la opuesta, aquella tierra que poco antes abrasaba bajo sus pies.
“¡Ah, he aquí que ya estoy fuera!”, tal fué su primer pensamiento.
“¡Permanece ahí, maldito país!”, fué el segundo, el adiós á su patria;
mas el tercero fué el recordar á los qué dejaba en él. Entonces cruzó
los brazos sobre el pecho, arrojó un suspiro, fijó la vista sobre el
agua que corría á sus pies. “¡Ella ha pasado por debajo del puente!”
pensó: así, según el uso de sus compatriotas, llamaba por antonomasia
el puente de Lecco. “¡Ah, pícaro mundo! Basta; sea lo que Dios quiera”.
Volvió las espaldas á tan tristes objetos, y se puso en marcha, tomando
por punto de vista la mancha blanquecina que se hallaba sobre el
declive de la montaña, hasta que encontrase alguno para hacerse enseñar
el verdadero camino. Era necesario ver con qué desembarazo se acercaba
á los viajeros, y cómo sin rodeos ni ambages pronunciaba el hombre del
pueblo en donde vivía su primo. Por el primero á quien se dirigió, supo
que todavía le faltaban nueve millas para llegar.
El viaje no fué tranquilo. Sin hablar de los disgustos que acompañaban
á Renzo, los objetos dolorosos que se le presentaban contribuían á
aumentar más y más su aflicción. Demasiado reconocía que en el país, en
el cual entraba, hallaría la misma penuria que había dejado en el suyo.
En todo el camino, y más aún en los campos y aldeas, encontraba á cada
paso mendigos, que no lo eran de oficio, y que manifestaban más bien la
miseria en el semblante que en el traje. Eran labradores montañeses,
artesanos, familias enteras: percibíase un ruido sordo, mezclado de
súplicas, lamentos y gemidos. Semejante espectáculo, además de la
compasión y melancolía que le causaba, le hacía pensar en sus propios
asuntos.
“¡Quién sabe! se decía sumamente pensativo, si encontraré qué hacer; si
habrá trabajo como los años anteriores. ¡Bah! Bartolo me quería mucho:
es un excelente muchacho; ha ganado bastante dinero; me ha invitado
infinitas veces; por consiguiente, no me abandonará. Y después, la
Providencia me ha socorrido hasta ahora, y me socorrerá también en lo
sucesivo”.
En el ínterin, se le había despertado el apetito, y á medida que
trascurría tiempo, se aumentaba cada vez más; pues aunque Renzo, cuando
empezó á sentirlo, calculase que podía resistir sin grande incomodidad
las dos ó tres millas que le faltaban, pensó por otro lado que no sería
regular el presentarse á su primo, como un hambriento pordiosero, y
decirle por primer saludo: “dame de comer”. Sacó del bolsillo todas sus
riquezas, las deslizó sobre una de sus manos, y echó la cuenta. Para
esto no se requería saber mucha aritmética; mas sin embargo, había lo
suficiente para hacer una buena comida. Entró, pues, en una posada á
restaurar su estómago, y después de haber pagado le quedaron todavía
algunos sueldos.
Al salir, vió al lado de la misma puerta, que por poco no las pisa, más
bien tendidas en el suelo que sentadas, dos mujeres, la una ya anciana,
la otra más joven, con un tierno niño, el cual, después de haber
chupado en vano sus pechos, lloraba sin consuelo; todos estaban pálidos
como la muerte. De pie, junto á ellas, se hallaba un hombre, en cuyo
semblante y miembros podían traslucirse todavía algunas señales de su
antiguo vigor, domado ahora y casi apagado por una larga abstinencia.
Los tres tendieron la mano á Renzo, que salía con paso intrépido y
reanimado aspecto; ninguno hablaba: ¡qué más podía decir una súplica!
--¡He aquí la Providencia! dijo Renzo; y metiendo repentinamente la
mano en la faltriquera, vació los pocos sueldos que contenía, los puso
en la mano que halló más próxima, y continuó su marcha.
La ligera comida, y aquella buena obra (ya que estamos compuestos de
alma y cuerpo) habían fortalecido y alegrado todos sus pensamientos.
