implícita que ella debía ser religiosa; mas las que venían de su padre,
producían más efecto que todas las demás juntas. El continente del
príncipe era habitualmente el de un amo austero; mas cuando se trataba
del futuro estado de sus hijos, se traslucía en su rostro y en todas
sus palabras una fijeza de resolución, una recelosa envidia de mando
que imprimía el sentimiento de una fatal necesidad.
Á los seis años, Gertrudis fué colocada para su educación, y para
prepararla á la vocación que se le había impuesto, en el convento en
que la hemos visto. La elección del lugar no fué sin designio. El buen
conductor de las dos mujeres ha dicho que el padre de la señora ocupaba
en Monza el primer lugar. Añadiendo este testimonio, cualquiera que sea
su valor, con algunas otras indicaciones que el anónimo deja escapar
aturdidamente por unas partes y otras, nosotros podemos fácilmente dar
por hecho que aquél era el señor feudal de dicho país. Fuese lo que
fuese, él gozaba allí de una autoridad grandísima; y pensó que en aquel
paraje, mejor que en otro alguno, su hija sería tratada con aquella
distinción y miramientos que podrían seducirla y dirigirla á elegir
aquel convento para su perpetua morada. No se engañaba: la abadesa y
algunas otras religiosas intrigantes que tenían, como se suele decir,
la sartén por el mango, se alegraron al ver que se les ofrecía un
apoyo tan útil en todas circunstancias y tan honroso en todos los
momentos; aceptaron la proposición con expresiones de reconocimiento,
y correspondieron á las intenciones que el príncipe había dejado
traslucir sobre la colocación estable de la hija, intenciones que por
otra parte estaban muy de acuerdo con sus intereses.
Apenas hubo entrado Gertrudis en el convento, fué llamada por
antonomasia la _señorita_; se la dió el primer puesto en la mesa y
en el dormitorio; su conducta servía como modelo á sus compañeras;
se la prodigaban caricias sin fin, pero éstas sazonadas con esa
familiaridad un poco respetuosa que tanto agrada á los niños, cuando
la encuentran en aquellos que tratan á los demás con un tono habitual
de superioridad. Esto no quería decir que todas las monjas estuviesen
conjuradas para hacer caer á la pobre joven en el lazo; había muchas
sencillas y ajenas á toda especie de intrigas, á quienes la idea de
sacrificar una hija á miras interesadas inspiraba horror; pero éstas,
enteramente aplicadas á sus ocupaciones particulares, unas no se
apercibían bien de aquellos manejos, otras no distinguían lo que tenían
de malo; algunas se abstenían de hacer un escrupuloso examen, y otras
también guardaban silencio por no escandalizar inútilmente. Alguna, por
último, acordándose de haber sido con semejantes artificios conducida
á aquello de lo cual estaba ya arrepentida, se compadecía de la
pobrecilla inocente, y se consolaba haciéndola tiernas y melancólicas
caricias; mas ella estaba bien lejos de sospechar que allí se ocultase
algún misterio, y el negocio seguía su camino. Habría caminado hasta
el fin, si Gertrudis hubiera sido la única niña en aquel monasterio.
