de pasar, y viendo á lo lejos mucha gente que la guardaba, y teniendo
la imaginación un poco acalorada (es preciso compadecerle, pues no
le faltaban motivos), experimentó cierta repugnancia en arriesgarse
á salir por ella. Se hallaba de manos á boca en un lugar de asilo,
en donde con la consabida carta sería bien acogido: tuvo fuertes
tentaciones de entrar; mas animándose de súbito pensó: pájaro de bosque
hasta que se pueda. ¿Quién me conoce? Ciertamente, los esbirros no se
dividirán en pedazos para irme á esperar á todas las puertas. Dirigió
una mirada á su alrededor para ver si venían por aquel lado, y no
descubrió ni esbirros, ni nadie que pareciese ocuparse de él. Sigue
adelante, detiene aquellas benditas piernas que querían correr siempre,
mientras sólo convenía caminar, y poco á poco, tarareando á media
voz, llegó á la puerta. Había justamente ocupando el paso una porción
de guardas, y de refuerzo una compañía de arcabuceros españoles; mas
todos estaban ocupados en velar las afueras, para no dejar entrar á las
gentes que á la nueva de una sublevación acuden, del mismo modo que
los cuervos al campo en donde se ha verificado una batalla; de suerte
que Renzo, con aire indiferente, los ojos bajos, y con el andar entre
viajero y paseante, salió sin que nadie le dijese nada; pero el corazón
le palpitaba con fuerza. Advirtiendo á la derecha un pequeño sendero,
entró en él para evitar el camino real, y anduvo un buen pedazo antes
de volver atrás la vista.
Camina sin descanso; encuentra á su paso cabañas, pueblos; sigue
adelante sin preguntar su nombre, y seguro de alejarse de Milán, confía
ir hacia Bérgamo: por el momento esto le basta. De cuando en cuando
se volvía, y á cada instante miraba y se frotaba ya una, ya otra
muñeca, doloridas todavía, y señaladas en derredor con una rubicunda
raya, vestigios de la cuerda. Sus pensamientos eran, como cualquiera
puede imaginarse, una confusa mezcla de arrepentimientos, inquietudes,
cólera y ternura; era un estudio pesado el traer á la memoria lo que
había dicho y hecho la noche anterior, el descubrir la parte secreta
de su dolorosa historia, y sobre todo, cómo habían podido averiguar su
nombre. Naturalmente sus sospechas recaían sobre el espadero, á quien
recordaba habérselo declarado. Y calculando del modo tan astuto con el
cual aquél se lo había sacado, en su aspecto, en sus ofertas y en todas
sus preguntas, que tendían siempre á querer saber algo, las sospechas
se cambiaban casi en certeza, si bien luego se acordaba confusamente
de haber continuado charlando después de la partida del espadero; ¿pero
con quién? Adivínalo, grillo. ¿De qué? Aunque recurría á la memoria era
en vano; ésta no le decía más, sino que en aquel entonces se hallaba
fuera de su casa. El infeliz se perdía en aquellas investigaciones:
era como un hombre que ha echado muchas firmas en blanco, y que las
ha confiado á uno á quien creía el _non plus ultra_ de la honradez, y
después al descubrir que es un petardista y un bribón, quiere obtener
de éste que le dé á conocer el estado de sus negocios. ¡Pobrecito!,
¿qué ha de conocer? Todo es confusión.
El otro estudio penoso era fundar sobre el porvenir algún proyecto que
no fuese al aire, que le pudiese gustar, y que no tuviese desagradables
consecuencias; pero bien pronto lo más aflictivo fué poder encontrar el
camino. Después de haber andado un buen trozo de él, puede decirse á
la ventura, vió que por sí solo no podía lograrlo. Bien es verdad que
experimentaba cierta repugnancia al pronunciar la palabra Bérgamo, como
si tuviese un no sé qué de sospechoso, de impudente; mas no podía pasar
por otro punto. Resolvió, pues, dirigirse, según lo había hecho en
Milán, al primer transeúnte, cuya fisonomía simpatizase con él, y así
lo verificó.
