violentaban casi para que se dejara examinar de los pies á la cabeza:
ésta se esquivaba con la modestia algo tosca de las aldeanas, ocultando
su rostro con el brazo, inclinándolo sobre su seno, y frunciendo sus
pobladas y negras cejas, mientras que su boca se entreabría risueña.
Sus negros cabellos, que una blanca raya dividía sobre su frente, se
juntaban detrás de su cabeza formando ondulantes trenzas, atravesados
por largas agujas de plata que dibujaban un círculo á manera de los
rayos de una aureola; peinado que usan todavía las aldeanas del
Milanesado. Adornaba su garganta un collar de granate con botones de
oro afiligranado: cerraba su delicada cintura un corpiño de vistoso
brocado con mangas abiertas que preciosos lazos de cinta podían
cerrar; unas enaguas de seda labrada, adornada con varios y menudos
pliegues; medias encarnadas y chinelas bordadas. Éste era el adorno
especial del día de boda; pero Lucía ostentaba también el que le era
habitual: era éste una belleza modesta, realzada y aumentada entonces
por los diversos sentimientos que se pintaban en su rostro; una alegría
moderada por una ligera turbación, y aquella dulce inquietud que se
manifiesta de vez en cuando en el semblante de las novias, que sin
disminuir su hermosura las da un carácter particular. La pequeña
Bettina se abrió paso por entre las comadres que rodeaban á Lucía; se
acercó á ésta; la dió á entender con disimulo que tenía que comunicarle
cierta cosa, y la manifestó al oído el mensaje que traía. “Me voy un
momento, y vuelvo”, dijo Lucía á las amigas, y bajó precipitadamente.
Al ver el demudado semblante é inquieto ademán de Renzo,--¿qué ha
sucedido? dijo, no sin cierto presentimiento de terror.
--Lucía, respondió Renzo, por hoy todo ha fracasado; y, ¡Dios sabe
cuándo podremos ser marido y mujer!
--¿Qué decís? replicó Lucía llena de turbación. Renzo le contó
brevemente la historia de aquella mañana: ella escuchaba con angustia;
y cuando oyó el nombre de D. Rodrigo, ¡ah! exclamó, trémula y ruborosa:
¡Cómo, hasta ese punto ha llegado!
--Pues qué, ¿sabíais ya?... dijo Renzo.
--¡Demasiado! respondió Lucía; pero, ¡hasta ese punto!
--¿Qué es lo qué sabéis?
--No me hagáis hablar ahora; no me hagáis llorar. Corro á buscar á mi
madre y despedir á nuestras amigas: es necesario que quedemos solos.
Al ir á marcharse Lucía, Renzo murmuró: “¡Jamás me habéis dicho nada
acerca de esto!”.
--¡Ah, Renzo! repuso aquélla volviéndose un momento hacia él, pero sin
detenerse. Renzo comprendió perfectamente que su nombre, pronunciado
por Lucía en aquel instante, con aquel tono, quería decir: ¿Podéis
dudar que yo haya callado sin tener motivos justos y puros para ello?
Entretanto la buena Inés (así se llamaba la madre de Lucía), habiendo
entrado en sospechas y curiosidad por las palabras que Bettina dijo al
oído de su hija, y la desaparición instantánea de ésta, había bajado
á ver lo que ocurría. Lucía la dejó con Renzo, y se dirigió adonde
estaban sus compañeras, y componiendo como mejor pudo su aspecto y su
voz, dijo: “El señor cura está enfermo, por lo que nada se hará hoy”;
dicho esto, las saludó apresuradamente, y volvió á bajar.
Las convidadas se dispersaron y fueron á contar lo sucedido: dos ó
tres se dirigieron á casa del cura, para cerciorarse si éste realmente
estaba enfermo.--Tiene un gran calenturón, respondió Perpetua, desde
la ventana; y la triste noticia, pasando de unas á otras, destruyó las
conjeturas que germinaban en sus cabezas, y que ya habían empezado á
propagar con aire misterioso.
