Iba cierto día por una calle de su pueblo natal seguido de dos

bravos y acompañado de un tal Cristóbal, en otro tiempo mancebo de

la tienda, y cerrada ésta transformado en mayordomo de la casa. Era

éste un hombre de cerca de cincuenta años, adicto desde su juventud

á Ludovico, al cual había visto nacer, y que entre el salario y los

regalos le daba no sólo para vivir, sino también para mantener y

sustentar una numerosa familia. Ludovico vió aparecer á lo lejos un

señor como él, arrogante y protector de profesión, á quien jamás en

su vida había hablado, pero que sin embargo cordialmente detestaba,

y el cual le pagaba generosamente en la misma moneda; porque es una

de las ventajas que ofrece este mundo, la de poder odiar y ser odiado

sin conocerse. Dicho señor, seguido de cuatro bravos, avanzaba en

línea recta con paso orgulloso, levantada la cabeza y marcando en

sus labios la mayor insolencia y el más profundo desprecio. Ambos

caminaban rozándose con la pared; mas Ludovico (nótese bien esto), la

tocaba con el lado derecho, y esto, según una costumbre, le daba el

derecho de no separarse de dicha pared para dar paso á cualquiera que

fuese, cosa de la cual se hacía entonces mucho caso. El otro pretendía

por el contrario, que el derecho le competía á él como noble, y que

á Ludovico le tocaba ir por el medio, y todo esto en virtud de otra

costumbre. Aunque en esto como en muchas otras cosas estaban en vigor

dos costumbres contrarias, sin que se hubiese decidido cuál de las dos

fuese la buena, lo cual daba ocasión de que se armara una riña cada vez

que un cabeza dura tropezase con otra del mismo temple. Nuestros dos

hombres marchaban á encontrarse arrimados á la pared, como dos figuras

movibles de bajorrelieve. Cuando estuvieron ya cara á cara, el tal

señor, midiendo á Ludovico con altanería desde la cabeza á los pies con

mirada torva é imperiosa, le dijo en un tono de voz correspondiente:

“Paso”.

--Paso, repuso Ludovico, llevo la derecha.

--Con gentes como vos é iguales vuestros, siempre la llevo yo.

--Si la arrogancia de los vuestros fuese una ley para los míos...

Los _bravos_ del uno y del otro bando, permanecían como clavados, cada

uno detrás de su amo, mirándose de reojo, con las manos puestas en las

dagas y preparados al combate. La gente que llegaba ya por un lado, ya

por otro, se mantenía á cierta distancia para observar el suceso, y la

presencia de estos espectadores animaba siempre más el amor propio de

los contendientes.

--Al arroyo, artesano vil, ó yo te enseñaré del modo que se trata á los

nobles.

--Vos mentís llamándome vil.

--Tú eres el que mientes, diciendo que yo he mentido. (Esta respuesta

era de pragmática.) Y si tú fueses caballero como yo, añadió el señor,

te haría ver con la espada que tú has sido el que has mentido.

--He aquí un buen pretexto para dispensarse de sostener con hechos la

insolencia de vuestras palabras.

--Arrojad al fango á ese bribón, dijo el noble volviéndose á los suyos.

--¡Veámoslo! dijo Ludovico, dando de pronto un paso atrás y echando

mano á la espada.

--¡Temerario! gritó el otro desenvainando la suya; la haré mil pedazos

cuando esté manchada con tu vil sangre.

En esto se lanzaron uno hacia otro; los servidores de ambas partes

se arrojaron á la defensa de sus respectivos dueños. El combate era

desigual, ya por el número, ya porque Ludovico trataba más bien de

parar los golpes y desarmar al enemigo que de matarlo; pero éste

quería su muerte á toda costa. Ludovico había ya recibido en el brazo

izquierdo una puñalada dada por un _bravo_, y un ligero rasguño en una

mejilla; su principal adversario se lanzaba con furia sobre él con el

objeto de concluir de una vez, cuando Cristóbal, viendo á su señor en

tan extremado peligro, fué con el puñal á coger al noble por detrás.

