Los dos novios permanecieron ocultos detrás del ángulo que formaba

aquélla; Inés con ellos, pero un poco más adelante, á fin de correr con

tiempo al encuentro de Perpetua y hacerse dueña de ella; Tonio, con

el imbécil Gervasio, que nada sabía hacer por sí solo, y sin el cual

tampoco nada se podía hacer, se presentaron valerosamente á la puerta

y llamaron.

--¿Quién es á estas horas? gritó una voz desde la ventana, que se abrió

en aquel momento. Enfermos no hay, á lo menos que yo sepa. ¿Habrá acaso

sucedido alguna desgracia?

--Soy yo, respondió Tonio, con mi hermano, que tenemos precisión de

hablar al señor cura.

--¿Es ésta una hora regular? dijo bruscamente Perpetua. ¡Qué

discreción! Volved mañana.

--Escuchad: volveré ó no volveré; he recogido cierto dinero, y vengo á

saldar aquella cuentecilla que sabéis: tenía aquí veinticinco hermosas

monedas, todas ellas nuevas; mas si no se puede, paciencia; ya sé cómo

gastarlas, y volveré cuando haya juntado otras tantas.

--Aguardad, aguardad; voy y vuelvo. Mas, ¿por qué venís á esta hora?

--Las he recibido poco hace, y he pensado, como os digo, que si ellas

han de dormir conmigo, no sé de qué parecer seré mañana. Mas si no os

agrada la hora, no sé qué decir: por mí, estoy aquí, y si no queréis,

me voy.

--No, no, aguardad un instante; vuelvo con la respuesta.

Dicho esto, cerró la ventana. En seguida Inés se separó de los novios,

y dijo en voz baja á Lucía: ¡Ánimo! esto no es más que un momento,

como sacarse un diente. En seguida fué á reunirse con los dos hermanos

que permanecían delante la puerta, y se puso á conversar con Tonio;

de modo que Perpetua, yendo á abrir, pudiese creer que pasaba por

casualidad y que Tonio la había entretenido un momento.

NOTAS:

[5] Greba: pieza de la armadura antigua que cubría las piernas; llámase

también esquinela, canillera.

CAPÍTULO OCTAVO

--¡Carneade! ¿Quién era este hombre?, murmuraba entre sí D. Abundio,

sentado en su sillón, en una estancia del piso superior, con un libro

abierto delante, cuando Perpetua entró á ser portadora del mensaje.

“¡Carneade! este nombre me parece mucho haberlo leído ú oído: debía ser

un sabio, un literato de los antiguos tiempos; éste es un nombre de

aquella época; ¿pero qué diablo era ese Carneade?”. ¡Tan lejos estaba el

pobre hombre de prever la borrasca que se formaba sobre su cabeza!

Es indispensable saber que D. Abundio se deleitaba en leer un poquito

cada día; y un cura vecino suyo, que tenía una pequeña librería, le

prestaba un libro después de otro, el primero que le venía á mano.

Aquél sobre el cual meditaba al presente D. Abundio, convaleciente

de la fiebre del susto, ya más curado (tocante á la fiebre) que no

quería dejar creer, era un panegírico en loor de S. Carlos, pronunciado

con mucho énfasis y escuchado con grande admiración en la catedral de

Milán, dos años antes. El santo era comparado, á causa de su pasión

por el estudio, á Arquímedes, y hasta aquí D. Abundio no encontraba

ninguna dificultad; porque Arquímedes ha hecho cosas tan curiosas, ha

hecho hablar tanto de sí, que para saber algo no es necesario tener

una erudición muy vasta. Después de Arquímedes, el orador ponía en

parangón también á Carneade, y el lector en este punto había quedado en

suspenso. En el mismo momento entró Perpetua anunciando la visita de

Tonio.

--¿Á esta hora? dijo también D. Abundio, como era natural.

--¡Qué queréis! son indiscretos; pero si no los pilláis al vuelo...

--Ya: ¡si no lo pillo ahora, quién sabe cuándo lo podré pillar! Hacedlo

entrar... ¡Eh, eh! ¿Estáis bien segura que sea él mismo?

--¡Diablo! repuso Perpetua; bajó, abrió la puerta y dijo: “¿En dónde

estáis?”. Tonio se dejó ver, y al mismo tiempo apareció también Inés, la

cual saludó á Perpetua por su nombre.

