Se refiere que el príncipe de Condé durmió profundamente la noche antes

de la jornada de Rocroi; mas en primer lugar estaba muy fatigado, y en

segundo había dado ya todas las disposiciones necesarias y establecido

todo lo que debía hacerse al otro día. D. Abundio, por el contrario, no

sabía más que el día siguiente sería la batalla; así fué, que pasó la

noche en las más mortales angustias. No hacer caso de las intimaciones

y amenazas de aquellos malvados y verificar el matrimonio, era un

partido que ni aún siquiera quería poner en deliberación. Confiar á

Renzo lo ocurrido y buscar con él algún medio... ¡Dios lo libre! “Que

no se os escape una sola palabra... pues de lo contrario... _¡hem!_”

había dicho uno de los bravos; y al sentir D. Abundio resonar en su

mente aquel terrible _hem_, en lugar de pensar infringir semejante

orden, se arrepentía de habérsela declarado á Perpetua. ¿Sería mejor

huir? pero ¿adónde? Y luego ¡cuántos obstáculos, qué de cuentas que

rendir! Á cada partido que rechazaba el infeliz daba una vuelta en

el lecho. Lo que bajo de todos conceptos le pareció mejor ó menos

malo, fué el ganar tiempo entreteniendo á Renzo con buenas palabras.

Justamente, recordó que faltaban pocos días para el tiempo en que

estaba prohibido el casarse. “Si puedo entretener á ese muchacho unos

cuantos días, tengo dos meses de respiro; y en dos meses de respiro,

pueden suceder tantas cosas”. Examinó detenidamente pretextos, para

que le sirvieran mejor á sus miras; y aunque cuantos se le ocurrieron

le parecían algo superficiales, se tranquilizaba con la idea de que su

carácter sagrado los haría parecer de mayor peso, y que su experiencia

le daría una gran ventaja sobre un joven novicio. “Veremos, se decía;

él piensa en su amada, pero yo pienso en mi pellejo; el más interesado

soy yo como el que más aventura. Querido mío, si no puedo apagar la

llama que te abrasa, tampoco quiero ser tu víctima”. Fortalecido su

ánimo con esta determinación, pudo al cabo dormir un poco; pero ¡cuán

agitado fué su sueño! Su mente no cesó de ver bravos, D. Rodrigo,

Renzo, violencias, raptos, fugas, persecuciones, gritos, arcabuzazos[2].

Una vez pasado este doloroso instante, D. Abundio recapituló

prontamente sus designios de la noche, se conformó en ellos, los ordenó

del mejor modo posible, se levantó y se puso á esperar á Renzo con

temor, y al mismo tiempo con impaciencia.

Lorenzo, ó como todos le llamaban Renzo, no tardó mucho. Apenas llegó

la hora de poderse presentar sin indiscreción en la casa del cura, se

dirigió á ella lleno de la alegría atolondrada de un joven de veinte

años que debe casarse en aquel mismo día con la que adora. Huérfano

desde la infancia, Renzo era hilador de seda, oficio, por decirlo

así, hereditario en su familia, muy lucrativo en otro tiempo, y ya en

decadencia, pero no hasta el punto que un hábil operario no pudiese

ganar su vida honradamente con él. El trabajo iba disminuyendo de día

en día; mas la emigración continua de los obreros, atraídos á los

Estados vecinos por las promesas, privilegios y exorbitantes salarios,

contribuía á que no les faltase á los que permanecían en el país.

Además de esto, Renzo poseía un pequeña heredad que hacía cultivar y

cultivaba él mismo en las ocasiones que no estaba ocupado en el oficio;

de modo que su posición bien podía llamarse acomodada; y aunque aquel

año fuese peor que los pasados, y se empezase á experimentar una

verdadera carestía, sin embargo, nuestro joven, que desde que había

puesto los ojos en Lucía se había vuelto mas económico, se encontraba

bastante provisto y no tenía que luchar con la necesidad. Compareció

ante D. Abundio, vestido de gran gala, adornado el sombrero con plumas

de varios colores, con su puñal de hermoso mango, saliéndole del

bolsillo de los calzones, con cierto aire festivo y al mismo tiempo de

fiereza, peculiar entonces aun á los hombres más pacíficos. La acogida

misteriosa y embarazada de D. Abundio hacía un singular contraste con

las joviales y resueltas maneras del joven mancebo.