Éste volvió toda su ira contra aquél, y le pasó de parte á parte con

su espada. Al ver Ludovico aquello, se puso fuera de sí, y hundió la

suya en el vientre del provocador, el cual cayó moribundo casi al

mismo tiempo que el pobre Cristóbal. Los bravos del noble, viendo que

todo estaba concluido, emprendieron la fuga en muy mal estado; los de

Ludovico, afrentados y acuchillados también, no teniendo ya con quién

habérselas, y no queriendo hallarse envueltos por los espectadores que

acudían al campo de batalla, se deslizaron por otro lado, y Ludovico

se encontró solo, con aquellos dos funestos compañeros á sus pies, en

medio de una muchedumbre inmensa.

--¿Cómo ha sido esto?--Es uno.--Son dos.--Le ha hecho un ojal en el

vientre.--¿Quién ha sido muerto?--_El prepotente._--¡Oh, Santa María,

qué fracaso!--Quien busca halla.--Una las paga todas.--También él

ha tenido su fin.--¡Qué golpe!--¡Esto es un negocio muy serio!--¿Y

aquel otro desgraciado?--¡Misericordia, qué espectáculo!--¡Salvadlo,

salvadlo!--¡También está bien aviado!--¡Miradlo qué maltrado; arroja

sangre por todas partes!--Escapaos, escapaos; no os dejéis prender.

Estas palabras, que dominaban todas las demás y se oían á través del

confuso ruido de la muchedumbre, expresaban el voto general, y con

el consejo vino en seguida el auxilio. El suceso había tenido lugar

muy cerca de una iglesia de capuchinos, asilo, como todos saben,

impenetrable en aquella época para los esbirros y á toda aquella

reunión de cosas y personas que se llamaba justicia. El asesino fué

llevado al convento casi sin sentido por la multitud, y los frailes lo

recibieron de las manos del pueblo, que se lo recomendaban diciendo:

“Éste es un hombre de bien que ha dado cuenta de un hombre orgulloso y

bribón; lo ha hecho en defensa propia y obligado á ello”.

Ludovico hasta entonces no había jamás derramado sangre; y aunque

el homicidio fuese en aquellos tiempos una cosa tan común, que los

oídos de todos estaban acostumbrados á oirlos referir y los ojos á

presenciarlo; sin embargo, la impresión que recibió al ver el hombre

muerto por su mano, y el otro muerto también por culpa suya, fué nueva

é indecible, fué una revelación de sentimientos aún desconocidos.

La caída de su enemigo, la alteración de aquel rostro que pasaba en

un momento de la amenaza y del furor al abatimiento y á la solemne

calma de la muerte, fué una vista que cambió rápidamente el ánimo

del homicida. Arrastrado al convento, no sabía casi en dónde estaba

ni lo que se hacía, y cuando volvió en sí se encontró en una cama de

la enfermería, en manos del hermano cirujano (los capuchinos tienen

ordinariamente uno en cada convento) que ponía hilas y vendaba las dos

heridas que había recibido en aquel encuentro.

Un sacerdote, cuyo destino especial era asistir á los moribundos, y el

cual había con frecuencia prestado semejantes servicios en las calles,

fué llamado con precipitación al lugar del combate. Vuelto pocos

minutos después entró en la enfermería, y acercándose al lecho en donde

yacía Ludovico, “consolaos, le dijo: á lo menos ha muerto bien, y me ha

encargado que le perdonéis, así como también traigo el perdón de su

parte para vos”. Estas palabras hicieron volver en sí del todo al pobre

Ludovico, y los sentimientos que hasta entonces permanecían confusos

y como en tropel en su mente, se le representaron distintamente y con

la mayor vivacidad; en efecto, el dolor causado por la pérdida de

un amigo, el asombro y el remordimiento del golpe que su mano había

descargado, y al mismo tiempo una angustiosa compasión hacia el hombre

que había muerto, se revelaron en él enteramente. “¿Y el otro?”, preguntó

con ansia al fraile.

