Al amanecer, Renzo roncaba hacía ya cerca de siete horas, y estaba aún

en lo más hermoso de su sueño, cuando dos fuertes sacudidas de brazo, y

una voz que al pie de la cama gritaba: “¡Lorenzo Tramaglino!” le hizo

despertar sobresaltado. Se desperezó, extendió los brazos, abrió con

gran trabajo los ojos, y divisó de pie delante de él, y el extremo

del lecho, á un hombre vestido de negro, y otros dos armados, el uno á

la derecha, el otro á la izquierda de la cabecera. Entre la sorpresa,

el sueño y los vapores del vino que sabéis, permaneció un momento como

encantado; y creyendo soñar, y no agradándole aquel sueño, procuraba

despertarse prontamente.

--¡Ah! ¿Habéis finalmente oído, Lorenzo Tramaglino? dijo el hombre de

la capa negra, que era el escribano mismo de la noche anterior. Ánimo,

pues; levantaos y venid con nosotros.

--¡Lorenzo Tramaglino! dijo Renzo: ¿qué significa esto? ¿qué me

queréis? ¿quién os ha dicho mi nombre?

--Menos charlatanerías y levantaos pronto, dijo uno de los esbirros que

estaba al lado de la cama agarrándole de nuevo el brazo.

--¡Hola! ¿qué violencia es ésta? gritó Renzo, retirando el brazo.

¡Posadero, posadero!

--¿Nos lo llevamos en camisa? dijo aún dicho esbirro volviéndose hacia

el escribano.

--¿Habéis oído? dijo éste á Renzo; así se hará si no os levantáis

pronto, muy pronto, para venir con nosotros.

--¿Y por qué? preguntó Renzo.

--El por qué, lo oiréis del señor capitán de justicia.

--¿Yo? soy un hombre honrado; nada he hecho, y me admiro...

--Mejor para vos, mejor para vos, así en dos palabras seréis despachado

y podréis ir á evacuar vuestros negocios.

--Dejadme ir ahora, dijo Renzo; nada tengo que ver con la justicia.

--¡Vaya, acabemos! dijo un esbirro.

--¿Nos lo llevamos de veras? replicó el otro.

--¡Lorenzo Tramaglino! repitió el escribano.

--¿Cómo sabe mi nombre vuestra señoría?

--Haced vuestro deber, gritó el notario á los esbirros, los cuales se

apoderaron de Renzo para sacarlo fuera del lecho.

--¡Eh! ¡no toquéis al pellejo de un hombre de bien, sin que!... Yo

mismo me sé vestir.

--Pues vestíos pronto, dijo el escribano.

--Ya me voy á vestir, repuso Renzo, y andaba presuroso recogiendo

sus vestidos esparcidos en desorden por el lecho, como los restos de

un naufragio sobre la playa. Luego, empezando á vestirse, proseguía

aún diciendo: Pero yo no quiero ir á casa del capitán de justicia;

nada tengo que hacer con él: ya que se me hace esta afrenta tan

injustamente, quiero ser conducido á la presencia de Ferrer: lo

conozco, sé que es una persona excelente, y que me debe favores.

--Sí, sí, hijo mío, seréis conducido á casa de Ferrer, respondió el

escribano.

En otras circunstancias, éste se hubiera reído de buen grado, á vista

de una proposición semejante; mas entonces no era el momento más á

propósito para reir. Ya al ir á buscar á Renzo había percibido en las

calles un movimiento tal, que no había podido definir si era el resto

de una conmoción aún no apaciguada, ó el principio de una nueva: los

habitantes de los arrabales bajaban en gran número; se encontraban,

marchaban agrupados y se paraban en cuadrillas. Al presente, sin hacer

ningún caso, ó esforzándose á lo menos para no hacerlo, aguzaba los

oídos y le parecía que el ruido iba siempre en aumento. Deseaba, pues,

despachar, mas hubiera querido conducir á Renzo de buena voluntad;

