en lo más hermoso de su sueño, cuando dos fuertes sacudidas de brazo, y
una voz que al pie de la cama gritaba: “¡Lorenzo Tramaglino!” le hizo
despertar sobresaltado. Se desperezó, extendió los brazos, abrió con
gran trabajo los ojos, y divisó de pie delante de él, y el extremo
del lecho, á un hombre vestido de negro, y otros dos armados, el uno á
la derecha, el otro á la izquierda de la cabecera. Entre la sorpresa,
el sueño y los vapores del vino que sabéis, permaneció un momento como
encantado; y creyendo soñar, y no agradándole aquel sueño, procuraba
despertarse prontamente.
--¡Ah! ¿Habéis finalmente oído, Lorenzo Tramaglino? dijo el hombre de
la capa negra, que era el escribano mismo de la noche anterior. Ánimo,
pues; levantaos y venid con nosotros.
--¡Lorenzo Tramaglino! dijo Renzo: ¿qué significa esto? ¿qué me
queréis? ¿quién os ha dicho mi nombre?
--Menos charlatanerías y levantaos pronto, dijo uno de los esbirros que
estaba al lado de la cama agarrándole de nuevo el brazo.
--¡Hola! ¿qué violencia es ésta? gritó Renzo, retirando el brazo.
¡Posadero, posadero!
--¿Nos lo llevamos en camisa? dijo aún dicho esbirro volviéndose hacia
el escribano.
--¿Habéis oído? dijo éste á Renzo; así se hará si no os levantáis
pronto, muy pronto, para venir con nosotros.
--¿Y por qué? preguntó Renzo.
--El por qué, lo oiréis del señor capitán de justicia.
--¿Yo? soy un hombre honrado; nada he hecho, y me admiro...
--Mejor para vos, mejor para vos, así en dos palabras seréis despachado
y podréis ir á evacuar vuestros negocios.
--Dejadme ir ahora, dijo Renzo; nada tengo que ver con la justicia.
--¡Vaya, acabemos! dijo un esbirro.
--¿Nos lo llevamos de veras? replicó el otro.
--¡Lorenzo Tramaglino! repitió el escribano.
--¿Cómo sabe mi nombre vuestra señoría?
--Haced vuestro deber, gritó el notario á los esbirros, los cuales se
apoderaron de Renzo para sacarlo fuera del lecho.
--¡Eh! ¡no toquéis al pellejo de un hombre de bien, sin que!... Yo
mismo me sé vestir.
--Pues vestíos pronto, dijo el escribano.
--Ya me voy á vestir, repuso Renzo, y andaba presuroso recogiendo
sus vestidos esparcidos en desorden por el lecho, como los restos de
un naufragio sobre la playa. Luego, empezando á vestirse, proseguía
aún diciendo: Pero yo no quiero ir á casa del capitán de justicia;
nada tengo que hacer con él: ya que se me hace esta afrenta tan
injustamente, quiero ser conducido á la presencia de Ferrer: lo
conozco, sé que es una persona excelente, y que me debe favores.
--Sí, sí, hijo mío, seréis conducido á casa de Ferrer, respondió el
escribano.
En otras circunstancias, éste se hubiera reído de buen grado, á vista
de una proposición semejante; mas entonces no era el momento más á
propósito para reir. Ya al ir á buscar á Renzo había percibido en las
calles un movimiento tal, que no había podido definir si era el resto
de una conmoción aún no apaciguada, ó el principio de una nueva: los
habitantes de los arrabales bajaban en gran número; se encontraban,
marchaban agrupados y se paraban en cuadrillas. Al presente, sin hacer
ningún caso, ó esforzándose á lo menos para no hacerlo, aguzaba los
oídos y le parecía que el ruido iba siempre en aumento. Deseaba, pues,
despachar, mas hubiera querido conducir á Renzo de buena voluntad;
porque si se ponía en guerra abierta con él, no podía estar seguro,
una vez puesto en la calle, de encontrar también tres contra uno. Por
esto se daba de ojo con los esbirros para que tuviesen paciencia y no
exasperasen al joven, y por su parte trataba de persuadirlo con buenas
palabras. Sin embargo, el joven mancebo, á medida que se vestía poquito
á poco, trayendo á la memoria, del mejor modo posible, los sucesos
del día anterior, veía bien al propio tiempo que las ordenanzas, el
nombre y el apellido, debían ser la causa de todo; ¿pero cómo diablos
lo sabía ese hombre, y qué había sucedido aquella noche, para que la
justicia se hubiese atrevido con tanta precipitación á ir en derechura
á prender á uno de esos buenos muchachos que el día precedente tenían
tanta voz en la reunión, y que no debían estar todos dormidos, pues
que Renzo oía también en la calle un rumor siempre creciente? Mirando
en seguida el rostro del escribano, descubrio la agitación que éste se
esforzaba en vano en ocultar. De todo lo cual, así para aclarar sus
conjeturas y descubrir terreno, como para ganar tiempo y aun intentar
un golpe, dijo: “Bien conozco lo que motiva todo esto, ello es por
causa del apellido. Ayer noche, verdaderamente estaba un poco alegre;
esos posaderos tienen á veces ciertos vinos tan traidores; y á veces,
como digo, se sabe que cuando el vino ha bajado, él es el que habla.
