En el resto de aquella larga mañana se vieron ciertas novedades que

pusieron no poco en sospecha el ánimo ya turbado de las mujeres. Un

mendigo que no estaba extenuado, ni andrajoso como los demás, y con

un no sé qué de oscuro y de siniestro en el semblante, entró á pedir

limosna, lanzando por todas partes ciertas miradas escudriñadoras.

Se le dió un pedazo de pan, que recibió y guardó con una indiferencia

mal disimulada. Después entabló conversación con cierta desfachatez,

y al mismo tiempo con perplejidad, haciendo muchas preguntas, á las

cuales Inés se aceleró á responder siempre lo contrario de lo que era

en realidad. Echando á andar como para salir, fingió equivocarse de

puerta, entró por la que daba á la escalera, y se apresuró á hacerse

cargo con la brevedad posible. Se le gritó por detrás: “¡Eh, eh!

¿adónde vais, buen hombre? Por aquí, por aquí”. Volvió atrás, y salió

por la puerta que acababa de serle indicada, excusándose con una

sumisión, con una humildad afectada, que estaba lejos de armonizar

con los feroces y duros rasgos de aquella fisonomía. Después de éste,

continuaron en dejarse ver, por intervalos, otras extrañas figuras. No

se hubiera podido decir fácilmente qué casta de hombres eran aquéllos;

mas no podía creerse tampoco que fuesen honrados viajeros, según

querían parecer. Uno entraba con el pretexto de hacerse enseñar el

camino; otros pasando por delante de la puerta iban pausadamente, y

miraban á hurtadillas á través del patio la sala, como el que quiere

ver sin causar sospechas. Finalmente, hacia el medio día, aquella

fastidiosa procesión concluyó. Inés se levantaba de cuando en cuando,

atravesaba el patio, se plantaba en la puerta de la calle, miraba

á derecha é izquierda, y volvía diciendo: “Nadie”; palabra que

pronunciaba con placer, y que Lucía oía con el mismo, sin que ni la

una ni la otra supiesen descifrar claramente el por qué. Mas les quedó

á ambas una indeterminada inquietud, que les quitó una gran parte del

valor que habían puesto en reserva para la tarde.

Conviene sin embargo que el lector sepa algo de más preciso con

respecto á aquellos misteriosos vagabundos; y para informarlo

completamente, es indispensable que volvamos atrás á encontrar á D.

Rodrigo, que hemos dejado ayer solo en una estancia de palacio á la

salida del padre Cristóbal.

D. Rodrigo, según hemos dicho, medía de arriba á abajo á pasos largos

aquella sala, en cuyas paredes estaban suspendidos retratos de familia

de diversas generaciones. Cuando se encontraba con la cara casi tocando

con la pared, y se volvía, veía al frente un guerrero, antepasado suyo,

terror de los enemigos y de sus soldados, de torva mirada, cabellos

cortos y erizados, los bigotes retorcidos y terminados en punta, que

sobresalían de las mejillas, la barba oblicua; estaba el héroe en

pie, con las grebas[5], los quijotes, coraza, brazales, manoplas,

todo de hierro; con la mano derecha sobre el costado y la izquierda

sobre el pomo de la espada. D. Rodrigo lo miraba; y cuando llegaba

debajo de él, y daba la vuelta, he aquí que se encontraba enfrente de

otro antepasado, magistrado, terror de litigantes y abogados, sentado

en un sitial cubierto de rojo terciopelo, envuelto en una ancha y

negra toga, todo negro, á excepción de una blanca golilla, dos largas

valonas guarnecidas y forradas de piel de marta cibelina (éste era el

distintivo de los senadores, y no lo llevaban más que en el invierno,

razón por la cual no se hallará jamás un retrato de senador vestido de

verano), macilento y con fruncidas cejas; tenía en la mano una súplica,

y parecía decir: “Veremos”. Aquí una matrona, terror de sus camareras;

allá un abad, terror de sus monjes: toda gente, en suma, que habían

causado terror viviendo, y que en el lienzo lo inspiraban todavía.

