deseos más allá de lo regular, que ha limitado en el círculo de
aquellos hermosos sitios todos sus sueños futuros, y que ha sido
arrojada muy lejos por una fuerza perversa! ¡Para ella, que arrancada
repentinamente á sus más caras costumbres, turbada en sus más vivas
esperanzas, abandona sus montañas, para encaminarse á países extraños,
que jamás ha deseado conocer, y que no puede con la imaginación
llegar al momento señalado para la vuelta! ¡Adiós, cabaña en donde
nació; en donde agitada por un sentimiento secreto, aprendió á
distinguir del rumor de los pasos comunes el paso esperado con
misterioso temor! ¡Adiós, casa aún extraña, casa que ha mirado con
frecuencia á hurtadillas, al pasar, y no sin ruborizarse, en la cual
la mente se complacía en presentársela como una tranquila y perpetua
morada de esposa! ¡Adiós, iglesia, donde su alma recobró su serenidad
tantas veces, cantando las alabanzas del Señor; en donde se le había
prometido, en donde se preparaba una grande ceremonia; donde los
secretos deseos de su corazón debían ser solemnemente bendecidos, y
el amor ordenado y santificado, adiós! El que os proporcionaba tanta
alegría está en todas partes, y nunca turba la dicha de sus hijos, más
que para prepararles una mayor y más segura.
Tales eran poco mas ó menos los pensamientos de Lucía; los de los otros
dos pasajeros también se diferenciaban poco, mientras que la barca iba
acercándose á la orilla derecha del Adda.
CAPÍTULO NOVENO
El choque que recibió la proa de la barca al tocar la tierra, arrancó
á Lucía de sus reflexiones. Después de haber enjugado en secreto sus
lágrimas, alzó la cabeza como si despertase. Renzo salió el primero
y dió la mano á Inés, la cual, habiendo salido á su vez la alargó á
la hija, dando los tres tristemente las gracias al barquero. “¿De
qué? respondió aquél; nosotros estamos en este mundo para ayudarnos
mutuamente”; y retiró la mano casi con horror como si se le hubiese
propuesto el cometer un robo, cuando Renzo trató de darle unas cuantas
monedas que llevaba encima, y que había tomado aquella tarde con
intención de regalárselas generosamente á D. Abundio, cuando éste le
hubiese servido, aunque de mala gana. El carromato estaba dispuesto
allí; el conductor saludó á las tres personas que esperaba, las hizo
subir, dió una voz á los animales, acompañada de su correspondiente
latigazo, y echó á andar.
Nuestro autor no describe este viaje nocturno; calla el nombre
del pueblo donde Fr. Cristóbal había dirigido á las dos mujeres,
protestando también expresamente el no quererlo decir. El resto de la
historia hace adivinar en seguida el motivo de todas estas reticencias.
Las aventuras de Lucía en aquel paraje, se encuentran envueltas en
una tenebrosa intriga de persona perteneciente á una familia, según
parece, muy poderosa, en el tiempo que el autor escribía esto. Para dar
cuenta de la extraña conducta de dicha persona en una circunstancia
particular, se ha visto obligado á referir sucintamente su vida
anterior, en donde la familia figura, como verá el que se tome la
molestia de seguir leyendo. Pero lo que la circunspección del pobre
historiador ha querido sustraer, nuestras diligencias nos lo han hecho
encontrar en otra parte. Un historiador milanés que ha querido hacer
mención de aquella misma persona no nombra, ni á ésta ni á su país; mas
de éste dice, que era una villa antigua y noble, á la cual, para ser
ciudad, no faltaba más que el nombre; dice en otra parte, que pasa por
ella el Lambro, y en otra que en ella hay también un arcipreste. De la
confrontación de estos datos, nosotros deducimos que no puede ser más
que Monza. En el vasto tesoro de las inducciones eruditas, no creemos
que ésta pueda ser de las más finas, pero sí de las más seguras.
Nosotros podríamos también adelantar conjeturas muy fundadas con
respecto al nombre de la familia; mas ya sea que la que sospechamos,
se haya extinguido desde largo tiempo, nos parece que es mejor callar
su nombre, para no correr el riesgo de perjudicar á quien quiera que
éste sea, aunque haya muerto, y para dejar á los doctos algún objeto de
examen.
