--¡Qué queréis que os diga! respondió Inés. Las leyes las han hecho

ellos á su gusto, y nosotros, infelices, no podemos comprenderlo todo.

Y después, cuántas cosas... Ved aquí un ejemplo: ¿cómo se puede evitar

el que uno vaya á dar una puñada á un cristiano? Ello es una cosa que

no está bien; mas después de haberla dado, ni el mismo papa puede

quitársela.

--Si es una cosa que no está bien, dijo Lucía, no es preciso hacerla.

--¡Qué! repuso Inés: ¿te querría yo dar acaso un consejo contra el

temor de Dios? Si fuese contra la voluntad de tus padres para casarte

con un mal hombre... pero yo estoy contenta con tener este nuevo hijo.

El que hace nacer todas las dificultades es un malvado; y el señor

cura...

--Esto es tan claro, que cualquiera lo comprendería, dijo Renzo.

--Es preciso no hablar de ello al padre Cristóbal antes de verificarlo,

prosiguió Inés; pero cuando esté hecho y haya salido bien, ¿qué piensas

que te dirá el padre? “¡Ah, hija mía! ¡es una grave falta! pero ya está

hecho”... Los religiosos deben hablar así; pero sin embargo, creedme,

en su interior estará satisfecho.

Lucía, sin hallar qué contestar á este razonamiento, no parecía, á

pesar de todo, convencida; mas Renzo, muy contento, dijo: “Siendo así,

es cosa hecha”.

--Despacio, dijo Inés: ¿y los testigos? Es preciso encontrar dos que

quieran, y que en el ínterin sepan guardar silencio. ¿Y poder coger al

señor cura, que de dos días á esta parte se está encerrado en su casa?

¿Y cómo hacerle permanecer allí? Pues aunque sea pesado por naturaleza,

os puedo asegurar que al veros comparecer en dicha conformidad, se

volverá listo como un gato, y escapará como el diablo del agua bendita.

--He hallado el medio, lo he hallado, dijo Renzo dando una puñada sobre

la mesa y haciendo bailar los platos preparados para la comida. En

seguida expuso su idea, que Inés aprobó en todo y por todo.

--Esto son sutilezas, dijo Lucía; no son cosas claras. Hasta ahora

hemos obrado sinceramente; marchemos adelante con buena fe, y Dios nos

ayudará; el padre Cristóbal lo ha dicho; oigamos su parecer.

--Déjate guiar por quien sabe más que tú, dijo Inés con grave ademán.

¿Qué necesidad hay de pedir parecer? Dios dice: ayúdate, que yo te

ayudaré. Nosotros se lo contaremos todo al padre, después de hecho.

--Lucía, dijo Renzo, ¿queréis vos faltarme ahora? ¿no hemos hecho

todos los preparativos como buenos cristianos? ¿No deberíamos ser

ya marido y mujer? ¿No había fijado el cura el día y la hora? ¿Y de

quién es la culpa, si debemos ahora ayudarnos con un poco de ingenio?

No, no os opondréis. Voy y vuelvo con la respuesta. Y saludando á

Lucía con ademán de súplica, y á Inés con aire de inteligencia, partió

apresuradamente.

Las tribulaciones aguzan el entendimiento; y Renzo, que en el sendero

recto de la vida que había recorrido hasta entonces no se había

encontrado en ocasión de aguzar mucho el suyo, había en el presente

caso imaginado un medio, que hubiera honrado á un jurisconsulto. Se

fué en derechura, según había proyectado, á la cabaña de un tal Tonio,

que distaba poco de allí: lo encontró en la cocina, con una rodilla

puesta sobre el poyo del hogar, sosteniendo con una mano el asa de un

calderillo colocado sobre las calientes cenizas, y meneando con una

corva cuchara una pequeña _polenta_[4] gris. La madre, el hermano,

la mujer de Tonio, estaban sentados alrededor de la mesa, y tres ó

cuatro chiquillos en pie cerca del padre estaban esperando con los ojos

clavados en el citado calderillo que llegase el momento de desocuparlo.