porque si se ponía en guerra abierta con él, no podía estar seguro,

una vez puesto en la calle, de encontrar también tres contra uno. Por

esto se daba de ojo con los esbirros para que tuviesen paciencia y no

exasperasen al joven, y por su parte trataba de persuadirlo con buenas

palabras. Sin embargo, el joven mancebo, á medida que se vestía poquito

á poco, trayendo á la memoria, del mejor modo posible, los sucesos

del día anterior, veía bien al propio tiempo que las ordenanzas, el

nombre y el apellido, debían ser la causa de todo; ¿pero cómo diablos

lo sabía ese hombre, y qué había sucedido aquella noche, para que la

justicia se hubiese atrevido con tanta precipitación á ir en derechura

á prender á uno de esos buenos muchachos que el día precedente tenían

tanta voz en la reunión, y que no debían estar todos dormidos, pues

que Renzo oía también en la calle un rumor siempre creciente? Mirando

en seguida el rostro del escribano, descubrio la agitación que éste se

esforzaba en vano en ocultar. De todo lo cual, así para aclarar sus

conjeturas y descubrir terreno, como para ganar tiempo y aun intentar

un golpe, dijo: “Bien conozco lo que motiva todo esto, ello es por

causa del apellido. Ayer noche, verdaderamente estaba un poco alegre;

esos posaderos tienen á veces ciertos vinos tan traidores; y á veces,

como digo, se sabe que cuando el vino ha bajado, él es el que habla.

Mas si no se trata de otra cosa, al presente estoy dispuesto á dar toda

especie de satisfacciones. Por otra parte, vos ya sabéis mi nombre;

¿quién demonios os lo ha dicho?”.

--¡Bravo, hijo mío, bravo! respondió el escribano con ademán sumamente

cariñoso: veo que tenéis juicio; y creedme á mí que soy del oficio, vos

sois más amable que todos los demás: éste es el mejor medio para salir

pronto y bien; con estas buenas disposiciones, en dos palabras seréis

despachado y puesto en libertad. Mas yo, ya lo veis, hijo mío, tengo

las manos atadas, y no puedo dejaros aquí como yo quisiera. Vamos,

despachaos, y venid sin ninguna especie de temor; que cuando verá quién

sois... y después, diré... dejadme hacer... basta. Despachaos, hijo mío.

--¡Ah, vos no podéis! entiendo, dijo Renzo; y continuaba vistiéndose,

rechazando con ademanes á los esbirros, los cuales trataban de

apoderarse de él con el objeto de que se despachase.

--¿Pasaremos por la plaza de la Catedral? preguntó en seguida al

escribano.

--Por donde queráis; por el camino más corto, á fin de quedar más

pronto en libertad, dijo éste, maldiciendo en su interior el ser

obligado á dejar caer aquella pregunta misteriosa de Renzo, que

podía llegar á ser el fundamento de otras ciento. ¡Cuando uno nace

desgraciado! pensaba. He aquí que cae entre mis manos uno que se ve que

no quería otra cosa que cantar; si yo tuviese únicamente el tiempo de

respirar, así, _extra formam_, académicamente, por vía de conversación

amistosa, se le haría confesar sin trabajo todo lo que uno quisiera;

sería un hombre que llegaría á la cárcel ya perfectamente examinado,

sin que se apercibiese de ello; ¡y un hombre de esta especie cae

debajo mi férula en un momento tan angustioso! ¡Ah! y no hay medio

de evitarlo, continuaba el consabido escribano calculando, prestando

atención y retirando la cabeza hacia atrás; no hay remedio, el día

amenaza ser peor que el de ayer. Un rumor extraordinario que se dejó

oir en la calle, le dió lugar de pensar así: y no pudo menos de abrir

los postigos de la ventana para dar una ojeadilla. Vió que era un

grupo de gente de la ciudad, la cual á la intimación de dispersarse,

hecha por una patrulla, había en un principio contestado con malas

palabras, concluyendo, finalmente, por separarse murmurando siempre; lo

que pareció al notario una mala señal, fué que los soldados avanzaban

con mucha moderación. Cerró los postigos, vaciló un momento acerca de

si debía llevar adelante la empresa, ó dejar á Renzo bajo la custodia

de dos esbirros, y correr á casa del capitán de justicia para darle

cuenta de lo que sucedía. Pero, pensó al momento, se me dirá que soy

un cobarde, un pusilánime, y que debía ejecutar las órdenes que me

han sido dadas. Estamos metidos en baile; por consiguiente es preciso

bailar. ¡Maldita sea la locura! ¡Condenado oficio!

