escucha; no hay duda, exclama: ¡es el
Adda! Se hubiera dicho que había vuelto á encontrar á un amigo, á un
libertador. El cansancio casi desapareció, su pecho volvió á latir, la
sangre comenzó á circular vigorosa y libremente por todas sus venas;
sintió renacer la confianza en sus ideas y desvanecerse en gran parte
aquella turbación y vaga inquietud, aquellos temores de los cuales era
presa su alma. En su consecuencia no vaciló en internarse más en el
bosque en busca de aquel amistoso murmullo.
Á los pocos momentos llegó á la extremidad de la llanura, á orillas de
una extensa ribera, viendo al través de la maleza que por todas partes
la cubría, brillar y correr el agua. Extiende más la vista y descubre
la vasta llanura de la ribera opuesta, sembrada de aldeas; un poco
más allá, multitud de colinas, sobre una de las cuales divisa una
gran mancha blanquecina, en la que cree distinguir una ciudad, Bérgamo
seguramente. Da algunos pasos por la pendiente, separando con manos y
brazos la maleza, con el objeto de ver si se mueve en el lago algún
barquichuelo ó siente ruido de remos; mas nada ve, nada siente. Si
hubiese llegado á ser otro río que no fuese el de Adda, Renzo habría
bajado entonces á tentar el vado; pero sabía muy bien que el Adda no se
podía tratar con tanta confianza.
Por lo tanto, se puso á consultar entre sí, con mucha sangre fría,
el partido que debería tomar. Recostarse en la yerba y permanecer
aguardando la aurora, acaso seis horas que aún podía tardar en
aparecer, con un viento tan frío, con la escarcha, vestido tan á la
ligera, era cosa de quedarse arrecido. Dar paseos arriba y abajo todo
aquel tiempo, además de haber sido una ayuda muy poco eficaz contra
el rigor del sereno, era exigir demasiado de aquellas pobres piernas,
que habían hecho ya más de lo que debían. Mas de pronto recordó haber
visto en uno de los campos más próximos al arenal, una de esas chozas
construidas de troncos y ramas, y cubiertas de tierra por la parte
exterior, en las cuales los labradores del Milanesado acostumbran en
el verano depositar la recolección y refugiarse para guardarla: en
las demás estaciones, están abandonadas. La escogió, pues, para su
albergue; pasó de nuevo el sendero, atravesó el bosque, los matorrales,
el arenal, y se dirigió hacia la choza. Había una carcomida y medio
desquiciada puerta, sin llave ni cadena; Renzo la abre y entra; ve
suspendido en el aire, y sostenido por gruesas ramas, un cañizo á
manera de hamaca, mas no cuida de subir á él. Divisó en el suelo un
poco de paja, y piensa que en ella no dejaría de saborear las dulzuras
del sueño.
Antes de echarse sobre aquel lecho que la Providencia le había
deparado, se arrodilló para darle gracias por dicho beneficio y por
toda la asistencia que había recibido en aquel terrible día. En seguida
rezó sus acostumbradas oraciones, y terminadas pidió perdón á Dios
de no haberlas dicho la noche anterior; ó para repetir sus mismas
expresiones, el haberse ido á dormir como un perro, y todavía peor. Por
esto es, añadió para sí, apoyando las manos sobre la paja y tendiéndose
á la larga; por esto, me ha caído en suerte esta mañana tan bella
manera de despertar. Después recogió toda la paja que quedaba en torno
suyo, colocóla encima de su cuerpo, haciendo del mejor que pudo una
especie de cobertor para templar el frío, que aun allí dentro se dejaba
sentir bastante, y se acurrucó debajo, con intención de echar un buen
sueño, pareciéndole que le había costado más caro de lo regular el
conseguirlo.
Apenas hubo cerrado los ojos, empezaron en su memoria ó en su
imaginación (el lugar preciso no sabré indicarlo), empezaron,
repito, á ir y venir las imágenes de tantas gentes, tan tumultuosa é
incesantemente, que adiós, el sueño desapareció. Veía el notario, los
esbirros, el espadero, el posadero, Ferrer, el vicario, la reunión de
la hostería; en seguida las turbas que recorrían las calles, luego D.
Abundio, después D. Rodrigo, gentes todas con las cuales había tenido
Renzo que hacer.
