el ojo, le dió á entender, que por favor dejase de contradecir. El
conde calló, y el podestá como un buque desembarazado de un banco
de arena continuó á velas desplegadas el curso de su elocuencia.
Valliensteino, me da poco cuidado, porque el conde-duque está en todo;
y si dicho Valliensteino quiere hacer alguna extravagancia, aquél lo
sabrá hacer andar. Diga que su vista llega á todas partes, y sus brazos
son muy largos; y es tan gran político que si se le pone en la cabeza,
como se le ha puesto, y justamente, de que el señor duque de Nevers
no meta los pies en Mantua, el señor duque de Nevers no los meterá,
y el señor cardenal de Richelieu habrá hecho un hoyo en el agua. Me
dan ganas de reir, al ver á ese querido señor cardenal que quiere
luchar con un conde-duque, con todo un Olivares. Digo formalmente que
quisiera resucitar dentro de doscientos años para ver lo que dirá la
posteridad de esta bella pretensión. Se requiere otra cosa más que la
envidia: se necesita tener cabeza; y cabeza como la del conde-duque, no
hay más que una en el mundo. El conde-duque, señores míos, proseguía
el podestá, siempre con viento en popa, y un poco sorprendido de no
encontrar jamás un escollo; el conde-duque es un zorro viejo, hablando
con el respeto que se le debe, que hará perder la pista á quien quiera
que sea; y cuando él se inclina á la derecha, se puede estar seguro que
caerá sobre la izquierda, por lo cual nadie puede jactarse nunca de
conocer sus designios; y los mismos que deben ejecutarlos, los mismos
que escriben los despachos, no comprenden nada. Yo puedo hablar con
algún conocimiento de causa; porque el bueno del señor castellano, se
digna conversar conmigo con alguna confianza. El conde-duque, vice
versa, sabe exactamente lo que hierve en la olla de las demás cortes;
y cuando todos esos politicones (entre los cuales, no puede negarse,
que los hay más hábiles) han imaginado apenas un proyecto, he aquí que
el conde-duque lo ha adivinado ya, con aquella excelente cabeza, con
sus encubiertos lazos, y con sus redes que tiende por todas partes.
Mientras que el pobre cardenal de Richelieu, tienta por aquí, olfatea
por allá, suda, se ingenia; ¿y después? Cuando ha conseguido excavar
una mina, encuentra ya la contramina perfectamente bien hecha por el
conde-duque...
Sabe el cielo cuándo el podestá habría tomado tierra; mas D. Rodrigo,
estimulado además por los visajes que le hacía su primo, se volvió de
improviso á un criado, como si le hubiese venido alguna inspiración, y
le hizo señas de que trajese cierto frasco. “Señor podestá, y vosotros
señores míos, dijo en seguida: un brindis al conde-duque, y me sabréis
decir después si el vino es digno del personaje”. El podestá contestó
con una inclinación, en la cual se traslucía un sentimiento de estar
particularmente reconocido, porque tomaba como si fuese dirigido á él
todo lo que se hacía ó se decía en honor del conde-duque.
--¡Viva mil años D. Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, duque de S.
Lúcar, gran _privado_ del rey D. Felipe el Grande, nuestro señor!
exclamó alzando la copa.
_Privado_, era el término de uso en aquella época para significar el
favorito de un príncipe.
--¡Que viva mil años! respondieron todos.
--Servid al padre, dijo D. Rodrigo.
--Perdonadme, respondió el padre; he cometido una falta, y no podría...
--¡Cómo! repuso D. Rodrigo: se trata de un brindis al conde-duque.
¿Queréis, pues, hacer creer que estáis por los navarros?
Así llamaban entonces por befa á los franceses, á causa de los
príncipes de Navarra, que habían empezado con Enrique IV á reinar sobre
ellos.
Á tal exorcismo era conveniente beber. Todos los convidados
prorrumpieron en exclamaciones y en elogios del vino, á excepción
del doctor, que con la cabeza levantada, los ojos fijos y los labios
apretados, expresaba mucho más que lo hubiera podido hacer con las
palabras.
