de la ciudad y miró atentamente á los primeros que se presentaron.
Éstos eran un hombre, una mujer, y á algunos pasos más atrás un
muchacho; los tres llevaban una carga sobre las espaldas, la cual
parecía superior á sus fuerzas, y todos tres tenían una figura muy
rara. Sus vestidos, ó más bien sus harapos, enharinados, su cara
ardiente, inflamada y cubierta de harina; su marcha no sólo era penosa
á causa de la carga, sino también sumamente dolorosa, como si hubiesen
sido magullados y golpeados. El hombre llevaba sobre sus hombros un
gran saco de harina, agujereado por algunas partes y la sembraba á
puñados á cada encuentro que tenía ó á cada paso dado en falso. Pero la
figura de la mujer era todavía más singular: tenía un enorme corpachón
y llevaba los brazos extendidos, los cuales parecía que apenas podía
sostener, asemejándose á dos corvas asas de una gran tinaja: debajo
de aquel gran vientre salían dos piernas desnudas hasta más arriba
de la rodilla, las que iban avanzando vacilantes. Renzo miró con más
atención y vió que aquel gran cuerpo era el guardapiés que la mujer
sostenía por sus extremos, llevándolo tan lleno de harina, cuanta podía
caber; y había tanta, que á cada instante se escapaba formando una gran
polvareda. El muchacho sostenía con las dos manos una cesta colmada
de panes, la cual llevaba sobre la cabeza; pero por tener las piernas
más cortas que sus padres se quedaba poco á poco atrás, y doblando en
seguida el paso todo lo que podía, con el objeto de reunirse á ellos,
la cesta perdía el equilibrio y de cuando en cuando caía algún pan.
--¡Bruto! no sirves para nada; si vuelves á dejar caer otro, dijo la
madre enseñando los puños apretados al muchacho...
--Yo no los dejo caer, ellos se caen: ¿cómo he de hacerlo? repuso éste.
--¡Oh!... suerte tuya es el que tenga las manos ocupadas, contestó
la mujer moviendo los puños como si fuese á darle un manotón; y este
movimiento la hizo derramar más harina de la que hubiera sido necesario
para hacer los dos panes que el muchacho había dejado caer.
--Vamos, vamos, dijo el hombre: volvamos atrás á recogerlos, porque si
no alguno lo hará. ¡Hace tanto tiempo que nos vemos privados de todo!
Ahora que viene un poco de abundancia, gocémosla en santa paz.
Entretanto iba entrando por la puerta la gente del campo, y uno de
éstos, acercándose á la mujer, le preguntó: “¿Adónde se va á tomar el
pan?”.
--Más adelante, respondió aquélla, y así que estuvieron á diez pasos de
distancia, añadió refunfuñando: Esos bribones de campesinos vendrán á
saquear todos los hornos y almacenes, y no quedará nada para nosotros.
--Eres muy gruñona, mujer, dijo el marido: deja que haya un poco para
cada uno: ¡abundancia, abundancia!
Renzo empezó á sacar en consecuencia de lo que veía y oía, que había
llegado á una ciudad insurreccionada, y que aquél era un día de
revolución, es decir, que cada uno tomaba según su deseo y su fuerza,
dando golpes en pago. Nosotros desearíamos hacer jugar un buen papel
á nuestro aldeano; mas la sinceridad histórica nos obliga á decir que
su primer sentimiento fué de placer. Tenía tan poco que alabarse de
las cosas que ordinariamente le sucedían, que se hallaba inclinado á
aprobar cualquier acontecimiento que las mudase de un modo ó de otro.
Por lo demás, no siendo nuestro joven mancebo un hombre de todo punto
superior á su siglo, vivía también con aquella opinión, ó más bien con
aquella pasión general, de que la escasez del pan era motivada por los
monopolistas y panaderos; y estaba dispuesto á encontrar justo todo
medio de arrancarles de las manos las subsistencias que éstos, según
dicha opinión, negaban cruelmente al hambre de todo un pueblo. Sin
embargo, trató de huir del desorden, y se alegró de haber sido dirigido
á un capuchino, el cual podría darle un asilo y servirle de padre.
Así pensando, y mirando mientras á los nuevos conquistadores que iban
apareciendo cargados de despojos, hizo el poco de camino que le quedaba
para llegar al convento.
