no se hayan puesto de acuerdo, la conformidad de las voluntades crea
un concierto súbito en las operaciones. Lo que compone en seguida la
masa, y casi lo material del tumulto, es una mezcolanza accidental
de hombres, que por gradaciones más ó menos indefinidas, tienden á
uno ú otro extremo un poco acalorados, un tanto malvados, en cierto
modo inclinados á la justicia, según ellos la entienden, deseosos de
ver alguna infamia, dispuestos á la ferocidad y á la misericordia,
á la execración y á la adoración, según se presenta la ocasión de
experimentar plenamente uno ú otro sentimiento, ávidos á cada momento
de saber, de creer alguna cosa extraña, ansiosos de gritar, de
aplaudir á alguno, ó de quejarse. _Viva_ ó _muera_, son las palabras
que pronuncian de mejor gana: si alguno ha logrado persuadirles que
cierto individuo no merece ser descuartizado, no hay necesidad de
hablar más para convencerles de que es digno de ser llevado en triunfo.
Autores, espectadores, instrumentos, obstáculos, todo va según el
viento; prontos, igualmente á callarse cuando nadie levanta el grito, á
desistir de la empresa, cuando faltan los instigadores, á desbandarse,
cuando muchas voces de acuerdo y no contradichas, exclaman: “vámonos”,
y al volverse á su casa se preguntan unos á otros: ¿qué ha sido esto?
Sin embargo, como en tales ocurrencias dicha masa tiene la mayor
fuerza, la puede dar á quien quiera, y cada uno de los dos partidos
activos usa de toda su habilidad para atraer al otro, en una palabra,
para hacerse dueño; son como dos almas enemigas, que combaten por
entrar en aquel gran cuerpo y hacerlo mover: procuran buscar el que
sepa esparcir mejor las voces más propias para excitar las pasiones,
para dirigir los movimientos á uno ú otro intento; el que sepa
encontrar más á propósito las noticias que exciten la indignación ó la
atemperen, que revelen las esperanzas ó los temores; el que sepa hallar
el grito que repetido de boca en boca exprima, atestigüe, y forme al
mismo tiempo el voto de la mayoría por uno ú otro partido.
Hemos hecho este largo y pesado discurso para tratar de decir que en
la lucha entre los dos partidos que se disputaban el voto de la gente
agrupada delante de la casa del vicario, la aparición de Antonio Ferrer
dió casi en un momento una gran ventaja al partido de los humanos, el
cual estaba manifiestamente debajo, y á poco que hubiese tardado aquel
socorro, no hubiera tenido tiempo, fuerza ni motivo de combatir. El
hombre era agradable á la multitud á causa de aquella tarifa inventada
por él, tan favorable á los compradores, y por su heroica resistencia
contra todo razonamiento contrario. Los ánimos, ya propensos, estaban
entonces ya más enamorados de la valerosa confianza de un anciano
que sin guardias, sin aparato, venía á buscar y á encararse con una
multitud irritada y procelosa. Además, la voz de que venía á prender
al vicario hacía un efecto admirable; así es que el furor contra este
desgraciado se hubiera aumentado de un modo más terrible si hubiese
venido á arrostrarlo y si le hubiese querido hacer alguna concesión;
pero con la promesa de satisfacción, ó por decir como los milaneses,
con el hueso en la boca, aquél se calmaba un poco y daba lugar á los
demás sentimientos opuestos que surgían en una gran parte de los ánimos.
Los partidarios de la paz, habiendo tomado aliento, secundaban á Ferrer
de mil modos: los que se encontraban cerca de él excitaban á cada
momento por medio de sus aplausos los del público, y buscaban al propio
tiempo el modo de hacer retirar la gente para abrir paso al carruaje;
los otros, aplaudiendo, repetían y hacían correr sus palabras, ó las
que les parecía que se podían decir mejor, imponiendo silencio á los
furiosos obstinados, y volviendo contra éstos la nueva pasión de la
móvil asamblea. “¿Quién es el que no quiere que se diga viva Ferrer?
