que dejamos en cierta callejuela. Inés había procurado alejar lo
más que le había sido posible á aquélla de la casa de D. Abundio; y
hasta cierto punto la cosa había ido bien. Mas de repente, el ama de
gobierno se había acordado de la puerta que había quedado abierta, y
quiso volver atrás. En esto no había nada que replicar. Inés, para no
excitar sospechas, había querido volver con ella y seguirla, buscando,
sin embargo, medios para entretenerla cada vez que la viese bien
exacerbada con la relación de sus casamientos que habían fracasado.
Ella manifestaba prestar una grande atención; y de cuando en cuando,
para hacerla ver que estaba atenta, ó para atizar su charla, decía:
“Seguramente; al presente, yo comprendo; esto va muy bien; es claro:
¿y después? ¿y él? ¿y vos?”. Mas al mismo tiempo discurría entre sí
del modo siguiente: “¿Habrán salido ya, ó estarán aún dentro? ¡Cuán
aturdidos hemos andado los tres en no convenir por medio de alguna
seña para avisarme el buen éxito de la empresa! Esto ha sido una gran
necedad; mas ya está hecho: lo mejor ahora será entretener á ésta todo
lo que pueda; y poniéndonos en lo peor, sólo se habrá perdido un poco
de tiempo”. Así, con muchas pausas y pequeñas carreras, habían llegado
á poca distancia de la casa de D. Abundio, la cual, sin embargo,
no veían, á causa de la revuelta que hacía la calle; y Perpetua,
hallándose en una parte importante de la narración, se había dejado
parar sin hacer resistencia y aun sin apercibirse de ello, cuando de
repente se oyó venir resonando desde lejos por el espacio inmóvil del
aire y vasto silencio de la noche, aquel primer desgarrador grito de D.
Abundio: “¡Socorro, socorro!”.
--¡Misericordia! ¿qué ha sucedido? exclamó Perpetua; y quiso correr.
--¿Qué es esto, qué es esto? dijo Inés, deteniéndola por la saya.
--¡Misericordia! ¿no habéis oído? replicó aquélla desasiéndose.
--Pero, ¿qué es esto, qué es esto? repitió Inés, cogiéndola de un brazo.
--¡Diablo de mujer! exclamó Perpetua, rechazándola para quedar libre;
y en seguida echó á correr. En aquel mismo instante se oyó, mucho más
lejos, más débil, más fugitivo, el grito de Menico.
--¡Misericordia! exclamó también Inés; y se puso á correr detrás de
la otra. Casi apenas habían levantado los talones, cuando sonó la
campana: un toque, dos, tres y otros muchos: hubieran sido otros
tantos espolazos, si ellas hubiesen tenido necesidad. Perpetua llegó
un momento antes que su compañera. Mientras aquélla fué á empujar
la puerta, ésta se abrió completamente por la parte de adentro, y
aparecieron en el umbral, Tonio, Gervasio, Renzo y Lucía que, habiendo
encontrado la escalera, habían llegado abajo á trompicones; y oyendo en
seguida aquel terrible campaneo, corrían, á más no poder, con el objeto
de ponerse en salvo.
--¿Qué es esto, qué es esto? preguntó Perpetua con ansia á los dos
hermanos, que le contestaron con un empujón, y emprendieron la fuga.
“¿Y vosotros, ¿cómo?... ¿qué hacéis aquí?”, preguntó á la otra pareja
cuando la hubo reconocido; mas ésta sin embargo salió sin contestar.
Perpetua, para acudir donde la necesidad era mayor, no preguntó nada
más, se precipitó hacia el corredor, y corría, según se lo permitía la
oscuridad, hacia la escalera.
Los dos novios se encontraron enfrente de Inés, que llegaba toda
afanada.--¡Ah, estáis aquí! dijo ella, hablando con el mayor trabajo.
¿Qué ha pasado? ¿qué significa eso de la campana? Me parece haber
oído...