Tres solas imágenes se presentaban no acompañadas de memoria
alguna amarga, limpias de toda sospecha, enteramente amables; y
dos principalmente, á la verdad muy distintas, pero estrechamente
ligadas al corazón del joven, á saber: una trenza de negros cabellos,
y una barba blanca. Mas á pesar del consuelo que experimentaba al
detener su pensamiento sobre dichas imágenes, distaba mucho de ser
puro y tranquilo. Pensando en el buen fraile, sentía con más viveza
la vergüenza de sus propias calaveradas, de su torpe intemperancia,
del poco caso que había hecho de los paternales consejos de aquél,
y ¡contemplando la imagen de Lucía! no podemos decir todo lo que
experimentaba: el lector sabe las circunstancias; por consiguiente,
dejamos que se lo imagine á su voluntad. ¡Y la pobre Inés, cómo
hubiera podido olvidarla! Inés, que lo había elegido, que lo
consideraba como si no compusiesen más que una sola persona él y su
hija; que antes de recibir de Renzo el nombre de madre, había tomado
el lenguaje, el corazón, y demostrado con hechos su tierna solicitud.
Pero que la infeliz mujer se encontrase al presente echada de su casa,
fugitiva, incierta acerca del porvenir; que no hallase más que penas y
aflicciones en donde había esperado encontrar la tranquilidad y alegría
en sus últimos días, y que su benevolencia y generosas intenciones
habían sido la única causa de todo; he aquí el más agudo y punzante de
los dolores que existía en el corazón de nuestro joven. ¡Qué noche,
pobre Renzo! ¡Y ésta que debía ser la quinta de sus bodas! ¡Qué cámara,
qué lecho nupcial! ¡y luego qué jornada! ¡Y para llegar á aquel
mañana, qué serie de días! “Sea lo que Dios quiera, respondía á los
pensamientos que más le apesadumbraban; sea lo que Dios quiera: él sabe
lo que hace y vela siempre por nosotros: váyase todo en cuenta de mis
pecados. ¡Lucía es tan buena! ¡no querrá hacerla sufrir por espacio de
mucho tiempo!”.
En medio de tales meditaciones, desesperando de poder conciliar el
sueño, y dejándose sentir el frío cada vez más, hasta el punto de
hacer tiritar todo su cuerpo y castañetear los dientes, suspiraba por
la venida del día, y medía con impaciencia el lento correr de las
horas. Digo que las medía, porque á cada media hora oía en aquel vasto
silencio las campanadas de un reloj: probablemente sería el de Trezzo.
La primera vez que hirió sus oídos tan inesperado ruido, sin que
pudiese tener idea alguna de su origen, sintió una sensación misteriosa
y solemne, como el aviso que viniese de una persona invisible, con voz
desconocida.
Por último, cuando la campana hubo dado once golpes[16], que era la
hora dispuesta por Renzo para levantarse, se incorporó medio aterido,
se arrodilló y rezó con más fervor que de costumbre las oraciones de
la mañana, se puso en pie, se esperezó, sacudió todos sus miembros con
el objeto de darles su ordinaria elasticidad, porque parecía que cada
uno obraba por sí solo; se sopló una mano, después la otra, se las
restregó, y abrió la puerta de la choza. Lo primero que hizo fué echar
una ojeada á un lado y á otro para ver si había alguien. No divisando á
nadie, buscó con la vista el sendero que anteriormente había recorrido;
lo reconoció en seguida y se encaminó á él.
La atmósfera anunciaba un hermoso día; la luna en su menguante,
pálida y sin rayos, brillaba con todo en el inmenso espacio de un
cielo ceniciento y azul, que poco á poco hacia el Oriente iba
desvaneciéndose ligeramente en una rosada tinta. Más lejos, tocando con
el horizonte, se extendían en largas fajas desiguales algunas nubes más
bien azuladas que oscuras, de las cuales las últimas estaban orladas
de una banda como de fuego, que por momentos se volvía más viva y
resplandeciente. Al Mediodía, otro grupo de nubes, ligeras y aéreas,
por decirlo así, iban tiñéndose de mil colores sin nombre. Aquél era el
cielo de Lombardía, tan hermoso cuando está despejado, tan esplendente
cuando está pacífico. Si Renzo se hubiese hallado en aquel paraje por
su gusto, ciertamente se hubiera detenido á contemplar aquella alborada
tan diferente de las que tenía costumbre de ver en sus montañas; mas al
presente sólo atendía á su camino, andando á buen paso, para entrar en
calor y llegar más pronto. Pasa los campos, el arenal, los matorrales;
atraviesa el bosque, mirando á todos lados, riendo y avergonzándose
al mismo tiempo del terror que había experimentado pocas horas antes.
