que no soy un niño. ¿Sabéis lo que soy capaz de hacer por vos? Soy
hombre de ir en persona á hacer una visita al señor podestá. ¡Ah! ¡Qué
contento se pondrá con semejante honor! Soy hombre de dejarlo hablar
por espacio de media hora del conde-duque y de nuestro señor castellano
español, y de darle la razón en todo, aun cuando no diga más que
tonterías. Diré después algunas palabritas sobre el conde mi tío, del
consejo secreto: ¿y sabéis el efecto que producirán dichas palabras
en los oídos del señor podestá? Al fin de la jornada él tiene más
necesidad de nuestra protección, que vos de su condescendencia. Iré, lo
haré todo á pedir de boca, y lo dejaré mejor dispuesto que nunca.
Después de estas y otras palabras semejantes, el conde Attilio salió
para ir á caza, y D. Rodrigo quedó esperando con ansiedad la vuelta del
_Griso_. Éste vino al fin á la hora de comer, para hacer la relación de
todo lo que había ocurrido.
El desorden de la pasada noche había sido tan ruidoso, la desaparición
de tres personas del lugarcillo era un suceso tan grande, que las
pesquisas, ya fuese por interés, ya por curiosidad, debían naturalmente
ser numerosas, vivas y obstinadas; por otra parte, había mucha gente
demasiado instruida de algunas particularidades, para que se pudiesen
poner de acuerdo para callar. Perpetua no podía dejarse ver en el
umbral de su puerta, que no se viese asaltada, ya por uno, ya por
otro, para que dijese quién había causado aquel gran miedo á su amo; y
Perpetua recapacitando en todas las circunstancias del suceso, y viendo
finalmente de qué modo había sido burlada por Inés, sentía una cólera
tal por aquella perfidia, que tenía necesidad al propio tiempo de
desfogarse un poco. Aunque se lamentase con el tercero y con el cuarto,
sobre los medios que habían tenido de burlarse de ella, no respiraba
acerca de este punto; mas el tiro hecho á su pobre amo no podía pasarlo
enteramente en silencio; y sobre todo, que semejante tiro hubiese sido
concertado y puesto por obra por aquel honrado joven, por aquella
buena viuda, y por aquella inocente virgen. D. Abundio podía muy bien
ordenarle resueltamente y rogarle con cordialidad que se callara; ella
podía también repetirle que no había necesidad de recomendarle una
cosa tan clara y tan natural; es verdad que tan gran secreto estaba
en el corazón de la pobre mujer como está en un tonel viejo falto de
cercos un vino enteramente nuevo que se acaba de echar, que trabaja,
fermenta, hierve de nuevo, y si no echa la tapa por el aire, gime allí
dentro y sale la espuma, se escapa al través de las duelas, y gotea
por todas partes, hasta que se puede beber y decir en su día qué vino
es. Gervasio, que creía soñar al verse una vez mejor informado que
los demás, á quien no parecía pequeña gloria el haber tenido un gran
miedo, y que por haber contribuido á una cosa que picaba en criminal,
creía ser ya un hombre como los demás, reventaba de deseos por
vanagloriarse de ello. Y aunque Tonio, que pensaba seriamente en las
pesquisas y procesos posibles y en la cuenta que sería preciso rendir,
le previniese con el puño en la nariz, sin embargo, no fué dueño para
ahogar en su boca todas las palabras. Por lo demás, Tonio mismo,
después de haber estado ausente de su casa aquella noche hasta hora
muy avanzada, volviéndose á ella con paso y semblante no acostumbrado,
con una agitación de espíritu que lo disponía á la sinceridad, no pudo
callar el hecho á su mujer, la cual no era muda. El que habló menos
fué Menico, porque así que hubo contado á sus padres la historia y
el motivo de su expedición, que éstos se alarmaron tanto al ver que
su hijo se había mezclado en cooperar á una empresa en que jugaba D.
Rodrigo, que casi no le dejaron concluir su narración. Después le
dieron las más fuertes y amenazadoras órdenes, previniéndole que se
guardase bien de decir nada; y á la mañana siguiente, no pareciéndoles
que estaban suficientemente seguros, resolvieron tenerlo encerrado en
casa por todo el día y aun por algunos más. ¡Pero qué! ellos mismos
después, charlando con las gentes del país, y sin querer manifestar
que sabían más que ellos, cuando llegaban á aquel punto oscuro de la
fuga de nuestros tres infortunados, y al cómo, y al por qué, y adónde,
añadían como cosa muy cierta que se habían refugiado en Pescarenico.