--¡Hola, doctor! ¿qué decís? preguntó D. Rodrigo.
Retirando la nariz de la copa, que el vino acababa de poner más
colorada y reluciente, el doctor respondió, apoyándose con énfasis
en cada sílaba: “Digo, manifiesto y sentencio, que este vino es el
Olivares de los vinos. _Censui, et in eam ivi sententiam_, que un licor
semejante no se encuentra en los veintidós reinos del rey nuestro
señor, que Dios guarde. Declaro y fallo que las comidas del Illmo. Sr.
D. Rodrigo ganan á las cenas de Eliogábalo; y que la economía está
desterrada para siempre de este palacio, donde se asienta y reina la
esplendidez”.
--¡Bien dicho, bien definido! gritaron á una voz los convidados. Mas la
palabra _economía_, que el doctor había lanzado por casualidad, atrajo
en el mismo instante todas las imaginaciones hacia aquel triste objeto,
y todos hablaron de la carestía. Acerca de dicho asunto todos estaban
acordes, á lo menos en lo principal; pero el ruido quizá era mayor que
si hubiesen sido de distintos pareceres. Todos hablaban á la par.
--No hay carestía, decía uno; son los monopolistas...
--Y los panaderos, decía otro, que esconden el grano; es preciso
ahorcarlos.
--Justamente; ahorcarlos sin misericordia.
--¡Qué magníficos procesos! gritaba el podestá.
--¡Qué procesos! gritaba aún con más fuerza el conde Attilio: justicia
seca. Pillar tres ó cuatro, ó cinco ó seis, de los que la voz pública
señala como más ricos y más perros, y ahorcarlos.
--¡Ejemplos, ejemplos! Sin ejemplos nada se hace.
--¡Ahorcarlos, ahorcarlos! y el grano lloverá por todas partes.
El que pasando por una feria, se ha encontrado gozando con la armonía
que mueve una compañía de titiriteros, cuando entre una y otra tocata
cada uno afina su instrumento, haciéndolo sonar cuanto puede, á fin
de oirlo distintamente, en medio del ruido de los demás, podrá tener
una idea de la melodía de aquellos discursos, si puede dárseles este
nombre. Entretanto se seguía paladeando aquel excelente vino, y sus
alabanzas iban, como era justo, mezcladas con las sentencias de
jurisprudencia económica, así como las palabras que se oían más sonoras
y frecuentes, eran: _ambrosía_ y _ahorcarlos_.
En el ínterin D. Rodrigo lanzaba de vez en cuando algunas ojeadas al
único que guardaba silencio, y lo veía siempre impasible, sin dar
ninguna señal de impaciencia, sin hacer ademán que tendiese á recordar
que estaba esperando, y sí sólo demostrando el no querer irse antes de
haber sido escuchado. D. Rodrigo lo hubiera mandado á pasear de buena
gana, ahorrándose aquella conversación; pero despedir á un capuchino
sin haberle dado audiencia, no estaba conforme con las reglas de su
política. Ya que no podía excusarse de aquella molestia, resolvió
arrostrarla, y librarse de ella lo más pronto posible. Se levantó,
pues, de la mesa, y con él toda la alegre tropa sin interrumpir la
algazara. Luego de haber pedido permiso á sus huéspedes, se acercó con
grave ademán al fraile, que se había levantado de súbito, al propio
tiempo que los demás, y le dijo: “Estoy á vuestras órdenes;” y lo
condujo á otra estancia.