Mas entre sus compañeras de educación, había algunas que no ignoraban
que ellas estaban destinadas á casarse. La pequeña Gertrudis, nutrida
con la idea de su superioridad, hablaba pomposamente de sus destinos
futuros de abadesa, de princesa del monasterio; quería á todo trance
para todas las demás ser un objeto de envidia, y veía con admiración
y con despecho que algunas de ellas no hacían ningún caso. Á las
imágenes majestuosas, pero frías y circunscritas, que puede suministrar
la primacía en un convento, aquéllas oponían las imágenes variadas y
brillantes del mundo, de bodas, de banquetes, de bailes, de festines,
de partidas de campo, de magníficos trajes, de carrozas. Estas
imágenes causaron en el cerebro de Gertrudis aquel movimiento, aquella
efervescencia que produciría un gran canastillo de flores cogidas
recientemente, colocado delante de un enjambre de abejas. Los padres y
los maestros habían cultivado y aumentado en ella la natural vanidad
para hacerla amar el claustro; mas cuando esta pasión fué excitada
por ideas tanto más homogéneas para ella, se lanzó con un ardor mucho
más vivo cuanto que era muy espontáneo. Para no quedar debajo de sus
compañeras, y para condescender al mismo tiempo con su nuevo genio,
respondía que al fin de la jornada nadie podría ponerse el velo sobre
la cabeza sin su consentimiento; que también ella podía casarse,
habitar un palacio y gozar de las delicias del mundo, mejor que todas
las demás; que lo podía con tal que lo quisiese, que lo quería, y ella
lo quería en efecto. La idea de la necesidad de su consentimiento,
que hasta entonces había permanecido como desapercibida y amortiguada
en un ángulo de su mente, se desenvolvió y se mostró con toda su
importancia. Ella la llamaba á cada momento en su auxilio, para gozarse
tranquilamente con las imágenes de un porvenir agradable. Sin embargo,
dentro de esa idea siempre aparecía infaliblemente otra, á saber,
que aquel consentimiento trataba de negarlo al príncipe su padre, el
cual tenía ya ó manifestaba tenerlo por dado; y á este pensamiento,
el ánimo de la hija estaba bien lejos de gozar de la seguridad que
ostentaban sus palabras. Se comparaba entonces á sus compañeras, que
estaban de otro muy diverso, seguras de su porvenir, y experimentaba
así la envidia que desde un principio había querido inspirarlas.
Envidiándolas, aborrecía; algunas veces su odio se exhalaba en
desprecios, en burlas, en palabras picantes; otras, la uniformidad de
las inclinaciones y de las esperanzas la apaciguaba y hacía nacer una
intimidad aparente y pasajera; otras veces, queriendo gozar entretanto
de alguna cosa real y presente, se complacía con las preferencias que
la dispensaban, y hacía sentir su superioridad á las demás; otras,
finalmente, no pudiendo tolerar la soledad de sus temores y deseos, iba
llena de bondad á buscarlas, casi para implorar benevolencia, consejos,
valor. En medio de estas deplorables luchas consigo misma y con las
demás, había pasado la infancia y entraba en esa edad tan crítica, en
la cual parece que se introduce en el alma una especie de misterioso
poder que excita, embellece, vigoriza todas las inclinaciones, todas
las ideas, y alguna vez las trasforma ó las hace tomar un curso
imprevisto. Lo que Gertrudis hasta entonces había visto con placer
más distintamente en aquellos sueños del porvenir, era el esplendor y
la pompa eterna; un cierto no sé qué de muelle y afectuoso que desde
un principio se había difundido ligeramente y estaba envuelto en la
oscuridad, comenzó luego á desplegarse y á sobresalir en su fantasía.
En la parte mas recóndita de su espíritu se formaba una especie
de retiro; allí se refugiaba contra los objetos presentes, acogía
ciertos personajes caprichosamente, compuestos de confusos recuerdos
de la infancia, de lo poco que podía entrever del mundo exterior, de
las ideas que le habían revelado los discursos de sus compañeras;
conversaba á solas con ellas, las hablaba y contestaba en su nombre;
daba órdenes y recibía homenajes de todas clases. De cuando en cuando
los pensamientos de religión venían á turbar aquellas brillantes y
cansadas fiestas; pero la religión, tal como se la habían enseñado á
nuestra infortunada niña, y como ella la había comprendido, lejos de
proscribir el orgullo, lo santificaba y lo proponía como un medio de
obtener la felicidad terrestre. Privada de este modo de su esencia,
no era ya la religión, sino un vano fantasma como los demás. En los
intervalos, en los cuales ese fantasma ocupaba el primer lugar y tomaba
colosales dimensiones en la imaginación de Gertrudis, la infeliz,
abrumada de ciertos temores y comprimida por una confusa idea de
deberes, se imaginaba que su repugnancia al claustro y la resistencia
á las insinuaciones de sus mayores acerca de la elección de estado,
era un crimen, prometiendo en su interior expiarlo, encerrándose
voluntariamente en el claustro.