NOTAS:
[2] Nada es más amargo y cruel que el momento de despertar cuando
sucede después de haber sufrido una pena que aún no hemos podido
calmar. El espíritu, apenas vuelto en sí quiere anudar el curso de
las ideas de su tranquila vida anterior; pero la conciencia del nuevo
estado de cosas ahuyenta éstas, nos presenta otras, y esto cambia la
pena en más cruel.
CAPÍTULO TERCERO
Lucía entró en la sala baja, en donde mientras tanto Renzo, mortalmente
afligido, estaba informando á Inés de todo lo ocurrido, la cual lo
escuchaba con la mayor inquietud. Ambos se volvieron, á mirar á la que
estaba mejor informada que ellos, y de quien esperaban una aclaración
que no podía dejar de ser sumamente dolorosa. Los dos dejaban entrever
en medio de su pesadumbre y con el distinto cariño que cada uno
profesaba á Lucía, cierta incomodidad por haberles callado ésta tales
y tales cosas. Inés, aunque ansiosa de oir hablar á su hija, no pudo
menos de echárselo en cara: “¡No decir nada á tu madre de semejante
cosa!”.
--Ahora os lo diré todo, respondió Lucía, enjugándose los ojos con su
delantal.
--¡Habla, habla! ¡Hablad, hablad!, gritaron á la vez la madre y el
novio.
--¡Virgen Santísima!, exclamó Lucía. ¡Quién hubiera creído que las
cosas podían llegar á semejante extremo! En seguida, con la voz
entrecortada por los sollozos, contó cómo pocos días antes, cuando
volvía del trabajo, se había quedado detrás de sus compañeras, y pasó
por delante de ella D. Rodrigo, en compañía de otro señor; que aquél
se había acercado á prodigarla una multitud de requiebros (según decía
Lucía) de muy mal género; pero ésta, sin prestarle atención, había
apretado el paso y reunídose con sus citadas compañeras; que entretanto
había oído al otro señor reir estrepitosamente, y á D. Rodrigo decir:
“Apostemos”. Al día siguiente los había vuelto á encontrar; pero Lucía
iba con los ojos bajos en medio de sus compañeras. El amigo de D.
Rodrigo se mofaba, y éste decía: “Lo veremos, lo veremos”. Gracias al
cielo, continuó Lucía, aquel día era el último en que se hilaba la
seda. Yo lo conté en seguida...
--¿Á quién se lo has contado?, preguntó Inés, interrumpiéndola, no
sin manifestarse un tanto enojada al tratar de saber el nombre del
preferido confidente.
--Al padre Cristóbal bajo confesión, mamá, respondió Lucía con dulce
acento de disculpa. Se lo referí todo la última vez que fuimos juntas á
la iglesia del convento; y si queréis recordar aquella mañana, yo no
dejaba de hacer, ya una cosa, ya otra, para ganar tiempo, tanto para
que pasasen otras gentes del país que hiciesen el mismo camino é ir en
su compañía, cuanto porque después de aquel encuentro, las calles me
causan un miedo tan grande...
Al respetable nombre del padre Cristóbal, el enojo de Inés se apaciguó:
“Has hecho bien, dijo; mas ¿por qué no confiárselo también á tu madre?”.
Lucía había tenido dos justas razones: la una, el no afligir y asustar
á la pobre mujer con un asunto al cual ella no hubiera podido hallar
remedio; la otra, no correr el riesgo de ver pasar de boca en boca
una historia que deseaba sepultar en su interior para siempre, tanto
más, cuanto que esperaba que su casamiento pondría término desde luego
á aquella abominable persecución. Sin embargo, de las dos razones
citadas, no alegó más que la primera.
--Y á vos, dijo en seguida, volviéndose á Renzo, con aquel tono que
quiere hacer reconocer á un amigo que ha obrado mal: “¿Debía yo también
hablaros de esto? ¡Demasiado lo sabéis ahora!”.
--¿Y qué te ha dicho el padre?, preguntó Inés.