Á la vista de tales recuerdos, D. Rodrigo se enfurecía más y más, y

se avergonzaba, no pudiendo reposar con la idea de que un fraile se

hubiese atrevido á presentársele delante con la prosopopeya de Nathan.

Formaba un proyecto de venganza, y lo abandonaba; pensaba al mismo

tiempo cómo podría satisfacer su pasión, y lo que él llamaba su honor;

y tal vez sintiendo retumbar en sus oídos el exordio de la profecía,

se le erizaban los cabellos, según comúnmente se dice, y estaba casi

dispuesto á renunciar á la idea de sus dos satisfacciones. Finalmente,

por hacer algo, llamó á un criado, y le mandó que lo excusase con la

reunión, diciéndoles que estaba ocupado en un negocio urgente. Cuando

aquél volvió á darle parte de que los señores habían marchado, dejando

encargado que le hiciese presente sus respetos,--¿Y el conde Attilio?

preguntó D. Rodrigo, siempre paseando.

--Ha salido con los demás caballeros, ilustrísimo señor.

--Está bien: seis personas de séquito para salir á paseo, pronto. La

espada, la capa, el sombrero.

El servidor partió, contestando con una inclinación, y poco después

volvió trayendo la rica espada, que el señor se ciñó; la capa que se

echó sobre los hombros, y el sombrero adornado con grandes plumas, que

se encasquetó fieramente, lo cual era señal de borrasca. Se puso en

marcha, y en el umbral halló los seis tunantes completamente armados,

los cuales formados en ala se inclinaron al pasar, y después echaron á

andar tras él. Más feroz, más orgulloso, más altanero que de costumbre,

salió y se dirigió paseando hacia Lecco. Los aldeanos, los artesanos,

al verlo venir, se retiraban rozando la pared, y le hacían saludos é

inclinaciones profundas, á las cuales no contestaba. Como inferiores

se inclinaban aun aquéllos que para los otros eran llamados señores;

porque en todo aquel país, á mil millas en contorno, no había ninguno

que pudiese competir con él en nombre, en riquezas, y en lo que tenía

relación con la voluntad de servirse de todo esto, para permanecer

siempre sobre los demás; á éstos les correspondía con altanera

dignidad. Cuando sucedía que se encontraba con el señor castellano

español (este día no aconteció), el saludo era entonces igualmente

profundo por ambas partes; en efecto, como entre dos potentados que

mutuamente nada se deben, pero que por conveniencia hacen honor al

rango el uno del otro.

Para disipar un poco su enojo, y para oponer á la imagen del fraile que

asediaba su mente imágenes enteramente diversas, D. Rodrigo entró en

una casa, donde iba de ordinario mucha gente, y en la cual fué recibido

con aquella cordialidad solícita y respetuosa que está reservada á los

hombres que se hacen amar y temer á la vez. Siendo ya muy entrada la

noche, se encaminó á su palacio. El conde Attilio había vuelto también

en aquel mismo momento, y se sirvió la cena, durante la cual D. Rodrigo

estuvo muy pensativo y habló poco.

--Primo, ¿cuándo me pagáis aquella apuesta? dijo con tono malicioso

é irónico el conde Attilio, apenas se quitó la mesa y salieron los

criados.

--S. Martín no ha pasado aún.

--Tanto valdría que la pagaseis en seguida; porque pasarán todos los

santos del calendario antes que...

--Esto es lo que se ha de ver.

--Primo, vos queréis haceros el político; pero yo lo comprendo todo,

y estoy tan cierto de haberos ganado la apuesta, que vuelvo á estar

dispuesto á hacer otra.

--Veamos, ¿cuál?

--Que el padre... el padre... qué se yo; que el fraile, en fin, os ha

convertido.

--He aquí ciertamente una de vuestras ideas.

