--En una palabra, me encontraba en la situación novelesca, pero poco

envidiable de las heroínas de Cooper, quitando la peladura... Y lo peor

era que las provisiones eran limitadas y nosotros aumentábamos el número

de bocas... A todo esto, el tío Dick, que se queja siempre de no tener

apetito, lo tenía feroz en aquellos momentos. Así fue que para evitar el

ser expulsados como bocas inútiles, nos ofrecimos a hacer fuego para

cooperar a la defensa. Y aquí tiene usted cómo he servido a las órdenes

del capitán Raynal y merecido ser comparada con la tía Liette, lo que me

halaga mucho, hoy sobre todo.

--¡Y si hubieras visto qué valentía y qué buen humor, tía Liette! Los

socorros se hacían esperar, y la desanimación, hermana del fastidio,

hubiera acaso hecho estragos en mis hombres. Pero miss Darling les

vertía su alegría como champagne, y organizaba conciertos y

representaciones...

--¿Recuerda usted al tío Dick ensayando el «Yankee Doodle» en la

corneta?

--¡Y qué hermana de la caridad consolando a los moribundos, curando a

los heridos!... Cuando yo mismo estuve fuera de combate...

--¡No me lo habías dicho!

--¡Bah! un arañazo... Su influencia mantuvo mejor la disciplina entre

aquellos hombres groseros y violentos mejor que las reprimendas de los

oficiales, y remontó tan bien su moral, que cuando llegó la columna

libertadora, los pobres diablos, que tenían el vientre vacío hacía

veinticuatro horas, estaban aprendiendo... la bamboula bajo su alta

dirección.

--¡Bah! se hace lo que se puede. Pagué mi escote de ese modo.

--También pagó usted en moneda de plomo. ¡Los moritos que dejó usted

caer!...

--La verdad es que podrías alistarte en los rifles-women, Eva. ¡Cómo

debes de despreciar nuestras cacerías de papelitos!

--Al contrario; prefiero esa caza a cualquiera otra. El defenderse está

bien; pero matar sin necesidad... y sin riesgos... Sobre todo a

inofensivas perdices... ¡Pobres animalitos!

Fue esto dicho sencillamente y sin falsa sensibilidad, de tal modo que

Liette, tan sencilla y tan natural, quedó enamorada de aquella

naturaleza tan igual a la suya.

Carlos leyó en sus ojos esa muda aprobación y sintió una viva alegría.

--¡Qué amable ha sido usted viniendo a vernos!--dijo a la joven con un

impulso irresistible.

--Tenía mucho deseo de conocer a su tía de usted.

--¿Se la figuraba usted así?

--No mucho. Como dijo no sé qué personaje de comedia, «una tía es

generalmente una mujer de edad», y la de usted ni siquiera gasta

anteojos...

--¡Oh! no tardaré en gastarlos, miss Darling; mis ojos se van--protestó

alegremente Liette, que, mientras hablaba con la condesa de Argicourt,

había oído las últimas palabras de aquel aparte.

--Pero no los oídos--observó maliciosamente la joven americana.--La

verdad es que me representaba a «la tía Liette» como una viejecita

arrugada y canosa de cincuenta años lo menos.

--Los cumplo el domingo; hasta entonces ya me hará usted crédito.

Todos se rieron, y aquellas señoras se levantaron para despedirse.

--¿Decididamente no quiere usted ser de los nuestros?--preguntó la

castellana con mucha amabilidad a Liette.

--Imposible, señora; pero agradezco a usted mucho su amable invitación.

--En todo caso, contamos con usted, capitán; a mi marido le encantará

recordar con usted los buenos tiempos, como él llama a aquellos en que

estaba soltero.

--Muy amable para ti, mi pobre Jenny.

--Tiene cuidado de añadir que echa de menos, no el celibato, sino el

uniforme...

--Eso lo comprendo. ¿Por qué le has hecho presentar la dimisión?

--¿Querías que fuese siguiéndole de guarnición en guarnición?

--¡Vaya una desgracia! «Para tomar mujer no se reniega de la madre»,

decía Napoleón; se puede muy bien ser buen marido y buen soldado.

¿Verdad, tía Liette? ¡Anda! ahora llamo a usted también yo tía Liette...

Dispénseme usted, señorita, y permítame darle un beso sin embargo...