--Á casa, á casa, decía Renzo; á casa, antes que venga gente. Después
de lo cual, se pusieron en marcha; mas Menico llegó corriendo á mas no
poder, los reconoció, se puso delante de ellos, y también trémulo aún y
con voz casi apagada, dijo: “¿Adónde vais? Atrás, atrás; por aquí, al
convento”...
--¿Eres tú el que?... empezaba á decir Inés.
--¿Hay alguna otra cosa? preguntaba Renzo. Lucía, toda asustada,
permanecía muda y trémula.
--Que en vuestra casa está el diablo, replicó Menico asustado. Le he
visto yo; me ha querido matar. El padre Cristóbal ha dicho, y también
vos, Renzo, ha dicho que vayáis al instante, y después yo mismo le he
visto. Es una fortuna el que os encuentre aquí todos reunidos; luego
cuando nos hallemos fuera, os lo diré todo.
Renzo, que era el que estaba más sereno, pensó que de un modo ó de otro
convenía quitarse de allí antes que acudiese gente, y que lo más seguro
era hacer lo que Menico aconsejaba, aunque lo que pedía era obligado
por el miedo. En seguida, puestos ya en camino y lejos del peligro,
podrían exigir del muchacho una explicación más clara. “Marcha
delante”, le dijo; “vamos con él”, dijo á las mujeres. Retrocedieron,
se encaminaron apresuradamente hacia la iglesia, atravesaron el
cementerio, en donde por favor del cielo no había aún alma viviente,
entraron en una callejuela que estaba situada entre la iglesia y la
casa de D. Abundio, tomaron el primer sendero que encontraron, y se
dirigieron á través de los campos.
Acaso no se habían alejado unos cincuenta pasos, cuando la gente empezó
á llegar al cementerio, engrosándose la muchedumbre á cada momento.
Mirábanse los unos á los otros; cada uno tenía una pregunta que hacer,
nadie una respuesta que dar. Los primeros que llegaron corrieron á
la puerta de la iglesia; ésta permanecía cerrada. Se dirigieron á la
parte exterior del campanario, y uno de ellos, arrimando la boca á una
pequeña ventana, lanzó dentro, como una cerbatana, un “¿Qué diablos
es esto?”. Cuando Ambrosio oyó una voz conocida, abandonó la cuerda,
y estando seguro por el ruido, que había acudido ya mucha gente,
respondió: “Voy á abrir”. Se puso á toda prisa el arnés que había
traído debajo del brazo, se encaminó por la parte interior á la puerta
de la iglesia, y la abrió. “¿Quién promueve todo este alboroto? ¿qué
hay? ¿dónde está? ¿quién es?”.
--¿Cómo quién es? dijo Ambrosio apoyando una mano en la puerta y con la
otra sujetando los calzones que se había puesto á toda prisa. ¡Cómo!
¿no lo sabéis? Hay gente en casa del señor cura: ánimo, hijos míos,
á socorrerle. Se dirigen todos hacia la casa, se acercan en tropel,
miran, escuchan; mas todo está tranquilo. Algunos corren á la puerta
de la calle, está cerrada, y no parece que haya sido tocada. Vuelven á
mirar á lo alto; ni una sola ventana abierta, no se oye nada.
--¿Quién hay dentro? ¡Hola! ¡hola! ¡Señor cura, señor cura!
D. Abundio, asegurado apenas de la fuga de los invasores, se había
retirado de la ventana y la había cerrado. Estaba en aquel momento
disputando en voz baja con Perpetua, que lo había dejado en semejante
apuro. Pero cuando oyó que le llamaban las gentes á grandes voces,
se dirigió de nuevo á la ventana, y viendo aquel gran socorro, se
arrepintió de haberlo pedido.
--¿Qué ha sido esto?--¿Qué os han hecho?--¿Quiénes son?--¿En dónde
están?, le gritaban cincuenta voces á un tiempo.