--Convertido, primo, convertido; yo lo digo. Por mí, me alegro. ¿Sabéis

que será un bello espectáculo el veros todo compungido y con los ojos

bajos? ¡Qué gloria para ese padre! ¡Qué satisfecho y envanecido habrá

vuelto á su convento! No son peces que se pillan todos los días, ni con

todas las redes. Estad seguro que os citará como un ejemplo; y cuando

vaya á alguna misión un poco lejos, hablará de vuestros hechos. ¡Me

parece oirlo! Y aquí, hablando con la nariz, y acompañando la palabra

con ademanes burlescos, continuó con el tono de un predicador: “En

cierta parte de este mundo, que por dichos respetos no nombro, vivía,

carísimos oyentes míos, y vive todavía, un caballero libertino, más

amigo de las muchachas que de los hombres de bien; el cual, avezado á

hacer un haz de todas yerbas, había puesto los ojos...”.

--Basta, basta, interrumpió D. Rodrigo medio risueño, y medio enojado.

Si queréis doblar la apuesta, estoy pronto á ello.

--¡Diablo! ¿habréis vos acaso convertido al padre?

--No me habléis de él; y en cuanto á la apuesta, S. Martín decidirá.

La curiosidad del conde estaba excitada; no perdonó ninguna clase de

preguntas; pero D. Rodrigo las supo eludir, remitiéndose siempre al día

de la decisión, y no queriendo comunicar á la parte contraria designios

que no estaban ejecutados, ni aun enteramente resueltos.

Á la mañana siguiente, D. Rodrigo despertó tal cual era. La aprehensión

que aquellas palabras _vendrá un día_ le habían infundido, se

desvaneció del todo con los sueños de la noche, y sólo le quedaba la

rabia, exacerbada por la vergüenza de aquella debilidad pasajera. Las

imágenes más recientes del paseo triunfal, de los saludos, de las

buenas acogidas, y el sermón de su primo, habían contribuido no poco

á hacerle recobrar su antiguo ánimo. Apenas se hubo levantado, hizo

llamar al _Griso_. “Cosas grandes ocurren”, dijo aparte el criado, á

quien fué dada la orden; porque el hombre que llevaba aquel apodo no

era nada menos que el jefe de los bravos, al cual estaban confiadas

las empresas más arriesgadas y más temerarias, de quien el noble

confiaba enteramente, como que el hombre era todo suyo por gratitud é

interés. Después de haber cometido un asesinato de día y públicamente,

se encaminó á implorar la protección de D. Rodrigo; y éste, haciéndole

vestir con su librea, lo puso á cubierto de las pesquisas de la

justicia. Así, encargándose de perpetrar todos los delitos que le

fuesen ordenados, él se había asegurado la impunidad del primero. Para

D. Rodrigo, la adquisición no había sido de poca importancia; porque

el _Griso_, además de ser, sin comparación, el más valiente de la

cuadrilla, era también una prueba manifiesta de que su amo había podido

barrenar felizmente las leyes; de suerte que su poder se engrandeció en

el hecho y en la opinión.

--_¡Griso!_ dijo D. Rodrigo, en esta coyuntura se verá lo que tú vales.

Antes de mañana la Lucía debe hallarse en este palacio.

--No se dirá jamás que el _Griso_ se haya apartado de las órdenes de su

ilustrísimo amo y señor.

--Toma cuantos hombres te sean necesarios, manda y dispón como mejor

te parezca, á fin de que la cosa tenga un buen resultado. Mas procura

sobre todo que no se la cause ningún daño.

--Señor, un poco de miedo para que ella no haga demasiado ruido... no

se podrá menos.

--Miedo... entiendo... esto es inevitable. Pero que no se la toque

un solo cabello, y sobre todo que se la respete de todos modos. ¿Has

entendido?

--Señor, no se puede separar una flor de la planta y traerla á vuestra

señoría sin tocarla. Pero no se hará más que lo puramente necesario...

--Bajo tu propia seguridad. Y... ¿cómo lo harás?