En efecto, al verse de aquel modo despojado de su último dinero,
tuvo más confianza en el porvenir, que no había tenido antes; porque
si para sostener ese día á aquellos infelices, la Providencia había
reservado las últimas monedas de un forastero fugitivo, incierto
aún de los medios que emplearía para vivir, ¿cómo podía creer que
quisiese dejar en seguida en igual apuro, á aquél del cual se había
servido en la consabida ocurrencia, y á quien había inspirado un
sentimiento de piedad tan vivo, tan eficaz y generoso? Tales eran, con
poca diferencia, las ideas del joven, menos claras, sin embargo, que
las que yo he sabido expresar. En el resto de su viaje fué pensando
en sus asuntos, los cuales no le presentaban ninguna dificultad. La
escasez debía concluir; todos los años se siega: entretanto tenía al
primo Bartolo y su propia industria; además, en su casa también tenía
algún dinero, que mandaría en seguida que se lo remitieran: con él,
poniéndose en lo peor, tendría con qué vivir hasta que volviera la
abundancia. He aquí, pues, vuelta la abundancia, pensaba interiormente
Renzo, la furia del trabajo renace; los amos se agitan á porfía para
obtener operarios milaneses, que son los que mejor saben el oficio:
éstos se engríen: el que quiere gente hábil, que la pague; se gana
para la subsistencia, y también para hacer algunos ahorros, y se manda
decir á las mujeres que vengan... Y luego, ¿por qué tanto esperar?
¿No es cierto que con lo poco que tenemos de reserva habríamos pasado
en aquellos sitios todo el invierno? Del mismo modo podremos pasar
aquí. Curas, los hay en todas partes. Que vengan aquellas dos queridas
mujeres; aquí pondremos casa. ¡Qué placer, el ir paseando todos juntos
por este mismo camino! ¡el ser conducidos hasta el Adda en carruaje,
merendar en las mismas márgenes, y desde éstas manifestar á las damas
el sitio en que me he embarcado, los matorrales que he atravesado, y el
paraje desde donde me he puesto á mirar si descubría algún batel!
Por último llegó al pueblo de su primo. Al entrar, casi antes de poner
los pies en él, distinguió una casa muy alta, guarnecida de largas y
numerosas ventanas. Reconociendo que era una fábrica de hilados, se
introdujo en ella, preguntando en alta voz, á causa del ruido de las
ruedas y del agua que caía, si estaba allí un tal Bartolo Castagneri.
--¿El señor Bartolo? allí está.
--¡Señor! Buena señal, pensó Renzo: divisó al primo, y corrió á su
encuentro. Éste se vuelve y reconoce al joven, que le dice: Heme
aquí. Lanza un ¡oh! de sorpresa, levanta los brazos y se precipita á
su cuello. Después de las primeras demostraciones de afecto, Bartolo
conduce á nuestro joven á otra pieza lejos del estrépito de las
máquinas y de las miradas de los curiosos, y le dice: Tengo un gran
placer en verte; pero eres un pobre muchacho: te he invitado tantas
veces, y no has querido venir nunca, y ahora llegas en momentos un poco
críticos.
--¿Quieres que te lo diga francamente? No he venido por mi voluntad,
dijo Renzo; y con la mayor brevedad, y no sin mucha emoción, le refirió
su dolorosa historia.
--Esto es muy distinto, repuso Bartolo. ¡Oh, mi pobre Renzo! Mas ya
que has contado conmigo, puedes estar seguro que no te abandonaré.
Verdaderamente, ahora no se trata de buscar operarios; de modo que
todos á duras penas conservan los suyos, y esto lo hacen por no
perderse, y por no interrumpir su comercio; pero mi amo me aprecia
bastante y tiene dinero: á decir verdad, sin que sea jactancia, la
mayor parte de su fortuna á mí me la debe; él ha puesto el capital
y yo mi industria. ¿Sabes que soy el primer operario? Y luego, por
decirlo de una vez; soy el _fac totum_. ¡Pobre Lucía Mondella! Me
acuerdo de ella como si fuese ayer; es una buena muchacha. Siempre
la más recogida en la iglesia; y cuando uno pasaba por delante de su
casita... ¡Qué casita aquélla! Todavía me parece que la estoy viendo;
situada casi fuera del pueblo, con una hermosa higuera que sobresalía
de la tapia...
--No, no; no hablemos de eso.
--Quiero decir que cuando uno pasaba por frente de aquella casita se
oían siempre las devanaderas, que daban vueltas y más vueltas. ¡Y el
consabido D. Rodrigo! Ya en mi tiempo seguía las mismas huellas; pero
ahora, á lo que parece, hace diabluras á montones, hasta que Dios le
deje la brida sobre el cuello. Por lo demás, como te iba diciendo, aquí
también se padece su poquito de hambre... Á propósito, ¿cómo estás de
apetito?