Alguna cosa tiene que ocupa su imaginación, pensó Renzo, y en seguida

dijo: “Sr. cura, vengo á saber á qué hora os conviene que nos hallemos

en la iglesia”.

--¿De qué día?

--¡Cómo de qué día! ¿No os acordáis que hoy es el señalado?

--¡Hoy! replicó D. Abundio, como si hubiese oído hablar de ello por

primera vez. Hoy... hoy... tened paciencia, pero hoy no puedo.

--¡Hoy no podéis! ¿Pues qué ha sucedido?

--En primer lugar, no me siento bien; mirad.

--Mucho me pesa; pero lo que tenéis que hacer es una cosa que requiere

tan poco tiempo y tan poca fatiga...

--Y después, y después, y después...

--¿Y después qué?

--¿Y después si hay embrollos?

--¡Embrollos! ¿qué embrollos puede haber?

--Sería necesario que os hallaseis en nuestro pellejo para conocer

cuántas dificultades surgen de esa clase de negocios, y qué de cuentas

se han de rendir. Yo soy muy blando de corazón; no pienso más que en

quitar obstáculos del medio, en facilitarlo todo, en hacer las cosas al

gusto de los demás; traspaso mi deber, y después me llenan de reproches.

--Pero, en nombre del cielo, no me tengáis en ascuas, y decidme claro y

neto lo que esto significa.

--¿Sabéis cuántas y cuántas formalidades se requieren para verificar un

matrimonio en regla?

--Por fuerza debo saber algo, dijo Renzo, empezando á alterarse; porque

bastante me habéis quebrado la cabeza estos últimos días con esos

asuntos. Pero ahora, ¿no está todo concluido ya? ¿no se ha hecho lo que

había de hacerse?

--Todo, todo... esto os parece á vos, porque... tened paciencia... el

animal soy yo, que olvido mi deber por no causar penas á los otros.

Pero, ahora... basta: yo me entiendo. Nosotros, pobres curas, estamos

entre la espada y la pared: sois impaciente, infeliz mancebo, os

compadezco; y mis superiores... no digo más; no todo se puede decir; y

sobre nosotros caen todas las molestias.

--Mas explicadme de una vez de lo que se trata, y cuál es la formalidad

que queda por llenar, según vos decís; pues se hará al momento.

--¿Sabéis cuántos son los impedimentos dirimentes?

--¿Qué queréis que yo entienda de impedimentos?

--_Error, conditio, votum, cognatio, crimen.

Cultus, disparitas, vis, ordo, ligamen, honestas.

Si sis affinis_...

iba diciendo D. Abundio, enumerando con las yemas de los dedos.

--¿Os burláis de mí?, interrumpió el joven; ¿qué queréis que yo haga de

vuestros latinajos?

--Pues si ignoráis las cosas, tened paciencia, y remitíos á quien las

sabe.

--¡Finalmente!...

--Vamos, querido Renzo, no os incomodéis, pues estoy dispuesto á

hacer... todo lo que dependa de mí. Yo, querría veros contento, porque

os aprecio; yo... ¡ah! Cuando pienso que os iba tan bien... de soltero.

¿Qué os falta?... Ya se ve; os han entrado de pronto las ganas de

casaros...

--¿Qué discursos son éstos, señor mío?, replicó Renzo con aire entre

admirado y colérico.

--Hablo por hablar; tened paciencia; quisiera veros satisfecho.

--En suma....

--En suma, querido hijo: yo de esto no tengo la culpa: las leyes no

las he hecho yo; y antes de celebrar un matrimonio, nos vemos al mismo

tiempo obligados á hacer muchas y muchas indagaciones para asegurarnos

que no hay impedimentos.

--Pero vamos; decidme de una vez, ¿qué impedimento ha sobrevenido?

--Cachaza; éstas no son cosas que puedan descifrarse así tan á la

ligera. Ello no será nada: á lo menos, así lo espero; pero no obstante,

dichas indagaciones estamos en el deber de hacerlas. El texto es claro

y terminante. _Antequam matrimonium denunciet..._

--Ya os he dicho que no entiendo de latines...

--Sin embargo, es necesario que os explique...

--Pero, ¿no habéis hecho ya las indagaciones?

--Os digo que no las he hecho todas como hubiera debido.

--¿Por qué no hacerlas á tiempo? ¿Por qué decirme que todo estaba

concluido? ¿Por qué aguardar?