--Eso estaba pensando, señor. Somos dichosos en que la casa esté en

un extremo del pueblo. Tenemos precisión de buscar un sitio donde

apostarnos, y justamente á poca distancia de allí se encuentra aquel

caserón deshabitado y solo en medio de los campos, aquella casa...

vuestra señoría no tendrá noticia de estas cosas... una casa que se

quemó pocos años hace, no han tenido dinero para repararla y la han

abandonado; y ahora se juntan allí las brujas; mas hoy no es sábado,

y yo me río de todo. Esos villanos, que son tan supersticiosos, no

se atreverían á pasar ninguna noche de la semana por todo el oro del

mundo; así que, podemos ir á colocarnos á dicho sitio, con la seguridad

de que nadie se acercará á interrumpirnos.

--Está bien; ¿y luego?

Aquí el _Griso_ se puso á proponer y D. Rodrigo á discutir, hasta que

de acuerdo hubieron concertado la manera de dar fin á la empresa,

sin que quedaran las huellas de los autores; en seguida el modo de

dirigir las sospechas hacia otro lado por medio de falsos indicios;

imponer silencio á la pobre Inés; infundir á Renzo un miedo tal, que

le quitase la pesadumbre, la idea de recurrir á la justicia y también

la voluntad de quejarse; y por último, todas las maldades necesarias

para la consecución de lo principal. Nosotros dejamos de referir esa

multitud de tramas que no son indispensables para la inteligencia de

la historia. Bastará decir que mientras el _Griso_ iba á poner los

proyectos en ejecución, D. Rodrigo le volvió á llamar y le dijo: “Si

por acaso aquel temerario villano esta tarde sacase las uñas contra

vosotros, no será malo que le deis anticipadamente una buena paliza por

vía de recuerdo. Así, la orden que se le intimará mañana, de que se

esté quieto, surtirá un efecto más seguro. Mas no vayáis á buscarlo,

para no echar á perder lo que más importa. ¿Me has entendido?”.

--Dejadlo á mi cuidado, contestó el _Griso_, inclinándose con un aire

obsequioso y de jactancia, después de lo cual partió. La mañana se

pasó en dar vueltas, con el objeto de reconocer el terreno. Aquel

falso pordiosero que se había introducido de tal suerte en la pobre

casita, no era otro que el _Griso_, el cual iba con un golpe de vista

á levantar el plano; los mentados viajeros eran sus tunantes, á los

cuales para obrar bajo sus órdenes bastaba tener un conocimiento muy

superficial del lugar. Una vez hecha la descubierta, no se habían

dejado ver más, para no dar que sospechar.

Luego que volvieron todos al palacio, el _Griso_ echó sus cuentas, fijó

definitivamente el proyecto de la empresa, asignó la gente y dió las

instrucciones. Todo esto no se pudo hacer sin que aquel viejo servidor

(que el lector conoce ya) que estaba con los ojos abiertos y el oído

alerta, se apercibiese de que se maquinaba algo grande. Á fuerza de

estar atento y de preguntar, cogiendo una noticia de aquí, otra media

de allá, comentando entre sí una palabra oscura, interpretando una

salida misteriosa; tanto hizo, que al fin vino á sacar en claro lo que

debía tener lugar aquella noche. Mas cuando lo hubo conseguido, ella

estaba ya muy próxima, y ya una pequeña vanguardia de bravos había ido

á emboscarse al arruinado caserón. El pobre viejo, aunque conociese

bien á qué juego tan peligroso jugaba y tuviese también miedo de llevar

el socorro á tiempo, no quiso sin embargo faltar. Salió con el pretexto

de tomar aire, y se encaminó con la mayor precipitación al convento,

para dar al padre Cristóbal el aviso prometido. Poco después, los

demás bravos se pusieron en movimiento y salieron separadamente uno

después de otro, para no dar á conocer que iban juntos. El _Griso_

siguió luego, y no quedó dentro más que una litera, la cual debía

ser conducida al caserón, entrada ya la noche, como así se verificó.

