Entretanto el sol se encaminaba al ocaso; los objetos iban volviéndose

todos de un mismo color; y muchas gentes, fatigadas de la jornada y

fastidiadas de hablar en la oscuridad, se volvían á casa. Nuestro

joven, después de haber ayudado el paso de la carroza hasta el sitio

en que había tenido necesidad de ayuda, después de haberla seguido y

pasado entre las filas de soldados como en triunfo, se alegró cuando

la vió correr libremente y fuera de todo peligro. Siguió un momento

su camino en compañía de la multitud, y salió de en medio de ésta á

la primera bocacalle que se le presentó, para respirar también con

un poco más de libertad. Apenas hubo dado algunos pasos en medio de

la agitación de tantos sentimientos, de tantas imágenes recientes

y confusas, experimentó un gran deseo de comer y reposar. Empezó á

levantar su vista por todas partes, buscando una muestra de hostería,

ya que era demasiado tarde para encaminarse al convento de capuchinos.

Así, andando con la cabeza levantada, se encontró de manos á boca al

lado de un grupo, y habiéndose parado, oye que discurrían acerca de

conjeturas, de proyectos, para el día siguiente. Después de haber

permanecido un momento escuchando, no pudo dejar de manifestar

también su parecer, calculando que podía, sin presunción, proponer

alguna cosa el que tanto había hecho. Persuadido por todo lo que había

visto en aquel día, que en adelante para llevar á efecto cualquier

proyecto, bastaba que cayese en gracia á los que discurrían por las

calles: “Señores, gritó en tono de exordio, ¿puedo yo decir también

mi humilde parecer? El mío es el siguiente: no es únicamente en el

negocio del pan con el cual se cometen bribonadas; y pues que hoy

se ha visto claramente, que en haciéndose oir se obtiene justicia,

es necesario marchar adelante de este modo, á fin de que se ponga

remedio á todas las demás maldades, y hasta que el mundo vaya un poco

más cristianamente. ¿No es verdad, señores, que hay una cuadrilla de

tiranos que cumplen justamente al revés los diez mandamientos de la ley

de Dios, y vienen á buscar á la gente pacífica que no piensa en ellos,

para hacerles toda especie de daños, y al fin y al cabo, tienen siempre

razón? ¿Y aun cuando han cometido una maldad mayor que la de ordinario,

andan con más orgullo de lo que les convendría tener? Aun aquí, en

Milán, debe haber algunos”.

--Demasiados, dijo una voz.

--Ya lo decía yo, repuso Renzo; tales historias llegan hasta nosotros,

y después la cosa misma lo dice. Supongamos, por ejemplo, que

cualquiera de los que yo quiero decir esté un poco en el campo y otro

poco en Milán; si es un diablo allí, me parece que no deberá ser un

ángel aquí; y si no, ¡decidme, señores, si habéis visto uno de ésos

con el aire á lo Ferrer! Y lo que es peor aún, que hay ordenanzas

impresas para castigarlos, y no como quiera, sino hechas completamente

bien, tanto que no se podrían encontrar mejores; en ellas se designan

claramente las bribonadas como son en sí, y cada una tiene su buen

castigo; y allí dice: sea quien sea, villano ó plebeyo, y qué sé yo

qué más. Ahora, id á decir á los doctores, escribas y fariseos que os

hagan justicia según canta la ordenanza: os escuchan como el papa á

los bribones; ¡es cosa de hacer perder el juicio á cualquier hombre de

bien! Se ve, pues, claramente que el rey y los que mandan quisieran

que los bribones fuesen castigados; pero no se adelanta nada, porque

aquí hay una liga. Es, pues, preciso romperla; es necesario ir mañana

á ver á Ferrer, el cual es un excelente sujeto, un señor completo: hoy

se ha podido ver cuán satisfecho estaba de hallarse entre los pobres;

cómo trataba de oir lo que se decía, y con qué afabilidad contestaba!