--¡Ah! ¿Conque me echáis en cara mi demasiada bondad? ¡Yo que lo he

facilitado todo por serviros con más prontitud! Pero... pero sin

embargo, me han sucedido... Basta: esto se queda para mí.

--¿Y qué queréis que haga?

--Que tengáis paciencia por algunos días. Á más de que, hijo mío,

algunos días no son una eternidad. Tened paciencia.

--¿Y por cuánto tiempo?

Nos hemos salvado, pensó D. Abundio; y con el aire más cariñoso que

nunca: “Vaya, dijo: en quince días indagaré... procuraré...”.

--¡Quince días! ¿Qué es lo que dice vd? Se ha hecho cuanto habéis

querido: se ha fijado el día; éste ha llegado, y ahora me venís

diciendo que espere quince días. ¡Quince!... repitió en voz más alta

y conmovida, extendiendo los brazos y batiendo el aire con los puños

cerrados; y quién sabe hasta dónde le hubiera arrastrado el furor

en aquel momento fatal, si D. Abundio no le hubiese interrumpido

cogiéndole una mano con cariñoso y lisonjero afecto: “¡Ánimo, ánimo!

Por amor del cielo, no os alteréis; buscaré, veré si en una semana...”.

--¿Y qué debo decir á Lucía?

--Que ha sido un descuido mío.

--¿Y á las habladurías del mundo?

--Decid á todos que he cometido un yerro por un exceso de

precipitación, por mi demasiado buen corazón; echadme toda la culpa.

--¿Y después no habrá otros impedimentos?

--Cuando os digo...

--Bueno: tendré paciencia una semana; pero mirad que pasada ésta,

ningún caso haré de habladurías. En el ínterin, respeto la tregua.

Dicho esto se fué, haciendo á D. Abundio una inclinación menos profunda

que de costumbre, y echándole una mirada más significativa que

respetuosa.

Y en la calle, mientras se dirigía medio enojado y el espíritu

entristecido, hacia la casa de su prometida, repasaba en su imaginación

la conversación que acababa de tener, y la hallaba cada vez más

extraña. La fría y embarazosa acogida de D. Abundio, su hablar lento,

é impaciente á veces; aquellos dos ojillos grises, que mientras

conversaba se revolvían en todas direcciones, como si hubiese temido

poner en armonía sus palabras con sus miradas; la ficción de tomar como

una cosa nueva un matrimonio expresamente convenido ya hacía tanto

tiempo, y sobre todo, aquella obstinación en crear obstáculos, y en no

decir jamás nada claro: todas estas circunstancias, combinadas, hacían

pensar á Renzo que detrás de aquello se encerraba un misterio en nada

parecido á lo que D. Abundio le había querido hacer creer. Tuvo deseos

de volver atrás, estrechar á D. Abundio y obligarle á hablar con más

claridad; mas alzando los ojos, vió á Perpetua que caminaba delante de

él, y entraba en un jardín que distaba pocos pasos de la casa del cura.

La llamó en el momento en que abría la puerta; apretó el paso, llegó á

ella, detúvola en el umbral; y con el deseo de descubrir algo de más

positivo, tuvo con ella la conversación siguiente:

--Buenos días, Perpetua; yo esperaba que hoy estaríamos todos muy

alegres.

--¡Oh, mi pobre Renzo! Hágase la voluntad de Dios.

--Hacedme un favor: el bendito del señor cura me ha dicho una porción

de cosas que no he podido comprender bien; explicadme vos mejor, por

qué no puede ó no quiere casarme hoy.

--¡Ah! ¿Creéis que sé los secretos de mi amo?

“¡Bien decía yo, que todo esto encerraba algún misterio!”, dijo Renzo

para sí; y para aclararlo, prosiguió: “Vamos, Perpetua, seamos amigos:

decidme lo que sepáis; ¡amparad á un pobre niño!”.

--Mala cosa es el nacer pobre, mi querido Renzo.

--Es verdad, replicó éste, confirmándose más y más en sus sospechas, y

procurando abordar directamente la cuestión: “Es cierto, añadió; ¿pero

está bien á los sacerdotes el portarse mal con los pobres?”.

--Mirad, Renzo, yo no puedo decir nada, porque... no sé nada; mas lo

que puedo aseguraros es, que mi amo no quiere causar daño, ni á vos, ni

á nadie, y que en esto no tiene culpa alguna.

