--En mí, cada caricia un poco tierna ha ido siempre precedida de una

petición de dinero, una deuda que pagar, una joven que dotar, un sobrino

que establecer... «Hija mía, debías decir a tu tío...» ¡Oh! ya conocía

la fórmula... Por eso mi corazón de niña, ávido de entregarse, se moría

de asco; no he querido ya alrededor de mí más que mercenarios

declarados, con los cuales, al menos, no me llevaba chasco. ¡Es triste!

--Sí, en eso está el escollo--murmuró el joven oficial.--Lo que atrae a

los unos ahuyenta a los otros.

--¿Por qué?

--¿No ha pensado usted nunca en eso, miss Darling? Porque esa duda cruel

que envenena su vida de usted, sería más cruel todavía para los que

creyeran leerla en sus ojos amándola sinceramente.

--Es verdad, no es fácil obligar a un alma orgullosa. Esto me recuerda

una de las más bellas escenas de Schiller, cuando don Carlos, siendo

niño, quiere en vano obtener la amistad de Posa, niño como él, y choca

con el frío respeto que es debido «al hijo del rey», hasta el día en

que, para vencer su orgullo, se denuncia en su lugar como autor de

cierto atentado contra la dignidad de Felipe, y recibe el castigo

servil destinado al que resulta al fin su amigo.

--Sí, la escena es hermosa; pero el marqués de Posa, ese modelo de

generosidad, me resulta un poco disminuido aceptando tan fácilmente la

abnegación caballeresca del príncipe.

--Es usted muy severo. El sacrificio es a veces menos penoso que el

agradecimiento.

--Habla usted como la tía Liette.

--Mejor. Quisiera parecerme a ella en todo.

--«Abnegación, tu nombre es mujer». Pero yo, que no soy más que un

hombre, tengo la quisquillosa susceptibilidad de mi sexo...

--¿No pediría usted entonces la mano de una heredera?--preguntó la joven

valientemente.

El capitán bajó los ojos para huir de la clara mirada fija en la suya, y

respondió con acento ahogado, pero firme:

--No, señorita.

Hubo un instante de silencio.

Eva azotaba nerviosamente con la fusta las hojas secas que quedaban

todavía en las ramas muertas... Carlos se mordía el bigote oprimido por

la conciencia de la palabra irreparable arrancada a su conciencia.

¿Quién sabía?

Acaso le amaba ya un poco, a él, que la amaba tan apasionadamente...

Acaso su brutal franqueza había helado la florecilla azul de un áspero

frío de invierno. Acaso, al ahogar la declaración que asomaba a sus

labios, había sacrificado a un exceso de orgullo la dicha de Eva como su

propia dicha... Y las hojas caídas no reverdecen más...

La trompa hizo oír a lo lejos su queja melancólica como un débil

suspiro... De repente atravesó la calle y se deslizó entre las patas de

los caballos un grueso reptil de larga cola y los dos caballos,

asustados, hicieron una huida. Carlos permaneció firme en la silla, pero

Eva fue arrancada violentamente de la suya y cayó al suelo, felizmente

algodonado de musgo. Su grito de pavor fue ahogado por el de su

compañero. Más rápido que el pensamiento, el joven, se tiró del caballo

y levantó en sus robustos brazos a la linda desmayada.

--¡Eva! ¡Mi querida Eva!--exclamó transportado por irresistible

entusiasmo.

¿Había Eva perdido completamente el conocimiento? ¿Vibró en su oído

aquella llamada apasionada? ¿Vio a través de sus párpados cerrados

aquella cara alterada e inclinada ansiosamente sobre la suya? ¿Adivinó

la angustia de aquel corazón poseído por ella y que quería en vano

defenderse?

Un fugitivo rubor coloreó sus mejillas y una sonrisa pareció dibujarse

en sus labios.

Después de todo era acaso un purpurino rayo de sol que jugueteaba entre

las ramas...

* * * * *

Vuelta en sí, la joven declaró valientemente que quería continuar el

paseo, pero en el momento de montar a caballo vio una cosa que relucía

en la hierba pisada.

Era la crucecita regalo de la tía Liette.

--No me lo hubiera perdonado nunca, y con razón--exclamó la joven miss

cuando Carlos le explicó el origen de la cruz.--Espere usted que se la

prenda sólidamente.

Y con sus dedos un poco temblorosos prendió la alhaja de esponsales en

el uniforme de Carlos, como lo hizo sin duda la pobre criolla cincuenta

años antes.