--Estáis fuera del camino, le respondió éste; y después de haber
reflexionado un poco, mitad con palabras, mitad con gestos, le indicó
la vuelta que tenía que dar para entrar en el camino real. Renzo le
dió las gracias, hizo ademán de poner en ejecución todo lo que se le
había dicho, se encaminó en efecto, hacia aquel lado con la intención
de acercarse al dicho camino real, de no perderlo de vista, de andar
costeándolo del mejor modo posible, pero sin poner los pies en él. El
designio era más fácil de concebir que de ejecutar. Por último, así
andando de derecha á izquierda, y como si dijéramos, haciendo eses,
en parte siguiendo las demás indicaciones que se animaba á buscar por
todos lados, en parte corrigiéndolas según sus luces y adaptándolas á
su intento, ya también dejándose guiar por los caminos en los cuales
se hallaba empeñado, nuestro fugitivo había hecho ya cerca de doce
millas, cuando no estaba distante de Milán más de seis. Tocante á
Bérgamo, era una gran dicha si no se había alejado más. Por lo tanto,
empezó á persuadirse que de aquella manera no llegaría á conseguir lo
que deseaba, y en su consecuencia trató de buscar otro expediente.
El que le vino á la imaginación fué inquirir, por medio de alguna
astucia, el nombre de algún pueblo cercano á la frontera, al cual se
pudiese dirigir por caminos de travesía, y preguntado por dicho pueblo,
se haría enseñar el camino sin necesidad de sembrar por do quier la
consabida pregunta sobre Bérgamo, que le parecía oler tanto á fuga, á
expulsión y á criminal.
Mientras buscaba el modo de reunir todas aquellas noticias sin promover
sospechas, vió un verde ramo pendiente en lo alto de la puerta de una
aislada cabaña, en las afueras de un lugarcillo. Hacía algún rato que
sentía aumentársele la necesidad de restaurar sus fuerzas; calculó que
aquel paraje sería á propósito para matar dos pájaros de un sólo tiro,
y entró. No había allí más que una anciana con la rueca al costado y
el huso en la mano. Pidió algo que comer, y le fué ofrecido un poco
de _stracchino_ y vino excelente. Aceptó aquél y rehusó éste (pues le
había cogido odio á causa de la mala jugada que le había hecho la noche
anterior); se sentó, suplicando á la anciana que se diese prisa. Ésta
en un instante lo puso en la mesa, y empezó de súbito á abrumarle con
preguntas, tocante á lo que él era y á los grandes acontecimientos
de Milán, cuyas voces habían llegado hasta allí. Renzo, no sólo supo
eludir las preguntas con mucha destreza, sino que aprovechándose de la
dificultad misma, hizo servir á su intento la curiosidad de la vieja
que le preguntaba adónde se dirigía.
Tengo que ir á varias partes, respondió, y si puedo ahorrar un poquito
de tiempo, querría detenerme un instante en ese pueblo de bastante
consideración, que se halla en el camino de Bérgamo, próximo á la
frontera, pero, sin embargo, perteneciente al territorio de Milán...
¡Cómo se llama! Regularmente habrá alguno, pensaba entre sí.
--El que queréis decir es Gorgonzola, contestó la anciana.
--¡Gorgonzola! repitió Renzo, como para grabar mejor el nombre en su
memoria. ¿Está muy distante de aquí? replicó en seguida.
--No lo sé exactamente; estará quizá unas diez ó doce millas. Si
estuviese aquí alguno de mis hijos, os la sabría decir.
--¿Y creéis que se pueda ir por esos lindos senderos sin tomar el
camino real, que tan lleno está de polvo? pero, ¡qué polvo! ¡Ya se ve,
hace tanto tiempo que no llueve!
--- Me parece que sí: podréis preguntarlo en el primer pueblo que
encontraréis á mano derecha; y lo nombró.