--Buenas noches, Inés, dijo Perpetua; ¿de dónde se viene á estas horas?

--Vengo de... y nombró un pueblecillo cercano. Y si supieseis...

continuó: He tenido una disputa por causa vuestra.

--¡Oh! ¿por qué? preguntó Perpetua; y volviéndose á los dos hermanos:

Entrad, les dijo, que al instante soy con vosotros.

--Porque, repuso Inés, una mujer de aquellas que no saben las cosas y

quieren hablar... ¿lo creeréis? se obstinaba en decir que vos no os

habíais casado con Beppo Suolavecchia, ni con Anselmo Lunghigna, porque

no os habían querido. Yo sostenía que vos rehusasteis á uno y á otro...

--Seguramente. ¡Oh! ¡La embustera! ¿Quién es esa mujer?

--No me lo preguntéis, pues no me gusta hablar mal de nadie.

--Me lo diréis, me lo habéis de decir. ¡Oh, vaya con la embustera!

--Basta... mas no podéis creer cuánto he sentido el no saber bien toda

la historia para confundirla.

--¡Mirad si se puede inventar! ¡y de qué modo! exclamó de nuevo

Perpetua; y de improviso, repuso: En cuanto á Beppo, todos saben y

han podido ver... ¡Eh, Tonio! entrad y cerrad la puerta, que ya voy.

Tonio desde dentro hizo lo que se le prevenía, y Perpetua prosiguió su

apasionada narración.

Enfrente de la puerta de D. Abundio había entre dos casitas una

callejuela, al fin de la cual se hallaba el campo. Inés se dirigió

hacia ella como si quisiese retirarse aparte para hablar más

libremente, y Perpetua la siguió. Cuando ambas llegaron al sitio

desde donde no se podía ver lo que pasaba delante de la casa de D.

Abundio, Inés tosió fuertemente. Ésta era la señal convenida: así que

Renzo la oyó, animó á Lucía, dándola un apretón de brazo, y los dos

de puntillas avanzaron, arrimándose á la pared, guardando el mayor

silencio; llegaron á la puerta, la abrieron poquito á poco, sin hablar

una palabra, é inclinados entraron en el corredor, en donde estaban los

dos hermanos esperándolos. Renzo cerró la puerta de nuevo muy despacio,

y los cuatro subieron la escalera, no haciendo siquiera el ruido de

una persona. Llegado que hubieron á la meseta, los dos hermanos se

aproximaron á la puerta de la habitación que estaba al lado de la

escalera; los novios se quedaron como clavados en la pared.

--_Deo gratias_, dijo Tonio en voz clara.

--¿Sois vos, Tonio? Entrad, contestó la voz desde adentro.

El que así llamaban abrió la puerta apenas lo suficiente para poder

pasar él y su hermano, uno después de otro. El rayo de luz que salió de

improviso por aquella abertura y se dibujó sobre el oscuro pavimento

de la meseta, hizo estremecer á Lucía del mismo modo que si hubiese

sido descubierta. Habiendo entrado los hermanos, Tonio cerró la puerta

tras sí; los novios permanecieron inmóviles en la oscuridad, con el

oído atento, reteniendo la respiración; el ruido solo que en un caso se

hubiera podido oir sería las palpitaciones del corazón de Lucía.

D. Abundio estaba, según hemos dicho, sentado en un sillón viejo

envuelto en unas hopalandas, cubierta la cabeza con un gorro raído

calado hasta las cejas, á la escasa luz de una pequeña lámpara. Dos

mechones de cabellos se escapaban al través de su gorro, dos espesas

cejas, dos espesos bigotes, una poblada perilla, todo aquel pelo cano y

esparcido sobre aquella cara morena y rugosa, podía compararse á esos

arbustos cubiertos de nieve que se dibujan en medio de un precipicio á

la claridad de la luna.

--¡Ah, ah! fué el saludo, mientras se quitaba los anteojos y los

colocaba sobre su libro.

--El señor cura dirá que he venido tarde, dijo Tonio saludando, según

lo hizo también, pero con más torpeza, Gervasio.

--Seguramente que es tarde, tarde de todos modos. ¿Sabéis que estoy

enfermo?

--¡Oh, lo siento mucho!

