--Lo he dicho, y cuando se trata de un negocio formal, os haré ver

que no soy un niño. ¿Sabéis lo que soy capaz de hacer por vos? Soy

hombre de ir en persona á hacer una visita al señor podestá. ¡Ah! ¡Qué

contento se pondrá con semejante honor! Soy hombre de dejarlo hablar

por espacio de media hora del conde-duque y de nuestro señor castellano

español, y de darle la razón en todo, aun cuando no diga más que

tonterías. Diré después algunas palabritas sobre el conde mi tío, del

consejo secreto: ¿y sabéis el efecto que producirán dichas palabras

en los oídos del señor podestá? Al fin de la jornada él tiene más

necesidad de nuestra protección, que vos de su condescendencia. Iré, lo

haré todo á pedir de boca, y lo dejaré mejor dispuesto que nunca.

Después de estas y otras palabras semejantes, el conde Attilio salió

para ir á caza, y D. Rodrigo quedó esperando con ansiedad la vuelta del

_Griso_. Éste vino al fin á la hora de comer, para hacer la relación de

todo lo que había ocurrido.

El desorden de la pasada noche había sido tan ruidoso, la desaparición

de tres personas del lugarcillo era un suceso tan grande, que las

pesquisas, ya fuese por interés, ya por curiosidad, debían naturalmente

ser numerosas, vivas y obstinadas; por otra parte, había mucha gente

demasiado instruida de algunas particularidades, para que se pudiesen

poner de acuerdo para callar. Perpetua no podía dejarse ver en el

umbral de su puerta, que no se viese asaltada, ya por uno, ya por

otro, para que dijese quién había causado aquel gran miedo á su amo; y

Perpetua recapacitando en todas las circunstancias del suceso, y viendo

finalmente de qué modo había sido burlada por Inés, sentía una cólera

tal por aquella perfidia, que tenía necesidad al propio tiempo de

desfogarse un poco. Aunque se lamentase con el tercero y con el cuarto,

sobre los medios que habían tenido de burlarse de ella, no respiraba

acerca de este punto; mas el tiro hecho á su pobre amo no podía pasarlo

enteramente en silencio; y sobre todo, que semejante tiro hubiese sido

concertado y puesto por obra por aquel honrado joven, por aquella

buena viuda, y por aquella inocente virgen. D. Abundio podía muy bien

ordenarle resueltamente y rogarle con cordialidad que se callara; ella

podía también repetirle que no había necesidad de recomendarle una

cosa tan clara y tan natural; es verdad que tan gran secreto estaba

en el corazón de la pobre mujer como está en un tonel viejo falto de

cercos un vino enteramente nuevo que se acaba de echar, que trabaja,

fermenta, hierve de nuevo, y si no echa la tapa por el aire, gime allí

dentro y sale la espuma, se escapa al través de las duelas, y gotea

por todas partes, hasta que se puede beber y decir en su día qué vino

es. Gervasio, que creía soñar al verse una vez mejor informado que

los demás, á quien no parecía pequeña gloria el haber tenido un gran

miedo, y que por haber contribuido á una cosa que picaba en criminal,

creía ser ya un hombre como los demás, reventaba de deseos por

vanagloriarse de ello. Y aunque Tonio, que pensaba seriamente en las

pesquisas y procesos posibles y en la cuenta que sería preciso rendir,

le previniese con el puño en la nariz, sin embargo, no fué dueño para

ahogar en su boca todas las palabras. Por lo demás, Tonio mismo,

después de haber estado ausente de su casa aquella noche hasta hora

muy avanzada, volviéndose á ella con paso y semblante no acostumbrado,

con una agitación de espíritu que lo disponía á la sinceridad, no pudo

callar el hecho á su mujer, la cual no era muda. El que habló menos

fué Menico, porque así que hubo contado á sus padres la historia y

el motivo de su expedición, que éstos se alarmaron tanto al ver que

su hijo se había mezclado en cooperar á una empresa en que jugaba D.

Rodrigo, que casi no le dejaron concluir su narración. Después le

dieron las más fuertes y amenazadoras órdenes, previniéndole que se

guardase bien de decir nada; y á la mañana siguiente, no pareciéndoles

que estaban suficientemente seguros, resolvieron tenerlo encerrado en

casa por todo el día y aun por algunos más. ¡Pero qué! ellos mismos

después, charlando con las gentes del país, y sin querer manifestar

que sabían más que ellos, cuando llegaban á aquel punto oscuro de la

fuga de nuestros tres infortunados, y al cómo, y al por qué, y adónde,

añadían como cosa muy cierta que se habían refugiado en Pescarenico.