--El otro había expirado cuando yo llegué.

Entretanto las avenidas y alrededores del convento hormigueaban de una

curiosa muchedumbre; mas habiendo llegado la tropa, hizo dispersar á

la multitud y se situó á cierta distancia de la puerta, de tal modo,

que nadie pudiese salir del edificio sin ser observado. Un hermano del

muerto, dos de sus primos y un anciano tío, fueron armados de pies

á cabeza, acompañados de un gran número de _bravos_, y se pusieron

á rondar alrededor del convento, mirando con aire y ademanes de

amenazadora cólera á los curiosos que no se atrevían á decirles: “le

está muy bien merecido”.

Apenas Ludovico pudo reunir sus ideas, llamó á un confesor y le suplicó

que fuese á casa de la viuda de Cristóbal, con el objeto de impetrar

en su nombre el perdón de haber sido la causa, aunque ciertamente

involuntaria, de aquella desgracia, y que la asegurase al mismo tiempo

que tomaba á su cargo toda la familia. Reflexionando luego en su

posición, sintió renacer el deseo de hacerse fraile, pensamiento que

otras veces había pasado por su imaginación: le pareció que Dios mismo

le había colocado en el camino y le había dado una señal de su voluntad

haciéndole llegar en aquella coyuntura á un convento, y el partido

fué adoptado. Hizo llamar al guardián, y le manifestó su deseo. Éste

le respondió que era preciso que se guardase de tomar una resolución

precipitada; pero que si persistía, no sería desechada. Entonces mandó

á buscar un notario, hizo donación de todo lo que le quedaba (que era

todavía un buen patrimonio), á la familia de Cristóbal; dió una suma

considerable á la viuda, como para constituirla una segunda dote, y el

resto á ocho hijos que Cristóbal había dejado.

La resolución de Ludovico venía muy á propósito para sus huéspedes, los

cuales por su causa estaban metidos en una gran intriga. Echarlo del

convento y exponerlo de ese modo á las persecuciones de la justicia,

ó lo que es igual, á la venganza de sus enemigos, no era partido

que mereciese siquiera consultarse; esto hubiera sido lo mismo que

renunciar á sus propios privilegios, desacreditar al convento para

con el pueblo, atraerse la animadversión de todos los capuchinos del

universo por haber dejado violar tan sagrados derechos, y ponerse en

pugna abierta con todas las autoridades eclesiásticas, las cuales se

consideraban como tutoras del derecho de asilo. Por otra parte, la

familia del muerto, bastante poderosa por sí misma y por sus secuaces,

trataba de vengarse á toda costa, y declaraba por enemigo á cualquiera

que se atreviese á poner algún obstáculo. La historia no dice que

aquélla se doliese mucho del difunto, ni menos que hubiese derramado

por él una sola lágrima toda la parentela; únicamente dice, que estaban

furiosos de no tener entre sus uñas al matador, ya fuese vivo ó muerto.

Pero éste, vistiendo el hábito de capuchino, lo componía todo. Hacía

en cierto modo una pública retractación, se imponía una penitencia, se

confesaba implícitamente culpable, se retiraba de toda contienda; era,

en suma, un enemigo que deponía las armas. Los parientes del muerto

podían también, si querían, creer ó vanagloriarse de que se había hecho

fraile por desesperación ó por miedo de su cólera. De todos modos,

reducir á un hombre á despojarse de sus bienes, á afeitarse la cabeza,

á caminar con los pies desnudos, á dormir sobre un duro y miserable

jergón de paja, á vivir de limosna, podía parecer un castigo suficiente

aun al ofendido más orgulloso.

