--¿A Argicourt?... ¡Ah! sí, perfectamente. Un arriendo que renovar.

--Si usted no tiene inconveniente, aprovecharé su coche para hacer la

visita de despedida al castillo.

--Concedido, ahijado; si eres bueno, tú guiarás a la Gris.

Carlos se rió al recordar aquel tiempo ya lejano, y durante toda la

comida se complació en recordar los hechos de su primera infancia con

una animación un poco fingida en la que se descubría un poco de

melancolía.

Cuando por la noche acababa de meterse en la cama, llamaron suavemente a

su puerta. Era la tía Liette con su candelero en la mano...

--Esta noche no me has dado un beso, hijo mío--dijo medio en broma,

medio regañando;--sabes que cuando eras pequeño, eso era mala señal;

alguna tontería o alguna pena que ocultarme. No querías mirarme de

frente porque decías que leía en tus ojos...

Y apoyándose en la almohada, preguntó en tono risueño, desmentido por su

acento angustiado:

--¿Tontería o pena, hijo mío?

--Ni lo uno ni lo otro, tía Liette--respondió Carlos en un relámpago de

orgullo.

Liette no insistió, y después de rozar su mejilla con un beso maternal,

se retiró sin decir una palabra. Pero la bujía temblaba en su mano y las

gotas de cera caían a su paso, pesadas y cálidas como lágrimas.

* * * * *

La Gris, con su apacible trote, llevaba por el camino brumoso al anciano

y al joven igualmente preocupados... Para engañarse mutuamente hablaban

de cosas indiferentes con animación ficticia, pero sus pensamientos

estaban en otra parte. Carlos se representaba la escena del día

anterior, cuyo relato le había sido fácil obtener de algunos vecinos

labradores, y subíanle al rostro vapores de cólera. A cada paso tiraba

de las riendas nerviosamente, con gran escándalo de la buena yegua,

acostumbrada a más consideraciones.

--Trae muchacho--decía entonces el notario,--los militares tenéis la

mano dura.

¡Dura! nunca lo sería bastante para castigar al que se había atrevido a

tocar a la tía Liette. Rivalidad, celos, todo estaba olvidado y

arrebatado por el viento del ultraje hecho a su madre adoptiva,

sacrilegio al lado del cual parecía todo mezquino y pueril a su culto

filial. En aquel momento era hijo, nada más que hijo, y si de vez en

cuando una blanca silueta que flotaba ante sus ojos endulzaba un poco su

brillo metálico, era que le agradecía el haber ocupado tan bien su

lugar.

El notario iba pensando en esa justicia inmanente, para la cual no hay

prescripción y que obliga, un día u otro, al deudor insolvente a

remover las cenizas del pasado en que debe encontrar el pagaré en

descubierto.

--El invierno va a ser crudo este año--decía el uno.

La cosecha de remolacha no va a ser mala--decía el otro.

Y la conversación, de la que estaba ausente el pensamiento, continuaba

indiferente y vacía, mientras Liette, en su casa, cumplía su misión

maquinal, con el corazón oprimido por dolorosa angustia. ¿Sabía algo

Carlos?

La madre adoptiva analizaba sus menores palabras y sus menores gestos...

Carlos parecía tranquilo y contento... Pero evitaba el mirarla...

Además, ¿por qué iba a Argicourt?... La visita de cumplimiento por su

próxima partida y, sobre todo, la presencia de Eva, bastaban para

explicar... Evidentemente, no había para qué alarmarse...

Y con mano temblorosa, comenzaba una carta para desgarrarla en seguida.

Si Carlos no sospechaba nada, un paso prematuro podía ser

contraproducente. Más valía no precipitar nada y dejar hacer al señor

Hardoin. Pero, ¿y si sabía algo? ¿Y si él tomaba la delantera mientras

ellos andaban en esas dilaciones? ¿Y si daba un escándalo, provocaba un

encuentro y ella lo sabía demasiado tarde? ¡Dios mío!

Estremecida por este pensamiento, Liette tomaba la pluma y escribía:

«Señor conde.»

Después se detenía de nuevo indecisa y turbada. ¿Qué hacer?

Estaba dando vueltas en la mente por centésima vez a esta cuestión,

cuando se paró a la puerta una «charrette» inglesa y Eva apareció en el

umbral conmovida y agitada. La joven, sin más preámbulos, se echó en los

brazos de la anciana admirada.

--¡Oh! tía Liette, tía Liette...

Y rompió a sollozar... Aquel era el peligro previsto y temido; la hija

del comandante encontró toda su energía para hacerle frente.

--Vamos a ver, hija mía, ¿qué hay?--preguntó con su dulce firmeza.

--¡Va a batirse!

La joven, tímida, no se atrevía a pronunciar su nombre; pero no había

necesidad.