Así esta circunstancia entró en las conversaciones generales. Con

todos estos propósitos, verdaderos ó falsos, puestos en seguida juntos

y unidos según se acostumbra, y con los adornos que se les aplica

naturalmente cuando se forjan, se podía hacer una historia de una

certeza y de una claridad tal, que el juicio más crítico debía estar

satisfecho. Mas aquella invasión de los bravos, accidente demasiado

grave y demasiado ruidoso para ser pasado por alto, y del cual nadie

tenía un conocimiento muy positivo; dicho accidente, pues, era el que

hacía, sobre todo, la historia más oscura y embrollada. Se murmuraba

el nombre de D. Rodrigo: en esto todos estaban de acuerdo; en lo demás

no se veía otra cosa que conjeturas diversas y profunda oscuridad. Se

hablaba mucho de dos guapetones que habían sido vistos en la calle

al anochecer, y del que estaba á la puerta de la hostería. ¿Pero

qué luz podía sacarse de este hecho tan aislado? Se preguntaba al

huésped quién había estado en su casa la noche anterior; pero éste

no se acordaba, sin embargo, de haber visto á nadie en dicha noche,

y concluía siempre diciendo, que su hostería era como un puerto de

mar. Sobre todo, lo que confundía las imaginaciones y desordenaba las

conjeturas, era aquel peregrino visto por Stéfano y por Carlandrea;

aquel peregrino que los malvados querían asesinar y que había partido

con ellos, y que también se habían llevado. ¿Qué había ido á hacer

allí? ¡Era un alma del purgatorio aparecida para ayudar á las mujeres;

era un alma condenada de un malvado é impostor peregrino, que venía

siempre de noche á unirse para hacer fechorías con aquellos mismos

con los que las había hecho viviendo; era un peregrino real y vivo,

que aquéllos habían querido asesinar por miedo de que gritase y

alborotase el pueblo; era (mirad lo que fueron á pensar) uno de los

mismos malandrines disfrazado de peregrino! Era esto, era aquello,

era tantas cosas, que toda la sagacidad y experiencia del _Griso_

no hubiera bastado á descubrir, si éste hubiese tenido que saber

esta parte de la historia por las conjeturas de los demás; pero ya

sabe el lector, que lo que para otros era una confusión, estaba para

él muy claro. Sirviéndose de la clave para interpretar las otras

noticias recogidas inmediatamente por sí, ó por medio de subordinados

exploradores, pudo, entre todo, hacer una relación bastante clara á D.

Rodrigo. Encerróse al momento con él, le informó del golpe intentado

por los novios, lo cual explicaba naturalmente haber hallado la casa

vacía y el tocar á rebato, sin que hubiese necesidad de suponer que

en el palacio hubiese habido algún traidor (según decían aquellos dos

hombres de bien). Le participó la fuga, y la razón de esto era fácil

de encontrar; el temor de los prometidos cogidos en falta, ó algún

aviso de la invasión, recibido cuando ésta había sido descubierta, y

todo el pueblo puesto en movimiento. Finalmente, dijo, que aquéllos se

habían refugiado en Pescarenico; desde esto en adelante no alcanzaba

más su ciencia. Complació á D. Rodrigo el estar cierto que nadie le

había hecho traición, y ver también que no quedaban huellas de lo que

había hecho; mas esto no fué más que una débil y rápida complacencia.

“¡Han huido juntos, gritó!, ¡juntos! ¡y ese fraile malvado!, ¡ese

fraile!”... Las palabras salían con trabajo de su garganta; rechinaba

los dientes; su aspecto era feroz como sus pasiones. “¡Ese fraile me

la pagará, _Griso_, ó yo no sería quien soy!... ¡Quiero saber... yo

quiero encontrar... esta tarde misma quiero saber en dónde están; no

descansaré hasta entonces: á Pescarenico, pronto; á saber, á ver, á

encontrar... cuatro escudos al momento, y mi protección para siempre:

esta noche lo quiero saber! ¡Y ese bribón!... ¡ese fraile!”...