--Me ha dicho que tratase de apresurar la boda todo lo posible, y
que mientras, me estuviese encerrada; que rogase fervientemente al
Señor, esperando que aquel hombre, no viéndome, no se acordaría más
de mí. Entonces fué cuando yo me violenté, prosiguió, volviéndose de
nuevo á Renzo, pero sin atreverse á levantar los ojos, y en extremo
ruborizada; entonces fué cuando con la mayor impudencia os supliqué
que apresuraseis nuestro casamiento y lo concluyeseis antes del tiempo
prefijado. ¡Qué concepto habréis formado de mí! Mas yo lo hacía con
la mejor intención, y porque me lo habían aconsejado, y lo tenía por
cierto!... Esta mañana estaba tan lejos de pensar... Aquí sus palabras
fueron ahogadas por un copioso raudal de lágrimas.
--¡Ah malvado! ¡Ah maldito asesino!, gritaba Renzo, recorriendo la
estancia de un lado á otro, y apretando el mango de su cuchillo.
--¡Oh qué maquinación, santo Dios!, exclamaba Inés.
El mancebo se paró de improviso delante de Lucía, que estaba anegada
en llanto, la miró con cierto aire de ternura mezclada de rabia, y la
dijo: Ésta es la última que hace ese asesino.
--¡Ah, no Renzo, por el amor de Dios!, gritó Lucía. ¡No, no, por el
amor de Dios! El señor protege á los desgraciados; ¿y cómo queréis que
él nos ayude si obramos mal?
--¡No, no, por el amor del cielo!, repetía Inés.
--Renzo, dijo Lucía con aire de confianza y resolución más tranquila:
vos tenéis un oficio, y yo sé trabajar; vámonos tan lejos, que ese
hombre no oiga hablar jamás de nosotros.
--¡Ah, Lucía! ¿Y luego? ¡No somos aún marido y mujer! ¿El cura querrá
dar fe de nuestro estado? ¿un hombre como él? Si estuviéramos casados,
¡oh! entonces...
Lucía echó de nuevo á llorar: los tres quedaron en silencio y en un
abatimiento que formaba un triste contraste con la pompa festiva de sus
vestidos.
--Escuchadme, hijos míos; prestadme atención, dijo Inés después de un
breve rato. Yo he venido al mundo primeramente que vosotros, y por
lo tanto le conozco un poco. No es necesario, pues, alarmarse tanto;
no es tan fiero el león como lo pintan, á nosotros los pobres, las
madejas nos parecen siempre mas enredadas, porque no sabemos encontrar
el cabo; mas á veces un aviso, la más pequeña palabra de un hombre
que ha estudiado... yo bien sé lo que quiero decir. Hacedlo á mi
modo, Renzo: id á Lecco, y allí buscad al doctor Azzecca Garbugli, y
referidle... pero por Dios no le llaméis así; es un apodo: es preciso
decirle el señor doctor... ¿Cómo, pues, se llama?... ¡Ah, vaya!... No
sé su verdadero nombre: todo el mundo lo llama de ese modo. Bastará que
preguntéis por un doctor alto, enjuto, calvo, con la nariz colorada y
un antojo de frambuesa en la mejilla.
--Lo conozco de vista, dijo Renzo.
--Bien, continuó Inés; él es un grande hombre. Yo he visto á más de
uno, que estaba más embarazado que un polluelo dentro de la estopa, no
sabiendo hacia qué lado volverse, y después de haberse avistado con
el doctor Azzecca-Garbugli (tened cuidado de no llamarle así); lo he
visto, repito, no hacer otra cosa más que reírse. Tomad aquellos cuatro
capones, ¡pobrecitos!, á los cuales debía yo retorcer el pescuezo
para el banquete del domingo, y llevádselos; porque nunca es bueno ir
con las manos vacías á las casas de esos señores. Contadle todo lo
ocurrido, y veréis cómo él os dirá de buen grado lo que nosotros no
hubiéramos calculado, ni se nos habría ocurrido, en un año.
