Esto diciendo, apoyó el codo izquierdo sobre la rodilla, inclinó la

frente sobre la palma de la mano, y con la derecha se apretó la barba,

como para tener firmes y unidas todas las potencias del ánimo. Pero

la más atenta consideración no servía más que para hacerle conocer

distintamente cuán urgente y embarazoso era el caso, y cuán escasos,

inciertos y peligrosos los medios. ¿Avergonzar un poco á D. Abundio

y hacerle comprender de qué modo falta á su deber? Vergüenza y deber

eran palabras nulas para él, cuando tenía miedo. Y el hacerle miedo:

¿qué medio tengo yo para infundírselo, y que sea superior al que él

tiene de un tiro? ¿Informar de todo al cardenal arzobispo é invocan

su autoridad? Esto requiere tiempo. ¿Y entretanto? ¿y después? Aun

cuando esta pobre inocente estuviese casada, ¿sería por ventura un

freno para aquel hombre? ¡Quién sabe hasta dónde puede llegar!... ¿Y

el resistirle? ¿Cómo? ¡Ah, si yo pudiese, pensaba el pobre fraile, si

pudiese traer á mi partido á mis hermanos de aquí y á los de Milán! Mas

éste no es un asunto que interese á la comunidad, y por consecuencia me

vería abandonado. ¡Ese hombre se hace el amigo del convento, se vende

por partidario de los capuchinos! ¿Y sus bravos no han venido alguna

vez á ampararse de nosotros? Yo sólo me hallaría metido en danza, y aun

quizá se me trataría de revoltoso, intrigante y pendenciero; y lo que

es más, podría acaso, con una tentativa fuera de tiempo, empeorar la

situación de ésta desgraciada. Habiendo puesto en contrapeso el pro y

el contra, de uno y otro partido, le pareció lo mejor avistarse con el

mismo D. Rodrigo, procurar separarle de su infame propósito por medio

de súplicas, con los temores de la otra vida, y aún los de esta misma

si fuese posible. Poniéndose en lo peor, podría á lo menos conocerse

por este medio más distintamente si D. Rodrigo estaba muy obstinado en

su brutal empeño, descubrir además sus intenciones, y arreglarse por

ellas.

En el ínterin que el fraile estaba así meditabundo, Renzo, que por

razones que todos pueden adivinar, no podía permanecer lejos de la

casa de su novia, se había, presentado á la puerta; mas viendo al

padre abismado en sus pensamientos y á las mujeres que le hacían seña

de que no lo distrajera, se detuvo en el umbral, guardando el mayor

silencio. Levantando el fraile la cabeza, para comunicar á las mujeres

sus proyectos, lo divisó, le saludó de una manera que expresaba una

afección antigua, y que la compasión hacía más expansiva.

--¿Os han dicho... padre mío? le preguntó Renzo con voz conmovida.

--Demasiado, por desgracia, y por eso estoy aquí.

--¿Qué decís de ese malvado?

--¿Qué queréis que diga? Él no esta aquí para oirme; ¿de qué servirían

mis palabras? Dígote, mi querido Renzo, que confíes en Dios, y él no te

abandonará.

--¡Benditas sean vuestras palabras! exclamó el joven. Vos no sois de

aquéllos que siempre hacen injusticias á los pobres. Mas el señor cura

y ese señor doctor...

--No recordar lo que no puede servir de otra cosa, más que de

atormentarse inútilmente. Yo soy un pobre fraile; pero te repito lo que

he dicho ya á estas señoras: aunque puedo poco, no os abandonaré.

--¡Oh, vos no sois como los amigos del mundo! ¡Charlatanes! ¡Quién

hubiese creído en las protestas que me hacían en otro tiempo mejor!

¡Ya, ya! Estaban prontos á dar su sangre por mí; me habrían sostenido

contra el mismo diablo. Si yo hubiese tenido un enemigo... bastaba que

me dejase entender, y habría concluido pronto de comer pan. Y ahora,

si vieseis cómo se retiran... Al llegar aquí, levantando los ojos

hacia el semblante del padre, vió que se había oscurecido del todo,

y se arrepintió de haber dicho lo que convenía callar. Mas queriendo

componerlo, se iba confundiendo y embrollando más. “Quería decir... yo

no entiendo una palabra... esto es, yo quería decir”...

