envidiable de las heroínas de Cooper, quitando la peladura... Y lo peor
era que las provisiones eran limitadas y nosotros aumentábamos el número
de bocas... A todo esto, el tío Dick, que se queja siempre de no tener
apetito, lo tenía feroz en aquellos momentos. Así fue que para evitar el
ser expulsados como bocas inútiles, nos ofrecimos a hacer fuego para
cooperar a la defensa. Y aquí tiene usted cómo he servido a las órdenes
del capitán Raynal y merecido ser comparada con la tía Liette, lo que me
halaga mucho, hoy sobre todo.
--¡Y si hubieras visto qué valentía y qué buen humor, tía Liette! Los
socorros se hacían esperar, y la desanimación, hermana del fastidio,
hubiera acaso hecho estragos en mis hombres. Pero miss Darling les
vertía su alegría como champagne, y organizaba conciertos y
representaciones...
--¿Recuerda usted al tío Dick ensayando el «Yankee Doodle» en la
corneta?
--¡Y qué hermana de la caridad consolando a los moribundos, curando a
los heridos!... Cuando yo mismo estuve fuera de combate...
--¡No me lo habías dicho!
--¡Bah! un arañazo... Su influencia mantuvo mejor la disciplina entre
aquellos hombres groseros y violentos mejor que las reprimendas de los
oficiales, y remontó tan bien su moral, que cuando llegó la columna
libertadora, los pobres diablos, que tenían el vientre vacío hacía
veinticuatro horas, estaban aprendiendo... la bamboula bajo su alta
dirección.
--¡Bah! se hace lo que se puede. Pagué mi escote de ese modo.
--También pagó usted en moneda de plomo. ¡Los moritos que dejó usted
caer!...
--La verdad es que podrías alistarte en los rifles-women, Eva. ¡Cómo
debes de despreciar nuestras cacerías de papelitos!
--Al contrario; prefiero esa caza a cualquiera otra. El defenderse está
bien; pero matar sin necesidad... y sin riesgos... Sobre todo a
inofensivas perdices... ¡Pobres animalitos!
Fue esto dicho sencillamente y sin falsa sensibilidad, de tal modo que
Liette, tan sencilla y tan natural, quedó enamorada de aquella
naturaleza tan igual a la suya.
Carlos leyó en sus ojos esa muda aprobación y sintió una viva alegría.
--¡Qué amable ha sido usted viniendo a vernos!--dijo a la joven con un
impulso irresistible.
--Tenía mucho deseo de conocer a su tía de usted.
--¿Se la figuraba usted así?
--No mucho. Como dijo no sé qué personaje de comedia, «una tía es
generalmente una mujer de edad», y la de usted ni siquiera gasta
anteojos...
--¡Oh! no tardaré en gastarlos, miss Darling; mis ojos se van--protestó
alegremente Liette, que, mientras hablaba con la condesa de Argicourt,
había oído las últimas palabras de aquel aparte.
--Pero no los oídos--observó maliciosamente la joven americana.--La
verdad es que me representaba a «la tía Liette» como una viejecita
arrugada y canosa de cincuenta años lo menos.
--Los cumplo el domingo; hasta entonces ya me hará usted crédito.
Todos se rieron, y aquellas señoras se levantaron para despedirse.
--¿Decididamente no quiere usted ser de los nuestros?--preguntó la
castellana con mucha amabilidad a Liette.
--Imposible, señora; pero agradezco a usted mucho su amable invitación.
--En todo caso, contamos con usted, capitán; a mi marido le encantará
recordar con usted los buenos tiempos, como él llama a aquellos en que
estaba soltero.
--Muy amable para ti, mi pobre Jenny.
--Tiene cuidado de añadir que echa de menos, no el celibato, sino el
uniforme...
--Eso lo comprendo. ¿Por qué le has hecho presentar la dimisión?
--¿Querías que fuese siguiéndole de guarnición en guarnición?
--¡Vaya una desgracia! «Para tomar mujer no se reniega de la madre»,
decía Napoleón; se puede muy bien ser buen marido y buen soldado.
¿Verdad, tía Liette? ¡Anda! ahora llamo a usted también yo tía Liette...
Dispénseme usted, señorita, y permítame darle un beso sin embargo...
Una graciosa sonrisa bajo la sombrilla rosa; un saludo militar bajo la
sombrilla blanca, y el carruaje desaparece en una nube de polvo.