Reunidos que fueron en aquel sitio, el _Griso_ despachó tres de los

suyos á la hostería del lugar, ordenando que uno de ellos se pusiese

en la puerta para observar lo que ocurriese en la calle, y ver

cuándo todos los habitantes se hubiesen retirado; los otros dos que

permaneciesen dentro jugando y bebiendo, como aficionados, y estuviesen

entretanto espiando, si algo había que fuese digno de espiar. Él, con

el resto de la tropa, quedó en acecho esperando la ocasión.

El pobre viejo trotaba aún; los tres exploradores llegaron á su puesto;

el sol se iba á poner, cuando Renzo entró en casa de las mujeres y

dijo: “Tonio y Gervasio me aguardan fuera; voy con ellos á la hostería

á comer un bocado, y al toque del _Avemaría_ vendremos á buscaros.

Vamos, ¡valor, Lucía, no depende todo más que de un momento!”. Lucía

suspiró y repitió: “¡Oh! ¡sí, sí, valor!” con una voz que desmentía sus

palabras.

Cuando Renzo y los dos compañeros llegaron á la hostería, se

encontraron el susodicho ya plantado de centinela, que obstruía la

mitad de la entrada, con la espalda apoyada sobre el pie derecho de

la puerta, los brazos cruzados sobre el pecho, miraba y remiraba á

derecha é izquierda, haciendo brillar tan pronto lo blanco como lo

negro de sus dos ojos de ave de rapiña. Una gorra plana de terciopelo

carmesí, puesta de medio lado, cubría la mitad del _ciuffo_, el cual

dividiéndose sobre una frente morena daba vueltas por una parte y por

otra, y terminaba en trenzas sujetas con un peinecillo sobre la nuca.

Sostenía en su mano una gruesa estaca; armas verdaderamente no llevaba

á la vista; mas cualquiera que le hubiese mirado tan sólo á la cara,

aunque fuese un niño, habría juzgado que debía tener tantas escondidas,

cuantas podían colocarse debajo de sus vestidos.

Cuando Renzo, que iba delante de sus dos compañeros, fué á entrar,

aquél sin incomodarse le miró muy fijamente; pero el joven, procurando

esquivar toda disputa, como sucede al que tiene una empresa escabrosa

entre manos, no manifestó apercibirlo, ni tampoco dijo: “Haceos á

un lado”; y rozando con el otro pie derecho, pasó de lado por la

abertura que dejaba aquella cariátide. Los dos compañeros debían

hacer la misma evolución si querían entrar. Una vez dentro, vieron á

los otros, cuyas voces habían oído ya; esto es, los dos bribones que

sentados á la esquina de la mesa, jugaban á la _morra_ gritando los

dos á la vez (pues así lo requiere el juego), y echándose ya el uno ya

el otro de beber con un gran frasco que tenían en medio. Éstos, sin

embargo, miraron fijamente á los recién llegados; y uno de ellos,

especialmente, teniendo una mano en el aire, con tres dedos tendidos y

separados, y con la boca abierta todavía por un gran “seis” que había

pronunciado en aquel momento, miró á Renzo de pies á cabeza; después

dió de ojo al compañero, y en seguida al de la puerta, que contestó

con un signo de cabeza. Renzo, sospechoso é incierto, miraba á sus dos

convidados como si quisiese buscar en su semblante una interpretación

de todas aquellas señales; mas sus rostros no indicaban otra cosa que

un buen apetito. El dueño de la hostería le miraba también como para

esperar órdenes: aquél lo hizo ir consigo á una estancia próxima, y le

ordenó que trajera la cena.

--¿Quiénes son aquellos forasteros? le preguntó luego en voz baja,

cuando aquél volvió con unos gruesos manteles debajo del brazo y una

botella en la mano.

--No los conozco, repuso el huésped, desplegando los citados manteles.

--¡Cómo! ¿ni siquiera á uno?

--Vos sabéis muy bien, respondió aquél, tendiendo los manteles sobre

la mesa, que la primera regla de nuestro oficio es el no ocuparnos

de los negocios de otros, tanto, que hasta nuestras mujeres no son

curiosas. Estaríamos frescos con tanta gente que va y viene; esto es

siempre un puerto de mar, cuando el año es bueno, quiero decir; mas

estemos alegres, que el buen tiempo volverá. Á nosotros nos basta que

los parroquianos sean gente de bien; poco nos importa el que sean esto

ó lo otro. Entretanto, voy á traeros un famoso plato de _polpette_ como

jamás las habréis comido.