* * * * *

¡Ahora podían ya sonar las trompas!

* * * * *

Era inútil preguntar a Carlos si estaba contento de aquel día. Su dicha

rebosaba como el champagne en una copa llena, y brillaba en el timbre de

su voz, en el crujido de sus botas y en la antigua casa, poniendo la

alegría en todos los muros y una sonrisa en los seres y en las cosas. El

mismo Breal le seguía con sus ojos de vidrio con tanta complacencia, que

el joven estaba tentado por interpelarle directamente como en los

tiempos en que siendo pequeño le tomaba por confidente de sus sueños

infantiles.

¡Era dichoso!

¿Por qué?, hubiera preguntado la fría razón.

¿Se habían modificado sus ideas en el curso de aquel paseo sentimental?

¿Ponía ya a un lado sus prejuicios? ¿Había pasado la barrera de los

vanos escrúpulos? ¿Se iba a declarar pretendiente de aquella manita

demasiado llena de oro?

No, seguramente.

Entonces... ¡Bah! ¿Qué importaba? ¡Qué tonta es la señora Razón

congelada en sus principios e incapaz de comprender... lo

incomprensible!

No, nada había cambiado en sus proyectos para el porvenir. Eva se

volvería a América y él a alguna guarnición lejana. Probablemente no se

verían más; él envejecería solitario como la tía Liette: ella se casaría

con algún brillante noble o con algún rey del país de los dólares... No

era esta una agradable perspectiva, y, sin embargo, era feliz.

«El corazón tiene razones que la razón no conoce.»

--¡La amo!--murmuraba Carlos muy bajito.

Y el eco le respondía más bajo todavía:

--¡También te ama ella!

El que no encuentre estas razones suficientes es que no ha tenido nunca

veinte años.

* * * * *

Poseído por la embriaguez de la hora presente, Carlos no miraba más allá

ni pensaba más que en el momento en que debía reunirse de nuevo con su

amada. El señor de Candore había invitado colectivamente a todos los

cazadores presentes en Argicourt a una gran batida en sus bosques en la

semana siguiente. Y el joven oficial no esperaba más que la invitación

particular fijando el día definitivo, cuando la tía Liette le dijo

después de una ligera vacilación:

--¿Deseas mucho ir a esa cacería?

¿Si lo deseaba? ¡Oh! sí...

Carlos la miró muy sorprendido.

--No te ocultaré, tía Liette, que debo encontrar allí muy buenos

camaradas...

--¿Y si yo te pidiera que me la sacrificases como querías sacrificarme

la otra?...

--No podría rehusártelo, pero lo sentiría mucho más.

--¿Por qué? Apenas conoces al señor de Candore.

--No es solamente por él, pero sus bosques son, según se dice, muy

abundantes en caza y a mí me gusta mucho esta diversión.

El joven se embrollaba más y más.

--En fin, tía Liette, me sería muy penoso el no ir, confesó francamente.

Por las tranquilas facciones de la solterona se deslizó la sombra de una

duda.

--Entonces, me es doblemente penoso el insistir, hijo mío, pero te lo

ruego, no vayas a esa cacería--dijo con dulce firmeza.

Impresionado por su acento, el joven experimentó una vaga inquietud.

¿Había su tía adivinado su secreto? ¿Desaprobaba su conducta?

--¿Tienes algo que reprocharme, tía Liette?--balbució confuso.

Liette hizo un gesto de orgullo.

--¿A ti? No, hijo mío; mis razones son enteramente personales. No me las

preguntes... por el momento.

Asombrado, Carlos se inclinó discretamente.

--Está bien, tía Liette, no aceptaré la invitación--dijo ahogando un

suspiro.

El joven no debía tener este disgusto...

¿Fue olvido voluntario o involuntario? Ello fue que la invitación no

llegó...

--Mejor, así no tendrás necesidad de excusarte--dijo la oficinista

tranquilamente timbrando la serie de tarjetas de invitación destinadas a

las personas de los alrededores.

Pero Carlos no lo veía lo mismo, y se tiraba del bigote, presa de una

sorda irritación.

Aquello era más que una falta de política por parte de una persona tan

correcta; se veía una intención ofensiva. ¿Por qué?