¿Queríais, acaso, que el pan estuviese caro? Son unos bribones los que
no quieren una justicia cristiana, y entre ellos los hay que gritan
más fuerte que los demás para tratar de que el vicario se escape. ¡Á
la cárcel el vicario! ¡Viva Ferrer! ¡Paso á Ferrer!”. El número de
los que hablaban así iba cada vez en aumento, á medida que el del
partido contrario disminuía sin cesar; de manera, que los primeros
llegaron á sobrepujar ya á los que querían arruinarlo todo, hasta
el punto de maltratarlos y quitarles los útiles de las manos: éstos
temblaban de rabia; al mismo tiempo amenazaban, trataban de reponerse,
mas la causa de la sangre estaba perdida; el grito que dominaba era:
“¡prisión, justicia, Ferrer!”. Después de una corta lucha, aquéllos
fueron vencidos; los otros se apoderaron de la puerta para defenderla
contra nuevos asaltos, y preparar la entrada á Ferrer: uno de ellos
introduciendo su voz en la casa por una rendija (pues no faltaban),
avisó que llegaba socorro, y que tratasen de que el vicario estuviese
dispuesto para ir al momento... á la cárcel: ¡hem!, ¿habéis entendido?
--¿Es ese Ferrer el que ayuda á hacer las ordenanzas?, preguntó á uno
de sus vecinos nuestro Renzo, que se acordó del _vidit Ferrer_ que el
doctor había hecho ver á la conclusión de dichas ordenanzas, y que aún
resonaba en sus oídos.
--Justamente, el gran canciller, se le contestó.
--Es un excelente sujeto, ¿no es verdad?
--¡Cómo si es excelente! Es él quien había puesto el pan barato, y los
otros no han querido, y al presente viene á conducir al vicario á la
cárcel, porque no ha obrado conforme á justicia.
Es inútil decir que Renzo estuvo súbitamente á favor de Ferrer. Quería
ir á su encuentro en derechura: la cosa no era fácil; pero con sus
pisadas, sus codazos de rústico, llegó á abrir brecha y á colocarse en
la primera fila, justamente al lado mismo del carruaje.
Éste había ya penetrado en medio de la multitud, y en aquel momento
estaba detenido por uno de esos frecuentes é inevitables escollos
producidos siempre en semejantes circunstancias. El viejo Ferrer
presentaba ya á una, ya á otra portezuela, un semblante sumamente
humilde, muy risueño, en extremo amable; un semblante que había siempre
tenido de reserva para cuando se encontraba en presencia de D. Felipe
IV; mas él se vió obligado á dispensarlo en esta ocasión. También
hablaba; pero el ruido y bullicio de tantas voces, los vivas mismos
que le lanzaban, no dejaban entender apenas sus palabras: acompañaba
éstas con gestos; tan pronto llevaba la punta de sus dedos unidos
sobre sus labios para tomar un beso que sus manos, abriéndose en
seguida, distribuían á derecha é izquierda, como para dar gracias de
la benevolencia que le manifestaba el público; tan pronto los extendía
y los agitaba lentamente fuera de la portezuela con el objeto de pedir
un poco de sitio; tan pronto, por fin, los bajaba cortésmente para
demandar silencio. Cuando lo había obtenido, los más cercanos oían y
repetían sus palabras: pan, abundancia: vengo á administrar justicia;
por favor un poco de lugar. Acalorado en seguida, y como sofocado por
el ruido de tantas voces, á la vista de tantos rostros inflamados,
de tantas miradas fijas sobre él, se echaba un momento hacia atrás,
inflaba sus carrillos, arrojaba un gran soplo, y decía entre sí: _¡por
mi vida, qué de gente!_[10]
--¡Viva Ferrer! No tengáis miedo: sois un hombre excelente. ¡Pan, pan!
--Sí; pan, pan, contestaba Ferrer, abundancia; yo os lo prometo, y
ponía la mano en su pecho. Un poco de sitio, añadía luego; vengo á
prenderlo para darle el castigo que merece; y añadía en voz baja,
_es culpable_. Inclinándose después hacia su cochero le decía
apresuradamente: _adelante, Pedro, si puedes_.
El cochero sonreía también al pueblo con una urbanidad afectuosa, como
si hubiese sido un gran personaje; y con una gracia inefable paseaba
lentamente la fusta á derecha é izquierda para suplicar á los incómodos
vecinos que se estrechasen y se retirasen un poco. “Por favor, decía
también; señores, un poco de lugar, un poquito, lo suficiente para
poder pasar”.
Entretanto los oficiosos, los más activos, se apresuraban á hacer
el lugar pedido con tanta gracia. Algunos, delante de los caballos,
retiran á la gente con buenas palabras, poniéndoles las manos en el
pecho, y empujándoles suavemente: “Vamos, á un lado; un poco de lugar,
señores;” otros hacían lo mismo á los dos lados del carruaje para que
pudiese pasar sin rozar los pies, ni aplastar los bigotes; accidente,
que además del mal que hubiera podido resultar á las personas, habría
corrido grandes peligros el aura popular que Ferrer disfrutaba en aquel
momento.
