--¡Ah, vos estáis enterado también! replicó Renzo: pues es verdad.

¡Cuando las razones son justas!...

Aquí es indispensable todo el amor que profesamos hacia la verdad,

para hacernos proseguir fielmente una narración que honra tan poco

á un personaje tan principal, y casi podríamos decir, al héroe de

nuestra historia. Por esta misma razón de imparcialidad, debemos, sin

embargo, advertir, que es la primera vez que á Renzo le sucedía una

cosa semejante; y esto era precisamente la poca costumbre que tenía de

cometer excesos, siendo la causa, en gran parte, de que el primero le

fuese tan funesto. Los pocos vasos que había bebido al principio, unos

después de otros, contra su costumbre, ya sea para apagar el ardor de

su garganta, ya por cierta alteración de ánimo, que no le dejaba hacer

nada con medida, le subieron con presteza al cerebro: á un bebedor un

poco ejercitado no le hubiera producido otro efecto que quitarle la

sed. Sobre esto nuestro anónimo hace una observación, que nosotros

repetiremos, y valga lo que valiere. Los hábitos moderados y honestos,

dice, tienen también la ventaja de que, cuanto más inveterados y

arraigados están en un hombre, tanto más fácilmente, cuando él quiere

desviarse, se resiente al instante de ellos; de modo, que se acuerda

después por mucho tiempo, y una falta le sirve de lección.

Sea lo que quiera, cuando los vapores hubieron subido á la cabeza de

Renzo, vino y palabras continuaron aglomerándose, uno sobre otras, sin

regla ni concierto. En el momento en que lo hemos dejado, estaba ya

según podía. Sentía grandes deseos de hablar: oyentes, ó á lo menos

á los que podía tomar por tales, no faltaban; y por espacio de algún

tiempo, aunque las palabras habían venido sin hacerse de rogar, sin

embargo, se habían dejado colocar en un orden regular. Mas poco á poco

aquel cuidado de concluir las frases empezó á ser sumamente difícil.

La idea que se presentaba á su mente, viva y resuelta, se anublaba y

desvanecía de repente, y la palabra, después de haberse hecho aguardar

por un momento, no era ya la que venía al caso. En semejante angustia,

por uno de esos falsos instintos que en tantas ocasiones pierden á los

hombres, recurría á la bienaventurada botella; ¿pero qué auxilio podía

prestarle ésta en tales circunstancias? Que lo diga el que lo sepa.

Nosotros únicamente referiremos algunas de las muchísimas palabras

que dijo en aquella fatal noche; las muchas que omitimos desdicen

demasiado, porque no sólo no tienen sentido, sino tampoco visos de

tenerlo, condición necesaria en un libro impreso.

--¡Ah, patrón, patrón! Volvió á empezar dirigiendo la vista alrededor

de la mesa y bajo la campana de la chimenea, fijándola con frecuencia

en donde no estaba, y hablando siempre en medio del bullicio de la

compañía: aunque eres posadero no puedo digerir... la pregunta del

nombre, apellido y negocio. ¡Á un buen muchacho como yo!... No te has

portado bien. ¿Qué satisfacción, qué ventaja, qué gusto... de poner en

el papel á un pobre joven? ¿Digo bien, señores? Los posaderos debían

estar á favor de los pobres muchachos... Escucha, escucha, patrón;

quiero hacerte una comparación... por la razón... ¿se ríen, eh? Estoy

un poco alegre... pero digo las cosas bien. Dime, ¿qué es lo que

mantiene tu hostería? ¿Los pobres muchachos, no es verdad? Mira si esos

señores de las ordenanzas vienen nunca á tu casa á echar un trago.

--Es gente que no bebe más que agua, dijo uno que estaba próximo á

Renzo.

--Quieren estar en sí, añadió otro, para poder decir con más propiedad

mentiras.

--¡Ah! gritó Renzo, ya ha hablado el poeta. Oíd, pues, también vosotros

mis razones: responde tú igualmente, patrón. Y Ferrer, que es el mejor

de todos, ¿ha venido jamás aquí á echar un brindis y á gastar un solo

maravedí? ¿Y aquel perro asesino de don...? Me callo, porque tengo el

cerebro demasiado... Ferrer y el padre Crrr... Yo me entiendo, son

dos excelentes hombres; pero como éstos hay pocos. Los viejos son aún

peores que los jóvenes, y los jóvenes... son... peores aún que los

viejos. Sin embargo, estoy contento de que no haya habido sangre; éstas

son barbaridades que están únicamente reservadas para el verdugo. Pan,

¡oh! esto sí. Yo he recibido terribles empujones: pero... también los

he dado. ¡Paso! ¡Abundancia! ¡Viva!... y con todo, Ferrer también...

algunas palabritas en latín... _si es baraos trapalorum_... ¡Maldito

viejo! ¡Viva! ¡Justicia! ¡Pan! ¡ah! He aquí las palabras perfectas.