En donde ahora se eleva un bello palacio con sus altas galerías, había
entonces y existía todavía no hace muchos años una plazoleta, en el
fondo de la cual se encontraba la iglesia y el convento de capuchinos,
delante de cuya fachada descollaban cuatro gigantescos olmos. Nosotros
felicitamos, no sin envidia, á aquellos de nuestros lectores que no han
visto las cosas en dicho estado: esto quiere decir que son muy jóvenes,
y que no han tenido tiempo de hacer muchas tonterías. Renzo se fué
directamente á la puerta, volvió á colocar en su seno el medio pan que
le quedaba, sacó y tuvo preparada en su mano la carta, y tiró de la
cuerda de la campana. Á poco rato se abrió un ventanillo que tenía un
enrejado, y apareció la figura del hermano portero á preguntar quién
era.
--Un aldeano, que trae al padre Buenaventura una carta urgente del
Padre Cristóbal.
--Dádmela, dijo el portero, introduciendo los dedos por entre la
rejilla.
--No, no, dijo Renzo; debo entregarla en sus propias manos.
--No está en el convento.
--Dejadme entrar que lo esperaré.
--Haced otra cosa mejor, dijo el fraile, id á esperarlo á la iglesia, y
de este modo podréis hacer algo bueno. Por ahora no se puede entrar en
el convento.
Esto dicho cerró el ventanillo. Renzo permaneció allí un rato con
su carta en la mano. Dió diez pasos con dirección á la puerta de la
iglesia para seguir el consejo del portero, mas luego pensó ir á echar
una ojeada sobre todo aquel tumulto. Atravesó la plazoleta, se colocó
al extremo de la calle, y con los brazos cruzados sobre el pecho, se
puso á mirar á la izquierda, hacia el interior de la ciudad en donde
el bullicio era más fuerte y más ruidoso. El torbellino arrastró
al espectador. Vamos á ver, dijo entre sí: sacó de nuevo su pan, y
entretenido en darle magníficos bocados, se puso en movimiento hacia
aquel lado. En el ínterin que él se dirige allí, nosotros referiremos
con la brevedad posible los motivos y el principio de aquel desorden.
NOTAS:
[7]
_Leva il muso, odorando il vento infido._
Levanta el hocico, husmeando el viento engañador.
Ya se verá que este verso está copiado de un poema inédito de Alejandro
Manzoni.
CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO
Aquél era el segundo año en el cual había sido escasa la recolección.
En el anterior, las provisiones que habían quedado de los años atrás
habían suplido la falta hasta cierto punto, y la población había
llegado á la cosecha del año 1628, que es la época de nuestra historia,
no enteramente satisfecha ni hambrienta, sino desprovista de recursos.
Al presente la cosecha tan deseada fué todavía más escasa que la
anterior, á causa de la mala estación (y esto no sólo en el milanesado,
sino también en una gran extensión de pueblos circunvecinos), y por
culpa de los hombres. Los estragos y los despilfarros de la guerra
eran tales, que en el lugar más cercano á ella, un gran número de
propiedades quedaban más que de ordinario sin cultivar y abandonadas
por los aldeanos, los cuales, en vez de procurarse pan por medio
de su trabajo para sí y para los demás, se veían obligados á irlo á
mendigar por caridad. He dicho más que de ordinario, porque las cargas
insoportables, impuestas con una avidez y una ceguedad sin ejemplo,
la conducta habitual, aun en plena paz, de las tropas alojadas en
los pueblos, conducta que los dolorosos documentos de aquella época
comparaban á la de un ejército invasor, y otras razones, las cuales no
es éste el lugar de mencionar, obraban lentamente hacía ya algún tiempo
ese triste efecto en el milanesado. Las circunstancias particulares de
que ahora acabamos de hablar, eran como la irritación súbita de una
enfermedad crónica. Concluida apenas la recolección, he aquí que las
provisiones para el ejército y el desperdicio que siempre le sigue,
abrieron tal brecha, que la penuria se hizo sentir de súbito, y con
ésta su doloroso pero saludable é inevitable efecto, la carestía.
