Es uno de los privilegios de la religión cristiana, el poder dar una

dirección saludable y consolar al que en cualquiera circunstancia y

con cualquier motivo recurre á ella. Si hay remedio lo indica, lo

suministra, da luz y vigor para ponerlo en práctica á toda costa; si

no lo hay, prescribe el modo de hacerlo real y efectivo, como se dice

proverbialmente, hacer de la necesidad virtud. Enseña á continuar

con sabiduría lo que se ha emprendido por ligereza; induce al alma

á abrazar con propensión lo que le ha sido impuesto á la fuerza; y

da á una elección que fué temeraria, pero que es irrevocable, toda

la santidad, toda la nobleza, toda la alegría de la vocación. Éste

es un camino hecho de tal modo, que al salir de un laberinto ó de un

precipicio, el hombre que se le llama y se le empeña, puede desde allí

en adelante caminar y seguir con seguridad y sin esfuerzo, y llegar

alegremente á un fin dichoso. Por este medio Gertrudis hubiera podido

ser una religiosa santa y completa, de cualquier modo que hubiese

llegado á serlo. Pero la desgraciada se resistía en vano bajo el yugo,

y no hacía otra cosa que sentir más fuertemente el peso y la opresión.

Un recuerdo eterno de la libertad perdida, el fastidio de su estado

presente, un fatigoso vagar detrás de deseos que jamás podrían ser

satisfechos; tales eran las principales ocupaciones de su alma. Traía

á la memoria sin cesar aquel pasado tan amargo; repasaba todas las

circunstancias por las cuales se encontraba allí, y deshacía mil veces

inútilmente con el pensamiento lo que había hecho con sus obras; se

acusaba de cobardía, á los demás de tiranía y de perfidia; le remordía

la conciencia. Idolatraba y lloraba á la vez su belleza, deploraba una

juventud destinada á consumirse en un lento martirio, y en ciertos

momentos envidiaba la suerte de cualquiera mujer, aunque fuese de la

más baja condición, del peor renombre, con tal que ella pudiese gozar

libremente en este mundo de sus dones.

La presencia de aquellas monjas que habían contribuido á meterla

allí, le era odiosa. Recordaba los artificios y astucias que habían

empleado, y se vengaba haciéndoles mil groserías, desprecios, y también

manifiestos vituperios. Á ellas les era preciso las más veces el no

darse por entendidas y callar; pues aunque ciertamente el príncipe

había querido tiranizar á su hija, tanto como era necesario para

obligarla á entrar en el claustro, sin embargo, logrado ya su intento,

no hubiera sufrido con facilidad que otros pretendiesen tener razón

contra su misma sangre; la más pequeña cosa que hubiesen hecho á su

hija, podía ser motivo de hacerlas perder aquella gran protección, ó

cambiarse quizás de protector en enemigo.

Parece que Gertrudis hubiera debido experimentar una cierta inclinación

por las demás hermanas que no habían tenido parte en aquellas intrigas,

y que sin haberla deseado por compañera la querían como á tal; y

piadosas siempre, ocupadas y contentas, le mostraban con su ejemplo,

cómo aun allí dentro se podía no sólo vivir, sino también disfrutar

de alguna felicidad. Mas éstas le eran odiosas por otro motivo. Aquel

aire de piedad y de contento, era á sus ojos como un reproche de su

inquietud y extravagante conducta, y no dejaba escapar ocasión de

tratarlas por detrás de falsas, y de burlarse de ellas como de unas

hipócritas. Acaso les tendría menos aversión si hubiera sabido ó

adivinado, que las pocas bolas negras que se encontraron en la urna

donde se había decidido su aceptación habían sido justamente puestas

por aquellas mismas.

Á veces le parecía hallar algún consuelo al mandar, al verse cortejada

dentro del monasterio, al recibir visitas de personas de fuera, al

dar cima á un negocio, al dispensar su protección, al oirse llamar la

_señora_: ¡pero qué consuelos! El corazón, que sentía su insuficiencia,

hubiera querido de cuando en cuando reunir á ellos los consuelos de

la religión para crearse un doble apoyo; pero éstos no vienen sino al

que desprecia aquellos otros; á la manera que el náufrago para asirse

á la tabla que puede conducirlo sano y salvo sobre la playa, tiene,

sin embargo, que abrir la mano, y abandonar la alga á la que se había

aferrado por un furioso instinto.