--Ya lo habréis oído decir; estoy enfermo, y no sé cuándo podré dejarme

ver... Mas, ¿por qué habéis traído con vos á ese... ese muchacho?

--Para que me acompañe, señor cura.

--Bien, veamos.

--Aquí están las veinticinco libras, todas nuevas, de aquellas que

tienen un S. Ambrosio á caballo, dijo Tonio sacando de su faltriquera

un paquetito envuelto.

--Veamos, repitió D. Abundio; y tomando el paquete, se volvió á poner

los anteojos: lo abrió, sacó las monedas, las contó, las volvió, las

revolvió, y las encontró sin defecto alguno.

--Ahora, señor cura, me daréis el collar de mi Tecla.

--Es muy justo, respondió D. Abundio. Se dirigió á un armario, sacó una

llave del bolsillo, y mirando á su alrededor, como para tener lejos á

los espectadores, abrió un lado de la puerta, cubriendo con su cuerpo

la abertura que acababa de practicar, metió dentro la cabeza para ver y

un brazo para coger el collar; lo tomó, y habiendo cerrado el armario,

lo entregó á Tonio, diciendo: “¿Es esto?”.

--Ahora, dijo Tonio, tened la bondad de poner un poco de negro sobre lo

blanco.

--¡También esto! dijo D. Abundio: ellos lo saben todo. ¡Oh, qué

sospechoso se ha vuelto el mundo! ¿No os fiáis de mí?

--¡Cómo, señor cura! ¿Si me fío? Vos me hacéis un agravio; pero como mi

nombre está puesto en vuestro gran libro, en el libro de las deudas...

con que ya que habéis tenido la incomodidad de escribir una vez,

también... de la vida á la muerte...

--Bien, bien, interrumpió D. Abundio; y refunfuñando tiró de un

cajoncito de la mesa, sacó papel, pluma y tintero, y se puso á

escribir, repitiendo á viva voz las palabras, á medida que salían de la

pluma. Entonces Tonio y Gervasio, por medio de una señal que aquél le

hizo, se plantaron de pie delante de la mesa, de manera que pudiesen

ocultar la puerta al que escribía. Como si estuviesen muy cansados,

iban arrastrando sus pies sobre el pavimento, para advertir á los que

estaban fuera que podían entrar, y para cubrir al mismo tiempo el

ruido de las pisadas. D. Abundio, abismado en su escritura, nada veía.

Á la señal convenida, Renzo cogió á Lucía del brazo, lo apretó para

darla ánimo y echó á andar, arrastrándola tras de sí toda trémula,

pues que ella no hubiera podido ir sola. Entraron poquito á poco, de

puntillas, conteniendo la respiración, y se escondieron detrás de los

dos hermanos. Entretanto D. Abundio, habiendo concluido de escribir,

volvió á leer atentamente sin levantar los ojos del papel; luego lo

dobló, diciendo: “¿Estaréis contentos ahora?”. Y quitándose con una

mano los anteojos de encima la nariz, alargó con la otra el papel á

Tonio, levantando la cabeza. Éste extendió la mano para tomarlo y se

retiró á un lado; Gervasio, á una señal suya, se colocó al otro; y en

el medio, como al mudarse una decoración, aparecieron Renzo y Lucía.

D. Abundio vió confusamente, después vió claro, se asustó, quedó mudo

de estupor, se enfureció, reflexionó, tomó una resolución, todo esto

en el intervalo de tiempo que Renzo gastó en pronunciar las siguientes

palabras: “Señor cura, en presencia de estos testigos, digo que ésta

es mi mujer”. Antes que sus labios se hubiesen cerrado, ya D. Abundio,

dejando caer el papel, había cogido y levantado la lámpara con la mano

izquierda, agarrado con la derecha el tapete que cubría la mesa; y

atrayéndolo hacia él con furia, hizo caer al suelo el libro, el papel,

el tintero y los polvos; después, deslizándose entre el sillón y la

mesa, se había acercado á Lucía. La infeliz, con su dulce voz, y en

aquel momento toda trémula, apenas había podido proferir: “Y éste”...