Nuestros viajeros llegaron pues, á Monza, poco después de salir el
sol. El conductor paró delante de una hostería, y allí, como práctico
del lugar y conocido del amo de la casa, hizo dar una habitación á
los nuevos huéspedes, á la cual él mismo los acompañó. Después de dar
gracias, Renzo intentó, sin embargo, hacerle aceptar algún dinero;
mas él, así como el barquero, tenía á la vista otra recompensa más
lejana, pero más abundante. Retiró las manos lo mismo que aquél, y como
escapándose, corrió á cuidar de sus animales.
Después de una tarde como la que hemos descrito, y una noche como cada
uno puede imaginarse, pasada en gran parte en dolorosos pensamientos,
con la incesante sospecha de algún encuentro desagradable, al soplo
de una pequeña brisa de otoño, y entre los repetidos vaivenes de un
carruaje incómodo que sacudía impolíticamente el espíritu de nuestros
viajeros, apenas empezaron á sentirse amagados del sueño, les pareció
muy dulce el acostarse sobre un pavimento que no se movía, en una
habitación segura, cualquiera que ella fuese. Cenaron frugalmente,
según permitía la penuria de las circunstancias y los medios escasos
en proporción de las contingencias anexas á un porvenir incierto y á
su poco apetito. Pasó por la mente de los tres el banquete que dos
días antes esperaban tener, y cada uno á su vez lanzó un gran suspiro.
Renzo hubiera querido detenerse allí, á lo menos todo el día, ver
sus damas instaladas, rendirles sus primeros servicios; mas el padre
había recomendado á éstas que lo enviasen súbitamente á su destino.
Ellas alegaron estas órdenes y otras cien razones; que la gente
haría conversación de ello; que la separación más retardada sería
más dolorosa; que él podría venir pronto á dar y recibir noticias,
en virtud de todo lo cual el joven se decidió á marchar. Concertaron
como pudieron el modo de volverse á ver lo más pronto que fuese
posible. Lucía no ocultó las lágrimas; Renzo apenas detuvo las suyas, y
estrechando fuertemente la mano á Inés, dijo con voz ahogada: “Hasta la
vista”, y partió.
Las mujeres se hubieran hallado muy perplejas, á no ser por su buen
conductor, que tenía orden de guiarlas al convento de capuchinos, y de
darles cualquier otro auxilio que pudiesen necesitar. Se encaminaron,
pues, con él al citado convento, el cual, como ya sabemos, estaba
á pocos pasos distante de Monza. Habiendo llegado á la puerta, el
conductor tiró de la cuerda de la campanilla; hizo llamar al padre
guardián; éste apareció en seguida en el umbral de la puerta, y recibió
la carta.
--¡Oh, Fr. Cristóbal! dijo reconociendo la letra. El tono de voz y los
movimientos de su rostro indicaban claramente que pronunciaba el nombre
de un gran amigo. Conviene, pues, decir, que nuestro buen Cristóbal
había en aquella carta recomendado á las mujeres muy ardientemente,
y referido sus aventuras con mucho sentimiento, porque el guardián
daba de cuando en cuando muestras de sorpresa é indignación, y alzando
los ojos del papel, los fijaba sobre las mujeres con cierta expresión
de piedad é interés. Habiendo concluido de leer, permaneció algún
tiempo meditando, después de lo cual dijo para sí: “No hay más que la
señora... si la señora quiere tomarse este empeño”...
En seguida, habiendo llamado aparte á Inés, la condujo á una pequeña
plaza que había delante del convento, le hizo algunas preguntas, á
las cuales ella satisfizo, y volviéndose hacia Lucía, dijo á ambas:
“Señoras mías, yo probaré, y espero poderos encontrar un asilo más
que seguro, más que honroso, hasta que Dios haya provisto á vuestra
seguridad de otra manera mejor. ¿Queréis venir conmigo?”.
Las mujeres dieron á entender respetuosamente que sí, y el fraile
continuó: “Bien, os conduciré al momento al monasterio de la señora.
Seguidme, sin embargo, á algunos pasos de distancia, porque la gente
se deleita en hablar mal, y Dios sabe cuántas bellas suposiciones se
harían si se viese al padre guardián por la calle con una hermosa
joven... quiero decir, con mujeres”.
Así diciendo, echó á andar. Lucía se ruborizó; el conductor sonrió
mirando á Inés, la cual no podía contenerse de hacer otro tanto, y los
tres se pusieron en marcha cuando el fraile hubo tomado la delantera
sobre ellos, conservándose siempre á la distancia de diez pasos detrás
de aquél. Las mujeres entonces preguntaron al conductor lo que no se
habían atrevido á preguntar al padre guardián; esto es, quién era la
señora.