Carlos vuelve al saloncillo, y le parece obscuro, vacío y frío.
Y, sin embargo, la tía Liette sigue allí, en su butaca.
* * * * *
Las circunstancias poco ordinarias en que Carlos y Eva se habían
conocido en África, eran de esas que crean en una semana una intimidad
de veinte años.
Ya, hacía algún tiempo, habían balsado juntos en un baile del
gobernador; pero en el mundo oficial y en la trivialidad de las frases
de salón, «se habían cruzado sin verse», según el refrán melancólico,
secreto de tantos destinos fracasados.
Por el contrario, en el estrecho Blockhaus que podía ser su tumba, en el
roce diario de la vida común, que hace resquebrajarse tan pronto el
barniz mundano que oculta tantas macas y a veces tan preciosas
cualidades, habían aprendido a conocerse, a estimarse... y quizá no se
habían quedado en eso.
Diga lo que quiera Augier, las desdichas, más que la prosperidad, son la
piedra de toque del verdadero mérito. El peligro y la angustia
compartidos pueden más que las conveniencias sociales y ponen a cada uno
en su lugar.
La rica americana y el joven oficial no podían menos de ganar en ese
contacto con las duras realidades de la existencia. Ni el uno ni el otro
habían seguramente conservado una impresión desfavorable de su primer
encuentro, pero era una impresión vaga, fugitiva, efímera, la duración
de un vals; mientras que en aquellas horas de angustia suprema, cada una
de las cuales podía ser la última, sus almas no temían mostrarse al
desnudo.
Carlos había podido admirar la valentía, la sangre fría y la sonriente
resignación de aquella niña mimada de la suerte y de la fortuna,
amenazada a los veinte años de dar un eterno adiós a todos los goces
que le estaban prometidos.
Ella, por su parte, había podido apreciar el carácter caballeresco, la
pronta decisión y la viril energía de aquel joven jefe encerrado en
aquel precario abrigo con un puñado de forajidos, en quienes hacía
vibrar las cuerdas dormidas del patriotismo, del heroísmo y del honor
por la fuerza del ejemplo.
Lo que no era siempre fácil.
Un tal Ragasse, una de las malas cabezas del destacamento, hongo
venenoso del lodo parisiense, de aspecto burlón, acento provocador y
lenguaje de barrios bajos, acribillado de castigos hasta no saber qué
hacer de ellos, y, por esto mismo, de una profunda indiferencia respecto
del particular, causaba la desesperación de sus superiores y les
producía serias inquietudes por su perniciosa influencia sobre sus
camaradas. Fatuo y presuntuoso además, el tunante no ocultaba su grosera
admiración por miss Darling, a la que asestaba miradas lánguidas, dignas
de un tenor de Belleville, y el capitán había tenido que amenazarle más
de una vez con el cepo.
Ragasse, pues, le había consagrado un odio astuto que no esperaba más
que la ocasión de estallar...
Una noche, pasando por delante del dormitorio, Carlos le oyó pronunciar
claramente estas palabras:
--El capitán las echa de guapo para deslumbrar a la chiquilla; pero es
para mí; y si quiere andarse en chanzas le corto el pescuezo en menos
que canta un gallo.
Una oleada de cólera le subió al cerebro, y el joven oficial abrió de
repente la puerta...
Aterrados por esta aparición, los soldados agrupados alrededor del
orador hicieron un vago movimiento de retroceso; solamente aquél, con
expresión burlona y actitud provocadora, sostuvo sin pestañear la mirada
de su jefe...
¿Qué hacer?
Nada tenía influencia en aquellas cabezas de hierro.
Castigarle, hubiera sido arriesgar algún motín, y nada más.
Pero la debilidad hubiera producido un efecto todavía más deplorable.
Si creían meterle miedo, la insolencia de aquellos miserables no tendría
ya límites.
Esta vacilación no duró más que un relámpago.
--Un hombre de buena voluntad para una misión peligrosa--dijo Carlos muy
tranquilo.
Todos dieron un paso adelante.
--¡Ragasse!--gritó el capitán en tono breve.
--Presente.
--Sígame usted.
Su resolución estaba tomada. Había que impresionar la moral de aquellos
seres degradados, pero susceptibles de ideas generosas. Espíritus y
cuerpos indomables, era preciso hablar a sus corazones.