Allí quisiéramos esos hombres... cuando se dejó oir aquel maldito ton,

ton, ton, y después aún ton, ton, ton. No se trataba absolutamente de

huir entonces, sino de tener allí al cura: ¿sé acaso lo que me digo?

Á estas palabras bajó la cabeza, y permaneció algún tiempo como

absorto en una idea: después arrojó un gran suspiro y levantó la

frente, con los ojos inflamados, con una emoción tan violenta que,

¡ay del que la causaba si se hubiese presentado en aquel momento! Mas

aquellos hombres que habían ya empezado á divertirse con la elocuencia

apasionada y embrollada de Renzo, aún más se divertían con su aire

compungido. Los más cercanos decían á los otros: mirad; y todos se

volvían hacia él; tanto, que llegó á ser el hazme reir de la reunión.

No es decir por esto, que todos estuviesen en su sentido común, ó en

el que ellos tenían de ordinario; pero para decir verdad, ninguno

estaba tan falto de él como el pobre Renzo; y además de esto, hay

que tener en cuenta que era campesino. Se miraban unos á otros para

excitarlo con preguntas necias é impertinentes, y con cumplimientos

irónicos. Renzo, tan pronto lo tomaba á mal, como á risa; tan pronto,

sin hacer caso de todas aquellas voces, hablaba de otras cosas, ya

respondía, ya preguntaba, siempre al revés y sin sentido. Por fortuna,

en su desvanecimiento le había quedado, sin embargo, una especie de

discreción instintiva para no pronunciar los nombres de las personas;

de modo, que el que debía tener más profundamente grabado en su

memoria, no fué proferido en aquel sitio. Hubiéramos sufrido demasiado,

si ese nombre, hacia el cual experimentamos nosotros mismos un poco de

afecto y respeto, hubiese sido denigrado por aquellas infernales bocas,

y llegado á ser el juguete de aquellas malvadas lenguas.

NOTAS:

[15] Por el siguiente diálogo entre Renzo y el posadero, se comprenderá

que este último toma á aquél por un espía, pues en italiano, así como

en español, la palabra policía tiene dos distintas significaciones; á

saber: la de limpieza, aseo ó curiosidad, y la del cuerpo de agentes

del gobierno establecido para vigilar y mantener el orden público.

CAPÍTULO DECIMOQUINTO

Como viese el dueño de la hostería que el juego iba demasiado lejos, se

acercó á Renzo; suplicó con buenos modos á los otros que lo dejasen, y

lo sacudió por un brazo para tratar de hacerle entender y persuadirle

que se fuese á la cama. Mas Renzo volvía siempre á las andadas; esto

es, con el nombre y apellido, con las ordenanzas y con los buenos

muchachos. Pero las palabras _cama_ y _dormir_, repetidas á su oído,

le entraron finalmente en la cabeza; le hicieron experimentar un poco

más distintamente la necesidad de lo que significaban, y produjeron

un momento de lúcido intervalo. La poca razón que recobró, le hizo

entrever en cierto modo que la mayor parte se habían ido disipando poco

á poco, como la última bujía encendida deja ver las otras apagadas.

Tomó una resolución: extendió las manos y las apoyó sobre la mesa;

probó una ó dos veces de levantarse; suspiró, titubeó; al tercer

esfuerzo, ayudado por el posadero, se puso en pie. Éste, sosteniéndole

siempre, lo hizo salir de entre la mesa y el banco; tomó en una mano

la luz, y con la otra medio lo condujo, medio lo arrastró lo mejor

que pudo al lado de la escalera. Allí Renzo, al ruido de los saludos

que le enviaba á grandes gritos la tumultuosa asamblea, se volvió

precipitadamente; y si su apoyo no hubiese estado pronto á sostenerlo

por un brazo, hubiera dado una caída violenta. Volvióse, pues, y con el

brazo que le quedaba libre, iba trazando y describiendo en el aire, á

guisa de un nudo de Salomón.