He aquí ya al _Griso_ de nuevo en campaña; y aquella misma tarde pudo

llevar á su digno amo la tan deseada noticia: vamos á ver de qué modo.

Uno de los más grandes consuelos de esta vida es la amistad; y uno de

los consuelos de la amistad es el tener á quien confiar un secreto.

Ahora, los amigos no se encuentran de dos en dos como esposos; nadie,

generalmente hablando, tiene más de uno, lo cual forma una cadena, que

ninguno podría hallar el fin. Cuando, pues, un amigo se procura la

dicha de depositar un secreto en el seno de otro, da á éste el consuelo

de procurarse la misma dicha que él. Le suplica, es verdad, que no

diga nada; y tal condición, el que la tomase en el sentido rigoroso de

la palabra, cortaría inmediatamente el curso de los consuelos. Mas la

práctica ha querido que se obligase únicamente á no confiar el secreto

más que á un amigo igualmente seguro, imponiendo á éste la misma

condición. Así de amigo fiel en amigo fiel, el secreto gira por esa

inmensa cadena, hasta tanto que llega á oídos de éstos ó de aquéllos,

á quienes el primero que ha hablado, no hubiera querido que hubiese

llegado nunca. Sin embargo, tendría ordinariamente que hacer un gran

pedazo de camino si cada uno no tuviese más que dos amigos, aquel á

quien se lo confía y al que se lo repite, bajo la condición de que se

lo callará. Pero hay de esos hombres privilegiados que lo cuentan á un

centenar; y cuando el secreto llega hasta uno de dichos hombres, las

vueltas se hacen tan rápidas y tan multiplicadas, que no es posible

seguir sus huellas.

Nuestro autor no ha podido acertar por cuántas bocas había pasado el

secreto que el _Griso_ tenía orden de descubrir; lo que hay de cierto

es, que el buen hombre por el cual habían sido escoltadas las mujeres

hasta Monza, al volver al anochecer á Pescarenico con su batel, se paró

antes de llegar á su casa en la de un amigo fiel, al cual contó en

confianza la obra buena que había hecho, y lo que de esto se siguió; y

lo que también hay de cierto es que el _Griso_ pudo dos horas después

correr al palacio á referir á D. Rodrigo que Lucía y su madre se habían

refugiado en un convento de Monza, y que Renzo había seguido su camino

hacia Milán.

D. Rodrigo experimentó una criminal alegría al saber aquella

separación, y sintió renacer en el fondo del corazón la malvada

esperanza de lograr su intento. Pensó en el modo gran parte de la

noche, y se levantó temprano con dos objetos: el uno en proyecto, el

otro bosquejado. El primero era expedir con la mayor prontitud al

_Griso_ á Monza, para tener noticias más evidentes de Lucía, y saber si

había medio de intentar algo. Hizo, pues, llamar inmediatamente á su

fiel servidor, púsole en la mano los cuatro escudos, le alabó de nuevo

la habilidad con la cual los había ganado, y le dió la orden que había

premeditado.

--Señor... dijo titubeando el _Griso_.

--¿Qué? ¿No he hablado claro?

--Si pudieseis mandar á algún otro...

--¿Cómo?

--Ilustrísimo señor, estoy dispuesto á arriesgar el pellejo por mi

señor, éste es mi deber; mas también sé que no quiere aventurar la vida

de sus súbditos.

--¿Y bien?

--Vuestra señoría ilustrísima sabe bien las sentencias que tengo sobre

mi cuerpo, y... aquí estoy bajo su protección; formamos una compañía;

el señor podestá es amigo de la casa; los esbirros me respetan, y yo

también... es cosa que hace poco honor, convengo en ello; mas para

vivir tranquilo... los trato como amigos. En Milán la librea de vuestra

señoría es conocida; pero en Monza, al contrario, yo soy el conocido.

¿Vuestra señoría sabe (no es por gana de decirlo) que aquel que pudiese

ponerme en manos de la justicia ó presentar mi cabeza, daría un buen

golpe? Cien escudos uno sobre otro, y la facultad de librar dos

penados.

--¡Qué diablo!, dijo D. Rodrigo; te pareces ahora á un perro de corral,

que apenas tiene valor de tirarse á las piernas del que pasa junto á

la puerta, mirando tras de sí para ver si las gentes de la casa están

dispuestas á sostenerle.

