arrugando su colorada nariz y torciendo la boca; ¡y bien! ¿qué venís
á quebrarme la cabeza con esas patrañas? Id á referir tales cuentos
á gentes de vuestra calaña, ya que no sabéis medir las palabras; y
no venir á un hombre como yo que sabe todo lo que valen. Marchaos,
marchaos; no sabéis lo que decís: yo no me comprometo por chiquillos;
no quiero oir semejantes despropósitos y palabras vacías de sentido.
--Os juro.
--Marchaos, os digo; ¿qué queréis que yo haga de vuestros juramentos?
Yo no me mezclo en esas cosas, yo me lavo las manos; y se las
restregaba como si efectivamente se las estuviera lavando. Aprended á
hablar; no se viene á sorprender así á una persona de pundonor.
--Pero oídme, oídme, repetía en vano Renzo; el doctor gritando siempre,
le empujaba con ambas manos fuera de la habitación. Cuando lo hubo
echado abrió la puerta de par en par, llamó á la criada y la dijo:
“Volved pronto á este hombre lo que ha traído: yo no quiero nada, no
quiero nada”.
Aquella mujer, en todo el tiempo que hacía que estaba en la casa, no
había jamás cumplido una orden semejante; pero había sido proferida
con tal resolución, que no vaciló un instante en obedecerla. Tomó los
cuatro pobres animales, y se los dió á Renzo echándole una mirada de
desdeñosa compasión, que parecía querer decir: es preciso que hayáis
cometido una gran necedad. Renzo quería hacer algunos cumplimientos,
mas el doctor fué inexpugnable, y el joven más atónito y enfurecido que
nunca de tener que volver á tomar las víctimas rehusadas y volver al
pueblo á referir á sus señoras el buen éxito de su expedición.
Éstas, durante la ausencia de Renzo, después de haberse despojado
tristemente de sus vestidos de boda, cambiándolos con los de los
días de trabajo, se pusieron á consultar de nuevo, sollozando Lucía
y suspirando Inés. Cuando esta última hubo hablado bastante de los
grandes efectos que debían esperarse de los consejos del doctor, Lucía
dijo que era indispensable ver de buscar auxilios de todos modos; que
el padre Cristóbal era hombre, no sólo para dar consejos, sino también
para ponerlos en ejecución cuando se trataba de socorrer á los pobres,
y que sería muy conveniente el poderle hacer saber todo lo que había
sucedido. Seguramente, dijo Inés; y se pusieron á reflexionar en los
medios de que se valdrían, ya que no se sentían con valor aquel día
para ir al convento, distante de allí cerca de dos millas, y que
ciertamente ninguna persona sensata se lo hubiera aconsejado. Pero
mientras examinaban los partidos que se presentaban á su imaginación,
he aquí que oyeron un golpecito dado á la puerta, y en el mismo momento
un humilde pero distinto _Deo gratias_. Lucía, imaginándose quién podía
ser, corrió á abrir; y luego, habiendo hecho una pequeña inclinación
familiar, entró seguida de un capuchino fraile lego, con sus alforjas
pendientes en el hombro izquierdo, cuya abertura retorcida y estrecha
sujetaba con ambas manos sobre su pecho. ¡Oh, hermano Galdino! dijeron
las dos mujeres.
--El Señor sea con vosotras, dijo el fraile. Vengo en busca de las
nueces.
--Ve á buscar las nueces para el padre, dijo Inés.
Lucía se levantó y se encaminó á otra estancia; mas antes de entrar,
se paró detrás de Fr. Galdino, que permanecía de pie en la misma
postura, y llevando un dedo á su boca, dirigió á la madre una mirada,
en la cual se traslucía que le encargaba el secreto con ademán tierno y
suplicante, aunque también con cierta autoridad.
El mendicante, que se conservaba á bastante distancia de Inés,
mirando á esta al soslayo, dijo: “¿Y esa boda? Á la verdad que debía
verificarse hoy; he notado en el lugar una cierta confusión, como si
hubiese ocurrido alguna novedad. ¿Qué ha sucedido?”.
