Que los tres individuos descritos anteriormente estuviesen a

NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

"Los desposados" es la traducción al castellano de la obra de

Alejandro Manzoni, que en su versión original en italiano lleva el

título de "I promessi sposi".

En otras versiones en castellano el título que se le ha dado es "Los

novios". El transcriptor estima que "Los novios" está más acorde con el

título original y el tenor de la obra.

En una nota al pie de página el traductor traduce "quatrini" como

"maravedíes". El transcriptor cree que una traducción más adecuada de

"quatrini" al castellano es "dinero" o bien "monedas". Asimismo el

traductor explica en otra nota al pie de página que "polenta" es una

comida con agua y harina de castañas. Esto es correcto según ha podido

constatar el transciptor. Sin embargo en la actualidad la versión más

conocida de la receta de polenta es con agua y harina de maíz.

En la versión de texto las palabras en itálicas están indicadas con

_guiones bajos_.

El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el

de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando

la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado

puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia

Española.

En referencia a lo mencionado en el párrafo precedente, cabe destacar

que palabras como vió, fué, dió, por ejemplo, en esa época llevaban

acento ortográfico. Eso ha sido respetado.

En la presente transcripción se decidió adecuar la ortografía de las

mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen

que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal

acentuada está en mayúsculas.

La cubierta del libro fue modificada por el transciptor y se ha

agregado al dominio público.

Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.

El Índice de capítulos, ha sido elaborado por el transcriptor.

* * * * *

LOS DESPOSADOS

TOMO PRIMERO

LOS DESPOSADOS

HISTORIA MILANESA DEL SIGLO XVII

POR ALEJANDRO MANZONI

TRADUCIDA DEL ITALIANO

[Ilustración]

MÉXICO

IMP. DE ANDRADE Y ESCALANTE

Calle da Cadena número 13

1858

INTRODUCCIÓN

La historia puede definirse con toda propiedad, diciendo que es una

guerra ilustre contra el tiempo; pues arrancando á éste de las manos

los años á quienes había hecho cautivos ó cadáveres, los llama de

nuevo á la vida, los pasa en revista y los vuelve á formar en orden

de batallón. Pero los ilustres campeones que en semejante carrera,

cosechan palmas y laureles, recogen tan sólo los despojos más

brillantes y magníficos, embalsamando con sus tintas las empresas de

reyes, de príncipes y de otros elevados personajes, y tejiendo con

la finísima aguja del ingenio, los hilos de seda y oro con que hacen

un recamo imperecedero de acciones gloriosas. No le es lícito á mi

debilidad enaltecerse hasta tan noble asunto, ni exponerse tampoco

á tan sublimes peligros, arrojándose en medio de los negocios

políticos ó del estruendo de los de la guerra; pero instruido de

hechos memorables, aunque pertenecientes á la historia de unos pobres

artesanos, quiero dejar á la posteridad el recuerdo de ellos, en

un relato sencillo y verídico. Veránse en él, aunque en estrecho

teatro, tragedias llenas de horror y escenas de increíble maldad,

con intermedios de acciones virtuosas llenas de bondad angelical, en

oposición con operaciones diabólicas. Y en verdad, cuando se considera

que este nuestro país está bajo la dominación del rey católico,

nuestro señor, sol que nunca se pone; y que en su órbita, y con la

luz que de él toma, cual luna siempre llena, resplandece el héroe de

noble prosapia que _pro tempore_ ocupa su lugar, y los ilustres

senadores, verdaderas estrellas fijas, y los demás respetables

magistrados que, semejantes á los astros errantes, esparcen la luz

por doquier se necesita, formando así un nobilísimo firmamento, no

puede explicarse de otra manera, el verlo transformado en un infierno

de acciones tenebrosas, de maldades y de crímenes que algunos hombres

aborrecibles multiplican sin cesar, sino atribuyendo esta trasformación

á los manejos y á las maldades del diablo en persona; pues no puede

negarse que la malicia humana no acertaría por sí sola, á resistir á

tantos y tantos héroes, que con ojos de Argos y brazos de Briareo,

se consagran con abnegación á la defensa de los intereses públicos.

Por lo cual, al describir estos sucesos acaecidos en mi florida edad,

y cuando la mayor parte de las personas que figuran en ellos han

desaparecido de la escena del mundo para pasar á ser tributarias de las

parcas, callaremos, por justos miramientos, también sus nombres, es

decir, los patronímicos; lo mismo haremos con respecto á los lugares,

indicando los territorios nada más que _generaliter_...

Habrá tal vez quien vea en esta reserva una imperfección y una

deformidad de este mi humilde parto, sobre todo, si el que lo examina

es extraño á achaque de filosofía; pues los hombres versados en esta

ciencia, no creerán que por esta omisión falta algo esencial en nuestra

historia. Pues siendo en efecto cosa evidentísima que los nombres sólo

son puros, purísimos accidentes...

Pero una vez que yo haya soportado la heroica fatiga de copiar un

manuscrito casi completamente borrado; y que (como suele decirse) haya

dado á luz esta historia, ¿habrá quien la lea?

Esta reflexión dubitativa inspirada por el trabajo fastidioso que

me costaba el descifrar los garabatos que seguían á la palabra

_accidentes_, me hizo suspender mi empeño de copista, y

reflexionar maduramente sobre lo que me convenía hacer. ¿Sin duda,

me decía á mí mismo, al ojear el manuscrito, no llueven como hasta

aquí, figuras y _concettini_ en todas las páginas de la obra?

El bueno del _secentista_[1] ha querido antes de todo mostrar,

cuánto vale y sabe: pero en el curso de su relato y durante muy largos

intervalos, su estilo es más natural y llano. Esto es cierto; pero

¡qué vulgar es, qué desigual y qué incorrecto! ¡De cuánto idiotismo

lombardo y de cuántas locuciones viciosas está lleno! ¡cuán arbitraria

es su gramática y cuán imperfectos sus períodos! En diferentes puntos

se notan algunas elegancias españolas de aquellos tiempos; y lo

peor es, que en los pasajes más terribles ó patéticos, en los que

requieren algunas flores de retórica discreta, sagaz y de buen gusto,

en ellos, ¡oh fatalidad! saca á lucir el estilo de que acabamos de dar

muestra: y entonces, reuniendo con admirable habilidad dos cualidades

contradictorias, se ostenta trivial y afectado en una misma frase y

en un mismo período. Todo lo cual forma un compuesto de declamaciones

huecas y de galicismos vulgares, que acompañado del tonto orgullo

que distingue á los autores italianos de aquel siglo, no podría

complacer de ninguna manera á los lectores de nuestros días, en extremo

instruidos y enemigos de semejantes extravagancias; por cuyo motivo me

lisonjeo mucho de haber abandonado aquel trabajo.