--La señora, respondió aquél, es una monja, pero no una monja como
las demás. No es que sea la abadesa ni la priora, pues aún, según se
dice, es una de las más jóvenes; mas ella es de la costilla de Adán, y
sus antepasados eran gentes poderosas venidas de España, siendo ellos
los que mandan aquí, y por esto la llaman la señora, para significar
que es una gran dama; y todo el país la llama así porque dicen que
en ese monasterio no han visto nunca una persona semejante; y sus
parientes, aun hoy día, disfrutan de un alto rango allá en Milán, y son
de aquellos que siempre tienen razón, y en Monza todavía más; porque
su padre, aunque no permanece en el pueblo, es el principal del país;
de ahí viene que ella hace cuanto le acomoda en el monasterio, y aun
la misma gente de fuera le manifiesta un gran respeto: si se encarga
de algún negocio, logra siempre el fin que se propone, por lo cual, si
ese buen religioso consigue el poneros en sus manos, os puedo decir que
estaréis tan seguras como sobre el altar.
Cuando el fraile hubo llegado á la puerta de la villa, flanqueada
entonces de un vetusto torreón medio arruinado y de los restos de un
antiguo castillo derruido también, que acaso algunos de mis lectores
pueden acordarse de haber visto en pie, el guardián se paró y se volvió
á mirar si los demás lo seguían; en seguida se encaminó al monasterio,
al cual, habiendo llegado, se detuvo de nuevo al umbral, aguardando á
la pequeña tropa. Suplicó al conductor, que dentro de un par de horas
volviese á saber la contestación; éste lo prometió, y se separó de las
mujeres, que le abrumaron dándole las más expresivas gracias y mil
encargos para el padre Cristóbal. El guardián hizo entrar á la madre
y á la hija en el primer claustro del monasterio; las introdujo en la
habitación de la portera, y se dirigió solo á pedir la gracia. Después
de algún tiempo volvió sumamente gozoso á decirlas que le siguieran;
ya era hora, porque la madre y la hija no sabían cómo librarse de
las preguntas de la portera. Atravesando un segundo claustro, hizo
algunas advertencias á las mujeres sobre el modo de conducirse con la
señora. “Está perfectamente dispuesta en favor vuestro, dijo, y os
puede dispensar todo el bien que quiera. Sed humildes y respetuosas,
responded con sinceridad á las preguntas que os haga, y cuando no seáis
interrogadas, dejadme á mí”. Entraron en una pieza baja, desde la cual
se pasaba al locutorio. El guardián, antes de poner los pies en él,
señalando la puerta, dijo en voz baja á las mujeres: “Allí está”, como
para recordarlas las advertencias que les había hecho. Lucía, que no
había visto jamás un monasterio, cuando estuvo en el locutorio echó una
mirada en torno suyo buscando á la señora para saludarla; y no viendo
á nadie, permanecía como encantada; pero viendo al padre é Inés que se
dirigían hacia un ángulo de la estancia, los siguió, miró por aquel
lado y vió una ventana de forma singular, con dos reforzadas y espesas
rejas de hierro, distantes un palmo la una de la otra, y detrás de
ellas una religiosa en pie. Su aspecto, que podía denotar unos 25 años,
manifestaba á primera vista una gran belleza, pero una belleza fatigada
y marchita. Un velo negro, suspendido y colocado horizontalmente sobre
su cabeza, caía por ambos lados algún tanto separado del rostro; bajo
dicho velo, una blanquísima tira de lienzo ceñía hasta la mitad su
frente de distinta, pero no de inferior blancura; una segunda tira,
cuidadosamente plegada, circundaba su rostro y terminaba bajo la barba,
formando la toca, que se extendía hasta el pecho y cubría el escote
de su negra saya. Mas aquella frente se arrugaba con frecuencia, como
por una contracción nerviosa, y entonces dos negras cejas se fruncían
con rápido movimiento. Dos ojos, negros también, se clavaban á veces
en el semblante de las personas con aire de soberbio examen; otras se
inclinaban apresuradamente, como para evitar que leyesen en ellos sus
pensamientos: en ciertos instantes, un atento observador hubiera sacado
en consecuencia que solicitaban afecto, correspondencia, piedad; otras
veces hubiera creído sorprender la revelación instantánea de un odio