Mas si no se trata de otra cosa, al presente estoy dispuesto á dar toda
especie de satisfacciones. Por otra parte, vos ya sabéis mi nombre;
¿quién demonios os lo ha dicho?”.
--¡Bravo, hijo mío, bravo! respondió el escribano con ademán sumamente
cariñoso: veo que tenéis juicio; y creedme á mí que soy del oficio, vos
sois más amable que todos los demás: éste es el mejor medio para salir
pronto y bien; con estas buenas disposiciones, en dos palabras seréis
despachado y puesto en libertad. Mas yo, ya lo veis, hijo mío, tengo
las manos atadas, y no puedo dejaros aquí como yo quisiera. Vamos,
despachaos, y venid sin ninguna especie de temor; que cuando verá quién
sois... y después, diré... dejadme hacer... basta. Despachaos, hijo mío.
--¡Ah, vos no podéis! entiendo, dijo Renzo; y continuaba vistiéndose,
rechazando con ademanes á los esbirros, los cuales trataban de
apoderarse de él con el objeto de que se despachase.
--¿Pasaremos por la plaza de la Catedral? preguntó en seguida al
escribano.
--Por donde queráis; por el camino más corto, á fin de quedar más
pronto en libertad, dijo éste, maldiciendo en su interior el ser
obligado á dejar caer aquella pregunta misteriosa de Renzo, que
podía llegar á ser el fundamento de otras ciento. ¡Cuando uno nace
desgraciado! pensaba. He aquí que cae entre mis manos uno que se ve que
no quería otra cosa que cantar; si yo tuviese únicamente el tiempo de
respirar, así, _extra formam_, académicamente, por vía de conversación
amistosa, se le haría confesar sin trabajo todo lo que uno quisiera;
sería un hombre que llegaría á la cárcel ya perfectamente examinado,
sin que se apercibiese de ello; ¡y un hombre de esta especie cae
debajo mi férula en un momento tan angustioso! ¡Ah! y no hay medio
de evitarlo, continuaba el consabido escribano calculando, prestando
atención y retirando la cabeza hacia atrás; no hay remedio, el día
amenaza ser peor que el de ayer. Un rumor extraordinario que se dejó
oir en la calle, le dió lugar de pensar así: y no pudo menos de abrir
los postigos de la ventana para dar una ojeadilla. Vió que era un
grupo de gente de la ciudad, la cual á la intimación de dispersarse,
hecha por una patrulla, había en un principio contestado con malas
palabras, concluyendo, finalmente, por separarse murmurando siempre; lo
que pareció al notario una mala señal, fué que los soldados avanzaban
con mucha moderación. Cerró los postigos, vaciló un momento acerca de
si debía llevar adelante la empresa, ó dejar á Renzo bajo la custodia
de dos esbirros, y correr á casa del capitán de justicia para darle
cuenta de lo que sucedía. Pero, pensó al momento, se me dirá que soy
un cobarde, un pusilánime, y que debía ejecutar las órdenes que me
han sido dadas. Estamos metidos en baile; por consiguiente es preciso
bailar. ¡Maldita sea la locura! ¡Condenado oficio!
Renzo estaba de pie: los dos satélites se colocaron á ambos lados; el
escribano les hizo seña de que no le violentasen demasiado; después,
dirigiéndose á Renzo, dijo: Vamos, hijo mío; por favor, despachaos.