Ragasse, sin darse prisa, bajó contoneándose con las manos en los
bolsillos.
--Si estaba detrás de la puerta--dijo con malicia,--no le disgustará
desembarazarse de mí...
Y escuchó con expresión provocadora sus instrucciones.
Tratábase de ir a recoger cartuchos, que empezaban a faltar, de los
muertos del día, no recogidos aún por los árabes.
--Está bien; allá voy. ¿Dónde está el saco?
Y se lo echó a la espalda, diciendo:
--Esto me recuerda cuando iba a robar alcachofas a la llanura de
Saint-Denis...
El capitán hizo formar el círculo.
--Si el soldado Ragasse vuelve sano y salvo, todos sus castigos serán
levantados; si muere, su nombre será citado en la orden del día.
--¡Bueno!--murmuró el soldado,--esa orden del día le gustará a él más
que a mí.
--Si yo no vuelvo, el teniente Donnet tomará el mando--añadió Carlos.
Ragasse se detuvo sorprendido.
--¡Mi capitán!... ¿Viene usted también?
--¿Por qué no?--respondió Carlos sencillamente fijando en él su clara
mirada.
Y pasando el primero, salió por la poterna sin volver la cabeza.
El otro le siguió como un perro.
Si le había oído, era valiente lo que hacía el capitán...
¡Salir tranquilamente así, delante de su fusil!... No tenía más que
apretar el gatillo... No había nadie... Nada que temer... Los árabes
tenían buena espalda.
Verdaderamente era tentar al diablo... El golpe era fácil... demasiado
fácil...
Pero no, no tan fácil como parecía... Aunque hubiera querido, su mano
crispada no hubiera obedecido a su voluntad impotente.
En vano trataba de avivar su rencor y de mascullar sus malas voluntades;
no podía herir a aquel hombre a quien odiaba, pero que se fiaba así de
su lealtad...
Y humillado y furioso decía con rabia:
--¡No puedo!...
De repente tropezó en un cadáver; habían llegado al sitio del combate.
--Llene usted el saco--dijo el oficial.
En la sombra opaca su fina silueta se destacaba más sombría todavía;
inmóvil y sondando el horizonte tenebroso, no se ocupaba siquiera de su
compañero, que se daba prisa para acabar su lúgubre tarea...
De pronto, un relámpago desgarró la obscuridad.
Ragasse dio un salto.
--¡Mi capitán! ¿No está usted herido?
--No, tiene que volver a empezar--respondió Carlos tranquilamente.
Sonó otra detonación tan cerca del soldado, que éste balbució aterrado:
--Mi capitán, le juro a usted que no he sido yo.
--¡Naturalmente!... ¿Se ha acabado?
--Sí, mi capitán.
--Entonces, en retirada; de prisa.
Dieron unos cuantos pasos.
Hacia la izquierda sonó otra detonación.
Carlos cayó al suelo.
Ragasse se había detenido.
--¿Ha pescado usted algo, mi capitán?--preguntó ansioso mientras se
elevaba del campamento un sordo rumor y unas sombras se agitaban en la
sombra como arenas movibles.
--Una bala en la pantorrilla. Huye, muchacho; me han hecho mi negocio
sin que tú hayas intervenido.
--¡Oh! mi capitán... mi capitán...
Sofocado y anheloso, el pobre diablo hubiera querido echarse a los pies
de su jefe, pero no era aquel el momento, y, sin más tardanzas ni
protestas ociosas, le cogió en sus vigorosos brazos y se le llevó
corriendo hasta el Blockhaus, al que llegó jadeando y no sin sufrir una
descarga general.
Carlos estaba salvado.
Ragasse domado.
Y cuando Eva, hermana de la caridad improvisada, estaba curando al uno y
felicitando al otro, el capitán dijo con bondad:
--Es más fácil ser un héroe que un asesino, ¿verdad, Ragasse?
Desde entonces no tuvo auxiliar más adicto, ni miss Darling perro más
fiel.
Era que también en ella realizaba la adversidad su obra saludable; la
joven aprendía a considerar como hombres a aquellos desgraciados,
escoria de la sociedad, pero en los que brillaba aún la chispa divina
debajo de las cenizas.
Tan compasiva y dulce como valiente, tenía para todos la piedad que
consuela y la palabra que levanta, tal como el «Eloa» del poeta cuya
radiante caridad no se detiene en las puertas del infierno.