Renzo estaba de pie: los dos satélites se colocaron á ambos lados; el

escribano les hizo seña de que no le violentasen demasiado; después,

dirigiéndose á Renzo, dijo: Vamos, hijo mío; por favor, despachaos.

Á pesar de todo, Renzo escuchaba, veía y reflexionaba. Estaba ya del

todo vestido, á excepción del jubón que tenía en una mano, y cuyos

bolsillos registraba con la otra. ¡Hola! dijo, lanzando al notario una

mirada muy significativa: aquí había dinero y una carta, señor mío.

--Todo se os devolverá puntualmente, contestó el notario, cuando se

habrán llenado algunas pequeñas formalidades. Vamos, marchemos.

--No, no, no, dijo Renzo, sacudiendo la cabeza; esto no me gusta;

quiero lo que me pertenece, señor mío. Daré cuenta de mis acciones;

pero quiero lo que me pertenece.

--Quiero manifestaros que tengo confianza en vos. Tomad y despachemos,

dijo el notario, sacando de su pecho, y entregando con un suspiro las

cosas secuestradas á Renzo. Éste, volviéndolas á colocar en su lugar,

murmuraba entre dientes: “¡Qué curiosidad! al fin y al cabo tenéis

tanto roce con los ladrones, que se os ha pegado algo del oficio”. Los

esbirros no podían ya contenerse: mas el escribano los refrenaba con

sus miradas, y en el ínterin decía entre sí: si tú llegas á poner el

pie dentro de aquel umbral, me la pagarás con usura, me la pagarás.

Mientras tanto que Renzo se ponía el jubón, y tomaba el sombrero, el

notario hizo seña á uno de los esbirros que echase á andar delante por

la escalera; hizo en seguida ir el prisionero, después el otro esbirro

detrás, y finalmente él mismo se puso en movimiento. Llegados á la

cocina, y entretanto que Renzo se puso á decir: “¿Dónde se ha escondido

el buen posadero?”; el escribano hizo otra seña á sus compañeros.

Éstos le cogen, el uno la mano derecha y el otro la izquierda, y

apresuradamente le atan los puños con ciertas máquinas, que por esa

hipócrita figura retórica de eufemismo, se llaman esposas. Éstas

consistían (desagrada el tener que descender á minuciosidades indignas

de la gravedad histórica, pero lo exige la claridad), consistían,

repito, en una cuerdecita un poco más larga que la circunferencia de

un puño de una muñeca común, la cual tenía en sus dos extremos dos

pedacitos de madera como dos cruceros. La cuerda rodeaba la muñeca

del paciente, y las maniquetas pasadas entre la palma y el anular del

esbirro quedaban encerradas en su mano, de manera que dando vueltas se

apretaba la ligadura según se quería. Dicha medida tenía por objeto

no solamente el asegurar la captura, sino también el martirizar al

recalcitrante, y á este fin la cuerdecita estaba llena de nudos.

Renzo forcejea, grita: “¿Qué traición es ésta? ¡á un hombre de

bien!”... mas el escribano, que para todos los acontecimientos tenía

buenas palabras: “Tomad paciencia, le decía; cumplen con su deber: ¡qué

queréis! éstas son meras formalidades: no podemos tratar á la gente

según nuestro corazón; si no hiciésemos lo que se nos manda, estaríamos

frescos; estaríamos mucho peor que vosotros. ¡Tened paciencia!”.

Mientras hablaba, los dos á quienes correspondía obrar dieron una

vuelta á las maniquetas. Renzo se aquietó como un bizarro caballo que

siente su boca oprimida por el freno, y exclamó: ¡paciencia!

--¡Buen muchacho! dijo el notario, éste es el modo verdadero de salir

bien. ¡Qué queréis! es un fastidio, convengo en ello; pero portándoos

bien, en un momento estaréis despachado. Y ya que veo que estáis bien

dispuesto, me siento inclinado á ayudaros; quiero daros todavía otro

consejo para vuestro bien. Creedme, pues soy práctico en esta clase

de cosas; seguid vuestro camino, sin mirar á vuestro alrededor, sin

haceros notar: así nadie reparará en vos, nadie percibirá lo que pasa,

y vos conservaréis vuestro honor. Dentro de una hora estaréis ya en

libertad: hay tanto quehacer, que ellos se darán prisa á despacharos;

y después hablaré... iréis á vuestros negocios, y nadie sabrá que

habéis estado en poder de la justicia. Y vosotros, continuó enseguida,

volviéndose á los esbirros con ademán severo, guardaos bien de causarle

daño, porque lo protejo yo: es preciso que hagáis vuestro deber; pero

recordad que es un hombre honrado, un joven excelente, el cual dentro

de poco estará en libertad, y que tiene en mucha estima su honor.