Mas allí no había aquella alegría que la vista de la comida suele,

sin embargo, dar al que se la ha ganado con su trabajo; la cantidad

de polenta era en razón del tiempo, y no del número y deseos de los

convidados. Cada uno de éstos miraba con avaricia la pitanza común,

y parecía pensar en el grande apetito que aún le quedaría. Mientras

Renzo cambiaba los saludos con la familia, Tonio volcó la polenta en

una escudilla de haya que estaba preparada para recibirla, é hizo el

efecto de una pequeña luna en medio de un gran círculo de vapores. No

obstante, las mujeres dijeron cortésmente á Renzo: “¿Queréis que se

os sirva?”, cumplimiento que el aldeano de Lombardía, y quién sabe de

cuántos otros países, no dejan de hacer jamás al que los encuentra

comiendo, aunque el invitado fuese un rico glotón que se acabara de

levantar de la mesa, y el aldeano no tuviese ya más que el último

bocado.

--Os lo agradezco, contestó Renzo; venía únicamente para decir una

palabra á Tonio; y si quieres, Tonio, para no molestar á tus señoras,

podemos ir á comer á la hostería y allí hablaremos. La proposición

fué para Tonio tanto más grata cuanto menos esperada; y las mujeres

y los chiquillos mismos (que sobre semejante punto empiezan pronto á

raciocinar) no vieron de mala gana que se sustrajese á la polenta el

concurrente más formidable. El invitado no se detuvo en pedir su parte,

y partió con Rezo.

Llegados á la hostería del pueblo, sentados con toda libertad, en

una soledad perfecta, pues la miseria había dispersado á todos los

que frecuentaban aquel lugar de delicias; habiendo mandado traer lo

poco que allí se encontraba y una botella de vino, Renzo con aire de

misterio dijo á Tonio: “Si tú quieres hacerme un pequeño favor, yo te

haré uno grande”.

--Habla, habla; pide, respondió Tonio, echándose de beber; hoy me

arrojaría al fuego por ti.

--¿No debes veinticinco libras al señor cura por el arriendo de un

campo que labraste el año pasado?

--¡Ah, Renzo, Renzo! tú echas á perder el bien que me haces. ¡Á qué

recordarme esto! ¡Me has quitado ya el buen humor!

--Si te hablo de la deuda, dijo Renzo, es porque si tú quieres, yo

deseo proporcionarte el medio de pagarla.

--¿Lo dices de veras?

--De veras. ¡Eh! ¿estarás contento?

--¿Contento? ¡Por Diana, si yo estaré contento! Aun cuando no fuese

más que por no ver los gestos y señas de cabeza que me hace el señor

cura cada vez que me encuentra. Y luego siempre: “Tonio, acordaos;

Tonio, ¿cuándo nos veremos para aquel negocio?”. Á tal punto, que cuando

al predicar fija la vista sobre mí, estoy casi temiendo que me diga

allí públicamente: “¡Eh! ¿y las veinticinco libras?”. ¡Malditas sean! Y

después tendrá que restituirme la gargantilla de oro de mi mujer, que

la cambiaré en mucha más polenta...

--Más, más, si tú quieres hacerme un pequeño servicio, las veinticinco

libras están preparadas.

--Dí pronto.

--Pero... dijo Renzo, poniendo el índice sobre sus labios.

--¿Es preciso que me encargues esto? Creo que me conoces bastante.

--El señor cura va sacando ciertas razones sin jugo para dar largas

á mi casamiento; y yo, por el contrario, quisiera despacharme. Me

han dicho con seguridad que presentándose á él los dos novios con

dos testigos, y diciéndole yo: Ésta es mi mujer; y Lucía: Éste es mi

marido... el matrimonio es válido. ¿Me has comprendido?

--¿Tú quieres que vaya á servirte de testigo?

--Justamente.

--¿Y pagarás por mí las veinticinco libras?

--Así lo entiendo.

--Sea un bribón el que falte.

--Mas es preciso buscar otro testigo.

--Lo he encontrado. El simplecillo de mi hermano Gervasio hará aquello

que yo le diga. ¿Le pagarás tú de beber?

--Y de comer, respondió Renzo. Le conduciremos aquí para que se

divierta en nuestra compañía. ¿Mas, sabrá él hacer?...

--Yo le enseñaré. Tú sabes bien que yo he tenido también su parte de

juicio.

--Mañana...

--Bien.

--Entre dos luces.

--Muy bien.

--Pero... dijo Renzo, volviendo á poner de nuevo el índice sobre la

boca.