--El señor cura está enfermo, y ha sido preciso diferirla, repuso con
prontitud la mujer. Si Lucía no la hubiese hecho aquella señal, la
respuesta habría sido probablemente distinta. ¿Y cómo va de colecta?
añadió en seguida para variar de conversación.
--No muy bien, buena señora, no muy bien; aquí está toda. Y esto
diciendo, se quitó las alforjas del hombro, y las hizo saltar entre
sus dos manos. Aquí está toda, y para reunir esta gran abundancia, he
tenido que tocar á diez puertas.
--Pero el año es escaso, Fr. Galdino, y cuando tiene que haber medida
en el pan, no se puede alargar la mano en lo demás.
--Y para hacer volver el buen tiempo, ¿qué remedio hay, señora mía?
La limosna. ¿Tenéis noticia del milagro de las nueces, que tuvo lugar
hace ya muchos años en nuestro convento de la Romaña?
--No, en verdad; contádmelo.
--¡Oh! Pues debéis saber que en dicho convento había un padre, el
cual era un santo, y se llamaba el padre Macario. Un día de invierno,
pasando por una pequeña senda practicada en medio del campo de un
bienhechor nuestro, tan hombre de bien como el mismo padre Macario,
vió éste al citado bienhechor cerca de un gran nogal de su propiedad,
y á cuatro aldeanos que con el hacha levantada empezaban á excavar el
pie para poner las raíces al sol.--“¿Qué hacéis á este pobre árbol?
preguntó el padre Macario.--¡Ay padre! hay una porción de años que
no me quiere dar nueces; por lo tanto, yo hago leña de él.--Dejadlo
estar, dijo el padre: sabed que este año dará más nueces que hojas”.
El bienhechor, que conocía muy bien al que acababa de pronunciar las
anteriores palabras, ordenó prontamente á los trabajadores que echasen
de nuevo la tierra sobre las raíces, y habiendo llamado al padre, que
continuaba su camino,--“Padre Macario, le dice: la mitad de la cosecha
será para el convento”. Se esparció la voz de semejante pronóstico,
y todos corrían á ver el nogal. En efecto, llegada la primavera echó
flores con fuerza, y á su debido tiempo nueces, pero nueces en grande.
El honrado bienhechor no tuvo el consuelo de varearlo, porque antes de
la recolección fué á recibir el premio de su caridad. Mas el milagro
fué mucho mayor, según vais á oir. Aquel digno hombre había dejado un
hijo, cuyas cualidades eran bien diferentes de las suyas. Estando ya
en la época de la recolección, el hermano mendicante fué á recoger la
mitad que era debida al convento; pero el hijo, fingiendo la mayor
extrañeza, tuvo la temeridad de responder que jamás había oído decir
que los capuchinos supiesen hacer nueces. Ahora bien: ¿pues sabéis
lo que sucedió? Cierto día (atended bien á esto), el libertino había
invitado á varios de sus amigos de la misma calaña que él: y en
medio de la francachela que tenían, les contaba la historia de las
nueces, burlándose á su sabor de los frailes. Aquellos imprudentes
jovenzuelos tuvieron deseos de ir á ver una tan enorme porción de
nueces, y él los condujo al granero. Mas oíd bien: abre él la puerta,
se dirige al rincón en donde estaba colocado el gran montón, y mientras
dice mirad, mira él mismo, y ve... ¿qué es lo que ve? un bello montón
de hojas secas de nogal. ¿No fué esto un magnífico ejemplar? Y el
convento, en vez de perder con eso ganó mucho; porque después de tan
gran suceso, los donativos de las nueces rendían tanto y tanto, que
un bienhechor, movido á compasión hacia el hermano mendicante, tuvo
la caridad de regalar un asno al convento, con el objeto de ayudar
á dicho hermano á conducirlas al mismo. Además, se hacía con ellas
tanto aceite, que todos los pobres iban á buscar según sus necesidades;
porque nosotros somos como el mar, que recibe agua de todas partes para
volver á distribuirla luego á todos los ríos.