--Está bien, dijo Renzo: se levantó, tomó un pedazo de pan que le había
quedado de su desayuno, pan bien distinto del que había encontrado la
víspera al pie de la cruz de S. Dionisio; pagó la cuenta, salió y se
encaminó hacia la derecha. Finalmente, para evitar digresiones, diremos
que con el nombre de Gorgonzola en la boca, de pueblo en pueblo llegó á
dicho punto, cerca de una hora antes de anochecer.
Mientras iba andando, había proyectado hacer otra parada, con el
objeto de comer algo de sustancia. El cuerpo hubiera agradecido un
poco de cama; pero antes de satisfacerlo, Renzo se hubiera dejado caer
muerto en el camino. Su designio era informarse en la posada de la
distancia del Adda, recabar con destreza algunas noticias sobre alguna
travesía que lo condujera, y encaminarse hacia aquel punto, después
de haber tomado un refrigerio. Nacido y criado en el sitio en donde
el Adda sale por segunda vez, por decirlo así, de las entrañas de la
tierra, había oído decir muchas veces que en cierto paraje, y á cierta
distancia, sus aguas marcaban los confines del territorio milanés y
veneciano: de dicho paraje y distancia no tenía una idea exacta; pero
por el momento, el asunto más urgente era atravesarlo, por donde quiera
que fuese. Si no llegaba á conseguirlo en aquel mismo día, estaba
resuelto á andar hasta que la noche y sus fuerzas se lo permitiesen, y
aguardar después el alba en un campo, en algún sitio solitario en donde
Dios quisiera, con tal de no ser en una hostería.
Habiendo andado un poco por Gorgonzola, divisó una muestra de posada:
entró en ella, y pidió al dueño, que le salió al encuentro, alguna
friolera que comer y medio cuartillo de vino: algunas millas de más y
el tiempo, le habían hecho pasar aquel odio extremado y fanático. “Os
ruego que me despachéis pronto, añadió, porque tengo necesidad de
volverme á poner al instante en camino”. Y esto lo dijo, no sólo porque
era la verdad, sino también por miedo de que pensando el posadero que
quisiese dormir allí, no le saliese con la consabida pregunta del
nombre y apellido, y de dónde venía, y para qué asunto... ¡Largo, largo!
El posadero respondió á Renzo que sería servido, y éste se fué á sentar
en uno de los extremos de la mesa, cercano á la puerta, en el sitio de
los vergonzosos.
Se hallaban en la estancia algunos ociosos, los cuales, después de
haber discutido y comentado las grandes ocurrencias de Milán del día
anterior, se deshacían por saber cómo habrían ido en aquel mismo día,
tanto más, cuanto que las primeras noticias eran más propias para
excitar la curiosidad que para satisfacerla: una sublevación, ni
reprimida, ni victoriosa, suspendida más bien que terminada á causa
de la noche; una cosa truncada, el fin de un acto, más bien que de
un drama. Uno de ellos se destacó de la reunión, acercóse al recién
llegado, y le preguntó si venía de Milán.
--¿Yo? dijo Renzo admirado, para tomar tiempo de responder.
--Vos; si no es una indiscreción el preguntároslo.
Renzo, meneando la cabeza, apretando los labios, y dejando oir un
sonido inarticulado, repuso: Milán, según lo que he oído decir... no
debe ser un lugar para poder ir en estos momentos, á menos que haya una
grande necesidad.
--¿Continúa, pues, todavía hoy el tumulto? preguntó el curioso con más
afán.
--Sería preciso estar allí para saberlo, replicó Renzo.
--¿Pero vos, no venís de Milán?
--Vengo de Liscate, respondió con prontitud el joven, que en el ínterin
había calculado la contestación. Efectivamente, hablando en rigor,
venía de dicho punto, porque había pasado por él, y el nombre lo supo,
en cierto paraje del camino, por medio de un viajero que le había
indicado que era el primer pueblo que tendría que atravesar para llegar
á Gorgonzola.