--Vamos á la cama, á la cama, dijo el posadero arrastrándole; le hizo

entrar por la puerta que hemos citado, y con mucho trabajo lo pudo

hacer subir por una escalerita, la cual se dirigía al cuarto que se

le había destinado. Á la vista de la cama que le aguardaba, Renzo se

regocijó: miró afectuosamente al posadero con dos ojillos, que tan

pronto brillaban más que nunca, tan pronto se eclipsaban como dos

luciérnagas. Trató de equilibrarse sobre las piernas, y extendió la

mano hacia el rostro del huésped para cogerle las mejillas en señal de

amistad y reconocimiento: mas no pudo lograrlo. “¡Excelente patrón!

consiguió sin embargo decir; ahora veo que eres un hombre de bien;

ésta es una buena obra, dar una cama á un buen muchacho; pero lo que me

habéis hecho sobre el nombre y apellido, no era de un hombre honrado.

Por fortuna yo también soy astuto...”.

El posadero, que no creía que Renzo pudiese aún tener tanto

conocimiento; él, que sabía por una larga experiencia, cuán sujetos

están los hombres en el estado de embriaguez á cambiar súbitamente

de parecer, quiso aprovechar este lúcido intervalo para hacer otra

tentativa.--Mi querido hijo, dijo con una voz y con un ademán sumamente

cariñoso; no lo he hecho para importunaros, ni para saber vuestros

asuntos. ¿Qué queréis? hay una ley, es preciso que aun nosotros la

obedezcamos, pues de lo contrario, seríamos los primeros en pagar la

pena; es mucho mejor el contentarlos, y... al fin y al cabo, ¿de qué

se trata? de una friolera, de decir únicamente dos palabras; no por

ellos, sino para darme gusto: vamos, aquí entre nosotros, entre cuatro

ojos, hagamos nuestro negocio; decidme vuestro nombre, y... después id

á acostaros tranquilo.

--¡Ah, bribón! exclamó Renzo; ¡pillo! ¡me vienes todavía con la infamia

del nombre, apellido y negocios!

--Cállate, picarillo, vete á dormir, decía el posadero. Mas Renzo

continuaba con más fuerza: “Ya comprendo; tú eres también de la liga:

espera, espera que yo te arregle”. Y volviendo la cabeza hacia la

escalerilla, empezó á dar gritos con todas sus fuerzas: “¡Amigos míos!

el patrón es de la...”.

--Lo he dicho por broma, exclamó éste acercándose á Renzo y empujándolo

hacia la cama, por broma, ¿no has comprendido que lo he dicho por broma?

--¡Ah! por broma, ahora hablas bien; ya que tú lo has dicho por

broma... justamente son cosas de broma. Dicho lo cual cayó de bruces

sobre el lecho.

--Ánimo; desnudaos pronto, continuó el posadero, y al consejo añadió la

ayuda, que le era muy necesaria. Cuando Renzo se hubo quitado el jubón,

aquél, habiéndolo tomado, metió en seguida las manos en los bolsillos,

con el objeto de ver si estaban exhaustos. Los encontró, y pensando

que al día siguiente su parroquiano tendría otra cosa que hacer que

pagarle, y que la hacha caería probablemente en manos de donde él no

podría hacerla salir, quiso probar si á lo menos conseguía concluir ese

otro negocio.

--Vos sois un buen muchacho, un hombre honrado, ¿no es verdad? le dijo.

--Buen muchacho, hombre honrado, respondió Renzo, haciendo siempre

trabajar sus dedos con los botones de los calzones que no había aún

podido quitarse.

--Bien, replicó el posadero, saldad, pues, ahora esa cuentecita, porque

mañana tengo que salir á ciertos negocios...

--Esto es muy justo, dijo Renzo, al fin yo soy un hombre honrado,

aunque astuto; ¡mas los dineros! ¡ahora es preciso que yo los busque!

--Helos aquí, repuso aquél; y poniendo en obra todo su saber, toda

su paciencia, y toda su destreza, logró hacer la cuenta con Renzo y

hacerse pagar.

--Dadme una mano, patrón, para que yo pueda acabar de desnudarme, dijo

Renzo. Veis, yo también comprendo que tengo un grandísimo sueño.