--¡Oh! los presentimientos de las madres...

--¿Está usted segura? ¿Quién se lo ha dicho a usted? ¿Cuándo? ¿Cómo?

--Va usted a oír, tía Liette... ¿Me permite usted que la llame así?...

Eso me tranquiliza... Tengo el corazón tan oprimido...

--Sí, querida hija mía; vamos, tranquilícese usted y hable pronto.

--Hoy ha venido a despedirse, pero estaba muy cambiado, muy distraído,

muy preocupado... apenas me miraba...

--¡Oh! eso es grave, hija mía--dijo la tía Liette sonriendo a pesar de

su tristeza.

--¿Verdad que sí?--respondió cándidamente la joven miss.--Así fue, que

cuando el señor de Argicourt fue a acompañarle, los seguí con disimulo y

me puse a escuchar... Sé que hice mal, tía Liette...

Liette le estrechó la mano, como para animarla.

--Entonces, le oí rogar a su antiguo compañero que le sirviese de

padrino en un lance de honor... a propósito de unas palabras... que

usted ignora sin duda, tía Liette...

La anciana movió la cabeza.

No, no ignoraba nada, ni el ataque ni la defensa, y una presión

significativa de sus temblorosos dedos dijo su tierno agradecimiento

hacia su valiente campeón.

--En una palabra, el señor de Argicourt y el señor de Estry deben de

estar en este momento en casa del señor de Candore para pedirle una

satisfacción.

--¡Oh! Dios mío.

--Y he tenido miedo, yo, tía Liette, que no soy sin embargo, una

mujerzuela y comprendo muy bien que un oficial... En su lugar, hubiera

hecho lo que él... Dios protegerá el buen derecho, ¿verdad? Pero por

mucho que me repito todo esto, tengo miedo, tía Liette, y he venido a

usted, que es tan fuerte y tan poderosa, a pedirle un poco de su fuerza

y de su valor... Y es que le amo, tía Liette... No debía decir a usted

esto... pero nunca he tenido madre...

Y ocultó la cara, que se enrojecía bajo las lágrimas como una rosa bajo

el rocío, en el seno de la anciana enternecida por esta ingenua

declaración.

--Tranquilícese usted, hija mía; ese duelo no puede verificarse y no se

verificará...

--¿Quién podrá impedirlo?

--Yo--respondió tranquilamente la tía Liette.

* * * * *

El despacho presentaba una animación inusitada. Los ruidosos

dependientes charlaban a más y mejor a pesar de las llamadas al orden

del principal, un poco distraído él también de su importante tarea.

Desde aquella mañana el notario tenía la cara de los grandes días y no

hacía más que abrir la puerta de su despacho para dar órdenes. Y todo se

volvían idas y venidas del despacho al Correo, por fortuna próximo, como

decía el aprendiz, que de otro modo hubiera estado cocido en obra.

Después había empezado el desfile. Primero el señor Darling y su

sobrina, que habían tenido una larga conferencia con el notario. Después

había sido introducido el capitán Raynal y ahora estaban esperando al

señor de Candore.

¿Qué significaba todo aquello?

Un contrato de matrimonio, evidentemente.

¿Pero con quién?

¿Con el oficial o con el diplomático?

--Su corazón se columpia entre los dos--exclamó el aprendiz acechando

desde la ventana la llegada del conde.

--¡Silencio!--mandó de nuevo el principal.

--Usted, que es un hombre de peso, ¿cuál es su opinión?

--Mi opinión es que no la tengo, querido Candore. Evidentemente, un

simple oficial de fortuna no debía pesar en la balanza al lado de un

personaje de la importancia del señor de Candore, noble, rico e

influyente.

--Un poco farsante--dijo el incorregible empleado.

--Pero el corazón de las mujeres es un abismo insondable--dijo el primer

dependiente con aire doctoral,--Josefina prefirió Bonaparte a Barras.

--Y no anduvo descaminada.

--¡Silencio! Ahí está Barras.

Entraba el conde, frío y altanero según su costumbre.

El principal se levantó con deferencia para introducirle en el despacho

del notario, a quien encontró solo con gran asombro suyo.

--¿Dónde diablos se han metido los otros?

--Puede que en algún armario--dijo el joven Candore, que había estado en

París y se jactaba de conocer las piezas de Hennequín.

Pero se calló porque la señorita Raynal entraba a su vez en el despacho.

--El señor Hardoin está ocupado, señorita.

--Lo sé, me está esperando...

La puerta se había abierto, y el notario dejaba paso a Liette, con gran

asombro de los pasantes.

--Amigos míos, esto huele a quinto acto--exclamó el supuesto

«boulevardier».