El padre guardián se presentó con una expresiva humildad al hermano

del muerto; y después de mil protestas de respeto por su ilustre casa,

y del deseo de complacer á ésta en todo lo que fuese posible, habló

del arrepentimiento de Ludovico y de su resolución, haciéndole ver

con finura que la casa podía estar muy satisfecha, é insinuando luego

suavemente y de la manera más diestra, que gustase ó no, las cosas

debían ser así. El hermano se deshizo en injurias, y el capuchino dejó

pasar la tormenta, diciendo de cuando en cuando: “Es un dolor muy

justo”. Manifestó al capuchino que su familia había sabido siempre

tomar satisfacción de una ofensa; y éste, aunque pensase de distinto

modo, no dijo que no. Finalmente, aquél exigió como una condición que

el asesino de su hermano había de salir prontamente de la ciudad. El

guardián, que ya había deliberado obrar así, dijo que se haría, dejando

que el otro creyera, si esto le complacía, que era un acto de sumisión,

quedando todo arreglado de esta manera: contenta la familia de salir

de semejante negocio con honor, contentos los frailes que salvaban

un hombre y sus privilegios sin acarrearse ningún enemigo, contentos

los amantes de las leyes de la caballería de ver terminarse un asunto

honrosamente, contento el pueblo que veía fuera de peligro á un hombre

que quería y que al mismo tiempo admiraba una conversión; contento

finalmente, y más que todos, en medio de su dolor nuestro Ludovico, el

cual empezaba una vida de expiación y de servidumbre, que podía, si

no reparar, á lo menos redimir la mala acción, y embotar el punzante

aguijón de los remordimientos. La idea que su resolución pudiese

ser atribuida al miedo, le afligió un momento; pero se consoló bien

pronto, pensando que aquella injusta opinión sería un castigo para él,

y un medio de expiación. Así, á los treinta años se vistió el hábito

de capuchino; y debiendo, según el uso, dejar su nombre para tomar

otro, escogió uno que le recordase á todas horas la falta que tenía de

expiar, y se puso por nombre Cristóbal.

Apenas la ceremonia de la toma de hábito se hubo concluido, cuando el

guardián le intimó la orden de ir á hacer su noviciado á *** distante

sesenta millas, y que partiese al otro día por la mañana. El novicio

se inclinó profundamente y pidió gracia. “Permitidme, padre, dijo, que

antes de partir de esta población, en donde he derramado la sangre de

un hombre, donde dejo una familia cruelmente ofendida, que repare al

menos su afrenta, que muestre mi pesar de no poder resarcir el daño,

pidiendo perdón al hermano del muerto, y acallarle, si Dios bendice mi

intención, el rencor de su alma”. Al guardián le pareció que semejante

paso, además de ser bueno en sí, serviría siempre para reconciliar más

á la familia con el convento, y en su consecuencia se dirigió ansioso á

la casa del señor hermano para exponerle la súplica de Fr. Cristóbal. Á

una proposición tan inesperada, aquél sintió, á la par que admiración,

un arrebato de cólera, pero no sin alguna complacencia. Después de

haber reflexionado un instante, “que venga mañana”, dijo, y señaló la

hora. El guardián volvió á llevar al novicio tan deseado consentimiento.