--¿Qué querías decir? ¿Y qué? ¿Has empezado, pues, á destruir mis

obras antes que fuesen emprendidas? Es un bien para ti el que te hayas

desengañado á tiempo. ¡Qué, tú andabas en busca de amigos... amigos...

que aun queriendo no hubieran podido socorrerte! ¡Y tratabas de perder

al único que lo puede y lo quiere! ¿No sabes que Dios es el amigo de

los afligidos que confían en él? ¿No sabes tú que el débil nada gana

enseñando las uñas? Y cuando sin embargo... (Aquí apretó fuertemente el

brazo de Renzo; su aspecto, sin perder en autoridad, se revistió de una

compunción solemne, sus ojos se inclinaron, y la voz vino á ser lenta

y como subterránea) ¡Cuando sin embargo... es una terrible ganancia!

Renzo, ¿quieres confiar en mí? ¡qué digo en mí, pobre fraile! ¿quieres

confiar en Dios?

--¡Oh, sí! repuso Renzo, éste es el verdadero Señor.

--Y bien: ¿prometes que no injuriarás á nadie, ni tampoco provocarás, y

que te dejarás guiar por mí?

--Lo prometo.

Lucía dió un gran suspiro, como si se hubiese aliviado de un gran peso,

é Inés dijo: “Bien, hijo mío”.

--Escuchad, repuso Fr. Cristóbal; yo iré hoy á hablar á ese hombre. Si

Dios le toca el corazón y da fuerza á mis palabras, bien: si no, él

nos hará encontrar algún otro medio. Vosotros, en tanto, permaneced

tranquilos, retirados; evitad las habladurías, y no os dejéis ver. Esta

tarde ó mañana por la mañana, á más tardar, me volveréis á ver. Dicho

esto, partió. Se dirigió al convento, llegando á tiempo de ir á coro á

cantar sexta, comió, y se puso al instante en camino hacia la cueva de

la bestia feroz que quería tratar de amansar.

El gran palacio de D. Rodrigo se elevaba aislado, á semejanza de un

castillejo, sobre la cima de uno de los picos de los cuales está por

todas partes erizada aquella cordillera. Á esta indicación, el anónimo

añade que el sitio (hubiera sido mejor escribir buenamente su nombre),

estaba más allá del pueblo de los novios, distante de él cerca de

tres millas, y cuatro del convento. Al pie del pico, á la parte que

mira al Mediodía, hacia el lago, había un pequeño montón de cabañas

habitadas por los vasallos de D. Rodrigo; y era como la pequeña capital

de su reducido reino. Bastaba pasar por allí para imponerse de la

condición y costumbres del país. Dando una ojeada á los pisos bajos,

entre los cuales había algunos cuyas puertas estaban abiertas, se veían

suspendidos de la pared en completa confusión, arcabuces, cuernos de

caza, azadones, rastrillos, sombreros de paja, redecillas y frascos de

pólvora. La gente que se encontraba, eran hombres robustos y fornidos,

cuya frente cubría un _ciuffo_, encerrado en una redecilla; ancianos

que habiendo perdido los dientes, parecían siempre prontos á morder con

las encías á los que les provocasen, aunque fuese ligeramente; mujeres

con ciertos rasgos varoniles y con nervudos brazos, á propósito para

prestar auxilio con la lengua cuando otra cosa no bastase; aun en los

semblantes y movimientos de los muchachos mismos que jugaban en la

calle, se veía un no sé qué de petulante y provocativo.