* * * * *

El conde no había acudido a la cita del notario sin una secreta

aprensión. Un poco molesto ya por la querella que se había buscado con

su inexcusable intemperancia de lenguaje, y en la que veía que no era

el suyo el mejor papel, estaba de un humor execrable y arrugaba

nerviosamente la esquela tan lacónica como urgente llevada al castillo.

--¿Qué diablos puede quererme?--murmuraba entre dientes.

--Lo mejor es ir a verlo--dijo sencillamente su tío.--Hardoin es

demasiado formal para molestarte sin motivo serio.

--¿No te figuras tú lo que es?

--Es posible--respondió gravemente el anciano.

Raúl se le quedó mirando con cierta alarma. Cuando se es heredero, las

menores palabras tienen su importancia, sobre todo si se trata de

notario. Raúl se daba cuenta de que el señor de Neris no tenía por qué

elogiarle, ni como sobrino ni como yerno; sus veleidades matrimoniales

habían hecho quizá rebosar el vaso. Al llegar a la cita iba mascullando

estas ideas, pero al ver a la empleada de Correos cambió de repente de

pensamiento.

¿Habría tenido noticias del encuentro proyectado?

¿Era aquello un lazo?

¿Iba a sufrir súplicas y reproches?

¿Le preparaba alguna escena de melodrama aquel imbécil de Hardoin?

No le faltaba más que ese ridículo.

Presa de una viva irritación, saludó con tiesura y se puso a la

defensiva.

--Señor conde--comenzó el notario en tono ceremonioso,--he rogado a

usted que pasara por mi despacho para una comunicación urgente de parte

de esta señorita.

Raúl le interrumpió con mucha sequedad:

--Basta, señor Hardoin, sé de lo que se trata.

--No creo.

--Y me va usted a permitir que le diga que su papel en este negocio me

parece un poco inoportuno. No es propio de un notario desfacer entuertos

y representar a Don Quijote...

Y dio un paso hacia la puerta.

El notario extendió la mano con autoridad.

--Perdóneme usted, señor conde, pero no creo tener que aprender los

deberes que ya ejercía con honor cuando usted estaba en la cuna.

--Sí--dijo el conde un poco dulcificado;--sé que es usted un antiguo

amigo; pero hay cuestiones que no son de su competencia. Si se tratase

de un acta notarial, en hora buena.

--No se trata de otra cosa--declaró Hardoin sencillamente.

Raúl se detuvo desconcertado. Ya no comprendía.

--He aquí los hechos--expuso metódicamente el notario.--La señorita

Raynal aquí presente, recogió, hace cerca de veinticinco años, a un niño

huérfano de madre y abandonado por su padre. Esta señorita le prestó su

nombre, pero hoy quiere dárselo legalmente y ha creído, por consejo mío,

que debía consultar con usted previamente.

--¿Conmigo?--exclamó el diplomático estupefacto y en tono de

protesta.--¿A título de qué?

--A título de padre--respondió fríamente el notario.

Raúl paseó sus ojos extraviados del semblante impasible del uno a la

bella y triste cara de la otra.

--Esto es una locura, dijo.

El digno notario desdobló un papel amarillento con el sello de

Inglaterra.

--Aquí tiene usted la partida de nacimiento de Raúl Carlos, nacido del

matrimonio que contrajeron irregularmente en Inglaterra miss Juana

Dodson y el conde Raúl de Candore.

--Y vea usted el telegrama dirigido a la señorita Blanca de Candore en

el día de su boda, y que me acuso de haber interceptado para evitarle

un dolor inútil--añadió sencillamente la empleada.

El conde leyó maquinalmente:

«Señorita, el hombre con quien se va usted a casar es mi esposo ante la

ley inglesa y el padre de mi hijo, que pronto no tendrá ya madre. Juana

Dodson.»

* * * * *

...Aquella era la venganza de Liette.

* * * * *

Había ahorrado lágrimas a Blanca; y a Raúl el escándalo, a costa de una

falta profesional, duro sacrificio para aquella hija de soldado, esclava

de la disciplina.

Había salvado a la madre de la desesperación y a su hijo del abandono;

gracias a ella, la pobre abandonada se había extinguido suavemente, sin

odio y en la paz del perdón, encomendando su alma a Dios y su hijo a

Liette, y durmiéndose confiando en los dos...

Su confianza no debía ser defraudada. Sin vacilación ni

desfallecimiento, Liette había recogido esa pesada herencia; había

reemplazado al padre desertor, había abierto al huérfano sin familia su

puerta, sus brazos y su corazón; había hecho de él un hombre, y ya que

no la vida, le había dado su alma.

Y había hecho eso sencillamente, sin cuidarse de las falsas

interpretaciones ni de los comentarios injuriosos que pudiera provocar

su conducta, y era tal la fuerza de aquella apacible virtud y de aquella

incomparable dignidad, que en el círculo estrecho y malévolo de las

comadres de provincia, ni una palabra, ni una insinuación la habían

rozado. ¡Había sido preciso que fuese Raúl!... El... ¡Oh!.