El conde no le había sido muy antipático a primera vista. Con el

desprecio inconsciente de la juventud por la edad madura, Carlos no

había podido ver un rival en aquel cincuentón bien conservado... Pero

ahora, pensando mejor en el asunto, recordaba pequeños detalles que

habían pasado inadvertidos: su frialdad intencionada, su hostilidad

transparente, su despecho mal disimulado... y se preguntaba si esta

omisión más o menos premeditada sería un desquite...

Lo peor era que no podía enfadarse sin ponerse en ridículo. No se puede

provocar a un caballero para obligarle a que nos invite. Había que

tascar el freno en silencio mientras el hábil diplomático ocupaba al

lado de Eva el sitio reconquistado. El joven, a su vez, sufría el duro

escozor de los celos y seguía con mirada de envidia a los convidados más

felices que iban a Candore en carruajes variados.

¡Qué triste día! ¡Qué lúgubre y largo al lado del anterior, tan corto y

tan radiante y que no tenía continuación! ¡Todo se había acabado!

Su licencia expiraba dentro de ocho días. Una visita de cumplimiento a

Argicourt, donde tendría acaso la suerte de un encuentro fortuito, de

una entrevista rápida, de una despedida trivial, y nada más. ¡Era poco!

¡Ah! tía Liette, tía Liette...

No la acusaba, seguramente; debía de tener buenas razones... De otro

modo, ¿le hubiera causado semejante pena con mala intención?

Porque Carlos había tenido mucha pena, y ella también de rechazo, pero

ella se callaba sabiendo por experiencia que la mano más delicada es

siempre torpe al tocar ciertas heridas... Y las horas pasaban

lentamente; el crepúsculo desplegaba su velo gris por los campos y ya

comenzaba el desfile del regreso. Delante del Correo detúvose un coche y

apareció en el umbral el anciano general Estry.

--No molestarse--dijo con su franqueza militar,--es la visita de un

amigo que pasa. Quiero felicitar a su tía de usted por el valiente

soldado que nos ha dado. Felicito a usted sinceramente, señorita, he

conocido mucho a su padre de usted, y su sobrino no ha degenerado.

¡Haría falta que hubiera muchas mujeres como usted y muchos hombres como

él...

Marchose el general, y la madre y el hijo no habían vuelto de su

sorpresa cuando se abrió de nuevo la puerta. Eran dos antiguos camaradas

de Saint-Cyr de guarnición en Noyon.

--Dispénsenos usted, señorita, pero queríamos absolutamente presentar a

usted nuestros respetos y estrechar la mano del capitán antes de su

partida. Sabe que no tiene más que amigos en el ejército y que puede

contar con nosotros en todas las ocasiones...

Ni el uno ni los otros hicieron la menor alusión a la ausencia de Carlos

a la cita dada. Y continuó el desfile...

Cordiales apretones de manos, protestas de estima, señales de respeto,

nada faltó, y el corazón de los que eran objeto de estas manifestaciones

llegó a oprimirse vagamente. ¿Qué había pasado? ¿Por qué esas muestras

de simpatía que parecían cumplimientos de pésame? ¿Quién se les había

muerto? ¿Qué desgracia les castigaba?

Un gran ruido de cascabeles, y un break se detiene en la puerta. Los

señores de Argicourt entran a su vez seguidos de Eva, que abraza

valientemente a la tía Liette.

--Señorita--dice la joven castellana, mientras su marido estrecha una

vez más la mano de Carlos,--tendríamos mucho gusto en ver a ustedes en

Argicourt antes de que se vaya el capitán. Estaremos en toda intimidad;

una comida de familia. No nos rehusarán ustedes este favor, que nos

honrará mucho, y ustedes elegirán día...

Decididamente, había algo...

Cuando se marcharon, el joven oficial se puso el abrigo con ademán

nervioso y cogió el sombrero.

--¿Adónde vas?--le preguntó la tía Liette asustada.

--A dar una vuelta antes de comer; me ahogo aquí.

Carlos salió y se alejó a grandes pasos. Quería saber... El sabría...

* * * * *

Al llegar a Candore, la primera mirada de Eva fue para buscar al

capitán. Raúl lo echó de ver, y sintió un sordo resentimiento, pero se

contuvo gracias a ese dominio de sí mismo que da la costumbre del

mundo, y siguió mostrando la exquisita cortesía que hacía de él un

perfecto caballero cuando quería tomarse ese trabajo. Neris, por su

parte, acogió a la joven americana con una amabilidad meritoria dados

los proyectos matrimoniales de su sobrino, y estaba hablando

amistosamente con ella de los recuerdos comunes traídos de la Ciudad

Eterna cuando este último fue a interrumpirlos dando la señal de la

marcha.