En esto volvió á aparecer Lucía con el delantal tan lleno de nueces,
que con trabajo podía soportar su peso, sosteniendo en alto ambos
extremos con los brazos extendidos y separados; mientras que el
hermano Galdino se quitaba de nuevo las alforjas del hombro, las hacía
descansar en el suelo, y ponía expedita la abertura para introducir
la abundante limosna. La madre miró á Lucía con semblante atónito y
severo á la vez por su prodigalidad; pero esta última le echó una
ojeada que quería significar, yo me justificaré. Fr. Galdino se
deshizo en elogios, promesas y favorables predicciones, manifestándose
sumamente agradecido; y volviendo á colocar las alforjas en su lugar,
iba á partir; mas Lucía, llamándole de nuevo le dice: “Quisiera que me
hicieseis un favor: desearía que dijeseis al padre Cristóbal que tengo
gran necesidad de hablarle, y que haga la caridad de venir á nuestra
humilde casa, pronto, pronto; porque á nosotras no nos es posible ir á
la iglesia”.
--¿No queréis otra cosa? No se pasará una hora sin que el padre
Cristóbal sepa vuestro deseo.
--Cuento con ello.
--No lo dudéis: y dicho esto se fué un poco más encorvado y más
contento de lo que había venido.
Al ver que una pobre muchacha mandaba llamar con tanta confianza al
padre Cristóbal y que el mendicante aceptaba la comisión sin maravilla
y sin dificultad, no se juzgue por esto que dicho padre Cristóbal fuese
un fraile adocenado, una persona despreciable; todo lo contrario, era
un hombre que ejercía mucha influencia entre los suyos y en todo el
contorno; pero era tal la condición de los capuchinos, que para ellos
nadie había ni demasiado bajo, ni demasiado elevado. Servir á la clase
ínfima y hacerse servir por los poderosos; entrar en los palacios y
en las chozas con el mismo continente de modestia y seguridad; ser
tal vez en una misma casa un objeto de pasatiempo, á la par que un
personaje sin el cual nada se decida; pedir limosna por todas partes y
hacerla á todos los que iban á pedirla al convento; á todo esto estaba
acostumbrado un capuchino. Viajando, podía igualmente tropezar con un
príncipe que le besase reverentemente la punta del cordón, ó con una
cuadrilla de pilluelos que fingiendo reñir entre sí le salpicasen de
barro la barba. La palabra _fraile_ era pronunciada en aquella época
con el mayor respeto y con el más amargo desprecio: y los capuchinos,
acaso más que los de ninguna otra orden, eran objeto de dos contrarios
sentimientos, y experimentaban las dos opuestas fortunas; porque no
poseyendo nada, revestidos de hábitos más extraños y distintos que de
ordinario, y haciendo más abierta profesión de humildad, se exponían
más de cerca á la veneración y al vilipendio que estas cosas pueden
inspirar á los hombres, según la diversidad de su carácter ó su modo de
pensar.
Habiendo partido Fr. Galdino, Inés exclamó: “¡Tantísimas nueces en un
año como éste!”.
--Mamá, perdonadme, respondió Lucía; mas si hubiésemos hecho una
limosna como las de costumbre, ¡Dios sabe cuántas vueltas hubiera
tenido que dar Fr. Galdino antes de llenar las alforjas; Dios sabe
cuándo habría vuelto al convento, y con los cuentecillos que hubiera
referido ó escuchado, Dios sabe si él se habría acordado!...
--Has pensado muy bien; y luego que toda caridad trae siempre buen
fruto, dijo Inés, la cual, á pesar de sus defectillos, era una
excelente mujer, y se hubiera, según vulgarmente se dice, arrojado al
fuego por su única hija en quien tenía puesto todo su cariño.
En esto llegó Renzo, y entrando con semblante mortificado á la par
que de despecho, echó los capones sobre una mesa: ésta fué la última
vicisitud de aquellos pobres animales por aquel día.