--No hay nadie, os doy gracias, podéis retiraros.
--Pero ¿qué ha sido?--¿Adónde se han ido?--¿Qué ha sucedido?
--Gente mala, gente que ronda de noche; mas han emprendido la fuga.
Volveos á vuestras casas; esto ya no es nada; por segunda vez, hijos
míos, os doy gracias por vuestro buen corazón. Y dicho esto se retiró y
cerró la ventana, de cuyas resultas unos empezaron á murmurar, otros á
chancearse, otros á jurar, otros se encogían de hombros y se marchaban,
cuando he aquí que llegó uno todo sofocado que apenas podía hablar.
Éste habitaba una casa que estaba casi enfrente de la de nuestras
consabidas mujeres; y habiéndose despertado al ruido, se había puesto
á la ventana y había visto en el patio de aquéllas el desorden de los
bravos cuando el _Griso_ se apresuraba á reunirlos. Luego que hubo
tomado aliento gritó: “¿Qué hacéis aquí, hijos míos? El diablo no está
aquí; está allá abajo, en el extremo de la calle, en la casa de Inés
Mondella; dentro hay hombres armados: parecía que querían asesinar á un
peregrino; ¡quién diablos sabe lo que hay!”.
--¡Qué!--¿Qué hay?--¿Qué? Y empezó una tumultuosa deliberación.--Es
preciso ir.--Es preciso ver.--¿Cuántos son ellos?--¿Cuántos somos
nosotros?--¿Quiénes son?--¡El cónsul, el cónsul!
--Aquí me tenéis, respondió el cónsul en medio de la multitud; aquí
estoy; pero es preciso que me ayudéis, es preciso que me obedezcáis.
Pronto: ¿en dónde está el sacristán? ¡Al campanario! ¡al campanario!
Pronto: uno que corra á Lecco á buscar auxilio. Venid aquí todos...
Unos acuden, otros se deslizan en medio de la multitud y se marchan;
la confusión era grande, cuando llegó un paisano que los había visto
marchar apresuradamente, y gritó: “Corred, amigos míos: los ladrones
ó bandidos que se escapan con un peregrino, están ya fuera del pueblo:
¡á ellos! ¡corramos á ellos!”. Á semejante aviso, sin esperar las
órdenes del capitán, se mueven en masa y se dirigen mezclados unos con
otros por la calle abajo. Á medida que el ejército avanza, algunos
de la vanguardia acortan el paso, se dejan adelantar por otros, y se
meten entre el grueso de la tropa; los últimos empujan hacia adelante;
finalmente, el confuso enjambre llega al lugar indicado. Las huellas de
la invasión estaban recientes y manifiestas: la puerta abierta de par
en par, forzada la cerradura, mas los invasores habían desaparecido.
Entran en el patio, van á la puerta del piso bajo, abierta y forzada
también; llaman: “¡Inés! ¡Lucía! ¡el peregrino! ¿En dónde está el
peregrino? ¡El peregrino!. lo habrá soñado Stéfano. No, no; Carlandrea
lo ha visto también. ¡Hola, peregrino! ¡Inés! ¡Lucía!”. Nadie responde.