CAPÍTULO SEXTO
--¿En qué puedo complaceros? dijo D. Rodrigo, quedándose de pie en
medio de la estancia. Tales fueron sus palabras; pero el modo con
que habían sido proferidas, querían decir claramente: “Ten cuidado
delante de quién estás; pesa las palabras, y sé breve”. No había medio
más seguro y más expedito para dar valor á nuestro Fr. Cristóbal,
que hablarle con arrogancia. Él, que estaba suspenso, buscando las
palabras, y haciendo recorrer entre los dedos las avemarías del
rosario que pendía de su cintura, como si en algunas de ellas esperase
encontrar su exordio; á la vista de aquel ademán de D. Rodrigo, sintió
venir á sus labios más palabras que lo que era necesario. Mas pensando
cuán importante era no echar á perder sus negocios, ó lo que era aún
más, los de otros, corrigió y templó las frases que se le habían
presentado á la imaginación, y dijo con circunspecta humildad: “Vengo
á proponeros un acto de caridad. Ciertos hombres de mala conducta,
han puesto por delante el nombre de vuestra señoría ilustrísima, para
asustar á un pobre cura é impedirle el cumplir con su deber, y para
atormentar á dos inocentes. Vuestra señoría puede con una palabra
confundirlos, restituir al derecho su fuerza y aliviar á aquellos á
quienes se ha hecho una tan cruel violencia. Lo puede; y pudiendo... la
conciencia, el honor...”.
--Ya me hablaréis de conciencia cuando vaya á confesarme con vos. En
cuanto á mi honor, habéis de saber que yo soy el guardián de él, y de
él solo; y que cualquiera que se atreva á querer participar de ese
cuidado, lo miro como un temerario que lo ofende.
Advertido Fr. Cristóbal por las antecedentes palabras que aquel señor
trataba de hacerle olvidar de sí mismo, con el objeto de cambiar la
conversación, y de no darle lugar para llegar al fin que se proponía,
se armó de toda su paciencia, resuelto á no poner cuidado por todo lo
que al otro le agradase decir, y respondió de pronto con humilde tono:
“Si he dicho algo que os haya disgustado, ha sido seguramente contra
mi intención. Sin embargo, si no sé hablar como conviene, reprendedme,
corregidme; pero dignaos escucharme. Por el amor del cielo, por el
amor de ese Dios, á cuya presencia todos debemos comparecer”. Y así
diciendo, había colocado entre los dedos y ponía delante de los ojos
de su airado oyente la cruz de madera que pendía de su rosario. No os
obstinéis en negar una justicia tan fácil, y que se debe de derecho
á unos infelices. Pensad que Dios tiene siempre su mirada fija sobre
ellos, y que sus llantos y súplicas son arriba atendidas. La inocencia
es poderosa á su...
--¡Eh, padre! interrumpió bruscamente D. Rodrigo; el respeto que yo
tengo á vuestro hábito es grande, pero si alguna cosa podía hacérmelo
olvidar, sería el verle colocado en uno que tiene la audacia de venir á
mi casa á hacer el oficio de espía.
Esta palabra hizo aparecer una súbita llama sobre las mejillas del
padre; el cual sin embargo, con el semblante de aquel que traga
una medicina muy amarga, replicó: “No creo que semejante título me
corresponda. Vos mismo sentís interiormente que el paso que en este
momento doy, ni es vil, ni despreciable. Mas atendedme, Sr. D. Rodrigo,
¡y quiera el cielo que no venga un día en el cual os arrepintáis de no
haberme escuchado! No queráis cifrar vuestra gloria... ¡qué gloria, Sr.
D. Rodrigo! ¡qué gloria para ante Dios y para ante los hombres! Vos
podéis mucho aquí abajo; mas...”.
--¿Sabéis, dijo D. Rodrigo, interrumpiéndole con mal humor, pero no sin
algún estremecimiento de terror; sabéis que cuando tengo deseos de oir
un sermón sé ir guapamente á la iglesia, como hacen los demás? Mas, ¡en
mi casa! ¡Oh! continuó, con forzada é irónica sonrisa: vos me tendréis
más consideración de la que me merezco. ¡Un predicador en mi casa! No
lo tienen más que los príncipes.
--Y ese Dios que pide cuenta á los príncipes de la palabra que les hace
oir en sus propios palacios; ese Dios que os da ahora una señal de
misericordia, enviándoos uno de sus ministros, indigno y miserable sin
duda, pero ministro suyo, para suplicaros en favor de una inocente...
--En suma, padre, dijo D. Rodrigo, haciendo ademán de irse, yo no sé
lo que queréis decir; no comprendo más, sino que esto debe reducirse
á una joven por quien os tomáis mucho interés. Andad á hacer vuestras
confidencias al que le plazca, y no os toméis la libertad de venir á
molestar á un hombre honrado.