Cuando iba á cerrar el manuscrito y á guardarlo, reflexioné sería

lástima que una historia tan interesante quedara ignorada, tal vez, y

me pesaría por cierto; el lector pensará de distinto modo.

¿No se podrá, me decía á mí mismo, conservar la serie de los sucesos de

este libro y rehacer su estilo?

Como no se presentó á mi espíritu ninguna objeción razonable, acogí

este proyecto con ardor. Y tal es el origen del presente libro,

expuesto con una ingenuidad igual á su importancia. Sin embargo,

algunos de los hechos y costumbres descritos por nuestro autor, nos

parecieron tan singulares y extraños, por no decir más, que antes

de darles fe hemos querido interrogar á otros testigos; y por esto

emprendimos la ardua tarea de ojear las memorias de aquellos tiempos,

para ver, si en efecto, el mundo, andaba por entonces como nuestro

autor decía. Semejante indagación disipó todas nuestras dudas; á cada

paso encontramos hechos análogos ó más extraordinarios aún que los que

ya habíamos visto; y lo que nos ha parecido decisivo para acreditar

nuestro manuscrito es el que estas memorias hacen mención de muchos

personajes que sólo conocíamos por nuestro autor, lo cual nos había

hecho dudar de que hubiesen existido en realidad. Á su tiempo citaremos

algunos de estos testimonios que darán mayor autoridad á los hechos,

de cuya veracidad podría dudar, á causa de su índole extraña, el lector

de nuestros días.

Pero después de haber refutado el estilo de nuestro autor, nos toca

explicar el que nosotros le hemos sustituido.

El que sin ser rogado para ello, rehace el trabajo ajeno, se expone,

y hasta cierto punto contrae el deber de dar una cuenta minuciosa del

suyo propio.

Ésta es una regla de hecho y de derecho á la cual no intentamos

sustraernos de ningún modo.

Lejos de eso, y para probar que nos sometíamos á ella de buen grado,

nos propusimos dar aquí una explicación detallada sobre el modo de

escribir que hemos adoptado; con este objeto nos afanamos en adivinar

durante todo el tiempo de nuestro trabajo, las críticas posibles y

contingentes que él podría suscitar, con la intención de refutarlas

anticipadamente. Pero no estribaba en esto la dificultad, pues

(digámoslo en honor de la verdad) ninguna crítica se ha presentado

á nuestra mente sin venir acompañada de una respuesta triunfante,

de aquéllas que no sólo resuelven las cuestiones sino que imponen

silencio. Nos ha sucedido también con frecuencia que, poniendo dos

críticas frente á frente, las hacíamos luchar entre sí, y examinándolas

profundamente y comparándolas con escrupulosa atención, descubríamos y

demostrábamos al cabo, que aunque opuestas en apariencia, eran por su

naturaleza semejantes, y que ambas á dos procedían de la desatención

con que se habían indicado los hechos y los principios, sobre los

cuales debían asentarse los juicios que de unos á otros se debieron

hacer, y en consideración de esto juntábamos ambas críticas y las

mandábamos juntas también á pasear.

¡Con dificultad se podría hallar un autor que probara mejor su

infalibilidad!--Pero, ¡oh cielos! llegado el momento de recapitular

las objeciones y sus respuestas y el de ordenarlas, hallamos, que

habíamos hecho un libro: visto lo cual, abandonamos nuestro intento por

dos razones, que sin duda alguna el lector considerará oportunas.--La

primera, porque temimos que el hacer un libro para justificar otro, ó

sólo su estilo, parecería cosa ridícula. La segunda, porque creemos que

es suficiente, cuando no excesivo, el publicar un sólo libro á la vez.

NOTAS:

[1] Se da este nombre á los escritores del siglo XVI y de la primera

mitad del XVII, época para Italia de decadencia y mal gusto. _Nota del

autor._

ÍNDICE

Pág.

INTRODUCCIÓN v

CAPÍTULO PRIMERO 1

CAPÍTULO SEGUNDO 29

CAPÍTULO TERCERO 51

CAPÍTULO CUARTO 78

CAPÍTULO QUINTO 104

CAPÍTULO SEXTO 129

CAPÍTULO SÉPTIMO 153

CAPÍTULO OCTAVO 185

CAPÍTULO NOVENO 221

CAPÍTULO DÉCIMO 254

CAPÍTULO DECIMOPRIMERO 285

CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO 316

CAPÍTULO DECIMOTERCERO 339

CAPÍTULO DECIMOCUARTO 365

CAPÍTULO DECIMOQUINTO 392

CAPÍTULO DECIMOSEXTO 420

CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO 446

CAPÍTULO DECIMOCTAVO 473

CAPÍTULO PRIMERO

Un brazo del lago de Como, dirígese al Mediodía, por entre dos

cordilleras de montañas no interrumpidas, y va formando, según aquéllas

se estrechan ó se apartan, bahías y ensenadas que de repente toman el

curso y la apariencia de un caudaloso río, teniendo á su derecha un

cabo ó promontorio, y á su izquierda otro río. El puente que une

las dos márgenes en aquel sitio, parece que hace más sensible á la

vista dicha trasformación: él señala el punto donde termina el lago y

empieza el Adda, para volver á tomar su nombre en el mismo lugar en

que ambas riberas, ensanchándose nuevamente, permiten que las aguas se

extiendan formando innúmeros golfos y bahías. El río baja apoyándose

en dos montes contiguos, formado por la confluencia de tres grandes

torrentes, llamado el uno de S. Martín y el otro el Resegon, que en

dialecto lombardo, quiere decir sierra; y en efecto, son tantos sus

numerosos picos, que verdaderamente semeja á una sierra; de modo

que, á su aspecto, visto de frente, por ejemplo, desde los muros de

Milán que miran al Norte, no hay quien, por esa señal, no le reconozca

al momento entre aquella vasta cordillera de montañas, de los otros

montes de nombre menos conocido y de forma mas común. Por espacio de

un buen trecho el río baja por una pendiente poco sensible; después

interrumpido en su marcha por ribazos y cañadas, se precipita formando

cascadas ó anchas lagunas, según la configuración de las dos montañas

y el trabajo de las aguas. La orilla, surcada por las bocas de los

torrentes, está cubierta de gruesa arena y guijarros; el resto del

terreno lo forman campos y viñedos, salpicados de lugarcillos, quintas

y cabañas, y de cuando en cuando, bosques que se prolongan hasta la

misma montaña. Lecco, el mayor de aquellos lugarcillos y que da su

nombre al territorio, está situado á corta distancia del puente, sobre

las orillas del lago, haciendo parte del mismo, cuando crecen sus

aguas. Hoy día es una gran aldea que va encaminándose á ser ciudad.