Una graciosa sonrisa bajo la sombrilla rosa; un saludo militar bajo la

sombrilla blanca, y el carruaje desaparece en una nube de polvo.

Carlos vuelve al saloncillo, y le parece obscuro, vacío y frío.

Y, sin embargo, la tía Liette sigue allí, en su butaca.

* * * * *

Las circunstancias poco ordinarias en que Carlos y Eva se habían

conocido en África, eran de esas que crean en una semana una intimidad

de veinte años.

Ya, hacía algún tiempo, habían balsado juntos en un baile del

gobernador; pero en el mundo oficial y en la trivialidad de las frases

de salón, «se habían cruzado sin verse», según el refrán melancólico,

secreto de tantos destinos fracasados.

Por el contrario, en el estrecho Blockhaus que podía ser su tumba, en el

roce diario de la vida común, que hace resquebrajarse tan pronto el

barniz mundano que oculta tantas macas y a veces tan preciosas

cualidades, habían aprendido a conocerse, a estimarse... y quizá no se

habían quedado en eso.

Diga lo que quiera Augier, las desdichas, más que la prosperidad, son la

piedra de toque del verdadero mérito. El peligro y la angustia

compartidos pueden más que las conveniencias sociales y ponen a cada uno

en su lugar.

La rica americana y el joven oficial no podían menos de ganar en ese

contacto con las duras realidades de la existencia. Ni el uno ni el otro

habían seguramente conservado una impresión desfavorable de su primer

encuentro, pero era una impresión vaga, fugitiva, efímera, la duración

de un vals; mientras que en aquellas horas de angustia suprema, cada una

de las cuales podía ser la última, sus almas no temían mostrarse al

desnudo.

Carlos había podido admirar la valentía, la sangre fría y la sonriente

resignación de aquella niña mimada de la suerte y de la fortuna,

amenazada a los veinte años de dar un eterno adiós a todos los goces

que le estaban prometidos.

Ella, por su parte, había podido apreciar el carácter caballeresco, la

pronta decisión y la viril energía de aquel joven jefe encerrado en

aquel precario abrigo con un puñado de forajidos, en quienes hacía

vibrar las cuerdas dormidas del patriotismo, del heroísmo y del honor

por la fuerza del ejemplo.

Lo que no era siempre fácil.

Un tal Ragasse, una de las malas cabezas del destacamento, hongo

venenoso del lodo parisiense, de aspecto burlón, acento provocador y

lenguaje de barrios bajos, acribillado de castigos hasta no saber qué

hacer de ellos, y, por esto mismo, de una profunda indiferencia respecto

del particular, causaba la desesperación de sus superiores y les

producía serias inquietudes por su perniciosa influencia sobre sus

camaradas. Fatuo y presuntuoso además, el tunante no ocultaba su grosera

admiración por miss Darling, a la que asestaba miradas lánguidas, dignas

de un tenor de Belleville, y el capitán había tenido que amenazarle más

de una vez con el cepo.

Ragasse, pues, le había consagrado un odio astuto que no esperaba más

que la ocasión de estallar...

Una noche, pasando por delante del dormitorio, Carlos le oyó pronunciar

claramente estas palabras:

--El capitán las echa de guapo para deslumbrar a la chiquilla; pero es

para mí; y si quiere andarse en chanzas le corto el pescuezo en menos

que canta un gallo.

Una oleada de cólera le subió al cerebro, y el joven oficial abrió de

repente la puerta...

Aterrados por esta aparición, los soldados agrupados alrededor del

orador hicieron un vago movimiento de retroceso; solamente aquél, con

expresión burlona y actitud provocadora, sostuvo sin pestañear la mirada

de su jefe...

¿Qué hacer?

Nada tenía influencia en aquellas cabezas de hierro.

Castigarle, hubiera sido arriesgar algún motín, y nada más.

Pero la debilidad hubiera producido un efecto todavía más deplorable.

Si creían meterle miedo, la insolencia de aquellos miserables no tendría

ya límites.

Esta vacilación no duró más que un relámpago.

--Un hombre de buena voluntad para una misión peligrosa--dijo Carlos muy

tranquilo.

Todos dieron un paso adelante.

--¡Ragasse!--gritó el capitán en tono breve.

--Presente.

--Sígame usted.

Su resolución estaba tomada. Había que impresionar la moral de aquellos

seres degradados, pero susceptibles de ideas generosas. Espíritus y

cuerpos indomables, era preciso hablar a sus corazones.