Á pesar de todo, Renzo escuchaba, veía y reflexionaba. Estaba ya del
todo vestido, á excepción del jubón que tenía en una mano, y cuyos
bolsillos registraba con la otra. ¡Hola! dijo, lanzando al notario una
mirada muy significativa: aquí había dinero y una carta, señor mío.
--Todo se os devolverá puntualmente, contestó el notario, cuando se
habrán llenado algunas pequeñas formalidades. Vamos, marchemos.
--No, no, no, dijo Renzo, sacudiendo la cabeza; esto no me gusta;
quiero lo que me pertenece, señor mío. Daré cuenta de mis acciones;
pero quiero lo que me pertenece.
--Quiero manifestaros que tengo confianza en vos. Tomad y despachemos,
dijo el notario, sacando de su pecho, y entregando con un suspiro las
cosas secuestradas á Renzo. Éste, volviéndolas á colocar en su lugar,
murmuraba entre dientes: “¡Qué curiosidad! al fin y al cabo tenéis
tanto roce con los ladrones, que se os ha pegado algo del oficio”. Los
esbirros no podían ya contenerse: mas el escribano los refrenaba con
sus miradas, y en el ínterin decía entre sí: si tú llegas á poner el
pie dentro de aquel umbral, me la pagarás con usura, me la pagarás.
Mientras tanto que Renzo se ponía el jubón, y tomaba el sombrero, el
notario hizo seña á uno de los esbirros que echase á andar delante por
la escalera; hizo en seguida ir el prisionero, después el otro esbirro
detrás, y finalmente él mismo se puso en movimiento. Llegados á la
cocina, y entretanto que Renzo se puso á decir: “¿Dónde se ha escondido
el buen posadero?”; el escribano hizo otra seña á sus compañeros.
Éstos le cogen, el uno la mano derecha y el otro la izquierda, y
apresuradamente le atan los puños con ciertas máquinas, que por esa
hipócrita figura retórica de eufemismo, se llaman esposas. Éstas
consistían (desagrada el tener que descender á minuciosidades indignas
de la gravedad histórica, pero lo exige la claridad), consistían,
repito, en una cuerdecita un poco más larga que la circunferencia de
un puño de una muñeca común, la cual tenía en sus dos extremos dos
pedacitos de madera como dos cruceros. La cuerda rodeaba la muñeca
del paciente, y las maniquetas pasadas entre la palma y el anular del
esbirro quedaban encerradas en su mano, de manera que dando vueltas se
apretaba la ligadura según se quería. Dicha medida tenía por objeto
no solamente el asegurar la captura, sino también el martirizar al
recalcitrante, y á este fin la cuerdecita estaba llena de nudos.
Renzo forcejea, grita: “¿Qué traición es ésta? ¡á un hombre de
bien!”... mas el escribano, que para todos los acontecimientos tenía
buenas palabras: “Tomad paciencia, le decía; cumplen con su deber: ¡qué
queréis! éstas son meras formalidades: no podemos tratar á la gente
según nuestro corazón; si no hiciésemos lo que se nos manda, estaríamos
frescos; estaríamos mucho peor que vosotros. ¡Tened paciencia!”.
Mientras hablaba, los dos á quienes correspondía obrar dieron una
vuelta á las maniquetas. Renzo se aquietó como un bizarro caballo que
siente su boca oprimida por el freno, y exclamó: ¡paciencia!
--¡Buen muchacho! dijo el notario, éste es el modo verdadero de salir
bien. ¡Qué queréis! es un fastidio, convengo en ello; pero portándoos
bien, en un momento estaréis despachado. Y ya que veo que estáis bien
dispuesto, me siento inclinado á ayudaros; quiero daros todavía otro
consejo para vuestro bien. Creedme, pues soy práctico en esta clase
de cosas; seguid vuestro camino, sin mirar á vuestro alrededor, sin
haceros notar: así nadie reparará en vos, nadie percibirá lo que pasa,
y vos conservaréis vuestro honor. Dentro de una hora estaréis ya en
libertad: hay tanto quehacer, que ellos se darán prisa á despacharos;
y después hablaré... iréis á vuestros negocios, y nadie sabrá que
habéis estado en poder de la justicia. Y vosotros, continuó enseguida,
volviéndose á los esbirros con ademán severo, guardaos bien de causarle
daño, porque lo protejo yo: es preciso que hagáis vuestro deber; pero
recordad que es un hombre honrado, un joven excelente, el cual dentro
de poco estará en libertad, y que tiene en mucha estima su honor.