Fr. Cristóbal atravesó la aldea, trepó por un pequeño y tortuoso

sendero y llegó á una reducida explanada delante del palacio. La

puerta estaba cerrada, porque el dueño estaba comiendo y no quería

ser molestado. Las extrañas y pequeñas ventanas que daban al camino,

cerradas por maderas mal unidas y consumidas por los años, estaban, sin

embargo, defendidas por gruesos barrotes de hierro, y las del piso bajo

eran tan altas, que apenas hubiera podido alcanzar á ellas un hombre

subido en las espaldas de otro. Reinaba allí un gran silencio; y el

viajero habría podido creer que fuese una casa abandonada, si cuatro

criaturas, dos vivas y dos muertas, colocadas con simetría por la parte

exterior, no hubiesen dado un indicio de que existían habitantes. Dos

grandes buitres con las alas extendidas y con las cabezas colgando, el

uno medio desplumado y consumido por el tiempo, el otro aún intacto

y con plumas, estaban clavados sobre cada una de las dos hojas de

la puerta principal; y dos bravos tendidos á la larga en los bancos

colocados á derecha é izquierda hacían centinela, esperando el ser

llamados á gozar las sobras de la mesa del amo. El padre se puso en pie

de repente, en ademán del que se dispone á aguardar; mas uno de los

bravos se levantó y le dijo: “Padre, padre, adelante; aquí no se hace

esperar á los capuchinos; nosotros somos amigos del convento. Yo me he

encontrado en ciertos momentos en que el aire de la calle no era muy

bueno para mí, y si vosotros me hubieseis cerrado la puerta lo habría

pasado mal”. Esto diciendo, dió dos golpes con la aldaba. Á dicho ruido

contestaron súbitamente desde el interior los aullidos y ladridos

de los alanos y dogos; y pocos momentos después, llegó refunfuñando

un viejo criado; mas en seguida que vió al padre, le hizo una gran

reverencia, apaciguó á los animales é introdujo al huésped á un angosto

patio, y cerró la puerta. Habiéndole luego conducido á una pequeña

sala, y mirádole con cierto aire respetuoso y de sorpresa, dijo: “¿No

sois... el padre Cristóbal de Pescarenico?”.

--Justamente.

--¿Vos aquí?

--Como lo veis, buen hombre.

--¿Será para hacer algún bien? El bien, continuó murmurando entre

dientes y disponiéndose á marchar, se puede hacer en todas partes.

Después de haber atravesado dos ó tres salas estrechas y oscuras,

llegaron á la puerta de la sala del convite. Reinaba allí un gran

ruido confuso de tenedores, cuchillos, vasos, platos y sobre todo,

de voces discordes, que trataban á porfía de sobrepujarse las unas á

las otras. El fraile quería retirarse y estaba departiendo detrás de

la puerta con el criado para lograr el que se le dejase en cualquier

rincón de la casa hasta que se hubiese concluido la comida, cuando he

aquí que la citada puerta se abrió. Cierto conde, llamado Attilio, que

estaba sentado enfrente (primo del amo de la casa, y del cual hemos

ya hecho mención sin nombrarlo), habiendo visto un cerquillo y una

capilla, y conociendo la modesta intención del buen fraile: “¡Eh,

eh! gritó, no os escapéis, reverendo padre: adelante, adelante”. D.

Rodrigo, sin adivinar precisamente el objeto de aquella visita, pero

por cierto confuso presentimiento, de buena gana se hubiera pasado sin

ella; mas ya que el atolondrado Attilio lo había llamado en alta voz,

no era conveniente el retroceder, y dijo: “Venid, padre, venid”. El

padre se adelantó, saludó al dueño y contestó á las reverencias de los

convidados.

En general agrada (no digo á todos), el ver al hombre honrado cara

á cara del malvado, y figurárselo con la frente elevada, la mirada

segura, corazón valeroso y lenguaje desembarazado. Sin embargo, en

el hecho, para hacerle tomar semejante actitud, se requieren muchas

circunstancias, las cuales muy raras veces se encuentran juntas.

Por esta razón no os debéis admirar si Fr. Cristóbal, con el buen

testimonio de su conciencia, con el muy firme convencimiento de la

justicia de la causa que iba á sostener, con un sentimiento mezclado

de horror y de compasión por D. Rodrigo, permaneció con cierto aire

de timidez y de respeto en presencia de aquel mismo D. Rodrigo, que

estaba allí, en la cabecera de la mesa, en su casa, en su reino,

rodeado de amigos y homenajes, con tantas señales de su poderío, con

un semblante á propósito para hacer expirar una petición en los labios

del que la hiciese, aunque ésta no fuese ni consejo, ni amonestación,

ni reprensión. Á su derecha estaba sentado el consabido conde Attilio,

su primo, y se hace preciso decirlo, su compañero de maldades y

libertinaje, el cual había venido de Milán para pasar algunos días

en el campo con él. Á la izquierda y al otro lado de la mesa estaba

con gran respeto, templado sin embargo de cierta firmeza y de cierta

presunción, el señor podestá, el mismo á quien en teoría habría tocado

el hacer justicia á Renzo Tramaglino, y aplicársela á D. Rodrigo, según

hemos visto antes. Enfrente del podestá, y en ademán del más puro y

profundo respeto, se hallaba sentado nuestro doctor Azzecca-Garbugli,

con la capa negra y con la nariz más rubicunda que de ordinario.