Por segunda vez, Eva echó una mirada circular a la multitud de los

cazadores, equipados y armados en razón inversa de su habilidad

cinegética, pues los más temibles para la caza no eran los que tenían

mejor escopeta ni más profundo morral; pero ella no hizo ninguna

profunda reflexión. Carlos se reuniría con ellos, sin duda, en la Cruz

del Pequeño, donde debía empezar la batida.

Solamente, en lugar de seguir a pie con Jenny y unos cuantos intrépidos,

declaró que prefería el coche, con gran contrariedad del diplomático.

--No tengo verdaderamente suerte con usted, miss Darling--dijo con

involuntaria acritud.--¡Yo que esperaba hacerle a usted tirar la primera

pieza!

--No lo sienta usted, porque no la acertaría.

--Pero, en fin, ¿es que le desagrada a usted mi compañía?

--Nada de eso, pero prefiero la del señor Neris--respondió con una

sonrisa al anciano, que se quedó encantado;--esta vez no dirá usted:

«¡Plaza a los jóvenes!»

--Ahí lo tienes, sobrino, no eres bastante viejo--observó el octogenario

con un dejo de malicia.

El conde se encogió de hombros.

--Al menos aboga por mí--le dijo al oído.

Lo que era quizá mucho pedir.

Además de Eva y el señor Neris, la carretela contenía también al notario

Hardoin y al tío Dick.

--Un terceto de inválidos respirando un capullo de rosa--dijo

galantemente el anciano Héctor.

--Hable usted por sí mismo--respondió en tono de protesta el

notario.--Yo mato aún con limpieza una liebre cuando se me antoja, y

pienso festejar mis bodas de oro con mi despacho cuando la señorita

Raynal festeje las de plata con la oficina de Correos.

Al oír este nombre, un fugitivo rubor coloreó la graciosa cara de Eva.

--Tiene usted una encantadora vecina--dijo con convicción.

--¿A quién se lo cuenta usted, señorita?--exclamó alegremente el señor

Neris.--Hace veinte años que este pobre señor Hardoin es fiel a su

despacho por no renunciar a esa preciosa vecindad, esperando que el

mejor día la señorita Raynal se equivoque de puerta y se meta en su casa

para no salir más. Hasta se dice que tiene encima de la mesa un contrato

enteramente redactado en el que sólo falta una firma...

--Ríase usted, señor Neris. No había más que una mujer para hacerme

abjurar el celibato, y esa se ha quedado soltera...

--Su sobrino es enteramente... _wery-well_--dijo el tío Dick.

--Son dignos el uno del otro--afirmó gravemente el señor

Hardoin.--Hubiera deseado tener a la una por mujer y al otro por hijo.

--Muy exigente es usted, querido; yo me contentaría con tenerle por

sobrino--suspiró el tío de Raúl.

Eva estaba radiante; sus ojos brillantes y su color animado expresaban

el placer que le causaba la conversación. Así fue que cuando el conde

volvió a la carga renovando sus instancias para hacerla decidirse a

hacer compañía a la juventud, la joven rehusó con viveza y le envió

bastante bruscamente a sus ojeadores, que ya estaban haciendo ruido.

¡Qué diablo! No sólo hay éxitos en la carrera diplomática y un solo

pantalón rojo vence a veces, nada más que con mostrarse, a las sabias

combinaciones de todos los Talleyrand del mundo.

Es probable que si la joven miss hubiera vislumbrado el dormán del

capitán al través de las ramas hubiera encontrado de pronto menos

atractivos a la sociedad de los tres inválidos, pero las instancias del

diplomático no tenían el mismo poder. En amor como en la guerra, los más

elocuentes no son los más habladores, y Eva hubiera respondido de buena

gana como Inés:

Horacio con dos palabras

lo hablara mejor que vos...

Y falta saber si esas dos palabras eran necesarias...

* * * * *

La cacería estaba acabada. De vez en cuando algún tiro aislado como

último eco del tiroteo del día; alguna liebre que saltaba por el llano;

alguna perdiz asustada que rastreaba el surco.

Carlos no había parecido...

--¿Por qué?--se preguntaba Eva muy triste.

¿Sería que su huraño orgullo podía más que su tímido amor? ¿Sería que

aquel valiente tenía miedo de ella y de sí mismo, y, sin fuerza para

afrontar una nueva entrevista, empleaba su valor en la fuga?