--¡Oh! dijo el amigo, como si quisiese dar á entender: hubierais hecho
mejor en venir de Milán; mas, paciencia... ¿Y en Liscate, añadió, no se
sabía nada de Milán?
--Podría ser muy bien que alguno supiese algo, repuso el aldeano; pero
yo, no he oído nada.
Y dichas palabras las profirió de esa manera particular que parece
querer decir: he concluido. El curioso volvió á su sitio; y un momento
después, el posadero se llegó á ponerle la comida en la mesa.
--¿Cuánto hay de aquí al Adda? le dijo Renzo entre dientes, con el
ademán del bobo, que ya le hemos visto tomar algunas veces.
--¿Al Adda... para atravesarlo?
--Esto es... sí... al Adda.
--¿Queréis pasar por el puente de Cassano, ó por la barca de Canónica?
--Por cualquier parte que sea... Únicamente lo pregunto por mera
curiosidad.
--Es que yo lo digo porque ésos son los sitios por donde pasan las
gentes de bien, los que pueden dar cuenta de sus acciones.
--Muy bien, ¿y cuánto dista?
--Haced cuenta, que tanto por un paraje como por otro, poco más, poco
menos, habrá unas seis millas.
--¡Seis millas! no creía que estuviera á tanta distancia, dijo Renzo;
y luego replicó en seguida, con un aire de indiferencia llevado hasta
la afectación: Y luego, si hubiese alguno que tuviera necesidad de
acortar, ¿hay otros sitios para poder pasar?
--Seguramente, respondió el posadero mirándole fijamente con ojos de
maligna curiosidad. Esto bastó para hacer expirar en la boca del joven
las demás preguntas que tenía dispuestas. Trajo el plato hacia sí; y
clavando la vista en el medio cuartillo de vino, que el posadero había
puesto sobre la mesa, juntamente con aquél, dijo: “¿El vino es puro?”.
--Como el oro, repuso el posadero; preguntad si no á todos los
habitantes del pueblo y sus contornos, que lo saben, y después
juzgaréis. Así diciendo se fué á reunir á la compañía.
¡Qué malditos posaderos! exclamó Renzo interiormente: cuanto más los
conozco, peores los encuentro.
Sin embargo, se puso á comer con gran apetito, prestando al propio
tiempo oído, sin demostrarlo, con el objeto de descubrir terreno,
de inquirir lo que se juzgaba en el pueblo acerca del grande
acontecimiento, en el cual había tenido no pequeña parte, y de observar
especialmente si entre aquellos habladores habría algún hombre de bien
de quien pudiese fiarse un pobre muchacho para preguntarle el camino,
sin temor de ser puesto en apreturas, y forzado á hablar de sus asuntos.
--Mas, decía uno, esta vez parece que los milaneses han querido hacerlo
de veras. Basta; mañana á lo más tarde se sabrá algo.
--Me arrepiento de no haber ido á Milán esta mañana, decía otro.
--Si vas mañana, yo iré también, repuso un tercero, y después otro, y
otro.
--Lo que yo quisiera saber, replicó el primero, es si esos señores
milaneses pensarán además en la pobre gente de fuera, ó si tratarán de
que se hagan buenas leyes, únicamente para ellos. Bien sabéis cómo
son. ¡Orgullosos ciudadanos! ¡todo lo quieren para ellos! ¡los demás,
como si no existieran!
--Nosotros también tenemos boca, no sólo para comer, sino también para
exponer nuestras razones, dijo otro con acento tanto más modesto,
cuanto que la proposición era más avanzada; y cuando la cosa esté bien
encaminada... Pero creyó mejor no concluir la frase.