--He comido en el camino muy poco tiempo hace.
--¿Y á qué altura nos hallamos de dinero?
Renzo llevó el pulgar á la boca, y haciendo tropezar la uña con los
dientes, dejó oir un ruidito casi imperceptible.
--No importa, dijo Bartolo: yo tengo; no hay que pensar en ello, que
pronto, muy pronto, las cosas cambiarán, si Dios quiere: entonces tú
me lo devolverás, y te pondrás bajo el mismo pie que yo.
--En casa todavía tengo alguna cosita, y dispondré que me la manden.
--Está bien: en el ínterin cuenta conmigo. Dios me ha dado bienes para
que haga bien; y si no lo hago á los parientes y amigos, ¿á quién se lo
he de hacer?
--Lo tengo ya dicho: ¡oh, el destino! exclamó Renzo, estrechando
afectuosamente la mano de su buen primo.
--¿Conque en Milán han movido tan grande alboroto? repuso el último.
Aquella gente me parece un poco loca. Las voces se habían esparcido ya
por aquí; pero quiero que tú me lo cuentes más minuciosamente. Ambos
tenemos de qué hablar. Aquí, sin embargo, tú mismo lo ves; todo va con
más tranquilidad, y las cosas se hacen con un poco más de juicio. La
ciudad ha comprado dos mil cargas de trigo á un comerciante que vive
en Venecia, trigo que viene de Turquía; pero cuando se trata de comer,
no se mira tan de cerca. Escucha ahora lo que sucede: los rectores de
Verona y de Brescia cierran los pasos, y dicen: por aquí no pasa trigo.
¿Qué hacen entonces los de Bérgamo? Despachan á Venecia á Lorenzo
Torre, que es un abogado de los buenos: marcha precipitadamente,
se presenta al Dux, y le dice: ¿qué idea han tenido esos señores
rectores?... ¡Vaya un discurso! ¡un discurso digno de imprimirse!
¡Lo que es tener un hombre que sabe hablar! En seguida se expide una
orden para que se deje pasar el grano, y que los rectores no sólo lo
dejen pasar, sino que es preciso que lo hagan escoltar; y he aquí que
ya está en camino. También se ha pensado en la campiña. Juan Bautista
Biava, enviado de Bérgamo en Venecia, excelente sujeto por cierto, ha
hecho presente al senado que también en la campiña se padecía hambre;
y dicho senado ha concedido cuatro mil _staia_[17] de mijo, lo cual
también ayuda á hacer pan: y además, ¿lo quieres saber? si no hay pan,
comeremos otra cosa. Como ya he dicho, el Señor me ha dado bienes.
Ahora te presentaré á mi amo, le he hablado de ti muchas veces; y te
recibirá bien. Es un buen habitante de Bérgamo, un hombre chapado á la
antigua, de excelente corazón. Verdaderamente, ahora no te aguardaba;
pero cuando oirá tu historia... Y después, sabe que los operarios le
tienen cuenta, porque la carestía pasa y el comercio dura. Mas antes de
todo, es indispensable que te advierta una cosa. ¿Sabes cómo nos llaman
en este país á los que somos del estado de Milán?
--¿Cómo?
--Nos llaman bobos.
--No es del todo un bonito nombre.
--Lo mismo da: el que ha nacido en el territorio de Milán y quiere
vivir en el de Bérgamo, debe tomarlo con cachaza. Para esta gente,
el dar el nombre de bobo á un milanés, es como dar el tratamiento de
ilustrísima á un caballero.
--Presumo que lo dirán al que quiera dejárselo decir.
--Querido mío, si no estás dispuesto á tragarte la palabra _bobo_
á todo pasto, no cuentes con poder vivir aquí. Sería preciso estar
siempre con el cuchillo en la mano; y cuando tú (es una suposición)
hubieses matado dos, tres ó cuatro, vendría uno por último que te
mataría; y entonces, ¡qué bello gusto el comparecer ante el tribunal de
Dios cargado con tres ó cuatro homicidios!
--¿Y un milanés que tenga un poco de... Aquí se golpeó la frente con la
mano según había hecho en la hostería de la _Luna llena_; quiero decir,
uno que sepa bien su oficio?