--Creo, señor amo, haber dado pruebas...

--¡Pues, y entonces!

--Entonces, replicó francamente _Griso_, hágase vuestra señoría la

cuenta que no he dicho nada: corazón de león, piernas de liebre; estoy

pronto á partir.

--No he dicho que vayas tú sólo; escoge un par de los mejores...

Sfregiato y Tira-Dritto, y ve sin miedo, y sé siempre el _Griso_.

¡Qué diablo!, ¿quién quieres tú no esté contento de dejar pasar tres

figuras como las vuestras, y que van á sus negocios? Sería preciso que

los esbirros de Monza estuviesen mal con su vida para arriesgarla por

cien escudos á un juego tan peligroso. Y después, no creo ser tan poco

conocido en aquel paraje que no se cuente por nada la cualidad de ser

servidor mío.

Habiendo así picado el pundonor del _Griso_, le dió en seguida más

amplias y detalladas instrucciones. El _Griso_ tomó sus dos compañeros,

y partió con ademán alegre y decidido, pero maldiciendo en su interior

á Monza, las sentencias, las mujeres, y los caprichos del amo.

Caminaba como un lobo que, acosado por el hambre, con el vientre vacío

y con las costillas que se le hubieran podido contar, baja de sus

montañas en donde no hay más que nieve, avanza con precaución hacia

la llanura, se para de cuando en cuando con una mano levantada y

meneando su rozada cola, para ver si el viento le lleva olor de hombre

ó de hierro; endereza sus finas orejas, y hace rodar dos sangrientos

ojos, en los cuales se traslucen á la vez el ardor de la presa y el

miedo de la caza[7]. Por lo demás, el que quiera saber el origen de

este magnífico verso, diré que está sacado de una diablura inédita

sobre las cruzadas y los lombardos, que pronto no será ya inédita y

hará un terrible ruido, habiéndolo tomado porque venía á propósito, y

digo de dónde, para que no se me acuse que quiero vestirme con ropas

ajenas; que nadie piense, sin embargo, que esto sea una astucia mía

para anunciar que el autor de dicha diablura y yo seamos lo mismo que

hermanos, y que hurgo á mi placer en todos sus manuscritos.

Otra cosa que meditaba D. Rodrigo era, encontrar el modo de que Renzo

no pudiese volver más con Lucía, ni poner el pie en el pueblo, con cuyo

fin maquinaba el hacer esparcir voces de amenazas y de asechanzas, que

llegando á sus oídos por medio de algún amigo, le hiciesen pasar los

deseos de volver. Creía, sin embargo, que lo más seguro sería buscar un

medio para que lo desterrasen del Estado, y para lograr esto veía que

más que la fuerza podía servirle la justicia. Se podía, por ejemplo,

presentar bajo negros colores, la tentativa que había hecho en la casa

parroquial, pintarla como una agresión, como un acto sedicioso, y

con ayuda del doctor, hacer entender al podestá que éste era un caso

grave para expedir contra Renzo un magnífico auto de prisión; pero

calculó que no era conveniente á un personaje como él remover aquel

feo negocio; y sin querer por más tiempo romperse la cabeza, resolvió

franquearse con el doctor _Azzecca-Garbugli_, lo suficiente para

hacerle comprender su deseo. ¡Hay tantas ordenanzas! pensaba, y el

doctor no es un ganso: él encontrará alguna cosa que me haga al caso,

alguna camorra que buscar á ese villano, pues de otro modo le mudo el

nombre. ¡Mas ved, sin embargo, cómo van algunas veces las cosas de este

mundo! Mientras que él piensa en el doctor, como en el hombre más hábil

que pudiese servirle en el negocio, otro hombre, el hombre que nadie

podría imaginarse, Renzo mismo, para decirlo de una vez, trabajaba de

todo corazón en ayudarle de un modo mucho más seguro y expedito que

todos los que el doctor hubiera podido jamás encontrar.