--No es sólo en Milán en donde hay grano oculto, empezaba otro con
ademán misterioso y maligno, cuando he aquí que oyen acercarse un
caballo. Todos corren hacia la puerta; y habiendo reconocido al que
llegaba, se apresuran á salirle al encuentro. Era éste un comerciante
de Milán, que yendo muchas veces al año á Bérgamo, con motivo de su
tráfico, solía pasar la noche en aquella posada; y como encontraba
casi siempre la misma reunión, los conocía casi á todos. Se agrupan á
su alrededor; uno coge la brida, otro el estribo.--¡Bien venido, bien
venido!
--Bien hallados.
--¿Habéis tenido buen viaje?
--Bonísimo; ¿y á vosotros, qué tal os va?
--Bien, bien. ¿Qué noticias traéis de Milán?
--¡Oh! hay grandes y famosas novedades, dijo el comerciante
desmontándose y dejando el caballo en manos de un mozo: y además,
continuó entrando acompañado de toda la reunión, y á estas horas lo
sabréis, acaso, mucho mejor que yo.
--¡De veras! Nada sabemos, dijeron algunos, poniéndose la mano sobre el
corazón.
--¿Es posible?... repuso el comerciante. Pues oiréis hermosas cosas...
ó más bien feas. ¡Eh, patrón! mi cama de costumbre, ¿está desocupada?
Bien: un vaso de vino, y mi consabido guisado: pronto, pronto; porque
quiero acostarme en seguida, para partir mañana muy temprano, y llegar
á Bérgamo á hora de almorzar. Y vosotros, añadió, yendo á sentarse al
lado opuesto, al cual estaba Renzo silencioso y atento, ¿no sabéis
todas las diabluras de ayer?
--De ayer, sí.
--Mirad, pues, cómo sabéis las novedades. Bien decía yo, que estando
aquí siempre de guardia para acechar á los que pasan...
--Pero hoy, hoy, ¿qué ha ocurrido?
--¡Ah! ¿hoy? ¿no sabéis nada hoy?
--Nada absolutamente; no ha pasado nadie.
--Pues dejadme remojar los labios, y después os explicaré las cosas de
hoy: veréis.
Llenó el vaso, lo cogió con una mano, luego con los dos primeros de la
otra, levantó los bigotes, se alisó la barba, bebió, y repuso: Hoy, mis
queridos amigos, poco ha faltado que no haya sido un día tan turbulento
como el de ayer, ó todavía peor; y casi me parece no ser verdad el
estar aquí hablando con vosotros; porque había ya abandonado toda idea
de viaje, con el único fin, de permanecer guardando mi pobre tienda.
--¿Qué diablo había? dijo uno de los oyentes.
--Justamente el diablo; veréis: y trinchando la carne que se le
había puesto delante, y después comiendo, continuó su narración. Los
circunstantes de pie á un lado y otro de la mesa, le estaban escuchando
con la boca abierta. Renzo en su sitio, sin que pareciese hacer caso,
permanecía atento, acaso más que todos, mascando poco á poco los
últimos bocados.
--Esta mañana, pues, los bribones que ayer movieron aquel tremendo
alboroto, se hallaron en los sitios convenidos (estaban ya de
inteligencia, y lo tenían todo preparado de antemano): se reunieron,
y empezaron el bonito cuadro de ir corriendo de calle en calle, dando
gritos, para juntar á la demás gente del pueblo. Podía compararse
aquello, como cuando se barre la casa (con respeto hablando), que
cuanto más se avanza mucho más se aumenta el montón de inmundicia.
Cuando les pareció que había suficiente gente, se dirigieron á la casa
del señor vicario de la provisión. ¡Como si no bastaran las atrocidades
que le hicieron ayer! ¡á un señor de su clase! ¡malvados! ¡Y las
injurias que vomitaban contra él! Todo era inventado, por supuesto; él
es un buen señor, puntual: yo puedo decirlo, que sé todo lo de la casa,
y le proveo de tela para la librea de su servidumbre. Se encaminaron,
pues, á dicha casa: ¡era preciso ver qué canalla! ¡qué fachas! Figuraos
que han pasado por delante de mi tienda: tenían tales caras, que... los
judíos del _Viacrucis_ no servían para descalzarlos. ¡Y las blasfemias
que salían de aquellas bocas! era cosa de taparse los oídos si no
hubiese sido porque no tenía cuenta el darse á conocer. Iban, pues, con
la buena intención de saquear; pero... Y aquí levantando y extendiendo
la mano izquierda, colocó el extremo del pulgar en la punta de la nariz.