Así esta circunstancia entró en las conversaciones generales. Con
todos estos propósitos, verdaderos ó falsos, puestos en seguida juntos
y unidos según se acostumbra, y con los adornos que se les aplica
naturalmente cuando se forjan, se podía hacer una historia de una
certeza y de una claridad tal, que el juicio más crítico debía estar
satisfecho. Mas aquella invasión de los bravos, accidente demasiado
grave y demasiado ruidoso para ser pasado por alto, y del cual nadie
tenía un conocimiento muy positivo; dicho accidente, pues, era el que
hacía, sobre todo, la historia más oscura y embrollada. Se murmuraba
el nombre de D. Rodrigo: en esto todos estaban de acuerdo; en lo demás
no se veía otra cosa que conjeturas diversas y profunda oscuridad. Se
hablaba mucho de dos guapetones que habían sido vistos en la calle
al anochecer, y del que estaba á la puerta de la hostería. ¿Pero
qué luz podía sacarse de este hecho tan aislado? Se preguntaba al
huésped quién había estado en su casa la noche anterior; pero éste
no se acordaba, sin embargo, de haber visto á nadie en dicha noche,
y concluía siempre diciendo, que su hostería era como un puerto de
mar. Sobre todo, lo que confundía las imaginaciones y desordenaba las
conjeturas, era aquel peregrino visto por Stéfano y por Carlandrea;
aquel peregrino que los malvados querían asesinar y que había partido
con ellos, y que también se habían llevado. ¿Qué había ido á hacer
allí? ¡Era un alma del purgatorio aparecida para ayudar á las mujeres;
era un alma condenada de un malvado é impostor peregrino, que venía
siempre de noche á unirse para hacer fechorías con aquellos mismos
con los que las había hecho viviendo; era un peregrino real y vivo,
que aquéllos habían querido asesinar por miedo de que gritase y
alborotase el pueblo; era (mirad lo que fueron á pensar) uno de los
mismos malandrines disfrazado de peregrino! Era esto, era aquello,
era tantas cosas, que toda la sagacidad y experiencia del _Griso_
no hubiera bastado á descubrir, si éste hubiese tenido que saber
esta parte de la historia por las conjeturas de los demás; pero ya
sabe el lector, que lo que para otros era una confusión, estaba para
él muy claro. Sirviéndose de la clave para interpretar las otras
noticias recogidas inmediatamente por sí, ó por medio de subordinados
exploradores, pudo, entre todo, hacer una relación bastante clara á D.
Rodrigo. Encerróse al momento con él, le informó del golpe intentado
por los novios, lo cual explicaba naturalmente haber hallado la casa
vacía y el tocar á rebato, sin que hubiese necesidad de suponer que
en el palacio hubiese habido algún traidor (según decían aquellos dos
hombres de bien). Le participó la fuga, y la razón de esto era fácil
de encontrar; el temor de los prometidos cogidos en falta, ó algún
aviso de la invasión, recibido cuando ésta había sido descubierta, y
todo el pueblo puesto en movimiento. Finalmente, dijo, que aquéllos se
habían refugiado en Pescarenico; desde esto en adelante no alcanzaba
más su ciencia. Complació á D. Rodrigo el estar cierto que nadie le
había hecho traición, y ver también que no quedaban huellas de lo que
había hecho; mas esto no fué más que una débil y rápida complacencia.
“¡Han huido juntos, gritó!, ¡juntos! ¡y ese fraile malvado!, ¡ese
fraile!”... Las palabras salían con trabajo de su garganta; rechinaba
los dientes; su aspecto era feroz como sus pasiones. “¡Ese fraile me
la pagará, _Griso_, ó yo no sería quien soy!... ¡Quiero saber... yo
quiero encontrar... esta tarde misma quiero saber en dónde están; no
descansaré hasta entonces: á Pescarenico, pronto; á saber, á ver, á
encontrar... cuatro escudos al momento, y mi protección para siempre:
esta noche lo quiero saber! ¡Y ese bribón!... ¡ese fraile!”...
