ellos á su gusto, y nosotros, infelices, no podemos comprenderlo todo.
Y después, cuántas cosas... Ved aquí un ejemplo: ¿cómo se puede evitar
el que uno vaya á dar una puñada á un cristiano? Ello es una cosa que
no está bien; mas después de haberla dado, ni el mismo papa puede
quitársela.
--Si es una cosa que no está bien, dijo Lucía, no es preciso hacerla.
--¡Qué! repuso Inés: ¿te querría yo dar acaso un consejo contra el
temor de Dios? Si fuese contra la voluntad de tus padres para casarte
con un mal hombre... pero yo estoy contenta con tener este nuevo hijo.
El que hace nacer todas las dificultades es un malvado; y el señor
cura...
--Esto es tan claro, que cualquiera lo comprendería, dijo Renzo.
--Es preciso no hablar de ello al padre Cristóbal antes de verificarlo,
prosiguió Inés; pero cuando esté hecho y haya salido bien, ¿qué piensas
que te dirá el padre? “¡Ah, hija mía! ¡es una grave falta! pero ya está
hecho”... Los religiosos deben hablar así; pero sin embargo, creedme,
en su interior estará satisfecho.
Lucía, sin hallar qué contestar á este razonamiento, no parecía, á
pesar de todo, convencida; mas Renzo, muy contento, dijo: “Siendo así,
es cosa hecha”.
--Despacio, dijo Inés: ¿y los testigos? Es preciso encontrar dos que
quieran, y que en el ínterin sepan guardar silencio. ¿Y poder coger al
señor cura, que de dos días á esta parte se está encerrado en su casa?
¿Y cómo hacerle permanecer allí? Pues aunque sea pesado por naturaleza,
os puedo asegurar que al veros comparecer en dicha conformidad, se
volverá listo como un gato, y escapará como el diablo del agua bendita.
--He hallado el medio, lo he hallado, dijo Renzo dando una puñada sobre
la mesa y haciendo bailar los platos preparados para la comida. En
seguida expuso su idea, que Inés aprobó en todo y por todo.
--Esto son sutilezas, dijo Lucía; no son cosas claras. Hasta ahora
hemos obrado sinceramente; marchemos adelante con buena fe, y Dios nos
ayudará; el padre Cristóbal lo ha dicho; oigamos su parecer.
--Déjate guiar por quien sabe más que tú, dijo Inés con grave ademán.
¿Qué necesidad hay de pedir parecer? Dios dice: ayúdate, que yo te
ayudaré. Nosotros se lo contaremos todo al padre, después de hecho.
--Lucía, dijo Renzo, ¿queréis vos faltarme ahora? ¿no hemos hecho
todos los preparativos como buenos cristianos? ¿No deberíamos ser
ya marido y mujer? ¿No había fijado el cura el día y la hora? ¿Y de
quién es la culpa, si debemos ahora ayudarnos con un poco de ingenio?
No, no os opondréis. Voy y vuelvo con la respuesta. Y saludando á
Lucía con ademán de súplica, y á Inés con aire de inteligencia, partió
apresuradamente.
Las tribulaciones aguzan el entendimiento; y Renzo, que en el sendero
recto de la vida que había recorrido hasta entonces no se había
encontrado en ocasión de aguzar mucho el suyo, había en el presente
caso imaginado un medio, que hubiera honrado á un jurisconsulto. Se
fué en derechura, según había proyectado, á la cabaña de un tal Tonio,
que distaba poco de allí: lo encontró en la cocina, con una rodilla
puesta sobre el poyo del hogar, sosteniendo con una mano el asa de un
calderillo colocado sobre las calientes cenizas, y meneando con una
corva cuchara una pequeña _polenta_[4] gris. La madre, el hermano,
la mujer de Tonio, estaban sentados alrededor de la mesa, y tres ó
cuatro chiquillos en pie cerca del padre estaban esperando con los ojos
clavados en el citado calderillo que llegase el momento de desocuparlo.