En el tiempo que tuvieron lugar los sucesos, cuya narración vamos

á emprender, dicha aldea, ya muy considerable, era á más una plaza

fuerte, teniendo por lo tanto el honor de alojar un gobernador, y la

ventaja de poseer una guarnición permanente de soldados españoles. El

Adda, salido apenas de los arcos del puente, se convierte de nuevo en

un pequeño lago, y después se estrecha y prolonga hasta el horizonte en

brillantes revueltas; en lo alto las cimas de los montes suspendidas

sobre el que las contempla, y debajo la pendiente de la montaña

cultivada, los paisajes, el puente; al frente la ribera opuesta del

lago, y tendiendo más la vista el encumbrado monte que lo encierra.

Por uno de estos senderos volvía de paseo, dirigiéndose á su casa

á pasos lentos, en la tarde del día 7 de noviembre del año 1668,

D. Abundio, cura párroco de uno de los lugares que se acaban de

describir: el nombre de éste, ni el apellido de aquél se encuentran

en el manuscrito ni en dicho lugar, ni en otro alguno. Iba recitando

tranquilamente sus rezos, y de vez en cuando entre salmo y salmo

cerraba el breviario, dejando dentro por señal el índice de la mano

derecha; luego poniéndose ambas manos atrás, proseguía su camino

mirando al suelo, arrojando con el pie las piedras que obstruían el

camino; después alzaba la vista, y volviendo negligentemente los ojos á

su alrededor, los fijaba en la parte de un monte, en que la luz del sol

poniente, escapándose por las grietas del opuesto, esparcía por donde

quiera largas y desiguales fajas de púrpura sobre los ángulos salientes

de los peñascos en donde reflejaban sus rayos. Después abrió de nuevo

el breviario, y habiendo recitado otro pequeño pasaje, llegó á una

revuelta del sendero, donde siempre tenía la costumbre de levantar los

ojos del libro y echar una mirada delante de sí, lo cual hizo también

aquel día. Luego que hubo dado la vuelta al citado sendero, el camino

seguía en línea recta casi unos sesenta pies, y en seguida se dividía

en dos sendas en forma de Y: la de la derecha se dirigía á la montaña

y conducía á la parroquia; la de la izquierda descendía al valle hasta

llegar á un torrente, y por esta parte la pared no llegaba ni á la

mitad del cuerpo del pasajero. Las paredes interiores de ambas sendas,

en vez de reunirse en el ángulo terminaban en una especie de retablo

sobre el cual habían pintado ciertas figuras largas, serpenteantes,

que acababan en punta, las cuales, según la intención del artista y á

los ojos de todos los habitantes de las cercanías, figuraban llamas, y

alternaban con éstas otras figuras que es imposible describir, y que

representaban las almas del purgatorio; almas y llamas eran de color de

ladrillo, sobre un fondo pardusco, resquebrajado por algunas partes.

El cura, después de haber dado la vuelta al camino, y dirigiendo según

solía sus miradas á la capilla, vió lo que no esperaba, y que no

hubiera querido ver. Tres hombres estaban apostados, el uno enfrente

del otro, en la confluencia, por decirlo así, de las dos sendas: uno de

ellos cabalgaba sobre la pequeña tapia, teniendo una pierna colgando

por la parte exterior, y el otro pie descansando sobre el camino;

el segundo de pie, arrimado á la citada tapia, y el último sentado y

con los brazos cruzados. El vestido, el talante y el paraje en que se

hallaban, manifestaban claramente la condición de aquéllos. Llevaban

los tres la cabeza ceñida con una redecilla verde, de la cual se

destacaba sobre la frente un enorme tupé que caía encima del hombro

izquierdo, donde terminaba por una gran borla; con el pelo largo y

ensortijado; un descomunal cinturón de correa de donde pendían un par

de pistolas; un pequeño cuerno lleno de pólvora, colgado del cuello

á guisa de collar; el mango de un cuchillo que salía de sus anchos

y huecos calzones, y por último un espadón, cuya grande empuñadura,

toda calada y primorosamente trabajada formaba una especie de concha;

con lo que á primera vista se conocía que pertenecían á la clase de

los BRAVOS. Dicha especie, hoy del todo perdida, estaba entonces muy

floreciente en la Lombardía, y era ya antiquísima. Para el que no

tuviese idea de ella, he aquí algunos fragmentos auténticos que darán á

conocer bastante sus principales caracteres, los esfuerzos hechos para

destruirla, y su tenaz y rigorosa vitalidad.

Desde el 8 de abril del año 1583, el Illmo. y Exmo. Sr. D. Carlos

de Aragón, príncipe de Castelvetrano, duque de Terranova, marqués

de Ávola, conde de Burgeto, grande almirante y gran condestable de

Sicilia, gobernador de Milán y capitán general de S. M. C. en Italia,

_plenamente informado de la intolerable miseria, en la cual ha vivido

y vive aún la ciudad de Milán, á causa de los_ BRAVOS _y vagamundos_,

publicó un bando contra éstos. _Declarando á todos ellos comprendidos

en el presente bando, debiendo ser tenidos por_ BRAVOS _y vagamundos...

todos los que siendo forasteros, ó del país, no tienen ninguna

profesión, ó que teniéndola no la ejercen... pero que con sueldo ó

sin él se arriman á cualquier caballero, ó gentilhombre, oficial ó

comerciante... para prestarle ayuda y favor, ó verdaderamente, según es

de presumir, para tener asechanzas á otros..._ Manda á todos ellos que

en el término de seis días abandonasen el país, bajo la pena de galeras

á los contumaces, y dió á todos los oficiales de justicia las más

amplias é indefinidas facultades para la ejecución de la citada orden.