Mas cuando ésta llega á cierto punto, nace siempre (ó al menos ha
nacido siempre hasta ahora, ¡y si todavía dura, después de tantos
escritos de hombres hábiles, juzgad lo que sería en aquellos tiempos!)
nace en la imaginación del mayor número la opinión que no ha sido
motivada por la falta de subsistencias. Se acuerda uno de haberla
temido pronosticado; se supone á un tiempo que hay suficiente grano,
y que el mal proviene únicamente de que no se pone bastante en venta
para el consumo, suposiciones que son fuera de razón, pero que engañan
á un tiempo la cólera y la esperanza. Los monopolistas de granos,
verdaderos é imaginarios, los propietarios que no vendían toda su
cosecha en un día, los panaderos que compraban; todos aquéllos, en fin,
que tenían poco ó mucho, ó que pasaban por tener, éstos, pues, eran
considerados como los autores de la carestía, de las subsistencias y de
la penuria: contra los mismos estallaban las quejas generales; ellos
se habían captado el odio de la multitud bien ó mal vestida. Decíase,
con seguridad, dónde tenían los almacenes, dónde estaban los graneros
colmados, apuntalados; se indicaba un número de sacos disparatado; se
hablaba con certeza de la inmensa cantidad de trigo que se exportaba
secretamente, é igualmente se vociferaba con tanta seguridad y con
la misma cólera, que el grano exportado á otros países volvía otra
vez á Milán. Implorábanse de los magistrados las medidas que parecían
siempre, ó á lo menos han parecido hasta aquí á la multitud, tan
justas, tan sencillas, tan propias para hacer salir el grano oculto,
tapiado, sepultado, según decían, con el objeto de que volviese la
abundancia. Los magistrados siempre hacían algo, como por ejemplo,
fijar el máximun de cada género, imponer penas á los que rehusasen
venderle, y otras órdenes por el estilo. Mas con todo, como las
precauciones de este mundo, por eficaces que sean, no tienen la virtud
de disminuir la necesidad de alimentarse ni de hacer venir las cosechas
fuera de estación; y así como los que ejercían el poder no tenían
seguramente el de hacer venir el trigo de los parajes en donde podía
haber demasiado, así también el mal duraba y crecía. La muchedumbre
atribuía semejante efecto á la falta y á la debilidad de los remedios,
y los solicitaba á grandes gritos, más vigorosos y decisivos. Para su
desventura encontró un hombre según su corazón.
En ausencia del gobernador D. Gonzalo Fernández de Córdoba, que mandaba
el sitio de Casalez Monferrato, el gran canciller Antonio Ferrer,
también español, hacía sus veces en Milán. Éste vió (y quién no lo
hubiera visto), que estar el pan á un precio justo era una cosa muy
apetecible, y pensó que una orden suya bastaría para obtener dicho
resultado. Fijó la _meta_ (éste es el nombre que se da en Milán á las
tarifas en materia de comestibles) del pan al precio que hubiera sido
justo, si el grano se hubiese comúnmente _vendido á treinta y tres
libras_ el _moggio_[8], y éste se vendía hasta ochenta. Obró como una
mujer que ha sido joven, y que piensa rejuvenecerse alterando su fe de
bautismo.
Órdenes menos insensatas y menos injustas habían quedado más de una
vez sin ejecución, por la resistencia de las mismas cosas; pero el
pueblo que veía finalmente sus deseos convertidos en leyes, y que no
hubiera sufrido que esto fuese una burla, velaba para que se pusiera
en práctica. Corrió prontamente á las panaderías, pidiendo pan al
precio tasado; y lo pidió con aquel ademán de resolución y amenaza que
prestan las pasiones, la fuerza y la ley reunidas. Si los panaderos se
quejaban, no hay que preguntarlo: cerner la harina, trabajar la pasta,
enhornar y sacar del horno el pan sin interrupción (porque el pueblo,
trasluciendo confusamente que aquello era una cosa violenta, asaltaba
los hornos de continuo para gozar de aquella cucaña hasta que durase);
fatigarse, digo, y estropearse al mismo tiempo, todo para perderse,
cualquiera puede considerarse qué hermoso placer debía ser. Mas por
una parte, los magistrados imponían penas severas; por otra, el pueblo
que quería ser servido, se impacientaba, murmuraba al menor retardo
y amenazaba sordamente con uno de sus actos de justicia, que son los
peores que puede haber en este mundo. No había medio: era preciso
amasar, enhornar, sacar del horno y vender. Sin embargo, para hacerlos
continuar en aquella empresa, no bastaba que les fuese mandado ni que
tuviesen mucho miedo; era preciso poder; y un poco más que hubiese
durado la cosa, no hubieran podido. Hacían ver á los magistrados la
injusticia y la carga insoportable que les habían impuesto; protestaban
querer echar la pala en el horno y marcharse; y en el ínterin,
tiraban adelante como podían, esperando siempre que un día ú otro el
gran canciller entendería la razón. Mas Antonio Ferrer, el cual era
hombre de carácter, respondió que los panaderos habían ganado mucho
en los años anteriores, y que ganarían mucho también cuando volviese
á haber abundancia; que vería, que trataría acaso de indemnizarlos, y
que entretanto surtiesen de pan. ¿Estaría verdaderamente persuadido
de las razones que alegaba, ó que aun conociendo por los efectos la
imposibilidad de conservar aquella orden suya, quisiese dejar á los
demás la odiosidad de revocarla? ¿Quién podría entonces leer en el
pensamiento de Antonio Ferrer? Lo que hay de cierto es, que se mantuvo
firme en lo que había establecido. Finalmente, los decuriones (esta
era una magistratura municipal compuesta de nobles, que duró hasta
el año noventa y seis del siguiente siglo) informaron por escrito al
gobernador acerca del estado de las cosas, suplicándole buscase algún
medio de remediarlo.