Ragasse, sin darse prisa, bajó contoneándose con las manos en los

bolsillos.

--Si estaba detrás de la puerta--dijo con malicia,--no le disgustará

desembarazarse de mí...

Y escuchó con expresión provocadora sus instrucciones.

Tratábase de ir a recoger cartuchos, que empezaban a faltar, de los

muertos del día, no recogidos aún por los árabes.

--Está bien; allá voy. ¿Dónde está el saco?

Y se lo echó a la espalda, diciendo:

--Esto me recuerda cuando iba a robar alcachofas a la llanura de

Saint-Denis...

El capitán hizo formar el círculo.

--Si el soldado Ragasse vuelve sano y salvo, todos sus castigos serán

levantados; si muere, su nombre será citado en la orden del día.

--¡Bueno!--murmuró el soldado,--esa orden del día le gustará a él más

que a mí.

--Si yo no vuelvo, el teniente Donnet tomará el mando--añadió Carlos.

Ragasse se detuvo sorprendido.

--¡Mi capitán!... ¿Viene usted también?

--¿Por qué no?--respondió Carlos sencillamente fijando en él su clara

mirada.

Y pasando el primero, salió por la poterna sin volver la cabeza.

El otro le siguió como un perro.

Si le había oído, era valiente lo que hacía el capitán...

¡Salir tranquilamente así, delante de su fusil!... No tenía más que

apretar el gatillo... No había nadie... Nada que temer... Los árabes

tenían buena espalda.

Verdaderamente era tentar al diablo... El golpe era fácil... demasiado

fácil...

Pero no, no tan fácil como parecía... Aunque hubiera querido, su mano

crispada no hubiera obedecido a su voluntad impotente.

En vano trataba de avivar su rencor y de mascullar sus malas voluntades;

no podía herir a aquel hombre a quien odiaba, pero que se fiaba así de

su lealtad...

Y humillado y furioso decía con rabia:

--¡No puedo!...

De repente tropezó en un cadáver; habían llegado al sitio del combate.

--Llene usted el saco--dijo el oficial.

En la sombra opaca su fina silueta se destacaba más sombría todavía;

inmóvil y sondando el horizonte tenebroso, no se ocupaba siquiera de su

compañero, que se daba prisa para acabar su lúgubre tarea...

De pronto, un relámpago desgarró la obscuridad.

Ragasse dio un salto.

--¡Mi capitán! ¿No está usted herido?

--No, tiene que volver a empezar--respondió Carlos tranquilamente.

Sonó otra detonación tan cerca del soldado, que éste balbució aterrado:

--Mi capitán, le juro a usted que no he sido yo.

--¡Naturalmente!... ¿Se ha acabado?

--Sí, mi capitán.

--Entonces, en retirada; de prisa.

Dieron unos cuantos pasos.

Hacia la izquierda sonó otra detonación.

Carlos cayó al suelo.

Ragasse se había detenido.

--¿Ha pescado usted algo, mi capitán?--preguntó ansioso mientras se

elevaba del campamento un sordo rumor y unas sombras se agitaban en la

sombra como arenas movibles.

--Una bala en la pantorrilla. Huye, muchacho; me han hecho mi negocio

sin que tú hayas intervenido.

--¡Oh! mi capitán... mi capitán...

Sofocado y anheloso, el pobre diablo hubiera querido echarse a los pies

de su jefe, pero no era aquel el momento, y, sin más tardanzas ni

protestas ociosas, le cogió en sus vigorosos brazos y se le llevó

corriendo hasta el Blockhaus, al que llegó jadeando y no sin sufrir una

descarga general.

Carlos estaba salvado.

Ragasse domado.

Y cuando Eva, hermana de la caridad improvisada, estaba curando al uno y

felicitando al otro, el capitán dijo con bondad:

--Es más fácil ser un héroe que un asesino, ¿verdad, Ragasse?

Desde entonces no tuvo auxiliar más adicto, ni miss Darling perro más

fiel.

Era que también en ella realizaba la adversidad su obra saludable; la

joven aprendía a considerar como hombres a aquellos desgraciados,

escoria de la sociedad, pero en los que brillaba aún la chispa divina

debajo de las cenizas.

Tan compasiva y dulce como valiente, tenía para todos la piedad que

consuela y la palabra que levanta, tal como el «Eloa» del poeta cuya

radiante caridad no se detiene en las puertas del infierno.