--¿Pues quién la tiene? preguntó Renzo con cierto aire indiferente,

pero con el corazón palpitante y atento oído.

--Cuando os digo que nada sé... En defensa de mi amo puedo hablar,

porque siento mucho se le impute que hace sufrir á alguien. ¡Pobre

señor! Si peca es por su demasiada bondad; es excesivamente bueno para

este mundo, lleno de malvados poderosos y hombres sin temor de Dios.

“¡Poderosos, malvados!”, pensó Renzo; éstos no son los

superiores. “Vamos, dijo en seguida, tratando de ocultar su creciente

agitación; veamos, decidme quién es”.

--¡Ah! Vos queríais hacerme hablar, y no puedo hacerlo, porque... no

sé nada. Cuando nada sé, es como si hubiese jurado callar. Aunque me

pusieseis en tormento, no sacaríais de mí una sola palabra. Adiós; éste

es tiempo perdido para ambos. Al decir esto, entró precipitadamente

en el jardín, y cerró su puerta. Renzo, saludándola, volvió atrás muy

despacio, sin hacer ruido, para que Perpetua no se apercibiera de la

dirección que tomaba; mas cuando conoció que ya no podía oirle la

buena mujer, redobló el paso. En un momento llegó á la puerta de D.

Abundio; entró, corrio en derechura al salón donde lo había dejado; lo

encontró, se dirigió á él con ademán airado, y los ojos saltándosele de

sus órbitas.

--¿Qué novedad es ésta? dijo D. Abundio.

--¿Quién es el poderoso, replicó Renzo con el acento de un hombre que

está resuelto á obtener una respuesta categórica: quién es el poderoso

que no quiere que me case con Lucía?

--¿Qué... qué... qué? balbuceó el pobre cura sorprendido, con el

rostro más desencajado y blanco que el lienzo cuando sale de la

colada. Balbuceando unos sonidos confusos dió un salto de su sillón

para lanzarse hacia la puerta; mas Renzo, que había esperado aquel

movimiento, y estaba alerta, se precipitó antes que él, echó la llave y

la guardó en el bolsillo.

--¡Oh, oh! Que queráis ó no, ahora hablaréis, señor cura. Todos saben

mis negocios menos yo. ¡Por vida mía! yo quiero saberlos también. ¿Cómo

se llama ese hombre?

--¡Renzo, Renzo! Por caridad: tened cuidado con lo que hacéis; pensad

en vuestra alma.

--Lo que pienso es que lo quiero saber todo al punto, al instante.

Y al decir esto, puso las manos sin querer sobre el mango de su

cuchillo, que salía de su faltriquera.

--¡Misericordia! exclamó D. Abundio con voz desfallecida.

--Quiero saberlo.

--¿Quién os ha dicho?...

--No, no más rodeos. Hablad claro y pronto.

--Pero si hablo, soy hombre muerto. ¿Acaso no ha de interesarme mi vida

más que todo?

--Pues hablad.

Dicho _pues_, fué pronunciado con tal energía, el aspecto de

Renzo llegó á ser tan amenazador, que D. Abundio no se atrevió á

desobedecerle.

--¿Me prometéis, me juráis, dijo, de no hablar á nadie de ello, de no

decir nunca?...

--Os prometo que haré un disparate si no me decís su nombre pronto, muy

pronto.

Á esta nueva amenaza, D. Abundio con el semblante y la mirada del

paciente que tiene en la boca las tenazas de un dentista, profirio con

voz apagada: Don...

--¿Don? repitió Renzo, como para ayudar al desgraciado á decir el

resto; y se tenía encorvado, con el oído inclinado sobre la boca de D.

Abundio, extendidos los brazos y apretados los puños.

--¡D. Rodrigo! pronunció con presteza el cura, precipitando algunas

sílabas y estrechando las consonantes, en parte á causa de su

turbación, en parte porque disponiendo en aquel momento de la poca

atención que quedaba libre á su espíritu, parecía querer retener y

hacer retroceder la palabra en el momento mismo en que se veía forzado

á que saliera.

--¡Ah perro! gritó Renzo. ¿Y cómo habéis hecho: qué le habéis dicho

para?...

--¡Eh, eh! ¿Cómo, cómo pues? respondió con voz casi indignada D.