Mas allí no había aquella alegría que la vista de la comida suele,
sin embargo, dar al que se la ha ganado con su trabajo; la cantidad
de polenta era en razón del tiempo, y no del número y deseos de los
convidados. Cada uno de éstos miraba con avaricia la pitanza común,
y parecía pensar en el grande apetito que aún le quedaría. Mientras
Renzo cambiaba los saludos con la familia, Tonio volcó la polenta en
una escudilla de haya que estaba preparada para recibirla, é hizo el
efecto de una pequeña luna en medio de un gran círculo de vapores. No
obstante, las mujeres dijeron cortésmente á Renzo: “¿Queréis que se
os sirva?”, cumplimiento que el aldeano de Lombardía, y quién sabe de
cuántos otros países, no dejan de hacer jamás al que los encuentra
comiendo, aunque el invitado fuese un rico glotón que se acabara de
levantar de la mesa, y el aldeano no tuviese ya más que el último
bocado.
--Os lo agradezco, contestó Renzo; venía únicamente para decir una
palabra á Tonio; y si quieres, Tonio, para no molestar á tus señoras,
podemos ir á comer á la hostería y allí hablaremos. La proposición
fué para Tonio tanto más grata cuanto menos esperada; y las mujeres
y los chiquillos mismos (que sobre semejante punto empiezan pronto á
raciocinar) no vieron de mala gana que se sustrajese á la polenta el
concurrente más formidable. El invitado no se detuvo en pedir su parte,
y partió con Rezo.
Llegados á la hostería del pueblo, sentados con toda libertad, en
una soledad perfecta, pues la miseria había dispersado á todos los
que frecuentaban aquel lugar de delicias; habiendo mandado traer lo
poco que allí se encontraba y una botella de vino, Renzo con aire de
misterio dijo á Tonio: “Si tú quieres hacerme un pequeño favor, yo te
haré uno grande”.
--Habla, habla; pide, respondió Tonio, echándose de beber; hoy me
arrojaría al fuego por ti.
--¿No debes veinticinco libras al señor cura por el arriendo de un
campo que labraste el año pasado?
--¡Ah, Renzo, Renzo! tú echas á perder el bien que me haces. ¡Á qué
recordarme esto! ¡Me has quitado ya el buen humor!
--Si te hablo de la deuda, dijo Renzo, es porque si tú quieres, yo
deseo proporcionarte el medio de pagarla.
--¿Lo dices de veras?
--De veras. ¡Eh! ¿estarás contento?
--¿Contento? ¡Por Diana, si yo estaré contento! Aun cuando no fuese
más que por no ver los gestos y señas de cabeza que me hace el señor
cura cada vez que me encuentra. Y luego siempre: “Tonio, acordaos;
Tonio, ¿cuándo nos veremos para aquel negocio?”. Á tal punto, que cuando
al predicar fija la vista sobre mí, estoy casi temiendo que me diga
allí públicamente: “¡Eh! ¿y las veinticinco libras?”. ¡Malditas sean! Y
después tendrá que restituirme la gargantilla de oro de mi mujer, que
la cambiaré en mucha más polenta...
--Más, más, si tú quieres hacerme un pequeño servicio, las veinticinco
libras están preparadas.
--Dí pronto.
--Pero... dijo Renzo, poniendo el índice sobre sus labios.
--¿Es preciso que me encargues esto? Creo que me conoces bastante.
--El señor cura va sacando ciertas razones sin jugo para dar largas
á mi casamiento; y yo, por el contrario, quisiera despacharme. Me
han dicho con seguridad que presentándose á él los dos novios con
dos testigos, y diciéndole yo: Ésta es mi mujer; y Lucía: Éste es mi
marido... el matrimonio es válido. ¿Me has comprendido?
--¿Tú quieres que vaya á servirte de testigo?
--Justamente.
--¿Y pagarás por mí las veinticinco libras?
--Así lo entiendo.
--Sea un bribón el que falte.
--Mas es preciso buscar otro testigo.
--Lo he encontrado. El simplecillo de mi hermano Gervasio hará aquello
que yo le diga. ¿Le pagarás tú de beber?
--Y de comer, respondió Renzo. Le conduciremos aquí para que se
divierta en nuestra compañía. ¿Mas, sabrá él hacer?...
--Yo le enseñaré. Tú sabes bien que yo he tenido también su parte de
juicio.
--Mañana...
--Bien.
--Entre dos luces.
--Muy bien.
--Pero... dijo Renzo, volviendo á poner de nuevo el índice sobre la
boca.