He visto muchas veces un amable niño, listo, á decir verdad, pero que

en todo lo que él hace manifiesta llegar á ser un hombre cumplido; lo

he visto, repito, con frecuencia, ocupado al anochecer en hacer entrar

en el corral su manada de conejillos de Indias que había dejado correr

libremente por el día en un huertecillo. Hubiera querido hacerlos

entrar á todos á un mismo tiempo; pero era en vano; el uno se escapaba

á la derecha, y mientras el pastorcillo corría con el objeto de

reunirlo á la manada, el otro, dos, tres, se escapaban á la izquierda

y por todas partes, de modo que después de haberse impacientado un

poco, se adaptaba á sus maneras, arrojaba hacia dentro primeramente

á los que estaban más cercanos á la puerta, luego iba á buscar á los

demás, y los iba metiendo de uno á uno, de dos en dos, de tres en

tres; en fin, según podía. Es indispensable que nosotros hagamos con

nuestros personajes un juego semejante: refugiada Lucía, hemos corrido

al palacio de D. Rodrigo, y ahora debemos abandonarla para ir detrás de

Renzo, á quien habíamos perdido de vista.

Después de la dolorosa separación que hemos referido, caminaba Renzo

desde Monza con dirección á Milán, en una situación de espíritu que

cualquiera podrá imaginar fácilmente. ¡Abandonar su casa, perder el

oficio, y lo que era peor de todo, alejarse de Lucía, hallarse en un

camino sin saber adónde iría á parar, y todo por causa de aquel bribón!

Cuando se entretenía su pensamiento sobre cualquiera de estas cosas, se

apoderaba de él la rabia y el deseo de la venganza; mas luego recordaba

aquella súplica que había hecho en compañía de su buen fraile en la

iglesia de Pescarenico, y se enmendaba. Algunos instantes después

volvía á enfurecerse; mas al ver una imagen pintada en la pared, se

quitaba el sombrero, y se paraba al momento á rogar de nuevo, si bien

que en su viaje mató en su interior á D. Rodrigo, y lo resucitó á lo

menos veinte veces. El camino, trazado entre dos elevadas márgenes, era

cenagoso, pedregoso, surcado de profundos carriles, los cuales después

de haber llovido, se convertían en arroyos, y en ciertos parajes

más bajos, se inundaba todo, de tal modo, que se hubiera podido ir

embarcado. Á algunos pasos, un pequeño y escarpado sendero formando

escalones, indicaba que otros viajeros se habían abierto camino á

través de los campos. Habiendo subido Renzo por una de aquellas sendas

provisionales sobre un terreno más elevado, vió delante de sí la

inmensa mole de la catedral aislada sobre la llanura, como si saliese

del desierto y no del seno de una ciudad; olvidó por un momento todas

sus aflicciones, y se paró á contemplar, aunque de lejos, aquella

octava maravilla, de la cual tanto había oído hablar en su infancia.

Después de algunos momentos, volviendo atrás la vista, vió en el

horizonte aquel gran conjunto de desiguales cimas; divisó claramente

entre ellas á su tan elevado _Resegon_: sintió revolverse toda su

sangre, y se detuvo algún tiempo mirando tristemente aquellos sitios,

después de lo cual continuó su camino todavía más afligido. Poco á

poco empezó á descubrir los campanarios, las torres, las cúpulas y los

tejados: bajó entonces de nuevo al camino, anduvo aún algún tiempo, y

cuando conoció que estaba cerca de la ciudad, se acercó á un viajero,

é inclinándose con toda la política de que era capaz, le dijo: Buenos

días, caballero.

--¿Qué queréis, buen joven?

--¿Podríais enseñarme el camino más corto para ir al convento de

capuchinos en donde está el padre Buenaventura?

El hombre á quien Renzo se dirigía era un rico vecino de las cercanías,

que habiendo ido aquella mañana á Milán á sus negocios, se volvía sin

haber hecho nada, con la mayor precipitación, no viendo la hora de

llegar á su casa, no habiendo echado seguramente de menos semejante

detención. Con todo esto, sin dar señales de impaciencia, contestó

con mucha dulzura: hijo mío, conventos hay más de uno; sería preciso

que me supieseis decir con más claridad cuál es el que buscáis. Renzo

sacó de su pecho la carta del padre Cristóbal y se la enseñó á aquel

caballero, el que habiendo leído _Puerta Oriental_, se la devolvió

diciendo: “Sois afortunado, mi buen joven; el convento que buscáis está

muy cerca de aquí: tomad por esta pequeña senda á la derecha; éste es

un atajo, en pocos minutos llegaréis á una esquina de un edificio largo

y bajo, es el Lazareto; dad la vuelta al foso que lo rodea, y llegaréis

á la Puerta Oriental: entrad, y al cabo de unos cuatrocientos pasos,

veréis una plazuela adornada de bellos olmos; allí está el convento;

no os podéis equivocar. Dios os guarde, joven mancebo”. Y acompañando

estas últimas palabras con un gracioso gesto, partió. Renzo quedó

estupefacto y edificado de la cortesía que tenían los ciudadanos con la

gente del campo. No sabía que aquél era un día extraordinario, un día

en que las capas se inclinaban ante los jubones.