Por eso tenían todos por ella una admiración que sólo podía compararse
con su respeto. El día en que fueron libertados y tuvieron que
separarse, todos lloraban, y ni el perdón general de los castigos
concedido a su petición, ni las liberales promesas del tío Dick, ni la
distribución de vino, de tabaco y dólares lograron consolarlos.
Entonces, viendo su pena, la joven miss tuvo una delicada inspiración.
--Si fuese yo una reina de otros tiempos, querría condecorar a todos mis
bravos defensores... No soy más que una hija de la libre América, pero
os pido que llevéis sus colores en memoria mía.
Y con encantadora amabilidad, empezando por el último soldado y acabando
por el capitán, les distribuyó la cinta azul sembrada de estrellas, un
poco ajada, que adornaba su traje.
A consecuencia de aquella acción, el capitán Raynal fue propuesto para
la cinta roja... Pero él no pudo olvidar la cinta azul.
* * * * *
La tía Liette no había vuelto a preguntar a Carlos si iría a Argicourt.
Pero, el sábado por la mañana encontró al despertarse su mejor uniforme
cuidadosamente cepillado, sus botas bien embetunadas y la camisa más
fina preparada al pie de la cama, como por el asistente más meticuloso.
Y el joven se quedó encantado.
¡Querida tía Liette!
Su tía había sido muy amable ahorrándole las preguntas ociosas y
explicaciones inútiles sobre su cambio de parecer, justificado por el
amable paso de aquellas señoras y por la doble invitación que salvaba
las inconveniencias.
Ante aquella muestra de deferencia para su madre adoptiva, no podía ya
Carlos ser más realista que el rey ni había ninguna razón para hacer el
salvaje.
Mientras silbaba una marcha militar, se puso a vestirse con una especie
de compunción, meditando sobre una arruga del dormán como si se tratase
de un asunto de importancia, contrariado por una gota de agua que
alteraba el lustre inmaculado de las botas y afilando dos veces la
navaja de afeitar para más seguridad.
--¿Está contento mi coronel?--decíale su tía.
Liette pasaba largamente la inspección y se detenía en los menores
detalles, muy orgullosa de aquel guapo oficial que era su hijo de
elección.
--Hoy, que no necesitas atenerte a la ordenanza, quiero hacerte un
regalo--le dijo.
De la cómoda estilo Imperio en que dormían las reliquias del pasado,
sacó un estuche con las iniciales G. R. que contenía una cruz minúscula
que era una verdadera joya artística.
Este fue el regalo de novio de mi pobre madre a mi querido papá, que
acababa de ser condecorado. Era para mí un recuerdo doblemente precioso,
y espero que será para ti un amuleto que te dará la felicidad.
Mientras ella le prendía la cruz al uniforme, Carlos, conmovido por
aquel pensamiento delicado que le unía más estrechamente aún a su
familia de adopción, atrajo hacia la suya aquella querida cara.
--¡Oh! tía Liette, ¿cómo agradeceré jamás lo que has hecho por mí?...
--Siendo feliz, hijo mío--respondió Liette con una sonrisa tiernamente
maternal.
Sí, era feliz, lo era más de lo que él mismo hubiera podido decir
mientras el break que había ido a buscarle, a él y a otros convidados,
rodaba hacia Argicourt.
En primer lugar, adoraba el Rally-paper, una cacería tan divertida, en
la que la caza no da distracciones. Además el barón era un excelente
camarada, sencillo, cordial y de una amabilidad perfecta. Su mujer era
perfecta y él pasaría un día delicioso.
¿Un día?
Digamos el día, el solo, el único día, el día incomparable, casi tan
raro como la flor que brota cada cien años, cuyo perfume no se respira
dos veces; el día en que el cielo parece azul, aunque se esté en otoño,
y en que la naturaleza parece una fiesta aunque los bosques estén de
luto; el día en que, cualquiera que sea la decoración, rico salón,
modesta boardilla, alegre primavera, triste invierno, la comedia,
siempre la misma, es siempre nueva desde hace cinco mil años, puesto que
es el amor el director de escena; el día siempre corto que pasa como una
hora y las horas como minutos; el día en que dos corazones, fundidos en
uno solo no dejan escapar más que una palabra de pesar, la última:
--¡Ya!...