Al movimiento de D. Rodrigo, nuestro fraile, con el mayor respeto, se
le puso delante, y alzando las manos como para suplicarle y continuar
la conversación, repuso todavía: “Ella me interesa, es cierto, pero
vos no me interesáis menos. Son dos almas que una y otra me importan
más que mi vida. ¡D. Rodrigo, yo no puedo hacer otra cosa por vos que
rogar á Dios; pero lo haré con todo el fervor de mi corazón! No me
digáis que no; no queráis tener sumida en la angustia y en el terror á
una pobre inocente. Una palabra vuestra puede hacerlo todo”.
--Y bien, dijo D. Rodrigo, ya que vos creéis que yo puedo hacer mucho
por esa persona; ya que os interesa tanto...
--¿Y bien? replicó con ansiedad el padre Cristóbal, al cual el tono
y continente de D. Rodrigo no le permitían el que se abandonara á la
esperanza que parecían anunciar aquellas palabras.
--Y bien, aconsejadla que venga á ponerse bajo mi protección. No le
faltará nada, y nadie osará molestarla, ó yo no seré digno de llamarme
caballero.
Á semejante propuesta, la indignación del fraile retenida con
dificultad hasta entonces, estalló. Todos aquellos buenos propósitos
de prudencia y resignación se desvanecieron como el humo: el hombre
antiguo se halló de acuerdo con el nuevo; y en tales casos, Fr.
Cristóbal valía seguramente por dos.--¡Vuestra protección! exclamó,
dando dos pasos atrás, descansando firmemente sobre el pie derecho,
poniendo la mano derecha sobre la cadera, levantando la izquierda con
el índice tendido hacia D. Rodrigo, y clavando en los de éste sus
centelleantes ojos; ¡vuestra protección! Es mejor que hayáis hablado
así, que me hayáis hecho una tal proposición. Habéis colmado la
medida, y no os temo ya.
--¿Cómo hablas, fraile?
--Hablo, como se habla al que está abandonado de Dios ó no puede
causar miedo. ¡Vuestra protección! Bien sabía yo que aquella inocente
estaba bajo el amparo de Dios; mas vos, vos me lo habéis hecho conocer
ahora con tanta certeza, que no tengo necesidad de guardar ninguna
consideración para hablaros. Lucía digo: ved cómo pronuncio este nombre
con la frente erguida y ojos inmóviles.
--¿Cómo? ¡en mi misma casa!
--Tengo lástima de esta casa; ¡la maldición está suspendida sobre
ella! ¿Imagináis que la justicia divina tendrá consideración á cuatro
piedras, y la sujetarán cuatro bribones? ¡Vos habéis creído que Dios
haya hecho una criatura á semejanza suya, para daros el placer de
atormentarla! ¡Habéis pensado que Dios no sabría defenderla! ¡Habéis
despreciado sus avisos! ¡Vos seréis juzgado! El corazón del Faraón
estaba tan endurecido como el vuestro, y Dios supo ablandarlo. Lucía
está al abrigo de vuestro poder: soy yo el que os lo digo, yo, pobre
fraile; y en cuanto á vos, escuchad bien lo que os pronostico, vendrá
un día...
D. Rodrigo hasta entonces había permanecido estupefacto, entre la rabia
y la admiración, no encontrando palabras; mas cuando sintió entonar
una predicción, se unió á la citada rabia un lejano y misterioso
espanto. Agarró rápidamente en el aire aquella mano amenazadora, y
levantando la voz para cortar la del infausto profeta, gritó: “¡Quitaos
de mi presencia, villano insolente, fraile poltrón!”.