Renzo estimó mucho aquel parecer; Lucía lo aprobó: é Inés, orgullosa
de haberlo dado, cogió del gallinero uno á uno á los pobres animales,
reunió sus ocho patas, como si hiciese un ramillete de flores, las
envolvió y ató con un bramante, y los puso en la mano de Renzo, el
cual, después de haber dado y recibido palabras de esperanza, salió por
la parte del jardín con el objeto de no ser visto de los muchachos,
que hubieran corrido tras él, gritando: “¡el novio, el novio!”. Se
lanzó á través de los campos y veredas, lleno de cólera, pensando en
su desgracia, y meditando en la conversación que iba á tener con el
Dr. Azzecca-Garbugli. Dejo á la consideración del lector, cuán poco
tranquilo hubo de ser el camino para aquellos pobres animales, de
tal modo atados y cogidos por las patas, boca abajo, en las manos de
un hombre que, agitado de tantas pasiones, acompañaba con el gesto
los pensamientos que pasaban tumultuosamente por su imaginación. Ora
extendía el brazo, dominado por la cólera; ora lo levantaba por la
desesperación; ora lo sacudía en el aire como por amenaza, y hacía
saltar aquellas cuatro cabezas suspendidas, las cuales, entre tanto, se
entretenían en picarse mutuamente, según sucede con frecuencia entre
tales compañeros de infortunio.
Habiendo llegado al pueblo, preguntó por la morada del doctor; fuéle
indicada, y se dirigió á ella. Al entrar se sintió sobrecogido de
aquella timidez que la gente del pueblo poco instruida experimenta en
presencia de un señor y de un sabio. Olvidó todos los discursos que
llevaba preparados de antemano; pero dió una ojeada á los capones y se
serenó. Entró en la cocina y preguntó á la criada si se podía hablar
al señor doctor: ella atisbó los animales, y como estaba acostumbrada
á semejantes regalos, les echó la mano encima, aunque Renzo se hacía
para atrás, porque quería que el doctor viera y supiese que le llevaba
algo. Éste llegó en el momento mismo en que la sirvienta decía: “Traed
y pasad adelante”.
Renzo hizo una grande reverencia; el doctor lo acogió bondadosamente
con un “venid, hijo mío”, y lo hizo entrar consigo en su despacho.
Era una pequeña estancia, en la cual en tres de sus paredes se veían
colocados los retratos de los doce césares; la cuarta estaba cubierta
con un enorme estante lleno de libros viejos y empolvados, en el centro
una mesa atestada de alegaciones, súplicas, folletos, ordenanzas, con
tres ó cuatros sitiales alrededor, y en un lado un sillón de brazos,
de alto y cuadrado respaldo, terminado en los ángulos por dos adornos
de madera, que se prolongaban en forma de cuernos, cubierto de vaqueta
salpicada de gruesas tachuelas, algunas de las cuales, caídas ya desde
largo tiempo, la dejaban en completa libertad para que se arrollase por
todas partes. El doctor vestía el traje que se usaba en los tribunales;
esto es, una toga muy raída que ya le había servido muchos años atrás
para perorar en los días solemnes, cuando iba á Milán á defender alguna
causa de importancia. Cerró la puerta, y animó al mancebo con estas
palabras: “Hijo mío, referidme vuestro negocio”.
--Quisiera deciros una cosa en confianza.
--Ya os escucho, respondió el doctor, hablad. Y se acomodó en su
sillón. Renzo, de pie delante de la mesa, puesta una mano en la copa
del sombrero, y con la otra haciéndole dar vueltas, replicó: Yo
quisiera saber de vos, caballero, que habéis estudiado...
--Contadme el hecho tal cual es, interrumpióle el doctor.
--Es indispensable que me disculpéis; nosotros los pobres no sabemos
hablar bien. Yo quisiera, pues, saber...
--¡Benditas gentes! todos sois lo mismo; en vez de referir el hecho,
queréis interrogar, porque ya tenéis en la imaginación vuestro designio.
--Disculpadme, señor doctor. Querría saber si uno puede ser castigado
por amenazar á un cura que rehúsa el verificar un casamiento.