Renzo, que había permanecido algunos instantes observando aquella
respetable ancianidad, un poco turbada por la angustia, atormentada por
la fatiga, pero animada por la solicitud, embellecida, por decirlo así,
por la esperanza de arrancar á un hombre de las angustias mortales;
Renzo, repito, echó á un lado la idea de retirarse, resolvió ayudar
á Ferrer, y no abandonarlo hasta que hubiese logrado su intento. En
efecto, dicho y hecho: se puso con los demás á tratar de abrir paso, y
ciertamente no era de los menos activos. El paso se abrió: “avanzad,
avanzad”, decían algunos al cochero retirándose, ó yendo á abrir más
camino. “_Adelante; presto, con juicio_”, le dijo también el amo, y el
carruaje se puso en movimiento.
En medio de los saludos que le prodiga el público en masa, Ferrer
devolvía otros de agradecimiento con una sonrisa de inteligencia á
aquéllos que veía eran dirigidos á él; más de una de dichas sonrisas
tocó á Renzo, que á la verdad lo merecía bien, porque en aquel día
servía mejor al gran canciller que hubiera podido hacerlo el mejor de
sus secretarios. El joven aldeano, envanecido con aquellas muestras de
deferencia, creía que se había ya hecho casi amigo de Antonio Ferrer.
Una vez puesto en movimiento el carruaje, prosiguió su camino con más
ó menos lentitud, y no sin algunas paraditas. El tránsito no llegaba
casi á un tiro de arcabuz; pero atendiendo el tiempo que se empleaba,
hubiera podido parecer un viajecillo aun al que no hubiese tenido la
santa prisa de Ferrer. La gente se rebullía por delante y por detrás,
á derecha é izquierda del carruaje, como los delfines alrededor de una
nave que avanza en lo más fuerte de una borrasca. El estrépito era
más agudo, más discordante y más atronador que el de la tempestad.
Ferrer, mirando ya á un lado, ya á otro, agitándose y gesticulando
á la vez, trataba de oir algo, para acomodar las respuestas á la
necesidad; quería, para hacerlo mejor, entablar un pequeño diálogo con
aquella reunión de amigos; pero la cosa era difícil, la más dificultosa
acaso que se le había presentado con tantos años que llevaba de gran
canciller. Sin embargo, de cuando en cuando alguna palabra, alguna
frase también repetida por la asamblea á su paso, se dejaba oir como
el estrépito de un gran cohete domina el ruido confuso de un fuego
artificial. Él, ya procurando responder de un modo satisfactorio á
dichos gritos, ya diciendo á buena cuenta las palabras que sabía
debían tener más aceptación, ó que cierta necesidad parecía demandar
de súbito, les habló todo el camino del modo siguiente: “Sí, señores;
pan, abundancia: lo conduciré á la cárcel; será castigado... _si es
culpable_. Sí, sí, yo lo mandaré, el pan se dará barato. Así es...
cosi è, voglio dire: il re nostro signore non vuole che codesti
fidelessimi vassalli patiscan la fame[11]. _¡Ox, ox! guardaos_: non si
facciano male, signori[12]. _Pedro, adelante; con juicio_. Abbondanza,
abbondanza. Un po’ di luogo per caritá. Pane, pane. In prigione, in
prigione. ¿Cosa[13]?”, preguntó en seguida á uno que había echado la
mitad de su cuerpo hacia la portezuela para darle á grandes voces un
consejo, una súplica, un aplauso, ó lo que fuese. Pero este individuo,
sin poder entender el ¿qué es esto? había sido tirado bruscamente hacia
atrás por otro que lo veía á punto de ser aplastado por una rueda.
Con estas preguntas y respuestas, entre las incesantes aclamaciones,
entre alguno que otro grito de oposición que se dejaba oir por alguno
que otro lado, pero que al instante era sofocado, he aquí que llegó
Ferrer al fin á la casa, por obra, principalmente, de aquellos buenos
auxiliares.