cuando D. Abundio la había arrojado bruscamente el tapete encima,

cubriéndole la cabeza y el semblante á un mismo tiempo para impedirle

el pronunciar la fórmula entera. En seguida, dejando caer la lámpara

que tenía en la otra mano, se ayudó también con ella para envolver

la cabeza de Lucía en el tapete, hasta el punto de sofocarla; y en

el ínterin gritaba á más no poder: “¡Perpetua, Perpetua! ¡Traición,

socorro!”. El pábilo de la lámpara que moría sobre el pavimento,

arrojaba una luz lánguida y desigual sobre Lucía, la cual sumamente

alarmada no trataba siquiera de desembarazarse, asemejándose á una

estatua cubierta de arcilla, sobre la cual el artista ha echado un

húmedo trapo. Apagada enteramente la luz, D. Abundio abandonó á la

infeliz, y fué buscando á tientas la puerta que daba á una habitación

más interior, la halló, entró en ella, cerró por dentro y todavía

continuaba gritando: “¡Perpetua! ¡Traición, socorro! ¡Fuera de esta

casa, fuera de esta casa!”. En la otra pieza todo era confusión; Renzo

buscaba al cura, moviendo los brazos y manos como si jugase á la

gallina ciega; habiendo llegado á la puerta, llamaba á ella gritando:

“¡Abrid, abrid! No metáis tanta bulla”. Lucía llamaba también á Renzo

con voz ahogada, y le decía suplicando: “¡Vámonos, vámonos, por el amor

de Dios!”. Tonio, á gatas, iba barriendo con las manos el suelo, para

recobrar su recibo. Gervasio, espantado, gritaba y saltaba, buscando la

puerta de la escalera para salvarse.

En medio de esta batahola, no podemos menos de detenernos un momento

para hacer una reflexión. Renzo, que movía todo aquel estrépito,

de noche, en casa ajena, que se había introducido furtivamente, y

tenía al mismo dueño sitiado en su habitación, presentaba todas las

apariencias de un opresor; y sin embargo, bien considerado, él era el

oprimido. D. Abundio, sorprendido, fugitivo, asustado, mientras atendía

tranquilamente á sus negocios, parecía la víctima; y no obstante,

en realidad él era el que hacía la injuria. Así va muchas veces el

mundo... quiero decir, así iba en el siglo XVII.

El asaltado, viendo que el enemigo no daba señales de retirarse, abrió

una ventana que miraba al cementerio de la iglesia, y se puso á gritar:

“¡Socorro, socorro!”. La luna despedía una brillante claridad, la sombra

de la iglesia y del campanario, se dibujaban negras é inmóviles sobre

el cementerio lleno de yerbas: todos los objetos se podían distinguir

como si hubiese sido de día; pero hasta donde se extendía la vista, no

aparecía ningún indicio de ser viviente. Contiguo, sin embargo, á la

pared lateral de la iglesia, y justamente por el lado que correspondía

á la casa parroquial, había un pequeño agujero, especie de gatera,

donde dormía el sacristán. Habiendo éste despertado á tan desordenados

gritos, dió un salto sobre su lecho, abrió apresuradamente una pequeña

ventana, sacó fuera la cabeza, y con los ojos todavía cerrados dijo:

“¿Qué es esto?”.

--¡Corred, Ambrosio! ¡Socorro! Hay gente en casa, gritó D. Abundio.

--Voy al momento, respondió aquél. Metió adentro la cabeza, volvió

á cerrar su ventanillo, y aunque medio soñoliento, y más que medio

asustado, encontró de manos á boca un expediente para llevar más

socorros de los que se le pedían, sin tener necesidad de ir á meterse

en medio de la tremolina, cualquiera que ella fuese. Cogió los calzones

que estaban sobre su cama, se los colocó debajo del brazo, y subiendo

á brincos por una escalerilla de mano, corrió al campanario, asió la

cuerda de la más grande de las dos campanas que allí había, y empezó á

tocar rebato.

Ton, ton, ton, ton. Los aldeanos se apresuran á sentarse sobre la cama,

los muchachos acostados en los graneros aguzan los oídos, y se ponen

de pie. ¿Qué es esto, qué es esto? ¡La campana toca á rebato! ¿Será

fuego, ladrones, bandidos? Muchas mujeres aconsejan, ruegan á sus

maridos que no se muevan, que dejen ir á los demás; algunos se levantan

y se dirigen á la ventana; los cobardes, como si se rindiesen á las

súplicas, se vuelven á meter debajo de las mantas; los más curiosos y

más valientes, bajan á tomar las horquillas y los arcabuces para acudir

al ruido; otros, finalmente, permanecen meros espectadores.