--¡Qué hermoso consejo me habéis dado! dijo á Inés; ¡me habéis mandado
á casa de bellísimo sujeto, de uno que ayuda verdaderamente á los
infelices! Esto dicho, refirió su entrevista con el doctor. La mujer,
estupefacta de tan triste resultado, quería meterse á demostrar que
el consejo sin embargo era bueno, y que Renzo no debía haber sabido
expresarse; mas Lucía interrumpió esa cuestión, anunciando que esperaba
haber encontrado un auxilio mejor. Renzo acogió todavía esta esperanza,
como acontece á los que están en el mayor embarazo y aflicción.--Mas
si el padre, dijo él, no halla algún medio, yo le hallaré de un modo
ú de otro. Las mujeres le aconsejaron que tuviese prudencia, calma y
paciencia.--Mañana, dijo Lucía, vendrá seguramente el padre Cristóbal,
y veréis cómo encontrará algún remedio de aquellos que nosotros ni
siquiera podemos imaginar.
--Así lo espero, dijo Renzo; mas en todo caso sabré hacerme razón, ó
declarármela por otros. En este mundo, ésta es finalmente la justicia.
Con tan dolorosos discursos, y con tantas idas y venidas, según va
referido, se había pasado el día, y empezaba ya á oscurecer.
--Buenas noches, dijo tristemente Lucía á Renzo, el cual no sabía
resolverse á marchar.
--Buenas noches, respondió éste con más tristeza todavía.
--Algún santo nos ayudará, replicó Lucía; sed prudente y resignaos.
La madre añadió otros consejos del mismo género, y el novio se fué
con el corazón agitado, repitiendo siempre estas extrañas palabras:
“En este mundo, ésta es finalmente la justicia. ¡Tan cierto es que un
hombre abrumado por el dolor, no sabe siquiera lo que se dice!”.
CAPÍTULO CUARTO
El sol no había aparecido aún enteramente sobre el horizonte, cuando
el padre Cristóbal salió de su convento de Pescarenico para ir á la
casita donde era esperado. Es Pescarenico un lugarcillo asentado en
la orilla izquierda del Adda, ó por mejor decir, del lago, un poco
más abajo del puente; componen dicho lugarcillo un pequeño grupo de
cabañas, habitadas la mayor parte por pescadores, y adornadas acá
y allá de tresmallos y redes tendidas con el objeto de secarse. El
convento estaba situado (y el edificio subsiste todavía) en las afueras
del lugar, y la fachada caía en medio del camino que de Lecco conduce á
Bérgamo. El cielo se veía completamente despejado. Á medida que el sol
se elevaba detrás de las montañas, se veía su luz descender rápidamente
desde las cimas de los opuestos montes y esparcirse por las pendientes
y por los valles: un vientecillo de otoño, desprendiendo de las ramas
del moral las hojas secas, las hacía caer á algunos pasos distantes del
árbol; á derecha é izquierda en las viñas, sus rayos, aún oblicuos,
brillaban en los pámpanos enrojecidos con variadas tintas, y la tierra
recién labrada se destacaba oscura y se percibía distintamente entre
los campos cubiertos de rastrojo, blanquecino y brillante, á causa del
rocío. La escena era risueña; mas toda figura de hombre que en ella
aparecía, entristecía la vista y el pensamiento. Á cada instante se
encontraban andrajosos y macilentos mendigos envejecidos en el oficio
ó lanzados en aquel entonces por necesidad á tender la mano. Pasaban
silenciosos por el lado del padre Cristóbal, lo miraban con semblante
propio para excitar compasión, y bien que no tuviesen nada que esperar
de él, ya que un capuchino no tocaba jamás moneda, le hacían un saludo
de agradecimiento por la limosna que habían recibido ó que iban á
buscar al convento. El espectáculo de los labradores esparcidos por los
campos, tenía cierta cosa de más doloroso aún. Los unos iban echando
la simiente en pequeña cantidad, con economía, y como de mala gana,
como el que arriesga una cosa de la cual tiene mucha necesidad; los
otros manejaban el azadón con dificultad, y revolvían con disgusto
los terrones. La pequeña niña, pálida y descarnada, arrastrando al
pasto por medio de una pequeña cuerda á la escuálida vaca, cuyas
ubres se veían secas del todo, miraba atentamente y se bajaba á toda
prisa, á fin de recoger para que sirviese de alimento á su familia
algunas yerbas, con las cuales el hambre le había enseñado que los
hombres podían aún mantenerse. Tales objetos aumentaban á cada paso la
melancolía del padre, el cual caminaba ya con el triste pensamiento de
que iba á oir alguna desgracia.