He aquí ya al _Griso_ de nuevo en campaña; y aquella misma tarde pudo
llevar á su digno amo la tan deseada noticia: vamos á ver de qué modo.
Uno de los más grandes consuelos de esta vida es la amistad; y uno de
los consuelos de la amistad es el tener á quien confiar un secreto.
Ahora, los amigos no se encuentran de dos en dos como esposos; nadie,
generalmente hablando, tiene más de uno, lo cual forma una cadena, que
ninguno podría hallar el fin. Cuando, pues, un amigo se procura la
dicha de depositar un secreto en el seno de otro, da á éste el consuelo
de procurarse la misma dicha que él. Le suplica, es verdad, que no
diga nada; y tal condición, el que la tomase en el sentido rigoroso de
la palabra, cortaría inmediatamente el curso de los consuelos. Mas la
práctica ha querido que se obligase únicamente á no confiar el secreto
más que á un amigo igualmente seguro, imponiendo á éste la misma
condición. Así de amigo fiel en amigo fiel, el secreto gira por esa
inmensa cadena, hasta tanto que llega á oídos de éstos ó de aquéllos,
á quienes el primero que ha hablado, no hubiera querido que hubiese
llegado nunca. Sin embargo, tendría ordinariamente que hacer un gran
pedazo de camino si cada uno no tuviese más que dos amigos, aquel á
quien se lo confía y al que se lo repite, bajo la condición de que se
lo callará. Pero hay de esos hombres privilegiados que lo cuentan á un
centenar; y cuando el secreto llega hasta uno de dichos hombres, las
vueltas se hacen tan rápidas y tan multiplicadas, que no es posible
seguir sus huellas.
Nuestro autor no ha podido acertar por cuántas bocas había pasado el
secreto que el _Griso_ tenía orden de descubrir; lo que hay de cierto
es, que el buen hombre por el cual habían sido escoltadas las mujeres
hasta Monza, al volver al anochecer á Pescarenico con su batel, se paró
antes de llegar á su casa en la de un amigo fiel, al cual contó en
confianza la obra buena que había hecho, y lo que de esto se siguió; y
lo que también hay de cierto es que el _Griso_ pudo dos horas después
correr al palacio á referir á D. Rodrigo que Lucía y su madre se habían
refugiado en un convento de Monza, y que Renzo había seguido su camino
hacia Milán.
D. Rodrigo experimentó una criminal alegría al saber aquella
separación, y sintió renacer en el fondo del corazón la malvada
esperanza de lograr su intento. Pensó en el modo gran parte de la
noche, y se levantó temprano con dos objetos: el uno en proyecto, el
otro bosquejado. El primero era expedir con la mayor prontitud al
_Griso_ á Monza, para tener noticias más evidentes de Lucía, y saber si
había medio de intentar algo. Hizo, pues, llamar inmediatamente á su
fiel servidor, púsole en la mano los cuatro escudos, le alabó de nuevo
la habilidad con la cual los había ganado, y le dió la orden que había
premeditado.
--Señor... dijo titubeando el _Griso_.
--¿Qué? ¿No he hablado claro?
--Si pudieseis mandar á algún otro...
--¿Cómo?
--Ilustrísimo señor, estoy dispuesto á arriesgar el pellejo por mi
señor, éste es mi deber; mas también sé que no quiere aventurar la vida
de sus súbditos.
--¿Y bien?
--Vuestra señoría ilustrísima sabe bien las sentencias que tengo sobre
mi cuerpo, y... aquí estoy bajo su protección; formamos una compañía;
el señor podestá es amigo de la casa; los esbirros me respetan, y yo
también... es cosa que hace poco honor, convengo en ello; mas para
vivir tranquilo... los trato como amigos. En Milán la librea de vuestra
señoría es conocida; pero en Monza, al contrario, yo soy el conocido.
¿Vuestra señoría sabe (no es por gana de decirlo) que aquel que pudiese
ponerme en manos de la justicia ó presentar mi cabeza, daría un buen
golpe? Cien escudos uno sobre otro, y la facultad de librar dos
penados.
--¡Qué diablo!, dijo D. Rodrigo; te pareces ahora á un perro de corral,
que apenas tiene valor de tirarse á las piernas del que pasa junto á
la puerta, mirando tras de sí para ver si las gentes de la casa están
dispuestas á sostenerle.
--Creo, señor amo, haber dado pruebas...