Poco después de la profesión, Gertrudis había sido nombrada maestra de

las educandas. ¡Calcúlese cómo debían estar dichas jóvenes bajo tal

disciplina! Sus antiguas compañeras habían salido ya todas; pero ella

conservaba vivas todas las pasiones de aquel tiempo; y de un modo ó

de otro las discípulas debían sentir el peso. Cuando le venía á la

imaginación que muchas de ellas estaban destinadas á vivir en ese mundo

del cual estaba excluida para siempre, sentía contra aquellas infelices

un aborrecimiento, y casi un deseo de venganza; las tenía bajo una

dependencia absoluta, las trataba con la mayor aspereza y las hacía

expiar anticipadamente los placeres que un día habían de disfrutar.

Al ver en ciertos momentos el rigor que usaba para reprender la más

pequeña falta, se la hubiera tomado por una mujer de una austeridad

brutal y exagerada. Otras veces, el mismo horror por el claustro, por

la regla, por la obediencia, estallaba en accesos de humor enteramente

opuestos. Entonces no sólo soportaba la ruidosa algazara de sus

discípulas, sino que también las excitaba; mezclábase en sus juegos;

contribuía á hacerlos más desordenados aún; tomaba parte en sus

conversaciones para hacerlas ir más allá de lo que ellas habían tenido

intención de decir al empezar. Si alguna se permitía hablar acerca de

la gazmoñería de la madre abadesa, la maestra la imitaba diestramente,

y hacía de ello una escena cómica; remedaba el semblante de una

religiosa, el andar de otra; entonces reía como una loca; pero era una

risa que no la dejaba más alegre que antes. Así había vivido algunos

años, no teniendo medios ni ocasión de hacer más, cuando su desgracia

quiso que se le presentase una coyuntura.

Entre los demás privilegios que le habían sido concedidos, para

compensarla de no poder ser abadesa, era también el de tener una

habitación aparte. Aquel lado del monasterio estaba contiguo á una

casa, habitada por un joven, bandido de profesión, uno de tantos que en

aquella época, con sus bribones, y con la alianza de otros bandidos, se

podían burlar hasta cierto punto de las leyes y de la fuerza pública.

Nuestro manuscrito lo llama Egidio, sin añadir más. Éste, pues, por

una lumbrera que daba á un patiecillo de aquel departamento, había

visto algunas veces á Gertrudis pasar y repasar por allí. Alentado

más bien que temeroso por el peligro é impiedad de la empresa, un día

osó dirigirle la palabra, y la desventurada le contestó. En aquellos

primeros momentos experimentó un contento, no muy puro, pero bastante

vivo. En el vacío negligente de su alma había venido á colocarse

una ocupación fuerte, continua, y casi podría decirse un poder de

vida enteramente nuevo; pero aquel contento se asemejaba al brebaje

restaurador que la crueldad ignominiosa de los antiguos daba á beber

al condenado para darle fuerzas para soportar el martirio. Entonces

una grande novedad en toda su conducta se notó al mismo tiempo: se

hizo de pronto más regular, más apacible; no dió ya libre curso á sus

arrebatos y á sus quejas; se mostró más cariñosa y prevenida, tanto

que las hermanas se regocijaban á la vista de un cambio tan feliz.

Bien lejos estaban de imaginar el verdadero motivo y de comprender

que aquella nueva virtud no era otra cosa que la hipocresía unida á

sus antiguos vicios. Sin embargo, aquella apariencia, aquel exterior

de barniz, no duró mucho tiempo, á lo menos de una manera igual y

sostenida: bien pronto volvieron á presentarse los antiguos desdenes y

ordinarios caprichos; de nuevo se hicieron oir sus imprecaciones y sus

amargas burlas contra la prisión del claustro, expresadas algunas veces

en un lenguaje insólito para aquel lugar y para aquella boca. Con todo,

cada vez que recapacitaba sentía arrepentimiento, y tenía gran cuidado

de reparar su falta á fuerza de mimos y buenas palabras. Las hermanas

soportaban lo mejor que podían aquellas alternativas, y lo atribuían al

natural ligero y fantástico de la _señora_.