Estas palabras tan precisas apaciguaron en un momento al padre
Cristóbal. Á la idea del desprecio y de la injuria, estaba en su mente
tan bien y de tanto tiempo asociada la del sufrimiento y del silencio,
que á aquel cumplimiento su cólera y entusiasmo murieron, y no le quedó
otra resolución que la de escuchar tranquilamente lo que á D. Rodrigo
le gustase añadir. Luego, retirando apaciblemente la mano de entre las
garras del gentil hombre, bajó la cabeza y se quedó inmóvil, como al
caer del viento en lo más fuerte de una tempestad un árbol agitado baja
naturalmente sus ramas y recibe el granizo según le envía el cielo.
--¡Villano impolítico! prosiguió D. Rodrigo, tú te expresas como tus
iguales; mas da gracias al hábito que cubre tus espaldas de bribón y
que te salva de las caricias que se hacen á los que se te parecen, para
enseñarles á hablar. Por esta vez sal con tus piernas, y en lo sucesivo
veremos.
Dicho esto, abrió con ademán imperioso y de menosprecio, una puerta que
había enfrente de aquélla por donde habían entrado. El padre Cristóbal
inclinó la cabeza y salió, dejando á D. Rodrigo medir con pasos
apresurados el campo de batalla.
Cuando el fraile hubo cerrado la puerta tras de sí, vió en la otra
pieza donde entraba, un hombre retirarse poco á poco, arrimado á
la pared, como para no ser visto desde la estancia en que había
tenido lugar el anterior coloquio, y reconoció al viejo criado que
había salido á recibirle á la puerta del palacio. Servía éste en la
casa cerca de cuarenta años, es decir, desde antes que naciese D.
Rodrigo; él había entrado al servicio del padre, que era otra persona
muy distinta. Muerto éste, el nuevo amo había despedido á toda la
servidumbre y formado otra nueva; sin embargo, había retenido aquel
servidor, que aunque viejo ya y de genio y costumbres totalmente
diversas de las suyas, compensaba, no obstante este defecto, con dos
cualidades, á saber: una alta opinión de la dignidad de la casa,
y una gran práctica del ceremonial, acerca del cual conocía mejor
que otro alguno las más antiguas tradiciones y las más minuciosas
particularidades. En presencia del señor, el pobre anciano no se habría
arriesgado á manifestar ni expresar su desaprobación acerca de lo que
veía todos los días: apenas dejaba escapar alguna exclamación, algún
reproche entre dientes delante de sus compañeros de servicio, los
cuales se reían y tenían el gusto algunas veces de tocarle el citado
punto, para hacerle decir lo que no hubiera querido, y para hacerle
cantar las alabanzas de la antigua manera de vivir en aquella casa. Sus
censuras no llegaban jamás á oídos del amo, sino acompañadas con la
relación de las risas que habían causado; de modo, que aquéllas eran
para éste un objeto de diversión, sin resentimiento. En los días, pues,
de convite y de recepción, el viejo se convertía en un personaje serio
y de importancia.
El padre Cristóbal al pasar lo miró, lo saludó y continuó su camino;
pero el anciano se le acercó misteriosamente, puso el índice sobre
sus labios, y después con el mismo dedo le hizo una seña como para
invitarle á entrar con él en un oscuro corredor. Cuando estuvieron en
dicho sitio, le dijo en voz baja: “Padre mío, lo he oído todo y tengo
precisión de hablaros”.
--Decidlo pronto, buen hombre.
--Aquí, no; ¡infeliz de mí si el amo percibiese!... Mas yo sé muchas
cosas, y veré de ir mañana al convento.
--¿Hay acaso formado algún proyecto?
--Algo hay en campaña y de seguro. Yo lo he observado ya. Mas ahora
estaré sobre aviso, y espero descubrirlo todo. Dejadme hacer: me toca
ver y oir cosas... cosas infernales. Estoy en una casa... Pero yo
querría salvar mi alma.
--¡El Señor os bendiga! Y pronunciando estas palabras en voz baja, el
fraile puso la mano sobre la cabeza del servidor, que aunque de más
edad que aquél, permanecía tan encorvado en su presencia como un niño.
El Señor os recompensará, prosiguió el fraile; no dejéis de ir mañana.