Mas, ¿por qué se inquietaba tanto en favor de Lucía, y por qué al
primer aviso había andado con tanta solicitud como á una llamada del
padre provincial? ¿Quién era, pues, ese padre Cristóbal? Es necesario
satisfacer á todas estas preguntas. El padre Cristóbal de *** era un
hombre más próximo á los sesenta que á los cincuenta años. Su cabeza
afeitada, á excepción del cerquillo que la rodeaba, según el rito de
los capuchinos, se elevaba de tiempo en tiempo, con un movimiento que
dejaba traslucir un cierto no sé qué de altivo é inquieto, y de súbito
se bajaba por reflexión de humildad. La larga y blanca barba que cubría
sus mejillas y demás partes de la cara, hacía resaltar más todavía las
formas relevantes de la parte superior del rostro, á las cuales una
abstinencia ya de mucho tiempo habitual, había añadido más gravedad
á su expresión que había quitado. Sus ojos hundidos estaban casi
siempre inclinados al suelo; pero algunas veces despedían fulgores con
repentina vivacidad, á la manera que dos fogosos caballos conducidos
por la experta mano de un cochero, á la cual saben por experiencia
que no pueden vencer, y que sin embargo, dan de vez en cuando algunos
botes, que reprimen al momento con una buena sacudida del freno.
El padre Cristóbal no había sido siempre así, ni siempre se había
llamado Cristóbal: su nombre de pila era Ludovico. Era hijo de
un mercader de *** (estos asteriscos[3] provienen todos de la
circunspección de nuestro anónimo), que en sus últimos años, hallándose
bastante rico y con un solo hijo, había renunciado al tráfico, y se
había entregado á vivir como un noble.
En su nueva ociosidad empezó á sentir interiormente una gran vergüenza
por todo el tiempo que había gastado en hacer algo en este mundo.
Dominado por semejante capricho, estudiaba todas las maneras de hacer
olvidar á los demás que había sido mercader, y aun él mismo habría
querido olvidarlo. Mas la tienda, los fardos, los libros de cuentas y
la vara, se le presentaban siempre á la imaginación, como la sombra
de Banquo á Macbeth, aun en medio del fausto de los espléndidos
banquetes y de las sonrisas de los parásitos. Es difícil expresar el
cuidado que pondrían estos infelices para esquivar toda palabra que
pudiese parecer alusiva á la antigua condición del que los convidaba.
Un día, para citar no más que un ejemplo, un día, pues, ya al fin de
la comida, en los momentos de la más viva y cordial alegría, en los
cuales no se habría podido decir quiénes eran los que más gozaban, si
la compañía desocupando platos ó el amo de la casa haciéndolos servir;
éste daba una broma con un tono de superioridad amistosa á uno de sus
comensales, el más honrado comedor del mundo, el cual para corresponder
á la chanza sin la más mínima sombra de malicia y con el candor propio
de un tierno niño, repuso: “¡Bah!, yo hago oídos de mercader”. En el
instante de notar este mismo que semejante palabra había salido
de su boca, miró con semblante incierto al rostro del dueño, el cual
también se había oscurecido: el uno y el otro hubieran querido volver á
recobrar su primitivo reposo; mas no era posible. Los demás convidados
pensaban, cada uno de por sí, el modo de calmar aquel escándalo é
inventar alguna diversión; mas pensando callaban, y el silencio ponía
el escándalo más de manifiesto. Cada uno evitaba el encontrar sus ojos
con los de los otros; todos ellos sabían que cada uno estaba preocupado
con la idea que querían disimular. Lo que es la alegría, por aquel
día desapareció, y el imprudente, ó para hablar con más justicia el
desgraciado, no recibió ninguna otra invitación. Así, el padre de
Ludovico pasó los últimos años de su vida en continuas angustias,
temiendo siempre el ser escarnecido, y no reflexionando jamás que
el vender no es una cosa más ridícula que el comprar, y que aquella
profesión de la cual entonces se avergonzaba, habíala sin embargo
ejercido por espacio de tantos años públicamente y sin remordimientos.