--¡Pues, y entonces!
--Entonces, replicó francamente _Griso_, hágase vuestra señoría la
cuenta que no he dicho nada: corazón de león, piernas de liebre; estoy
pronto á partir.
--No he dicho que vayas tú sólo; escoge un par de los mejores...
Sfregiato y Tira-Dritto, y ve sin miedo, y sé siempre el _Griso_.
¡Qué diablo!, ¿quién quieres tú no esté contento de dejar pasar tres
figuras como las vuestras, y que van á sus negocios? Sería preciso que
los esbirros de Monza estuviesen mal con su vida para arriesgarla por
cien escudos á un juego tan peligroso. Y después, no creo ser tan poco
conocido en aquel paraje que no se cuente por nada la cualidad de ser
servidor mío.
Habiendo así picado el pundonor del _Griso_, le dió en seguida más
amplias y detalladas instrucciones. El _Griso_ tomó sus dos compañeros,
y partió con ademán alegre y decidido, pero maldiciendo en su interior
á Monza, las sentencias, las mujeres, y los caprichos del amo.
Caminaba como un lobo que, acosado por el hambre, con el vientre vacío
y con las costillas que se le hubieran podido contar, baja de sus
montañas en donde no hay más que nieve, avanza con precaución hacia
la llanura, se para de cuando en cuando con una mano levantada y
meneando su rozada cola, para ver si el viento le lleva olor de hombre
ó de hierro; endereza sus finas orejas, y hace rodar dos sangrientos
ojos, en los cuales se traslucen á la vez el ardor de la presa y el
miedo de la caza[7]. Por lo demás, el que quiera saber el origen de
este magnífico verso, diré que está sacado de una diablura inédita
sobre las cruzadas y los lombardos, que pronto no será ya inédita y
hará un terrible ruido, habiéndolo tomado porque venía á propósito, y
digo de dónde, para que no se me acuse que quiero vestirme con ropas
ajenas; que nadie piense, sin embargo, que esto sea una astucia mía
para anunciar que el autor de dicha diablura y yo seamos lo mismo que
hermanos, y que hurgo á mi placer en todos sus manuscritos.
Otra cosa que meditaba D. Rodrigo era, encontrar el modo de que Renzo
no pudiese volver más con Lucía, ni poner el pie en el pueblo, con cuyo
fin maquinaba el hacer esparcir voces de amenazas y de asechanzas, que
llegando á sus oídos por medio de algún amigo, le hiciesen pasar los
deseos de volver. Creía, sin embargo, que lo más seguro sería buscar un
medio para que lo desterrasen del Estado, y para lograr esto veía que
más que la fuerza podía servirle la justicia. Se podía, por ejemplo,
presentar bajo negros colores, la tentativa que había hecho en la casa
parroquial, pintarla como una agresión, como un acto sedicioso, y
con ayuda del doctor, hacer entender al podestá que éste era un caso
grave para expedir contra Renzo un magnífico auto de prisión; pero
calculó que no era conveniente á un personaje como él remover aquel
feo negocio; y sin querer por más tiempo romperse la cabeza, resolvió
franquearse con el doctor _Azzecca-Garbugli_, lo suficiente para
hacerle comprender su deseo. ¡Hay tantas ordenanzas! pensaba, y el
doctor no es un ganso: él encontrará alguna cosa que me haga al caso,
alguna camorra que buscar á ese villano, pues de otro modo le mudo el
nombre. ¡Mas ved, sin embargo, cómo van algunas veces las cosas de este
mundo! Mientras que él piensa en el doctor, como en el hombre más hábil
que pudiese servirle en el negocio, otro hombre, el hombre que nadie
podría imaginarse, Renzo mismo, para decirlo de una vez, trabajaba de
todo corazón en ayudarle de un modo mucho más seguro y expedito que
todos los que el doctor hubiera podido jamás encontrar.