--¡Bah!... repuso Tonio, inclinando la cabeza sobre el hombro derecho

y levantando la mano izquierda con cierto ademán que quería decir: me

haces una injuria.

--Mas si tu mujer te pregunta, como sin duda te preguntará...

--Con respecto á mentiras estoy en débito con mi mujer; y de tal modo,

que no sé si llegaré jamás á saldar la cuenta. Ya encontraré alguna

tontería para que su corazón esté tranquilo.

--Mañana por la mañana, dijo Renzo, discurriremos con más comodidad

para entendernos bien sobre todo.

En esto salieron de la hostería. Tonio se encaminó á su casa,

estudiando el embrollo que contaría á las mujeres, y Renzo á rendir

cuenta de las medidas tomadas.

Durante todo este tiempo, Inés se había cansado en vano de persuadir á

su hija. Ésta iba oponiéndose á cada frase, ora á la una, ora á la otra

parte de su dilema: ó es una mala acción, y entonces no debe ponerse en

ejecución, ó no lo es; y entonces, ¿por qué no comunicársela al padre

Cristóbal?

Renzo llegó con ademán triunfante, hizo su relación y terminó con un

_ahn_, interjección del país que significa: ¿soy ó no soy un hombre yo?

Lucía meneaba lentamente la cabeza; mas los dos enfervorizados no le

hacían caso, como suele hacerse con un niño al cual no se espera poder

persuadir, y que se le reduce luego por medio de ruegos ó con autoridad

á lo que se quiera de él.

--Va bien, dijo Inés, va bien; mas no habéis pensado en todo.

--¿Qué falta? respondió Renzo.

--¿Y Perpetua? ¿No habéis pensado en Perpetua? Á Tonio y á su hermano

los dejará entrar; pero, ¿juzgáis que os lo permitirá á vosotros dos?

Tendrá orden de teneros tan lejos del cura, como un niño de un peral

que tiene el fruto maduro.

--¿Cómo lo haremos? dijo Renzo un poco confuso.

--He aquí; ya lo he pensado. Yo iré con vosotros; tengo un secreto para

atraerla y para encantarla de tal modo, que no se acordará de vosotros,

y podréis entrar. La llamaré y tocaré una cuerda... Vosotros veréis.

--¡Bendita seáis! exclamó Renzo; yo siempre he dicho que vos seríais

nuestra Providencia en todo.

--Mas todo no sirve de nada, dijo Inés, si no se persuade á ésta, que

se obstina en decir que eso es un pecado.

Renzo puso también en planta su elocuencia; pero Lucía no se dejaba

conmover.

--Yo no sé qué responder á vuestras razones, decía; mas veo que para

hacer esa cosa, como vosotros decís, es preciso andar á caza de

subterfugios, de engaños y de ficciones. ¡Ah, Renzo! ¡No es así como

habíamos empezado! Yo quiero ser vuestra mujer... Y no había medio que

pudiese pronunciar esta palabra y explicar esta intención sin que le

saliesen los colores al rostro. “Yo quiero ser vuestra mujer, pero por

el camino recto, como Dios manda, ante el altar. Dejemos obrar al de

arriba. ¿No queréis que él sepa hallar el medio de ayudarnos mejor que

nosotros podríamos hacerlo con todas esas trampas? ¿Y por qué hacer un

misterio de ello al padre Cristóbal?”.

La disputa duraba todavía y no parecía que estaba próxima á concluirse,

cuando un ruido apresurado de sandalias y el rumor de un agitado

hábito, semejante al que hacen en una vela extendida los repetidos

soplos del viento, anunciaron al padre Cristóbal. Todos quedaron

silenciosos, é Inés apenas tuvo tiempo de murmurar al oído de Lucía:

“Oye, guárdate bien de decirle nada”.

NOTAS:

[4] Polenta, así llamaban en algunas partes de Italia, y sobre todo en

el Milanesado, una especie de manjar que hacen en general las clases

pobres, con agua y harina de castañas.

CAPÍTULO SÉPTIMO

El padre Cristóbal llegó en la actitud de un buen capitán, que habiendo

perdido, mas no por culpa suya, una batalla importante, afligido,

pero no desanimado, pensativo, pero no abatido, en retirada, pero no

fugitivo, se traslada adonde la necesidad lo llama para defender los

puntos amenazados, reunir las tropas y dar nuevas órdenes.