Porque Carlos la amaba, estaba segura.

Si la duda trataba de insinuarse en su corazón, Eva no tenía más que

cerrar los ojos para volver a ver a aquel varonil semblante ansiosamente

inclinado hacia ella y para oír el eco todavía vibrante de aquel

apasionado: «¡Eva, mi querida Eva!» que hacía estremecerse

deliciosamente todo su ser.

¿Era, pues, su voluntad más fuerte que su amor?

Y la joven miss hacía una linda mueca que indicaba un ligero despecho.

Por una vez, ella, que tanto apreciaba a los fuertes, hubiera preferido

un poco de debilidad... Ya el sentimiento que turbaba su alma quitábale

el aplomo, y ella tan valiente, no se atrevía a preguntar. Pero el tío

Dick acercó tranquilamente el fuego a la pólvora.

--¿Cómo será que no hemos visto al capitán? ¿Se habrá acabado su

licencia?

--No, señor Darling--respondió el notario con acento distraído,--pero no

estaba invitado que yo sepa...

--¡Cómo!--protestó vivamente Eva;--fue una invitación colectiva y yo fui

testigo.

--Entonces no ha sido reiterada.

--¿Está usted seguro, señor Hardoin?

--Segurísimo, señorita.

La cara de la joven se iluminó con una llama. Aquella flagrante falta de

educación, cuyo secreto motivo adivinaba, le hizo el efecto de una

injuria personal a la que se propuso responder duramente.

Al volver al castillo, donde había preparado un lunch Raúl ofreció el

brazo a su «perversa amiga», que lo aceptó con una espontaneidad de buen

agüero y se dejó conducir al puesto de honor. Pero apenas el conde, muy

entusiasmado, hubo dicho unas cuantas galanterías triviales, la joven le

disparó a quemarropa y en voz tan clara que todo el mundo lo oyó:

--A propósito, el capitán Raynal no ha recibido invitación, ¿sabe usted?

Desconcertado por aquel ataque imprevisto, el conde balbució algunas

palabras vagas.

--Quería advertírselo a usted--prosiguió Eva agresiva,--por si es un

olvido... lamentable...

--Sí y no, señorita--respondió Raúl picado en lo vivo por aquella

visible ironía. Siento infinito haber privado a usted de un acompañante

a quien parece apreciar mucho...

--Mucho...

--Pero por otra parte, lo confieso, le agradezco una reserva muy

indicada en él.

--¿Por qué? Explíquese usted, si gusta.

--Hay cosas imposibles de explicar a una señorita.

Hubo un instante de silencio molesto.

El señor Hardoin jugaba con el cuchillo, con una enigmática sonrisa en

los labios.

--Dispense usted, querido conde--dijo gravemente el señor de

Argicourt,--pero usted ha encontrado al capitán Raynal en mi casa y soy

solidario de todos mis huéspedes. ¿Sabe usted alguna historia respecto

de él?

--No quiera Dios, mi querido amigo--protestó vivamente Raúl, que sentía

ya su torpeza;--creo que es un oficial de mérito, del que no tengo nada

que decir... Pero no es sólo...

--Creía haber encontrado con frecuencia a la señorita Raynal en casa de

su madre de usted, señor conde--dijo tranquilamente el notario.

--Y yo siento tener que recordarte que esa persona, por la que profeso

la más alta estima, ha sido la compañera y la amiga de tu mujer, mi

pobre hija--añadió Neris con severidad.

El conde se mordió los labios. Su celoso rencor le había llevado

demasiado lejos.

--Tienes razón, tío, no he debido olvidarlo--dijo esperando cortar así

el debate.

Pero Eva no le permitió esquivarse por esta hábil maniobra.

--Perdone usted--dijo extendiendo su fina mano como para cortarle la

retirada;--si no comprendo mal, es a la señorita Raynal a la que se

refieren sus insinuaciones... No diré a usted que eso no es digno de un

noble, ni siquiera de un caballero... Pero, ¿no la ha mirado usted

nunca?

--Dispense usted, señorita, pero la cuestión se extravía a un terreno

muy delicado al que no puedo seguirla.

--Entonces era preciso no haberme precedido en él.

La respuesta fue clara y ceñida como un latigazo, y la joven y valiente

miss que así defendía a su sexo fue saludada con un murmullo de discreta

aprobación.

El conde se inclinó un poco pálido.