--¡Bah!... repuso Tonio, inclinando la cabeza sobre el hombro derecho
y levantando la mano izquierda con cierto ademán que quería decir: me
haces una injuria.
--Mas si tu mujer te pregunta, como sin duda te preguntará...
--Con respecto á mentiras estoy en débito con mi mujer; y de tal modo,
que no sé si llegaré jamás á saldar la cuenta. Ya encontraré alguna
tontería para que su corazón esté tranquilo.
--Mañana por la mañana, dijo Renzo, discurriremos con más comodidad
para entendernos bien sobre todo.
En esto salieron de la hostería. Tonio se encaminó á su casa,
estudiando el embrollo que contaría á las mujeres, y Renzo á rendir
cuenta de las medidas tomadas.
Durante todo este tiempo, Inés se había cansado en vano de persuadir á
su hija. Ésta iba oponiéndose á cada frase, ora á la una, ora á la otra
parte de su dilema: ó es una mala acción, y entonces no debe ponerse en
ejecución, ó no lo es; y entonces, ¿por qué no comunicársela al padre
Cristóbal?
Renzo llegó con ademán triunfante, hizo su relación y terminó con un
_ahn_, interjección del país que significa: ¿soy ó no soy un hombre yo?
Lucía meneaba lentamente la cabeza; mas los dos enfervorizados no le
hacían caso, como suele hacerse con un niño al cual no se espera poder
persuadir, y que se le reduce luego por medio de ruegos ó con autoridad
á lo que se quiera de él.
--Va bien, dijo Inés, va bien; mas no habéis pensado en todo.
--¿Qué falta? respondió Renzo.
--¿Y Perpetua? ¿No habéis pensado en Perpetua? Á Tonio y á su hermano
los dejará entrar; pero, ¿juzgáis que os lo permitirá á vosotros dos?
Tendrá orden de teneros tan lejos del cura, como un niño de un peral
que tiene el fruto maduro.
--¿Cómo lo haremos? dijo Renzo un poco confuso.
--He aquí; ya lo he pensado. Yo iré con vosotros; tengo un secreto para
atraerla y para encantarla de tal modo, que no se acordará de vosotros,
y podréis entrar. La llamaré y tocaré una cuerda... Vosotros veréis.
--¡Bendita seáis! exclamó Renzo; yo siempre he dicho que vos seríais
nuestra Providencia en todo.
--Mas todo no sirve de nada, dijo Inés, si no se persuade á ésta, que
se obstina en decir que eso es un pecado.
Renzo puso también en planta su elocuencia; pero Lucía no se dejaba
conmover.
--Yo no sé qué responder á vuestras razones, decía; mas veo que para
hacer esa cosa, como vosotros decís, es preciso andar á caza de
subterfugios, de engaños y de ficciones. ¡Ah, Renzo! ¡No es así como
habíamos empezado! Yo quiero ser vuestra mujer... Y no había medio que
pudiese pronunciar esta palabra y explicar esta intención sin que le
saliesen los colores al rostro. “Yo quiero ser vuestra mujer, pero por
el camino recto, como Dios manda, ante el altar. Dejemos obrar al de
arriba. ¿No queréis que él sepa hallar el medio de ayudarnos mejor que
nosotros podríamos hacerlo con todas esas trampas? ¿Y por qué hacer un
misterio de ello al padre Cristóbal?”.
La disputa duraba todavía y no parecía que estaba próxima á concluirse,
cuando un ruido apresurado de sandalias y el rumor de un agitado
hábito, semejante al que hacen en una vela extendida los repetidos
soplos del viento, anunciaron al padre Cristóbal. Todos quedaron
silenciosos, é Inés apenas tuvo tiempo de murmurar al oído de Lucía:
“Oye, guárdate bien de decirle nada”.
NOTAS:
[4] Polenta, así llamaban en algunas partes de Italia, y sobre todo en
el Milanesado, una especie de manjar que hacen en general las clases
pobres, con agua y harina de castañas.
CAPÍTULO SÉPTIMO
El padre Cristóbal llegó en la actitud de un buen capitán, que habiendo
perdido, mas no por culpa suya, una batalla importante, afligido,
pero no desanimado, pensativo, pero no abatido, en retirada, pero no
fugitivo, se traslada adonde la necesidad lo llama para defender los
puntos amenazados, reunir las tropas y dar nuevas órdenes.