El noble pensó de pronto que cuanto más solemne y ruidosa fuese aquella

satisfacción, tanto más se aumentaría su crédito para con su familia

y para con el público, y sería una bella página en la historia de

la misma. Hizo saber apresuradamente á todos los parientes, que al

día siguiente, á la hora de medio día, se sirviesen ir á su casa á

recibir una satisfacción común. Á la citada hora, el palacio bullía

en señores de todas edades y sexos; aquello era un torbellino: la

mezcla de grandes capas, de altas plumas, de pendientes _durlindanas_,

el ondulante movimiento de las almidonadas y rizadas gorgueras, y

el confuso roce de las adamascadas togas. Las antecámaras, el patio

y la calle hormigueaban de criados, pajes, _bravos_ y curiosos. Al

ver Fr. Cristóbal aquel aparato, adivinó el motivo y experimentó una

ligera turbación; mas después de breves instantes, se dijo: “Está bien

hecho, yo lo he matado en público á presencia de un gran número de sus

enemigos; aquél fué el escándalo, ésta es la reparación”. Así, con los

ojos bajos, con el padre compañero al lado, pasó la puerta de la casa,

atravesó el patio entre una multitud que le miraba con una curiosidad

poco respetuosa, subió la escalera, y en medio de otra muchedumbre de

señores que se formaban en ala á su paso, seguido de cien miradas,

llegó á presencia del amo de la casa, el cual, rodeado de los parientes

más próximos, permanecía de pie en medio de la estancia, con la mirada

fija en el pavimento y la barba levantada, empuñando con la mano

izquierda el pomo de la espada, y apretando con la derecha la valona de

la capa sobre el pecho.

Hay á veces en el rostro y el continente de un hombre, una expresión

tan significativa, que aunque se encuentre en medio de una numerosa

multitud de espectadores, todos ellos formarán el mismo juicio sobre

los sentimientos que le animan. El semblante y el ademán de Fr.

Cristóbal decían claramente á los asistentes, que no se había hecho

fraile ni iba á sufrir aquella humillación por humano temor; y esto

empezó á reconciliarlo con todos los ánimos. Cuando vió al ofendido

aceleró el paso, se hincó de rodillas á sus pies, cruzó las manos sobre

el pecho, é inclinando su rapada cabeza, le dijo: “Yo soy el matador

de vuestro hermano. ¡Bien sabe Dios que quisiera restituíroslo á costa

de mi sangre! mas no pudiendo hacer otra cosa que dar ineficaces

y tardías excusas, os suplico que por amor de Dios las aceptéis”.

Todos los ojos estaban fijos sobre el novicio y sobre el personaje á

quien hablaba; todos los oídos estaban atentos. Cuando Fr. Cristóbal

calló, se alzó en el salón un murmullo de piedad y de respeto. El

gentilhombre, que permanecía en una actitud de complacencia forzada y

de cólera comprimida, se turbó con aquellas palabras; y volviéndose

al suplicante: “Alzad, dijo con voz alterada; la ofensa... el hecho,

verdaderamente... mas el hábito que lleváis... no sólo esto, sino aun

por vos... Alzaos, padre... Mi hermano... no lo puedo negar... era un

caballero... era un hombre... un poco impetuoso... un poco vivo. Pero

todo sucede por disposición de Dios. No se hable más de ello... Mas,

padre mío, no debéis permanecer en esta postura”. Y cogiéndolo por

el brazo lo levantó. Fr. Cristóbal, en pie, con la cabeza inclinada,

repuso: “¿Puedo yo esperar aún que me concedáis vuestro perdón? Y si lo

obtengo de vos, ¿de quién no debo esperarlo? ¡Oh, si yo pudiese oir de

vuestra boca la palabra _perdón_!”. “¿Perdón?, dijo el gentilhombre.

Vos no tenéis necesidad de él; mas sin embargo, ya que lo deseáis,

ciertamente, sí, yo os perdono de corazón, y todos...”.

--¡Todos, todos! gritaron á una voz los asistentes. El rostro del

fraile se iluminó con una alegría de agradecimiento, bajo la cual, sin

embargo, se traslucía aún una humilde y profunda compunción del mal que

la remisión de los hombres no podía reparar. El gentilhombre, vencido

por aquel aspecto, y trasportado por la conmoción general, le echó los

brazos al cuello, y le dió y recibió el beso de paz.

Un ¡bravo! ¡bien! resonó por todos los ángulos del salón; todos

abandonaron sus puestos, y se apresuraron á rodear al fraile. En el

ínterin se presentaron los criados con gran profusión de refrescos.