Llega por último á la margen del río, tiende la vista á lo lejos, y
al través de la maleza descubre una barquilla de pescador que viene
deslizándose lentamente contra la corriente, rozándose casi con la
orilla. Baja en seguida por el camino más corto por entre las zarzas y
espinos, y desde la citada orilla llama á media voz al pescador, con
la intención de manifestar que pedía un servicio de poca importancia;
pero sin apercibirse de que lo hacía con voz medio suplicante, le hizo
señas para que se aproximase. El pescador lanza una ojeada á lo largo
de la ribera, mira atentamente el agua que viene, se vuelve á mirar á
su espalda el agua que va, dirige en seguida la proa hacia Renzo, y
atraca. Éste, que permanecía en la misma orilla, casi tocando el agua
con los pies, se afirma á la proa del batel, salta dentro, y dice:
“¿Me haréis el favor, pagando por supuesto, de trasladarme á la orilla
opuesta?”. El pescador lo había adivinado, y ya volvía la proa hacia
aquel lado. Viendo Renzo otro remo en el fondo de la barquilla, se
inclina y lo coge.
--Despacio, despacio, dijo el barquero; pero al ver luego con qué
maestría el joven había empuñado el remo, y se disponía á manejarlo:
¡ah, ah! repuso, ¿sabéis el oficio?
--Un poquito, contestó Renzo; y se puso á remar con un vigor y una
destreza que no eran de un aficionado. Sin descansar un instante,
lanzaba de cuando en cuando una sombría mirada á la orilla de la cual
se alejaba, y otra con impaciencia sobre la que se dirigía, y se
desesperaba de no poder ir por el camino más corto; pues la corriente
era en aquel paraje demasiado rápida para cortarla en línea recta,
y la barca, ora siguiendo dicha corriente, debía hacer una travesía
diagonal. Como acontece en todos los asuntos un poco embrollados, que
las dificultades en un principio se presentan en masa, y después
aparecen minuciosamente; Renzo, ahora que casi había pasado, por
decirlo así, el Adda, le fastidiaba el no saber de positivo si el río
en aquel sitio servía de límites á los dos estados, ó si superado dicho
obstáculo, le quedaría algún otro que vencer. Por lo tanto, llamando
al pescador y señalándole por medio de un movimiento de cabeza la
señal blanquecina que había visto la noche anterior, y que entonces se
divisaba con más claridad, dijo: “¿Es Bérgamo aquel pueblo?”.
--La ciudad de Bérgamo, replicó el pescador.
--¿Y esa ribera, es de su territorio?
--No, que es del de S. Marcos.
--¡Viva S. Marcos! exclamó Renzo. El pescador nada dijo.
Tocan, finalmente, á la orilla tan deseada; Renzo se precipita á
ella; da gracias á Dios desde el fondo de su corazón, y después
se las manifiesta al barquero; mete la mano en el bolsillo, saca
una _berlinga_, que atendidas las circunstancias, no fué poco
desprendimiento, y se la entrega al buen hombre, el cual, después de
haber echado una ojeada á la ribera milanesa y á toda la extensión
del lago, alarga la mano, recibe el regalo que se le hace, lo guarda;
luego aprieta los labios, forma con el índice y el pulgar una cruz, y
acompañando dicho gesto con una mirada expresiva dice: “buen viaje”, y
se vuelve por donde había venido.
Para que el lector no se maraville demasiado de la tan pronta y
discreta cortesanía del pescador, debemos advertirle, que el tal
individuo, requerido con frecuencia, para semejantes servicios por
contrabandistas y bandidos, estaba acostumbrado á prestarlos, no
tanto por el motivo de una escasa, é incierta ganancia que le pudiese
sobrevenir, cuanto por no crearse enemigos entre aquella clase de
gentes. Prestaba dichos servicios, repito, siempre que estaba seguro de
no ser visto por los guardas, esbirros y espías. Así, sin querer más á
los primeros que á los segundos, procuraba tenerlos contentos á todos,
con esa imparcialidad que es la dote ordinaria del que se ve precisado
á tratar con unos, y está sujeto á dar cuenta de sus acciones á otros.