Es indispensable ir á casa de Ferrer, y decirle cómo van las cosas,

y yo por mi parte se las puedo contar muy buenas; yo mismo, que he

visto una ordenanza con tantas armas encima, y hecha por tres de los

que pueden, cada uno de los cuales tenía estampado perfectamente su

nombre debajo de ella; y uno de estos nombres era Ferrer, visto por

mí, repito, con mis propios ojos. Así, pues, dicha ordenanza me daba

justamente la razón; en consecuencia fuí á ver á un doctor para decirle

que procurase el que se me hiciese justicia, conforme á la intención

de aquellos tres señores, entre los cuales estaba también Ferrer; pero

¡ah! lo que es digno de notarse, que para el expresado señor doctor que

me había manifestado él mismo la ordenanza, parecía que yo le hablase

como un loco. Estoy seguro que cuando ese excelente anciano oiga tan

buenas cosas, porque no puede saberlas todas, especialmente las de

fuera, no querrá que el mundo vaya así, y pondrá un buen remedio; y

luego como ellos hacen las ordenanzas, deben tener deseos de que se

obedezcan, pues de lo contrario es un desprecio, un epitafio á su

nombre el no hacer ningún caso. Y si los prepotentes no quieren bajar

la cabeza, y le vuelven loco, nosotros estamos aquí para ayudarle,

según hemos hecho hoy. No quiero decir que tenga que ir dando vueltas

en su carruaje para atrapar y enjaular en ella á todos los bribones,

_prepotentes_ y tiranos; ¡ja ja! para esto sería preciso el arca de

Noé. Es indispensable que mande á aquéllos á quienes corresponda, no

sólo en Milán, sino en todas partes; que hagan cumplir las cosas según

previenen las ordenanzas, entablando un buen proceso á todos los que

han cometido las referidas necedades; y en donde dice prisión, prisión;

debe decir galeras, galeras; intimando á los podestás que hagan su

deber, y de no, mandarlos á paseo, y poner otros mejores; y luego,

repito, nosotros estaremos aquí para darle la mano: ordenando también

á los doctores que escuchen á los pobres y defiendan su derecho. ¿Digo

bien, señores?

Renzo había hablado tan de corazón, que desde que empezó su exordio,

una gran parte de los que estaban reunidos habían suspendido todo otro

discurso; se habían vuelto hacia él, y hasta cierto punto todos se

habían convertido en oyentes suyos. Un confuso clamoreo de aplausos,

de “_bravo_; seguramente tiene razón; es demasiado cierto”, fué como

la respuesta á su arenga. Sin embargo, no faltaron críticos. “¡Eh! sí,

decía uno, dad oídos á esos campesinos; todos ellos son abogados”, y

se iba. “Ahora, murmuraba otro, cualquier descamisado querrá decir la

suya, y con esta rabia de meter la carne al fuego, no se pondrá el pan

barato; ésta es, por tanto, la causa por la cual nos hemos puesto en

movimiento”. Con todo, Renzo no oyó más que los cumplimientos: quien

le cogía una mano, quien le cogía la otra.--Hasta la vista; hasta

mañana.--¿Dónde?--En la plaza de la Catedral.--Está bien.--¿Y se hará

algo?--Se hará.

--¿Quién de estos buenos señores querrá enseñarme una hostería, para

comer un bocado y dormir como un buen muchacho? dijo Renzo.

--Aquí me tenéis dispuesto á serviros, excelente joven, dijo uno que

había escuchado atentamente el sermón, y aún no había desplegado

sus labios. Justamente sé una hostería que os hará al caso, y os

recomendaré al dueño, que es amigo mío y muy hombre de bien.

--¿Aquí cerca? preguntó Renzo. “Poco distante”, respondió aquél.

La reunión se dispersó; y Renzo, después de muchos apretones de manos

desconocidas, echó á andar con el incógnito, dándole gracias por su

cortesía.

--¿De qué? decía aquél: una mano lava la otra, y ambas la cara. ¿No

estamos, por ventura, obligados á servir al prójimo? Y á medida que

iban andando, hacía á Renzo, como quien no quiere la cosa, ya una

pregunta, ya otra.--Esto no es por saber vuestras cosas, sino porque me

parece que estáis muy cansado: ¿de qué pueblo venís?