El posadero le dió el auxilio que reclamaba; hizo más: extendió el

cobertor sobre él, y le dijo afectuosamente: buenas noches. Mas Renzo

roncaba ya. Después, por aquella especie de atracción que nos lleva

algunas veces á considerar un objeto de odio á la par de un objeto de

amor, y que acaso no es otra cosa que el deseo de conocer lo que obra

fuertemente sobre nuestro espíritu, se detuvo un momento á contemplar

aquel parroquiano tan enojoso para él, y levantando la luz sobre su

rostro, y haciéndola con la mano reverberar en él, en la actitud poco

más ó menos, en la cual nos pintan á Psyquis, cuando va á espiar

furtivamente las formas de su desconocido esposo: ¡Pedazo de asno! dijo

en su mente al infeliz dormido; ¡tú mismo te la has buscado: mañana,

pues, me sabrás decir qué gusto tendrá!... ¡Majaderos, que queréis ir

por el mundo sin saber de qué lado sale el sol, para confundiros á

vosotros mismos y al prójimo!

Esto dicho ó pensado, retiró la luz, se puso en movimiento, salió de

la habitación, y cerró la puerta con llave. Llegado á la meseta de

la escalera, llamó á la posadera, previniéndola que dejase sus hijos

al cuidado de su criada, y que bajase á la cocina á hacer sus veces.

Es preciso que yo salga, gracias á un viajero que ha llegado no sé

cómo diablos aquí, por mi desgracia, le dijo. En seguida le refirió

en compendio aquel enojoso contratiempo. Después añadió: ojo avizor,

y sobre todo, prudencia, que estamos en un día muy fatal. Tenemos

abajo una cuadrilla de desesperados, que entre el beber y entre que

naturalmente tienen la lengua larga, hablan de todo sin reparar.

¡Basta!... Si algún temerario...

--¡Oh! no soy niña, y sé lo que es preciso hacer. Hasta aquí, me parece

que no se puede decir.

--Bien, bien; á tratar de que paguen: con respecto á las conversaciones

que tengan sobre el vicario de la provisión, y el gobernador, y Ferrer,

y los decuriones, y los caballeros, y la España, y la Francia, y otras

necedades semejantes, haced como que no los entendéis; porque si se

les contradice, la cosa puede ir en seguida mal; y si se les da la

razón, puede por otro lado tener también malas consecuencias. Ya sabéis

que algunas veces los que dicen los más grandes disparates... basta;

cuando se oyen ciertas expresiones, lo mejor es volver la cabeza y

decir: allá voy, como si de otro lado llamase alguno. Además, trataré

de volver lo más pronto que pueda.

Dicho esto, bajó con aquélla á la cocina, echó una ojeada alrededor

para ver si había algo de nuevo, descolgó de un clavijero su sombrero y

su capa, tomó un bastón que estaba en uno de los rincones, y renovando

á su mujer, por medio de otra ojeada las instrucciones que le había

dado, salió. Mas al paso que hacía todas aquellas operaciones, había

vuelto á tomar en su interior el hilo del apóstrofe empezado en el

lecho del pobre Renzo, y lo continuaba á medida que iba andando por la

calle. ¡Campesino testarudo! Pues aunque Renzo hubiese querido ocultar

esta cualidad, se manifestaba en sus discursos, en su pronunciación,

en su aspecto y sus maneras. Un día como éste, á fuerza de política,

á fuerza de tener juicio, yo sacaba las manos limpias; ¡y era preciso

que vinieses tú al fin y al cabo á echarlo todo á perder! ¿Acaso faltan

posadas en Milán, para venir á dar precisamente á la mía? Á lo menos si

hubieras venido solo, hubiera cerrado un ojo por esta noche, y mañana

por la mañana te habría hecho entender la razón: pero no señor, viene

en compañía, ¿y de quién? ¡de un polizonte, para componerlo mejor!

Á cada paso, el patrón encontraba paseantes solitarios, ó cuadrillas,

ó grupos de gentes que discurrían por las calles hablando bajo. En el

presente estado de muda alocución, fué cuando vió venir una patrulla;