Andad de modo que nadie aperciba nada; lo mismo que si fueseis tres

hombres de bien que van á paseo juntos. Y con tono imperativo y aire

amenazador, repuso: ¿me habéis entendido? Dirigiéndose luego á Renzo

con ademán moderado, y con el rostro repentinamente risueño, que

parecía decir, ¡oh, nosotros sí que somos amigos! le dijo de nuevo: un

poco de juicio; haced lo que os digo; caminad quieto y recogido; fiaos

de quien os quiere bien: vamos. Y la comitiva se puso en marcha.

Á pesar de tan buenas palabras, Renzo no creyó una siquiera. Que el

escribano le quisiese más bien que á los esbirros, ni que tomase

sobre sí con tanto calor su reputación, ni que tuviese intención de

ayudarle, nada de esto creyó. Comprendió perfectamente que el buen

hombre, temiendo que se presentase en la calle alguna buena ocasión

de escaparse de entre sus manos, ponía por delante aquellos bellos

motivos, para estorbar el que estuviese atento para aprovecharse de

ella. Todas las exhortaciones no sirvieron más que para confirmarlo en

el designio que tenía ya en su imaginación, esto es, de hacer todo lo

contrario.

Nadie, sin embargo, saque de todo esto en consecuencia, que el notario

fuese un bellaco novicio é inexperto, porque se engañaría. Era al

contrario, dice nuestro historiador, un bellaco ya maestro, el cual

parece haberse hallado en el número de sus amigos; mas en aquel momento

se encontraba con el ánimo agitado. Puedo aseguraros, que á sangre

fría se hubiera burlado de un hombre que para empeñar á alguno á hacer

alguna cosa sospechosa hubiese ido á sugerírsela y á aconsejársela con

calor, bajo la miserable apariencia de darle un consejo desinteresado,

como si dijéramos, de amigo. Pero cuando los hombres están inquietos

y perciben el medio que otro podía emplear para sacarles de apuros,

tienen todos una tendencia á pedírselo con instancia y á cada momento,

bajo toda especie de pretextos; y cuando los truhanes están agitados é

inquietos, caen también bajo esta ley común. De aquí proviene que en

tales circunstancias hacen ordinariamente una triste figura. Aquellos

golpes maestros, aquellas malignidades, con las cuales tienen costumbre

de triunfar, que son para ellos como una segunda naturaleza, y que

puestas por obra á tiempo y conducidas con la presencia de ánimo y

con la serenidad necesaria, dan el golpe tan bien y tan secretamente,

aun desconocidas, después de su logro recogen aplausos generales; los

pobrecitos, cuando están entre angustias, las emplean precipitadamente,

en desorden y sin garbo ni gracia. De manera, que el que los ve

ingeniarse y arrebatarse de aquel modo, les tiene lástima y le mueven á

risa; y el hombre que pretende entonces meterse en medio, aunque menos

astuto que ellos, descubre bellísimamente todos sus manejos, y de sus

artificios recaba luz para sí contra ellos. Ésta es la causa por que

jamás se podrá recomendar demasiado á los truhanes de profesión el

conservar siempre su sangre fría, ó lo que es lo más seguro, el ser

siempre los más fuertes.

Renzo, apenas estuvieron en la calle, empezó á mirar á un lado y á

otro, á agitarse con frenesí á derecha é izquierda, á aguzar los oídos.

No había, sin embargo, un concurso extraordinario; y si bien en el

semblante de más de un paseante se podía leer fácilmente un cierto

no sé qué de sedicioso, á pesar de todo, cada uno seguía su camino

tranquilamente, y no había sedición propiamente dicha.