He visto muchas veces un amable niño, listo, á decir verdad, pero que
en todo lo que él hace manifiesta llegar á ser un hombre cumplido; lo
he visto, repito, con frecuencia, ocupado al anochecer en hacer entrar
en el corral su manada de conejillos de Indias que había dejado correr
libremente por el día en un huertecillo. Hubiera querido hacerlos
entrar á todos á un mismo tiempo; pero era en vano; el uno se escapaba
á la derecha, y mientras el pastorcillo corría con el objeto de
reunirlo á la manada, el otro, dos, tres, se escapaban á la izquierda
y por todas partes, de modo que después de haberse impacientado un
poco, se adaptaba á sus maneras, arrojaba hacia dentro primeramente
á los que estaban más cercanos á la puerta, luego iba á buscar á los
demás, y los iba metiendo de uno á uno, de dos en dos, de tres en
tres; en fin, según podía. Es indispensable que nosotros hagamos con
nuestros personajes un juego semejante: refugiada Lucía, hemos corrido
al palacio de D. Rodrigo, y ahora debemos abandonarla para ir detrás de
Renzo, á quien habíamos perdido de vista.
Después de la dolorosa separación que hemos referido, caminaba Renzo
desde Monza con dirección á Milán, en una situación de espíritu que
cualquiera podrá imaginar fácilmente. ¡Abandonar su casa, perder el
oficio, y lo que era peor de todo, alejarse de Lucía, hallarse en un
camino sin saber adónde iría á parar, y todo por causa de aquel bribón!
Cuando se entretenía su pensamiento sobre cualquiera de estas cosas, se
apoderaba de él la rabia y el deseo de la venganza; mas luego recordaba
aquella súplica que había hecho en compañía de su buen fraile en la
iglesia de Pescarenico, y se enmendaba. Algunos instantes después
volvía á enfurecerse; mas al ver una imagen pintada en la pared, se
quitaba el sombrero, y se paraba al momento á rogar de nuevo, si bien
que en su viaje mató en su interior á D. Rodrigo, y lo resucitó á lo
menos veinte veces. El camino, trazado entre dos elevadas márgenes, era
cenagoso, pedregoso, surcado de profundos carriles, los cuales después
de haber llovido, se convertían en arroyos, y en ciertos parajes
más bajos, se inundaba todo, de tal modo, que se hubiera podido ir
embarcado. Á algunos pasos, un pequeño y escarpado sendero formando
escalones, indicaba que otros viajeros se habían abierto camino á
través de los campos. Habiendo subido Renzo por una de aquellas sendas
provisionales sobre un terreno más elevado, vió delante de sí la
inmensa mole de la catedral aislada sobre la llanura, como si saliese
del desierto y no del seno de una ciudad; olvidó por un momento todas
sus aflicciones, y se paró á contemplar, aunque de lejos, aquella
octava maravilla, de la cual tanto había oído hablar en su infancia.
Después de algunos momentos, volviendo atrás la vista, vió en el
horizonte aquel gran conjunto de desiguales cimas; divisó claramente
entre ellas á su tan elevado _Resegon_: sintió revolverse toda su
sangre, y se detuvo algún tiempo mirando tristemente aquellos sitios,
después de lo cual continuó su camino todavía más afligido. Poco á
poco empezó á descubrir los campanarios, las torres, las cúpulas y los
tejados: bajó entonces de nuevo al camino, anduvo aún algún tiempo, y
cuando conoció que estaba cerca de la ciudad, se acercó á un viajero,
é inclinándose con toda la política de que era capaz, le dijo: Buenos
días, caballero.
--¿Qué queréis, buen joven?
--¿Podríais enseñarme el camino más corto para ir al convento de
capuchinos en donde está el padre Buenaventura?
El hombre á quien Renzo se dirigía era un rico vecino de las cercanías,
que habiendo ido aquella mañana á Milán á sus negocios, se volvía sin
haber hecho nada, con la mayor precipitación, no viendo la hora de
llegar á su casa, no habiendo echado seguramente de menos semejante
detención. Con todo esto, sin dar señales de impaciencia, contestó
con mucha dulzura: hijo mío, conventos hay más de uno; sería preciso
que me supieseis decir con más claridad cuál es el que buscáis. Renzo
sacó de su pecho la carta del padre Cristóbal y se la enseñó á aquel
caballero, el que habiendo leído _Puerta Oriental_, se la devolvió
diciendo: “Sois afortunado, mi buen joven; el convento que buscáis está
muy cerca de aquí: tomad por esta pequeña senda á la derecha; éste es
un atajo, en pocos minutos llegaréis á una esquina de un edificio largo
y bajo, es el Lazareto; dad la vuelta al foso que lo rodea, y llegaréis
á la Puerta Oriental: entrad, y al cabo de unos cuatrocientos pasos,
veréis una plazuela adornada de bellos olmos; allí está el convento;
no os podéis equivocar. Dios os guarde, joven mancebo”. Y acompañando
estas últimas palabras con un gracioso gesto, partió. Renzo quedó
estupefacto y edificado de la cortesía que tenían los ciudadanos con la
gente del campo. No sabía que aquél era un día extraordinario, un día
en que las capas se inclinaban ante los jubones.