Abundio, el cual, después de tan gran sacrificio, se figuraba en cierto

modo ser ya acreedor del joven: “¡Cómo, eh! Yo hubiera querido que

hubierais hecho vos el encuentro que hice: seguramente no os hubiera

quedado tanto calor en el cerebro”. Y en esto se puso á pintar con

terribles colores el fatal acontecimiento; y al seguir su narración,

aumentándose por grados la cólera que sentía en su interior, y que

hasta entonces había permanecido oculta y sujeta por el temor; viendo

al mismo tiempo que Renzo, medio colérico y confuso estaba inmóvil

con la cabeza baja, prosiguió vivamente: “¡Os habéis portado bien por

cierto; me habéis hecho un gran servicio; violentar de este modo á

un hombre de bien, á vuestro cura, y en su misma casa, en un lugar

sagrado! ¡Habéis hecho una linda proeza! ¡Arrancarme de este modo

vuestra pérdida y la mía, lo cual quería ocultaros por prudencia y

por vuestro bien! Y ahora que ya lo sabéis, desearía saber qué vais á

hacer... ¡Por Dios, no lo echéis á broma! No se trata de injusticia

ó de razón, se trata de violencias cometidas; y cuando esta mañana

os daba un buen consejo... ¡huy! en seguida os encolerizasteis. Yo

conservaba el juicio por vos y por mí; pero cómo hacerlo... Abrid á lo

menos, dadme la llave”.

--Puedo haber faltado, respondió Renzo, dirigiéndose á D. Abundio con

acento más sosegado, pero en el cual se percibía el furor de que estaba

poseído contra el ya descubierto enemigo; puedo haber faltado; mas

meted la mano en vuestro pecho, y decidme si en mi lugar...

Así diciendo, sacó del bolsillo la llave y fué á abrir. D. Abundio

lo siguió, y mientras aquél daba la vuelta á la citada llave, se le

acercó, y con ademán grave y lleno de ansiedad, levantando los tres

primeros dedos de la mano derecha á la altura de los ojos del joven,

como para expresar más su concepto. “Jurad á lo menos...”, le dijo.

--Puedo haber faltado, y os pido mil perdones, contestó Renzo, abriendo

la puerta y disponiéndose á salir.

--Jurad... replicó D. Abundio, cogiéndole con mano trémula el brazo.

--Puedo haber faltado, repitió Renzo, desprendiéndose de él; y partió

furioso, cortando de este modo la cuestión, que á ejemplo de una de

literatura ó de filosofía hubiera podido durar diez siglos, pues que

ambas partes no hacían más que repetir sus argumentos.

--¡Perpetua, Perpetua! gritó D. Abundio, después de haber llamado en

vano al fugitivo. Perpetua no respondió, y D. Abundio perdía ya la

cabeza.

Muchas veces ha sucedido á personajes de más importancia que D.

Abundio encontrarse en circunstancias difíciles, tan inciertos acerca

del partido que deberían tomar, que acostarse con fiebre les parecía

el medio de salir del aprieto. Dicho medio no hubo de ir á buscarlo,

porque desde luego se le ocurrió á D. Abundio. El susto del día

anterior, las angustias de una noche pasada en vela, el miedo que

acababa de experimentar, la incertidumbre del porvenir, todo hizo su

efecto. Apesadumbrado y aturdido, se arrojó en su sillón: empezó á

sentir un horrible frío que se introducía hasta en la médula de sus

huesos; se miraba las uñas suspirando, y llamaba de cuando en cuando

con trémula é indignada voz: ¡Perpetua! Apareció ésta, por último, con

una enorme col debajo del brazo, y con apacible semblante, como si

nada hubiera pasado. Dejo á la consideración del lector los lamentos,

llantos, acusaciones y defensas, los _vos sois la única que puede haber

hablado_; los _yo no he dicho nada_; todos los incidentes, en fin, de

aquella conversación. Baste decir que D. Abundio mandó á Perpetua que

atrancase bien la puerta, que por ningún concepto la abriese; y si

alguien venía á buscarle, que contestara, desde la ventana, que el cura

estaba en la cama con calentura. Después subió la escalera lentamente,

diciendo á cada tres escalones: “Estoy aviado;” y se metió de veras en

la cama, donde le dejaremos.