* * * * *
¡Ya! Tal era el suspiro ahogado que oprimía el pecho de los dos jinetes
que volvían lentamente a la cacería en las primeras sombras del
crepúsculo, que no es ya el día y no es todavía la noche, en que el sol
se apaga y las estrellas no se encienden todavía, en que pasa un
escalofrío helado por los seres y las cosas como el adiós de lo que se
va para no volver; en la vaga melancolía de esa estación indecisa que no
es ya el verano y no es todavía el invierno; en la que, por una suprema
coquetería, el aire se hace más tibio y los últimos rayos del sol más
acariciadores; en que la tierra pone sobre su desnudez una alfombra de
tonos bermejos como una inmensa piel de león; en las últimas hojas de
oro pálido o de cobre rojo parecen desprenderse de las ramas como alas
de gigantes mariposas; en que los árboles tienen perfumes más acres; en
que la menor florecilla toma aspecto de reina desterrada, en que el
viento que sopla entre las ramas parece el último murmullo de los nidos.
Y los dos paseaban
perdidos en los bosques.
¡Ay! no, no perdidos, y era lástima. ¡Qué hermosura, un paseo sin fin
por alguna selva virgen del Nuevo Mundo, cuyo recogimiento misterioso no
fuese turbado por la irritante llamada de la trompa!... Aun conteniendo
los caballos, como hubieran querido contener el instante fugitivo,
tenían necesidad de dirigirse hacia la cacería... Los dos jóvenes no
participaban del entusiasmo de Alfredo de Vigny:
Me gusta el son de la trompa
en el fondo de los bosques.
Con las riendas sueltas, la cabeza inclinada y la mirada pensativa,
ambos se callaban escuchando en el fondo de sí mismos el eco encantador
de las palabras ya dichas y viendo pasar ante sus ojos medio cerrados
los menores incidentes de aquel día inolvidable pronto a rodar al abismo
del pasado.
Primero, la llegada: en el vasto patio de honor atestado de cazadores y
cazadoras y en el que las casacas rojas y verdes se mezclaban con los
trajes femeninos más o menos chillones, entre la confusión de los
grandes carruajes, el relincho de los caballos y el jurar de los
picadores, la joven se le había aparecido como una castellana de los
antiguos tiempos, bajando lentamente la escalinata, con una amazona muy
sobria recogida en el brazo derecho y la fusta en la otra mano; y todo
lo demás se había borrado para él, que ya no vio a nadie más que a la
mujer amada. ¿Cómo respondió a la acogida calurosa de Gastón de
Argicourt, a la amabilidad de su mujer, a los apretones de manos de unos
cuantos camaradas, al saludo ceremonioso del señor de Candore, al
cordial cumplimiento del viejo general Estry y al vigoroso «shake-hand»
del tío Dick?... Carlos no sabía absolutamente nada. Deslumbrado y
fascinado, no veía a nadie más que a ella ni oía más que su dulce voz,
que le saludaba con un gracioso: «¡Buenos días, mi capitán!»
¡Dios mío! ¡Qué bonita la había encontrado!
Tampoco a ella le había parecido mal su brillante uniforme, realzado aún
por la resplandeciente crucecita, y cuando se encabritó su caballo, un
animal resabiado que el señor de Candore le aconsejaba caritativamente
que no montase, el joven había sabido dominarle sin aparente esfuerzo.
--Se le debía llamar Ragasse--dijo la joven al ver al caballo domado
obedeciendo dócilmente al jinete.
--¿Por qué?--preguntó el conde.
--Por nada. Un episodio de nuestras campañas. ¿Se acuerda usted,
capitán?
¡Si se acordaba!
No hay nada tan desagradable para un tercero, y para un tercero un poco
celoso, como la evocación de un pasado en que él no ha tomado parte... y
Raúl se quedó muy ofendido... Estábalo también al verse abandonado por
otro, y cuando Eva, con su inconsciente crueldad de mujer, le dijo
amablemente: «Hoy, señor de Candore, su discípula de usted le devuelve
su libertad,» el conde, a pesar de su perfecta corrección, no pudo menos
de responder con un dejo de amargura:
--¡Plaza a los jóvenes, entonces!... Este caballero asciende por
elección.
--No, por antigüedad; es un amigo más antiguo que usted--respondió la
joven con vivacidad, aunque corrigiendo con una sonrisa lo que esta
respuesta tenía de desagradable...