Los otros, que como hemos dicho ya, estaban allí con las mismas buenas
intenciones, habían entretanto trabajado en hacer y abrir un poco de
paso. Súplicas, exhortaciones, amenazas, todo lo habían empleado; se
apresuran, corren por todas partes con ese acrecentamiento de ardor
y de fuerza que presta siempre el ver cerca el fin deseado. Habían
llegado á dividir la multitud y hacer retroceder las dos filas,
aunque entre la puerta y el carruaje que se paró delante se veía un
pequeño espacio vacío. Renzo, que iba unas veces de descubierta,
otras de escolta, había llegado con el carruaje hasta colocarse en
una de aquellas dos hileras de oficiosos, que hacían al mismo tiempo
sitio al carruaje, y servían de diques á las dos oleadas terribles de
pueblo. Ayudando á sostener una de ellas con sus poderosas espaldas, se
encontró magníficamente colocado para poderlo ver todo.
Ferrer respiró cuando vió la plazuela libre y la puerta aún cerrada:
cerrada, que quiere decir no abierta. Por lo demás, los goznes estaban
casi desprendidos de sus marcos; los cuarterones de la puerta rotos,
destrozados, hundidos y partidos por la mitad, dejaban ver por medio de
una ancha brecha un pedazo de cadena torcido, forzado y casi arrancado
que, por decirlo así, los sostenía unidos á todos ellos. Un buen hombre
se había puesto en aquel boquete á gritar que abriesen; otro acudió á
abrir también apresuradamente la portezuela del carruaje; el anciano
sacó la cabeza fuera, se levantó, y apoyando la mano derecha en el
brazo de aquel digno hombre, salió poniendo el pie sobre el banquillo.
La multitud de una parte y de otra se levanta de puntillas para ver:
mil figuras, mil barbas en el aire: la curiosidad y la atención
general hacen nacer un momento de silencio. Ferrer, deteniéndose en
aquel instante sobre el banquillo, dió una ojeada alrededor, saludó
inclinándose al pueblo, y colocando su mano izquierda en el pecho, como
si estuviese en un púlpito, gritó: “pan y justicia;” y revestido de
su toga, levantada la cabeza, con segura marcha bajó á través de las
aclamaciones que se elevaban hasta las estrellas.
En el ínterin, las gentes de la casa habían abierto, ó más bien habían
acabado de abrir arrancando la cadena juntamente con los anillos
vacilantes, ensanchando la brecha apenas lo suficiente para que pudiese
entrar el muy deseado huésped. “Presto, presto, decía él; abrid bien
para que yo pueda entrar; y vosotros, buenas gentes, contened al
pueblo y no le dejéis venir tras de mí... ¡por el amor del cielo! Por
de pronto abrid paso al instante... ¡eh!, ¡eh!, señores, un momento;
decía después á los de adentro: despacio con esa puerta, dejadme pasar.
¡Eh!, ¡mis costillas!, os recomiendo mis costillas; cerrar ahora: no,
¡eh!, ¡eh!, ¡la toga! ¡la toga!”. Ésta hubiera quedado presa entre
las junturas de la puerta, si Ferrer no hubiese retirado con mucha
desenvoltura la cola, la cual se asemejaba á la de una serpiente que
perseguida se oculta en seguida en un agujero.
Cerradas las puertas como pudieron, fueron además apuntaladas del mejor
modo posible. Los de fuera que se habían constituido en guardianes
de Ferrer, trabajaban con las espaldas, con los brazos y la voz, en
mantener la plaza desocupada, rogando de todo corazón á Dios que aquél
despachase presto.
--Presto, presto, decía también Ferrer dentro de la casa, bajo el
pórtico, á los servidores que se habían colocado á su alrededor
desalentados y gritando: “¡Bendito seáis! ¡oh excelencia! ¡oh
excelencia!”.
--Presto, presto, repetía Ferrer; ¿dónde está ese bendito hombre?
El vicario bajaba la escalera, medio arrastrado, medio llevado por los
demás criados, pálido como la cera. Cuando vió á su salvador, lanzó un
gran suspiro; volvióle el pulso, acudió un poco de vida á sus piernas,
un poco de color sobre sus mejillas, y corrió como pudo hacia Ferrer,
diciendo: “Estoy en las manos de Dios y de vuestra excelencia. ¡Mas
cómo salir de aquí! Estamos rodeados por todas partes de gentes que
quieren mi muerte”.