--He hecho mal, lo confieso--dijo no sin nobleza;--he pronunciado

palabras inconvenientes, falta imperdonable en un viejo diplomático, y

pido a usted que me dispense, señorita, dándole gracias por la

lección... que no aceptaría de nadie más--añadió con altanería.

Quedaba terminado el incidente; pero no por eso dejó de reinar cierto

malestar hasta que se marcharon los convidados. Al despedirse del

conde, el notario Hardoin le dijo con bondad:

--Si tiene usted curiosidad de conocer la verdad sobre el capitán

Raynal, señor conde, tómese el trabajo de ir el domingo a mi despacho;

necesito justamente un testigo para un acta de adopción.

* * * * *

Cuando el señor Hardoin, que había acechado la salida del joven,

aprovechó su ausencia para poner a su vecina al corriente de los hechos

del día, Liette se quedó un instante pensativa y una sombra alteró la

serenidad de su frente.

--Esto es lo que yo temía--murmuró.

--Aseguro a usted, querida amiga, que aquello fue para usted la ocasión

de un verdadero triunfo. No hubo ni una nota discordante.

--¡Ay! sí, una sola, y lo deploro por él y por Carlos.

--Permítame usted que no me asocie a su pena en cuanto al primero. La

impunidad de ciertos culpables me subleva, y es pan bendito cuando

ellos mismos recogen varas para azotarse.

--Pero Carlos...

--¿Qué? ¿No contaba usted con aprovechar su presencia para decirle la

verdad y regularizar su situación?

--Sin duda, pero no preveía tales complicaciones...

--Vamos a ver, mi prudente amiga, un poco de calma; no perdamos la

cabeza sin ton ni son. El señor de Candore ha estado... torpe, por no

decir más; ya ve usted si soy indulgente. Si se ha puesto en el caso de

avergonzarse delante de usted y delante de Carlos, peor para él; será un

castigo merecido.

--No es eso sólo, aunque sea en extremo penoso; pero temo...

--¿Qué?

--Todo. Carlos está celoso...

--¿Del conde? Yo hubiera creído lo contrario, y con razón... Miss

Darling manifiesta tan claramente su preferencia, que no hay necesidad

de ser gran psicólogo para leer en su corazón...

--¡Y él! Carlos no piensa más que en ella; por esto quisiera evitar a

toda costa un escándalo lamentable... Sin esa funesta rivalidad, ¿quién

sabe? El conde no está absolutamente desprovisto de buenos

sentimientos... Es libre, rico...

--¿En qué piensa usted, querida amiga?

--En la felicidad de Carlos.

--¡Usted, que no quería compartir sus derechos con nadie, ni siquiera

conmigo!...

--¿Y no había en eso un poco de egoísmo? Hay que querer a los hijos por

ellos, no por uno mismo. Si él tuviese una fortuna, un nombre...

--Pronto tendrá legalmente el de usted, y es demasiado ahijado mío para

no preferirlo a cualquiera otro. En cuanto a la fortuna... no creo

faltar al secreto profesional confiando a usted que hay alguien que se

interesa por él... y le asegura en su testamento una honrosa medianía...

sin perjudicar a nadie... Esa es la ventaja de ser soltero.

Liette, enternecida, le estrechó silenciosamente la mano.

--¡Bah! nada de emoción--dijo el notario con expresión de mal

humor;--eso me quitaría el apetito y acaso perturbara al muchacho, que

probablemente no sospecha nada y va a venir a comer según costumbre.

Sin embargo, él tampoco estaba muy tranquilo, y cuando vio al fin a su

ahijado, ahogó un suspiro de alivio.

Carlos estaba tranquilo, casi risueño.

--¿Tú quoque, padrino?--exclamó con alegría un poco forzada.--Todo el

pueblo se había dado cita en nuestra humilde casa, y usted sólo

faltaba. La verdad es que le estaba a usted esperando con una delegación

de los bomberos. ¿No es usted su capitán honorario?

--Sí, búrlate, mal muchacho. No se hará jamás bastante público homenaje

a la que tienes el honor de pertenecer...

--Ciertamente--respondió Carlos con voz un poco alterada.

Mientras Hardoin, muy verboso, se metía en una larga digresión sobre un

proyecto de fiesta del «Mérito modesto», generalmente desconocido,

Liette seguía con mirada inquieta al joven, que iba y venía en el

comedor como si no pudiera estarse quieto.

--¿No me había usted dicho que iba el domingo a Argicourt,

padrino?--preguntó de repente, cortando un período que ni siquiera había

oído.

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