--No faltaré, respondió el servidor; mas salid pronto, y... en nombre
del cielo, no me nombréis... Así diciendo, y mirando á su alrededor,
salió por otra puerta que había en el pasadizo á un pequeño salón que
daba al patio; y habiendo visto el campo libre, llamó al buen fraile
para que saliese. El semblante de éste respondió á las últimas palabras
del anciano con más claridad que lo hubieran podido hacer las mejores
protestas. El servidor le abrió la puerta, y el fraile sin decir otra
cosa, partió.
Aquel hombre había estado escuchando á la puerta de su amo: ¿había
obrado bien? ¿Y Fr. Cristóbal hacía bien en alabarle tal acción? Según
las reglas más comunes y más generalmente admitidas, era una acción muy
fea; mas en semejante caso, ¿no podía considerarse como una excepción?
¿Por ventura las reglas más absolutas carecen de excepciones? Cuestión
es importante; pero que si el lector gusta, resolverá por sí mismo.
Nosotros no pretendemos dar nuestro parecer; bastante quehacer tenemos
con referir los hechos.
Habiendo salido ya, y después de haber vuelto la espalda á aquella
infame guarida, Fr. Cristóbal respiró con más libertad, y se encaminó
apresuradamente hacia la bajada, con el rostro inflamado, todo
conmovido y agitado, como cualquiera puede imaginarse, por lo que había
oído, y por lo que había dicho. Mas aquella tan inesperada oferta
del anciano había sido un gran consuelo para él; le parecía que el
cielo le había dado una señal visible de protección. He aquí un hilo,
pensaba; un hilo que la Providencia pone en mis manos; ¡y en esa misma
casa! ¡y sin que yo soñase siquiera en buscarlo! Así pensando, alzó la
vista hacia el Occidente; y viendo el sol poniente que tocaba ya en
la cima de la montaña, calculó que faltaba muy poco para concluirse
el día. Entonces, aunque se sentía con los miembros quebrantados y
desfallecidos por los varios accidentes de aquel día, apretó sin
embargo el paso para poder llevar alguna noticia, cualquiera que ella
fuese, á sus protegidos, y llegar después al convento antes de la
noche; porque esto era una de las leyes más precisas y más severamente
mantenidas del código de los capuchinos.
Entretanto, en la casita de Lucía se habían puesto en planta y
ventilado proyectos, de los cuales conviene informar al lector. Desde
la partida del fraile, las tres personas que habían quedado guardaron
por espacio de algún tiempo el silencio más profundo. Lucía preparaba
tristemente la comida. Renzo, á punto de irse á cada momento, para
quitarse de delante el espectáculo de la aflicción de ésta, y con todo,
no pudiendo separarse; Inés enteramente ocupada en la apariencia con
las devanaderas que hacía dar vueltas, mas en realidad estaba madurando
un proyecto; y cuando le pareció que estaba ya, rompió el silencio en
estos términos:
--¡Escuchad, hijos míos! Si queréis tener corazón y la destreza que es
necesaria; si queréis fiaros de vuestra madre (esta palabra _vuestra_
hizo estremecer á Lucía), yo me empeño en sacaros de este apuro, quizás
mejor y más pronto que el padre Cristóbal, á pesar de ser el hombre que
es...
Lucía se puso en pie, y la miró con un aire que expresaba más bien
admiración que confianza á la vista de una tan magnífica promesa; y
Renzo dijo súbitamente: “¿Corazón, destreza? Decid, decid sin embozo lo
que puede hacerse”.
--¿No es verdad, prosiguió Inés, que si estuvieseis casados habría
mucho adelantado, y que á todo lo demás se encontraría más fácilmente
remedio?
--¿Quién lo duda? dijo Renzo: una vez casados... todo el mundo es
patria; y á dos pasos de aquí, pasado Bérgamo, el que trabaja la seda
es recibido con los brazos abiertos. Vos sabéis cuántas veces mi primo
Bartolo ha solicitado que me vaya con él, que haría fortuna como él
la había hecho; y si yo me he resistido siempre, ha sido... ¿qué
sirve el decirlo? porque mi corazón estaba aquí. Ya casados, nos vamos
todos juntos, se establece allí la casa, se vive en santa paz, fuera
de las garras de ese bribón, y lejos de la tentación de hacer algún
despropósito. ¿No es cierto, Lucía?