D. Gonzalo, sumamente engolfado en los asuntos de la guerra, hizo
lo que el lector seguramente imagina: nombró una junta; á la cual
confirió la autoridad de fijar el pan á un precio razonable; ésta
era una cosa justa para todos. Los diputados se reunieron, ó como
entonces se decía españolescamente en jerga diplomática, se juntaron;
y después de mil reverencias, cumplimientos, preámbulos, suspiros,
reticencias, proposiciones vanas, tergiversaciones, arrastrados todos
á una deliberación de la que tenían necesidad, sabiendo bien que se
entretenían en un juego terrible, pero convencidos que no se podía
hacer otra cosa, concluyeron por encarecer el pan. Los panaderos
respiraron, mas el pueblo se enfureció.
La tarde antes del día en que Renzo llegó á Milán, las calles y
las plazas públicas hormigueaban de hombres que, exaltados por una
general indignación, predominados por un pensamiento común, conocidos
ó extraños, se reunían en grupos sin estar de acuerdo antes, casi
sin conocerse, como las gotas de agua que se precipitan sobre un
mismo declive. Cada discurso aumentaba la pasión y la persuasión de
los oyentes, del mismo modo que el que lo había proferido. En medio
de tantos hombres exaltados, había algunos, sin embargo, de sangre
más fría que estaban observando con mucho placer cómo el agua se iba
enturbiando; éstos se divertían en aumentar la irritación popular por
medio de aquellos razonamientos y noticias que los malvados saben
componer, y que los espíritus alterados creen siempre, proponiéndose
no dejar posar la agitada agua hasta haber pescado algo. Millares
de hombres fueron á acostarse con la idea confusa de que era preciso
hacer, que se haría alguna cosa al otro día. Al amanecer, las calles
estaban de nuevo henchidas de grupos; niños, mujeres, hombres,
ancianos, obreros, mendigos, se reunían por casualidad: por un lado se
oía un murmullo confuso de muchas voces; por otro, uno peroraba, y los
demás aplaudían; éste hacía al que tenía más cerca la misma pregunta
que acababan de hacerle; aquél repetía la exclamación que había sentido
resonar en sus oídos; por todas partes estallaban lamentos, amenazas,
gritos de sorpresa: un pequeño número de vocablos, era la materia de
tantas conversaciones.
No faltaba otra cosa más que una ocasión, un motivo ligero, un impulso
cualquiera, para reducir las palabras á hechos, y esto no tardó mucho.
Al amanecer, los mozos, según tenían de costumbre, salieron de las
panaderías con las banastas cargadas de panes que iban á llevar á
las casas. El primero de estos infortunados que apareció en medio de
aquellos grupos, hizo el efecto de un cohete que cae en un almacén de
pólvora. ¡Mirad si hay ó no pan! gritaron á un tiempo cien voces.
--Sí, para los tiranos que nadan en la abundancia, y quieren que nos
muramos de hambre, dijo uno, el cual se acercó al mozo, echó la mano
al asa de su banasta, empujóla hacia sí, y dijo: “Déjame ver”. El
joven se puso encarnado, palideció, tembló, hubiera querido decir:
dejadme andar; mas la palabra expiró en sus labios, aflojó los brazos,
y trató de librarse apresuradamente de los que le rodeaban. “¡Abajo
la banasta!” gritan: muchas manos la cogen á un tiempo; y estando ya
en tierra, echan al aire el lienzo que la cubre: una tibia fragancia
se difunde por todo el rededor. “Nosotros somos también cristianos;
nosotros también debemos comer pan”, dijo el primero. En seguida toma
uno, lo levanta mostrándolo á la multitud, y empieza á darle magníficos
bocados: luego no se vió otra cosa más que un centenar de manos en
la banasta, panes por el aire; en menos tiempo del que empleamos en
decirlo, estuvo vacía.