--¿Pero?... dijeron casi todos los oyentes.
--Pero, continuó el comerciante, se encontraron con la calle cerrada
con vigas y carros, y detrás de esta barricada, una magnífica hilera de
migueletes, con los arcabuces preparados para recibirlos. Cuando vieron
aquel bello aparato... ¿qué hubierais hecho vosotros?
--Volver atrás.
--Seguramente; así lo hicieron. Pero, ¡ved si no era el demonio
el que los conducía! Están en el Cordusio; ven el horno que ayer
habían querido saquear, ¿y qué se hacía dentro de aquella tienda? Se
distribuía el pan á los compradores. Había allí caballeros, la flor de
los caballeros, que vigilaban para que todo fuese con orden. Aquéllos
(como iba diciendo, tenían el diablo en el cuerpo, y éste era el que
los azuzaba), aquéllos entraron como desesperados; pilla tú, que yo
también pillaré: en un abrir y cerrar de ojos, caballeros, panaderos,
compradores, panes, bancos, mostrador, cajones, sacos, cedazos,
salvado, harina, pasta, todo está revuelto de arriba abajo.
--¿Y los migueletes?
--Los migueletes tenían que guardar la casa del vicario: no se puede
al mismo tiempo repicar y andar en la procesión. Repito que fué en un
abrir y cerrar de ojos: coge, coge; todo lo que había que tomar fué
llevado. Después se pensó en reproducir la misma diversión de ayer;
esto es, el conducir lo restante á la plaza y hacer una hoguera. Ya
empezaban los bribones á sacarlo todo de la casa, cuando uno más infame
que los demás... ¡Adivinad la proposición que salió de su caletre!
--¿Qué fué?
--Hacer un gran montón de todo, en la tienda, y pegarle fuego
juntamente con la casa.
--¿Y lo han verificado?
--Esperad: un buen hombre del vecindario ha tenido una inspiración
del cielo. Sube á las habitaciones, busca un Crucifijo, lo encuentra,
lo coloca en una ventana, toma de la cabecera de un lecho dos velas
benditas, las enciende, y las pone á ambos lados de dicho Crucifijo.
La gente levanta la vista. En Milán, es preciso decirlo, se conserva
todavía un poco de temor de Dios: todos vuelven en sí; quiero decir,
la mayor parte. Había diablos que por robar hubieran pegado fuego aun
al mismo paraíso; pero viendo que la multitud no era de su parecer,
han sido obligados á ceder y estarse quietos. ¡Acertad ahora lo que
sucede de improviso! Todos los canónigos de la catedral en procesión,
con la cruz, en traje de oro, y monseñor Manzeta, arcipreste, empezó á
predicar por un lado, y monseñor Settala, penitenciario, por otro, y
después otros por aquí y por allí. Pero, ¡buenas gentes! ¿qué queréis
hacer? ¿Es este el ejemplo que dais á vuestros hijos? Volveos á casa;
¿no sabéis que el pan se ha puesto barato más que antes? Pero, id á
verlo, que el aviso está fijado en las esquinas.
--¿Era verdad?
--¡Diablo! ¿Queréis que los señores canónigos fuesen de gran capa á
decir mentiras?
--¿Y qué hizo el pueblo?
--Fueron yéndose poco á poco; corrieron á las esquinas; y el que sabía
leer, allí precisamente se encontraba la _meta_. Atended un momento: un
pan de ocho onzas por un sueldo.
--¡Qué dicha!
--Es una buena viña, con tal que dure. ¿Sabéis cuánta harina se ha
desperdiciado entre ayer y esta mañana? La suficiente para mantener
todo el ducado por espacio de dos meses.