Andad de modo que nadie aperciba nada; lo mismo que si fueseis tres
hombres de bien que van á paseo juntos. Y con tono imperativo y aire
amenazador, repuso: ¿me habéis entendido? Dirigiéndose luego á Renzo
con ademán moderado, y con el rostro repentinamente risueño, que
parecía decir, ¡oh, nosotros sí que somos amigos! le dijo de nuevo: un
poco de juicio; haced lo que os digo; caminad quieto y recogido; fiaos
de quien os quiere bien: vamos. Y la comitiva se puso en marcha.
Á pesar de tan buenas palabras, Renzo no creyó una siquiera. Que el
escribano le quisiese más bien que á los esbirros, ni que tomase
sobre sí con tanto calor su reputación, ni que tuviese intención de
ayudarle, nada de esto creyó. Comprendió perfectamente que el buen
hombre, temiendo que se presentase en la calle alguna buena ocasión
de escaparse de entre sus manos, ponía por delante aquellos bellos
motivos, para estorbar el que estuviese atento para aprovecharse de
ella. Todas las exhortaciones no sirvieron más que para confirmarlo en
el designio que tenía ya en su imaginación, esto es, de hacer todo lo
contrario.
Nadie, sin embargo, saque de todo esto en consecuencia, que el notario
fuese un bellaco novicio é inexperto, porque se engañaría. Era al
contrario, dice nuestro historiador, un bellaco ya maestro, el cual
parece haberse hallado en el número de sus amigos; mas en aquel momento
se encontraba con el ánimo agitado. Puedo aseguraros, que á sangre
fría se hubiera burlado de un hombre que para empeñar á alguno á hacer
alguna cosa sospechosa hubiese ido á sugerírsela y á aconsejársela con
calor, bajo la miserable apariencia de darle un consejo desinteresado,
como si dijéramos, de amigo. Pero cuando los hombres están inquietos
y perciben el medio que otro podía emplear para sacarles de apuros,
tienen todos una tendencia á pedírselo con instancia y á cada momento,
bajo toda especie de pretextos; y cuando los truhanes están agitados é
inquietos, caen también bajo esta ley común. De aquí proviene que en
tales circunstancias hacen ordinariamente una triste figura. Aquellos
golpes maestros, aquellas malignidades, con las cuales tienen costumbre
de triunfar, que son para ellos como una segunda naturaleza, y que
puestas por obra á tiempo y conducidas con la presencia de ánimo y
con la serenidad necesaria, dan el golpe tan bien y tan secretamente,
aun desconocidas, después de su logro recogen aplausos generales; los
pobrecitos, cuando están entre angustias, las emplean precipitadamente,
en desorden y sin garbo ni gracia. De manera, que el que los ve
ingeniarse y arrebatarse de aquel modo, les tiene lástima y le mueven á
risa; y el hombre que pretende entonces meterse en medio, aunque menos
astuto que ellos, descubre bellísimamente todos sus manejos, y de sus
artificios recaba luz para sí contra ellos. Ésta es la causa por que
jamás se podrá recomendar demasiado á los truhanes de profesión el
conservar siempre su sangre fría, ó lo que es lo más seguro, el ser
siempre los más fuertes.
Renzo, apenas estuvieron en la calle, empezó á mirar á un lado y á
otro, á agitarse con frenesí á derecha é izquierda, á aguzar los oídos.
No había, sin embargo, un concurso extraordinario; y si bien en el
semblante de más de un paseante se podía leer fácilmente un cierto
no sé qué de sedicioso, á pesar de todo, cada uno seguía su camino
tranquilamente, y no había sedición propiamente dicha.
--¡Juicio, juicio! murmuraba el escribano á sus espaldas: en ello va
vuestro honor; el honor, joven mancebo. Mas cuando Renzo, escuchando
atentamente á tres individuos que venían con el rostro inflamado, oyó
hablar de un horno de harina escondida, de justicia, empezó también á
hacer gestos, y á toser de cierto modo que indicaba otra cosa más que
un resfriado. Ellos miraron con más cuidado á la comitiva y se pararon;
los que habían pasado ya, oyendo el murmullo volvían paso atrás, y
formaban la retaguardia.