Por espacio de algún tiempo no parecía que ninguna de ellas se

apercibiese de nada; mas un día que la _señora_ se trabó de palabras

con una hermana lega, por no sé qué bagatelas, se dejó llevar hasta

maltratarla sin compasión ni medida. La lega, después de haber sufrido

y haberse mordido los labios un poco, perdida finalmente la paciencia,

se le escapó el decir que ella sabía ciertas cosas, y que á su vez

podría hablar. Desde aquel momento, la _señora_ no tuvo reposo. Sin

embargo, no pasó mucho tiempo en que la lega fuese esperada en vano

una mañana para ir á prestar sus acostumbrados oficios; van á buscarla

á su celda y no la encuentran; es llamada á gritos, no responde; busca

de allí, busca de allá, se registra por todas partes, todo, de arriba

abajo, no está en ningún sitio. ¡Dios sabe las conjeturas que se

habrían hecho, si estando buscándola no hubiesen descubierto un gran

agujero en la pared del jardín, lo cual hizo pensar á todos que por

dicho sitio había huido! Se hicieron grandes pesquisas en Monza y sus

alrededores, y principalmente en Meda, de donde era natural la lega; se

escribió á varias partes, y no se tuvo la más pequeña noticia. Quizá

se hubiera adelantado más si en lugar de buscarla tan lejos se hubiese

cavado un poco la tierra. Después de muchas señales de admiración,

porque nadie la hubiera creído capaz de semejante cosa, después de

mil y mil conversaciones, concluyó por decirse que debía haberse ido

lejos, muy lejos; y como una de las hermanas había dicho sin titubear:

no hay la menor duda, se ha refugiado en Holanda, se dijo de pronto,

y en adelante se tuvo por cierto en el convento, que aquélla se había

refugiado en Holanda. No parecía, sin embargo, que la _señora_ fuese de

esta opinión; no porque combatiese la opinión general con sus razones

particulares; si las tenía, á la verdad, no las hubo jamás tan bien

disimuladas; no había cosa en el mundo de la cual se abstuviese más

voluntariamente, que la de traer á colación semejante historia, y se

cuidase menos de tocar al fondo de aquel misterio; pero cuanto menos

hablaba, tanto más se hablaba de ello. ¡Cuántas veces al día, la imagen

de aquella mujer venía á presentársele de súbito á su mente, y se

fijaba en ella sin querer moverse! ¡Cuántas veces hubiera deseado verla

delante de sí, viva y realmente, más bien que haberla tenido fija en el

pensamiento, más bien que tener que encontrarse día y noche en compañía

de aquella forma vana, terrible, impasible! ¡Cuántas hubiera querido

oir de veras su voz, aunque la amenazase, más bien que el escuchar cómo

resonaba en el fondo de su alma el ruido fantástico de aquella misma

voz, y sus palabras repetidas con una pertinacia, con una resistencia

infatigable, como no hubo jamás un ser viviente!

Habíase pasado cerca de un año, después de dicho suceso, cuando Lucía

fué presentada á la _señora_, y tuvo con ella la conversación, en

la cual ha parado nuestra historia. La _señora_ multiplicaba las

preguntas, tocante á las persecuciones de D. Rodrigo, y entraba en

ciertos detalles con una intrepidez, que parecía y debía parecer más

que nueva para Lucía, que nunca había imaginado que la curiosidad de

las monjas pudiese ejercitarse en semejantes objetos, los juicios

que aquélla entremezclaba á sus preguntas, ó que dejaba traslucir,

no eran menos extraños. Parecía que casi se reía del grande miedo

que Lucía había tenido siempre de aquel señor, y le preguntaba si

era acaso un monstruo para causarle tanto espanto; parecía casi que

hubiera encontrado torpe y necio el genio esquivo de la joven, si no

hubiese tenido por motivo la preferencia dada á Renzo, y sobre lo cual

le dirigía ciertas preguntas, que llenaban de estupor y ruborizaban á

la interrogada. Apercibiéndose luego de haber dejado correr su lengua

detrás de los aturdidos é irreflexibles arrebatos de su cerebro, trató

de componer y dar el mejor colorido posible á sus palabras; mas no pudo

conseguir, el que á Lucía dejase de quedarle un desagradable pasmo, y

como cierto terror confuso. Apenas pudo hallarse á solas, con su madre,

cuando le abrió su corazón; mas Inés, como más experimentada, disipó

en pocas palabras todas aquellas dudas, y aclaró todo el misterio. “Es

preciso que no te sorprendas, le dijo; cuando conozcas el mundo, como

yo, verás que esto no son cosas para sorprenderse. Los señores, quienes

más, quienes menos, los unos por una cosa, los otros por otra, tienen

todos una vena de locura. Conviene dejarlos decir, sobre todo, cuando

se necesitan, hacer la vista gorda y escucharlos con formalidad, lo

mismo que si dijeran cosas muy justas. ¿Has visto cómo me ha cortado

la palabra, lo mismo que si hubiese dicho un despropósito? Á la verdad

que ningún caso he hecho. Ellos son todos así; y no obstante, Dios sea

loado, pues parece que esa _señora_ te ha tomado mucho cariño y quiere

protegernos de veras. Por lo demás, si sales del atolladero y te sucede

alguna vez el tener que hacer con los señores, tú verás”.