--Ya entiendo, dijo el doctor: en verdad, nada había comprendido; ya
entiendo. Y de pronto se puso serio, pero con una seriedad mezclada
de compasión é interés: apretó fuertemente los labios, dejando oir
un sonido inarticulado, expresión de un sentimiento que demostró más
claramente por sus primeras palabras: “Éste es un caso grave, hijo
mío; un caso previsto. Habéis hecho bien en venir á mí; es un caso muy
claro, y previsto en cien ordenanzas, y... á propósito, en una del año
último del señor gobernador actual; ahora os la haré ver y tocar con
vuestra propia mano”.
Así diciendo, se levantó del sillón, y sepultó las manos en aquel caos
de papelotes, revolviéndolos de arriba abajo, como si echase grano en
una medida.
--¿Dónde está, pues? ¡Sal, sal! Ya se ve, tiene uno tantas cosas en qué
pensar. Pero seguramente debe estar allí, porque es una ordenanza muy
importante. ¡Ah! ¡Hela aquí, hela aquí! La tomó, abrió y miró la fecha;
y habiéndose puesto aún más serio, exclamó: “Del 15 de octubre de 1627:
ciertamente, es del año pasado; ordenanza reciente; son las que dan más
que hacer. Hijo mío, ¿sabéis leer?”.
--Un poquito, señor doctor.
--Bien, acercaos: seguid con la vista, y veréis.
Y teniendo en el aire la ordenanza desplegada, empezó á leer,
mascullando precipitadamente en algunos pasajes, y apoyándose
distintamente y con grande expresión en otros, según la necesidad.
_Si bien por el bando publicado de orden del señor duque de Feria, en
14 de diciembre de 1620, y confirmada por el Illmo. y Exmo. Sr. D.
Gonzalo Fernández de Córdoba, &c... se haya prevenido con rigorosos
y ejemplares castigos las vejaciones, exacciones y actos tiránicos
que algunos osan cometer contra los muy fieles vasallos de S. M.;
los excesos de toda especie han llegado á ser tan frecuentes, y la
malicia... &c... ha crecido hasta tal punto, que S. E. se ha visto
obligado... &c... Por lo cual, de acuerdo con el senado y una junta...
ha resuelto que se publique el presente bando._
_Y empezando por los actos vejatorios, la experiencia ha demostrado
que muchos individuos, tanto en las ciudades como fuera de ellas_...
¿comprendéis? _de este estado tiranizan con exacciones, y oprimen de
varios modos á los más débiles, obligándoles á que hagan contratos
forzosos de compras, arrendamientos... &c._... ¿Dónde voy? ¡Ah! Helo
aquí: escuchad: _Que se hagan ó no los matrimonios_: ¡eh! ¿qué tal?
--Éste es mi caso, dijo Renzo.
--Atended, atended además este otro; y después veremos la pena que les
impone. _Que haya ó no testigos; que el uno abandone el lugar donde
habita... &c... que el otro pague una deuda; que aquél no lo moleste,
y que vaya á su molino_: todo esto no tiene nada que ver con nosotros.
¡Ah! aquí está: _Que el sacerdote que no haga lo que tiene obligación
de hacer por razón de su ministerio, ó se mezcle en cosas que no le
pertenezcan_... ¿eh?
--Parece que hayan hecho el bando expresamente para mí.
--¡Eh! ¿No es verdad? Oíd, oíd: _y otras semejantes violencias,
ejecutadas, ya sea por los feudatarios, nobles, de la clase media,
villanos y plebeyos_. Nadie escapa; todos están comprendidos, lo mismo
que lo estarán en el valle de Josafat. Escuchad ahora la pena: _Todas
estas y otras semejantes malas acciones, aunque están prohibidas; sin
embargo, conviniendo usar de mayor rigor, S. E. por el presente, no
derogando, &c... ordena y manda que el que contraviniere á cualquiera
de los citados_: _artículos ú otros equivalentes, se proceda por todos
los jueces ordinarios de este Estado, imponiéndole penas pecuniarias
y corporales, así como el destierro y galeras, y aun hasta la pena
capital_... ¡Es una friolera! _al arbitrio de S. E. ó del senado,
según la cualidad de los casos, personas y circunstancias; y esto
ir-re-mi-si-ble-men-te y con todo rigor, &c._... ¡Eh! ¿qué tal? ¿Es
esto un grano de anís? Y mirad aquí las firmas: _Gonzalo Fernández de
Córdoba_: y más abajo, _Platonus_: y además aquí, _Vidit Ferrer_: no
falta ningún requisito.