--Vengo, contestó Renzo, desde... desde Lecco.

--¿Desde Lecco? ¿sois de Lecco?

--De Lecco... es decir, del territorio.

--¡Pobre joven! Por todo lo que he podido entender de vuestras

palabras, me parece que os han hecho cosas muy grandes.

--¡Eh, mi caro y digno amigo! He debido hablar con un poco de

discreción para no decir en público mis negocios; mas... basta, algún

día se sabrá, y entonces... Pero allí veo una muestra de hostería, y á

fe mía no tengo ganas de ir más lejos.

--¡No, no: venid adonde os he dicho; falta poco! dijo el guía; aquí no

estaréis bien.

--¡Oh, sí! repuso el joven, no soy un señorito acostumbrado á estar

dentro de un escaparate: un pedazo de cualquier cosa que me den para

refrigerar el estómago y un poco de paja, me bastan: lo que yo deseo es

encontrar pronto una cosa y otra. Dios os guarde. Y entró por una gran

puerta, sobre la cual campeaba la muestra de la _luna llena_.

--Está bien: os acompañaré, ya que así lo queréis, dijo el desconocido,

y le siguió.

--Sentiría que os incomodarais más, repuso Renzo; sin embargo, añadió,

hacedme el gusto de venir á beber una copa conmigo.

--Aceptaré el favor que me dispensáis, contestó aquél, y se encaminó,

como más práctico de aquel paraje, delante de Renzo, por un patiecillo;

se acercó á la puerta que daba á la cocina, levantó el picaporte,

abrió y entró con su compañero. Dos candiles pendientes de dos estacas

clavadas al través de las vigas del techo, esparcían una opaca luz.

Mucha gente no ociosa, estaba sentada sobre dos bancos colocados á un

lado y á otro de una larga y estrecha mesa que ocupaba casi toda una

parte de la habitación; por intervalos se veían manteles y platos; de

cuando en cuando naipes vueltos y volver, dados echados y recogidos;

por todas partes botellas y vasos. Veíanse también correr sobre la mesa

_berlinghe_ reales y _parpagliole_, que si hubiesen podido hablar,

habrían dicho, probablemente: “esta mañana estábamos en el cajón de

algún panadero ó en los bolsillos de algunos espectadores del tumulto,

que enteramente ocupados en ver cómo irían los negocios públicos,

olvidaban vigilar los suyos particulares”. El estrépito era grande:

un muchacho no hacía otra cosa más que ir y venir, todo azorado, para

servir á un tiempo la mesa grande y las pequeñas; el dueño de la

hostería estaba sentado bajo la campana de la chimenea, ocupado en la

apariencia en hacer y deshacer con las tenazas ciertas figuras en la

ceniza, pero en realidad muy atento á todo lo que pasaba en torno de

sí. Al ruido del picaporte se levantó y se dirigió al encuentro de

los recién venidos. Cuando hubo visto al guía, “¡maldito seas!, dijo

interiormente; ¡que hayas de venir siempre á atravesarte cuando menos

quisiera!”. Después, lanzando apresuradamente una mirada á Renzo, pensó

aun: “no te conozco; pero viniendo con tal cazador, serás ó perro

ó liebre: cuando hayas pronunciado sólo dos palabras, sabré á qué

atenerme”. Sin embargo, ninguna de aquellas reflexiones se traslucía

en el semblante del posadero, el cual, estaba inmóvil como un retrato:

su cara era llena y reluciente, con una barba espesa y rojiza, y dos

ojillos claros y fijos.

--¿Qué mandan estos señores? dijo en alta voz.