“La paz sea con vosotros, dijo al entrar. No hay nada que esperar del

hombre; tanta más necesidad de confiar en Dios, del cual tengo ya una

prueba de protección”. Aunque ninguno de los tres esperase mucho de la

tentativa del padre Cristóbal, porque el ver á un poderoso renunciar

á una injusticia sin ser obligado, y ceder por mera condescendencia á

desarmadas súplicas, era cosa más inaudita que rara; á pesar de todo,

la triste certidumbre fué un golpe mortal para todos. Las mujeres

bajaron la cabeza; pero en el ánimo de Renzo la cólera prevaleció al

abatimiento. Aquella noticia lo encontraba ya sumamente mortificado con

tantas sorpresas dolorosas, con tantas tentativas inútiles, con tantas

esperanzas frustradas, y por demás exacerbado en aquel instante por la

repulsa de Lucía.

--Querría saber, gritó rechinando los dientes y levantando la voz como

no había hecho hasta entonces en la presencia del padre Cristóbal;

querría saber qué razones ha dado ese perro para sostener... para

sostener que mi esposa no debe ser mi esposa.

--¡Pobre Renzo! contestó el fraile con grave y piadoso acento y con una

mirada que le recomendaba cariñosamente la calma; si el poderoso que

quiere cometer la injusticia, estuviese siempre obligado á decir sus

razones, las cosas no andarían como van.

--¿Ha dicho, pues, ese perro que no quiere? ¿por qué no quiere?

--¡Ni esto siquiera ha dicho, mi pobre Renzo! Sería una ventaja, si

para cometer una maldad se debiese confesar abiertamente.

--Pero algo ha debido decir: ¿qué os ha dicho ese tizón del infierno?

--He comprendido sus palabras, mas no sabré repetírtelas. Las palabras

del inicuo que es fuerte, son á un mismo tiempo penetrantes y

fugitivas. Puede irritarse de que tú muestres sospechas de él, y á la

vez hacerte conocer que son ciertas tus sospechas; puede insultar y

manifestarse ofendido, ultrajar y pedir una satisfacción, aterrorizar

y quejarse, ser impudente é irreprensible; en él no puede pedirse otra

cosa. Él no ha pronunciado el nombre de esta inocente, ni el tuyo; no

ha dado señales ni aun de conoceros; no ha dicho que tenía pretensión

alguna; pero... pero sin embargo, demasiado he comprendido que él era

inflexible. Á pesar de todo, ¡confianza en Dios! Vos, pobrecita, no

desaniméis; y tú, Renzo... ¡Oh! cree, no obstante, que yo sé ponerme

en tu lugar, que siento lo que pasa en tu corazón; ¡pero paciencia! Es

una palabra débil, una palabra amarga para el que no cree; pero tú,

¿no querrás conceder á Dios un día, dos, el tiempo que querrá tomarse,

para hacer triunfar la justicia? El tiempo le pertenece; ¡y él nos ha

otorgado ya tanto! Deja obrar á Dios, Renzo, y sabe... sabed todos,

que yo tengo ya en la mano un hilo para ayudaros. Por ahora, no puedo

decir más. Mañana no vendré; debo permanecer todo el día en el convento

por vosotros. Tú, Renzo, procura ir allá; y si por un caso impensado

no pudieseis, manda un hombre fiel, un muchacho de juicio, por medio

del cual pueda yo haceros saber lo que ocurra. Ya se hace de noche, es

preciso que yo corra al convento. Fe, valor, y que Dios nos tenga en

su santa guarda.

Dicho esto salió apresuradamente, y se encaminó corriendo y casi al

escape por un pedregoso y desigual sendero, para no correr el riesgo de

que llegando tarde al convento se atrajese una buena reprimenda, ó lo

que podía ser peor aún, una penitencia que le impidiese el día después

estar listo y expedito para lo que pudiese exigir el cuidado de sus

protegidos.

--¿Habéis oído lo que ha dicho de un no sé qué... de un hilo que tiene

para ayudarnos? dijo Lucía; conviene fiarse en él; es un hombre que

cuando promete diez...

--Si no hay más que esto... interrumpió Inés, hubiera debido hablarme

con claridad ó llamarme aparte y decirme lo que hay...