Mientras leía el doctor, Renzo lo seguía lentamente con la vista,
tratando de profundizar el verdadero sentido, ver por sí mismo aquellas
benévolas y santas palabras que, según él, debían ser su amparo; el
doctor se maravillaba de ver á su cliente más atento que aterrado. Debe
estar inscrito en la asociación de los bravos, decía para sí.--¡Ah,
ah! dijo en seguida: vos os habéis hecho sin embargo, cortar el tupé:
habéis sido prudente; pero queriendo poneros en mis manos, no era
necesario. El caso es serio; mas vos no sabéis de todo lo que soy capaz
en ciertas ocasiones.
Para comprender el sentido de esta salida del doctor, es preciso
saber ó acordarse de que en aquel tiempo los bravos de profesión y
los malvados de todas clases acostumbraban llevar un largo tupé, que
se echaban luego á la cara como una visera en el momento de atacar á
alguno, en el caso de que no quisiesen ser conocidos, y la empresa
fuese de aquéllas que requieren fuerza y al propio tiempo prudencia.
Las ordenanzas tampoco habían guardado silencio sobre este punto. _S.
E._ (el marqués de la Hinojosa) _ordena: Que cualquiera que lleve
los cabellos de tal longitud, que cubran la frente hasta las cejas
inclusive, ó la red hasta las orejas, ó que pase de ellas, incurrirá
en una multa de trescientos escudos; y en caso de insolvencia, de tres
años á galeras por la primera vez; y por la segunda, á más de la pena
mencionada á una aún mayor pecuniaria y corporal al arbitrio de S. E._
_Sin embargo, se permite al que con motivo de ser calvo, ó por otra
razonable causa, como por señal ó herida, pueda, para su mayor
decoro y salud llevar los cabellos tan largos como sea preciso para
cubrir semejantes defectos, y nada más, con el bien entendido que no
se excedan un ápice de lo estrictamente preciso, y de lo que está
prevenido, so pena de incurrir en el castigo impuesto á los demás
contraventores._
_Igualmente manda á los barberos, bajo la multa de cien escudos, ó
de tres carreras de azotes dados en la plaza pública, y aun mayor
pena corporal, siempre al arbitrio de S. E., que no dejen á aquellos
á quienes corten el pelo ninguna clase de trenzas, tupés, rizos ni
cabellos más largos que lo de ordinario, así en la frente como á los
lados, ni más bajo de las orejas, teniendo cuidado que estén todos
iguales, exceptuando los calvos y otros defectuosos, según va dicho
anteriormente._
El tupé era, pues, casi como una parte de la armadura y un distintivo
de los matones y gentes de mal vivir; y de ahí el origen de
llamárseles _ciuffo_. Esta palabra ha quedado y subsiste todavía en
la significación más reducida en el dialecto; y acaso no habrá ningún
milanés que no se acuerde de haber oído decir en su niñez, bien á sus
padres ó al maestro, ya á algún amigo de la casa, ó por último á algún
criado: es un _ciuffo_, un pequeño _ciuffo_.
--En verdad, yo, pobre muchacho, repuso Renzo, puedo jurar que jamás he
llevado tupé.
--Nada hacemos, replicó el doctor, meneando la cabeza con una sonrisa
entre maliciosa é impaciente. Si no tenéis confianza en mí, nada
hacemos. Mirad, hijo mío: el que no dice la verdad al doctor es un
imbécil, que la dirá al juez. Es preciso que al abogado se le cuenten
las cosas como son en sí; á nosotros toca después el embrollarlas.