--_Venga vd. conmigo_ y tenga ánimo. Mi carruaje está fuera; presto,
presto. Lo coge de la mano y lo conduce hacia la puerta, inspirándole
valor; mas en su interior iba diciendo: _¡Aquí está el busilis! ¡Dios
nos valga!_
Ábrese la puerta; Ferrer sale el primero, el otro le sigue sumamente
encogido, aferrado, pegado á aquella toga protectora, como un niño
pequeño á la saya de su madre. Los que habían mantenido el sitio libre
levantan de pronto las manos, agitan sus sombreros, forman en algún
modo una nube, una pantalla, para sustraer al vicario de la vista
peligrosa de la multitud; éste entra el primero en el carruaje, y
se oculta en un rincón. Ferrer sube en seguida; las portezuelas se
cierran herméticamente. La muchedumbre entrevé, sabe, adivina lo que ha
sucedido, y deja escapar un alarido confuso de imprecaciones y aplausos.
La parte de camino que restaba parecía ser la más difícil y peligrosa;
pero el voto público, para dejar ir al vicario á la cárcel, se había
manifestado lo bastante, y durante la detención del carruaje, muchos
de los que habían favorecido la llegada de Ferrer, se habían todavía
aplicado más en preparar y mantener un camino abierto en medio de la
multitud; por lo tanto, el carruaje pudo esta segunda vez ir con un
poco más de celeridad y sin intervalo ninguno. Á medida que avanzaba,
las dos filas de la muchedumbre formadas en ambos lados, se confundían
y se mezclaban juntamente detrás de aquél.
Apenas sentados, Ferrer se había inclinado para advertir al vicario
que se mantuviese bien arrinconado en el fondo, y que no se dejase
ver por el amor del cielo, mas el aviso era inútil. El gran canciller
al contrario, debía mostrarse para ocupar y atraer sobre sí toda la
atención pública. Y por todo este segundo tránsito, como durante el
primero, hizo al inconsecuente auditorio un discurso el más constante
y al mismo tiempo inconexo en su sentido que se haya oído jamás
interrumpiéndolo, sin embargo, de cuando en cuando por alguna palabrita
española que deslizaba apresuradamente acercándose al oído de su
invisible compañero. Sí, señores, pan y justicia; al castillo, á la
cárcel bajo mi custodia. Gracias, gracias, mil gracias. ¡No, no, no
escapará! _Por ablandarlos._ Esto es muy justo, se examinará, se verá.
Yo también os quiero mucho. ¡Un castigo severo! _Esto se lo digo por su
bien._ Una _meta_[14] justa, una _meta_ moderada, y castigos para los
monopolistas. Por favor, apartaos un poco. Sí, sí, yo soy un excelente
hombre, amigo del pueblo. Será castigado; es cierto, es un bribón,
un malvado. _Perdone usted._ Lo pasará mal, lo pasará mal... _si es
culpable_. Sí, sí, ya arreglaremos á los panaderos. ¡Viva el rey y los
buenos milaneses, sus fidelísimos vasallos! Está fresco, está fresco.
_Ánimo, estamos ya casi fuera._
En efecto, habían atravesado la mayor parte de la multitud, y estaban
ya á punto de salir del todo al camino despejado. En esto Ferrer, que
empezaba á dar un poco de reposo á sus pulmones, vió el socorro de
Pisa, esto es, sus soldados españoles, los cuales, á pesar de todo,
al fin no habían sido inútiles, pues que sostenidos y dirigidos por
algunos ciudadanos, habían contribuido á hacer retirar alguna gente y á
tener el paso libre á la última salida.
Cuando llegó el carruaje se formaron en batalla, y presentaron las
armas al gran canciller, el cual saludó también á derecha é izquierda;
y al oficial que se le acercó á cumplimentarle le dijo, haciendo un
gesto con la mano derecha: _beso á usted las manos_, palabras que dicho
oficial comprendió por lo que realmente querían decir: ¡me habéis
prestado un buen auxilio! En contestación hizo otro saludo y se encogió
de hombros. Verdaderamente éste era el caso de poder decir _cedant arma
togæ_; pero Ferrer no tenía en aquel momento la cabeza para citas, y
además hubieran sido palabras arrojadas al aire, porque el oficial no
entendía el latín.
Pedro, al pasar por entre aquellas dos filas de migueletes, por entre
sus mosquetes tan respetuosamente levantados, sintió renacer en su
alma su antiguo valor. Recobróse repentinamente de su aturdimiento,
se acordó de quién era y á quién conducía, y gritando: ¡Ohe, ohe! sin
añadir otras ceremonias para la gente, en adelante bastante escasa para
ser tratada así, y dando latigazos á los caballos, los hizo galopar
hacia el castillo.