Mas en 12 de abril del año siguiente, viendo dicho señor _que esta

ciudad estaba llena todavía de_ BRAVOS... _que habían vuelto á vivir

como antes, no habiendo cambiado en nada sus costumbres, ni disminuido

su número_, publicó un nuevo bando más fuerte aún y más notable, en el

cual, entre otras órdenes, prescribe:

“Que cualquier individuo, tanto de la ciudad, como de fuera de

ella, que por dos testigos conste ser tenido y comúnmente reputado

por BRAVO, y lleve el nombre de tal, aunque no se verifique que

haya cometido delito alguno... por la sola opinión de BRAVO sin

necesidad de más indicios, podrá por los dichos jueces, y cada uno

de ellos en particular, ser condenado á la horca y al tormento,

previa la correspondiente sumaria... y aunque no confiese crimen

alguno, sea enviado á galeras por el tiempo de tres años, por

la sola reputación y nombre de BRAVO, según se expresa arriba.

_Todo esto, sin perjuicio de lo demás que corresponda, porque_ su

excelencia está resuelto á hacerse obedecer de todos”.

Al oir palabras tan enérgicas, tan positivas, acompañadas de tales

órdenes, está uno decidido á creer que á su solo ruido todos los

BRAVOS desaparecerían para siempre. Pero el testimonio de un señor no

menos poderoso, no menos dotado de nombre, nos obliga á creer todo lo

contrario. Éste es el Illmo. y Exmo. Sr. D. Juan Fernández de Velasco,

condestable de Castilla, camarero mayor de S. M., duque de Frías,

conde de Haro y Castelnovo, señor de la casa de Velasco y de la de los

siete infantes de Lara, gobernador del Estado de Milán, &c. En 5 de

junio de 1593, plenamente informado también _de cuánto daño y ruina

son... los_ BRAVOS _y vagamundos, y del pésimo efecto que tal clase

de gentes causa al bien público, en menosprecio de la justicia_, les

intima de nuevo que en el perentorio término de seis días, desocupen

el país, repitiendo exactamente las mismas prescripciones y amenazas

de su predecesor. El 23 de mayo del año 1598, _informado con el mayor

desagrado que... en esta ciudad y Estado va creciendo cada vez más el

número de tales gentes_ (bravos y vagamundos), _y que de su parte,

día y noche, no oye hablar más que de heridas causadas alevosamente,

de homicidios y robos, y de toda clase de crímenes, cuya ejecución

les es tanto más fácil, cuanto que confían en ser protegidos por

sus jefes y fautores..._ prescribe de nuevo los mismos remedios,

aumentando la dosis, como se usa en las enfermedades obstinadas. _Que

cualquiera, pues_, concluye por último, _en todo y por todo se guarde

de controvertir en lo más mínimo á la presente orden, porque en vez

de merecer la clemencia de su excelencia, experimentará su rigor y su

cólera, estando resuelto y determinado á que éste sea el último, y

perentorio aviso._

No fué, sin embargo, de este parecer el Illmo. y Exmo. Sr. D. Pedro

Enríquez de Acevedo, conde de Fuentes, capitán y gobernador del Estado

de Milán; no fué de este parecer, y con razón. _Plenamente informado

del estado deplorable en que se encuentra esta ciudad y estado por

causa del considerable número de_ BRAVOS _que en él abundan... y

resuelto á extirpar totalmente semilla tan perniciosa_, se determina

á dar el 5 de diciembre del año 1600, un nuevo bando lleno de las

más severas conminaciones, con el firme propósito de que sean todas

ejecutadas con el mayor rigor, y sin esperanza de remisión.

Con todo, preciso es creer que no lo hiciese con la buena voluntad que

sabía emplear para urdir intrigas y suscitar enemistades á su grande

enemigo Enrique IV; pues acerca de esto, dice la historia, que logró

armar contra dicho monarca al duque de Saboya, á quien hizo perder

más de una ciudad, como también consiguió hacer conspirar al duque de

Biron, lo que le costó la cabeza; pero tocante á la mala semilla de

los BRAVOS, es cierto que aún continuaba germinando el 22 de setiembre

del año 1612. En este día el Illmo. y Exmo. Sr. D. Juan de Mendoza,

marqués de la Hinojosa, gentilhombre, &c., gobernador, &c., pensó

formalmente en extirparla. Á dicho efecto, expidió á Pandolfo y á Marco

Tulio Malatesta, impresores del rey, el acostumbrado bando, corregido y

aumentado, para que lo imprimiesen, para el exterminio de los BRAVOS.

Mas éstos vivieron todavía lo bastante para recibir el 24 de diciembre

del año 1618, los mismos y más fuertes golpes del Illmo. y Exmo. Sr. D.

Gómez Suárez de Figueroa, duque de Feria, &c., gobernador, &c.; pero no

habiendo muerto de ellos, el Illmo. y Exmo. Sr. D. Gonzalo Fernández

de Córdoba, bajo cuyo gobierno tuvo lugar el paseo de D. Abundio, se

había visto obligado á corregir y publicar de nuevo la acostumbrada

ordenanza contra los BRAVOS el día 5 de octubre de 1627, es decir, un

año, un mes y dos días antes de aquel memorable acontecimiento.

No fué ésta la última publicación; pero nosotros no creemos deber hacer

mención de las posteriores, como cosa que está fuera del período de

nuestra historia. Solamente indicaremos una del 13 de febrero del año

1632, en la cual el Exmo. duque de Feria, por segunda vez gobernador,

nos da á conocer que las mayores maldades procedían de los llamados

BRAVOS. Esto basta para probar que los BRAVOS existían aún en el tiempo

de que tratamos.

Que los tres individuos descritos anteriormente estuviesen allí para

esperar á alguno, era demasiado evidente; pero lo que más disgustó á D.

Abundio fué el comprender por ciertas señales, que el esperado era él,

porque á su aparición ellos se habían mirado, alzando la cabeza, con un

movimiento que denotaba que ellos á un tiempo habían dicho: “él es”. El

que estaba cabalgando en la tapia se levantó, plantándose en el camino;

otro se separó también de la pared y los dos marcharon á su encuentro.