¿Se las han llevado? ¿se las han llevado también? Entonces hubo algunos
que, alzando la voz, propusieron perseguir á los raptores; que aquello
era una infamia, y que sería una vergüenza para el país, si cualquier
bribón pudiese á mansalva venir á arrebatar las mujeres como el milano
á los polluelos de una granja deshabitada. Nueva deliberación más
tumultuosa todavía; pero uno de ellos (y no se supo nunca quién había
sido), hizo correr la voz de que Inés y Lucía se habían refugiado en
una casa de campo. Dicha voz se esparce rápidamente, obtiene crédito,
no se habla ya de dar caza á los fugitivos, y la multitud se desbanda y
se retira cada uno á su casa. Oíase un cierto rumor, un ruido continuo
de llamar á las puertas y abrirse éstas, un aparecer y desparecer de
luces, un preguntar las mujeres desde las ventanas y contestar desde
la calle; por último, habiendo quedado ésta desierta y silenciosa,
las conversaciones continuaron en el interior de las casas, muriendo
entre los bostezos para volverlas á empezar al día siguiente. Nada más
ocurrió; únicamente por la mañana, estando el cónsul en su campo, con
la barba apoyada sobre una mano, el codo sobre el mango del azadón
medio hundido en el terreno, y con un pie sobre el rastrillo; estando,
repito, reflexionando entre sí acerca de los misterios de la pasada
noche, y sobre lo que le tocaba y debía hacer, vió venir á su encuentro
dos hombres de muy gallarda presencia, peinados como dos reyes francos
de la primera raza, y semejantes en todo lo demás á los dos que cinco
días antes se habían presentado á D. Abundio, dado caso que no fuesen
los mismos. Con aire más respetuoso que el que habían usado con el
cura, intimaron al cónsul que se guardase de referir al podestá lo
ocurrido; decir la verdad si fuese interrogado; hablar, fomentar las
habladurías de los villanos, pues podía tener la esperanza de morir de
enfermedad.
Mas volvamos á nuestros fugitivos. Continuaron andando á buen paso
por espacio de algún tiempo, guardando el más profundo silencio,
volviéndose ya uno ya otro, á mirar si alguien los perseguía; todos
ellos sin aliento, á causa del cansancio de la fuga, palpitándoles
el corazón por la incertidumbre en que se hallaban, por la aflicción
del mal resultado, y por la aprehensión confusa de un nuevo y oscuro
peligro. Su desaliento crecía á la par que llegaban á sus oídos los
continuos sonidos de la campana, los cuales á medida que ellos se iban
alejando, se volvían más débiles é imperceptibles; de tal modo, que
parecían tener un cierto no sé qué de lúgubre y siniestro: por último,
dejaron de oirse. Encontrándose entonces los fugitivos en un campo
desierto, y no percibiendo el menor ruido en torno de sí, aflojaron el
paso, é Inés, tomando aliento, fué la primera que rompió el silencio,
preguntando á Renzo lo que había pasado, y á Menico qué era lo que él
llamaba el diablo que estaba en su casa. Renzo refirió brevemente su
triste historia, después de lo cual se volvieron los tres al muchacho,
el cual contó en términos más expresos el aviso del padre, y refirió
lo que él mismo había visto, y los peligros que había corrido; y su
relación no hacía más que confirmar el aviso. Los oyentes comprendieron
más de lo que Menico había sabido decir. Á dicha revelación, fueron
sobrecogidos de un nuevo estremecimiento; paráronse todos tres á
un tiempo, se miraron unos á otros espantados; y de pronto, con un
movimiento unánime, pusieron una mano sobre la cabeza y otra sobre los
hombros del niño, como para acariciarle y darle gracias tácitamente
de haber sido para ellos un ángel tutelar, y demostrarle la compasión
que sentían por las angustias que había sufrido y el peligro corrido
para salvarlos, pidiéndole casi perdón. Ahora vuélvete á casa para que
tu familia no esté con cuidado, le dijo Inés: y acordándose de las
dos _parpagliole_ prometidas, sacó cuatro de la faltriquera, y se las
dió, añadiendo: “Adiós; ruega al Señor que nos volvamos á ver pronto,
y entonces”... Renzo le dió una _berlinga_ nueva, y le recomendó mucho
que no dijese nada de la comisión que el fraile le había dado. Lucía le
acarició de nuevo, le saludó con voz conmovida; y el muchacho, después
de haberle devuelto el saludo todo enternecido, volvió atrás. Aquéllos
continuaron su camino sumamente pensativos; las mujeres iban delante,
y Renzo detrás, como sirviéndoles de escolta: Lucía iba cogida del
brazo de la madre, y rehusaba dulcemente y con destreza el apoyo que
el joven le ofrecía en los malos pasos de aquel viaje fuera de camino;
avergonzada en su interior y también turbada de haber permanecido tan
largo tiempo, y tan familiarmente sola con él, cuando aguardaba ser
dentro de pocos instantes su esposa. Al presente, desvanecido tan
dolorosamente este sueño, se arrepentía de haber ido tan lejos; y en
medio de tantos objetos de temor, temblaba también por ese pudor que
no nace del triste conocimiento del mal; por ese pudor que se ignora,
parecido al miedo de un niño, que tiembla en la oscuridad sin saber por
qué.