Enfrente de los primos, dos oscuros convidados, de los cuales nuestra

historia dice únicamente que no hacían otra cosa más que comer,

inclinar la cabeza, sonreir y aprobar todo lo que decía un convidado,

siempre que no hubiese otro que lo contradijese.

--Un asiento al padre, dijo D. Rodrigo, Un criado presentó un sitial,

en el cual se sentó el padre Cristóbal, pidiendo mil perdones al señor

por haber venido á hora tan inoportuna. Desearía hablaros á solas y

cómodamente para un asunto de importancia, añadió después con voz muy

sumisa al oído de D. Rodrigo.

--Bien, bien, hablaremos, respondió éste; mas entretanto traed de beber

al padre.

El padre quería eximirse, pero D. Rodrigo, alzando la voz en medio del

tumulto que había empezado otra vez, gritaba: “No, ¡par diez! no me

haréis este desaire; no se dirá jamás que un capuchino salga de esta

casa sin haber probado mi vino, ni un acreedor insolente sin haber

experimentado la madera de mis bosques”. Estas palabras excitaron una

risa universal é interrumpieron un momento el debate que se agitaba

acaloradamente entre los convidados. Un criado trajo una botella de

vino colocada en una salvilla y un largo vaso á manera de cáliz, que

presentó al padre; el cual, no queriendo resistir á una invitación tan

apremiante del hombre que le convenía tener propicio, no vaciló en

echar vino en el vaso, después de lo cual se puso á beber lentamente.

--La autoridad de Tasso no sirve á vuestra opinión, señor podestá

respetable; ella misma está en contra vuestra, replicó voceando el

conde Attilio; porque aquel hombre erudito, aquel grande hombre que

tenía en la punta de los dedos todas las reglas de la caballería,

hizo que el mensajero de Argante, antes de manifestar el desafío á

los caballeros cristianos, pidiese permiso al piadoso Godofredo de

Bouillon...

--Pero esto, replicaba el podestá, no gritando menos, esto está de

más, puramente de más, un adorno poético; pues que el mensajero es por

su naturaleza inviolable por el derecho de gentes, _jure gentium_; y

sin ir á buscar más lejos, el proverbio también lo dice: embajador no

trae pena; y los proverbios, señor conde, son la sabiduría del género

humano. Y no habiendo el mensajero dicho nada en su nombre, sino tan

sólo presentado el cartel de desafío por escrito...

--¿Pero cuándo queréis comprender que aquel mensajero era un asno

temerario, que no conocía las primeras...?

--Con permiso de sus señorías, interrumpió D. Rodrigo, el cual no

hubiera querido que la disputa fuese demasiado lejos; remitámonos al

padre Cristóbal, y conformémonos con su parecer.

--Bien, muy bien, dijo el conde Attilio, á quien parecía una cosa muy

graciosa el hacer decidir por un capuchino una cuestión de caballería,

mientras que el podestá, más y más enfervorizado en el combate, se

callaba en el instante mismo con cierto aire de desdén que parecía

querer decir: puerilidades.

--Mas, según me parece haber comprendido, dijo el padre, éstas no son

cosas que yo deba entender.

--Ordinarias excusas de la modestia de los padres, dijo D. Rodrigo; mas

no os evadiréis. ¡Ea! vamos: bien sabemos que no habéis venido al mundo

con la capilla en la cabeza, y que el mundo os ha conocido. Vamos,

vamos, he aquí la cuestión.

--El hecho es éste, empezó á gritar el conde Attilio.

--Dejadme decir á mí, que soy neutral, primo, replicó D. Rodrigo. He

aquí la historia: Un caballero español mandó un cartel de desafío á un

caballero milanés; el portador, no encontrando al provocado en casa,

entregó el cartel á un hermano del caballero, cuyo hermano leyó el

cartel, y en respuesta dió algunos palos al portador. Se trata...