inveterado y comprimido, un no sé qué de feroz y amenazador; cuando
estaban fijos, inmóviles y distraídos, algunos hubieran encontrado un
orgulloso fastidio, y otros, por último, hubieran podido sospechar el
trabajo de una idea oculta, de una preocupación familiar al ánimo,
más fuertes que las imágenes de los objetos presentes, y que ella no
podía vencer. Sus mejillas, de una palidez extremada, descendían con
delicado y gracioso contorno, pero sensiblemente alterado y consumido
por una lenta extenuación. Sus labios, aunque apenas teñidos de un
débil sonrosado, resaltaban, sin embargo, en medio de aquella palidez;
y sus movimientos eran como los de los ojos, súbitos, vivos, llenos
de expresión y de misterio. La grandeza bien formada de la persona
desmerecía al lado de sus maneras, ó aparecía desfigurada con ciertos
movimientos repentinos, irregulares y demasiado resueltos para una
mujer, mucho más para una monja. En el vestir mismo había algo de
estudiado ó negligente que anunciaba una religiosa de un carácter
particular. Llevaba el talle ajustado con cierta coquetería, y de su
toca salía cayendo sobre una de las sienes, la punta de un rizo de
negros cabellos, lo cual demostraba ú olvido ó desprecio de la regla,
que prescribía tenerlos siempre cortados, del mismo modo que se había
verificado en la ceremonia de la profesión.
Estas circunstancias no hacían ninguna impresión en el ánimo de las
dos mujeres, no acostumbradas á distinguir una religiosa de otra; y el
padre guardián, que no era la primera vez que veía á la señora, estaba
ya habituado, como tantos otros, á aquel extraño no sé qué que aparecía
tanto en su persona como en sus maneras.
Permanecía aquélla, según hemos dicho, de pie junto á la reja, en la
cual apoyaba lánguidamente una mano, entreteniéndose en pasar sus
blancos dedos por los claros que formaba, y observando á Lucía que
se acercaba confusa.--Reverenda madre é ilustrísima señora, dijo el
guardián con la cabeza baja y la mano puesta sobre el pecho: He aquí
la pobre joven por la cual me habéis hecho esperar vuestra poderosa
protección, y he ahí también la madre.
Las dos presentadas hicieron grandes reverencias; la señora hizo
con la mano señal de _basta_, y dijo volviéndose al padre: “Es una
fortuna para mí el poder hacer una cosa que sea agradable á nuestros
buenos amigos los padres capuchinos. Pero, continuó, referidme más
extensamente el caso de esta joven, á fin de ver mejor lo que yo pueda
hacer por ella”.
Lucía se sonrojó y bajó la cabeza.
--Debéis saber, reverenda madre... empezaba á decir Inés; mas el
guardián con una mirada le cortó la palabra, y repuso: “Esta joven,
ilustrísima señora, me ha sido recomendada, según he dicho, por uno de
nuestros hermanos. Ella se ha visto obligada á salir de su pueblo natal
para sustraerse á graves peligros, y necesita por algún tiempo de un
asilo en el cual pueda vivir desconocida, y en donde nadie se atreva á
venir á turbarla. Cuando así...”.
--¿Qué peligros son ésos? interrumpió _la señora_. Por favor, padre
guardián, no me digáis las cosas de un modo tan enigmático; ya sabéis
que á nosotras las monjas nos gusta siempre saberlo todo minuciosamente.
--Son peligros, replicó el guardián, que apenas deben indicarse
ligeramente á los castísimos oídos de la reverenda madre...
--¡Oh! ciertamente, dijo con prontitud _la señora_, ruborizándose algún
tanto. ¿Era acaso pudor? El que hubiese observado la rápida expresión
de despecho que acompañaba aquel rubor, hubiera podido dudar de él,
tanto más, si lo hubiese comparado con el que, de cuando en cuando, se
esparcía por las mejillas de Lucía.
--Bastará decir, prosiguió el guardián, que un caballero
_prepotente_... (no todos los grandes de la tierra se sirven de los
dones de Dios para gloria suya y en favor del prójimo, como lo hace
vuestra señora ilustrísima); un caballero _prepotente_, después de
haber perseguido con indignas lisonjas por algún tiempo á esta joven,
viendo que eran inútiles, ha tenido valor de perseguirla abiertamente y
con violencia, de modo que la infeliz se ha visto reducida á huir de su
casa.