Hizo educar el hijo noblemente, según las costumbres de la época y
tanto como se lo permitían las leyes y usos; dióle maestros de bellas
letras y de equitación, y murió dejándole rico y joven.
Ludovico había contraído todos los hábitos de caballero; y sus
aduladores, entre los cuales se había nutrido, le habían acostumbrado
á ser tratado con mucho respeto. Mas cuando quiso mezclarse con los
principales de su pueblo, encontró un orden de cosas bien diferente de
aquel á que estaba acostumbrado. Vió que para vivir en su compañía,
como hubiera deseado, le era indispensable hacer un nuevo estudio de
paciencia y sumisión, permanecer siempre humillado, y estar á cada
momento sufriendo con resignación. Semejante género de vida no estaba
acorde, ni con la educación, ni con el natural de Ludovico. Se alejó
de ellos despechado, aunque al mismo tiempo con pesar, porque le
parecía que verdaderamente habrían debido ser sus compañeros, sólo
que los hubiera querido más tratables. Con esta mezcla de rencor é
inclinación, no pudiendo acompañarlos familiarmente y queriendo, sin
embargo, parecerse en cierto modo, se había dado á competir con ellos
en lujo y magnificencia, captándose de este modo las enemistades, las
envidias y el ridículo. Su índole pacífica, á la par que violenta,
le había empeñado más de una vez en debates muy serios. Sentía un
horror espontáneo y sincero por los agravios é injurias, horror
vuelto más vivo en él por la cualidad de las personas que con más
frecuencia los cometían, que eran justamente aquellas con quienes más
aborrecimiento tenía. Para aquietar ó para concentrar todas estas
pasiones en una sola, tomaba voluntariamente el partido del débil
oprimido, se empeñaba en ser desfacedor de entuertos, se entrometía en
una querella, y se atraía encima otra nueva, de tal modo, que poco á
poco vino á constituirse el protector de los oprimidos y el vengador
de los agraviados. La empresa era grave, y no hay que preguntar si
el pobre Ludovico tendría enemigos, cuidados é inquietudes. Además
de esta guerra exterior, se veía después continuamente agitado por
combates interiores, porque para salir bien de una intriga (sin hablar
de aquellas en que quedaba debajo), debía emplear astucias y violencias
que su conciencia de ningún modo podía aprobar. Era preciso que
tuviese á su rededor un buen número de matones; y tanto por seguridad
propia, cuanto por tener un auxilio más vigoroso, debía escoger á los
más temerarios, esto es, á los más malvados, y vivir con los bribones
por causa de la justicia; tanto que, más de una vez, desanimado por el
mal éxito de una empresa, inquieto por un peligro inminente, fastidiado
de tener que estar continuamente en guardia, disgustado con la gente
que le acompañaba por necesidad, pensando en el porvenir, y que su
fortuna iba disminuyendo de día en día con las buenas obras y entre la
_bravería_, más de una vez le había venido á la imaginación el hacerse
fraile, porque en aquella época era el medio más común para salir de
apuros. Pero esto, que hubiera sido acaso no más que un pensamiento
toda su vida, se cambió en una firme resolución á causa de un
accidente, el más serio que hasta entonces le hubiese podido sobrevenir.