--¡Juicio, juicio! murmuraba el escribano á sus espaldas: en ello va

vuestro honor; el honor, joven mancebo. Mas cuando Renzo, escuchando

atentamente á tres individuos que venían con el rostro inflamado, oyó

hablar de un horno de harina escondida, de justicia, empezó también á

hacer gestos, y á toser de cierto modo que indicaba otra cosa más que

un resfriado. Ellos miraron con más cuidado á la comitiva y se pararon;

los que habían pasado ya, oyendo el murmullo volvían paso atrás, y

formaban la retaguardia.

--Tened cuidado; juicio, hijo; mirad, peor para vos; no echéis á perder

vuestros negocios; el honor, la reputación, continuaba murmurando el

escribano; Renzo no le hacía caso. Los esbirros, después de haber

consultado por medio de una rápida ojeada, pensando obrar bien (todos

estamos sujetos á errar), le apretaron las esposas.

--¡Ay! ¡ay! ¡ay! exclamó el paciente; á los gritos la gente se agrupa

alrededor; acude de todas partes de la calle, y la comitiva queda

encallada. Es un hombre de mala vida, balbuceaba el escribano á los que

le rodeaban; es un ladrón cogido in fraganti; retiraos, dejad pasar

á la justicia. Mas Renzo, viendo que la ocasión era favorable, que

los esbirros se volvían blancos, ó á lo menos pálidos, si ahora no me

aprovecho, pensó interiormente, tanto peor para mí; y de repente se

puso á dar voces: “¡Amigos míos! me llevan á la cárcel porque ayer

grité pan y justicia; nada he hecho; soy un hombre honrado; socorredme,

¡amigos míos! no me abandonéis”.

Un favorable murmullo, voces manifiestas de protección, se elevaron

como en respuesta. En un principio los esbirros mandan, después piden,

luego suplican á los más próximos que se retiren y que dejen el paso

libre; el tropel, al contrario, los cerca y los estrecha cada vez más.

Ellos, á la vista del peligro, sueltan las esposas, y no tratan más

que de perderse entre la multitud para deslizarse sin ser vistos. El

escribano deseaba ardientemente hacer lo propio, pero era muy difícil á

causa de su negra capa. El pobre hombre, pálido y atemorizado, trataba

de encogerse, de hacerse el pequeño; esquivaba el cuerpo para salir

de entre la gente, mas no podía alzar los ojos sin ver otros veinte

clavados sobre él. Estudiaba todas las maneras de aparecer como un

extraño que, pasando por allí al acaso, se había hallado en medio de

la muchedumbre como una pequeña paja en medio de una menuda red; y

encontrándose cara á cara con un individuo que le miraba fijamente con

peor ceño que los demás, compuso su boca de modo que apareciese en

ella la sonrisa, y haciéndose el inocente le preguntó: ¿qué ha sucedido?

--¡Oh, infame cuervo! repuso aquél. ¡Cuervo, cuervo! resonó por todas

partes. Á los gritos añaden los empujones, de modo que al poco tiempo,

ya á favor de sus piernas, ya con los codos de los demás, obtuvo lo

que más le apremiaba en aquel momento; esto es, el salir de aquella

barahunda.

CAPÍTULO DECIMOSEXTO

¡Huye! ¡huye! buen hombre; ¡he aquí un convento, allí tienes una

iglesia! ¡por aquí! ¡por allí! gritan de todas partes á Renzo. Tocante

á huir, júzguese si tenía necesidad de que se lo aconsejaran. Desde

el momento mismo en que había empezado á concebir las esperanzas de

escapar de las garras de la policía, echó sus cuentas, y pensó que si

lo conseguía, saldría sin detenerse, no sólo de la ciudad, sino también

del ducado. Porque se había dicho: de cualquier modo que sea, ellos

tienen apuntadas mis señas en sus librotes, y con mi nombre y apellido

me vienen á prender cuando quieran. Tocante á un asilo, no lo habría

buscado hasta que tuviese los esbirros á sus espaldas; porque se había

dicho otra vez: Si puedo ser pájaro de bosque, no quiero serlo de

jaula. Había, pues, designado para refugiarse cierto pueblo situado

en el territorio de Bérgamo, en el cual estaba establecido su primo

Bartolo, que si recuerdan los lectores, muchas veces le había invitado

á ir. Mas la dificultad consistió en encontrar el camino. Abandonado

en un sitio desconocido de una ciudad, para él desconocida también,

Renzo tampoco sabía por qué puerta se salía para ir á Bérgamo, y aun

cuando lo hubiese sabido, ignoraba el camino que conducía á dicha

puerta. Imaginó que le enseñasen el camino alguno de sus libertadores;

pero así como en el poco tiempo que había tenido para meditar su

posición, le pasaran por la mente ciertas ideas acerca de aquel

espadero tan oficioso, padre de cuatro hijos, así, por sí ó por no,

no quiso manifestar sus designios á tanta gente reunida, por si acaso

hubiese algún otro de la misma índole, resolviendo de súbito alejarse

precipitadamente de aquel sitio, y el camino hacérselo enseñar después

en un sitio en donde nadie supiese quién era, ni por qué lo preguntaba.