D. Abundio, teniendo siempre delante de sus ojos el breviario abierto,

como si leyese, miraba además para espiar sus movimientos; y viéndolos

venir directamente á él, fué asaltado al instante por mil diversos

pensamientos. De repente se preguntó si entre los _bravos_ y él,

el sendero tendría alguna salida, ya fuese á la derecha, ya á la

izquierda, y al momento se acordó que no. Examinó su conciencia y no le

recordó ninguna falta cometida contra algún señor poderoso ó vengativo:

pero aun en aquella tribulación, el testimonio consolador de aquélla

lo tranquilizaba completamente. Sin embargo, los _bravos_ se acercaban

mirándole fijamente. Puesto el índice y la palma de la mano izquierda

en su alzacuello, como para acomodarlo mejor, y haciendo girar los

dos dedos alrededor de la garganta, volvía entre tanto la cabeza

hacia atrás torciendo al mismo tiempo la boca, y mirando de reojo,

con el fin de poder ver si venía alguien; mas no vió á nadie. Echó

una ojeada por encima de la pequeña tapia con dirección á los campos,

nadie; en seguida otra más tímida sobre el camino que tenía delante de

sí, tampoco; nadie más que los _bravos_. ¿Qué hacer? ¿Volver atrás?

Ya no era tiempo: confiarse á las piernas, era lo mismo que decir,

perseguidme. No pudiendo esquivar el peligro, corrió á encontrarlo;

porque aquellos momentos de incertidumbre eran tan penosos para él,

que su único deseo consistía en abreviarlos. Apretó el paso, recitó un

versículo en voz alta, trató de dar á su rostro toda la calma posible,

hizo todos los esfuerzos imaginables para dejar entrever una sonrisa;

y cuando se encontró frente á frente de los dos personajes, dijo para

sí: ya estamos, ya estamos, y se afirmó sobre sus dos pies.--Señor

cura, dijo uno de ellos, encarándosele con la mayor desfachatez y

agarrándole con una mano la garganta.

--¿Qué tenéis que mandar? respondió súbitamente D. Abundio, alzando los

ojos del libro, el cual había quedado enteramente abierto en sus manos,

como si estuviera sobre un atril.

--¿Tenéis intención, prosiguió el otro, con el ademán amenazador é

iracundo de aquél que coge á un inferior cometiendo alguna falta;

tenéis intención de casar mañana á Renzo Tramaglino y á Lucía Mondella?

--Esto es... responde con trémula voz D. Abundio, esto es... Los

señores son hombres de mundo, y saben muy bien del modo que se hacen

estas cosas. Un pobre cura no puede nada; estos arreglos los disponen

ellos, y después... después vienen á nosotros, lo mismo que irían á un

mercado, y nosotros... nosotros estamos al servicio de todo el mundo.

--Pues bien, le dice uno de los bravos al oído, pero con el tono

solemne del que manda: ese matrimonio no se ha de verificar, ni mañana,

ni nunca.

--Pero, señores míos, replica D. Abundio con acento afable y cariñoso,

como el que quiere persuadir á un impaciente; pero señores míos,

dignaos poneros en mi lugar... si esto dependiese de mí... bien veis

que yo nada gano en esto.

--Vamos, interrumpió el bravo: si la cosa tuviese que decidirse

charlando, nos meteríais en el saco. Nosotros no sabemos ni queremos

saber más. Hombre avisado... ya me entendéis.

--Pero, dijo esta vez el compañero que hasta entonces no había hablado;

pero el matrimonio no se hará, ó... y soltó una horrible blasfemia, ó

el que lo haga no se arrepentirá, porque no tendrá tiempo, y... aquí

otro juramento.

--Chito, chito, replicó el primer interlocutor: el señor cura es un

hombre que sabe vivir, y nosotros somos unas buenas gentes que no

queremos causarle ningún daño, con tal de que se ponga en la razón.

Señor cura, el Illmo. Sr. D. Rodrigo os saluda afectuosamente.

Este nombre hizo sobre la imaginación de D. Abundio el mismo efecto que

cuando en una noche de fuerte temporal un relámpago ilumina momentánea

y confusamente los objetos, y aumenta más el terror: al oirle se

inclinó como por instinto, profundamente, y dijo: “Si vosotros,

señores, pudieseis instruirme”...

--¡Oh, instruiros, á vos que sabéis el latín! interrumpió aún el bravo,

con una risa sarcástica y feroz á la vez: esto os toca á vos. Sobre

todo, que no se os escape una sola palabra del aviso que os hemos dado

por vuestro bien; pues de lo contrario, hem... sería lo mismo que

hacer el matrimonio. ¡Y bien! ¿qué queréis que digamos de parte vuestra

al Illmo. Sr. D. Rodrigo?

--Mis respetos...

--Explicaos mejor.

--Dispuesto... siempre dispuesto á obedecerle: y al proferir estas

palabras, ni aun él mismo sabía si hacía una promesa ó un simple

cumplido. Los bravos lo tomaron ó manifestaron tomarlo en el sentido

más formal.

--¡Muy bien! Buenas noches, dijo uno de ellos haciendo ademán de partir

con su camarada. D. Abundio, que pocos momentos antes hubiera dado

un ojo con el fin de evitar su encuentro, quería ahora prolongar la

conversación. Señores... empezó, cerrando el libro con ambas manos:

pero éstos, sin escucharle, tomaron el camino por donde él había

venido, y se alejaron cantando un estribillo que no juzgo oportuno

trascribir. El pobre D. Abundio se quedó por un momento con la boca

abierta como si estuviera encantado; después tomó el sendero que

conducía á su casa, pudiendo apenas andar, pues parecía que tenía las

piernas envaradas. Se conocerá mejor cómo estaba su espíritu, cuando

hayamos dicho algo de su carácter y de los desgraciados tiempos en los

cuales le había tocado vivir.