Entretanto Renzo caminaba apresuradamente hacia su casa, sin haber

determinado lo que debía hacer; pero iba reflexionando en su interior

el poner en práctica alguna cosa extraña y terrible. Los provocadores,

los malvados, todos aquellos que de algún modo dañan á otros, son

culpables, no sólo del mal que causan, sino también de la corrupción,

á la cual arrastran los ánimos de los ofendidos. Renzo era un muchacho

pacífico y ajeno de derramar sangre, sincero y enemigo de toda clase de

asechanzas, pero en aquel momento sólo respiraba venganza y traición,

sólo proyectaba homicidios. Hubiera querido dirigirse incontinenti á la

morada de D. Rodrigo, cogerle por la garganta y... pero recordó que su

palacio era una fortaleza, guarnecida y guardada por bravos, interior y

exteriormente; que sólo los íntimos amigos y los servidores, entraban

allí sin ser registrados de la cabeza á los pies; que un infeliz

artesano desconocido, no podría introducirse sin sufrir un minucioso

examen, y que él sobre todo... sería, quizá, reconocido sin tardanza.

Optaba entonces por tomar su arcabuz, apostarse detrás de un matorral,

y esperar á que su enemigo pasara solo por aquel sitio; y recreándose

con feroz complacencia en estos pensamientos, le parecía oir el ruido

de las pisadas de D. Rodrigo, creíale verle levantar dulcemente la

cabeza, reconocía al malvado, preparaba el arma, tomaba la puntería,

disparaba, lo veía caer y exhalar el último suspiro, le lanzaba una

maldición, y se apresuraba á ganar la frontera para ponerse en salvo.

Pero, ¿y Lucía? Apenas se presentó este nombre á su acalorada fantasía,

cuando mejores sentimientos ocuparon el corazón de Renzo. Viniéronle

á la memoria los postreros consejos de sus padres, se acordó de Dios,

de la Virgen y de los santos: pensó en el consuelo que con frecuencia

había hallado al verse inocente de todo crimen, y el horror que tantas

veces le había inspirado la narración de un asesinato; y despertó de

aquel sueño de sangre con espanto, con remordimientos, y al propio

tiempo con una especie de alegría de haberlo tan sólo imaginado. ¡Pero

cuántos pensamientos venían en pos de la imagen de Lucía! ¡Tantas

esperanzas y tantas promesas marchitadas, un porvenir tan deseado y que

tan seguro creía en aquel tan suspirado día! ¿Cómo anunciarle aquella

nueva? No sabía qué partido tomar, ni cómo hacerla su esposa á pesar

de cuanto intentaba el poder de aquel injusto magnate. Y en medio de

tantas angustias, vino á aumentar su congoja una vana inquietud de

celos. D. Rodrigo no podía haber urdido aquella infernal trama sino

impelido por una brutal pasión hacia Lucía. ¿Y Lucía? La idea de que

le hubiese correspondido, de que le hubiese dado la más pequeña

esperanza, no podía tener cabida un solo instante en la mente de Renzo.

¿Pero sabía su amada la pasión que había inspirado? ¿Había podido aquel

hombre concebir tan infame amor, sin darlo á conocer al envidiado

objeto? ¡Y sin embargo, Lucía no me ha dicho una palabra á mí que soy

su prometido!

Absorto en estas ideas, pasó sin detenerse por delante de su casa,

situada en el centro del pueblo; y habiéndola atravesado, llegó á la de

Lucía, que estaba en el extremo opuesto. Había enfrente de esta casa un

pequeño patio cercado de una tapia que lo separaba de la calle. Renzo

entró en él y oyó un murmullo confuso y continuo que salía del piso

superior. Juzgó que serían las amigas y comadres del vecindario que

querían acompañar á Lucía, y se detuvo allí, pues no quería presentarse

en aquella reunión con el semblante inmutado y con tan desagradable

nueva en su ser. Una niña que se hallaba en el patio, corrio

gritando: ¡El novio, el novio!

--Paz, Bettina, paz, dijo Renzo; ven acá, niña mía: sube á la

habitación de Lucía, llámala aparte y dile al oído... pero que nadie lo

oiga ni sospeche, nada, ¿entiendes?... Dile que tengo que hablarla, que

la aguardo en la sala del entresuelo, y que venga al instante.

La niña subió la escalera á toda prisa, alegre y orgullosa de llevar

una comisión secreta.

En aquel momento su madre acabó de vestirla y salió á la sala para

saludar á sus amigas, adornada con sus últimas galas virginales.

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 1 · 第 2 / 26 段