Era de ley que una joven no podía ser admitida religiosa, sin haber
sido examinada antes por un eclesiástico, llamado el vicario de las
monjas, ó de otro delegado al efecto, á fin de que constase que obraba
libre y espontáneamente, y dicho examen no podía tener lugar sino un
año después de haber expuesto aquélla su deseo al vicario por medio de
una súplica por escrito. Las religiosas que habían tomado el triste
encargo de hacer que Gertrudis se obligase para siempre con el menor
conocimiento posible acerca de lo que hacía, escogieron uno de los
momentos que hemos descrito, para hacerla copiar y firmar semejante
súplica. Á fin de inducirla mas fácilmente á ello, no dejaron de
decirla y repetirla que finalmente no era más que una mera formalidad,
la cual (y esto era cierto), no podía tener efecto sino por otros
actos posteriores que dependían de su voluntad. Con todo eso, la
súplica no había acaso llegado aún á su destino, cuando Gertrudis
estaba ya arrepentida de haberla firmado. Se arrepentía de su ligereza,
pasando así los días y los meses en una incesante lucha de opuestos
sentimientos. Tuvo largo tiempo oculto á sus compañeras aquel paso,
ya por temor de manifestar sus contradicciones, ya por vergüenza de
publicarlas. El deseo de aliviar su corazón y de encontrar consejos y
valor, venció por último. Había también otra ley, por la que una joven
no podía ser admitida al examen de la vocación, sino después de haber
vivido á lo menos por espacio de un mes, fuera del monasterio donde
había sido educada. El año que debía seguirse á la súplica había ya
trascurrido, y Gertrudis fué advertida que dentro de poco se la sacaría
del monasterio y sería conducida á la casa paterna para permanecer el
expresado mes, y dar todos los pasos necesarios al cumplimiento de la
obra, que de hecho había ya empezado. El príncipe y el resto de la
familia, miraban ya el negocio como una cosa segura y concluida; mas
la joven tenia otro proyecto: en vez de dar los demás pasos, pensaba
en el modo de hacer retroceder el primero. En tales angustias, trató
de abrir su corazón á una de sus compañeras, muy franca y dispuesta
siempre á dar consejos resueltos. Ésta sugirió á Gertrudis la idea
de informar á su padre por medio de una carta, acerca de su nueva
resolución, ya que no tenía el suficiente ánimo para lanzar en su cara
un _no quiero_. Y porque los pareceres gratuitos son muy raros en este
mundo, la consejera hizo pagar éste á Gertrudis, haciendo burla de su
apocamiento. La carta fué arreglada entre cuatro ó cinco confidentes,
escrita de oculto, y recapitulada con muchos y estudiados artificios.
Gertrudis estaba con grande ansiedad, esperando una contestación que
no vino, á no ser que algunos días después la abadesa la hizo ir á su
celda, y con aire de misterio, de disgusto y compasión, le indicó,
de una manera ambigua, la gran cólera del príncipe, acerca de una
falta que ella había cometido, dándola á entender, sin embargo, que
portándose bien, podía esperar que todo sería olvidado. La joven lo
entendió, y no se atrevió á preguntar más.
Finalmente, llegó el día temido y deseado. Aunque Gertrudis supiese
que iba á combatir, sin embargo, el salir del monasterio, el dejar
aquellas paredes entre las cuales había permanecido encerrada por
espacio de ocho años, el recorrer en carroza por la amena y verde
campiña, el volver á ver la ciudad, la casa, fueron sensaciones llenas
de una alegría tumultuosa. Respecto de la lucha, la infeliz, con la
dirección de aquellas confidentes, había ya tomado sus medidas. “Ó
me querrán obligar, pensaba, y yo me mantendré firme; seré humilde,
respetuosa, pero no accederé; no se trata más que de no decir otro
sí, y no lo diré. Ó lo tomarán por buenas, y entonces seré más buena
que ellos; lloraré, suplicaré, los moveré á compasión; en fin, no
pretendo otra cosa más que el no ser sacrificada”. Pero como sucede
siempre con semejantes previsiones, no aconteció ni una cosa ni otra.