--Bien dados, bien aplicados, gritó el conde Attilio. Fué una verdadera

inspiración.

--¡Del demonio! añadió el podestá. ¡Pegar á un embajador, una persona

sagrada! Vos también, padre, podréis decir, si ésta es una acción

propia de un caballero.

--Sí, señor, de caballero, gritó el conde, y dejad que os lo diga yo,

que debo saber todo lo que concierne á un caballero. ¡Oh! si hubiese

sido con los puños, sería otra cosa; pero el bastón no mancha las manos

de nadie. Lo que yo no puedo comprender es, por qué os interesáis tanto

por las espaldas de un bribón.

--¿Quién os ha hablado de espaldas, señor conde? Vos me hacéis decir

cosas que jamás me han pasado por la imaginación. He hablado del

carácter, y no de las espaldas. Yo hablo, sobre todo, del derecho de

gentes. Hacedme el obsequio de decirme si los heraldos que los antiguos

romanos mandaban llevar los carteles de desafío á los demás pueblos,

pedían permiso para exponer su mensaje, y buscadme un escritor que haga

mención de que un heraldo haya sido nunca apaleado.

--¿Qué tienen que ver con nosotros los capitanes de los antiguos

romanos, gente que iba á la buena de Dios, y que en estas cosas estaban

atrasadísimos? Mas según las leyes de la caballería moderna, que es la

verdadera, digo y sostengo, que un mensajero que se atreve á poner en

manos de un caballero un cartel de desafío, sin haberle pedido permiso,

es un insolente, violable, muy violable, digno de ser apaleado y muy

bien apaleado...

--Contestad á este silogismo.

--Nada, nada.

--Pero escuchad, escuchad. Pegar á uno que está desarmado, es una

traición; _at qui_ el mensajero _de quo_ estaba sin armas, _ergo_...

--Poco á poco, señor podestá.

--¡Cómo poco á poco!

--Poco á poco, os repito: ¿qué es lo que estáis diciendo? Se llama una

traición el herir á uno por detrás con la espada, ó descerrajarle un

tiro en la espalda; y aun con respecto á esto, se pueden dar ciertos

casos... mas no salgamos de la cuestión. Concedo que esto generalmente

pueda llamarse una traición; ¡pero sacudir cuatro palos á un bribón!

estaría bueno tener que decirle: ¡mira que te voy á apalear! Lo mismo

que si se dijese á un hombre honrado: ¡en guardia!... Y vos, respetable

señor doctor, en vez de hacerme señas para darme á entender que sois de

mi parecer, ¿por qué no sostenéis mis razones con vuestra buena charla,

para ayudarme á persuadir á este caballero?

--Yo... repuso el doctor un poco confuso; yo gozo con estas doctas

cuestiones, y doy gracias al feliz accidente que ha dado ocasión á una

lucha de ingenio tan divertida. Y luego, no es de mi incumbencia el dar

el fallo; su señoría ilustrísima ha delegado ya un juez... aquí está el

padre....

--Es verdad, dijo D. Rodrigo; pero ¿cómo queréis que el juez hable,

cuando los litigantes no quieren guardar silencio?

--Enmudezco, dijo el conde Attilio. El podestá apretó los labios y alzó

la mano como en ademán de resignación.

--¡Ah, gracias sean dadas al cielo! Á vos, padre, dijo D. Rodrigo con

cierta gravedad irónica...

--Me he excusado ya, diciendo que no entiendo de estas cosas, respondió

el padre Cristóbal volviendo el vaso á un criado.

--¡Débiles escusas! exclamaron los dos primos. Nosotros queremos el

fallo.

--Pues que así lo queréis, replicó el fraile, mi humilde parecer sería

que no hubiese carteles, ni portadores, ni apaleamientos.

Los convidados se miraron atónitos los unos á los otros.

--¡Oh, esto sí que es una gran necedad! dijo el conde Attilio.

Perdonad, padre mío; mas habéis dicho una tontería. Bien se ve que no

conocéis el mundo.