--Lo mismo: aquí es también un bobo. ¿Sabes cómo se expresa mi amo
cuando habla de mí con sus amigos? Ese bobo me ha sido enviado por Dios
para mi comercio; si no tuviese á ese bobo, estaría bien enredado. Ésta
es la costumbre.
--Es una costumbre muy necia, y sobre todo viendo lo que sabemos hacer.
Además, ¿quién ha traído aquí semejante arte? ¿quién le hace andar más
que nosotros? ¿Es posible que esto no los haya corregido?
--Hasta ahora, no; con el tiempo podrá ser: los muchachos que vengan
detrás, acaso cambiarán; pero con respecto á los hombres hechos, no hay
remedio; han tomado ese vicio, no lo abandonarán jamás. Pero al fin y
al cabo, ¿qué es esto? Mucho peor es lo que te han hecho, y te querían
hacer además nuestros queridos compatriotas.
--Ya, es verdad: si no otro mal...
--Ahora que estás convencido, todo irá bien. Ven á ver al amo; y sobre
todo, ánimo.
En efecto, todo salió á medida del deseo: las promesas de Bartolo
se realizaron; por lo tanto, nos abstenemos de hacer una particular
mención, por considerarlo inútil. Esto fué ciertamente providencial,
pues vamos á ver cuán poco podía contar Renzo con el dinero y efectos
que había dejado en su casa.
NOTAS:
[16] Es preciso advertir que antiguamente, y aun ahora, en algunas
partes de Italia cuentan hasta veinticuatro horas, empezando la primera
de éstas una hora después de haber anochecido; de modo que en invierno
las once corresponden poco más ó menos á las cinco de la mañana.
[17] Fanegas.
CAPÍTULO DECIMOCTAVO
Aquel mismo día, el 13 de noviembre, llegó un expreso al señor podestá
de Lecco, y le presentó un despacho del señor capitán de justicia,
conteniendo la orden de hacer todas las indagaciones posibles y más
oportunas para descubrir si cierto joven llamado Lorenzo Tramaglino,
hilador de seda, escapado de las manos _prædicti egregii domini
capitanei_[18] ha vuelto _palam vel clam_[19] á su pueblo, ó si se
halla _ignotum in territorio Leuci_[20]: _quod si compertum fuerit
sic esse_[21], procure dicho señor podestá _quanta maxima diligentia
fieri poterit_[22], prenderlo, y sujetado que sea, _videlizet_[23],
con buenas esposas, en atención á la insuficiencia ya experimentada de
las maniquetas en el expresado individuo, lo haga conducir á la cárcel
y lo retenga allí bajo una segura custodia, para ponerlo en manos de
los que estarán encargados de recibirlo; y tanto si le encuentra, como
no, _datis ad domum prædicti Laurentii Tramaglino, et facta debita
diligentia quidquid ad rem repertum fuerit auferatis; et informationes
de illius prava qualitate, vita et complicibus sumatis_[24]; y de todo
lo dicho y hecho, hallado y no hallado, cogido y dejado, _diligenter
referatis_[25].
El señor podestá, después de haberse asegurado por los medios humanos,
que el sujeto no había vuelto al país, manda llamar al cónsul[26] del
pueblo donde residía Renzo, y se hace conducir á la casa indicada
acompañado de un escribano y gran número de esbirros. La casa está
cerrada; el que tiene las llaves no se encuentra, ó más bien, no se
deja encontrar. Se echa la puerta abajo; hácense las diligencias
acostumbradas, es decir, se procede del mismo modo que si fuese una
ciudad tomada por asalto. El ruido de esta expedición se esparce
inmediatamente por todos los alrededores; llega á oídos del padre
Cristóbal, el cual, atónito, no menos que afligido, pregunta á todo el
mundo para obtener alguna luz con respecto á un tan inesperado suceso;
pero no recoge más que vagas conjeturas, y escribe sobre la marcha al
padre Buenaventura, del cual espera poder recibir noticias más claras.
Entretanto los parientes y amigos de Renzo son citados á declarar
acerca de lo que puedan saber de sus _malas cualidades_. Llevar el
apellido de Tramaglino es una desgracia, una vergüenza, un crimen; el
pueblo está enteramente revuelto. Poco á poco se llega á saber que
Renzo se ha escapado de las manos de la justicia, en medio mismo de la
ciudad de Milán, y que después ha desaparecido: corren voces de que
ha hecho una cosa grande, pero no saben decir el qué, y se refiere de
mil maneras; cuanto mayor es, tanto menos es creída en el país, en
donde Renzo es conocido por un joven honrado. Los más presumen, y van
diciéndolo al oído de su vecino, que es una maquinación de D. Rodrigo
para perder á su desventurado rival. Tan cierto es, que juzgando por
inducción y sin el necesario convencimiento de los sucesos, se echa la
culpa muchas veces á los malvados.