Los días pasaban sin que su padre ni nadie le hablase de la súplica ni
de la retractación, sin que se le hiciese ninguna proposición, ni con
caricias ni con amenazas. Los padres estaban serios, tristes, duros con
ella, sin decir nunca el porqué. Se comprendía solamente que la miraban
como una culpable, como una persona indigna. Un misterioso anatema
parecía pesar sobre ella y que la segregaba de la familia, dejándola
únicamente que se reuniese á ella, el tiempo necesario para hacerla
sentir su sujeción. Rara vez, y sólo á ciertas horas establecidas, era
admitida á la compañía de sus padres y del primogénito. Entre los tres
parecía que reinaba una gran confianza, la cual hacía más sensible
y más doloroso el abandono en el cual dejaban á Gertrudis. Nadie le
dirigía la palabra, y cuando se arriesgaba tímidamente á decir alguna
cosa que no fuese necesario, ó no se hacía caso, ó no llegaba á obtener
más que una respuesta acompañada de una mirada desdeñosa. Mas si no
pudiendo sufrir un trato tan humillante y amargo, insistía y procuraba
familiarizarse; si imploraba un poco de cariño, oía al mismo tiempo
lanzar alguna palabra indirecta, pero clara acerca de la elección de
estado. Se le hacía entender de una manera encubierta que éste era
el medio mejor para reconquistar el afecto de la familia. Entonces
Gertrudis, que no lo hubiera querido á semejante precio, veíase
obligada á retroceder, á rehusar las primeras señales de benevolencia
que tanto había deseado, á volver á tomar su misma posición de
excomulgada; y para colmo de desdichas, con una cierta apariencia de
maldad.
Tales sensaciones de objetos presentes, hacían un doloroso contraste
con aquellas risueñas visiones de las cuales Gertrudis tanto se había
ocupado ya, y se ocupaba todavía en lo más recóndito de su corazón.
Había esperado que en la espléndida y tan frecuentada casa de su padre,
podría á lo menos gozar alguna cosa real de lo que había imaginado;
mas se encontró del todo engañada. La clausura era estrecha como en
el monasterio; no se hablaba jamás de paseos ni de diversiones, y una
galería que daba de la casa á una iglesia contigua, quitaba hasta la
ocasión de poner el pie en la calle. La sociedad era más triste,
poco numerosa y menos variada que en el monasterio. Al menor anuncio
de una visita, Gertrudis debía salir y retirarse á su estancia, para
encerrarse con algunas antiguas criadas de la casa, con las cuales
también comía todas las veces que había convites. Los servidores se
uniformaban en las palabras y maneras, al ejemplo y á la intención
de sus dueños; y Gertrudis, que por inclinación los hubiera tratado
familiarmente y con ínfulas de señora, y que en el estado en el
cual se encontraba hubiera recibido como un favor la menor señal
de benevolencia, se bajaba hasta mendigarlas, no ganando más que
un poco de humillación al verse correspondida con una indiferencia
manifiesta, aunque acompañada de un ligero obsequio de formalidad.
Sin embargo, ella percibió que á diferencia de los demás, un paje la
trataba respetuosamente, y sentía por ella una compasión de un género
particular. El continente de aquel joven era lo que Gertrudis había
visto hasta entonces de más semejante al orden de cosas tan contemplado
en su imaginación, pareciéndose en el aire y maneras á sus criaturas
ideales. Poco á poco se descubrió en las maneras de la joven niña un
cierto no sé qué de nuevo y extraordinario; una calma é inquietud
distinta de la que solía; el aire de una persona que ha encontrado una
cosa que le ocupa, que querría mirar á cada momento y no dejarla ver
á los demás. Se la vigiló más que nunca, tanto que una mañana temprano
fué sorprendida por una de las sirvientas que hemos citado, mientras
estaba doblando á escondidas una carta, sobre la cual hubiera obrado
mucho mejor no escribiendo nada. Después de un corto debate, la carta
quedó en manos de la sirvienta, y de ésta pasó á las del príncipe.
El terror de Gertrudis al rumor de los pasos de aquél, no se puede
describir ni imaginar. En efecto, era su padre, estaba irritado, y
ella se sentía culpable. Mas cuando lo vió aparecer con aquel ceño,
con aquella fatal carta en la mano, hubiera querido estar cien brazas
bajo de tierra. Las palabras no fueron muchas, pero sí terribles.