* * * * *

Aterrado por aquella revelación repentina que hacía vibrar las fibras

embotadas de su corazón ya seco, el noble, tan frío, tan correcto de

ordinario, cedió a la influencia generosa del momento con el impulso de

la primera juventud y confesó sus faltas, sus penas, sus remordimientos,

acusándose con una vehemencia en que entraba un poco de fatuidad de

haber hecho dos desgraciadas: Juana y Liette.

Bajo las cocas argentinas de la solterona se deslizó una débil sonrisa.

--Tranquilícese usted, señor conde, al menos en cuanto a la última--dijo

con sencillez.--He amado mucho, apasionadamente, puedo confesarlo a mi

edad... Pero el hombre a quien he amado no es usted. Era un príncipe

encantado, creado completamente por mi imaginación de colegiala

retrasada que pide demasiado a la vida, porque la ignora... Yo no tenía,

sin embargo, esta excusa... Hoy, dispuesta a bajar la otra vertiente, me

detengo un instante en la cima de la colina y no siento en mí ni cólera,

ni amargura, ni pena, pues entre las piedras y las malezas he encontrado

algo mejor que la florecita azul con que sueñan las jóvenes, he

encontrado el reflejo de cielo que Dios pone en la mirada de los

niños... Creo que había nacido para eso; no puedo guardar a usted rencor

por haberme dado un sobrino que ha realizado todas sus promesas de usted

y cumplido todas mis esperanzas. Las cualidades imaginarias de que yo

dotaba a mi héroe, él las tiene realmente, y le debo tantos goces que

casi tengo que estarle a usted agradecida.

--Debemos estárnoslo el uno al otro--dijo el conde profundamente

conmovido,--por lo que ha hecho usted y por lo que quería hacer aún.

Pero es a mí a quien corresponde ofrecer a usted y a él la única

reparación posible. Ha redactado usted un acta de adopción, señor

Hardoin; no tiene usted más que cambiar una palabra. Yo dejaré a mi hijo

mi nombre y mi fortuna.

Esta vez fue Liette quien palideció. Había, sin duda, deseado

ardientemente esta solución justa y natural en interés de su hijo

adoptivo, y sin embargo... En el dolor atroz y profundo que le retorció

el corazón e hizo brotar las lágrimas en sus ojos comprendió la feroz

sublevación que se apodera de las madres a quienes se arranca su hijo.

El notario, sin responder, abrió la puerta de la derecha.

--Ya ha oído usted, capitán; usted es quien debe decidir...

Al ver a aquel guapo y altivo oficial que era su hijo, el conde

experimentó una sensación desconocida, un irresistible impulso de

orgullo paternal. Dio un paso adelante con los brazos abiertos, pero

Carlos se inclinó, muy pálido, y dijo con voz ahogada:

--Caballero, no puedo ya pedir a usted reparación ni quiero aceptar

ninguna. Mi madre ha muerto; procuraré olvidar el nombre de su verdugo,

lo que quiere decir que no puedo llevarle. Y, con una especie de

violencia, atrajo hacia su pecho a la tía Liette desfallecida.

--Tú, que me lo has dado todo, dame también tu nombre; ten la seguridad

de que no seré ingrato.

El señor de Candore sintió que le subía a la cara una oleada de sangre;

pero la conciencia de su culpa pudo más que su orgullo herido.

--He merecido esto, y no puedo quejarme ni vituperar a usted,

caballero... Pero a usted me dirijo, señorita; abogue por mi causa, que

es también la suya... Conozco sus esperanzas, y puedo ayudarle a

realizarlas... No me niegue usted esta satisfacción, la única que

conviene a mi edad.

--¡Es verdad!--dijo Liette turbada;--reflexiona; hijo mío... ¡La amas

tanto!

Carlos cerró los ojos para huir de la visión tentadora.

--No--respondió con energía,--no quiero la dicha a ese precio...

--Y yo no quiero llamarme la señora de Candore, sino la señora de

Raynal...

La puerta de la izquierda se había abierto a su vez, y Eva se adelantaba

valientemente hacia el joven admirado.

--Me ha declarado usted--le dijo,--que no pediría jamás la mano de una

heredera, capitán; soy yo quien pide la de usted...

Y mientras Carlos, loco de amor, se atrevía apenas a estrechar aquella

manita adorable, que se entregaba espontáneamente a él, Eva rodeó con el

otro brazo el cuello de la solterona enternecida y dijo cariñosamente:

--Usted quería adoptar un hijo, tía Liette; adopte dos... Tiene usted el

corazón bastante ancho para ello.

FIN

Liette · 第 11 / 11 段