Mas nosotros, con las pruebas en la mano, como se suele decir, podemos
afirmar, que si D. Rodrigo no tenía parte en el infortunio de Renzo,
se regocijó tanto como si fuese obra suya, y lo celebró en compañía de
sus confidentes, y particularmente con el conde Attilio. Éste, según
sus anteriores designios, hubiera debido aquellas horas hallarse ya
en Milán; pero á la noticia del tumulto y de la canalla que recorría
las calles, dispuesta más bien á dar golpes que á recibirlos, había
creído más prudente el permanecer en el campo hasta que todo estuviera
tranquilo; tanto más, cuanto que habiendo ofendido á muchos, tenía
razón de temer que alguno de ellos, que sólo por impotencia no se
movía, tomase alas á causa de las circunstancias, y juzgase el momento
á propósito para ser el vengador de todos. Sin embargo, dicho temor no
fué de larga duración: la orden venida de Milán para proceder contra
Renzo era ya un indicio de que las cosas habían vuelto á tomar su curso
ordinario, teniéndose al mismo tiempo una verdadera certeza de ello.
El conde Attilio partió inmediatamente, animando al primo á no ceder en
su empresa, y superar todos los obstáculos, prometiéndole que por su
parte pondría mano en seguida á desembarazarle del fraile, para cuyo
asunto el afortunado accidente del abyecto rival debía servir á las mil
maravillas. Apenas había marchado el conde, cuando el _Griso_ llegó
de Monza sano y salvo, el cual refirió á su señor todo lo que había
podido averiguar. Dijo que Lucía estaba refugiada en tal convento bajo
la protección de la consabida _señora_; que permanecía reclusa, como si
fuese una de las mismas monjas, no poniendo jamás un pie ni fuera de la
puerta siquiera, asistiendo á las ceremonias religiosas colocada detrás
de una reja, lo cual disgustaba á muchos que habían oído hablar de no
sé qué aventuras, y elogiar su hermosura, cuyos elogios, viéndola,
deseaban juzgar si eran merecidos.
La anterior relación hubiera introducido el diablo en el cuerpo á D.
Rodrigo, si no lo hubiese tenido ya. Tantas circunstancias favorables
á su proyecto inflamaban más y más su pasión, ó mejor diremos, aquella
mezcla de amor propio, de rabia é infames deseos, que tomaba por
pasión. Renzo ausente, expulsado, desterrado; todo llega á ser lícito
contra él: su misma desposada podía ser considerada en cierto modo como
bienes de un rebelde: el sólo hombre en el mundo que querría y podría
tomarla bajo su protección y meter un ruido capaz de ser sentido desde
muy lejos, y por personas de categoría, el rabioso fraile, dentro de
poco estará probablemente fuera de estado de hacer daño. Mas he aquí
que se presenta un nuevo impedimento, que no sólo sirve de contrapeso
á todas aquellas ventajas, sino que las hace, si puede decirse,
enteramente inútiles. El monasterio de Monza, aun cuando no hubiese
habido una princesa, era un hueso demasiado duro para los dientes de
D. Rodrigo; y por más que diese vueltas con la imaginación en torno
de aquel asilo, no podía inventar ningún medio de violarlo, ni con
la fuerza, ni con la astucia. Estuvo casi para abandonar la empresa,
resolviendo ir á Milán, dando un gran rodeo, aunque el camino fuese más
largo, con el objeto de no pasar por Monza; y una vez en Milán lanzarse
en brazos de los amigos y diversiones para desechar con pensamientos
de todo punto alegres aquel deseo que á cada momento le atormentaba
más. ¡Pero los amigos! es indispensable ir con ellos con un poco de
cuidado. En vez de una distracción podía tener esperanza de encontrar
en su compañía nuevos disgustos; porque Attilio habría ya tomado
seguramente la trompa y puesto á todo el mundo en expectativa; se verá
acosado á porfía por los que le pedirán noticias de la montañesa, y
será preciso que les conteste. Había deseado, había hecho tentativas,
¿y qué había conseguido? Se había tomado un empeño, á la verdad, un
poco innoble; pero, ¡vaya! uno no puede siempre vencer sus caprichos;