Siguió el camino que le había sido indicado, y se encontró en la Puerta
Oriental. Sin embargo, no es preciso que á este nombre el lector deje
ir su fantasía á las imágenes que hoy día están asociadas á él. Cuando
Renzo entró por aquella puerta, el camino por la parte exterior no era
recto más que por toda la longitud del Lazareto; después se prolongaba
tortuoso y estrecho entre dos columnas, con un tejadillo para sostener
los postes, y al otro lado una casita para los guardas. La calle que
se abría delante de la puerta, por la cual se entraba, no se parecía
en nada á la que ahora se presenta al que entra por la puerta de Tosa.
Un pequeño foso corría por el centro hasta cerca de la puerta, y la
dividía de este modo en dos callejuelas tortuosas, cubiertas de polvo
ó de barro, según la estación. En el paraje donde existía y existe aún
aquel grupo de casas que se llama el Borghetto, el foso se perdía en un
gran sumidero. Allí se hallaba una columna sobre la cual había una cruz
que llamaban la columna de S. Dionisio: á derecha é izquierda veíanse
huertos circuidos de vallados, y á intervalos casitas habitadas las más
por lavanderas.
Renzo entró, pasó: ninguno de los guardas le dijo una palabra, lo que
le pareció muy extraño, porque había oído contar á los de su pueblo que
podían vanagloriarse de haber estado en Milán, mil cosas increíbles
de registros y preguntas que hacían al que llegaba de fuera. La calle
estaba desierta; de modo, que si no hubiese oído un ruido lejano que
indicaba un gran movimiento, le hubiera parecido que entraba en una
ciudad abandonada. Siguiendo calle adelante sin saber lo que pensar,
divisó en el piso ciertos regueros blancos y blandos, á semejanza de
la nieve; mas nieve no podía ser, porque ésta no cae ordinariamente
en semejante estación, ni se queda en el suelo formando regueros. Se
inclinó sobre uno de ellos, lo miró, lo tocó y vió que era harina. Gran
abundancia, se dijo, debe haber en Milán cuando así se desperdicia la
gracia de Dios; y sin embargo, nos daban á entender que había carestía
en todas partes; he aquí cómo se arreglan para tener quieta á toda
la gente del campo. Mas después de haber dado algunos pasos, llegó
delante de la columna, á cuyo pie divisó cierta cosa más extraña: vió
sobre las escaleras del pedestal varios objetos esparcidos que no
eran seguramente guijarros; porque si aquéllos hubiesen estado en el
mostrador de un panadero, no se hubiera vacilado un momento en darles
el nombre de panes. Pero Renzo no se atrevía tan pronto á fiarse en
su vista, porque, ¡qué diablos! ¡aquél no era el sitio de poner el
pan! Vamos á ver qué es esto, se dijo de nuevo. Se dirigió hacia
la columna, se bajó y recogió uno; era en efecto, un pan redondo,
blanquísimo, de los que Renzo no acostumbraba á comer más que en las
grandes solemnidades. ¡Es pan de veras! dijo en alta voz; tanta era su
admiración: ¿así lo siembran en este país, en un año como éste, y no
se incomodan siquiera para recogerlo cuando cae? Es indispensable que
éste sea el país de la cucaña. Después de diez millas de camino que
había hecho, el aire fresco de la mañana, la vista de aquel pan, junto
con la admiración que había experimentado, se le despertó el apetito.
¿Lo cogeré? pensaba entre sí: ¡ah! lo han dejado aquí á discreción de
los perros; mejor es que se aproveche de ello un cristiano: al fin y al
cabo, si comparece el amo, se lo pagaré. Así pensando, se lo metió en
un bolsillo, tomó un segundo y lo colocó en otro bolsillo, se apoderó
de un tercero y empezó á comer; después de esto echó á andar más
incierto que nunca, y deseoso de aclarar aquel suceso.