Por eso tenían todos por ella una admiración que sólo podía compararse

con su respeto. El día en que fueron libertados y tuvieron que

separarse, todos lloraban, y ni el perdón general de los castigos

concedido a su petición, ni las liberales promesas del tío Dick, ni la

distribución de vino, de tabaco y dólares lograron consolarlos.

Entonces, viendo su pena, la joven miss tuvo una delicada inspiración.

--Si fuese yo una reina de otros tiempos, querría condecorar a todos mis

bravos defensores... No soy más que una hija de la libre América, pero

os pido que llevéis sus colores en memoria mía.

Y con encantadora amabilidad, empezando por el último soldado y acabando

por el capitán, les distribuyó la cinta azul sembrada de estrellas, un

poco ajada, que adornaba su traje.

A consecuencia de aquella acción, el capitán Raynal fue propuesto para

la cinta roja... Pero él no pudo olvidar la cinta azul.

* * * * *

La tía Liette no había vuelto a preguntar a Carlos si iría a Argicourt.

Pero, el sábado por la mañana encontró al despertarse su mejor uniforme

cuidadosamente cepillado, sus botas bien embetunadas y la camisa más

fina preparada al pie de la cama, como por el asistente más meticuloso.

Y el joven se quedó encantado.

¡Querida tía Liette!

Su tía había sido muy amable ahorrándole las preguntas ociosas y

explicaciones inútiles sobre su cambio de parecer, justificado por el

amable paso de aquellas señoras y por la doble invitación que salvaba

las inconveniencias.

Ante aquella muestra de deferencia para su madre adoptiva, no podía ya

Carlos ser más realista que el rey ni había ninguna razón para hacer el

salvaje.

Mientras silbaba una marcha militar, se puso a vestirse con una especie

de compunción, meditando sobre una arruga del dormán como si se tratase

de un asunto de importancia, contrariado por una gota de agua que

alteraba el lustre inmaculado de las botas y afilando dos veces la

navaja de afeitar para más seguridad.

--¿Está contento mi coronel?--decíale su tía.

Liette pasaba largamente la inspección y se detenía en los menores

detalles, muy orgullosa de aquel guapo oficial que era su hijo de

elección.

--Hoy, que no necesitas atenerte a la ordenanza, quiero hacerte un

regalo--le dijo.

De la cómoda estilo Imperio en que dormían las reliquias del pasado,

sacó un estuche con las iniciales G. R. que contenía una cruz minúscula

que era una verdadera joya artística.

Este fue el regalo de novio de mi pobre madre a mi querido papá, que

acababa de ser condecorado. Era para mí un recuerdo doblemente precioso,

y espero que será para ti un amuleto que te dará la felicidad.

Mientras ella le prendía la cruz al uniforme, Carlos, conmovido por

aquel pensamiento delicado que le unía más estrechamente aún a su

familia de adopción, atrajo hacia la suya aquella querida cara.

--¡Oh! tía Liette, ¿cómo agradeceré jamás lo que has hecho por mí?...

--Siendo feliz, hijo mío--respondió Liette con una sonrisa tiernamente

maternal.

Sí, era feliz, lo era más de lo que él mismo hubiera podido decir

mientras el break que había ido a buscarle, a él y a otros convidados,

rodaba hacia Argicourt.

En primer lugar, adoraba el Rally-paper, una cacería tan divertida, en

la que la caza no da distracciones. Además el barón era un excelente

camarada, sencillo, cordial y de una amabilidad perfecta. Su mujer era

perfecta y él pasaría un día delicioso.

¿Un día?

Digamos el día, el solo, el único día, el día incomparable, casi tan

raro como la flor que brota cada cien años, cuyo perfume no se respira

dos veces; el día en que el cielo parece azul, aunque se esté en otoño,

y en que la naturaleza parece una fiesta aunque los bosques estén de

luto; el día en que, cualquiera que sea la decoración, rico salón,

modesta boardilla, alegre primavera, triste invierno, la comedia,

siempre la misma, es siempre nueva desde hace cinco mil años, puesto que

es el amor el director de escena; el día siempre corto que pasa como una

hora y las horas como minutos; el día en que dos corazones, fundidos en

uno solo no dejan escapar más que una palabra de pesar, la última:

--¡Ya!...