--Primeramente una gran botella de vino bueno, dijo Renzo, y después

alguna cosilla que comer. Así diciendo se fué á sentar en un banco, á

uno de los extremos de la mesa, y arrojó un sonoro y prolongado ¡ah!

como si hubiese querido decir: ¡qué bueno es un pedacito de banco

después de haber estado tanto tiempo en pie y de negocios! Pero de

pronto le vino á la imaginación aquel banco y aquella mesa, en el

cual se había sentado la última vez con Lucía y con Inés, y lanzó

un suspiro. En seguida sacudió la cabeza como para desechar aquel

pensamiento, y vió venir al posadero con el vino. El compañero se había

sentado enfrente de Renzo; éste le echó de beber al momento, diciendo:

“para remojar los labios”; y habiendo llenado el otro vaso, lo apuró de

un sorbo.

--¿Qué me vais á dar de comer? dijo en seguida al huésped.

--Un excelente plato de estofado: ¿os gusta? dijo éste.

--Sí señor; ¡magnífico! Id por él.

--Seréis servido, dijo el huésped á Renzo; y volviéndose al mozo

continuó: servid á este forastero. Mas... replicó al instante,

dirigiéndose de nuevo hacia Renzo; mas pan, hoy no tengo.

--¡Pan! dijo Renzo en alta voz y riendo, la Providencia ya ha pensado

en él. Sacó el tercero y último de los panes que había recogido bajo

la cruz de S. Dionisio, y lo levantó gritando: He aquí el pan de la

Providencia.

Á dicha exclamación muchos se volvieron, y viendo aquel trofeo en el

aire, uno de ellos gritó: “¡Viva el pan barato!”.

--¡Barato! dijo Renzo, _gratis et amore_.

--Esto es aún mejor, mucho mejor.

--Pero, añadió en seguida, no quisiera que estos señores pensaran

mal de mí: no es que yo lo haya, como se suele decir, arañado: lo he

hallado en el suelo; y si pudiese encontrar todavía á su dueño, estoy

pronto á pagárselo.

--¡Bravo, bravo! exclamaron los compañeros riéndose fuertemente, á

ninguno de los cuales se le pasó por la imaginación que aquellas

palabras fuesen dichas de veras.

--Creéis que me chanceo, mas es realmente así, dijo Renzo á su guía;

y haciendo dar vueltas al pan en sus manos, añadió: mirad cómo lo han

arreglado; parece una torta; mas éstos no eran del prójimo; si hubiesen

sido hallados por aquellos que tienen la dentadura un poco delicada,

hubieran estado frescos. Y súbitamente, habiendo devorado tres ó

cuatro pedazos de dicho pan, los remojó con un segundo vaso de vino,

y añadió: este pan, por sí solo no quiere pasar; nunca he tenido la

garganta tan seca: ¡ya se ve, si he gritado tanto!

--Preparad una buena cama para este joven, dijo el guía; porque tiene

intención de dormir aquí.

--¿Queréis dormir aquí? preguntó el huésped á Renzo, acercándose á la

mesa.

--Seguramente, contestó Renzo, una cama cualquiera que sea; basta que

las sábanas sean limpias, pues aunque soy un infeliz muchacho, estoy

acostumbrado á la policía[15].

--¡Oh! en cuanto á esto... dijo el huésped, dirigiéndose al armario

que estaba en un rincón de la cocina, y volviendo con un tintero y un

pedazo de papel blanco en una mano y una pluma en la otra.

--¿Qué quiere decir esto? exclamó Renzo, tragando un pedazo de carne

estofada que el mozo le había puesto delante; y sonriéndose luego con

aire admirado añadió: ¿es la sábana limpia esto?

El huésped, sin contestar, puso sobre la mesa el tintero y el papel,

apoyó después sobre la misma el codo derecho y el brazo izquierdo,

y con la pluma en la mano y el rostro vuelto hacia Renzo, le dijo:

hacedme el favor de decir vuestro nombre, apellido y naturaleza.

--¿Qué es esto? replicó Renzo, ¿qué tienen que ver esas historias con

la cama?

--Cumplo con mi deber, dijo el posadero, mirando al guía: nosotros

estamos obligados á dar parte de todas las personas que vienen á

alojarse á nuestras casas: _nombre y apellido, y de qué nación sea,

á qué negocio viene, si tiene armas consigo... cuánto tiempo ha

de permanecer en esta ciudad_... son las palabras textuales de la

ordenanza.