--¿Y la casa? dijo al mismo tiempo Inés. Mas aunque la pregunta fuese
importante, nadie respondió, porque nadie podía darle una respuesta
satisfactoria. Continuaron su camino en silencio, y poco después
desembocaron finalmente en una pequeña plazoleta que estaba situada
delante de la iglesia del convento.
Renzo se acercó á la puerta y la sacudió con fuerza. Ésta se abrió
al instante; y la luna, entrando por la abertura, iluminó el pálido
rostro y la plateada barba del padre Cristóbal, que se hallaba allí
de pie en expectativa. Viendo que no faltaba nadie, “¡Dios sea
loado!” dijo, y les hizo seña de que entrasen. Á su lado estaba otro
capuchino, el fraile lego sacristán, que aquél por medio de súplicas
y razonamientos había persuadido que le acompañase á velar, á dejar
la puerta entornada y á quedarse con él de centinela, para dar un
asilo á aquellos infelices perseguidos; habiendo necesitado de toda
la autoridad de padre, y de su reputación de santo, para obtener del
lego una condescendencia incómoda, peligrosa é irregular. Luego que
entraron, el padre Cristóbal cerró la puerta poquito á poco. Entonces
el sacristán, no pudiendo resistir ya más, y llamando al padre aparte,
le dijo al oído: “¡Pero, padre, padre! de noche... en la Iglesia... con
mujeres... cerrar... la regla... ¡Pero, padre!”... y meneaba la cabeza,
mientras decía con pena las anteriores palabras. “¡Ved lo que son las
cosas! pensaba el padre Cristóbal: si fuese un salteador de caminos
perseguido, Fr. Fazio no opondría la menor dificultad, y una pobre
inocente que escapa de las garras del lobo... _Omnia mundo mundis_,
dijo en seguida, volviéndose con prontitud hacia Fr. Fazio, recordando
que éste no sabía el latín. Mas semejante recuerdo fué tan á punto,
que hizo precisamente el efecto deseado. Si el padre se hubiese puesto
á discutir por medio de buenos argumentos, á Fr. Fazio no le hubieran
faltado otros argumentos que oponer, y el cielo sabe cuándo y cómo
hubiera concluido la cosa. Mas al oir aquellas palabras llenas de un
sentido misterioso, y proferidas tan resueltamente, le pareció que en
ellas debía contenerse la resolución de todas sus dudas. Apaciguóse, y
dijo: “¡Bien! vos sabéis más que yo”.
--Confiad en mí, respondió el padre Cristóbal; y á la dudosa claridad
de la lámpara que ardía ante el altar, acercóse á los refugiados que
permanecían suspensos esperando, y les dijo: “¡Hijos míos! dad gracias
al Señor que os ha librado de un peligro. Quizá en este momento”... Y
aquí se puso á explicar lo que no había hecho más que indicar por medio
del pequeño mensajero; porque no sospechaba que ellos supiesen más que
él, y suponía que Menico los había encontrado tranquilos en su casa
antes que llegasen los malvados. Nadie le desengañó, ni Lucía siquiera,
la cual, sin embargo, sentía un secreto remordimiento por semejante
disimulo hacia un hombre como aquél; pero la noche era de enredos y
ficciones.