--Sí, dijo ésta; mas, ¿cómo?
--Según yo he dicho, respondió la madre: corazón y destreza, y la cosa
es fácil.
--¡Fácil! dijeron á la vez los novios, para quienes el negocio había
llegado á ser tan extraño y dolorosamente difícil.
--Fácil, sabiéndolo hacer, replicó Inés. Escuchadme bien; yo veré el
modo de hacéroslo comprender. Yo he oído decir á gente que sabe, y aun
he visto un caso, que para celebrar un matrimonio, si bien se requiere
un cura, no es necesario que consienta; es suficiente con que esté
delante.
--¿Y cómo se hace esto? preguntó Renzo.
--Escuchad, y comprenderéis. Es preciso tener dos testigos bien listos,
y que estén de acuerdo. Luego se va á encontrar al cura: lo esencial
es cogerlo de improviso; que no tenga tiempo de escaparse. El hombre
dice: Señor cura, yo tomo á ésta por mujer; la mujer dice: Señor cura,
yo tomo á éste por marido... Es necesario que el cura lo oiga y también
los testigos; y el matrimonio es bueno, perfecto y sagrado como si lo
hubiese hecho el papa. Después de pronunciadas las citadas palabras,
el cura puede gritar, mover estrépito, darse al diablo, es inútil, ya
sois marido y mujer.
--¿Es posible? exclamó Lucía.
--¡Cómo! dijo Inés, ¡sería cosa digna de verse, que en el espacio de
treinta años que he pasado en este mundo, antes que vosotros nacieseis,
no hubiese aprendido algo! La cosa es tal, cual os la digo; por señas,
que cierta amiga mía que quería casarse contra la voluntad de sus
padres, haciéndolo de dicha manera, obtuvo su intento. El cura, que lo
había sospechado, estaba alerta, mas los diablos de los testigos y los
novios, supieron hacerlo tan bien, y lo atraparon tan á propósito, que
no tuvieron más que pronunciar las palabras, y quedaron marido y mujer,
á pesar de que la pobrecilla se arrepintió á los tres días.
Inés decía la verdad, mirando á la posibilidad, y atendiendo al peligro
de no poderlo conseguir de otro modo; pues así como no recurrían á
semejante expediente sino las personas que habían encontrado algún
obstáculo, ó sido rechazadas en las vías regulares, así también los
párrocos ponían gran cuidado en evitar aquella forzada cooperación;
y sin embargo, cuando alguno de ellos llegaba á ser sorprendido por
una de aquellas parejas acompañada de testigos, hacía todo lo posible
para escaparse, como Proteo de las manos de los que querían hacerle
vaticinar á la fuerza.
--¡Si fuese cierto, Lucía! dijo Renzo mirándola con aire de atención
suplicante.
--¡Cómo, si fuese cierto! replicó Inés. ¿Conque vosotros creéis que yo
digo mentiras? Yo me afano por vosotros, y no soy creída: bien, bien;
salid del apuro como podáis; yo me lavo las manos.
--¡Oh, no; no nos abandonéis! dijo Renzo; hablo así porque la cosa me
parece demasiado buena. Me entrego á vos enteramente, y os considero
como si fueseis mi propia madre.
Estas palabras desvanecieron el pequeño enfado de Inés, é hicieron
olvidar una resolución, que á la verdad, no había sido formal.
--Mas, ¿por qué pues, mamá, repuso Lucía, con su modesto continente:
por qué este medio no se le ha ocurrido al padre Cristóbal?
--¿Por qué no se le habrá ocurrido? respondió Inés: ¿piensas acaso que
no le habrá venido á la imaginación? Mas no habrá querido hablarnos de
él.
--¿Por qué? preguntaron á un mismo tiempo ambos jóvenes.
--Porque... porque, ya que lo queréis saber, los religiosos dicen que
verdaderamente es una cosa que no está bien.
--¿Cómo puede ser que no esté bien, y que sea bien hecho, después de
verificado? dijo Renzo.