El gentilhombre se acercó á nuestro Cristóbal, el cual demostraba

quererse retirar y le dijo: “Padre, aceptad algún refrigerio, dadme

esta prueba de amistad”. Y se puso á servirle antes que á todos los

demás; mas Cristóbal retirándose con cierta cordial resistencia, dijo:

“Estas cosas no están hechas para mí; pero no seré yo quien rechace

jamás vuestros dones. Voy á ponerme en camino; dignaos hacerme traer

un pan, para que pueda decir que he disfrutado de vuestra caridad, que

he comido de vuestro pan, y he obtenido una señal de vuestro perdón”.

El noble, conmovido, ordenó que así se hiciera; y vino en seguida un

mayordomo, vestido de gran gala, trayendo un pan sobre una fuente de

plata; y se lo presentó al padre, el cual habiéndolo tomado, y dado

las gracias, lo metió en las alforjas. Después de pedir permiso, y de

haber abrazado de nuevo al señor de la casa, y á todos aquellos que

hallándose cerca de él pudieron aprovechar un momento, se libró de

semejante peso; tuvo que luchar en las antecámaras para deshacerse de

los criados, y aun de los bravos mismos, que le besaban el extremo

del hábito, el cordón y la capucha; y se encontró en la calle, llevado

como en triunfo, y acompañado de una multitud de pueblo, hasta una de

las puertas de la ciudad, por donde salió, empezando su pedestre viaje

hacia el lugar de su noviciado.

El hermano del muerto y la parentela que se habían aprestado á saborear

en aquel día el triste gozo del orgullo, se hallaron al contrario,

llenos de la dulce alegría del perdón y de la benevolencia. La reunión

se entretuvo aún algún tiempo, con una bondad y cordialidad insólitas,

en razonamientos, acerca de los cuales ninguno de ellos se había

preparado al ir allí. En lugar de las satisfacciones tomadas, de las

injurias vengadas, y de los empeños llevados á cabo, las alabanzas

del novicio, la reconciliación, la mansedumbre, fueron los temas de

la conversación. Alguno que por la quincuagésima vez habría contado

cómo el conde Muzio, su padre, había sabido en cierta famosa ocasión

hacer entrar en razón al marqués Estanislao, que era un fanfarrón como

todos saben, habló al contrario de la paciencia admirable de un tal Fr.

Simón, muerto hacía ya muchos años. Habiéndose retirado la reunión,

el señor, todo conmovido aún, reflexionaba en su interior, con la

mayor maravilla, todo lo que había oído, todo lo que él había dicho,

y murmuraba entre dientes: “¡Diablo de fraile, diablo de fraile!, ¡si

hubiese permanecido más de rodillas á mis pies, casi, casi le hubiera

pedido perdón de haber asesinado á mi hermano!”. Nuestra historia

hace notar expresamente, que desde aquel día, este señor fué menos

arrebatado y un poco más tratable.

El padre Cristóbal caminaba con un consuelo que no había experimentado

nunca, después de aquel terrible día, á cuya expiación debía consagrar

toda su vida. El silencio impuesto á los novicios, lo observaba sin

apercibirse de ello, absorto como estaba con la idea de las fatigas

y humillaciones que había sufrido para rescatar su falta. Habiendo

entrado á la hora de comer en la casa de un bienhechor, comió con una

especie de satisfacción del pan del perdón; mas guardó un pedazo, y

lo volvió á poner en la alforja para que le sirviese como de perpetuo

recuerdo.