Antes de contestar, Renzo se echó al coleto otro vaso; era el tercero,

y dentro de poco, temo que perderemos la cuenta. Después dijo: “¡Ah,

ah! ¡tenéis la ordenanza! yo me precio de ser doctor en leyes, y sé el

caso que se hace de las ordenanzas”.

--Hablo de veras, repuso el dueño de la hostería, mirando siempre al

mudo compañero de Renzo; y encaminándose de nuevo al armario, tiró de

un cajoncito, y sacó un gran papel envuelto, un ejemplar justamente de

la ordenanza, el que fué á desplegarlo á la vista de Renzo.

--¡Ah! he aquí, exclamó éste, alzando con una mano el vaso lleno

de nuevo, apurándole de un trago, y extendiendo en seguida la otra

señalando con el índice la ordenanza desenrollada. He aquí esta

bella hoja de misal; me alegro muchísimo, conozco bien las armas; sé

lo que quiere decir esta figura de pagano con la cadena al cuello.

(Al encabezamiento de las ordenanzas se ponían entonces las armas del

gobernador, y en las de D. Gonzalo Fernández de Córdoba, se destacaba

un rey moro encadenado por la garganta). Dicha figura significa: mande

quien pueda, y obedezca quien quiera. Cuando esta figura haya enviado á

galeras al señor don... basta; yo me lo sé, como dice en otro papelucho

compañero de éste; cuando haya hecho de manera que un joven honrado

pueda desposarse con una muchacha también honrada, que lo quiere

libremente y de buen grado, entonces le diré mi nombre á esa figura,

y además en pago le daré un beso. Puedo tener poderosas razones para

callar mi nombre. ¡Estaría bueno! Y si un malvado que tuviera bajo sus

órdenes á una cuadrilla de bribones... porque... si estuviera solo;

aquí concluye la frase con un gesto. Si un malvado quisiese saber en

dónde estoy para jugarme una mala pasada, pregunto yo, ¿si esta figura

se movería para ayudarme? ¿Tengo por ventura que dar parte de mis

cosas? ¡Ésta sí que es nueva! Supongamos que he venido á confesarme á

Milán; pero quiero que me confiese luego un padre capuchino y no un

posadero.

Éste seguía mirando al guía, el cual no hacía ninguna especie de

demostración. Renzo, disgustado, apuró otro vaso, y prosiguió: “Te

daré una razón, mi caro huésped, que te convencerá. Si las ordenanzas

que hablan bien en favor de los buenos cristianos no valen nada, mucho

menos deben valer las que hablan mal. Quítame, pues, de delante todos

estos enredos, y traedme en su lugar otra botella, pues que ésta da ya

las últimas boqueadas”. Así, diciendo, la golpeó ligeramente con los

nudillos, y añadió: escucha, huésped, escucha cómo suena.

Renzo se había vuelto á atraer poco á poco la atención de los que

estaban á su alrededor, y otra vez fué aplaudido también por su

auditorio.

--¿Qué debo hacer? dijo el huésped, mirando al desconocido que no era

tal para él.

--¡Vamos, vamos! gritaron muchos de los compañeros: este joven tiene

razón; todo son vejaciones, fraudes é impedimentos: desde ahora, leyes

nuevas, leyes nuevas.

En medio de aquellos gritos, el desconocido, lanzando al huésped una

mirada de reconvención, por su pregunta demasiado manifiesta, dijo:

“Dejadle un poco obrar á su modo; no mováis escándalo”.

--He cumplido con mi deber, repuso el huésped en alta voz, y después

interiormente: ahora ya estoy á cubierto. Y tomó el papel, la pluma,

el tintero, la ordenanza y la botella vacía para dársela al mozo.

--Trae del mismo, dijo Renzo, que lo encuentro excelente, y lo

enviaremos á dormir como el otro sin preguntarle nombre y apellido, ni

de qué país es, ni lo que viene á hacer aquí, ni si ha de estar poco ó

mucho en esta ciudad.