Siguió el camino que le había sido indicado, y se encontró en la Puerta

Oriental. Sin embargo, no es preciso que á este nombre el lector deje

ir su fantasía á las imágenes que hoy día están asociadas á él. Cuando

Renzo entró por aquella puerta, el camino por la parte exterior no era

recto más que por toda la longitud del Lazareto; después se prolongaba

tortuoso y estrecho entre dos columnas, con un tejadillo para sostener

los postes, y al otro lado una casita para los guardas. La calle que

se abría delante de la puerta, por la cual se entraba, no se parecía

en nada á la que ahora se presenta al que entra por la puerta de Tosa.

Un pequeño foso corría por el centro hasta cerca de la puerta, y la

dividía de este modo en dos callejuelas tortuosas, cubiertas de polvo

ó de barro, según la estación. En el paraje donde existía y existe aún

aquel grupo de casas que se llama el Borghetto, el foso se perdía en un

gran sumidero. Allí se hallaba una columna sobre la cual había una cruz

que llamaban la columna de S. Dionisio: á derecha é izquierda veíanse

huertos circuidos de vallados, y á intervalos casitas habitadas las más

por lavanderas.

Renzo entró, pasó: ninguno de los guardas le dijo una palabra, lo que

le pareció muy extraño, porque había oído contar á los de su pueblo que

podían vanagloriarse de haber estado en Milán, mil cosas increíbles

de registros y preguntas que hacían al que llegaba de fuera. La calle

estaba desierta; de modo, que si no hubiese oído un ruido lejano que

indicaba un gran movimiento, le hubiera parecido que entraba en una

ciudad abandonada. Siguiendo calle adelante sin saber lo que pensar,

divisó en el piso ciertos regueros blancos y blandos, á semejanza de

la nieve; mas nieve no podía ser, porque ésta no cae ordinariamente

en semejante estación, ni se queda en el suelo formando regueros. Se

inclinó sobre uno de ellos, lo miró, lo tocó y vió que era harina. Gran

abundancia, se dijo, debe haber en Milán cuando así se desperdicia la

gracia de Dios; y sin embargo, nos daban á entender que había carestía

en todas partes; he aquí cómo se arreglan para tener quieta á toda

la gente del campo. Mas después de haber dado algunos pasos, llegó

delante de la columna, á cuyo pie divisó cierta cosa más extraña: vió

sobre las escaleras del pedestal varios objetos esparcidos que no

eran seguramente guijarros; porque si aquéllos hubiesen estado en el

mostrador de un panadero, no se hubiera vacilado un momento en darles

el nombre de panes. Pero Renzo no se atrevía tan pronto á fiarse en

su vista, porque, ¡qué diablos! ¡aquél no era el sitio de poner el

pan! Vamos á ver qué es esto, se dijo de nuevo. Se dirigió hacia

la columna, se bajó y recogió uno; era en efecto, un pan redondo,

blanquísimo, de los que Renzo no acostumbraba á comer más que en las

grandes solemnidades. ¡Es pan de veras! dijo en alta voz; tanta era su

admiración: ¿así lo siembran en este país, en un año como éste, y no

se incomodan siquiera para recogerlo cuando cae? Es indispensable que

éste sea el país de la cucaña. Después de diez millas de camino que

había hecho, el aire fresco de la mañana, la vista de aquel pan, junto

con la admiración que había experimentado, se le despertó el apetito.

¿Lo cogeré? pensaba entre sí: ¡ah! lo han dejado aquí á discreción de

los perros; mejor es que se aproveche de ello un cristiano: al fin y al

cabo, si comparece el amo, se lo pagaré. Así pensando, se lo metió en

un bolsillo, tomó un segundo y lo colocó en otro bolsillo, se apoderó

de un tercero y empezó á comer; después de esto echó á andar más

incierto que nunca, y deseoso de aclarar aquel suceso.

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 1 · 第 16 / 26 段