--Acercaos, joven, dijo _la señora_ á Lucía, haciéndole una seña. Sé
que el padre guardián es persona verídica; pero nadie puede estar mejor
informada que vos en este negocio. Vos sois la única que podéis decir
si el tal caballero es un perseguidor, y Lucía obedeció súbitamente.
Una pregunta sobre semejante materia, aunque hubiese sido hecha por
una persona de igual clase que la suya, la hubiera embarazado algo;
proferida por aquella señora, con cierto aire de duda maligna, le
quitó todo el valor para contestar. “Señora... reverenda madre”...
balbuceó, y no daba indicios de decir más. En esto, Inés se creyó
autorizada para ir á su auxilio, como la que después de ella era
ciertamente la que estaba mejor informada.--Ilustrísima señora, dijo;
yo puedo dar fe de que mi hija, que está aquí presente, odiaba á aquel
caballero, como el diablo al agua bendita; quiero decir, el diablo
era él; mas espero me perdonaréis si hablo mal, porque nosotros somos
gente á la buena de Dios. El hecho es, que esta pobre muchacha estaba
prometida á un joven de nuestra clase, muy temeroso de Dios y bien
establecido; y si el señor cura hubiese sido un poco más hombre de lo
que... vamos, yo me entiendo... sé que hablo de un religioso; mas el
padre Cristóbal, amigo del padre guardián, y religioso á la par que
él, es una persona sumamente caritativa, y si estuviera aquí, podría
atestiguar...
--Estáis muy pronta á responder sin ser preguntada, interrumpió la
señora con un aire tan altanero é iracundo, que casi la hizo aparecer
deforme: Guardad silencio; ya sé yo que los padres tienen siempre una
respuesta que dar en nombre de los hijos.
Inés, sobremanera mortificada, echó á Lucía una mirada que significaba:
mira lo que me sucede por ser tú tan apocada.
El guardián hacía señas á la joven, mirándola y moviendo la cabeza,
para hacerla entender que aquél era el momento de arrojar la pereza y
de no dejar mal á la pobre madre.
--Reverenda señora, dijo Lucía, cuanto ha dicho mi madre es la pura
verdad. El joven que me obsequiaba, y al decir esto se sonrojó
extraordinariamente, le escogí voluntariamente. Perdonad si me atrevo á
hablar así, pero lo hago para que no forméis mal concepto de mi madre.
En cuanto á aquel caballero (que Dios lo perdone), preferiría morir más
bien, antes que caer en sus manos. Si vos nos dispensáis la caridad de
ponernos en seguridad, ya que nos vemos reducidas al extremo de pedir
un asilo y de incomodar á las gentes honradas (hágase, sin embargo, la
voluntad de Dios), estad cierta, señora, que nadie podrá rogar, por vos
más de corazón que nosotras, pobres mujeres.
--Os creo, dijo la señora con dulce acento; pero tendré un placer en
oiros á vos sola; no porque tenga necesidad de otras aclaraciones ni
de otros motivos para servir al padre guardián, añadió repentinamente
volviéndose hacia él, con una estudiada complacencia. Asimismo,
prosiguió, ya lo he pensado, y he aquí hasta ahora lo que me parece
que se podrá hacer mejor. La portera del monasterio ha casado hace
pocos días á su última hija: estas mujeres podrán ocupar la habitación
que aquélla ha dejado, y suplir los pequeños servicios que hacía.
Verdaderamente... y aquí hizo seña al padre guardián de que se acercase
á la reja, y continuó en voz baja: verdaderamente, atendida la escasez
del año, no se pensaba en reemplazar á aquella joven; mas yo hablaré
á la madre abadesa, y una palabra mía... sobre el deseo del padre
guardián... en fin, doy la cosa por hecha.
El guardián empezaba á dar gracias; mas la señora le interrumpió: no
hay necesidad de tantas ceremonias; yo también, en un caso igual,
en una necesidad, sabré recurrir á los padres capuchinos... Al fin,
continuó con una sonrisa en la cual se traslucía un no sé qué de
irónico y amargo; al fin, ¿no somos nosotros hermanos y hermanas?