* * * * *
...¡Después la cacería! La embriaguez de galopar juntos al son de la
trompa que estallaba como una música triunfal, en medio de un torbellino
de jinetes, cortejo improvisado de su felicidad. ¡Ah! qué poco se cuidan
los dos imprudentes, del despecho y de la cólera que dejan detrás...
Tampoco se ocupaban de la mirada celosa que les seguía a través del
espacio ni de los negros pensamientos que señalaban más las ligeras
arrugas de la frente del diplomático, mientras el tío Dick, poco seguro
en su caballo, una plácida yegua digna de un obispo, iba a pegarse a él
esperando sin duda que le prestase un poco de su aplomo. ¡El buen tío
Dick! ¡Cómo hubiera querido Raúl verle en el fondo de un barranco!...
* * * * *
...Después, embriaguez mayor todavía, la entrada en la espesura para
encontrar la buena pista; el gozo de encontrarse solo con ella.
La hubiera seguido así hasta el fin del mundo.
Y, sin embargo, todo le decía que debía huir de la peligrosa sirena...
Su razón le gritaba:
«¡Detente!... no vayas más lejos. El espíritu es fuerte, pero la carne
es débil. Vuelve sobre tus pasos si no quieres dejar pedazos de tu
corazón entre las malezas de los bosques.»
Su orgullo le gritaba:
«¡Detente! Principios, honor, deber, todo lo pisotearías. Es rica, y tú
pobre; te debe la vida y no debes abusar de ello. Vuelve sobre tus
pasos, si no quieres dejar un poco de tu dignidad entre las piedras del
camino.»
Pero su alma cantaba los versos de Musset:
Yo amo sin esperanza
mas no sin felicidad
la veo y es ya bastante.
Y esa felicidad fugitiva y efímera, de la que no se llevaría más que el
recuerdo embalsamado, a sus lejanas guarniciones, ¿debía sacrificarla a
un vano escrúpulo?... ¿Qué mal hacía gozando de aquella querida
presencia como se respira una flor, sin cogerla ni tocarla?
* * * * *
Después de una galopada bastante larga, la joven se volvió como si
sintiese la ardiente caricia de aquella mirada fija en ella y dijo
riendo, quizá para ocultar su confusión:
--Creo que nos hemos perdido.
--En efecto...
--¿Desea usted mucho encontrar el camino?
--Haremos lo que usted quiera.
--Pues, entonces, no quiero. ¿Para qué echar a perder el paseo buscando
papelitos como el pequeño Pucet sus guijarros?... Y él tenía aún una
razón, puesto que al fin del camino estaba la casa de su padre.
El capitán pensaba enteramente como ella, y, quemando lo que había
adorado, declaró con desenvoltura que el Rally-paper era grotesco y
ridículo...
--Es perfecto--dijo la joven,--para aquellos a quienes divierte. Yo
prefiero gozar pacíficamente del encanto de los bosques y de la
conversación, mejor que registrar las matas como si estuviese oculto en
ellas algún hurón.
También era esta la opinión del capitán.
--Su tía de usted me ha gustado mucho, pero mucho--declaró la joven
americana con esa espontaneidad que tan bien le sentaba.--¿Es hermana de
su madre de usted?
--No, miss Darling, es sólo mi prima muy lejana. Ese nombre de tía
Liette es una ingeniosa delicadeza suya para engañar mi aislamiento de
huérfano y crear entre nosotros un lazo ficticio más poderoso que muchos
lazos naturales. Quiero a la tía Liette tanto como si fuera mi madre.
--Y bien se ve que ella le quiere a usted como a un hijo. Son ustedes
los dos muy felices. Yo también me quedé huérfana muy pequeñita, pero no
he tenido segunda madre. Mi tío es excelente y me quiere mucho, pero es
un hombre. Para él, mi dicha consiste en no rehusarme nada, en
satisfacer todos mis caprichos y en prevenir mis menores deseos... Nada
más, y es poco...
--¡Cómo! ¿Ni una parienta?
--Sí, parientes... pobres. Sabe usted, capitán, que es uno de los
inconvenientes de la riqueza el ver siempre el gusano roedor que ataca a
los más hermosos frutos. ¡Es tan raro el encontrar un cariño
desinteresado! Usted no ha dudado jamás de un beso de su tía...
--Y con razón; se lo debo todo...