“La paz sea con vosotros, dijo al entrar. No hay nada que esperar del
hombre; tanta más necesidad de confiar en Dios, del cual tengo ya una
prueba de protección”. Aunque ninguno de los tres esperase mucho de la
tentativa del padre Cristóbal, porque el ver á un poderoso renunciar
á una injusticia sin ser obligado, y ceder por mera condescendencia á
desarmadas súplicas, era cosa más inaudita que rara; á pesar de todo,
la triste certidumbre fué un golpe mortal para todos. Las mujeres
bajaron la cabeza; pero en el ánimo de Renzo la cólera prevaleció al
abatimiento. Aquella noticia lo encontraba ya sumamente mortificado con
tantas sorpresas dolorosas, con tantas tentativas inútiles, con tantas
esperanzas frustradas, y por demás exacerbado en aquel instante por la
repulsa de Lucía.
--Querría saber, gritó rechinando los dientes y levantando la voz como
no había hecho hasta entonces en la presencia del padre Cristóbal;
querría saber qué razones ha dado ese perro para sostener... para
sostener que mi esposa no debe ser mi esposa.
--¡Pobre Renzo! contestó el fraile con grave y piadoso acento y con una
mirada que le recomendaba cariñosamente la calma; si el poderoso que
quiere cometer la injusticia, estuviese siempre obligado á decir sus
razones, las cosas no andarían como van.
--¿Ha dicho, pues, ese perro que no quiere? ¿por qué no quiere?
--¡Ni esto siquiera ha dicho, mi pobre Renzo! Sería una ventaja, si
para cometer una maldad se debiese confesar abiertamente.
--Pero algo ha debido decir: ¿qué os ha dicho ese tizón del infierno?
--He comprendido sus palabras, mas no sabré repetírtelas. Las palabras
del inicuo que es fuerte, son á un mismo tiempo penetrantes y
fugitivas. Puede irritarse de que tú muestres sospechas de él, y á la
vez hacerte conocer que son ciertas tus sospechas; puede insultar y
manifestarse ofendido, ultrajar y pedir una satisfacción, aterrorizar
y quejarse, ser impudente é irreprensible; en él no puede pedirse otra
cosa. Él no ha pronunciado el nombre de esta inocente, ni el tuyo; no
ha dado señales ni aun de conoceros; no ha dicho que tenía pretensión
alguna; pero... pero sin embargo, demasiado he comprendido que él era
inflexible. Á pesar de todo, ¡confianza en Dios! Vos, pobrecita, no
desaniméis; y tú, Renzo... ¡Oh! cree, no obstante, que yo sé ponerme
en tu lugar, que siento lo que pasa en tu corazón; ¡pero paciencia! Es
una palabra débil, una palabra amarga para el que no cree; pero tú,
¿no querrás conceder á Dios un día, dos, el tiempo que querrá tomarse,
para hacer triunfar la justicia? El tiempo le pertenece; ¡y él nos ha
otorgado ya tanto! Deja obrar á Dios, Renzo, y sabe... sabed todos,
que yo tengo ya en la mano un hilo para ayudaros. Por ahora, no puedo
decir más. Mañana no vendré; debo permanecer todo el día en el convento
por vosotros. Tú, Renzo, procura ir allá; y si por un caso impensado
no pudieseis, manda un hombre fiel, un muchacho de juicio, por medio
del cual pueda yo haceros saber lo que ocurra. Ya se hace de noche, es
preciso que yo corra al convento. Fe, valor, y que Dios nos tenga en
su santa guarda.
Dicho esto salió apresuradamente, y se encaminó corriendo y casi al
escape por un pedregoso y desigual sendero, para no correr el riesgo de
que llegando tarde al convento se atrajese una buena reprimenda, ó lo
que podía ser peor aún, una penitencia que le impidiese el día después
estar listo y expedito para lo que pudiese exigir el cuidado de sus
protegidos.
--¿Habéis oído lo que ha dicho de un no sé qué... de un hilo que tiene
para ayudarnos? dijo Lucía; conviene fiarse en él; es un hombre que
cuando promete diez...
--Si no hay más que esto... interrumpió Inés, hubiera debido hablarme
con claridad ó llamarme aparte y decirme lo que hay...