--No es más que cháchara; yo daré fin á ello, yo, repuso Renzo, esta

vez recorriendo la estancia de un extremo á otro, con una voz, con un

semblante que no dejaba duda ninguna acerca del sentido de aquellas

palabras.

--¡Oh, Renzo! exclamó Lucía.

--¿Qué es lo que queréis decir? exclamó también Inés.

--¿Qué necesidad hay de decirlo? Yo daré fin á ello. Aunque tenga cien

mil diablos en el cuerpo, él por último es también de carne y hueso...

--¡No, no, por Dios!... empezó á decir Lucía; mas el llanto le cortó la

voz.

--No debéis hablar de ese modo, ni aun por broma, dijo Inés.

--¿Por broma? replicó Renzo, quedándose plantado delante de Inés, que

estaba sentada, y clavando en ella sus ojos extraviados. ¡Por broma!

¡Veréis si será broma!

--¡Oh, Renzo! dijo Lucía instantáneamente, sollozando; jamás os he

visto así.

--No digáis estas cosas, por Dios, replicó aún precipitadamente Inés,

bajando la voz. ¿No recordáis cuánta gente tiene á su disposición? Y

aun cuando... ¡Dios nos libre!... contra los pobres nunca hay justicia.

--La justicia la haré yo. ¡Ya es tiempo! La cosa no es fácil; lo sé.

El perro asesino se guarda bien, sabe lo que vale; pero no importa.

Resolución y paciencia... y el momento llegará. Sí, la justicia la haré

yo; yo libraré de él á todo el país. ¡Cuánta gente me bendecirá! Y

después en tres cabriolas...

El horror que sintió Lucía á estas últimas é insinuantes palabras,

suspendió su llanto, y le dió fuerza para hablar. Quitándose las manos

de su lloroso semblante, con acento conmovido, pero resuelto: “¡No os

importa el tenerme por mujer! Yo estaba prometida á un joven que tenía

temor de Dios; mas un hombre que hubiese cometido... aunque estuviese

bajo el amparo de la justicia y al abrigo de toda venganza, aunque

fuese el hijo del rey...”.

--¡Y bien! gritó Renzo con el semblante aún más desencajado: y vos no

seréis mía; mas tampoco lo seréis de él. Yo aquí sin vos, y él en la

casa del...

--¡Ah, no! ¡por piedad! no digáis eso; no me miréis así; no, no puedo

veros de este modo, exclamó Lucía llorando, suplicando y juntando las

manos. Mientras tanto Inés llamaba y volvía á llamar al joven por su

nombre, y para apaciguarlo le daba golpecitos en las espaldas, cogía

sus brazos y sus manos. Por último, se detuvo inmóvil y pensativo

algún tiempo para contemplar el rostro suplicante de Lucía; luego, de

repente, le dirigió una torva mirada, se hizo un poco atrás, extendió

el brazo y el índice hacia ella, y exclamó: “¡Ella lo quiere, sí, ella

lo quiere! ¡Él morirá!”.

--¿Y yo, qué mal he hecho para que me hagáis morir? dijo Lucía,

arrojándose á sus pies.

--¡Vos! repuso con voz que expresaba una cólera diferente, pero que

todavía era cólera; ¡vos! ¿qué bien me habéis hecho, qué pruebas me

habéis dado? ¿No os he rogado, rogado y más rogado? Y vos: ¡No, no!

--Sí, sí, respondió precipitadamente Lucía; iré á casa del cura;

mañana, ahora si queréis; iré. Volved á vuestro primer proyecto; yo

iré.

--¿Me lo prometéis? dijo Renzo con un acento y rostro repentinamente

vuelto más humano.

--Os lo prometo.

--Me lo habéis prometido.

--¡Ah, Señor, gracias! exclamó Inés doblemente contenta.

En medio de su gran cólera, ¿había Renzo pensado de qué provecho podía

serle el espanto de Lucía? ¿Y no había usado un poco de artificio para

hacerlo creer, y conseguir el fruto que deseaba? Nuestro autor protesta

que no sabe nada, y yo por mi parte creo que ni aun el mismo Renzo

lo sabía bien. El hecho es que estaba realmente enfurecido contra D.

Rodrigo, y que deseaba ardientemente el consentimiento de Lucía; y

cuando dos pasiones fuertes hablan juntamente al corazón del hombre,

nadie, ni aun el mas paciente, puede siempre distinguir una voz de

otra, y decir con seguridad cuál es la que predomina.