--Tened cuidado; juicio, hijo; mirad, peor para vos; no echéis á perder
vuestros negocios; el honor, la reputación, continuaba murmurando el
escribano; Renzo no le hacía caso. Los esbirros, después de haber
consultado por medio de una rápida ojeada, pensando obrar bien (todos
estamos sujetos á errar), le apretaron las esposas.
--¡Ay! ¡ay! ¡ay! exclamó el paciente; á los gritos la gente se agrupa
alrededor; acude de todas partes de la calle, y la comitiva queda
encallada. Es un hombre de mala vida, balbuceaba el escribano á los que
le rodeaban; es un ladrón cogido in fraganti; retiraos, dejad pasar
á la justicia. Mas Renzo, viendo que la ocasión era favorable, que
los esbirros se volvían blancos, ó á lo menos pálidos, si ahora no me
aprovecho, pensó interiormente, tanto peor para mí; y de repente se
puso á dar voces: “¡Amigos míos! me llevan á la cárcel porque ayer
grité pan y justicia; nada he hecho; soy un hombre honrado; socorredme,
¡amigos míos! no me abandonéis”.
Un favorable murmullo, voces manifiestas de protección, se elevaron
como en respuesta. En un principio los esbirros mandan, después piden,
luego suplican á los más próximos que se retiren y que dejen el paso
libre; el tropel, al contrario, los cerca y los estrecha cada vez más.
Ellos, á la vista del peligro, sueltan las esposas, y no tratan más
que de perderse entre la multitud para deslizarse sin ser vistos. El
escribano deseaba ardientemente hacer lo propio, pero era muy difícil á
causa de su negra capa. El pobre hombre, pálido y atemorizado, trataba
de encogerse, de hacerse el pequeño; esquivaba el cuerpo para salir
de entre la gente, mas no podía alzar los ojos sin ver otros veinte
clavados sobre él. Estudiaba todas las maneras de aparecer como un
extraño que, pasando por allí al acaso, se había hallado en medio de
la muchedumbre como una pequeña paja en medio de una menuda red; y
encontrándose cara á cara con un individuo que le miraba fijamente con
peor ceño que los demás, compuso su boca de modo que apareciese en
ella la sonrisa, y haciéndose el inocente le preguntó: ¿qué ha sucedido?
--¡Oh, infame cuervo! repuso aquél. ¡Cuervo, cuervo! resonó por todas
partes. Á los gritos añaden los empujones, de modo que al poco tiempo,
ya á favor de sus piernas, ya con los codos de los demás, obtuvo lo
que más le apremiaba en aquel momento; esto es, el salir de aquella
barahunda.
CAPÍTULO DECIMOSEXTO
¡Huye! ¡huye! buen hombre; ¡he aquí un convento, allí tienes una
iglesia! ¡por aquí! ¡por allí! gritan de todas partes á Renzo. Tocante
á huir, júzguese si tenía necesidad de que se lo aconsejaran. Desde
el momento mismo en que había empezado á concebir las esperanzas de
escapar de las garras de la policía, echó sus cuentas, y pensó que si
lo conseguía, saldría sin detenerse, no sólo de la ciudad, sino también
del ducado. Porque se había dicho: de cualquier modo que sea, ellos
tienen apuntadas mis señas en sus librotes, y con mi nombre y apellido
me vienen á prender cuando quieran. Tocante á un asilo, no lo habría
buscado hasta que tuviese los esbirros á sus espaldas; porque se había
dicho otra vez: Si puedo ser pájaro de bosque, no quiero serlo de
jaula. Había, pues, designado para refugiarse cierto pueblo situado
en el territorio de Bérgamo, en el cual estaba establecido su primo
Bartolo, que si recuerdan los lectores, muchas veces le había invitado
á ir. Mas la dificultad consistió en encontrar el camino. Abandonado
en un sitio desconocido de una ciudad, para él desconocida también,
Renzo tampoco sabía por qué puerta se salía para ir á Bérgamo, y aun
cuando lo hubiese sabido, ignoraba el camino que conducía á dicha
puerta. Imaginó que le enseñasen el camino alguno de sus libertadores;
pero así como en el poco tiempo que había tenido para meditar su
posición, le pasaran por la mente ciertas ideas acerca de aquel
espadero tan oficioso, padre de cuatro hijos, así, por sí ó por no,
no quiso manifestar sus designios á tanta gente reunida, por si acaso
hubiese algún otro de la misma índole, resolviendo de súbito alejarse
precipitadamente de aquel sitio, y el camino hacérselo enseñar después
en un sitio en donde nadie supiese quién era, ni por qué lo preguntaba.