--¿Y para fuera de Milán, no han hecho alguna buena ley?
--Lo que se ha hecho en Milán no es más que con respecto á la ciudad.
No sé qué deciros; para vosotros, será lo que Dios quiera. Por sí ó por
no, los alborotos se han concluido. No os lo he dicho todo; ahora viene
lo bueno.
--¿Hay algo mas todavía?
--Hay que ayer noche, ó esta mañana, han sido presos muchos, y de
pronto se ha sabido que los jefes serán ajusticiados. Apenas han
empezado á esparcirse estas voces, cuando de repente cada uno se ha
encaminado á su morada por el camino más corto, por no arriesgarse á
ser del número. Milán, cuando yo he salido, se asemejaba á un convento
de frailes.
--Pero, ¿los ajusticiarán de veras?
--Indudablemente; y muy pronto, respondió el comerciante.
--Y el pueblo, ¿qué hará? volvió á decir el que había hecho la anterior
pregunta.
--¿El pueblo? irá á verlos, dijo el comerciante. Tenían tantos deseos
de ver morir á un cristiano al aire libre, que querían ¡bribones!
ejecutar esta diversión con el señor vicario de la provisión. En
cambio tendrán cuatro pícaros, servidos con todas las formalidades,
acompañados por capuchinos y por cofrades de la buena muerte; es
gente que lo ha merecido. Mirad, es una buena providencia; era una
cosa indispensable. Empezaban ya á coger el vicio de entrar en las
tiendas y hacerse servir sin meter la mano en el bolsillo: si se les
hubiese dejado hacer, después del pan hubiera venido el vino, y así,
de una cosa en otra... Juzgad si ellos querrían abandonar voluntaria y
espontáneamente una costumbre tan cómoda; y sólo sabré deciros que para
una persona honrada que tiene tienda abierta, era una idea muy poco
satisfactoria.
--Es cierto, dijo uno de los circunstantes.--Es cierto, repitieron los
demás en coro.
--Y, continuó el comerciante limpiándose la barba con los manteles, la
trama es larga; ¿sabéis que había una liga?
--¡Una liga!
--Una liga: cábalas todas urdidas por los navarros, por ese cardenal de
Francia, que tiene un nombre medio turco; ya sabéis quién quiero decir,
el que todos los días piensa una cosa nueva para hacer algún desprecio
á la corona de España. Pero sobre todo, sus tiros tienden siempre á
Milán; porque el muy bellaco, sabe bien que aquí está la fuerza del rey.
--¡Vamos!
--¿Queréis una prueba? Los que han metido más alboroto en Milán eran
forasteros; andaban recorriendo las calles ciertas caras que jamás se
habían visto. También olvidaba deciros una cosa que se me ha dado por
cierta: la justicia había atrapado á uno en una hostería.
Cuando se tocó esta cuerda, Renzo, que no perdía una sílaba de aquella
conversación, se sintió sobrecogido de miedo, y dió un pequeño salto
en su asiento antes de que pudiese pensar en contenerse. Nadie, sin
embargo, se apercibió de ello; y el orador, sin interrumpir el hilo de
su narración, continuó: Aún no se sabía de dónde venía, por quién era
enviado, ni qué casta de hombre podía ser; pero lo cierto es que era
uno de los jefes. Ya ayer, en lo más fuerte de la bacanal, había hecho
varias diabluras; y después, no contento todavía, se había puesto á
perorar y á proponer, así una pequeña gracia, el asesinar á todos los
señores. ¡Infame! ¿Quién mantendría á los pobres si los señores fuesen
todos asesinados? La justicia que lo había espiado, le echó las manos
encima; le encontraron un paquete de cartas, y lo conducían á la jaula;
¡pero qué! sus compañeros, que rondaban por las inmediaciones de la
hostería, acudieron en gran número y salvaron al bribón.
--¿Y qué ha sido de él?