retirándose á un lado para dejarla pasar, la miró de reojo, y continuó

diciendo entre sí: he aquí el látigo de los tontos. Y tú, imbécil,

pedazo de asno, por haber visto un poco de pueblo en movimiento que

hacía un poco de ruido, se te ha metido en la cabeza que el mundo iba

á mudarse. Con este magnífico fundamento tú te has perdido, y quisiste

perderme á mí, que no era justo. Yo hacía todo lo posible por salvarte,

y tú, imbécil, en cambio, ha faltado muy poco para que no me hayas

revuelto la hostería de arriba abajo. Ahora te tocará el ver cómo vas

á salir del embarazo; tocante á mí, sabré prevenirme. ¡Como si yo

quisiese saber tu nombre por una mera curiosidad mía! ¿Qué importa que

te llames Tadeo ó Bartolomé? ¡Efectivamente, gozo mucho en tener la

pluma en la mano! Pero no sois vosotros solos los que queréis que las

cosas vayan á vuestro modo: demasiado sé también yo que hay ordenanzas

de las cuales no se hace ningún caso: ¡bella noticia para que uno

tenga necesidad de oírsela á un campesino! Mas tú no sabes que las

ordenanzas contra los dueños de posadas, sirven de algo. Quieres dar

vueltas al mundo y hablar, é ignoras que cuando se quiere hacerlo á su

modo y tener las ordenanzas en el bolsillo, lo primero es hablar con

mucho miramiento. ¿Y sabes tú, gran animal, lo que le sucedería á un

pobre posadero que fuese de tu opinión, y no preguntase el nombre del

que le hacía la gracia de favorecerle? _So pena á cualquiera de los

expresados posaderos, taberneros y demás, según se deja dicho arriba,

de trescientos escudos_... ¡Sí, se les cobrarán trescientos escudos, y

para gastarlos tan bien! _para ser aplicados, los dos tercios á la real

cámara, y el otro al acusador ó delator_: ¡qué angelito! _y en caso de

insolvencia, cinco años de galeras y mayor pena, pecuniaria ó corporal,

al arbitrio de su excelencia_. ¡Obligadísimo á sus favores!

Á estas palabras, el posadero pisaba el umbral del palacio de justicia.

Allí, como en todas las demás oficinas, había mucho que hacer; por

todas partes se atendía á dar las órdenes que parecían más propias á

prevenirlo todo para el día siguiente, á quitar todo pretexto á la

rebelión, á enfriar la audacia de los que desean nuevos desórdenes, y

asegurar la fuerza en las manos acostumbradas á emplearla. Se aumentó

el número de los soldados que guardaban la casa del vicario: las

bocacalles fueron atajadas con vigas atravesadas, atrincheradas con

carros. Se mandó á todos los horneros que trabajasen en hacer pan sin

descansar; se expidieron correos á los pueblos circunvecinos, con orden

de enviar trigo á la ciudad; se comisionaron nobles para que fuesen

á los hornos muy de mañana, á fin de que velasen la distribución del

pan, y contuviesen á los revoltosos, por la autoridad de su presencia

y buenas palabras. Pero para dar, como vulgarmente se dice, un golpe

en el aro y otro en el tonel, y para hacer más eficaces los consejos

con un poco de miedo, se pensó en el modo de echar mano á algunos

sediciosos. Este cuidado correspondía, principalmente, al capitán de

justicia, el cual, cualquiera puede figurarse con qué ojos vería las

insurrecciones y los insurrectos, con una venda de agua vulneraria que

llevaba sobre uno de los órganos de la profundidad metafísica. Sus

sabuesos se habían puesto en campaña desde el principio del tumulto; y

el consabido Ambrosio Fusella era, según ha dicho ya nuestro posadero,

un polizonte disfrazado, enviado para que diese vueltas con el objeto

de coger con las manos en la masa á alguno; como igualmente para

espiarlo, conocerlo y atraparlo, apoderándose de él por la noche,

cuando estuviese todo tranquilo, ó si no al día siguiente. Después de

haber oído cuatro palabras del famoso sermón de Renzo, le había echado

tontamente el fallo encima; pareciéndole un culpable excelente hombre,

justamente lo que él deseaba. Viendo en seguida, que había llegado

nuevamente de su pueblo, había intentado el golpe maestro de conducirlo

en caliente á la cárcel, como á la posada más segura de la ciudad;

mas el negocio le salió fallido, según hemos visto. Sin embargo, pudo

llevar á la policía las noticias seguras del nombre, apellido y patria,

además de otras muchas conjeturas que había hecho; de modo que, cuando

el posadero llegó á aquel punto para dar cuenta acerca de lo que sabía

de Renzo, tenían ya más noticias que él. Entró en la pieza acostumbrada

é hizo su deposición; alegó cómo un forastero había ido á hospedarse en

su casa y que no había querido manifestar su nombre.