Aquellos á quienes no había tocado nada, irritados al ver la ganancia
de los demás, y animados por la facilidad de la empresa, se encaminaron
á bandadas en busca de otras banastas: cuantas encontraron, tantas
desocuparon. Á pesar de todo, los que quedaban con los dientes largos,
eran sin comparación los más; los conquistadores mismos no estaban
satisfechos de una tan pequeña presa, y mezclados después con los unos
y con los otros, eran los que habían formado el designio de un desorden
de mejor condición. “¡Al horno, al horno!” gritaban.
En la calle llamada de la _Corsia de Servi_, había y todavía hay un
horno que conserva el mismo nombre; nombre que en toscano significa
el horno de las muletas, y en milanés está compuesto de palabras
heteróclitas, tan raras, tan selváticas, que el alfabeto de la lengua
italiana no tiene caracteres para indicar el sonido. En aquel paraje
fué donde la multitud se detuvo: la gente de la panadería preguntaba al
muchacho que había vuelto sin la carga, y el cual sumamente sofocado
y turbado refería balbuceando su triste aventura, cuando he aquí que
de repente se siente un ruido de pisadas y de voces; se aumenta y se
acerca, compareciendo la vanguardia del tropel.
“Cerrar, cerrar pronto, pronto”. El uno corre á pedir auxilio al capitán
de justicia; los otros cierran precipitadamente la tienda, y atrancan
las puertas; la gente empieza á arremolinarse por la parte exterior y á
gritar: “¡Pan, pan! ¡Abrid, abrid!”.
Pocos momentos después se ve llegar al capitán de justicia acompañado
de un piquete de alabarderos.--¡Apartaos, apartaos, hijos míos! ¡Á
casa, á casa! Dejad pasar al capitán de justicia, gritó éste en medio
de sus alabarderos. El pueblo que todavía no era muy numeroso, se
separó un poco, de modo que aquéllos pudieron llegar y formarse muy
unidos, si no en buen orden, delante la puerta cerrada de la tienda.
--Pero, hijos míos, gritaba el capitán, ¿qué hacéis aquí? Á casa,
á casa. ¿Dónde está el temor de Dios? ¿Qué dirá el rey nuestro
señor? Nosotros no queremos haceros daño; pero retiraos á vuestras
casas; portaos como gente honrada. ¿Qué diablo venís á hacer aquí así
agrupados? Nada bueno ni para vuestra alma ni para vuestro cuerpo. ¡Á
casa, á casa! Pero aun cuando los mismos que veían al orador y oían sus
palabras hubiesen querido obedecer, no hubieran podido, arrojados como
estaban y empujados por los de atrás, á los cuales empujaban á su vez,
como la ola empuja la ola de línea en línea, hasta la extremidad de
la multitud, que iba siempre en aumento; la respiración empezaba ya á
faltar al capitán.--Hacedlos retroceder un poco para que yo pueda tomar
aliento, decía á los alabarderos; mas no hagáis mal á nadie. Veamos el
modo de entrar en la tienda: llamad, tratad de que permanezcan á una
distancia respetuosa.
--¡Atrás, atrás! gritaron los alabarderos, lanzándose todos unidos
contra los primeros, y rechazándolos con los cuentos de las alabardas.
Éstos gritaban, retrocedían según podían, dándose con las espaldas en
los pechos, con los codos en el vientre, con los talones en las puntas
de los pies de aquellos que iban detrás. Se apresuran, se estrechan, se
atropellan de tal modo, que los que se encontraban en medio hubieran
pagado cualquier cosa por hallarse en otra parte. Sin embargo, la
puerta quedó un poco más desembarazada; el capitán llama y vuelve á
llamar, grita que le abran; los de dentro, viéndolo desde la ventana,
bajan con presteza, abren; el capitán entra, llama á los alabarderos,
los cuales entran uno á uno, los últimos conteniendo á la multitud
con las alabardas. Cuando estuvieron todos dentro, se echaron los
cerrojos á la puerta, y se atrancó; después de lo cual, el capitán sube
apresuradamente y se presenta á la ventana. ¡Oh, qué tumulto!