--No es más que cháchara; yo daré fin á ello, yo, repuso Renzo, esta
vez recorriendo la estancia de un extremo á otro, con una voz, con un
semblante que no dejaba duda ninguna acerca del sentido de aquellas
palabras.
--¡Oh, Renzo! exclamó Lucía.
--¿Qué es lo que queréis decir? exclamó también Inés.
--¿Qué necesidad hay de decirlo? Yo daré fin á ello. Aunque tenga cien
mil diablos en el cuerpo, él por último es también de carne y hueso...
--¡No, no, por Dios!... empezó á decir Lucía; mas el llanto le cortó la
voz.
--No debéis hablar de ese modo, ni aun por broma, dijo Inés.
--¿Por broma? replicó Renzo, quedándose plantado delante de Inés, que
estaba sentada, y clavando en ella sus ojos extraviados. ¡Por broma!
¡Veréis si será broma!
--¡Oh, Renzo! dijo Lucía instantáneamente, sollozando; jamás os he
visto así.
--No digáis estas cosas, por Dios, replicó aún precipitadamente Inés,
bajando la voz. ¿No recordáis cuánta gente tiene á su disposición? Y
aun cuando... ¡Dios nos libre!... contra los pobres nunca hay justicia.
--La justicia la haré yo. ¡Ya es tiempo! La cosa no es fácil; lo sé.
El perro asesino se guarda bien, sabe lo que vale; pero no importa.
Resolución y paciencia... y el momento llegará. Sí, la justicia la haré
yo; yo libraré de él á todo el país. ¡Cuánta gente me bendecirá! Y
después en tres cabriolas...
El horror que sintió Lucía á estas últimas é insinuantes palabras,
suspendió su llanto, y le dió fuerza para hablar. Quitándose las manos
de su lloroso semblante, con acento conmovido, pero resuelto: “¡No os
importa el tenerme por mujer! Yo estaba prometida á un joven que tenía
temor de Dios; mas un hombre que hubiese cometido... aunque estuviese
bajo el amparo de la justicia y al abrigo de toda venganza, aunque
fuese el hijo del rey...”.
--¡Y bien! gritó Renzo con el semblante aún más desencajado: y vos no
seréis mía; mas tampoco lo seréis de él. Yo aquí sin vos, y él en la
casa del...
--¡Ah, no! ¡por piedad! no digáis eso; no me miréis así; no, no puedo
veros de este modo, exclamó Lucía llorando, suplicando y juntando las
manos. Mientras tanto Inés llamaba y volvía á llamar al joven por su
nombre, y para apaciguarlo le daba golpecitos en las espaldas, cogía
sus brazos y sus manos. Por último, se detuvo inmóvil y pensativo
algún tiempo para contemplar el rostro suplicante de Lucía; luego, de
repente, le dirigió una torva mirada, se hizo un poco atrás, extendió
el brazo y el índice hacia ella, y exclamó: “¡Ella lo quiere, sí, ella
lo quiere! ¡Él morirá!”.
--¿Y yo, qué mal he hecho para que me hagáis morir? dijo Lucía,
arrojándose á sus pies.
--¡Vos! repuso con voz que expresaba una cólera diferente, pero que
todavía era cólera; ¡vos! ¿qué bien me habéis hecho, qué pruebas me
habéis dado? ¿No os he rogado, rogado y más rogado? Y vos: ¡No, no!
--Sí, sí, respondió precipitadamente Lucía; iré á casa del cura;
mañana, ahora si queréis; iré. Volved á vuestro primer proyecto; yo
iré.
--¿Me lo prometéis? dijo Renzo con un acento y rostro repentinamente
vuelto más humano.
--Os lo prometo.
--Me lo habéis prometido.
--¡Ah, Señor, gracias! exclamó Inés doblemente contenta.
En medio de su gran cólera, ¿había Renzo pensado de qué provecho podía
serle el espanto de Lucía? ¿Y no había usado un poco de artificio para
hacerlo creer, y conseguir el fruto que deseaba? Nuestro autor protesta
que no sabe nada, y yo por mi parte creo que ni aun el mismo Renzo
lo sabía bien. El hecho es que estaba realmente enfurecido contra D.
Rodrigo, y que deseaba ardientemente el consentimiento de Lucía; y
cuando dos pasiones fuertes hablan juntamente al corazón del hombre,
nadie, ni aun el mas paciente, puede siempre distinguir una voz de
otra, y decir con seguridad cuál es la que predomina.