--Levántese, levántese; estamos ya fuera, dijo Ferrer al vicario, el
cual asegurado por no oir ya gritos y por el rápido movimiento del
carruaje, y por aquellas palabras, salió de su rincón, se levantó, y
recobrando su voz, empezó á dar mil y mil millones de gracias á su
libertador. Éste, después de haberse condolido con él del peligro,
y regocijado de su libertad: “¡Ah, exclamó, golpeando con una mano
su gran calva, _qué dirá de esto su excelencia_, que está ya casi
loco con ese maldito _Casale_, que no quiere rendirse! ¡_Qué dirá
el conde-duque_, que se alarma si una hoja hace más ruido que de
ordinario! ¡_Qué dirá el rey nuestro señor_, que no dejará de tener
noticias de tan gran fracaso! ¿Y después, se habrá esto concluido?
_¡Dios lo sabe!_”.
--¡Ah! lo que es yo no quiero mezclarme más, decía el vicario; me lavo
las manos: resigno mi cargo en vuestra excelencia, y me voy á vivir á
una gruta sobre un monte, á hacerme ermitaño, lejos, muy lejos de esa
gente feroz.
--_Usted_ hará lo que será más conveniente al _servicio de S. M._,
respondió gravemente el gran canciller.
--S. M. no querrá mi muerte, replicó el vicario: á una gruta; lejos de
esa canalla.
Nuestro autor no dice lo que sucedió tocante á dicho proyecto; porque
después de haber acompañado al pobre hombre al castillo, no hace
ninguna mención más de él.
NOTAS:
[10] Es preciso que el lector advierta que todas las palabras
subrayadas puestas en boca de Antonio Ferrer son textuales, pues ya
sabemos que era español.
[11] Así es; quiero decir, el rey nuestro señor no quiere que éstos sus
fidelísimos vasallos sufran hambre.
[12] No se os haga daño, señores.
[13] Abundancia, abundancia. Un poco de sitio por caridad. Pan, pan. ¡Á
la cárcel, á la cárcel! ¿Qué es esto?
[14] Tarifa.
CAPÍTULO DECIMOCUARTO
La muchedumbre que había quedado detrás empezó á dispersarse, á
desparramarse á derecha é izquierda, por ésta y por aquella calle.
El uno se dirigía á su casa para acudir á sus negocios; el otro se
alejaba para respirar un poco á sus anchas, después de tantas horas
de apretones; y otro, en fin, iba en busca de amigos, con el objeto
de charlar un poco sobre los acontecimientos del día. El otro extremo
de la calle se aclaraba también: la gente había ido desocupando lo
suficiente aquel sitio, para que el destacamento de soldados españoles
pudiese, sin tener que combatir, avanzar y colocarse en la casa del
vicario. Delante de ésta estaban reunidos aún los fautores, por
decirlo así, del tumulto; éstos eran una cuadrilla de bribones, que
descontentos de una conclusión tan fría y tan imperfecta, después de
tan grande aparato, unos murmuraban, otros blasfemaban, y parte de
ellos se habían puesto á consultar el modo de poder intentar todavía
algo; y como para probar, se dirigían á asaltar y sacudir aquella pobre
puerta, que había sido apuntalada de nuevo lo mejor posible. Á la
llegada del destacamento, dichas gentes, con unánime resolución y sin
detenerse en consultar, se pusieron en marcha hacia el lado opuesto,
dejando el sitio libre á los soldados, que se apoderaron de él y se
apostaron para guardar la casa y la calle. Pero todas las calles de los
alrededores estaban sembradas de grupos: en donde se habían parado dos
ó tres personas, se detenían otras tres, cuatro, veinte; algunos se
separaban y se reunían á otros grupos mayores: se asemejaban á aquellas
pequeñas nubes que á veces permanecen esparcidas y flotan en el azulado
espacio después de una tempestad, y hacen decir al que levanta la
vista hacia ellas: el tiempo no está muy sentado. Imaginaos, pues, qué
Babilonia de conversaciones: éste, refería con énfasis los accidentes
particulares de que había sido testigo; aquél lo que él mismo había
hecho. Uno se regocijaba de que la cosa hubiese concluido bien y
alababa á Ferrer, y pronosticaba grandes desgracias al vicario; quien,
mofándose, decía: no tengáis miedo, que no le colgarán; los lobos no se
muerden unos á otros; quien, finalmente, decía murmurando y colérico,
que las cosas no se habían hecho bien, que era un engaño, que había
sido una locura el hacer tanto ruido, para dejarse después burlar de
aquel modo.