Mas antes que ellos estuviesen arreglados, antes de estar bien

despiertos, el ruido había herido ya los oídos de otras personas que

velaban, no lejos de allí, levantadas y vestidas: los bravos por un

lado, Inés y Perpetua por el otro. Diremos antes, brevemente, lo que

aquéllos habían hecho desde el momento en que los dejamos, parte en

el caserón y parte en la hostería. Cuando éstos tres últimos vieron

todas las puertas cerradas y la calle desierta, salieron á toda prisa,

diciendo que deseaban llegar pronto á su casa; dieron una vuelta

por el pueblo para ver mejor si todo el mundo se había retirado, y

en efecto, no encontraron alma viviente, ni oyeron el menor ruido.

Pasaron también poquito á poco por delante de nuestra pobre casita,

la más tranquila de todas porque no había nadie dentro. Entonces se

encaminaron directamente al caserón, é hicieron su relación al Sr.

_Griso_. Éste se cubrió la cabeza con un gran sombrero de anchas

alas, se puso una especie de ropón de hule sembrado por todos lados

de conchas, tomó un bordón de peregrino, y dijo: “Bravos, marchemos;

silencio, y atención á las órdenes”. Después de pronunciadas estas

palabras, se puso en marcha el primero, siguiéndole los demás. Al poco

tiempo llegaron á la casita, por un camino opuesto al que nuestra

pequeña tropa había seguido para hacer también su expedición. El

_Griso_ hizo detener su partida á algunos pasos, se adelantó solo con

el objeto de explorar, y viendo que por fuera estaba todo desierto y

tranquilo, mandó avanzar á dos de aquellos bribones; les dió la orden

de escalar con precaución la pared que circula el pequeño patio, y

que estando dentro, se ocultasen en un ángulo, que estaba plantado

de una multitud de higueras, sobre cuyo sitio había echado la vista

aquella misma mañana. Hecho esto, llamó muy bajito á la puerta, con

la intención de decir que era un desgraciado peregrino, que pedía

hospitalidad hasta que fuese de día. Nadie contestó; volvió á llamar

con más fuerza; nada, el mismo silencio. Entonces llamó á un tercer

malandrín, le hizo escalar la pared del patio como lo habían verificado

los otros dos, con orden de descorrer poco á poco el cerrojo, para

tener de este modo libre el ingreso y la retirada. Todo se hizo con la

mayor precaución y con próspero resultado. En seguida fué á llamar á

los demás, los llevó consigo, les mandó que se ocultasen en el mismo

sitio que los anteriores, aproximóse lentamente á la puerta de la

calle, colocó dos centinelas á la parte interior, y se dirigió á la

entrada del piso bajo. También tocó á la puerta y esperó; ¡bien podía

esperar! Forzó con la más refinada astucia la citada puerta, y nadie

hubo que dijese desde adentro: “¿Quién va allá?”. Nada se oye; mejor no

puede ir. Adelante, pues: “Psit”, dijo, llamando á los que se ocultaban

entre las higueras y entrando con ellos en la habitación baja, en donde

por la mañana había infamemente recibido un pedazo de pan. Sacó yesca,

piedra, eslabón y pajuelas, encendió una pequeña linterna y entró en

otra pieza interior, para ver si había alguien; nadie tampoco. Luego

retrocedió, se encaminó á la puerta de la escalera, miró, escuchó,

nada; soledad y silencio. Dejó otros dos centinelas en el piso bajo,

mandó que le siguiese Grignapoco, que era un bravo del condado de

Bérgamo, el cual sólo debía amenazar, tranquilizar, pedir, ser en suma

el orador, á fin de que por su lenguaje pudiese hacer creer á Inés

que la expedición venía de aquella parte. Con el expresado Grignapoco

al lado, y los demás detrás, el _Griso_ subió poco á poco blasfemando

en su interior á cada escalón que crujía, á cada paso de aquellos

bribones. Finalmente, llegó arriba. Aquí está el busilis. Empujó

suavemente la puerta que conduce á la primera pieza, ella cedió, la

abre un poco, aplica el oído; está todo oscuro. Se pone á escuchar

atentamente por si oye alguno que ronque, respire ó se agite; nada.