--Después de lo que ha ocurrido, continuó él, bien veis, hijos míos,
que al presente no estáis seguros en este país. Es el vuestro, en él
habéis nacido, no habéis hecho mal á nadie; mas Dios lo quiere así.
Ésta es una prueba, queridos hijos, soportadla con paciencia, con
confianza, sin murmurar, y estad seguros que vendrá tiempo en que os
alegraréis de lo que ahora sucede. He pensado buscaros un refugio para
los primeros momentos. Muy pronto espero poder haceros volver con
seguridad á vuestra casa; de todos modos, Dios proveerá lo que más
os convenga, y ciertamente me esforzaré en no faltar á la gracia de
que me considera digno, escogiéndome por su ministro para serviros á
vosotros sus amados hijos, infelices y atribulados. Vosotras, continuó,
volviéndose á las mujeres, podréis quedaros en ***. Allí estaréis al
abrigo de todo peligro, y al mismo tiempo no muy lejos de vuestra
casa. Buscad nuestro convento en dicho lugar, haced llamar al padre
guardián, dadle esta carta: para vosotras será otro Fr. Cristóbal. Y
tú, mi querido Renzo, tú también debes ponerte al abrigo, por ahora,
de la rabia del consabido y de la tuya. Lleva esta carta al padre
Buenaventura de Lodi, á nuestro convento de la Puerta-Oriental, en
Milán. Él te servirá de padre, te guiará y te buscará trabajo hasta
que tú puedas volver aquí á vivir tranquilamente. Id á la orilla del
lago, cerca de la embocadura del Bione (es un torrente á pocos pasos
de aquí). Allí veréis un batel amarrado; diréis: “¡Ah de la barca!”. Se
os preguntará, “¿Para quién?” y responded: “S. Francisco”... La barca
os recibirá, os trasportará á la otra orilla, en donde encontraréis un
carromato que os conducirá en derechura á ***.
El que preguntase cómo Fr. Cristóbal tuviese tan de improviso á su
disposición aquellos medios de trasporte, por agua y por tierra,
manifestaría no conocer cuál era el poder de un capuchino tenido en
concepto de santo.
Lo único que restaba era pensar en la custodia de la casa. El padre
recibió las llaves, encargándose de consignarlas á los que Renzo y
Lucía le indicaron. Esta última, sacando de la faltriquera la suya,
lanzó un gran suspiro, pensando que en aquel momento la casa estaba
abierta, que había estado en ella el diablo; y ¡quién sabe lo que
quedaba por guardar!
Antes de partir, dijo el padre, “Roguemos todos juntos al Señor, para
que él sea con vosotros en este viaje, y siempre; y sobre todo, que
os dé la fuerza y el deseo de querer todo lo que él ha querido”. Así,
diciendo, se postró de hinojos en medio de la Iglesia, y todos hicieron
lo mismo. Después que hubieron orado algunos momentos en silencio, el
padre, en voz baja, pero distinta, articuló las palabras siguientes:
“Nosotros os rogamos también por ese desgraciado que nos ha reducido
á este extremo. Seríamos indignos de vuestra misericordia, si no os
pidiésemos de corazón por él; ¡lo necesita tanto! Nosotros, en medio de
nuestra tribulación, tenemos el consuelo de estar en el camino donde
vos mismo nos habéis colocado, pudiéndoos ofrecer nuestras aflicciones,
las cuales llegarán á ser un título meritorio para con vos. ¡Mas él!...
él es vuestro enemigo. ¡Oh, desgraciado; él lucha con vos! ¡Señor,
tened piedad de él, tocad su corazón, hacedlo amigo vuestro, concededle
todos los bienes que podamos desear para nosotros mismos!”.
Levantándose en seguida, apresuradamente, dijo: “Vamos, hijos míos,
no hay tiempo que perder; que Dios os guarde y el santo ángel os
acompañe: partid”. Y mientras se ponían en marcha, con esa emoción que
no encuentra palabras, y que sin embargo se manifiesta sin ellas, el
padre añadió con voz alterada: “El corazón me dice que nos volveremos á
ver pronto”.