* * * * *

¡Ya! Tal era el suspiro ahogado que oprimía el pecho de los dos jinetes

que volvían lentamente a la cacería en las primeras sombras del

crepúsculo, que no es ya el día y no es todavía la noche, en que el sol

se apaga y las estrellas no se encienden todavía, en que pasa un

escalofrío helado por los seres y las cosas como el adiós de lo que se

va para no volver; en la vaga melancolía de esa estación indecisa que no

es ya el verano y no es todavía el invierno; en la que, por una suprema

coquetería, el aire se hace más tibio y los últimos rayos del sol más

acariciadores; en que la tierra pone sobre su desnudez una alfombra de

tonos bermejos como una inmensa piel de león; en las últimas hojas de

oro pálido o de cobre rojo parecen desprenderse de las ramas como alas

de gigantes mariposas; en que los árboles tienen perfumes más acres; en

que la menor florecilla toma aspecto de reina desterrada, en que el

viento que sopla entre las ramas parece el último murmullo de los nidos.

Y los dos paseaban

perdidos en los bosques.

¡Ay! no, no perdidos, y era lástima. ¡Qué hermosura, un paseo sin fin

por alguna selva virgen del Nuevo Mundo, cuyo recogimiento misterioso no

fuese turbado por la irritante llamada de la trompa!... Aun conteniendo

los caballos, como hubieran querido contener el instante fugitivo,

tenían necesidad de dirigirse hacia la cacería... Los dos jóvenes no

participaban del entusiasmo de Alfredo de Vigny:

Me gusta el son de la trompa

en el fondo de los bosques.

Con las riendas sueltas, la cabeza inclinada y la mirada pensativa,

ambos se callaban escuchando en el fondo de sí mismos el eco encantador

de las palabras ya dichas y viendo pasar ante sus ojos medio cerrados

los menores incidentes de aquel día inolvidable pronto a rodar al abismo

del pasado.

Primero, la llegada: en el vasto patio de honor atestado de cazadores y

cazadoras y en el que las casacas rojas y verdes se mezclaban con los

trajes femeninos más o menos chillones, entre la confusión de los

grandes carruajes, el relincho de los caballos y el jurar de los

picadores, la joven se le había aparecido como una castellana de los

antiguos tiempos, bajando lentamente la escalinata, con una amazona muy

sobria recogida en el brazo derecho y la fusta en la otra mano; y todo

lo demás se había borrado para él, que ya no vio a nadie más que a la

mujer amada. ¿Cómo respondió a la acogida calurosa de Gastón de

Argicourt, a la amabilidad de su mujer, a los apretones de manos de unos

cuantos camaradas, al saludo ceremonioso del señor de Candore, al

cordial cumplimiento del viejo general Estry y al vigoroso «shake-hand»

del tío Dick?... Carlos no sabía absolutamente nada. Deslumbrado y

fascinado, no veía a nadie más que a ella ni oía más que su dulce voz,

que le saludaba con un gracioso: «¡Buenos días, mi capitán!»

¡Dios mío! ¡Qué bonita la había encontrado!

Tampoco a ella le había parecido mal su brillante uniforme, realzado aún

por la resplandeciente crucecita, y cuando se encabritó su caballo, un

animal resabiado que el señor de Candore le aconsejaba caritativamente

que no montase, el joven había sabido dominarle sin aparente esfuerzo.

--Se le debía llamar Ragasse--dijo la joven al ver al caballo domado

obedeciendo dócilmente al jinete.

--¿Por qué?--preguntó el conde.

--Por nada. Un episodio de nuestras campañas. ¿Se acuerda usted,

capitán?

¡Si se acordaba!

No hay nada tan desagradable para un tercero, y para un tercero un poco

celoso, como la evocación de un pasado en que él no ha tomado parte... y

Raúl se quedó muy ofendido... Estábalo también al verse abandonado por

otro, y cuando Eva, con su inconsciente crueldad de mujer, le dijo

amablemente: «Hoy, señor de Candore, su discípula de usted le devuelve

su libertad,» el conde, a pesar de su perfecta corrección, no pudo menos

de responder con un dejo de amargura:

--¡Plaza a los jóvenes, entonces!... Este caballero asciende por

elección.

--No, por antigüedad; es un amigo más antiguo que usted--respondió la

joven con vivacidad, aunque corrigiendo con una sonrisa lo que esta

respuesta tenía de desagradable...