--Habéis cumplido con vuestro deber en informar á la justicia, dijo un

escribano del crimen, abandonando la pluma; pero ya lo sabíamos.

--¡Gran secreto pensó el patrón! ¡se requiere un gran talento!

--Y también sabemos, continuó el escribano, ese respetuoso nombre.

¡Diablo! ¿el nombre también? ¿Cómo lo han hecho? pensó el posadero

esta vez.

--Mas vos, replicó el otro con grave semblante, vos no lo decís todo

sinceramente.

--¿Qué es lo que debo decir más?

--¡Ah, ah! Sabemos bien que ese hombre ha llevado á vuestra posada una

gran cantidad de pan robado, y robado con violencia, por medio del

saqueo y de la sedición.

--Viene uno con un pan en su faltriquera: ¿sé yo acaso adónde ha ido á

tomarlo? Porque si es preciso hablar como en el artículo de la muerte,

puedo decir no haberle visto más que un sólo pan.

--Ya; siempre excusándoos, defendiéndoos: el que os oiga á vosotros,

todos sois unos santos: ¿cómo podéis probar que aquel pan fué bien

adquirido?

--¿Cómo lo he de probar yo? En esto no me meto: yo soy posadero, y nada

más.

--Sin embargo, no podréis negar que vuestro parroquiano no haya tenido

la temeridad de proferir palabras injuriosas contra las ordenanzas, y

de hacer ademanes perjudiciales é indecentes contra las armas de su

excelencia.

--Vuestra señoría me permitirá que le diga: ¿cómo puede ser uno de mis

parroquianos, si lo he visto ahora por primera vez? Precisamente es el

diablo, salvo vuestro respeto, el que lo ha mandado á mi casa; y si

yo le hubiese conocido, vuestra señoría sabe muy bien que no hubiera

tenido necesidad de preguntarle su nombre.

--Á pesar de todo, en vuestra posada, á presencia vuestra, se han

promovido proyectos incendiarios, palabras temerarias, proposiciones

sediciosas, murmuraciones, gritos, quejas.

--¿Cómo quiere vuestra señoría que yo atienda á los disparates que

pueden decir tantos alborotadores que hablan todos á la vez? Yo no debo

mirar más que mis intereses, pues que soy un infeliz: y después vuestra

señoría no ignora que el que tiene la lengua suelta, por lo regular

tiene las manos ligeras, tanto más, cuanto que eran una cuadrilla, y...

--Sí, sí, dejadle hacer y decir; ¡mañana, mañana veréis si les habrá

pasado ya la tontería! ¿Qué creéis vos?

--Yo no creo nada.

--¿Que la canalla se haga dueña de Milán?

--¡Oh, justamente!

--¡Veréis, veréis!

--Comprendo muy bien: el rey será siempre el rey; pero el que habrá

recibido, se quedará con ello; y naturalmente un pobre padre de familia

no tiene deseos de recibir. Vuestras señorías tienen la fuerza; á

vosotros es á quienes os toca...

--¿Tenéis aún mucha gente en casa?

--Un montón.

--Y vuestro parroquiano, ¿qué hace? ¿continúa alborotando, exaltando la

gente, y preparando desórdenes para mañana?

--¿El forastero, quiere decir vuestra señoría? Se ha ido á acostar.

--¿Tenéis, pues, mucha gente?... ¡Basta! procurad no dejarle escapar.

¿Debo yo acaso hacer de esbirro? pensó el posadero; mas no dijo ni

sí, ni no.

--Volveos á vuestra casa, y sed prudente, replicó el escribano.

--Siempre lo he sido; vuestra señoría puede decir si jamás he dado

quehacer á la justicia.

--Y no creáis que ésta haya perdido su fuerza.

--¡Yo! ¡por caridad! no creo nada; no soy más que un posadero.

--La canción de costumbre; jamás tenéis otra cosa que decir.

--¿Qué he de decir? La verdad desnuda.

--¡Basta por hoy! Lo que habéis depuesto no es suficiente; luego

veremos el negocio, é informaréis más ampliamente acerca de lo que os

podrá ser preguntado.

--¿Qué he de deponer yo? nada sé; apenas tengo cabeza para atender á

mis quehaceres.

--Guardaos bien de dejarlo partir.

--Espero que el ilustrísimo señor capitán sabrá que he venido

prontamente á cumplir con mi deber. Beso á vuestra señoría las manos.

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 1 · 第 21 / 26 段