D. Abundio (según el lector debe haber observado), no había nacido

con un corazón de león; pero desde sus más tiernos años había debido

comprender, que la peor condición en aquella época era la de un

animal sin garras ni dientes, y sin inclinación á ser devorado. La

fuerza legal, no protegía en manera alguna al hombre pacífico é

inofensivo, y que carecía de medios para hacerse respetar de los

demás. No era que faltasen leyes y castigos contra las violencias de

los particulares; por el contrario, las leyes llovían, los delitos

eran enumerados é inscritos con la más prolija minuciosidad: si los

castigos, ya regularmente exorbitantes no bastaban, podían en todo

caso ser aumentados al arbitrio del mismo legislador y cien ministros

suyos; los procedimientos tendían únicamente á librar al juez de todo

lo que pudiese servir de impedimento para pronunciar una sentencia:

los fragmentos de las ordenanzas contra los bravos que hemos citado

anteriormente son una pequeña pero fiel muestra de esto. Con todo,

y quizás á causa de esto mismo, dichas ordenanzas, reimpresas y

esforzadas por cada gobernador, no servían más que para atestiguar

pomposamente la impotencia de sus autores, y si surtían algún efecto

inmediato era principalmente para añadir nuevas vejaciones á las

que los pacíficos y débiles sufrían ya de los perturbadores, y para

aumentar las violencias y perfidias de éstos. La impunidad estaba

en su auge, y había echado tan profundas raíces, que las leyes no

podían conmoverlas, ni aun llegar á ellas. De esta importunidad dan

testimonio, los asilos, los privilegios de ciertas clases, reconocidos

en parte por la fuerza legal, y tolerados en parte con envidioso

silencio, ó impugnados con vanas protestas, pero sostenidos de hecho,

y defendidos por dichas clases con actividad interesada y con el

más celoso pundonor. Esta impunidad, amenazada é insultada, pero no

destruida por las ordenanzas, debía naturalmente á cada amago, á cada

ataque, acumular nuevos esfuerzos y nuevas astucias para conservarse.

Así sucedía en efecto: á la aparición de los bandos dirigidos á

reprimir á los perturbadores, éstos buscaban en su fuerza real,

recursos más eficaces para continuar haciendo lo que la ley quería

prohibir. Bien se podían poner trabas á cada paso, y molestar al hombre

honrado que carecía de fuerza y protección; porque con el pretexto

de tener en su poder á todos para prevenir y castigar los delitos,

el individuo estaba sujeto de mil modos á la voluntad arbitraria de

toda clase de magistrados y agentes; pero el que antes de cometer un

delito tomaba apresuradamente sus medidas para retirarse á tiempo á

un convento, á un palacio, en donde los esbirros no hubieran osado

poner los pies; el que, sin otras precauciones, vestía una librea que

tuviese empeño en defenderla de la vanidad y los intereses de familia

poderosa ó de toda una asociación, éste era libre en sus operaciones,

y podía burlarse de los bandos. Entre los mismos encargados de

hacerlos ejecutar, algunos pertenecían por su nacimiento á la clase

privilegiada; otros eran de su clientela: todos, por educación, por

interés, por costumbre, por imitación, habían abrazado sus máximas, y

se habrían guardado muy bien de ser infieles á ellas por temor á un

pedazo de papel pegado á una esquina. Los agentes, pues, encargados de

la inmediata ejecución, aunque hubiesen sido emprendedores como héroes,

obedientes como frailes, y prontos á sacrificarse como mártires, no

hubieran podido lograr el fin que se proponían, inferiores como eran

en número á aquéllos á quienes trataban de someter, y con una grande

probabilidad de ser abandonados de los que en abstracto, ó mejor dicho,

en teoría les ordenaban obrar. Además, pertenecían á la clase más

abyecta y despreciable de la sociedad de aquel tiempo: su oficio era

vil aun á los ojos de aquéllos á quienes podían causar terror, y su

título tenido como un improperio. Era, pues, muy natural, que en lugar

de arriesgarse y lanzar su vida á desesperadas empresas, vendiesen su

inacción, y también algunas veces su connivencia, á los poderosos, y se

reservasen ejercer su execrable autoridad y la única fuerza que tenían

en las ocasiones en que no había ningún peligro, esto es, en oprimir y

vejar á los ciudadanos pacíficos y sin defensa.

El hombre que quiere ofender, ó que teme á cada momento ser

ofendido, busca de ordinario aliados y compañeros. Así es, que en

aquella época era llevada al más alto grado la tendencia de estar

reunidos en clases, formar otras nuevas, y procurar cada uno dar á

la suya la mayor importancia posible. El clero velaba en sostener y

aumentar sus inmunidades, la nobleza sus privilegios, el militar sus

exenciones, los mercaderes y los artesanos estaban inscritos en los

gremios y cofradías, los letrados formaban una liga y los médicos

una corporación. Cada una de estas pequeñas oligarquías tenía su

fuerza propia y especial; en cada una el individuo encontraba la

ventaja de emplear para sí, á proporción de su poder y de su destreza,

la fuerza reunida de muchos. Los más honrados se valían de esta

ventaja únicamente para su defensa; los astutos y los facinerosos

se aprovechaban de ella para llevar á cabo sus maldades, á cuyo fin

no habían bastado sus medios personales, y también para asegurarse

la impunidad. Sin embargo, las fuerzas de estas distintas ligas

eran muy desiguales, principalmente en el campo: el noble, rico y

déspota ejercía ese poder rodeado de una banda de bravos y cuadrillas

de aldeanos, acostumbrados por tradición de familia, interesados ó

forzados, á mirarse como súbditos y soldados de su señor, al cual

ninguna fracción de otra liga hubiera podido allí difícilmente resistir.

Nuestro Abundio, ni noble, ni rico, ni tampoco valiente, había, pues,

comprendido, antes casi de llegar á los años de la discreción, que iba

á ser en aquella sociedad como una vasija de tierra cocida, obligada

á viajar en compañía de muchos vasos de hierro. Había, pues, accedido

de buen grado á los deseos de sus padres, que querían fuese sacerdote.

Á decir verdad, no había reflexionado mucho en las obligaciones y en

los fines del santo ministerio al cual se dedicaba: procurarse una

vida cómoda y meterse en una clase respetada y fuerte, le parecieron

dos razones más que suficientes para tal elección. Mas una clase

cualquiera no protege, no asegura á un individuo sino hasta cierto

punto: ninguna le dispensa de crearse un sistema propio y particular.

D. Abundio, continuamente absorto en los pensamientos de velar por

su tranquilidad, se cuidaba poco de otras ventajas, las cuales para

obtenerlas era indispensable trabajar mucho y arriesgarse un poco. Su

sistema consistía principalmente en evitar toda especie de debates,

y ceder en los que no podía hacerlo: neutralidad desarmada en todas

las guerras que nacían en torno suyo, desde las contiendas entonces

frecuentísimas entre el clero y el poder secular, entre militares,

paisanos y entre los mismos nobles, hasta la riña más sencilla entre

los dos campesinos, nacida de una palabra, y decidida con los puños ó

las cuchilladas. Si se veía absolutamente obligado á tomar parte entre

dos combatientes, estaba por el más fuerte, y siempre á retaguardia,

procurando hacer ver al vencido que él no era voluntariamente enemigo

suyo: parecía decirle: ¿pero por qué no habéis sabido ser el más

fuerte, que yo me hubiera puesto de vuestra parte? Estando á larga

distancia de los poderosos, disimulando sus injusticias pasajeras y

caprichosas, correspondiendo con sumisión á las que provenían de una

intención más formal y más meditada, obligaba á fuerza de saludos y

expresiones joviales de respeto á que los más bruscos y altaneros le

dirigiesen una sonrisa cuando los encontraba en su camino. El infeliz

había conseguido llegar á los sesenta años sin grandes borrascas.