En seguida dijo á sus libertadores: “Mil gracias, amigos míos; ¡Dios os

bendiga!”. Y saliendo por el lugar que se le hizo inmediatamente, tomó

la carrera, se introdujo por una travesía, bajó por una callejuela,

y galopó por espacio de largo tiempo sin saber adónde iba. Cuando le

pareció que estaba ya bastante lejos, detuvo el paso para no infundir

sospechas, y empezó á mirar ya á un lado, ya á otro, para escoger

la persona á quien hacer su pregunta, la cara que le inspirase más

confianza. Pero aun en esto había dificultad. La pregunta por sí

sola era sospechosa; el tiempo urgía; los corchetes apenas vueltos

de su pequeño aturdimiento, debían haberse puesto en movimiento para

seguir las huellas de su fugitivo; la voz de aquella fuga podía haber

llegado hasta allí, y en tales apuros, Renzo debía hacer acaso diez

juicios fisionómicos antes de encontrar la figura que le pareciese á

propósito. Ese gordiflón que está de pie en la puerta de su tienda

con las piernas separadas, las manos detrás, sacado el abdomen, la

barba levantada, debajo de la cual colgaba una gran papada, y que no

teniendo otra cosa que hacer levantaba alternativamente su temblorosa

é informe masa, dejándola caer sobre sus calcañares, tenía el aire de

un parlanchín curioso, que en vez de contestar, le hubiera abrumado

con preguntas. Ese otro que iba hacia él con los ojos fijos y la boca

abierta, lejos de poder enseñar su camino á alguien, parecía apenas

saber el suyo. Aquel muchacho, que á la verdad tenía trazas de ser muy

despejado, mostraba, sin embargo, ser muy malicioso, y probablemente

hubiera tenido el maldito gusto de hacer ir á un infeliz aldeano á la

parte opuesta de la que éste deseaba. ¡Cuán cierto es que al hombre

embarazado, á cada paso se le presentan nuevos obstáculos! Habiendo

visto finalmente á uno que andaba muy aprisa, pensó que éste, teniendo

regularmente algún negocio apremiante, le contestaría con prontitud,

sin necesidad de más habladurías, y oyendo que hablaba solo, juzgó que

debía ser un hombre franco. Después de haberse aproximado á él le dijo:

“Por favor, caballero, ¿tendríais la bondad de decirme por qué lado se

va á Bérgamo?”.

--¿Á Bérgamo? por la puerta Oriental.

--Mil gracias; ¿y para ir á la puerta Oriental?

--Tomad esta calle á mano izquierda, encontraréis la plaza de la

catedral, y luego...

--Basta, caballero, ya sé lo demás; Dios os lo pague. Después de

lo cual se encaminó precipitadamente hacia el lado que le había

sido indicado. El interpelado le siguió un momento con la vista, y

combinando en su pensamiento aquel modo de andar con la pregunta, dijo

entre sí: ó ha hecho alguna, ó alguno se la quiere hacer.

Renzo llegó á la plaza de la catedral; la atravesó, pasó por el lado de

un montón de cenizas y carbones apagados, y reconoció los restos de la

hoguera, de la cual había sido espectador el día antes; pasó también

muy cerca de la escalinata de la expresada catedral, y vió el horno de

las muletas, medio destruido y guardado por soldados. Se dirigió vía

recta por la calle á la cual había sido arrastrado por la multitud;

llegó al convento de capuchinos, echó una ojeada á aquella plaza y á

la puerta de la iglesia, y se dijo interiormente: El fraile de ayer me

había dado, sin embargo, un buen consejo, el de esperar en la iglesia,

con el objeto de hacer algo bueno.

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 1 · 第 22 / 26 段