* * * * *

...¡Después la cacería! La embriaguez de galopar juntos al son de la

trompa que estallaba como una música triunfal, en medio de un torbellino

de jinetes, cortejo improvisado de su felicidad. ¡Ah! qué poco se cuidan

los dos imprudentes, del despecho y de la cólera que dejan detrás...

Tampoco se ocupaban de la mirada celosa que les seguía a través del

espacio ni de los negros pensamientos que señalaban más las ligeras

arrugas de la frente del diplomático, mientras el tío Dick, poco seguro

en su caballo, una plácida yegua digna de un obispo, iba a pegarse a él

esperando sin duda que le prestase un poco de su aplomo. ¡El buen tío

Dick! ¡Cómo hubiera querido Raúl verle en el fondo de un barranco!...

* * * * *

...Después, embriaguez mayor todavía, la entrada en la espesura para

encontrar la buena pista; el gozo de encontrarse solo con ella.

La hubiera seguido así hasta el fin del mundo.

Y, sin embargo, todo le decía que debía huir de la peligrosa sirena...

Su razón le gritaba:

«¡Detente!... no vayas más lejos. El espíritu es fuerte, pero la carne

es débil. Vuelve sobre tus pasos si no quieres dejar pedazos de tu

corazón entre las malezas de los bosques.»

Su orgullo le gritaba:

«¡Detente! Principios, honor, deber, todo lo pisotearías. Es rica, y tú

pobre; te debe la vida y no debes abusar de ello. Vuelve sobre tus

pasos, si no quieres dejar un poco de tu dignidad entre las piedras del

camino.»

Pero su alma cantaba los versos de Musset:

Yo amo sin esperanza

mas no sin felicidad

la veo y es ya bastante.

Y esa felicidad fugitiva y efímera, de la que no se llevaría más que el

recuerdo embalsamado, a sus lejanas guarniciones, ¿debía sacrificarla a

un vano escrúpulo?... ¿Qué mal hacía gozando de aquella querida

presencia como se respira una flor, sin cogerla ni tocarla?

* * * * *

Después de una galopada bastante larga, la joven se volvió como si

sintiese la ardiente caricia de aquella mirada fija en ella y dijo

riendo, quizá para ocultar su confusión:

--Creo que nos hemos perdido.

--En efecto...

--¿Desea usted mucho encontrar el camino?

--Haremos lo que usted quiera.

--Pues, entonces, no quiero. ¿Para qué echar a perder el paseo buscando

papelitos como el pequeño Pucet sus guijarros?... Y él tenía aún una

razón, puesto que al fin del camino estaba la casa de su padre.

El capitán pensaba enteramente como ella, y, quemando lo que había

adorado, declaró con desenvoltura que el Rally-paper era grotesco y

ridículo...

--Es perfecto--dijo la joven,--para aquellos a quienes divierte. Yo

prefiero gozar pacíficamente del encanto de los bosques y de la

conversación, mejor que registrar las matas como si estuviese oculto en

ellas algún hurón.

También era esta la opinión del capitán.

--Su tía de usted me ha gustado mucho, pero mucho--declaró la joven

americana con esa espontaneidad que tan bien le sentaba.--¿Es hermana de

su madre de usted?

--No, miss Darling, es sólo mi prima muy lejana. Ese nombre de tía

Liette es una ingeniosa delicadeza suya para engañar mi aislamiento de

huérfano y crear entre nosotros un lazo ficticio más poderoso que muchos

lazos naturales. Quiero a la tía Liette tanto como si fuera mi madre.

--Y bien se ve que ella le quiere a usted como a un hijo. Son ustedes

los dos muy felices. Yo también me quedé huérfana muy pequeñita, pero no

he tenido segunda madre. Mi tío es excelente y me quiere mucho, pero es

un hombre. Para él, mi dicha consiste en no rehusarme nada, en

satisfacer todos mis caprichos y en prevenir mis menores deseos... Nada

más, y es poco...

--¡Cómo! ¿Ni una parienta?

--Sí, parientes... pobres. Sabe usted, capitán, que es uno de los

inconvenientes de la riqueza el ver siempre el gusano roedor que ataca a

los más hermosos frutos. ¡Es tan raro el encontrar un cariño

desinteresado! Usted no ha dudado jamás de un beso de su tía...

--Y con razón; se lo debo todo...

Liette · 第 9 / 11 段