Sin embargo, no se crea por esto que no tuviese también en el fondo

del alma su pequeña dosis de hiel: aquel continuo ejercitar de la

paciencia, aquella necesidad de dar siempre la razón á los otros, tan

amargos bocados tragados en silencio, lo habían exacerbado hasta tal

punto, que si no hubiese podido de vez en cuando desfogar un poco,

ciertamente lo habría pagado en salud. Pero últimamente, como había

en el mundo y á su lado personas que él conocía que serían incapaces

de hacerle daño alguno, podía también alguna vez descargar sobre

ellas su mal humor reprimido por largo tiempo, ocupándose en regañar

y dar gritos injustamente. Era, pues, un rígido censor de los que no

se regulaban como él; pero cuando podía ejercitar dicha censura sin

ninguna clase de peligro, aunque fuese lejano, el vencido era para él

un imprudente, y el muerto siempre había sido un hombre muy turbulento.

Al que volvía con la cabeza rota por haber sostenido sus derechos

contra algún poderoso, D. Abundio sabía siempre encontrar alguna culpa

en el primero, cosa no difícil; porque la razón y sinrazón jamás se

dividen tan absolutamente, que no se puede hallar un poco de una

parte y otro poco de otra. Sobre todo, declamaba contra aquellos de

sus cofrades que peligrosamente tomaban el partido del débil oprimido

contra el poderoso opresor. Á esto él llamaba comprar impedimentos al

contado y querer enderezar las piernas á un perro cojo; añadía también

severamente que era mezclarse en cosas profanas en detrimento de la

dignidad de su sagrado ministerio; y predicaba siempre contra ellos,

pero siempre con mucha perspicacia, y en un pequeñísimo círculo, con

tanta más vehemencia, cuanto más seguro estaba de que eran ajenos

de resentirse, y en cosas que les tocaban personalmente. Tenía una

sentencia predilecta, con la que cerraba siempre sus discursos tocante

á dicho asunto: que el hombre honrado que no cuida más que de lo suyo

y permanece en su lugar correspondiente, nunca tiene malos encuentros.

Juzguen ahora mis lectores qué impresión debió lo que va referido

hacer sobre el ánimo del pobre cura. El espanto que le habían causado

aquellos horrorosos semblantes y terribles palabras; las amenazas de

un señor conocido por no haberlas hecho jamás en vano; un sistema

de vida tranquila que le había costado tantos años de paciencia y

estudio, desconcertado un momento, en un paso del cual no veía salida

posible: todos estos pensamientos se agrupaban tumultuosamente en la

cabeza de D. Abundio, que con ella inclinada proseguía su camino. “¡Si

pudiese mandar en paz á Renzo con un _no_ bien redondo! pase; ¿pero

querrá razones? ¡Y por Cristo! ¿qué he de responderle? ¡Y el muchacho

no tiene mala cabeza que digamos! Es un cordero si no se le hostiga;

mas si uno quiere contradecirle... ¡Oh!... Y después está enteramente

perdido por esa Lucía; enamorado como... Rapazuelos, que no sabiendo

qué hacerse, se enamoran, quieren casarse, y no piensan en otra cosa;

no haciéndose cargo de los compromisos en los cuales ponen á un hombre

de bien. ¡Oh, infeliz de mí! ¿No es una triste desgracia el que esos

dos fantasmones hayan venido precisamente á plantarse en mi camino, y á

emprenderla conmigo? ¿Qué puedo yo? ¿Soy acaso el que quiero casarme?

¿Por qué no han ido á hablar más bien á... ¡Oh! ¡Ved, pues, cuán

grande es mi suerte! Siempre se me ocurren las cosas después de haber

pasado la ocasión. Si hubiese pensado en imbuirles que fuesen á llevar

su mensaje...”. Mas al llegar á este punto sintió que arrepentirse

de no haber sido consejero y cómplice de una maldad era muy inicuo,

y descargó toda su ira contra el que iba de este modo á turbar su

reposo. No conocía á D. Rodrigo más que de vista y por su fama; nunca

había tenido con él otro negocio más que tocar la barba con el pecho,

y el suelo con el extremo de su sombrero las pocas veces que lo había

encontrado á su paso. En más de una ocasión le había ocurrido defender

la reputación de dicho señor contra los que en voz baja, suspirando y

alzando los ojos al cielo, maldecían alguno de sus hechos: había dicho

más de cien veces que D. Rodrigo era un respetable caballero; mas en

aquel instante, le aplicó en su interior todos los epítetos que jamás

había oído serle prodigados por otros, sin interrumpirles prontamente

con un “_¡vaya allá!_”

En este desorden de ideas llegó á la puerta de su casa, que estaba

situada á la entrada del pueblo: metió con presteza la llave en la

cerradura, abrió, entró, cerró diligentemente; y ansioso de hallarse

en segura compañía, llamó con celeridad: “Perpetua, Perpetua;” y se

fué acercando al propio tiempo á la habitación en donde aquella debía

estar probablemente, preparando la mesa para cenar. Según se veía,

era Perpetua el ama de gobierno de D. Abundio, ama apasionada y fiel,

que sabía obedecer y mandar, según las ocasiones; tolerar á tiempo

los regaños y extravagancias del amo, y á su vez hacerle aguantar lo

propio; que de día en día eran más frecuentes desde que había pasado

de la canónica edad de los cuarenta, permaneciendo célibe por haber

desechado (según la misma decía) todos los partidos que se le habían

ofrecido, ó por no haber encontrado jamás un perro que la quisiera,

como decían sus amigas.