el caso es satisfacerlos. Mas, ¿cómo se salía de dicho empeño, dando
la victoria á un villano y á un fraile? ¡Oh, qué vergüenza! ¡Y cuando
una feliz casualidad, una suerte inesperada lo ha libertado del uno;
cuando un hábil amigo lo ha desembarazado del otro, sin que él se
haya tomado el más leve trabajo, no ha sabido, imbécil, aprovechar la
coyuntura, y renuncia cobardemente á la empresa! Una de dos: ó era
preciso no atreverse á levantar la cabeza entre gente bien nacida, ó
tener á cada momento la espada en la mano; y después, ¿cómo volver,
cómo permanecer en aquel castillo, en aquel país, en el cual, dejando
aparte los continuos y punzantes recuerdos de su pasión, tendría que
sufrir la afrenta de un golpe que le había salido fallido? ¡Donde
al propio tiempo, habiéndose aumentado el odio que le profesaban,
veíase disminuir la reputación de su poderío! ¡en donde también, en el
semblante de cualquier bribón, en medio de los saludos mismos, podría
distinguir una amarga ironía! ¿Y pasaría por ella? ¡Gracioso sería! El
camino de la iniquidad, dice aquí el manuscrito, es largo, pero esto
no quiere decir que sea cómodo: tiene sus buenos tropiezos, sus pasos
escabrosos, y también su parte molesta y pesada; aunque se dirija á sus
fines.
Por lo que hace á D. Rodrigo, el cual no sabía qué determinar, si
retroceder, si detenerse, ó si seguir adelante, se le presentó, por
último, á su imaginación un medio, con el que podría conseguir sus
deseos: éste era llamar en su auxilio á un hombre tal, cuyas manos
llegasen adonde no alcanzara la vista de los demás; un hombre ó un
diablo, para quien la dificultad de la empresa fuesen al mismo tiempo
un estímulo para que la tomara sobre sí. Mas semejante resolución tenía
sus inconvenientes y peligros, tanto más graves, cuanto menos podían
calcularse los resultados; puesto que nadie hubiera podido prever hasta
dónde podría ir el negocio, una vez metido con el expresado individuo,
auxiliar poderoso ciertamente, pero quizá no menos absoluto y peligroso.
Tales pensamientos tuvieron, por espacio de muchos días, á D. Rodrigo,
en una incómoda irresolución. En el ínterin recibió una carta de su
primo, en la cual le decía, que la trama seguía en buen estado. Poco
después del relámpago se dejó oir el trueno, lo cual quiere significar,
que cierta mañana corrió la voz de que el padre Cristóbal había partido
del convento de Pescarenico. Attilio que le animaba valerosamente, á la
vez que le amenazaba con pesadas chanzonetas, le hicieron inclinar al
proyecto más arriesgado: lo que le acabó de resolver fué la inesperada
noticia de que Inés había vuelto á su casa, un obstáculo menos para
acercarse á Lucía. Vamos, pues, á dar cuenta de ambos sucesos,
empezando por el último.
Apenas las dos infelices mujeres se habían acomodado en su refugio,
cuando se esparció por Monza, y por consiguiente también penetró en el
monasterio, la noticia de la sedición de Milán; y detrás de esta gran
nueva, una serie infinita de particularidades, que iban aumentándose
y variando á cada momento. La portera, que desde su habitación podía
tener un oído en la calle y otro en el monasterio, recogía noticias de
aquí y de allí, y las participaba á sus huéspedas. “Han metido en la
cárcel, dos, siete, ocho, cuatro, nueve; á unos los han cogido enfrente
del horno de las _Muletas_, á otros al extremo de la calle en donde
está la casa del vicario de la provisión... ¡Eh, escuchad esto! Se ha
escapado uno que es de Lecco, ó de aquella parte: ignoro cómo se llama,
mas ya vendrá alguno que me lo dirá, y veremos si lo conocéis”.
Esta noticia, unida á la circunstancia de que Renzo había debido llegar
á Milán precisamente en aquel día fatal, causó alguna inquietud á las
dos mujeres, y principalmente á Lucía; pero juzgad lo que sucedería
cuando la portera fué á decirles: “El que ha huido, por no verse
complicado, es justamente de vuestro mismo pueblo; es un hilador de
seda que se llama Tramaglino: ¿lo conocéis?”.