--Del mismo, dijo el huésped al mozo, dándole la botella, y volvió á

sentarse bajo la campana de la chimenea. No es otra cosa más que una

liebre, pensaba éste, enredando siempre con la ceniza; ¡y en qué manos

has ido á caer, pedazo de asno! Si quieres ahogarte, ahógate; mas el

dueño de la _Luna llena_ no debe ir á meterse en medio por tus locuras.

Renzo dió las gracias á su guía y á todos los que habían sido de su

partido. “¡Excelentes amigos! exclamó: ahora deseo que los hombres

de bien se den la mano y se sostengan”. En seguida, pegando con la

palma de la mano sobre la mesa, y colocándose de nuevo en actitud de

predicador, “¡qué cosa tan particular! exclamó, que todos aquellos que

conducen los negocios del mundo quieren hacer entrar en todo y por todo

el papel, la pluma y el tintero! ¡siempre la pluma en el aire! ¡Qué

manía tienen esos señores de servirse de la pluma!”.

--¡Eh! excelente forastero, ¿queréis saber la razón? dijo riendo uno

de los jugadores que ganaba.

--Veamos, repuso Renzo.

--La razón es, que como esos señores comen gansos, se encuentran con

tantas y tantas plumas, que es indispensable hagan de ellas alguna cosa.

Todos se echaron á reir, á excepción del compañero que perdía.

--¡Oh, oh! dijo Renzo; ¡aquél es un poeta! ¡También tenéis aquí poetas!

¡en el día nacen por todas partes! Yo también tengo una vena, y algunas

veces digo algunas bellas... pero cuando las cosas van bien.

Para comprender este chiste del pobre Renzo, es preciso saber que á

los ojos del vulgo de Milán, y sobre todo á los de sus alrededores, la

palabra _poeta_ no significaba ya entonces, como para todos los hombres

ilustrados, un ingenio sublime, un habitante del Pindo, un discípulo de

las musas, sino al contrario, un cerebro extravagante y lunático, que

en sus palabras tenía más de picante y de singular, que de razonable.

¡De tal modo los que echan á perder al vulgo, se han atrevido á

violentar las palabras y hacerle decir las cosas más lejanas de su

legítimo significado! Pues yo pregunto: ¿qué tiene de común la palabra

_poeta_ con el cerebro lunático?

--Mas yo diré la verdadera razón, añadió Renzo; es porque la pluma

la tienen ellos; y así las palabras que dicen, vuelan al instante y

desaparecen; por el contrario, están muy atentos á los menores dichos

de un pobre muchacho; y pronto, pronto los enfilan con aquella pluma y

los clavan sobre el papel, para servirse de ellos á su debido lugar y

tiempo. Tienen, además, también otra malicia: cuando quieren confundir

á un infeliz joven que no sabe leer, pero que tiene un poco de... yo

me entiendo perfectamente... y para hacerse comprender se pegaba en

la frente con el extremo del índice; y cuando conocen que él empieza

á entender el enredo, zas, meten en la conversación algunas palabras

en latín, para hacerle perder el hilo y embrollarle la cabeza. ¡Basta!

Es indispensable que desaparezca dicha costumbre. Hoy, á buena cuenta,

se ha hecho todo vulgarmente, sin papel, pluma ni tintero: mañana, si

el pueblo sabe gobernarse, se hará mejor aún, sin tocar un cabello á

ninguno, y todo con justicia.

Entretanto algunos de los compañeros se habían puesto á jugar, otros

á comer, muchos á gritar; algunos también se iban, y otros venían. El

posadero atendía á todos; pero esto no tiene nada que ver con nuestra

historia. El incógnito guía no hacía ademán de irse; no tenía, al

parecer, ningún quehacer allí, y sin embargo, no quería partir sin

haber conversado otro poco con Renzo, en particular: volvióse hacia

él, tocó de nuevo la conversación acerca del pan; y después de algunas

de aquellas frases que de algún tiempo corrían por todas las bocas,

puso en ejecución su proyecto.