“Voy”, respondió Perpetua, poniendo sobre la mesa en el sitio de

costumbre un frasco del vino predilecto de D. Abundio, dirigiéndose

lentamente hacia donde éste se hallaba; mas aún no había llegado

aquélla al umbral de la puerta de la sala, cuando él entró con un

paso tan precipitado, con una mirada tan sombría, y un semblante tan

desencajado, que no eran necesarios los ojos perspicaces de Perpetua,

para descubrir á primera vista que le había pasado alguna cosa muy

extraordinaria.

--¡Misericordia! ¿Qué ocurre, señor?

--Nada, nada, contestó D. Abundio, dejándose caer sin aliento en su

sillón.

--¡Cómo nada! ¿Queréis darme á entender otra cosa, tan turbado como

estáis? Algún grande acontecimiento os ha sobrevenido.

--¡Oh, por amor del cielo! Cuando yo digo nada, es nada, ó cosa que no

puedo decir.

--¿Que no podéis decir ni aun á mí? ¿Quién cuidará de vuestra salud;

quién os aconsejará?...

--¡Ay de mí! Callad, y dejemos esto; dadme un vaso de mi vino.

--¡Y todavía querrá sostenerme que no tiene nada! dijo Perpetua,

llenando el vaso, y permaneciendo con él en la mano, como si no

quisiera dárselo más que en premio de la confidencia que tanto se hacía

esperar.

--Traed, traed, repuso D. Abundio, cogiendo el vaso con mano trémula, y

apurándolo de un solo trago, como si fuese una medicina.

--¿Queréis, pues, obligarme á que vaya á preguntar por todas partes

qué es lo que os ha sucedido? dijo Perpetua, puesta en jarras y de pie

delante de su amo, mirándole fijamente, como si quisiese arrancarle de

los ojos el secreto.

--¡Por el amor de Dios! dejaos de habladurías; no deis chillidos: me

va... me va en ello la vida.

--¡La vida!

--La vida.

--Bien sabéis que siempre que me habéis dicho sinceramente alguna cosa

en secreto, yo jamás he...

--Justamente; como cuando...

Perpetua vió que había tocado una cuerda falsa, en vista de lo

cual cambió súbitamente de tono, y con voz dulce, á propósito para

conmoverle, exclamó: “Mi querido señor, yo siempre he sido y os soy

adicta; si ahora deseo saber con ansia lo que os aflige, es porque

quisiera poder ayudaros, aconsejaros y tranquilizar vuestro espíritu”.

El caso era que D. Abundio tenía tantos deseos de descargarse de su

doloroso secreto, cuanto los de Perpetua de conocerlo: por tanto,

después de haber rechazado, aunque siempre muy débilmente, los

multiplicados, y cada vez más ejecutivos ataques de ésta; después

de haberla hecho jurar hasta la saciedad que no lo descubriría; por

último, haciendo muchas pausas, dando muchos gemidos, le contó su

desgraciada aventura. Cuando llegó ya al nombre terrible del que le

había mandado el mensaje, fué preciso que Perpetua profiriese un nuevo

y más solemne juramento. Pronunciado el nombre, D. Abundio se recostó

sobre el respaldo del sillón, lanzó un gran suspiro, alzó las manos en

ademán imperioso y al mismo tiempo suplicante, diciendo: “¡Por Dios!”...

--¡Virgen santísima! exclamó Perpetua. ¡Oh, qué bribón! ¡Qué malvado!

¡Qué hombre tan sin temor de Dios!

--Callaréis, ¿ó queréis acabar de perderme?

--Estamos solos; nadie nos oye. Mas, ¿qué es lo que vais á hacer, pobre

amo mío?

--¡Oh! ¡Ved, dijo D. Abundio con ironía y cólera á la vez; ved los

bellos consejos que sabéis darme! Me pregunta lo que haré, lo que voy

á hacer, como si fuese ella la que se hallase en el apuro, y me tocara

sacarla de él.

--Yo os diré gustosa mi humilde parecer; pero en seguida...

--¿Pero en seguida? Veamos, pues.

--Mi opinión sería que, ya que todo el mundo dice que nuestro arzobispo

es un santo varón, un sujeto de pulso, que no teme á ninguno de esos

bribones, aunque sean poderosos, y que goza la mayor satisfacción

sosteniendo con firmeza á un sacerdote contra las asechanzas de ellos;

diré, y digo, que es necesario escribirle una carta bien puesta;

informándole cómo y de qué manera...

--¿Queréis callar, queréis callar? ¿Son consejos éstos para un

desventurado? ¿Cuando haya recibido un buen balazo en las espaldas...

(¡Dios me libre de semejante desgracia!)... el arzobispo me lo quitará?

--¡Bah! las balas no se tiran como confites. ¿Y qué sería de nosotros

si esos perros mordiesen todas las veces que ladran? Yo siempre he

visto, que el que sabe enseñar los dientes y hacerse estimar en lo que

vale, se hace también respetar; y como nunca queréis que prevalgan

vuestras razones, es la causa de que nos veamos reducidos á que

cualquiera venga (con vuestro permiso) á...

--¿Queréis callar?

--Al instante me callo; pero no es menos cierto que cuando el mundo ve

que uno, siempre y en todo y por todo, está dispuesto á bajar el...

--Está visto, no callaréis: ¿es ahora tiempo, por ventura, de decir

semejantes necedades?

--Basta, esta noche lo pensaréis; mas en el ínterin no empecéis á daros

malos ratos, y arruinéis vuestra salud. Vaya, tomad un bocado.

--Yo lo pensaré, repuso D. Abundio refunfuñando; ciertamente, yo lo

pensaré; ello tiene que pensarse. En seguida se levantó, añadiendo: no

quiero nada, nada; demasiado tengo en mi cabeza; sé por desgracia qué

me toca pensar. ¡Mas que tales cosas me sucedan justamente á mí!

--Bebed á lo menos otra gota, dijo Perpetua escanciándole; ya sabéis

que esto remedia vuestro estómago.

--¡Eh! yo necesito otro bálsamo... sí, otro bálsamo. Así diciendo,

tomó una luz, y refunfuñando siempre: “¡Es una bagatela, á un hombre

de bien como yo!... Y mañana, ¿qué sucederá?” y otras lamentaciones

parecidas, se encaminó á su estancia. Al llegar junto á la puerta se

volvió de pronto á Perpetua, se aplicó un dedo á los labios, diciendo

con reposado y solemne acento: “¡Por el amor de Dios!”... y desapareció.

CAPÍTULO SEGUNDO

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 1 · 第 1 / 26 段