Ciertamente, el corazón para el que le presta oídos, tiene siempre que
decir algo sobre el porvenir. ¿Pero qué sabe el corazón? apenas un poco
de lo que ha pasado.
Sin aguardar respuesta, el padre Cristóbal se encaminó hacia la
sacristía; los viajeros salieron de la iglesia, y Fr. Fazio cerró la
puerta, dándoles un adiós también con voz conmovida. Se dirigieron
con precaución hacia la orilla que les había sido indicada, vieron el
batel preparado, y habiendo dado y recibido las palabras de ordenanza,
entraron. El barquero, impeliendo un remo hacia la proa, se apartó
de la orilla, y después empuñando el otro y remando á brazo tendido,
ganó el lago hacia la orilla opuesta. No se percibía el menor soplo de
viento, el lago yacía tranquilo y llano, y hubiera parecido que estaba
inmóvil, á no ser por el temblor y la ligera ondulación de la luna,
que desde lo alto se reflejaba en las aguas. Oíase únicamente el ruido
de las oleadas que iban á morir dulcemente sobre la arena de la playa,
el murmullo más lejano del agua que se estrellaba contra los arcos del
puente, y el acompasado golpe de los dos remos que cortaban la azulada
superficie del lago, saliendo á un mismo tiempo húmedos para volverse
á sumergir al momento. Las aguas hendidas por la barca, amontonándose
detrás de la popa, iban dejando señalada una espumosa huella, que á
cada instante se alejaba más de la ribera. Los pasajeros, silenciosos,
con la cabeza vuelta hacia atrás, contemplaban las montañas y el país
alumbrado por la luna, y cortado por algunas partes de grandes sombras.
Distinguíanse los pueblecillos, las casas, las cabañas. El castillejo
de D. Rodrigo, con su aplastada torre, elevado sobre las casucas
amontonadas en la falda del promontorio, se asemejaba á un malhechor,
que de pie en la oscuridad y en medio de una tropa de hombres dormidos,
velase meditando algún crimen. Lucía lo vió y se estremeció; siguió
con la vista la pendiente de la montaña hasta llegar á su pueblo, miró
fijamente á su extremidad, divisó su casita, la techumbre cubierta con
las hojas de la higuera que sobresalía de la tapia del pequeño patio,
descubrió la ventana de su habitación, y sentada como estaba en el
fondo de la barca, apoyó un brazo sobre el banco como para dormir, y se
puso á llorar en secreto.
Adiós montañas que salís de las aguas y tocáis al cielo; cimas
desiguales, tan conocidas de quien ha crecido entre vosotras, y
que están impresas en su mente como los rasgos de sus más queridos
amigos; torrentes cuyo murmullo le es tan familiar como la voz de
su familia; casas esparcidas que blanquean sobre la pendiente como
rebaños de ovejas que pacen, adiós. ¡Para el que ha nacido entre
vosotros, qué momento tan triste es el alejarse! El mismo que las
abandona voluntariamente, lanzado por el capricho y la esperanza de
hacer fortuna en otra parte, siente desvanecerse entonces sus sueños
de riqueza; se admira de haberse podido resolver, y retrocedería si
no pensase que un día podrá volver opulento. Cuanto más avanza en la
llanura, tanto más su vista se retira disgustada y rendida de aquella
fastidiosa uniformidad; el aire le parece pesado y sin vida; él se
adelanta triste y desencantado en las ciudades populosas; le parece
que las casas unidas á otras casas, las calles que cruzan á las calles
sofocan su respiración, y ante los edificios que son la admiración
del extranjero, piensa con inquieto deseo en el campanario de su país
natal, en la cabaña sobre la cual ha echado ya los ojos, y que debe
comprar cuando volverá rico á sus montañas.