--¡Hijos!, grita. Muchos levantan la vista. ¡Hijos, volveos á vuestras
casas! Perdón general á los que se retiren pronto.
--¡Pan, pan! ¡Abrid, abrid! Tales eran las palabras que se oían más
claramente en medio de los alaridos terribles con que la multitud le
respondía.
--¡Juicio, hijos! ¡Miradlo bien; todavía estáis á tiempo! Vamos,
andad; volveos á casa. Pan no os faltará; pero éste no es el modo de
conseguirlo. ¡Eh, eh! ¿Qué hacéis vosotros aquí abajo? ¡Eh! ¡Los de
la puerta! ¡Oh, oh!... Veo, veo... ¡Juicio! ¡Tened cuidado! ¡Vais á
cometer un gran crimen! Ahora voy á bajar. ¡Eh, eh! Dejad ahí esos
hierros, abajo esas manos, ¡Vergüenza!... ¡Vosotros, milaneses, que
sois nombrados en todo el orbe por vuestra bondad, escuchad, escuchad!
¡Siempre habéis sido buenos hi...! ¡Ah, canalla!
Este rápido cambio de estilo fué ocasionado por una piedra que, salida
de las manos de uno de aquellos buenos hijos, vino á dar en la frente
del capitán sobre la protuberancia izquierda del censorio común.
“¡Canalla, canalla!”, continuaba gritando, cerrando con prontitud la
ventana, y retirándose. Mas aunque hubiese gritado á más no poder, sus
palabras buenas y malas se hubieran perdido y desvanecido en el aire,
á causa del estrépito que movían abajo. Lo que él decía ver, era un
gran montón de piedras y de hierros (los primeros que habían podido
procurarse en la calle) que reunían en la puerta para echarla abajo y
quitar las rejas á las ventanas, cuyo trabajo tenían ya muy adelantado.
Entretanto los dueños y mozos de la panadería, que estaban en las
ventanas de los pisos superiores, con una buena provisión de piedras
(probablemente habrían desempedrado un patio), gritaban y gesticulaban
á los de la calle para que se estuviesen quietos, enseñándoles las
piedras, y amenazando arrojárselas. Habiendo visto que era tiempo
perdido, empezaron á lanzarlas de veras. Ninguna caía en vano, porque
el hacinamiento de gente era tal, que un grano de maíz no hubiera
llegado al suelo.
--¡Ah, bribones!, ¡ah, malvados! ¿Es éste el pan que dais á los pobres?
¡Ay, ay de mí!, ¡huy!, ¡ahora, ahora!, gritaban desde abajo. Más de uno
fué maltratado; dos niños quedaron en el sitio. El furor acrecentó las
fuerzas de la multitud; las puertas, las rejas fueron arrancadas, y
el torrente penetró por todas las aberturas. Los de dentro, viendo el
negocio mal parado, fueron á ocultarse á los desvanes; el capitán, los
alabarderos, y algunos otros de la casa, se quedaron agazapados bajo
las tejas, y otros también, saliendo por las lumbreras, erraban por los
tejados á manera de gatos.
La vista del botín hizo olvidar á los vencedores sus proyectos
sanguinarios de venganza. Lánzanse sobre las artesas; el pan es
saqueado enteramente. Uno de ellos corre al cajón del mostrador, hace
saltar la cerradura, mete las manos, saca el dinero á puñados, se lo
embolsa, y sale cargado de _quattrini_[9] para volver en seguida á
robar pan, si queda alguno. El tropel se esparce por los almacenes:
echan mano á los sacos, los arrastran, los vuelcan; éste se coloca uno
entre las piernas, lo desata, y para reducirlo á un peso que pueda
soportar, arroja una parte de la harina; otro gritando, espera, espera,
se baja á recoger lo que aquél desperdicia, recibiendo aquella gracia
de Dios en el mandil, sombrero y pañuelo; uno corre á la artesa, toma
un pedazo de masa que se alarga y escapa por todas partes; otro,
en fin, que ha conquistado un cedazo, lo lleva en el aire como en
triunfo; unos van, otros vienen; hombres, mujeres, niños, se empujan,
tropiezan; un polvo blanco que todo lo cubre y se eleva por do quier,
lo envuelve y emblanquece todo. Vése por la parte exterior un inmenso
gentío, dividido en dos filas opuestas, que se aprietan y chocan entre
sí á porfía, los que salen cargados de despojos y los que quieren
entrar para hacer lo mismo.