No se le imponía más pena por el momento, que permanecer encerrada
en la misma estancia, bajo la custodia de la mujer que había hecho
el descubrimiento; mas esto no era más que un preludio, no más
que una precaución del momento: se prometía, se dejaba entrever á
su imaginación como una cosa vaga, un castigo futuro, misterioso,
indeterminado, y sobre todo, más espantoso.
El paje fué echado violentamente como era natural, y se le amenazó
también con una corrección terrible si osaba hablar jamás lo mas mínimo
respecto de lo sucedido. Al hacerle esta intimación, el príncipe le
aplicó dos solemnes bofetones, para asociar á aquella aventura un
recuerdo que pudiese quitar al joven toda tentativa de vanagloriarse
de ella. Un pretexto cualquiera para cohonestar la despedida del paje,
no era difícil de hallar; en cuanto á la hija, se dijo que estaba
enferma.
Ésta quedó con el corazón alterado, con la vergüenza, con el
remordimiento, con el temor del porvenir, y con la sola compañía de
aquella mujer á quien odiaba, como el testimonio de su culpa y la causa
de su desgracia. Ésta detestaba también á su vez á Gertrudis, por la
cual se hallaba reducida, sin saber por qué tiempo, á la enojosa vida
de carcelera, habiendo llegado á ser para siempre depositaria de un
peligroso secreto.
El primer tumulto de aquellos confusos sentimientos se apaciguó poco á
poco; mas cada uno de éstos, asaltando á su vez el espíritu, crecía y
se encerraba allí para atormentarla más distintamente y á su placer.
¿Qué podía ser aquel castigo con el cual se la había amenazado tan
enigmáticamente? Muchas extrañas y variadas ideas se agolpaban á la
imaginación ardiente y sin experiencia de Gertrudis. Lo que parecía
más probable era el volver á ser conducida al monasterio de Monza,
aparecer no ya como la _señorita_, sino como una culpable, y permanecer
encerrada, ¡quién sabe hasta cuándo, y cómo la tratarían! El temor de
la vergüenza era quizás lo que había de más doloroso para ella en aquel
porvenir lleno de aflicción. Las frases, las palabras, hasta las comas
de aquel malhadado papel, pasaban y repasaban en su memoria; se le
aparecían leídas, pesadas por un lector tan imprevisto, tan diferente
de aquél para quien estaban destinadas: imaginábase que hubieran podido
caer en poder de la madre ó de su hermano. La imagen de aquél que había
sido la causa primera de todo el escándalo, no dejaba de atormentarla
constantemente: no es preciso decir qué extraña figura hacía este
fantasma entre los otros, tan diferentes, tan fríos, tan amenazadores.
Ella no se detenía tampoco largo tiempo ni con placer sobre esos sueños
tan dulces y tan brillantes; estaban muy en oposición con su estado y
con todas las probabilidades de su porvenir. El único castillo en que
Gertrudis podía figurarse hallar un refugio tranquilo y honroso, y que
nada tuviese de fantástico era el convento, cuando ella se hubiese
resuelto á vivir en él para siempre. Tal resolución habría cambiado su
situación.
Al cabo de cuatro ó cinco días que le parecieron eternos, una mañana,
Gertrudis, indignada por el trato de su carcelera, se colocó en un
rincón de su cuarto y ocultando su rostro con las manos estuvo largo
tiempo entregada á un exceso de cólera. Ella tenía necesidad de ver
otros semblantes, de oir otros acentos y de que se la tratase de otro
modo. Pensó en su padre, en su familia, sin atreverse á permanecer
en esa idea. Pero se acordó que de ella dependía que fuesen éstos sus
amigos más sinceros, y la alegría volvió á pintarse en su semblante.
Se levantó, dirigióse á una mesita, tomó la pluma y escribió una carta
fatal, pero llena de entusiasmo, de afección y de esperanza, implorando
el perdón, decidida y pronta á hacer cuanto se le indicase por el que
había de otorgarle su demanda.
CAPÍTULO DÉCIMO
Hay momentos en que el alma, y en particular la de los jóvenes, está
dispuesta de modo que basta un poco de interés para lograr todo
lo que tiene apariencias de virtud y de sacrificio; como una flor
apenas entreabierta que descansa muellemente sobre su cáliz, pronta
á abandonar sus perfumes al simple cefirillo que la acaricia con su
soplo. Estos momentos que debían contemplarse con tímido respeto, son
precisamente los que la astucia interesada espía atentamente para
encadenar la voluntad de la víctima.