El deseo de obligar al padre guardián, la complacencia de protegerle,

la idea del buen concepto que se podría formar de una protección tan

piadosamente acordada, cierta inclinación á Lucía, y también cierta

satisfacción en hacer bien á una criatura inocente, en socorrer y

consolar á los oprimidos, habían dispuesto realmente á la _señora_

á tomar á pechos la suerte de las dos pobres fugitivas. Según sus

órdenes, y según sus intenciones, fueron alojadas en la habitación

de la portera, contigua al claustro, y tratadas como si estuviesen

empleadas al servicio del monasterio. La madre y la hija se regocijaban

juntas de haber encontrado tan pronto un asilo seguro y reverenciado.

También habrían deseado permanecer ignoradas de todo el mundo, mas en

un monasterio era cosa muy difícil; tanto más, cuanto que había un

hombre decidido á obtener noticias de una de ellas, en cuyo ánimo, á

la rabia de haber sido prevenido y burlado, se unía la pasión que le

animaba anteriormente. Dejando nosotros á las mujeres en su asilo,

volvamos al palacio de aquél, en el momento en que estaba aguardando el

éxito de su criminal empresa.

NOTAS:

[6] Novicia.

CAPÍTULO DECIMOPRIMERO

Á la manera que una jauría de sabuesos, después de haber seguido en

vano el rastro de una liebre, vuelven mortificados al encuentro de

su dueño, con el rabo entre piernas y las orejas caídas, del mismo

modo, en aquella tumultuosa noche, volvían los bravos al castillo de

D. Rodrigo. Éste se paseaba en la oscuridad, de un extremo á otro de

un vasto aposento deshabitado, situado en el piso superior que daba

sobre la explanada. De cuando en cuando se paraba, poníase á escuchar,

miraba al través de las rendijas de los postigos entreabiertos, lleno

de impaciencia y no sin inquietud, no sólo por la incertidumbre del

buen éxito, sino también por las consecuencias posibles, porque era

la mayor y la más atrevida de las empresas á las cuales este hombre

intrépido había puesto mano. Sin embargo, se iba tranquilizando con

la idea de las precauciones tomadas para destruir todos los indicios

y las sospechas. En cuanto á las sospechas, pensaba, me río de ellas.

Quisiera saber quién será el guapo que venga á asegurarse de que aquí

hay ó no una muchacha. Que venga, que venga el imbécil; le prometo que

será bien recibido. Que venga el fraile, que venga. ¿La vieja? que vaya

á Bérgamo la vieja. ¿La justicia? ¡bah con la justicia! El podestá no

es un niño ni un loco. ¿Y Milán? ¿Quién se cuida de estas gentes en

Milán? ¿Quién les prestaría oídos? ¿Quién sabe que están aquí? Son

como gentes perdidas sobre la tierra, ni aun siquiera tienen un dueño;

esas gentes no pertenecen á nadie. Vamos, vamos, fuera miedo. ¡Cómo se

quedará mañana Attilio! Verá, verá si yo sé charlar ú obrar. Y luego...

si sobreviniese algún embarazo... qué sé yo, algún enemigo que quisiese

escoger esta ocasión... Attilio también sabrá aconsejarme; en ello está

empeñado el honor de toda la parentela. Mas el pensamiento en el cual

se detenía más porque en él encontraba al mismo tiempo una tranquilidad

para sus dudas y un pasto para su principal pasión, era el pensamiento

de las lisonjas, de las promesas que emplearía para adormecer á Lucía.

Tendrá tanto miedo de hallarse aquí sola en medio de estas gentes,

de estas fachas (que á la verdad, la cara más humana que hay aquí

soy yo), ¡por Baco!... Se verá obligada á recurrir á mí, le tocará

suplicar, y si me suplica...

Mientras que hacía estas cuentas, oyó un ruido de pasos; fué á la

ventana, la abrió un poco, sacó la cabeza; son ellos. ¿Y la litera?