Dicho esto llamó á una hermana lega (dos de las cuales estaban por
una singular distinción destinadas á su servicio particular), y le
ordenó que advirtiese de todo á la abadesa, y tomase luego las medidas
oportunas con la portera y con Inés. Despachó á ésta, despidió al
guardián, y retuvo á Lucía. El guardián acompañó á Inés hasta la
puerta, dándola nuevas instrucciones, y se fué á preparar la carta en
la que debía dar cuenta de todo á su amigo Cristóbal. “Esa señora es
muy aturdida, pensaba entre sí mientras caminaba; pero por otro lado
muy curiosa; mas sabiendo entender su flaco, se le obliga á hacer todo
lo que se quiere. Mi buen Cristóbal no esperará ciertamente que le
haya servido tan bien y tan pronto. ¡Qué hombre tan de bien! No hay
remedio; es indispensable que se meta siempre en alguna intriga; pero
lo hace para bien. Es una fortuna para él que esta vez haya encontrado
un amigo, el cual sin tanto estrépito, sin tanto aparato y sin tantos
trabajos, haya conducido el negocio á buen puerto, en un abrir y cerrar
de ojos. Mi amigo Cristóbal quedará satisfecho, y comprenderá al fin,
que nosotros también somos buenos para algo”.
La señora, que en presencia de un capuchino de edad provecta había
estudiado sus movimientos y sus palabras, quedando después sola con
una joven aldeana sin experiencia, no pensaba en contenerse tanto; y
sus discursos llegaron á ser poco á poco tan extravagantes, que en vez
de referirlos, creemos más oportuno el contar sucintamente la historia
precedente de esa mujer infortunada; pero sólo lo haremos de lo que es
absolutamente indispensable para explicar lo que en ella hemos notado
de misterioso y extraordinario, y para hacer comprender los motivos de
su conducta en los hechos que luego referiremos.
Era la hija menor del príncipe ***, poderoso caballero milanés, que
podía contarse entre los más opulentos de la ciudad. Mas la alta
opinión que tenía de su título, le hacía aparecer sus recursos apenas
suficientes y aun escasos para sostener su decoro; y todo su cuidado
era conservarlo, á lo menos en cuanto dependía de él, con el objeto de
que viniesen á recaer á una sola mano. La historia no dice expresamente
cuántos hijos tenía; sólo da á entender, que había destinado al
claustro todos los segundogénitos de uno y otro sexo, para dejar
intacta su fortuna al primogénito, destinado á conservar la familia,
á procrear hijos para atormentarse y atormentarlos como su padre.
Nuestra infortunada estaba aún en las entrañas de su madre, cuando su
suerte se veía ya fijada irrevocablemente. Quedaba tan sólo decidir si
sería religioso ó religiosa; decisión por la cual era necesario, no su
consentimiento, sino su presencia. Cuando vino al mundo, el príncipe su
padre, queriendo darla un nombre que revelase inmediatamente la idea
del claustro, y que hubiese sido llevado por una santa de encumbrada
jerarquía, se la puso por nombre Gertrudis. Muñecas, vestidas de
monjas, fueron los primeros juguetes que se le pusieron entre manos;
después estampitas que representaban monjas, cuyos regalos iban siempre
acompañados de grandes recomendaciones para que los trataran bien, como
cosa preciosa, y siempre con la siguiente interrogación afirmativa: es
hermoso, ¿eh? Cuando el príncipe, la princesa, ó el pequeño príncipe,
el solo hijo varón que había sido criado en la casa, querían alabar la
buena figura de la niña, parecía que no encontraban modo de expresar
bien su idea, sino por medio de estas palabras: “¡Qué madre abadesa
tan hermosa!”. Sin embargo, nadie le dijo jamás directamente: “Tú debes
hacerte monja”. Ésta era una idea sobreentendida y tocada como por
incidencia en todas las conversaciones que miraban á su porvenir.
Si alguna vez la pequeña Gertrudis se abandonaba á algún pequeño
movimiento de impaciencia ó altanería, al cual su índole la arrastraba
muy fácilmente, “Eres una chiquilla, se le decía: estas maneras no te
convienen; cuando seas madre abadesa, entonces tratarás las gentes
á la baqueta, y lo revolverás todo de arriba abajo”. Otras veces el
príncipe, reprendiéndola ciertas maneras demasiado libres y familiares,
á las cuales ella se abandonaba también con igual facilidad, “¡Eh!
¡eh! le decía; éstos no son los ademanes de una persona de tu rango:
si quieres que un día se te respete como es debido, aprende con
anticipación á ser más reservada; acuérdate que debes ser, en todas las
cosas, la primera del convento; porque la sangre se lleva por todas
partes adonde uno va”.