--Os lo he prometido, respondió Lucía, con un afectuoso y tímido

acento de reconvención; mas vos también habéis prometido de no dar el

escándalo, de confiárselo al padre...

--¡Oh, vaya! ¿por qué acabo de encolerizarme? ¿Queréis volveros atrás

ahora, y hacerme cometer un despropósito?

--No, no, dijo Lucía, volviendo á asustarse de nuevo. Lo he prometido,

y no me vuelvo atrás. Pero ved vos mismo cómo me lo habéis hecho

prometer. Dios no quiera...

--¿Á qué hacer tristes augurios, Lucía? Dios sabe que no hacemos mal á

nadie.

--Prometedme á lo menos que ésta será la última escena.

--Yo os lo prometo, á fe de hombre honrado.

--Mas esta vez cumplid vuestra palabra, dijo Inés.

Aquí el autor confiesa el no saber otra cosa; si Lucía estaba en todo

y por todo pesarosa de haberse visto obligada á consentir. Nosotros

dejamos, como él, la duda en planta.

Renzo hubiera querido prolongar la conversación, y fijar punto por

punto lo que debía hacerse al día siguiente; pero era ya muy entrada la

noche, y las mujeres le despidieron, no pareciéndoles conveniente que

se quedase por más tiempo á hora tan avanzada.

La noche, sin embargo, fué para los tres tan buena, como puede serlo

la que sucede á un día lleno de agitación y azares, y al que precede

otro destinado á una empresa importante, y de éxito incierto. Renzo

se presentó muy de mañana, y concertó con Inés la grande operación de

aquella tarde, proponiendo y resolviendo alternativamente dificultades,

previendo contratiempos, y empezando de nuevo, tan pronto el uno como

la otra, á describir el suceso, como si contasen una cosa ya hecha.

Lucía escuchaba, y sin aprobar con palabras lo que no podía aprobar en

su corazón, prometía hacerlo lo mejor que ella supiese.

--¿Iréis allá abajo, al convento, para hablar al padre Cristóbal, según

él os previno ayer tarde? preguntó Inés á Renzo.

--¡Quiá! respondió éste; ya sabéis qué diablos de ojos tiene el padre:

me leería en la cara, como en un libro, que hay algo de nuevo; y si

empezaba á hacerme preguntas, no podría salir bien de ellas. Y luego,

yo debo permanecer aquí para atender al negocio. Sería mejor que

mandaseis á alguno.

--Mandaré á Menico.

--Sí, muy bien, repuso Renzo; y partió para atender al negocio, como él

había dicho.

Inés se dirigió á la casa de al lado á buscar á Menico, el cual era

un muchacho muy listo, que apenas tenía doce años, y que venía á ser

sobrino suyo lejano. Lo pidió á los parientes, como prestado, por todo

el día, “para un cierto servicio”, según ella decía. Teniéndolo ya en

su poder, lo condujo á su cocina, le dió de almorzar, y le dijo que

fuese á Pescarenico, y se presentase al padre Cristóbal, el cual lo

volvería á mandar en seguida con una respuesta, cuando sería tiempo.

“El padre Cristóbal, aquel bello anciano, con la barba blanca, á quien

llaman el santo”...

--Entiendo, dijo Menico, el que acaricia á todos los muchachos, y nos

da de cuando en cuando algunas estampitas.

--Justamente, Menico. Y si te dijese que esperes algún poco cerca del

convento, no vayas á alejarte; ten cuidado de no ir con tus compañeros

al lago á ver pescar, ni á divertirte con las redes colocadas en la

tapia con el objeto de secarse, ni entretenerte con los demás juegos

que acostumbráis.

Es preciso saber que Menico era muy excelente para hacer cabriolas;

y se sabe que todos, grandes y pequeños, hacemos voluntariamente las

cosas para las cuales tenemos habilidad: no digo aquella sólo.

--¡Bah! yo no soy ya un niño.

--Bien, ten juicio; y cuando vuelvas con la respuesta... mira, estas

dos bellas _parpagliole_ nuevas son para ti.

--Dádmelas ahora, que es lo mismo.

--No, no, que las jugarías. Anda y pórtate bien, que no te pesará.

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 1 · 第 8 / 26 段