¡Diablo! ¿Dónde está la litera? Tres, cinco, ocho, todos están; el

_Griso_ también. ¡La litera no está! ¡Diablo, diablo! El _Griso_ me

rendirá la cuenta de todo.

Entrados que fueron, el _Griso_ depositó en un rincón de una sala baja

su bordón, su gran sombrero y su hábito de peregrino; y como tenía

una responsabilidad que en aquel momento nadie le envidiaba, subió

para hacer su relación á D. Rodrigo. Éste lo esperaba en lo alto de la

escalera, y viéndole aparecer con aquel aire imbécil y negado de un

bribón engañado, “¿y bien, le dijo, ó más bien le gritó, señor guapo,

señor capitán, señor _dejarme hacer_?”.

--Es muy duro, repuso el _Griso_, que permanecía con un pie sobre

el primer escalón, es muy duro recibir reproches después de haber

trabajado fielmente, tratado de cumplir con su deber y arriesgado al

propio tiempo su pellejo.

--¿Cómo ha ido eso? Veremos, dijo D. Rodrigo; y se encaminó hacia su

cámara, adonde le siguió el _Griso_, é hizo súbitamente la relación de

todo lo que había dispuesto, hecho, visto y no visto, oído, temido,

reparado; haciéndolo con aquel orden y con aquella confusión, con

aquella inexactitud que debían á la fuerza reinar aunadamente en su

imaginación.

--Tú no has sido traidor; te has conducido bien, dijo D. Rodrigo; has

hecho lo que has podido; mas... bajo este techo se cobija algún espía.

Si efectivamente es así, si llego por casualidad á descubrirlo, y lo

descubriré si lo hay, yo te aseguro, _Griso_, que lo guardo para un día

de fiesta.

--Semejante sospecha, señor, también me ha pasado por la cabeza; y si

fuese verdad, si se llegase á descubrir un bribón de esa especie, el

señor amo lo debe poner en mis manos. ¡Un pillo que se habrá gozado en

hacerme pasar una noche semejante! Me pertenece hacérsela pagar. Sin

embargo, por varias cosas he podido deducir, que aquí debe haber alguna

otra intriga que por ahora no se puede comprender. Mañana, señor,

mañana se verá más claro.

--¿Á lo menos no habréis sido reconocidos?

El _Griso_ respondió que esperaba que no; y la conclusión de este

discurso fué que D. Rodrigo le ordenó para el día siguiente tres cosas

que aquél hubiera sabido pensar por sí solo, á saber: expedir muy de

mañana dos hombres para hacer al cónsul una cierta intimación, que fué

hecha después, según ya hemos visto; otros dos fueron enviados á rondar

por los alrededores del caserón arruinado, con el objeto de alejar

á todos los ociosos que se dirigiesen hacia aquel punto; y sustraer

la litera á todas las miradas hasta la noche siguiente, en la cual se

mandaría á buscarla, porque por el momento no convenía moverse más

para no dar sospechas. Después ordenó que fuesen á descubrir terreno,

y que enviase algunos de los más desenvueltos y diestros con el fin

de indagar algo acerca del desorden de aquella noche. Luego de haber

dado dichas órdenes, D. Rodrigo se fué á descansar, y dejó también

ir al _Griso_, al cual despidió colmándole de alabanzas, en las que

se traslucía evidentemente el deseo de resarcirle de los improperios

precipitados con los cuales le había acogido.

--Vete á dormir, pobre _Griso_, pues debes tener ya necesidad de ello.

¡Pobre _Griso_! ¡Todo el día de negocios, negocios en medio de la

noche, sin contar el peligro de caer en poder de los villanos ó de

atraerse una buena recompensa _por el rapto de una mujer honesta_,

añadido todo esto á las que tú tienes ya encima, y después ser recibido

de aquel modo! Mas ¡ah! ¡así pagan los hombres con frecuencia los

buenos servicios! Tú has debido convencerte, sin embargo, en esta

ocasión, que alguna vez la justicia, si no viene antes, viene después

en este mundo. Ahora vete á dormir; día vendrá en que quizá tendrás que

darme otra prueba de tu adhesión mucho mayor que ésta.

Á la mañana siguiente, el _Griso_ estaba ya de nuevo ocupado en sus

negocios, cuando D. Rodrigo se levantó. Éste buscó en seguida al conde

Attilio, el cual, viéndole aparecer, tomó un aire y un tono de chanza,

y le gritó: ¡S. Martín!