En seguida dijo á sus libertadores: “Mil gracias, amigos míos; ¡Dios os
bendiga!”. Y saliendo por el lugar que se le hizo inmediatamente, tomó
la carrera, se introdujo por una travesía, bajó por una callejuela,
y galopó por espacio de largo tiempo sin saber adónde iba. Cuando le
pareció que estaba ya bastante lejos, detuvo el paso para no infundir
sospechas, y empezó á mirar ya á un lado, ya á otro, para escoger
la persona á quien hacer su pregunta, la cara que le inspirase más
confianza. Pero aun en esto había dificultad. La pregunta por sí
sola era sospechosa; el tiempo urgía; los corchetes apenas vueltos
de su pequeño aturdimiento, debían haberse puesto en movimiento para
seguir las huellas de su fugitivo; la voz de aquella fuga podía haber
llegado hasta allí, y en tales apuros, Renzo debía hacer acaso diez
juicios fisionómicos antes de encontrar la figura que le pareciese á
propósito. Ese gordiflón que está de pie en la puerta de su tienda
con las piernas separadas, las manos detrás, sacado el abdomen, la
barba levantada, debajo de la cual colgaba una gran papada, y que no
teniendo otra cosa que hacer levantaba alternativamente su temblorosa
é informe masa, dejándola caer sobre sus calcañares, tenía el aire de
un parlanchín curioso, que en vez de contestar, le hubiera abrumado
con preguntas. Ese otro que iba hacia él con los ojos fijos y la boca
abierta, lejos de poder enseñar su camino á alguien, parecía apenas
saber el suyo. Aquel muchacho, que á la verdad tenía trazas de ser muy
despejado, mostraba, sin embargo, ser muy malicioso, y probablemente
hubiera tenido el maldito gusto de hacer ir á un infeliz aldeano á la
parte opuesta de la que éste deseaba. ¡Cuán cierto es que al hombre
embarazado, á cada paso se le presentan nuevos obstáculos! Habiendo
visto finalmente á uno que andaba muy aprisa, pensó que éste, teniendo
regularmente algún negocio apremiante, le contestaría con prontitud,
sin necesidad de más habladurías, y oyendo que hablaba solo, juzgó que
debía ser un hombre franco. Después de haberse aproximado á él le dijo:
“Por favor, caballero, ¿tendríais la bondad de decirme por qué lado se
va á Bérgamo?”.
--¿Á Bérgamo? por la puerta Oriental.
--Mil gracias; ¿y para ir á la puerta Oriental?
--Tomad esta calle á mano izquierda, encontraréis la plaza de la
catedral, y luego...
--Basta, caballero, ya sé lo demás; Dios os lo pague. Después de
lo cual se encaminó precipitadamente hacia el lado que le había
sido indicado. El interpelado le siguió un momento con la vista, y
combinando en su pensamiento aquel modo de andar con la pregunta, dijo
entre sí: ó ha hecho alguna, ó alguno se la quiere hacer.
Renzo llegó á la plaza de la catedral; la atravesó, pasó por el lado de
un montón de cenizas y carbones apagados, y reconoció los restos de la
hoguera, de la cual había sido espectador el día antes; pasó también
muy cerca de la escalinata de la expresada catedral, y vió el horno de
las muletas, medio destruido y guardado por soldados. Se dirigió vía
recta por la calle á la cual había sido arrastrado por la multitud;
llegó al convento de capuchinos, echó una ojeada á aquella plaza y á
la puerta de la iglesia, y se dijo interiormente: El fraile de ayer me
había dado, sin embargo, un buen consejo, el de esperar en la iglesia,
con el objeto de hacer algo bueno.