--¿Cómo podéis saber?... replicó Renzo. Mas el huésped en dirección

ya de la cocina, siguió su camino. Mientras tomaba la cacerola de

_polpette_ que acabamos de decir, se le acercó poquito á poco aquel

bravo que había mirado á nuestro joven, y le dijo á media voz: “¿Quién

es esa buena gente?”.

--Son hombres honrados, de aquí, del pueblo, repuso el huésped echando

las _polpette_ en un plato.

--Está bien; ¿pero cómo se llaman? ¿quiénes son? insistió aquél con la

voz un tanto áspera.

--El uno se llama Renzo, respondió el huésped, pero en voz baja: un

buen muchacho regularmente establecido; hilador de seda, que sabe bien

su oficio. El otro es un aldeano llamado Tonio, buen compañero, alegre

convidado; siendo una lástima que tenga poco dinero, porque todo lo

gastaría aquí. El tercero es un bendito que come voluntariamente cuanto

le dan. Con vuestro permiso...

Y de un salto abandonó la hornilla y al interrogante, y se dirigió á

llevar el plato para quien estaba destinado.

--¿Cómo podéis saber, replicó Renzo, cuando lo vió aparecer de nuevo,

que sea buena gente, si no los conocéis?

--Por sus acciones, querido amigo; el hombre se conoce por sus

acciones. Los que beben el vino sin criticar, que pagan al contado

sin regatear, que no arman camorra con los demás parroquianos, y que

si tienen que dar alguna cuchillada á alguno lo van á esperar fuera y

lejos de la hostería, de modo que el infeliz huésped no se comprometa

jamás, éstos son aquellos á quienes yo llamo buena gente. Por lo tanto,

podemos conocer la gente honrada, como nos conocemos nosotros cuatro, y

mejor. ¿Y qué diablo de capricho tenéis en querer saber tantas cosas,

cuando sois novio y debéis tener otras tantas en la cabeza? ¡Y delante

estas _polpette_ que harían resucitar á un muerto! Dicho esto, se

volvió á la cocina.

Nuestro autor, observando la diversa manera que tenía el dueño de la

hostería de satisfacer á las preguntas, dice que era un hombre por

ese estilo; que en todos sus discursos hacía profesión de ser muy

amigo de los hombres honrados en general; pero en la práctica, usaba

de una complacencia mucho mayor con aquéllos que tenían reputación ó

apariencia de bribones. ¡Qué carácter tan singular!

La cena no fué muy alegre. Los dos convidados hubieran querido saborear

con toda comodidad; pero el que convidaba, preocupado con lo que ya

sabe el lector, fastidiado y aun inquieto del extraño continente de

aquellos desconocidos, no veía otra cosa más que el momento de poder

salir de allí. Se hablaba á media voz á causa de ellos; y aun esto eran

palabras truncadas y sin sentido.

--¡Qué bella cosa, se le escapó decir á Gervasio, que Renzo quiera

tomar mujer y que tenga necesidad!... Renzo tomó un aspecto severo.

“¡Quieres callarte, animal!”, le dijo Tonio, acompañando el epíteto

con un codazo. La conversación fué languideciendo hasta el fin. Renzo,

habiendo sido muy parco, tanto en el comer como en el beber, tuvo

cuidado en dar de beber con discreción á los dos testigos, con el

objeto de inspirarles un poco de brío sin hacerles perder la razón.

Levantada ya la mesa, pagada la cuenta del gasto que habían hecho, se

vieron obligados á pasar de nuevo los tres por delante de aquellas

figuras, que se volvieron todos hacia Renzo, como la primera vez.