--¡Ah! si yo mandase, ya encontraría el medio de arreglar las cosas.

--¿Cómo lo haríais? dijo Renzo, mirándole con los ojos más brillantes

que de ordinario, y torciendo un poco la boca, como para prestar más

atención.

--¿Cómo lo haría? contestó aquél; querría que hubiese pan para todo el

mundo, tanto para los pobres como para los ricos.

--¡Ah! muy bien, replicó Renzo.

--He aquí cómo: una tarifa razonable, al alcance de todos, y después

distribuir el pan en razón de las bocas; porque hay golosos indiscretos

que lo quieren todo para ellos; todo lo pillan, lo arañan todo, y

después falta el pan á los pobres. Es indispensable, dividir el pan;

¿y cómo se hace? del modo siguiente: dando una tarjeta á cada familia

en proporción de las bocas, para ir á tomar el pan á las panaderías. Á

mí, por ejemplo, debería dárseme una tarjeta en esta forma: Ambrosio

Fusella, espadero de profesión, con mujer y cuatro hijos, todos en edad

de comer pan (notad bien esto), que se les dé tal cantidad, y que pague

tanto. Pero sería preciso hacer las cosas justas, siempre en razón

de las bocas. Á vos, supongamos, deberían daros una tarjeta para...

¿vuestro nombre?

--Lorenzo Tramaglino, dijo el joven; el cual desvanecido con el

proyecto, no reflexionaba que estaba fundado sobre el papel, la pluma y

la tinta; y que para ponerlo en ejecución, la primera cosa era recoger

los nombres de las personas.

--Muy bien, dijo el desconocido; pero ¿tenéis mujer é hijos?

--Bien debería... hijos, no... es demasiado pronto... pero mujer... si

el mundo fuese como debía ser...

--¡Ah, sois solo! pues tened paciencia, se os daría una porción más

pequeña.

--Es justo; mas si pronto, como espero... y con el auxilio de Dios...

basta: ¿y cuando tuviese también mujer?...

--Entonces se cambia la tarjeta, y se aumenta la porción, según ya

os he dicho; siempre en razón de las bocas, dijo el desconocido

levantándose.

--Así estaría muy bien, exclamó Renzo, y continuó gritando y dando

puñadas sobre la mesa: ¿y por qué no hacen una ley de este modo?

--¿Qué queréis que os diga? Entretanto os deseo una buena noche, y me

voy, porque pienso que mi mujer é hijos me esperarán hace ya tiempo.

--Otro trago, otro trago, gritaba Renzo, llenando precipitadamente

el vaso de aquél: y habiéndose levantado de súbito, lo cogió por un

extremo del jubón, y tirándole con todas sus fuerzas para hacerlo

sentar de nuevo, repitió: otro traguito, no me hagáis este desprecio.

Mas el amigo se libró por medio de una sacudida; luego, dejando hacer á

Renzo un diluvio de instancias y de reconvenciones, le dijo de nuevo:

“Buenas noches”, y partió. Renzo seguía aún hablándole, cuando aquél

estaba ya en la calle, después de lo cual cayó desplomado sobre el

banco. Fijó los ojos sobre aquel vaso que había llenado; y viendo pasar

por delante de la mesa al mozo, le hizo señas de que se parase, como

si tuviera que comunicarle alguna cosa importante: le enseñó el vaso,

y con pronunciación lenta y solemne, acentuando las palabras de cierto

modo particular, dijo: “¡Helo aquí! Lo había preparado para aquel

buen hombre; mirad, está lleno enteramente: es de amigo, mas él no le

ha querido; á veces, la gente tiene ideas singulares; yo no tengo la

culpa; mi buen corazón lo ha manifestado: ahora, ya que la cosa está

hecha, es preciso no dejarla perder”. Dicho esto lo tomó y lo apuró de

un trago.

--Quedo enterado, dijo el mozo yéndose.

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 1 · 第 20 / 26 段