Si queréis que yo os ayude, es absolutamente indispensable que me lo
digáis todo, desde el principio hasta el fin, como si dijéramos, con el
corazón en la mano, del mismo modo que al confesor. Debéis nombrarme
la persona de la cual habéis recibido el mandato: naturalmente será
de importancia; y en este caso me personaré con él, y haré lo que
deba hacerse. No le diré: mirad que yo sé que habéis mandado tal cosa;
decidme si es cierto. Le manifestaré que voy á implorar su protección á
favor de un infeliz mancebo calumniado, y tomaré con él las oportunas
medidas para concluir el negocio honrosamente. Tened entendido que
salvándose él, os salvará á vos también. Mas si esta pequeña travesura
fuese exclusivamente vuestra, ¡bah! no me vuelvo atrás; de otros
peores embrollos he salido bien... Porque entendámonos: con tal de
que no hayáis ofendido á ninguna persona de categoría, me empeño
en sacaros del atolladero, mediante un pequeño gasto; es necesario
que nos entendamos bien. En primer lugar debéis decirme quién es el
ofendido, y cómo se llama; en segundo, la posición, cualidad y carácter
del protector, y entonces se verá si conviene tener á raya al que
ofende, amenazándole con el que protege, ó buscando de cualquier modo
el atacarle criminalmente; porque, mirad, para el que conoce y sabe
manejar bien las ordenanzas, ninguno es culpable; y tampoco ninguno es
inocente. Con respecto al cura, si es persona de juicio, él se estará
quieto; si fuese un mala cabeza, tengo yo un buen remedio para curarle.
Se puede salir bien de todas las intrigas, pero es preciso ser hombre
capaz para ello; y vuestro caso es serio, serio repito, y muy serio. La
ordenanza está clara; y si la cosa ha de decidirse entre la justicia y
vos, así, entre cuatro ojos, ya estáis fresco. Yo os hablo como amigo:
las travesuras es necesario pagarlas. Si queréis salir purificado, es
indispensable dinero y sinceridad, tener confianza en el que bien os
quiere, obedecer y seguir en un todo aquello que se os prescriba.
Mientras el doctor hablaba de aquel modo, Renzo, estático, lo estaba
mirando atentamente de la misma manera que un rústico contempla en
la plaza á un jugador de manos, que después de haber escondido en su
boca estopa y más estopa, empieza á sacar de ella cintas, cintas, y
más cintas, siendo cosa de nunca acabar. Sin embargo, cuando hubo
comprendido bien lo que el doctor quería decir, y en qué sentido tan
equivocado lo había tomado, le cortó la cinta en la boca, diciendo:
“¡Oh, señor doctor! ¿de qué modo lo habéis entendido? ello es
precisamente todo al revés. Yo no he amenazado á nadie; yo no hago
tales cosas: preguntad más bien á todo mi lugar, y veréis cómo se os
dirá, que yo jamás he tenido que hacer con la justicia. La bribonada ha
sido hecha á mí, y vengo á saber de vos qué es lo que he de hacer para
obtener justicia, estando muy satisfecho de haber visto esa ordenanza”.
--¡Diablo! exclamó el doctor, abriendo sobremanera los ojos. ¿Qué
galimatías me hacéis? Todos sois por el mismo estilo. ¿Es posible que
no sepáis jamás decir las cosas claras?
--Perdonad, vos no me habéis dado tiempo; ahora os lo contaré como
ello es en sí. Sabed, pues, que yo debía casarme hoy; y aquí la voz
de Renzo se conmovió: debía casarme con una joven con la cual llevaba
relaciones amorosas desde fines del verano, y hoy, como digo, era el
día fijado por el señor cura, y todo estaba dispuesto. Mas he aquí que
éste empieza á proponer ciertas excusas... Basta; por no ser molesto:
yo le he hecho hablar claro, como era justo, y me ha confesado que se
le había prohibido, bajo pena de la vida, el hacer este casamiento.
¡Ese _prepotente_ de D. Rodrigo!...