Cuando habiendo dado algunos pasos fuera de la hostería, miró tras

de sí y vió que los dos que había dejado sentados en la cocina le

seguían, entonces se paró con sus dos compañeros, como si quisiese

decir: “Veamos lo que querrán de mí esas gentes”. Mas cuando los dos

se apercibieron de que eran observados, se pararon también, hablaron

en voz baja, y se volvieron. Si Renzo hubiese estado bastante cerca

para oir sus palabras, le hubieran parecido muy extrañas.--Sería, sin

embargo, un grande honor, sin contar el provecho, decía uno de los

malandrines, si al volver al palacio pudiésemos contar el haberle

medido las espaldas por nosotros mismos, sin que el _Sr. Griso_ haya

venido á arreglarlo.

--¡Y echar á perder el negocio principal! dijo el otro. He aquí que él

ha conocido algo; ved cómo se para á mirarnos. ¡Oh, si fuese más tarde!

Volvámonos para no dar sospechas. Mirad que viene gente por todas

partes; dejemos ir las gallinas todas al gallinero.

Efectivamente, se percibía aquel bullicio, aquel rumor que se deja oir

al anochecer en una población, y que momentos después hace lugar al

solemne silencio de la noche. Las mujeres llegaban del campo llevando

sobre su cuello á los tiernos niños y conduciendo de la mano á los

mayorcitos, á los cuales hacían repetir las oraciones de la tarde;

los hombres venían con las palas y los azadones al hombro. Al abrirse

las puertas, se veían lucir aquí y allá los fuegos encendidos para

preparar las frugales cenas; oíanse en la calle cambiarse los saludos,

y de cuando en cuando alguna que otra palabra sobre la escasez de la

cosecha y sobre la miseria del año; además de aquellas conversaciones,

se oía también el tañido mesurado y sonoro de la campana que anunciaba

la conclusión del día. Cuando Renzo vió que los dos indiscretos se

habían retirado, continuó su camino en la oscuridad, que á cada paso se

iba aumentando, haciendo ya una ya otra advertencia á los dos hermanos.

Era ya enteramente de noche cuando llegaron á la morada de Lucía.

Entre la primera idea de una empresa terrible y su ejecución, el

intervalo es un sueño lleno de fantasmas y de temores. Lucía yacía

después de algunas horas en las angustias de un sueño semejante; é

Inés, Inés misma, autora del consejo, estaba muy pensativa, y apenas

encontraba palabras para animar á su hija. Pero en el momento de

despertarse, esto es, en el momento en que es necesario obrar, el ánimo

se encuentra enteramente mudado. Al terror y al valor que se disputaban

vuestro corazón, sucede otro temor y otro valor; la empresa se presenta

á la mente como una nueva aparición: lo que primeramente asustaba más,

parece á veces que viene á ser mas fácil en un momento; otras, el

obstáculo que apenas se había percibido toma colosales dimensiones,

la imaginación retrocede espantada, los miembros parece que rehúsan

obedecer, y el corazón falta á las promesas que había hecho con la

mayor seguridad. Al humilde llamar de Renzo, Lucía fué asaltada de un

terror tan grande, que resolvió en aquel momento el sufrirlo todo, el

estar siempre separada de él más bien que seguir aquella resolución;

mas cuando aquél se dejó ver y dijo: “Ya están aquí, partamos”; cuando

todos se mostraron prontos á echar á andar sin titubear, como quien

va á una cosa establecida ya de antemano é irrevocable, Lucía no tuvo

tiempo ni fuerzas para oponer alguna dificultad, y como arrastrada

cogió temblando un brazo de su madre y otro de su prometido, y se puso

en marcha con la arriesgada compañía.

Poquito á poco y guardando el más profundo silencio, en medio de

la oscuridad, con pasos mesurados, salieron de la casita y tomaron

el camino que conducía fuera del pueblo. Lo más corto hubiera sido

el atravesarlo, pues así hubieran ido directamente á la casa de D.

Abundio; mas escogieron dicho camino con el objeto de no ser vistos.

Por pequeños senderos, atravesando huertas y campos, llegaron cerca de

la expresada casa, y allí se separaron.

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 1 · 第 9 / 26 段