--¿Eh? dijo D. Rodrigo, me queréis hacer reir: primo mío, lo conoce

tanto como vos. ¿No es verdad, padre? ¿Decid, decid si no habéis

corrido también vuestra caravana?

En vez de responder á esta atenta pregunta, el padre se dijo

interiormente: esto te toca á ti; pero recuerda, hermano, que no has

venido á este sitio por ti, y que todo lo que á ti sólo concierne no

entra en la cuenta.

--Podrá ser, dijo el primo; pero el padre... ¿cómo se llama el padre?

--Cristóbal, respondieron varios de los convidados.

--Pero padre Cristóbal, mi reverendo señor: con vuestras máximas

revolveríais el mundo por entero. Sin desafíos, sin apaleamientos;

adiós pundonor, impunidad para todos los bribones. Felizmente que el

supuesto es imposible.

--Ánimo, doctor, se apresuró á decir D. Rodrigo, el cual quería mejor

divertirse con la disputa de los dos primeros contendientes; ánimo, que

para dar la razón á todo el mundo sois un hombre sin igual. Veamos

cómo os componéis para dar la razón en esto al padre Cristóbal.

--En verdad, respondió el doctor, blandiendo en el aire su vaso y

volviéndose al padre; en verdad, yo no puedo comprender cómo el padre

Cristóbal, el cual es á la vez un perfecto religioso y un hombre de

mundo, no haya pensado que su fallo, bueno, excelente y de gran peso

en el púlpito, no vale nada, sea dicho con el debido respeto, en una

discusión caballeresca. Mas el padre sabe, mejor que yo, que cada cosa

es buena en su lugar correspondiente, y creo que esta vez haya querido

librarse por medio de una broma del embarazo de proferir un fallo.

¿Qué se podía responder á unas razones deducidas de una sabiduría tan

antigua y siempre nueva? Nada, y esto es lo que hizo nuestro fraile.

Mas D. Rodrigo, por querer cortar aquella cuestión, vino á suscitar

otra.--Á propósito, dijo, he oído que en Milán corrían voces de

acomodamiento.

El lector sabe que en aquel año se combatía por la sucesión del

ducado de Mantua, del cual, á la muerte de Vicente Gonzaga, que no

había dejado herederos legítimos, había entrado en posesión el duque

de Nevers, su más próximo pariente. Luis XIII, ó sea el cardenal de

Richelieu, sostenía á aquel príncipe, su muy amado y naturalizado

francés. Felipe IV, ó sea el conde de Olivares, comúnmente llamado el

conde-duque, no lo quería por las mismas razones, y le había suscitado

una guerra. Así, pues, aquel ducado era feudatario del imperio, y

ambas partes se servían de toda clase de manejos, de instancias y de

amenazas cerca del emperador Fernando II: la primera para que él diese

la investidura al nuevo duque; la segunda para que se le negase, y al

mismo tiempo que ayudase á echarlo del citado estado.

--No estoy lejos de creer, dijo el conde Attilio, que las cosas puedan

arreglarse. Tengo ciertos indicios.

--No creáis nada, señor conde, no creáis nada, interrumpió el podestá.

Sobre ese punto yo puedo saber las cosas, porque el señor castellano

español, que tiene la bondad de apreciarme un poco, y el cual es hijo

de un familiar del conde-duque, está informado de todo...

--Os digo que me acontece todos los días en Milán hablar con personajes

mucho más elevados, y sé de buena tinta que el papa, interesadísimo

como está por la paz, ha hecho proposiciones.

--Así debe ser; es una cosa regular. Su santidad hace su deber; un papa

debe procurar siempre poner bien entre sí á los príncipes cristianos;

pero el conde-duque tiene su política, y...

--Y, ¿sabéis, señor mío, cómo piensa el emperador en este momento?

¿Creéis que no hay otra cosa más que Mantua en el mundo? Las cosas en

las cuales se debe pensar son muchas, señor mío. ¿Sabéis, por ejemplo,

hasta qué punto el emperador pueda ahora fiarse de su príncipe de

Valdistano ó de Vallistai, ó como le llaman, y?...

--EL verdadero nombre en lengua alemana, interrumpió todavía el

podestá, es Valliensteino, según lo he oído pronunciar varias veces á

nuestro señor castellano, que es español.

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 1 · 第 6 / 26 段