Adelante, pues: colocó la linterna delante de su cara para ver sin

ser visto; abrió la puerta de par en par, y distinguió un lecho, se

echa encima, el lecho lo halló preparado y perfectamente plano, con el

rebozo bien extendido y cubriendo la almohada. Se encogió de hombros

y se volvió hacia su comitiva, les hizo seña que fuesen á ver en la

otra habitación y que le siguiesen de puntillas; entró, hizo las mismas

ceremonias, y encontró la misma cosa. “¿Qué diablo es esto?”, dijo

entonces: “Es preciso que algún perro traidor nos haya espiado”. En

seguida se pusieron todos á mirar con menos precaución, á buscar por

todos los rincones; por último, revolvieron la casa de arriba abajo.

Mientras que ellos están ocupados en tales indagaciones, los dos que

estaban de centinela á la puerta de la calle, oyeron un pequeño ruido

de pasos como de alguno que se acercaba apresuradamente; calcularon

que cualquiera que fuese pasaría sin pararse; permanecieron quietos,

y á todo evento se mantuvieron alerta. Mas he aquí que el ruido de

las pisadas cesa delante de la misma puerta. Era Menico que venía

aceleradamente, enviado por el padre Cristóbal, para avisar á las

dos mujeres que por Dios saliesen pronto de su casa, y se refugiasen

al convento, porque... el por qué lo sabía él. Cogió la aldaba para

llamar, y sintió que se le venía á la mano rota y desunida. ¿Qué es

esto? pensó, y empujó la puerta un tanto asustado; ésta se abrió.

Menico puso un pie dentro, no sin una violenta sospecha: se sintió

al mismo tiempo coger por ambos brazos, y dos voces que á derecha é

izquierda le decían en tono amenazador: “¡Silencio! ó eres muerto”.

Él, al contrario, arrojó un grito; uno de los que lo tenían cogido

le puso una mano en la boca, y el otro sacó un gran cuchillo para

hacerle miedo. El muchacho, trémulo como la hoja en el árbol, no trata

ya de gritar; mas en el instante mismo, en su lugar, y con distinto

tono, se deja oir el primer toque de campana, y detrás una multitud

de campanadas seguidas. El que comete una falta siempre teme, dice un

proverbio milanés: á uno y á otro de aquellos bribones les parece oir

en dichos toques sus nombres y apellidos; sueltan los brazos de Menico,

lo rechazan con cólera, levantan la mano, abren la boca, se miran y

corren á la casa en donde se hallaba el grueso de la partida. Menico

sale y echa á correr á toda prisa con dirección al campanario, en donde

regularmente debía encontrar á alguno. El terrible toque hizo la misma

impresión en los otros bribones que registraban la casa de arriba

abajo. Se turban, se alarman y se empujan unos á otros; cada uno busca

el camino más corto para llegar á la puerta. Y sin embargo, era gente

toda experimentada y acostumbrada á hacer frente al peligro; mas no

pudieron estar tranquilos contra un riesgo indeterminado, y que no se

había dejado ver desde lejos antes de caer sobre ellos. Fué necesario

toda la superioridad del _Griso_ para impedir que se desbandasen, y

para que fuese una retirada y no una fuga. Como el perro que guarda una

manada de cerdos, y corre ahora por aquí, ahora por allí hacia los que

se separan, agarra uno por una oreja y lo arrastra, empuja á otro con

el hocico, ladra á un tercero que se sale de la fila en aquel momento,

del mismo modo el peregrino asió á uno de sus compañeros que tocaba

ya en el umbral, lo lanzó hacia dentro, rechazó con su bordón á los

que se iban á salir, llamó á los otros que corrían sin saber adónde;

lo hizo en efecto tan bien, que los reunió á todos en medio del

patio. “¡Pronto, pronto! pistolas en mano, cuchillos preparados, todos

unidos, y después nos iremos: así es como uno se va. ¿Quién queréis que

se acerque á nosotros, si permanecemos unidos, miserables cobardes?

Mas si nos dejamos coger uno á uno, los mismos villanos os pegarán.

¡Vergüenza! Aquí todos”. Después de esta breve arenga, se puso al

frente y salió el primero. La casa, como ya hemos dicho, estaba situada

á un extremo del pueblo. El _Griso_ tomó el camino que se dirigía al

campo, y todos le siguieron en buen orden.

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 1 · 第 10 / 26 段