No es nuestro designio el referir la historia de su vida claustral;

solamente diremos, que llenando siempre con gran voluntad y cuidado los

deberes que ordinariamente le estaban señalados de predicar y asistir

á los moribundos, no dejaba jamás escapar la ocasión de ejercitar

otros dos que se había impuesto á sí mismo, los cuales eran el de

conciliar todas las diferencias y proteger á los oprimidos. En estas

ideas entraban en cierto modo sus antiguos hábitos, y un resto de

aquel espíritu guerrero que las humillaciones y maceraciones no habían

podido del todo borrar. Su lenguaje era comúnmente humilde y reposado;

pero cuando se trataba de justicia ó de verdad combatida, se animaba

de súbito con su antigua impetuosidad, que secundada y modificada por

un énfasis solemne, originado por el uso de predicar, daba á dicho

lenguaje un carácter singular. Tanto su continente, como su aspecto,

anunciaban una larga guerra entre una índole fogosa, resentida, y una

voluntad opuesta, habitualmente victoriosa, siempre alerta y dirigida

por motivos é inspiraciones superiores. Un compañero y amigo suyo,

que lo conocía perfectamente, lo había comparado una vez á aquellas

palabras demasiado expresivas en su forma natural, que algunas

personas, aun bien educadas, pronuncian entrecortadas cuando la pasión

las precipita, cambiando algunas letras; palabras que bajo aquella

metamorfosis hacen sin embargo recordar su energía primitiva.

Si una pobre desconocida, en el triste caso de Lucía, hubiese pedido

la ayuda del padre Cristóbal, éste habría acudido inmediatamente; pero

tratándose de Lucía, acudió con tanta más solicitud, en cuanto conocía

y admiraba su inocencia. Había ya pensado en los peligros que corría,

y experimentaba una santa indignación por la torpe persecución de que

había llegado á ser objeto. Además de esto, habiéndola aconsejado para

menos mal, que no declarase nada y que estuviese tranquila, temía ahora

que dicho consejo pudiese haber producido algún triste resultado,

y á la solicitud caritativa, que era en él como innata, añadíase la

escrupulosa aflicción que con frecuencia atormenta á los buenos.

Mas entretanto que nosotros hemos referido la historia del padre

Cristóbal, éste llegó, y se detuvo en el umbral de la puerta. Las

mujeres, dejando las devanaderas que hacían rechinar dando vueltas, se

levantaron diciendo á la vez: “¡Hola, padre Cristóbal, bendito seáis!”.

NOTAS:

[3] Asteriscos, se llaman así las señales de imprenta que en forma de

estrellitas sirven para las citas, remisiones, &c.

CAPÍTULO QUINTO

Detúvose en el umbral el padre Cristóbal; y apenas hubo echado una

mirada á las mujeres, conoció que no eran falsos sus presentimientos.

Después, con aquel tono de interrogación que va en encuentro de una

triste respuesta, levantando la capucha con un ligero movimiento de

cabeza hacia atrás, dijo: “¿Y bien?”, Lucía contestó con un copioso

llanto. La madre empezaba á excusarse de haberse atrevido... pero el

fraile se adelantó; y habiéndose ido á sentar en un banquillo, cortó

los cumplimientos, diciendo á Lucía: “Calmaos, pobre niña. Y vos,

dijo en seguida á Inés, contadme lo que hay”. Mientras la pobre mujer

hacía lo mejor que podía su dolorosa relación, el fraile se ponía de

mil colores; y ora alzaba los ojos al cielo, ora golpeaba el suelo con

los pies. Terminada la historia, se cubrió el rostro con las manos,

y exclamó: “¡Oh, bendito Dios! ¿hasta cuándo?”... Mas sin concluir la

frase, volviéndose á las dos mujeres: “¡Infelices, dijo, Dios os ha

visitado! ¡Pobre Lucía!”.

--¡Padre, ¿no nos abandonaréis? dijo ésta sollozando.

--¡Abandonaros! replicó. ¿Y con qué cara podría yo pedir á Dios alguna

cosa para mí, después de haberos abandonado? ¡Vosotras en semejante

estado! ¡vosotras, que él me confía! No os desaniméis; él os asistirá,

él lo ve todo, él puede servirse todavía de un hombre inútil como yo,

para confundir un... Veamos, pensemos en lo que se puede hacer.

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 1 · 第 5 / 26 段