Á la lectura de la carta en cuestión, el príncipe halló también la
puerta abierta á sus antiguos propósitos. Envió á decir á Gertrudis
que se presentase. Gertrudis compareció ante él, sin atreverse á
levantar los ojos, se echó á los pies de su padre y apenas pudo
balbucear _perdón_. Éste le hizo señal para que se levantase, pero con
una voz á propósito para tranquilizarla, le dijo: “No basta pedir, ni
desear el perdón para obtenerlo, es necesario merecerlo”. Gertrudis
con mucha timidez pidió la explicación de aquellas palabras y lo que
debía hacer en consecuencia. Él continuó diciendo que... “á pesar de
lo ocurrido... en el caso en que... hubiera sido con la intención de
establecerse en el mundo, ella había contraído un lazo indisoluble y
había creado un obstáculo invencible. Hombre de honor como era, jamás
se habría atrevido á presentarla á ningún caballero después de tales
antecedentes”. La infeliz, oyendo á su padre, estaba en el estado
más triste que pueda imaginarse. Entonces el príncipe, dulcificando
gradualmente la voz, añadió que sin embargo, para toda falta habría
misericordia; que la suya era de aquéllas cuyo remedio estaba indicado
ya; que ella debía ver en aquel triste accidente un aviso del cielo
respecto á que la vida del siglo estaba rodeada de escollos.
--¡Oh, sí! exclamó Gertrudis, preocupada por el temor y la vergüenza.
--Perfectamente, lo has comprendido muy bien, respondió el príncipe.
En hora buena; no hablemos más de lo pasado: todo está olvidado ya.
Esto diciendo, tocó una campanilla y dijo al lacayo que entró: llama
á la princesa y al príncipe mi hijo inmediatamente; y dirigiéndose á
Gertrudis, continuó: quiero participarles mi alegría; quiero que todos
empiecen á trataros como merecéis.
Á estas palabras Gertrudis quedóse como atónita. No podía comprender
que en el sí que acababa de pronunciar, se encerrase tanta virtud.
La princesa y el príncipe no se hicieron aguardar mucho tiempo. Cuando
vieron á Gertrudis, la miraron con cierto aire de desdén; pero el
príncipe con un aire jovial y tierno, les dijo: la oveja vuelve al
aprisco, y espero que ésta sea la última palabra que se diga sobre el
asunto.
--Muy bien, muy bien, exclamaron á la par madre é hijo. Entonces el
príncipe habló de las distinciones que Gertrudis habría de tener en
el convento y en el país. La princesa renovaba á cada instante las
felicitaciones más halagüeñas á Gertrudis.
--Es necesario señalar el día en que hemos de ir á Monza á preguntar
por la abadesa, dijo el príncipe. ¡Cómo se ha de alegrar ella! ¡oh!
todo el convento sabrá apreciar el honor que Gertrudis le hace. Y, ¿por
qué no hemos de ir hoy? añadió: Gertrudis tomará con mucho gusto el
aire.
--Vamos, dijo la princesa.
--Pero... dijo tímidamente Gertrudis.
--Poco á poco, que Gertrudis se decida. Puede que hoy no se sienta con
fuerzas suficientes; ella querrá mejor ir mañana. ¿Quieres que vayamos
hoy ó mañana?
--Mañana, respondió débilmente Gertrudis, que creía ganar mucho con
ganar tiempo.
--Mañana, dijo solemnemente el príncipe. Ella ha decidido que irá
mañana. El príncipe fué en casa del vicario y las religiosas para
pedirles un día para el examen.
En el resto del día Gertrudis no tuvo dos minutos de sosiego. No
hubo medio; las ocupaciones se sucedían sin interrupción, y parecían
encadenadas unas con otras.
Gertrudis fué saludada por todos como la _sposina_[6], cada una de
sus respuestas se estimaba como una confirmación en el propósito de
profesar. Cuando acabaron de comer, se dispuso un paseo, y Gertrudis
subió en el coche con su madre y dos tías que la habían acompañado en
la comida.