--No sé qué deciros, repuso D. Rodrigo aproximándose á él; pagaré la

apuesta; pero esto no es lo que más me aflige: no he querido deciros

nada, porque lo confieso, trataba de daros esta mañana una pequeña

sorpresa. Mas... basta; ahora os lo contaré todo.

--Sin duda el fraile ha echado la zancadilla en este negocio, dijo el

primo, después de haberlo escuchado todo con más formalidad que no

podía esperarse de un cerebro tan ligero como el suyo. Ese fraile,

prosiguió, con su facha de mosca muerta y su lenguaje mesurado, lo

tengo por un bribón y por un hipócrita. Vos no os habéis querido fiar

de mí; no habéis querido decirme claramente lo que había venido á

buscar el otro día. D. Rodrigo refirió el diálogo. ¿Y tuvisteis tanta

cachaza? exclamó el conde Attilio; ¿y lo dejasteis ir según había

venido?

--¿Queríais que me hubiese atraído el aborrecimiento de todos los

capuchinos de Italia?

--Yo no sé, dijo el conde Attilio, si en aquel instante me habría

acordado que hubiese en el mundo otros capuchinos que ese temerario

bribón. Pero siguiendo las reglas más estrictas de la prudencia,

nunca faltan medios de tomar satisfacción, aunque sea de un capuchino.

Es preciso saber redoblar las miradas por todo el cuerpo, y entonces

se puede impunemente dar una pequeña paliza á un miembro. Basta: ha

escapado á un castigo que merecía mucho; pero yo lo tomo bajo mi

protección, y quiero tener el consuelo de enseñarle de qué modo se

trata á la gente como nosotros.

--No lo echéis á perder más.

--Fiaos una vez siquiera en mí; yo os serviré de pariente y de amigo.

--¿Qué es lo que pensáis hacer?

--No lo sé aún; mas os aseguro que serviré al fraile. Lo pensaré, y...

el señor conde mi tío, del consejo secreto, es el que podrá servirme.

¡Mi querido señor conde y tío! ¡Cuánto me divierto en hacer trabajar en

mi favor á un politicón de ese calibre! Pasado mañana estaré en Milán,

y de un modo ú otro el fraile será servido...

Entretanto trajeron el desayuno, lo cual no interrumpió la conversación

sobre un negocio de aquella importancia. El conde Attilio hablaba con

desenvoltura; y si bien tomaba aquella parte que requería su amistad

para con el primo, y el honor del nombre común, según las ideas que

tenía de amistad y de honor, sin embargo, de cuando en cuando no podía

menos de echarse á reir por lo bajo de aquella malograda empresa.

Pero D. Rodrigo que discutía en causa propia, y que creyendo dar

tranquilamente un golpe, le había salido fallido con estrépito, estaba

agitado por pasiones más graves, y distraído por ideas más inquietas.

¡Cuánto charlarán, decía, esos bribones en todos los alrededores!

¿pero qué me importa? Tocante á la justicia, me río de ella; pruebas no

hay ninguna, y aun cuando las hubiera, me reiría igualmente; á buena

cuenta, esta mañana he hecho advertir al cónsul que se guardase bien

de hacer declaración alguna acerca de lo sucedido. Nada malo me puede

resultar; pero las habladurías, cuando duran mucho, me fastidian.

¡Hasta el presente, bien amargamente he sido burlado!

--Habéis hecho perfectamente, repuso el conde Attilio. Vuestro

podestá... vuestro ignorante, vuestro testarudo, vuestro muy fastidioso

podestá... es, sin embargo, un hombre honrado; un hombre que sabe su

deber, y precisamente cuando se tiene algún negocio con semejantes

personas, es necesario evitarles compromisos. Si ese imbécil de cónsul

hace una declaración cualquiera, el podestá, aunque tenga buenas

intenciones, se verá obligado, sin embargo, á...

--Mas vos, interrumpió D. Rodrigo un tanto colérico, vos echáis á

perder mi asunto con vuestro afán de contradecirle en todo, de cortarle

la palabra, y aun de chancearos en ocasiones dadas. ¡Qué diablo! ¿pues

qué, un podestá no podrá ser un tonto y obstinado aun cuando en lo

demás sea un buen hombre?

--¿Sabéis, primo mío, dijo mirándole sorprendido el conde Attilio,

sabéis que empiezo á creer que tenéis un poco de miedo? Tomáis tan á

pechos aun las cosas del podestá...

--Vaya, vaya, ¿no habéis dicho vos mismo que era preciso tener

cuidado?...

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 1 · 第 15 / 26 段