--Os lo he prometido, respondió Lucía, con un afectuoso y tímido
acento de reconvención; mas vos también habéis prometido de no dar el
escándalo, de confiárselo al padre...
--¡Oh, vaya! ¿por qué acabo de encolerizarme? ¿Queréis volveros atrás
ahora, y hacerme cometer un despropósito?
--No, no, dijo Lucía, volviendo á asustarse de nuevo. Lo he prometido,
y no me vuelvo atrás. Pero ved vos mismo cómo me lo habéis hecho
prometer. Dios no quiera...
--¿Á qué hacer tristes augurios, Lucía? Dios sabe que no hacemos mal á
nadie.
--Prometedme á lo menos que ésta será la última escena.
--Yo os lo prometo, á fe de hombre honrado.
--Mas esta vez cumplid vuestra palabra, dijo Inés.
Aquí el autor confiesa el no saber otra cosa; si Lucía estaba en todo
y por todo pesarosa de haberse visto obligada á consentir. Nosotros
dejamos, como él, la duda en planta.
Renzo hubiera querido prolongar la conversación, y fijar punto por
punto lo que debía hacerse al día siguiente; pero era ya muy entrada la
noche, y las mujeres le despidieron, no pareciéndoles conveniente que
se quedase por más tiempo á hora tan avanzada.
La noche, sin embargo, fué para los tres tan buena, como puede serlo
la que sucede á un día lleno de agitación y azares, y al que precede
otro destinado á una empresa importante, y de éxito incierto. Renzo
se presentó muy de mañana, y concertó con Inés la grande operación de
aquella tarde, proponiendo y resolviendo alternativamente dificultades,
previendo contratiempos, y empezando de nuevo, tan pronto el uno como
la otra, á describir el suceso, como si contasen una cosa ya hecha.
Lucía escuchaba, y sin aprobar con palabras lo que no podía aprobar en
su corazón, prometía hacerlo lo mejor que ella supiese.
--¿Iréis allá abajo, al convento, para hablar al padre Cristóbal, según
él os previno ayer tarde? preguntó Inés á Renzo.
--¡Quiá! respondió éste; ya sabéis qué diablos de ojos tiene el padre:
me leería en la cara, como en un libro, que hay algo de nuevo; y si
empezaba á hacerme preguntas, no podría salir bien de ellas. Y luego,
yo debo permanecer aquí para atender al negocio. Sería mejor que
mandaseis á alguno.
--Mandaré á Menico.
--Sí, muy bien, repuso Renzo; y partió para atender al negocio, como él
había dicho.
Inés se dirigió á la casa de al lado á buscar á Menico, el cual era
un muchacho muy listo, que apenas tenía doce años, y que venía á ser
sobrino suyo lejano. Lo pidió á los parientes, como prestado, por todo
el día, “para un cierto servicio”, según ella decía. Teniéndolo ya en
su poder, lo condujo á su cocina, le dió de almorzar, y le dijo que
fuese á Pescarenico, y se presentase al padre Cristóbal, el cual lo
volvería á mandar en seguida con una respuesta, cuando sería tiempo.
“El padre Cristóbal, aquel bello anciano, con la barba blanca, á quien
llaman el santo”...
--Entiendo, dijo Menico, el que acaricia á todos los muchachos, y nos
da de cuando en cuando algunas estampitas.
--Justamente, Menico. Y si te dijese que esperes algún poco cerca del
convento, no vayas á alejarte; ten cuidado de no ir con tus compañeros
al lago á ver pescar, ni á divertirte con las redes colocadas en la
tapia con el objeto de secarse, ni entretenerte con los demás juegos
que acostumbráis.
Es preciso saber que Menico era muy excelente para hacer cabriolas;
y se sabe que todos, grandes y pequeños, hacemos voluntariamente las
cosas para las cuales tenemos habilidad: no digo aquella sólo.
--¡Bah! yo no soy ya un niño.
--Bien, ten juicio; y cuando vuelvas con la respuesta... mira, estas
dos bellas _parpagliole_ nuevas son para ti.
--Dádmelas ahora, que es lo mismo.
--No, no, que las jugarías. Anda y pórtate bien, que no te pesará.